El caso Eladio

¿Apología del terrorismo, folclore o estrategia de negocio? Son algunas de las preguntas que cualquiera se puede hacer ante las noticias aparecidas estos días sobre el bar Casa Eladio. El bar, por cedirlo de alguna forma, pedía una visita a gritos y allá que nos fuimos. Nunca había entrado en este bar, aunque sí había pasado cientos de veces por su puerta. Inevitable si te dispones a salir o entrar a Ávila por la nacional 110. El cambio en la decoración no pasaba desapercibido, de bar normal como puede ser el de cualquier barrio de la ciudad a sucursal de Casa Pepe en Ávila.

No me atrevería a decir apología del franquismo, pero cuando uno entra en Casa Eladio se nota como mínimo la nostalgia por aquel periodo de nuestra historia. Una cosa es nostalgia, dirán, y otra la pizarra que ha dado la vuelta a España con los famosos “huevos rotos fusilados”. Pues sí, efectivamente, deconozco si la carta incumple la Ley de Memoria Histórica, pero es un nombre, como mínimo, poco ético. Si además, maridamos todos estos hechos con la ya muy asentada edad de oro de los ofendidos, pues ya tenemos una buena combinación para entrar en las redes y pasar una tarde entretenida.

Folclore, ante todo el bar es folclore. Díganme si no que hacen en una misma pared las fotos de Franco, Primo de Rivera, Acebes, Miguel Ángel García Nieto, Ana Belén, Victor Manuel, Sabina o incluso Pedro J.Ramirez. Si alguien ha querido aquí enaltecer el franquismo la verdad es que le ha salido regular. Por no hablar de si ciertas prácticas sexuales de alguno de ellos estarían bien vistas por el régimen. No sólo las fotos, también la música juega al despiste al mezclar el Cara al Sol o el Himno de la Legión con Fito y sus Fitipaldis o The Animals y su famoso The House of the Rising Sun.

Al igual que ocurre en Casa Pepe, la suma de la clientela afín ideológicamente (poca pero fiel) y de los curiosos (incrementados exponencialmente gracias a quienes pretenden evitar lo contrario) hacen de Casa Eladio, aparentemente, un buen negocio. Más acertado, a mi juicio, en las tapas que en los platos, cabe destacar por encima de todo sus exquisitos callos (a secas, sin apellidos).

PD: Una de las razones que nos llevaron a visitar Casa Eladio fue el comprobar que nada o casi nada de lo que había aparecido la última semana en medios locales y nacionales (ni tampoco lo publicado por tuitsatars) provenía de otro sitio que no fuese Forocoches, de alguien que sí se había pasado por allí y había contado lo que había visto. En resumen, lo que antes llamábamos periodismo.

De traumas y museos

La semana pasada se celebró el Día Internacional de los Museos, cita cultural creada por el Consejo Internacional de los Museos  (ICOM) en 1977 y que en mayor o menor medida se celebra en todo el mundo civilizado. Dejando a un lado los actos organizados por el Museo de Ávila, la festividad pasó sin pena ni gloria por nuestra ciudad, Atenas gótica de la Meseta, rubí de la cultura de Castilla y faro del turismo cultural de occidente.

Tampoco nos vamos a llevar ahora, después de tantos años, las manos a la cabeza. El Día de los museos es una festividad de consumo interno, de corto radio, con nulo tirón turístico, destinada, sobre todo, a que los ciudadanos reflexionen sobre el papel de sus museos y sobre ese constructo que llamamos cultura, sobre los mecanismos y engranajes que dan forma a esa materia oscura que nos rodea y forma parte de nuestra identidad individual y colectiva. Cultura entendida como civilización, como las gafas con cristales de colores con las que miramos el mundo. Una celebración, en definitiva, aburrida, que no invita al botellón, ni a los concursos de tapas.

Y es una pena, que no una sorpresa, no haber dedicado mucha más tiempo a esta cita porque el lema nos venía que ni pintado. Cada año, el ICOM propone un tema sobre el que hacer girar las propuestas y reflexiones de las distintas instituciones participantes y en esta ocasión el propuesto era “Museos e historias controvertidas: decir lo indecible en los Museos”. Tomo prestada esta frase del comunicado del ICOM: “Este tema invita al museo a posicionarse como actor de la asimilación de las historias traumáticas pasadas gracias a la mediación y a la pluralidad de puntos de vista expresados”.

No me digan que no nos pega como un tricornio a un Guardia Civil o a la Cibeles una banderita de España y una bufanda del Madrid en una noche de primavera. Museos, traumas, historias controvertidas… ¡Si parece que habla de lo nuestro con el Prado!

¡Ay, el Prado! Tanta tinta física o electrónica vertida para tan poco. El otro día, no recuerdo dónde ni quién, alguien se vanagloriaba de que en el último Plan de Actuación del Museo del Prado, el fechado para el periodo 2017-2020, había un huequito para nuestra bella urbe. Les paso captura.

¡Albricias!, me dirán. Ahí estamos. Con todas las letras. Lo hemos conseguido. Saquemos en procesión a todas las vírgenes, a todos los santos, a todos los diputados y a todos los senadores. Que repiquen las campanas y los pétalos de flores cubran las calles. ¡Levantad los adoquines, debajo habrá un nuevo aparcamiento subterráneo!

Pero como esto va de historias controvertidas y traumáticas y no de éxitos, les pasó capturas de los anteriores planes de actuación del Museo del Prado.

2005-2008 (Les pongo solo una de las 22 referencias a nuestra ciudad)

2009-2012 (4 referencias)

2013-2016 (1 referencia)

 

Pluralidad de puntos de vistas, decía el ICOM. La pluralidad de pensar si estas dos últimas décadas nuestros representantes nos han tomado por tontos o solo han demostrado su incapacidad y falta de criterio. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla y tal.

Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


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#TuitQuedadaCultural: tres días para disfrutar del arte abulense

IMG_2095Juntas teatro, narración oral, música, cine, literatura, danza, fotografía y gastronomía en un fin de semana y te sale un #TuitQuedadaCultural para salpimentar al gusto. Lista para servir recién hecha el próximo fin de semana, los días 12, 13 y 14 de mayo.

Serán tres días muy intensos que comenzarán el viernes con una  jam session. El sábado es el día más completo, destacando el teatro por las calles durante la mañana y otras dos actividades por la tarde: música y cuentacuentos en el Café del Mercado, y un debate sobre cine y literatura en El Episcopio.

Y más el domingo: música, danza y poesía. Entre medias habrá dos exposiciones (una de fotografía organizada por la Asociación Fotográfica Abulense, y otra de moda a cargo de la diseñadora Cristina Fernández Lucas) y otros tantos concursos (de microrrelatos vía Twitter y de fotografía). Todo esto lo tenéis mucho más clarito en el programa (aquí al completo).

A mí solo me queda felicitar a los organizadores de esta iniciativa (creo que hay un Willy por ahí coleando… Y un Gredos Daniel también. Felicidades a ambos y a todo su equipo) por preparar un fin de semana en el que la cultura, tantas veces olvidada, será protagonista plena. Y aún mejor es que se ponga el foco en los artistas abulenses para que, al menos durante unos días, puedan ser profetas en su tierra.

Cine, literatura, moda, teatro, música… Ávila cuenta con buenos representantes en estas y otras disciplinas. Disfrutemos de ellos este fin de semana. Y esperemos que haya muchas más TuitQuedadas similares en próximos años.

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La necrofilia de las comunidades autónomas.

Will McAvoy, el periodista republicano protagonista de The Newsroom, dice en el primer capítulo de la serie que la gente ya no elige las noticias que quiere, que la gente escoge los hechos que quiere. Terrible y cierto, como cualquiera puede comprobar pasando diez minutos al día en las redes sociales o leyendo de vez en cuando los comentarios de las noticias en las web de los distintos periódicos. Los medios se han vendido a las audiencias y el clickbait y los ciudadanos se han refugiado en el cherry picking para que la realidad no les estropee su visión del mundo. Eso que han oído ha sido una bofetada de la RAE por el doble anglicismo.

McAvoy consideraba la labor del periodista una misión civilizadora. Buscar la verdad, perseguir la evidencia y todas esas mandangas. Con esas armas, el ciudadano puede enfrentarse a la realidad y tomar decisiones informadas conociendo los hechos, las opciones y las consecuencias.

De un tiempo a esta parte, en medios de todo tipo, color y accionariado, se viene sucediendo una curiosa y pertinaz campaña contra el impuesto de sucesiones. Una campaña llena de mentiras, equívocos y medias verdades con el objetivo de convencer al ciudadano de a pie de que es un impuesto injusto y desproporcionado y de que Montoro se pasea de madrugada por los cementerios buscando tumbas frescas para hurgar en sus declaraciones de la Renta. En estos tiempos de indignación dospuntocero en los que vivimos, en los que todos somos activistas de retuit y puñitos cerrados, muchos se han subido al carro sin darle dos vueltas al asunto, sin contrastar si los argumentos de los abolicionistas son verdad o mentira o si ellos, sin más patrimonio que un tapiflex, son potenciales perjudicados o beneficiarios indirectos del citado impuesto.

A Ávila no ha llegado el AVE, ni Zara ni el Corte Inglés, pero sí la marejada contra el impuesto de sucesiones. El otro día, Avilared publicaba una columna de opinión firmada por Gabriel Téllez titulada: “El expolio sobre las herencias: robando vengo, robando voy”. El argumento es el ya expuesto: el citado impuesto es una infamia y las culpables son las malvadas comunidades autónomas, sus “onerosas estructuras administrativas” y sus dirigentes, personificados en Susana Díaz, presidenta de Andalucía. Nos ahorramos el calificativo de mal gusto que usa el autor para referirse a ella.

El artículo arranca lanzándonos una andanada al corazón: una pobre jubilada de mirada tierna casi se arruina para mantener los coches oficiales de los presidentes autonómicos. Tuvo que “reunir de aquí y de allá 80.000 euros para pagar por una herencia siempre sobrevalorada en exceso por la Hacienda regional de Asturias”. Todo mentira. La señora heredó 300.000€ en metálico de un hermano fallecido en Venezuela y el impuesto lo recaudó el Estado, pues el difunto no tenía residencia en España.

Con esto, con la Ley 29/1987 y con el Decreto 1018/1967 que regulaba el impuesto de sucesiones durante la Dictadura, valdría para desmontar la tesis principal de la columna, pero podemos seguir echando un ojo a los terribles casos que denuncia para atemorizar a la cuenta corriente del lector. Malagueño en paro tiene que pagar casi treinta mil euros por el piso heredado de sus padres. Nos faltan datos, pero podemos dudar de la veracidad del caso porque en Andalucía las herencias inferiores a 250.000€ están exentas y existe una bonificación del 95% sobre el valor de la vivienda habitual de los fallecidos. ¿Cuánto valdría la vivienda para que el importe a pagar ascendiese a la cantidad referida en la columna? Prácticamente lo mismo podemos decir del caso de Coria del Río, aunque la escasez de datos nos impide profundizar más.

En una cosa sí tiene razón el artículo, al César lo que es del César. Mucha gente evita pagar el impuesto utilizando diversas técnicas de ingeniería fiscal, como la creación de empresas holding para evitar que determinados bienes paguen impuestos. ¿Pero desde cuando la solución a un fraude o a un delito es eliminar la figura penal? ¿Retiramos las señales de prohibido aparcar si mucha gente hace caso omiso de ellas?

Defender la supresión o modificación de un impuesto puede ser egoísta pero es perfectamente legítimo, pero mentir —por acción, omisión o estadística— es feo. El Impuesto de sucesiones es un impuesto justo y profundamente redistributivo que afecta a muy pocas personas, no precisamente de clase media y baja, y contra el que se está levantando una campaña absurda sostenida sobre mentiras y anécdotas que solo beneficia a unos pocos. Una campaña que solo pretende confundir al ciudadano para convertirlo en infantería de una reivindicación que le perjudica. Una más.

Capítulo 3: Apatrullando la ciudad

[Viene de Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo]

Metí todas las zarrias del traje de Vetusto Man en una bolsa del Mercadona y regresé a Ávila en el coche de Vitorio. Le habían retirado el carnet hacía tres años por no pasar el reconocimiento médico (algo de sus cataratas), pero él no se daba por enterado. Se pasaba el día volante en mano, camelando con la música de Juanito Valderrama a todo volumen y escupiendo requiebros a cada muchacha que veía.

Nunca he visto tan de cerca la muerte como dentro de ese maldito Cuatro Latas. Vitorio conduce igual que vive: como le sale de los cojones. Es un milagro que siga vivo. Ese día, sin ir más lejos, empezó a dar voces con las manos en la cabeza al llegar a la altura de Naturávila, como si le hubiera dado un acicuaco. ‘El Rey de la Carretera’ hacía retumbar los altavoces. Yo agarré como pude el volante para volver a nuestro carril.

– ¡La madre que me parió, Fructuoso!

Miré por la ventana de atrás y vi que nos seguía el burro que me daba la tabarra en las siestas. Debíamos ir a 80 o 90 kilómetros por hora, pero teníamos al bicho pegado al culo. Por algún tipo de acto reflejo, Vitorio aceleró. El animal continuó a nuestro ritmo sin ningún tipo de esfuerzo aparente. Incluso llegó a ponerse a nuestra altura por el arcén. Parecía que quisiera adelantarnos por la derecha, pero al llegar a mi ventanilla se quedó ahí, mirándome sin dejar de trotar, como si me preguntara a dónde pensaba ir sin él.

Así descubrimos lo de los superpoderes del pollino, adquiridos, imagino, de tanto chuparme los pinreles. A las monjas les encantó que me presentara con un burro (“también es una criatura de Dios”, dijeron) y me dejaron guardarlo junto al huertecito que tienen detrás de la residencia. Eso sí, yo me encargaba de alimentarle y de limpiar sus descomunales mierdas.

Llamé a mi hija para decirle que ya había vuelto del viaje. Me preguntó qué tal nos había ido y yo le respondí que Huelva era preciosa.

– ¿Pero no me dijiste que te ibas a Vigo?

– También, mi niña. Era un tour costero de esos.

Yo continué con mi vida de siempre, pero con ligeras modificaciones. Me pasaba las mañana durmiendo, mientras que por las noches le soltaba la correa a Vetusto Man. Salía a la calle con mi boina-antifaz, las botas de pescar y la capa de ‘Super tallas Bermúdez’, sin olvidar las armas (los barrillos y las fichas de dominó). Regresaba justo para desayunar y, como salía y entraba escalando la fachada, las monjas no sospechaban nada. Me llevaba al burro a mis escapadas nocturnas, aunque solo fuera por tener algo de compañía.

Nunca fui ambicioso y no lo iba a ser ahora que era todo un superhéroe. Decidí empezar por cosas sencillas, de una en una. Que galgo que muchas liebres levanta, ninguna mata. Me cogí la revistilla que hacía la asociación de vecinos del barrió y me fui directito a sus reivindicaciones. “Aceras en mal estado, con baches peligrosos, en las calles López Núñez y Esteban Domingo”. Y para allá que me iba yo con mi burro cargado de las baldosas que quitábamos de las obras que se quedaron a medias cuando lo de la crisis. Y ni siquiera necesitaba cemento teniendo el moco venenoso de las manos. No tardamos ni un par de horas en solar esas y otras calles igual de descuidadas.

Otra noche me la pasé enterita coloreando pasos de cebra medio borrados por el paso del tiempo. La pintura se la sisé a las monjas aprovechando que estaban de obras en la capilla. Fue ahí cuando la conocí. Cantaba seguidillas desde el balcón de su casa (siempre está ahí, al oreo), algo de las mujeres bonitas y los hombres valientes. Cuando me vio enfilar la calle, bote de Titanlux en mano y con el traje de Vetusta Man al completo, dejó de entonar. El burro, como siempre, me iba a la zaga.

– ¡Pero mira tú que mozo guapetón nos viene esta noche al barrio!

Al principio pensé que se estaba pitorreando de mí, pero cuantos más piropos me lanzaba, más sincera parecía. Hasta floreó la mirada fililí del rucio, la muy bribona. Tendría mis años (siglo arriba, siglo abajo) y algunos kilos de más, pero le brillaban los ojos como dos farolas en día de lluvia. Le llamé Dulcinea, “mi Dulcinea del Toboso”, y ella se mondaba de la risa y volvía a cantar y se escacharraba de nuevo.

Pero cada sendero tiene su atolladero y el mío se me apareció con uniforme y placa una noche que estaba yo desatascando alcantarillas. Se presentó como el agente Elicio Iborra.

– Vetusto Man, para servirle.

Y seguí a lo mío, dale que te pego a los sumideros. Sin mucho éxito porque al momento ya estaba el atontado dándome la tabarra con que le enseñara mi DNI y los papeles del burro. No sé si hablaba en serio, pero le respondí que lo tenía todo en la guantera, que hiciera el favor de cogerlo él mismo porque tenía las manos ocupadas. No me lo podía creer cuando le vi rodeando el asno en busca del salpicadero.

La fiesta se acabó al escapárseme una sonora risotada. Ahí empezó a dolerle el orgullo y se me puso bravucón. No sé qué de que quedaba detenido por faltar el respeto a la autoridad. Intentó ponerme las esposas, pero yo me zafaba sin dificultad de sus hierros.

– Soy todo gelatina, señor agente –le intenté explicar-. Más le valdría sorberme que esposarme.

El municipal estaba rojo de furia, cada vez más obcecado, y acabó por sacarme la pistola para llevarme a la fuerza a la comisaría. Ahí comenzó mi burro, mi burro querido del alma, con su rechinar de dientes y con sus rugidos de león. ¡Por la Virgen de Sonsoles que no miento! Cómo lo vería el señor agente que no le quedó otra que envainársela (la pistola) y despedirse con un “buenas noches, no me alboroten mucho” de tono gaznápiro.


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Leyendas y centenariazos

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Quizás no lo sepan, pero ustedes el viernes ya tienen plan. A las 19.30, en El Episcopio, les espera la Asociación ‘La Sombra del Ciprés’ y su nuevo libro colectivo. Sí, ya sé que el tesorero de ahora no tiene tanto tirón como el de antes… pero olvídense de ese tema por un momento. ‘Leyendas según los abulenses’ es una revisión alocada y muy particular de las historias que un día recogiera Belmonte en la obra que pueden ver arriba a la izquierda.

Acérquense porque la presentación merecerá la pena. Y compren el libro por todo lo que tiene tanto dentro (lo explica mejor el presidente de la asociación aquí), incluidas las fotografías y la maquetación de un tal Willy; como fuera (magnífica la portada de Gris Medina, reinterpretando el frontal del libro del ya citado Belmonte; la comparativa la tienen arriba).

Regálenlo mucho en esta semana centrada en el Día del Libro. La asociación tendrá un espacio propio en la feria, como en anteriores ediciones, y allí también se podrá comprar el libro.

De regalo, les dejo un relatillo de un servidor que se incluyó en la edición del libro colectivo del año pasado, ‘El mundo según los abulenses II’. Erán tiempos de centenariazos…

Trastorno del Centenario
(O el año que vivimos teresianamente)

A Carmela no le hizo ningún bien asistir a todos los actos del V Centenario. “Algo así como una mala digestión, pero de cabeza”, explica su hermano a toro pasado cuando alguien le pregunta (cosa que casi nunca ocurre). La verdad es que no hubo exposición teresiana, ni encuentro religioso que se perdiera. Aplaudió cada reinterpretación artística de su legado místico, ya fuera escrito, al óleo o por bulerías. Si usted acudió a cualquiera de esos eventos, seguro que coincidió con ella.

Salía de casa cada mañana envuelta en los productos olfativos ‘Huellas de Teresa’, atufando a reforma del Carmelo. Coleccionaba tiques de la ORA y azucarillos, de esos que diseñaron para la conmemoración de 2015. Los ratos que le quedaban desocupados, leía y releía los libros de ‘La Santa’. La familia los encontró subrayados de arriba a abajo y con anotaciones en los márgenes, muchas de ellas ininteligibles. Ansiosos de encontrar culpables a la locura de la buena mujer, decidieron quemarlos todos, excepto un ejemplar del epistolario teresiano que se salvó de las llamas en el último momento.

Fueran culpables los libros o no, lo cierto es que a Carmela se le fue secando el cerebro a medida que avanzaba el Centenario. El poco juicio que le quedaba lo perdió por completo el día que salió a la calle luciendo un hábito que ella misma se confeccionó juntando varios sacos de patatas. Completó el vestuario con dos alpargatas de esparto y una funda de almohada en la cabeza a modo de toca. Además, solía llevar en la mano alguna pluma de paloma que encontraba por la calle para dejar clara su vocación no solo religiosa, sino también literaria.

Convencida de que ella era Santa Teresa de Jesús, comenzó a recorrer la ciudad, la villa del siglo XVI en su cabeza, murmurando distintos pasajes de los escritos teresianos; los mismos que, con el paso del tiempo, acababa lanzando a voz en grito cuando fue ganando confianza. Se la podía ver paseando por el Grande mientras chillaba eso de “vivo sin vivir en mí”, o recitando con pasión el “nada te turbe, nada te espante” en medio de un partido del Real Ávila, incluso preguntando al cielo “¿qué mandáis hacer de mí?” subida a un tuk-tuk.

Los turistas solían echarle monedas pensando que era una performance. Ella recogía el dinero agradecida, ya que la empresa de fundar conventos, además de ardua, es costosa. No le gustaban las fotos porque se acordaba de Fray Juan de la Miseria y le hervía la sangre al recordar lo fea y legañosa que la retrató, pero todo lo aceptaba con resignación por una buena causa. Incluso permitió que algunos restaurantes le pusieran publicidad en el hábito (los menús sobre esos sacos de patatas tenían un toque ‘vintage’) a cambio de una aportación a su Reforma. Hasta el Ayuntamiento de Ávila le colocó el horario de visitas a la Muralla impreso en la toca, como contraprestación por no cobrarle el uso de la vía pública. Cuando más espectadores congregaba era cuando sentía el alma suspendida en puro éxtasis, con esos arrobamientos que siempre acababan con el aplauso cerrado del personal, ya fueran de Cuenca o de la China profunda. El lenguaje universal del amor.

Era un auténtico espectáculo verla en acción, dejándose la piel en cada verso. El público disfrutaba cosa bárbara con ella; excepto esa vez que tuvo que intervenir la Policía Local, claro. Fue cuando, al grito de “Cerda”, agarró de los pelos a una pobre mujer tuerta que confundió con la mismísima princesa de Éboli. Hicieron falta tres agentes para separarla de la cabellera de esa turista de Vilanova de Arousa, provincia de Pontevedra.

Nada fue igual después de ese incidente. La familia empezó a ser consciente de la situación, así que comenzaron a restringirle las salidas de casa. También la Policía Local había cogido la matrícula de su locura y la llevaban a comisaría en cuanto empezaba a montar sus espectáculos públicos. “Los hijos de puta de la Inquisición”, murmuraba Carmela con el gesto mustio que se le puso esos días. Poco a poco, se la dejó de ver por las calles de Ávila.

Fue mucho tiempo más tarde, incluso después de que se escapara de Ávila, cuando su familia se enteró de lo que hizo aquellos días. Nadie sabe cómo, pero consiguió la cesión de uno de los locales del Vivero de Empresas. Allí montó su primer “palormacito” junto a otras cuatro personas, todas ellas pobres de solemnidad, que pasaron de dormir en la calle a hacerlo en ese primer convento de la Re-reforma del Carmelo.

Por lo que contaron después los indigentes a la Policía, nada hacían en ese despacho minúsculo más que rezar. Que si una letanía por San José, que si una oración por la Virgen, que si ahora toca cantar para pedir a Dios que se encargue de los piojos. “A cambio de seguirla el juego, nos daba de comer todos los días”, dijo uno de esos cuatro desgraciados.

Los agentes les preguntaron dónde estaba la “madre superiora” –su familia llevaba un par de semanas sin saber nada de la muchacha-, pero de poco sirvió. Antes de irse, Carmela solo les dijo que se iba a fundar otros “palomarcitos” por el mundo. Y allí mismo, en el segundo piso del Mercado de Abastos, se quitó las alpargatas para sacudirlas por la venta. “De Ávila, ni el polvo”, sentenció con rotundidad. Todos fingieron no ver que uno de los zapatos se le caía a la calle, incluso ella misma se hizo la loca. Así la vieron marchar por última vez, con un pie vestido y otro descalzo, cojeando con paso decidido hacia su siguiente aventura.

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