Capítulo 10: Corazones de piedra

[Viene de Capítulo 9: De sueños y venganzas]

– Abejarruco llamando a Carbonero Común.

Algo me gritaba por la zona de la entrepierna

– Abejarruco llamando a Carbonero Común, rediós.

Tenía que ser el pesado de Vitorio, que siempre ha sido un simple y un cansino, y se empeñó en ponernos nombres en clave. Era mejor responderle rápido porque no iba a parar hasta que le dijera algo. Saqué el walkie-talkie del bolsillo de pantalón.

– ¿Qué quieres, joder?

– Di “corto y cambio”.

– Cállate un poquito y dime que narices quieres, mangurrián.

– Creo que el Barón Dandi está aquí… y va a intentar robar el
de la Puerta de Alcázar. Ven rápido. Te espero por donde la calle de la Vida y la Muerte.

– Voy para allá. No hagas nada, ¿eh?

– Una cosa más, Carbonero Común.

– ¿¡QUÉ!?

– No vengas con el traje de Vetusto Man que me lo espantas. Vente de paisano.

Salí corriendo hacia la plaza de Banco de España. Yo estaba echando un ojo al verraco que hay a la puerta del Palacio de los Verdugo, así que no tarde ni dos minutos en plantarme donde estaba Vitorio. Como mucho tres porque tuve que parar a quitarme la capa, las botas, la boina de incógnito y mis armas mortíferas, y dejarlas escondidas debajo de un coche.

Verraco

Cuando llegué, me señalo una sombra que, a unos 10 metros del animal de piedra, andaba en pequeños círculos. Parecía nervioso. Desde donde estábamos escondidos, tras el esquinazo de la calle de la Vida y la Muerte con Don Gerónimo, no podía verlo bien. Además, estaba cansado. Era la cuarta noche que nos pasábamos en vela el Vitorio y un servidor, con los walkie-talkie en ristre, de ronda por la ciudad para controlar que no nos tocaban los verracos.

La patrulla la completaban mi burro, a quien dejaba libre toda la noche con la esperanza (es más listo de lo que parece) de que nos ayudara en la tarea. Había mucho que vigilar: los que hay dentro del almacén del Museo Provincial y de la Diputación, varios repartidos por la Muralla (¿se atrevería a perforar nuestra querida Muralla?), alguno que había quedado para decorar rotondas… El Barón Dandi podía elegir.

Y ahora teníamos a un sospechoso rondando uno de esos bichos de piedra en plena madrugada, dando vueltas a su alrededor como un sereno, sin quitarle ojo en ningún momento. La verdad es que el serrano parecía alto y delgado, como dice la copla que cantábamos de niño. Pero resultaba imposible verle la cara porque se protegía del frío con un llamativo fular.

– Es él –le dije a Abejarruco Sentado–. Me cagüen en la burra balán; es él.

– ¿Cómo lo sabes?

– Su escudo, ¿te acuerdas? Lo que siempre pone encima de la firma: dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores.

Pensé en arrogarle un marro desde allí mismo, pero había dejado las armas y el traje tirados por ahí. Cogí un pedrolo del suelo y, cuando estaba dispuesto a tirárselo directo a la cabeza, el Vitorio me paró los pies.

– ¿Qué haces, animal? ¿Y si no es él? A su tiempo maduran las brevas. Tenemos que esperar a que intente robar el verraco para estar seguros y no desgraciar a un pobre inocente por llevar un fular.

Justo en ese momento apareció por la puerta del Alcázar un camión grúa. Casi parecía que la muralla se tragaba aquel vehículo de lo justo que entraba. Avanzaba muy despacio y con muchas maniobras. Luego se metió hasta la fuente, bordeando la fachada del Banco de España, se dio la vuelta y siguió marcha atrás hasta el verraco.

El conductor se bajó del camión y fue recibido por el sospechoso de los fulares, que se acercaba así, ya sin complejos, hasta su víctima de piedra. Al instante habían llenado al verraco de cadenas y lo subían al camión como si fuera un jamón de recebo.

– ¿Ahora ya podemos ir a por ellos, no? Pinta de ángelitos no tienes –le dije a Vitorio mientras me remangaba.

– Claro, sin piedad. Yo iré por delante y los distraeré. Tú vas por detrás, recuperas el verraco y les atacas, que para algo te pico la medusa.

Cuando llegamos hasta allí ya se montaban los dos malandrines en la cabina para marcharse con su botín. Era sorprendente lo rápido que lo habían hecho todo. El camión empezó a moverse, pero se paró después de avanzar un puñado de metros porque apareció Vitorio frente a él. No sé qué paparruchas les contó (no le entendía desde donde yo estaba), pero consiguió que el vehículo se parara.

Siguiendo el plan trazado, fui por la retaguardia. Subí a la caja y liberé al verraco de sus cadenas. Estaban pringosas, pero con la adrenalina del momento no le di importancia. Luego intenté trincar al animal del pescuezo para bajarlo al suelo. Sin embargo, se me resbalaba como un pez untado en manteca por culpa de esa misma porquería que lo envolvía todo. Además, las fuerzas empezaban a fallarme, así que era fácil imaginar de qué sustancia se trataba.

– Me he gastado 20 cajas de yemas para embadurnarlo bien todo, amigo. No digas que no me he tomado molestias en acabar contigo.

El Barón Dandi me hablaba desde el techo de la cabina, observándome con curiosidad. Se había abierto la gabardina para dejar entrever un chaleco floreado.

– Pobrecillo. No tienes armas, ni fuerzas, ni veneno, ni ventosas, ni nada: reducido a una viejo enfermo en cuestión de segundos –continuó mientras bajaba a donde yo estaba y empezaba a atarme con unas cuerdas también pringosas-. Desde aquella vez que te visité en la residencia con el otro… ¿No te acuerdas? Desde ese día me pareció muy curioso la reacción que provocan en ti las yemas de Ávila. Muy curioso, sí señor.

Trate de recordar, pero… ¡San Crispín, cómo me dolía la cabeza! Intenté escupirle con desprecio, pero ni eso pude. El hilillo de baba se me quedó colgando de la barbilla y la dentadura postiza se me calló el suelo. Él se descojonaba.

– La medusa es el único bicho capaz de estropear un bonito día de playa, ¿te has dado cuenta? Hasta los niños quieren acabar con vosotros y os dan caza con una sacadera y un cubito. Nadie os quiere, tengo que ser sincero contigo. Intenté avisar a la ciudadanía voceando tus trapos sucios a la prensa, de verdad que lo intenté con todas mis fuerzas.

– ¿Cómo sabias tantas cosas sobre mí? –solté entre resuellos. Me costaba mucho hablar, pero tenía que tirarle de la lengua para ganar tiempo. Aún quedaba un motivo para la esperanza.

– Uno tiene sus fuentes, ¿sabes?

Noté que alguien por detrás me empezaba a poner unas cadenas. Intenté darme la vuelta para verle la cara, sin resultado porque rápidamente me prendieron al gancho de la grúa y me subieron unos metros. Hasta que no estuve allí arriba, como un pimiento en una romana, no vi a Vitorio. El muy sinvergüenza, más falso que una mula romera, era incapaz de levantar la vista del suelo. El Barón Dandi le daba cachetadas cariñosas en el hombro mientras lanzaba su risa malvada.

– Os recomiendo que acabéis conmigo ahora mismo, porque ni cien inútiles como vosotros pararán a mi asno cuando se entere de esto… y no tardará mucho –les dije de pura rabia, enseñando mis cartas como un idiota.

– Ya, tu pobre burro… –respondió mi archienemigo–. Déjanos a nosotros encargarnos de tu pobre burro.

Luego debió de darme un soponcio o algo así porque todo se volvió negro y sueño.


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Capítulo 8: Del bidé al despacho del alcalde

[Viene de Capítulo 7: De pescozones y guantazos]

El Capitán Acueducto nunca se recuperó del morrazo. Le recogieron con rasqueta del suelo, le cambiaron el verde licra por el banco escayola y le ingresaron en el Hospital Nuestra Señora de Sonsoes. A parte de no sé cuántos huesos rotos, la caída le afectó a la sesera, ya que hacía ruidos raros y se pasaba el día soltando palabras sin sentido. Le preguntabas cualquier cosa y te salía por peteneras. Tardaron en darse cuenta de que, por culpa de algún cortocircuito en la cabeza, se creía un tal King África, quizás impresionado por el concierto que ese mismo verano había dado en Ávila. ¡Vaya usted a saber qué pasa dentro del craneo de un pobre loco! Lo visité por educación y a la tercera vez que me gritó “bomba” me fui de allí para no soltarle un sopapo.


No voy a negar que me alegraba de haberme quitado a ese cantamañanas de en medio. Así lo querría el destino. El que va para martillo, del cielo le caen clavos, dicen en mi pueblo. Sin embargo, también había una parte de mí algo asustada con eso de volver a ser el único superhéroe en funcionamiento. Ahora solo dependía de un servidor dar caza al Barón Dandi y uno ya está mayor para tantas presiones.

La verdad es que me obsesioné con el tema de los robos. Seguí patrullando por las noches, pero ahora apenas dormía porque también me dedicaba a estos asuntos por el día encerrado en el cuarto de baño. Veinticuatro horas dándole vueltas al coco para encontrar una explicación a todo lo que ocurría en Ávila en los últimos meses y adivinar cuál sería el próximo movimiento del maligno.

Uní en un mapa los puntos en los que había actuado el Barón Dandi, como en las películas americanas, pero aquello no sirvió para nada. Conté las letras que había en las palabras “santa”, “Teresa”, “Adolfo”, “Suárez”, “niño” y “Jesús” y llamé al número de teléfono que me salió, pero solo logré que un chino me gritara desde el otro lado de la línea. Busqué una lógica en el orden alfabético, convertí las letras en números, comparé los escenarios de los robos con los recorridos de las distintas líneas de Avilabus… sin resultado alguno.

Todo esto lo hice en el bidé, con los pantalones bajados y en remojo. Siempre ha sido el mejor sitio para pensar, para aclararme las ideas. Recuerdo que mi Arsenia se reía mucho cuando me veía pasar las horas muertas así, dándole vueltas a algún problema. Me decía que se me iba a arrugar la raja del pompis con tanto agua y cosas así. Mi serrana era muy fina para hablar; se hubiera muerto de vergüenza antes de decir culo.

Claro que con las monjas es difícil concentrarse. Cada dos por tres se me colaba en la habitación una sor para preguntarme qué tal estaba, o si ya había rezado el Ángelus, o si me había dado cuenta de que Dios es uno y trino; cualquier mandanga de esas. No se van ni gritándoles “tuso, tuso”.

A veces hasta me pedían que les ayudara colocando algún pedido que recibían en la cocina, como el día que les llegó una partida de sopas de sobre. Había que bajar al sótano 153 cajas de Sopinstant. Pollo con Pasta. “Nuevo diseño, misma receta”. Me pasé toda la mañana llevando paquetes de dos en dos, disimulando mis superpoderes. Era tan aburrido que acabé cotilleando el universo de trastos que las monjas guardaban en el subterráneo.

Fue allí, en ese lugar oscuro y húmedo, ante los adornos de Navidad de la residencia que las sores habían empaquetado, donde se me encendió la bombilla. Allí adiviné lo que estaba haciendo el cabrón del Barón Dandi.

Fui a por mi burro al momento, ya ataviado con el traje de Vetusto Man, y nos subimos a escape al Ayuntamiento. No tuve problemas para entrar en el Consistorio porque el policía chusquero que estaba en la puerta era mi amigo Elicio Iborra. En cuanto me vio empezó a santiguarse y a murmurar rezos, arrinconado contra la pared, como si hubiera visto a un fantasma.

Subí al segundo piso montado en mi jamelgo, igual que un general, y recorrí pasillos y pasillos hasta dar con el despacho del alcalde. La intención de mi rucio, creo, era llamar a la puerta, pero en lugar de eso la tiró abajo de un solo golpe de pezuña. Entré gritando “yiiiiiiija”, poseído por un espíritu yanke que me subió desde las entrañas debido a la emoción del momento. La capa de ‘Super tallas Bermúdez’ ondeaba al viento y los marros del cinturón, armas mortales en mis manos, brillaban como soles.

El alcalde estaba reunido con su equipo de Gobierno al completo. Nada más verme, agacharon todos la cabeza, como girasoles en días de lluvia. Al principio pensé que por miedo, pero escuché alguna risa por lo bajini, así que imaginé que se estaban descojonando por dentro. Me controlé para no empezar a repartir tortazos a diestro y siniestro.

– Caballeros –dije–. Ya sé por qué nos roba el Barón Dandi y cuál será su próximo movimiento.

Todos levantaron la chola, con las sonrisas congeladas en sus municipales rostros.

Saqué del bolsillo unas piezas de Belén de la residencia que había cogido prestado en mi visita al sótano y, tras bajarme del burro (literalmente), se las puse en la mesa.

– La Palomilla… –expliqué señalando a la Virgen.

Dejé pasar unos segundo para que procesaran la información.

– …Adolfo Suárez… –ahora les apuntaba a San José.

No parecían entender nada.

– … y el Niño Jesús del convento de las Madres –concluí sujetando al hijo de Dios recién nacido.

Me miraban como si estuviera chaveta.

– ¡Se está montando un belén gigante a costa del patrimonio de la ciudad! ¿No lo veis?

Abrieron muchos los ojos, no sé si con asombro o desconfiados. Alguien me preguntó cuál sería el siguiente robo.

– Ahora necesita una mula y un buey. Ahora necesita un par de verracos de piedra.

[Continuará…]


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Capítulo 7: De pescozones y guantazos

[Viene de Capítulo 6: Tenemos héroe nuevo en la oficina]

De chico tenía pánico a las tormentas, más que al sacamantecas. Alguien me dijo que los cuernos de las vacas atraían a los rayos, así que me entraba el tembleque malo cada vez que un temporal de esos me pillaba en medio del campo con el ganado. El canguelo era tal que acabé contándoselo a mi padre. Se encogió de hombros, me dijo que todos tenemos miedo de alguna cosa y continuó a lo suyo. No había mucho más que hablar. Yo seguí yéndome por la pata abajo cada vez que el cielo se ponía a tronar, hasta que un día dejó de asustarme. Imagino que simplemente me harté. Al miedo, igual que ocurre con el hambre, solo se lo vence ignorándolo.

También ahora me había hartado de esconderme, la verdad, así que volví a mi rutina de superhéroe anónimo. Regresé a la residencia, donde vivía de día como Fructuoso Blázquez, mientras dejaba las noches a Vetusto Man y su burro. Ya no hacíamos chapuzas de medio pelo, sino que patrullábamos la ciudad vigilando las estatuas y monumentos, atentos al próximo paso del Barón Dandi (primo del cocodrilo, imagino). También nos encargamos de trillar, bien trillado, las dos zonas en las que el malnacido había robado en busca de alguna pista que nunca encontramos.

Lo primero que hacía antes de empezar mi ronda nocturna era mirar al cielo para pedir perdón a la Arsenia y pasarme por donde mi Dulcinea. Casi siempre está asomada al balcón, así que nada más enfilar la calle ya me iba soltando algún piropo de los suyos; que si mocetón, que si precioso, que si te comía hasta la rabadilla.

De vez en cuando nos montábamos en el burro y nos íbamos al centro a tomar un helado de corte. La tenía que ayudar a subir encima del animal, aunque no siempre con el resultado esperado. Lo digo porque un día se me volteó en la subida y la pobre quedó arqueada, con el ombligo mirando al cielo, encima del lomo de mi asno. No sé si me explico: como la profesora de yoga en la residencia cuando estira la espalda con una de esas pelotas enormes de colores. El caso es que a la Dulcinea se le quedó la cabeza del revés a la altura, para que me entiendan, de donde debería ir uno de los estribos (si el rucio tuviera silla de montar). Fui a ayudarla de inmediato y, en ese momento, cuando ella estaba colgada como un chorizo, nos dimos el primer beso, con las seseras cada una en un sentido. Me pareció estar soñando de tanta felicidad que sentí en el pecho.

No todo fue siempre tan amoroso, la verdad. En uno de esos paseos nocturnos de helados y risas nos encontramos con el Capitán Acueducto. Por lo visto, también él patrullaba la ciudad por la noche, aunque en su caso parecía más preocupado por lucir palmito. El caso es que, en cuanto apareció, mi Dulcinea empezó a lanzarle improperios y yo me puse malo. “Buen mozo”. “Garboso”. “El de verde, que me pierde”. Y cosas así.

Acabó por acercarse el zagal para saludarnos e incluso le plantó dos sonoros besos a ella sin perder la sonrisa en ningún momento.

– Gracias por sus halagos, señora, pero lo importante es que estoy aquí para protegeros.

El caracatre se quedó oteando el horizonte como si se le hubiera escapado alguna oveja, con los ojos entornados, mientras mi acompañante aprovechaba para sobarle sus musculosos brazos. Lo suyo con los superhéroes es una perdición.

Luego el Capitán Acueducto se fijó en mí unos segundos. Llevaba todos los aperos (la boina con antifaz, la capa, las botas de pescar y mis armas reglamentarias), así que pensé que me reconocería al momento. No fue así.

– ¿Le puedo preguntar qué le pasó a su marido para quedarse así?

– No es mi marido –respondió Dulci-. Me lo encontré de esa guisa.

Me pareció que el burro se reía, si es que estos animales del demonio pueden hacerlo.

Yo le tendí al muchacho la mano, repleta de odio y de veneno, mientras me presentaba como Vetusto Man.

– He escuchado hablar mucho de ti –me dijo al devolverme el saludo.

Al principio aparentó normalidad, pero eché tanto veneno por las ventosas de los dedos que al final tuvo que soltarme con un grito de dolor que me llenó de orgullo

– ¿Qué ocurre? –le pregunté con retranca.

– Lo que ocurre es que a lo mejor tengo que darte un sopapo para que aprendas modales, abuelo.

– ¡Uy! ¿Sí? –fingí que temblaba mientras daba vueltas a su alrededor-. ¡No, por favor! Capitán Eructo, tenga compasión de mí.

Vi como Dulcinea se reía y me vine arriba. Seguí haciéndole burla, rodeándole con saltitos a la vez que gritaba a los cuatro vientos que tenía mucho miedo. Pero en una de esas aprovechó que le daba la espalda para agarrarme por el cuello con el brazo. Mientras me mantenía sujeto, empezó a tirarme de las patillas, uno de los pocos sitios en los que me queda pelo. Intenté zafarme aprovechando la mucosidad de mis carnes, bailonas igual que un flan, pero él cada vez apretaba más fuerte.

Uno busca soluciones desesperadas en momentos desesperados. A mí lo único que se me ocurrió fue trastear con mis manos sus partes bajas (bastante accesibles, por cierto, debido a su traje de licra) y pellizcar lo primero que encontré. Aulló de dolor antes de soltarme. Nos quedamos frente a frente.

– Puto viejo –dijo antes de soltarme un tortazo como no me han dado en la vida.

Me salió del alma responderle con un pescozón. Casi le escogoto al imbécil. De hecho, se quedó tirado en el suelo, quieto cual saco de estiércol. Temí que le hubiera ajusticiado como un conejo y me acerqué a echarle un vistazo. El muy sinvergüenza aprovechó para pillarme desprevenido y, con un hábil movimiento, me atizó con todo el escudo. Salí disparado hacia atrás y rompí los cristales de un escaparate con la espalda.

Desde dentro de aquel establecimiento, vi como el Capitán Acueducto venía hacía mía para rematarme. Me incorporé rápidamente y saqué uno de los barrillos del cinturón. Él se quedó paralizado ante mi nueva amenaza y yo aproveché el momento de incertidumbre para lanzarle el marro, pero lo hice con tal flojera que casi se me cae en los pies. ¿Qué me pasaba? Miré alrededor y me di cuenta de que había aterrizado en una tiendas de yemas y el efecto que tienen sobre mí, solo con tocarlas, ya se empezaba a notar. Había bolitas amarillas por todos los lados e incluso había aplastado varias cajas en la caída. Al instante ya no podía ni mantenerme en pie.

El Capitán Acueducto se dio cuenta de que algo me ocurría y no desaprovechó la ocasión. De hecho, el mostrenco me sacó de la tienda tirándome de las orejas, mientras se reía a carcajadas. A peligro pasado, cobarde esforzado, dicen en mi pueblo.

– No está usted para estos trotes –iba diciendo.

Ya en medio de la calle, volvió a agarrarme del cuello, a tirarme de las patillas y a soltarme cosques en la cabeza. No podía ni reaccionar, pero vi como el pollino se le acercaba por su espalda, dispuesto a intervenir en la pelea al verme en clara desventaja. Se colocó de culo y le arreó una tremenda coz en todo el costillar al desgraciado del escudo. Salió disparado por el aire y yo con él, pues ni con esas me soltó en ningún momento.

san_jose_copia_fotor.jpgCreanme si les digo que atravesamos volando varias manzanas. Lo de mi burro, ya lo habrán notado, no es de este mundo. Caímos frente al convento de San José justo en el preciso momento en el que volvía a sonar la risotada del Barón Dandi, de nuevo grabada. Un foco iluminó la entrada del templo, mostrando a un San José solitario que daba la mano a nadie. Nos había robado al niño Jesús… el muy hijo de perra.

[Continuará…]


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Capítulo 6: Tenemos héroe nuevo en la oficina

[Viene de Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?]

En ese momento yo no me enteré de nada. Era feliz. Luego supe que el Ayuntamiento y la Diputación habían aprobado unas mociones, cada uno la suya, para declararme persona non grata. En una de ellas, no recuerdo en cuál, incluso se hablaba de poner en marcha el Observatorio del Superhéroe para evitar fraudes y asegurar la calidad de este tipo de vigilantes. Ah, y lo que es aún más grave. Se estableció una tasa para tal práctica, en concepto de uso y disfrute de la vía urbana para el desarrollo de “actividades heroicas”. También se solicitó a la Junta de Castilla y León y al Estado un Plan de Dinamización Especial ante la baja calidad del tejido heroico abulense.

Pero ya digo que, al menos al principio, nada supe de estos zipizapes. Tras el jaleo con la estatua de Suárez, el burro me llevó directito al pueblo y allí, en el cuchitril de Tornadizos, me enclaustré bien a gusto. Por eso no leí a los voceros de la prensa poniéndome a parir por lo ocurrido con el robo de los monumentos. Me contaron que pedían la intervención policial para detener al loco de Viejuno Man (así me llamaban los muy…) antes de que hiciera daño a alguien. Y se burlaban diciendo que el único que tenía superpoderes era mi burro y estos, según varios testigos, se encontraban entre los cuartos traseros.

A las monjas les dije que me iba unos días con mi hija. Y a mi hija la llamaba todas las tardes desde el bar del pueblo para evitar que ella telefoneara por la noche a la residencia. Otra vez andaba con engañifas y falsedades. No sé cómo lo hacía, pero últimamente mentía más que hablaba.

En cuanto mi hija empezaba a hablarme de Vetusto Man o de cualquier asunto relacionado con el robo de monumentos, le cambiaba de tercio. Le sacaba lo rica que estaba la tortilla que nos hacía mi Arsenia, el último capítulo de la serie esa del perro policía, el precio de las cebollas… daba igual. Y ella encantada.

– ¡Qué hablador estás últimamente, papá!

Era feliz en esa ignorancia que me permitió estar totalmente al margen del aterrizaje de aquel estúpido, el Capitán Acueducto. No llegó hasta mi chabola de Tornadizos la noticia de que Segovia, preocupada por la pérdida del patrimonio cultural de una ciudad “vecina y amiga”, había decidido ceder temporalmente a su superhéroe local para colaborar con la causa.

Con el tiempo me enteré de que aquel figurante con mallas era, por así decirlo, de reciente creación. Las malas lenguas decían que lo habían fabricado ex profeso en cuanto llegó a Segovia el rumor de que Ávila tenía superhéroe y ellos no. No les vale con tener el AVE: ellos siempre tienen que ser más.

Y yo, mientras tanto, en mi retiro espiritual. Me pasaba el día en pernetas, medio dormido, medio durmiendo en el sofá orejero del establo, sin nada que hacer. El pequeño de los Patalajo se pasaba por allí de vez en cuando, siempre en completo silencio. A veces me acercaba alguna vaca, como animándome a que hiciera pesas con el animal (eso le encantaba), pero no tenía yo el horno para bollos.

Me dijeron que por aquellos días el justiciero segoviano se paseaba por Ávila entre aplausos y vítores. ‘¡Ayúdanos, Capitán Acueducto!’, le decían algunos. ‘¡Vaya planta que tiene el mozo!’, gritaban otros. ‘¡Ay, qué lebrel! Y el que más y el que menos, imagino, comparaba en su cabeza a uno y otro superhéroe. He de reconocer que no había color.

Él era joven, atlético. Lucía un traje apretado, más verde que el laurel, que no dejaba nada a la imaginación. Con buen traje se entra y encubre el ruin linaje, decían en mi pueblo. En el pecho se había bordado un acueducto y no se separaba de un escudo enorme de la Cultural Segoviana que, según decía, estaba hecho con los cráneos de los mejores cochinillos de su tierra. “Más duro que el vibranio”, solía decir el mangurrián (vete a saber a qué se refería). Pero lo peor de todo era su terrible juventud.

Escudo_Capitan

Ya digo que de todo esto no sabía nada. Al menos hasta el día que vino a verme Vitorio, preocupado porque no había ido a la partida de calva del domingo. Intentó decirme no sé qué de Vetusto Man, pero le corté rapido.

– Déjame de zarrias, anda. No me des la matraca, te lo pido por favor.

Se empeñó en llevarme a la ciudad para que participáramos en un campeonato de calva que había organizado el Ayuntamiento por las Fiestas de Verano: el No Limit Power Outdoor 2017. Se puso tan pesado, tan él mismo, que le dije que sí con tal de que se callara.

– Pero en cuanto se acabe me traes al pueblo.

El problema es que a la inauguración del evento acudieron las autoridades locales y el idiota del escudo. Con este último me choque sin querer mientras iba a presentar la ficha de inscripción.

– Claro que sí, abuelo, claro que le firmo un autógrafo –me dijo casi gritando, como si estuviera sordo.

Me quitó la ficha de inscripción y, en la parte de atrás, me dejó su firma y un mensaje: “Con la esperanza de que Ávila y sus abulenses sepan lo que es un verdadero superhéroe. Ya pueden estar tranquilos: llegó el Capitán Acueducto”. Luego me soltó una palmadita en la espalda.

Me di la vuelta buscando a Vitorio.

– Me caguen la burra balán. ¿Quién es este mamarracho?

Y ahí, en el preciso momento en el que empezó a contarme todo lo que había pasado durante los últimos días, acabó mi tranquilidad.

[Continuará…]


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Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


En capítulos anteriores:

 

Capítulo 3: Apatrullando la ciudad

[Viene de Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo]

Metí todas las zarrias del traje de Vetusto Man en una bolsa del Mercadona y regresé a Ávila en el coche de Vitorio. Le habían retirado el carnet hacía tres años por no pasar el reconocimiento médico (algo de sus cataratas), pero él no se daba por enterado. Se pasaba el día volante en mano, camelando con la música de Juanito Valderrama a todo volumen y escupiendo requiebros a cada muchacha que veía.

Nunca he visto tan de cerca la muerte como dentro de ese maldito Cuatro Latas. Vitorio conduce igual que vive: como le sale de los cojones. Es un milagro que siga vivo. Ese día, sin ir más lejos, empezó a dar voces con las manos en la cabeza al llegar a la altura de Naturávila, como si le hubiera dado un acicuaco. ‘El Rey de la Carretera’ hacía retumbar los altavoces. Yo agarré como pude el volante para volver a nuestro carril.

– ¡La madre que me parió, Fructuoso!

Miré por la ventana de atrás y vi que nos seguía el burro que me daba la tabarra en las siestas. Debíamos ir a 80 o 90 kilómetros por hora, pero teníamos al bicho pegado al culo. Por algún tipo de acto reflejo, Vitorio aceleró. El animal continuó a nuestro ritmo sin ningún tipo de esfuerzo aparente. Incluso llegó a ponerse a nuestra altura por el arcén. Parecía que quisiera adelantarnos por la derecha, pero al llegar a mi ventanilla se quedó ahí, mirándome sin dejar de trotar, como si me preguntara a dónde pensaba ir sin él.

Así descubrimos lo de los superpoderes del pollino, adquiridos, imagino, de tanto chuparme los pinreles. A las monjas les encantó que me presentara con un burro (“también es una criatura de Dios”, dijeron) y me dejaron guardarlo junto al huertecito que tienen detrás de la residencia. Eso sí, yo me encargaba de alimentarle y de limpiar sus descomunales mierdas.

Llamé a mi hija para decirle que ya había vuelto del viaje. Me preguntó qué tal nos había ido y yo le respondí que Huelva era preciosa.

– ¿Pero no me dijiste que te ibas a Vigo?

– También, mi niña. Era un tour costero de esos.

Yo continué con mi vida de siempre, pero con ligeras modificaciones. Me pasaba las mañana durmiendo, mientras que por las noches le soltaba la correa a Vetusto Man. Salía a la calle con mi boina-antifaz, las botas de pescar y la capa de ‘Super tallas Bermúdez’, sin olvidar las armas (los barrillos y las fichas de dominó). Regresaba justo para desayunar y, como salía y entraba escalando la fachada, las monjas no sospechaban nada. Me llevaba al burro a mis escapadas nocturnas, aunque solo fuera por tener algo de compañía.

Nunca fui ambicioso y no lo iba a ser ahora que era todo un superhéroe. Decidí empezar por cosas sencillas, de una en una. Que galgo que muchas liebres levanta, ninguna mata. Me cogí la revistilla que hacía la asociación de vecinos del barrió y me fui directito a sus reivindicaciones. “Aceras en mal estado, con baches peligrosos, en las calles López Núñez y Esteban Domingo”. Y para allá que me iba yo con mi burro cargado de las baldosas que quitábamos de las obras que se quedaron a medias cuando lo de la crisis. Y ni siquiera necesitaba cemento teniendo el moco venenoso de las manos. No tardamos ni un par de horas en solar esas y otras calles igual de descuidadas.

Otra noche me la pasé enterita coloreando pasos de cebra medio borrados por el paso del tiempo. La pintura se la sisé a las monjas aprovechando que estaban de obras en la capilla. Fue ahí cuando la conocí. Cantaba seguidillas desde el balcón de su casa (siempre está ahí, al oreo), algo de las mujeres bonitas y los hombres valientes. Cuando me vio enfilar la calle, bote de Titanlux en mano y con el traje de Vetusta Man al completo, dejó de entonar. El burro, como siempre, me iba a la zaga.

– ¡Pero mira tú que mozo guapetón nos viene esta noche al barrio!

Al principio pensé que se estaba pitorreando de mí, pero cuantos más piropos me lanzaba, más sincera parecía. Hasta floreó la mirada fililí del rucio, la muy bribona. Tendría mis años (siglo arriba, siglo abajo) y algunos kilos de más, pero le brillaban los ojos como dos farolas en día de lluvia. Le llamé Dulcinea, “mi Dulcinea del Toboso”, y ella se mondaba de la risa y volvía a cantar y se escacharraba de nuevo.

Pero cada sendero tiene su atolladero y el mío se me apareció con uniforme y placa una noche que estaba yo desatascando alcantarillas. Se presentó como el agente Elicio Iborra.

– Vetusto Man, para servirle.

Y seguí a lo mío, dale que te pego a los sumideros. Sin mucho éxito porque al momento ya estaba el atontado dándome la tabarra con que le enseñara mi DNI y los papeles del burro. No sé si hablaba en serio, pero le respondí que lo tenía todo en la guantera, que hiciera el favor de cogerlo él mismo porque tenía las manos ocupadas. No me lo podía creer cuando le vi rodeando el asno en busca del salpicadero.

La fiesta se acabó al escapárseme una sonora risotada. Ahí empezó a dolerle el orgullo y se me puso bravucón. No sé qué de que quedaba detenido por faltar el respeto a la autoridad. Intentó ponerme las esposas, pero yo me zafaba sin dificultad de sus hierros.

– Soy todo gelatina, señor agente –le intenté explicar-. Más le valdría sorberme que esposarme.

El municipal estaba rojo de furia, cada vez más obcecado, y acabó por sacarme la pistola para llevarme a la fuerza a la comisaría. Ahí comenzó mi burro, mi burro querido del alma, con su rechinar de dientes y con sus rugidos de león. ¡Por la Virgen de Sonsoles que no miento! Cómo lo vería el señor agente que no le quedó otra que envainársela (la pistola) y despedirse con un “buenas noches, no me alboroten mucho” de tono gaznápiro.


En capítulos anteriores:

Carta a Vetusto Man (por Ángel Martín)

Cerramos la semana con una nueva colaboración de nuestros lectores. En esta ocasión se trata de una contestación al post ‘El nacimiento de un héroe’, a cargo de Ángel Martín.

Si tú también quieres publicar algo en este rincón, aquí te explicamos cómo.

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Quisiera enviar un mensaje de solidaridad y apoyo a D. Fructuoso Blázquez por su incidente con la medusa en Cuevas de Almanzora (Almería). ¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios! Yo aquí en Málaga las he sufrido un par de veces pero en grado de tentativa de la que me pude zafar gracias a mi pericia de buen nadador (luego le cuento dónde di mis primeros chapuzones), pero a mi hija le pillaron a traición y el brazo derecho quedó tan enrojecido que parecía que se hubiese tatuado una puesta de sol.

Mire D. Fructuoso, yo he entrado en el Google Maps (que gran invento) para visitar el pueblo de sus horrores y me da la impresión de que es un pueblo tranquilo y por su historia no me cabe duda de que es muy hospitalario por lo que, si me lo admite, le aconsejo que envíe una nota de desagravio a la prensa nacional e internacional. Le recomiendo a nivel nacional “El Diario de Ávila” y en el extranjero puede optar por “El Washington Post”, el Herald Tribune o el Zeitungen aus Deustschland o como demonios se escriba que mi ingles no pasa del good morning y Metro Goldwyn Mayer y lo único que sé pronunciar bien en alemán es Ángela Merkel.

La próxima vez que vuelva por allí (cosa harto difícil después de su espantosa (sic) experiencia) en lugar de ir al mar se dé un baño en el embalse del rio Almanzora, o mejor aún, haga una pequeña excursión a la sierra de Almagro o a la sierra de los Pinos.
Me alegra que sea aficionado al juego de la calva, pero  me hace más ilusión que las pistas estén junto al rio “Chico”. Le voy a contar algo sobre el rio que quizás usted no conozca, no porque le crea un inculto sino porque los que vivís en Ávila desde toda la vida no os preocupa la historia de la ciudad. Le confieso que en mi juventud (somos casi de la misma quinta pues  estoy muy cerca de cumplir los setenta y cinco) nos importaba más bien poco porque el paseo del “Rastro” se llama así, de que siglo es la iglesia de San Vicente o de donde procede el nombre de “Adaja”. Ya sé que hay cosas más importantes en la vida pero cuando se vive lejos el amor a la patria chica marca la diferencia entre la alegre nostalgia y la triste melancolía.

Veo que le gusta vagar libremente sin las ataduras de un viaje programado. Yo habría hecho lo mismo, por eso nunca he viajado con el Imserso, prefiero coger carretera y volante y hacerme de un tirón (con los descansos que me marca la edad aunque aún me encuentro con fuerzas y ganas de viajar) los 650 kilómetros que me separan de mi querida y añorada Ávila.

Como le dije antes quiero que sepa que mis primeros chapuzones tuvieron lugar en el arroyo del “Obispo”, aquel riachuelo (por decir algo que se parezca a una corriente continua de agua) que nacía en un manantial junto a los “Cuatro Postes”  y discurría mansamente a pesar de que lo hacía cuesta abajo, hasta desembocar en el rio Adaja. A mitad del cauce se ensanchaba en un charco que nos cubría hasta casi las rodillas. Las primeras brazadas de natación las di en las charcas que el rio Adaja dejaba a su paso por el Soto en las fechas estivales de finales primavera y principios de verano. Como yo vivía en la otra punta de la ciudad (mi querido barrio “Ajates”) cuando nos desplazábamos hasta el rio lo hacíamos para pasar un buen día de campo de juegos y comida. Definitivamente conseguí perfeccionar los estilos de braza y crol en la piscina del polideportivo (no crea que exagero) que los de la “Juven” (Acción Católica) teníamos en el descampado al final del convento de Santo Tomas junto a la margen derecha del rio Chico. La piscina (no olímpica claro está) tenía unas dimensiones considerables para la época y en su parte más profunda media dos metros. También podíamos practicar el futbol y el baloncesto pues disponíamos de ambas canchas.  El nombre correcto del rio era “Sequillo”, pero las crónicas antiguas de la ciudad le llaman “Grajal”. El nombre del otro rio, Adaja, proviene del árabe “Azdaya” (rio de la Granja). Supongo D. Fructuoso que sabrá que este rio movía las ruedas de la desaparecida Real Fábrica de Algodón construida en 1792 sobre el lugar que ocupaba un molino harinero que llamaban del “Puente Adaja”.

Cuentan también las crónicas que a mediados del siglo XIX los abulenses no podían bañarse en los charcos que el rio Adaja formaba a su paso por el soto  porque las mujeres lo utilizaban para lavar la ropa. Como verá cosa no muy diferente a lo que un siglo después hacían nuestras madres en el pilón de Fuente Buena, con la diferencia de que esta agua era limpia y cristalina. Cuentan que un poco más abajo del puente romano, frente al convento de la Encarnación, un vecino de la ciudad, con una visión mercantilista de la limpieza corporal (ya entonces había emprendedores), montó un floreciente negocio construyendo unas casetas de madera junto al rio, separando a sus utilitarios por sexo pero  reservando algunas para los matrimonios, no para que sirvieran de “vis a vis” (ya me entiende usted), sino para que la intimidad estuviera a cubierta de miradas indiscretas. El precio de los baños dependían del número de veces que los buenos abulenses decidían estar pulcros y aseados, pero el individual costaba dos reales. La mayor aglomeración de clientes se producía entre las once y una de la tarde. Ojala las casetas de las playas de esta país estuvieran tan bien organizadas y baratas. Cuando se lo cuento a mis hijos (no tengo nietos a quien lavarles el cerebro) me dicen que esos son relatos de ficción producto de mi calenturienta mente. Todavía no entienden (que sabrán ellos) que hubo un tiempo en este país que los censores de la moral nos prohibían agarrar de la mano a la novia bajo pena de  excomunión y que darle un beso podía suponer una condena  a sufrir los rigores del fuego eterno hirviendo en las calderas del malvado Lucifer. Por cierto, en algunos sectores de la iglesia nada ha cambiado. ¡Jo, qué país!

Me alegro de que se haya recuperado del todo de la picadura de la medusa y del malestar estomacal y le animo a que siga siendo el justiciero de la ciudad. Charles Bronson hizo lo mismo en varias películas y acabó limpiándola de delincuentes, pero claro, en el celuloide todo es más fácil.

Desde esta tierra de sol y luz le envío un cordial saludo y que la “fuerza le acompañe” para que pueda derrotar a sus enconados adversarios en las incruentas batallas del juego de la “calva” y a los no tan pacíficos en su afán de recordarnos a un héroe de los comics. ¡Yo, Ángel Martin, profeta mayor del reino le auguro un triunfo de record Guinnes!

Envidio su jovialidad así que desde ahora voy a recomendar a los jóvenes que si quieren tener una vejez duradera deben empezar a sentirse viejos cuanto antes. Creo que lo dijo un sabio aunque no se cual y tampoco sé si la cita es literal.
¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios!

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