Diario de un asocial en Ávila del Rey

Una de las jornadas más felices de los últimos meses la viví el día que descubrí maravillado que podía pedir comida rápida por internet. Pizza, kebad, arroz tres delicias, McCosa Deluxe o chiritofu a un par de clics. Sin complicaciones, sin límites, con tarjeta de crédito o al contado. Estaba tan emocionado que tras besar al borde de las lágrimas la pantalla del ordenador, la tableta y el móvil; tras poner una vela a Steve Jobs y donar un par de céntimos a la fundación del señor Puertas, no pude superarlo y, abrumado y en calzoncillos, terminé comiendo una ensalada. Aquello sí que era una revolución y no la neolítica.

Me dirán ustedes que no es para tanto, que apenas hay diferencia entre llamar por teléfono (ir hasta el restaurante/antro/local está totalmente descartado) y pedir el yantar por internet. Pues como otras tantas veces, están ustedes equivocados. Estamos ante un avance sin parangón que nos permite soñar con un futuro maravilloso en el que hayamos acabado con uno de los grandes problemas de nuestras sociedades: la interacción entre seres humanos. Llamar por teléfono, pongamos por ejemplo para pedir una pizza, implica al menos hablar con dos personas: la que te coge el teléfono y apunta con errores tu pedido y la que ha de llevar hasta la puerta de tu casa las viandas que no has solicitado sin el cambio que has pedido. Eliminada la comunicación telefónica, tan solo nos queda construir androides de protocolo que sepan montar en motos de reparto y equivocarse con el cambio.

En general, todo esto del contacto humano está extremadamente sobrevalorado, por no hablar de lo nocivo que es para la salud. Gracias a internet todos podemos sentirnos seres sociales sin salir del sofá y sin invitar a nadie a compartilo con nosotros. La red nos permite conocer gente sin conocerla, olvidarla sin esfuerzo, odiarla sin sangre, soportarla sin ansiolíticos y parecer normales sin serlo. En internet, hasta el más asocial de los seres humanos -asesinos en serie, fans de Manolo Escobar y la Húngara, votantes fieles del PP, hinchas de Rubalcaba- puede tener un grupo de amigos o conocidos con los que hablar, intercambiar fotos de gatos o comentar el último haiku de Coelho. ¿Que esa amistad no es de verdad? Miren a su alrededor y júrenme por lo más sagrado -la camiseta que lucía Raúl cuando mandó callar al Camp Nou- que todas las amistades de su círculo más cercano, descartamos de antemano los amigotes del trabajo y los vecinos de escalera, pasarían un test Voight-Kampff.

El hecho de que considere que las relaciones humanas están sobrevaloradas no quiere decir que niegue su existencia. Aunque la mayoría de las amistades son impostadas relaciones pretendidamente simbióticas, aún hay gente que, a pesar de los pesares, me habla cuando me ve sin necesidad de que les pague por adelantado, prueba irrefutable de su amistad o de algún defecto congénito no detectado en su etapa fetal. Y subiendo un escalón, es innegable la existencia de la familia -tradicional, mística o de andar por casa; todo ser humano es un cuñado en potencia- y de la sociedad.

Thacher a esto último habría puesto pegas. “La sociedad no existe” me habría gritado mientras me tiraba sindicalistas con catapulta “Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. El problema de Margaret, como el de otra mucha gente -Hayek o Friedman eran, creo, de la misma opinión- es que nunca han vivido en Ávila para comprobar hasta qué punto existe la sociedad. En Ávila, la sociedad se pueden palpar, como la tensión en las ruedas de prensa de Cospedal. No es un artificio teórico o una excusa. Existe y lo abarca todo: el día a día, el empleo, la amistad, la política, el amor, el sexo, el pasado, el futuro, los partidillos de los fines de semana, los matrimonios, los divorcios, los novios de toda la vida, las charlas del café, el dinero, las familias de bien y las de mal. Todo está influenciado por la sociedad y por las relaciones que como hilos de telaraña la conforman. Está en cada recoveco, en cada esquina, en el enlosado de los parques y en el asfalto de la operación homónima. En Ávila, la sociedad es una realidad étnica y cultural, un sentimiento de pertenencia, una cadena, un lazo blindado.

El otro día, mientras remataba el primer post de esta serie sobre las esencias locales, alguien llegó al blog buscando “ventajas y desventajas de vivir en Ávila”. Así a bote pronto, y sin dejarnos llevar por los colores, a todos se nos ocurren un par de argumentos de peso para cada columna de la lista de pros y contras. Argumentos basados, claro está, en las experiencias personales y en las preferencias de cada uno. Lo que para unos es tranquilidad y paz, un ambiente ideal donde ver florecer a sus infantes, jubilarse paseando por el Grande y contemplar a los vencejos buscando acomodo en la muralla al atardecer; para otros es un tostón narcotizante, un aburrimiento, un criadero de amebas y un logrado tributo a las serenas y poco transitadas planicies selenitas.

Del mismo modo, la consistente sociedad abulense, la espesura y frondosidad del tejido social y el hondo sentimiento de pertenencia, arraigado incluso entre los menos proclives a ello, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Ávila es, el fondo, un pueblo grande, una tribu expandida. Ávila es una gran familia, como las casas reales europeas, pero con algo más de variabilidad genética. Los problemas de los demás abulenses nos afectan más, sentimos como propio su dolor o su preocupación, de la misma manera que disfrutamos los éxitos abulenses por el mundo con mayor intensidad. Y esto es lógico porque los protagonistas de dramas y alegrías están muy cerca, porque todos son el hijo de tal, el nieto de cual, la chavala esa que trabajaba en aquella tienda, el niño que jugaba en el parque, el amigo de tu sobrino, el señor que te traía el pan o el que curraba con Fulanito. De existir, Abulenses por el mundo -un serial con más capítulos que Cuéntame- sería de largo el programa más visto en bares, restaurantes y salones, y los protagonistas serían asaltados en sus ciudades de residencia por turistas abulenses que, tras verlos en el televisor, habían decidido ir hasta la Patagonia, Tanzania o Nueva Zelanda a llevarle unas Yemas y un poco de queso. Si Amancio Ortega fuese abulense nos haríamos fotos delante de las tiendas de Zara como si de embajadas de la patria amurallada se tratasen y si Iniesta hubiese nacido en la Toledana aún no nos habríamos repuesto de su remate frente a Holanda. La llegada del invierno es esperada por todos los que vivimos fuera porque sabemos que, tarde o temprano, la muralla saldrá nevada en las noticias y podremos, sin salir de nuestro salón, imaginarnos golpeados por el aire frío de la sierra mientras subimos a Sonsoles a por agua o nos acercamos al Soto a ver cómo corre el río.

Pero como anunciaba, esto también tiene sus cosas malas. Que seamos cuatro gatos y que todos o casi todos nos conozcamos implica que todo el mundo sabe de qué pie cojea su vecino, sus filias, sus fobias y si el café lo toma solo o con leche. Nos tenemos tan vistos que miramos extrañados, pero de reojo, las caras desconocidas; y estamos tan cansado de nosotros mismos que hay gente a la que solo saludamos cuando la vemos fuera de Ávila. Si cambias de círculo, pisas un bar que no frecuentabas, cambias de ruta al pasear o montas un blog, la gente se preguntará sorprendida de dónde sales, quién eres o, pregunta castiza donde las haya, de quién eres. Y ni se te ocurra romper con tu novia o novio “de toda la vida” si no quieres ser un apestado. Una sociedad biempensate con tendencia a doblepensar.

Pero si la sociedad abulense tiene tendencia al catenaccio, el estrato más alto de esta cuelga a todos sus jugadores del larguero incluso cuando juega en casa contra el colista. Son la élite de la élite, los que llevan monóculo en su casa, juegan al golf con Espe en Naturávila, visitan la finca de Cospedal los fines de semana, se casan entre ellos para no contaminarse con la sangre del vulgo y tienen escudos de piedra con las armas normalmente inventadas de sus antepasados. Los de arriba son los de arriba por la gracia de Dios y por tradición. Y como todos ustedes saben, las tradiciones son sagradas y subvencionables. Un apellido puede marcar una vida y los advenedizos son rechazados con premura. Y esto sin entrar en los favoritismos, los amiguismos y los enchufismos que una sociedad pequeña y cerrada ampara, provoca y estimula. Los brazos abiertos si vienes de parte de tal, el gesto serio y adusto si eres de cual. Las facilidades si eres conocido, los múltiples inconvenientes si eres un mindundi arribista que pretende, sacrílego, saltarse doscientos años de tradición familiar y social. Los nuestros, los de siempre, los otros.

Quizá exagero y esto sea solo cosa mía, un asocial que espera ilusionado poder adoptar a Pancho para no tener que volver a hablar con el dependiente de la administración de lotería.

San Segundo ¿Obispo de Ávila?

El robo hace unas semanas del Codex Calixtinus, uno de los manuscritos más famosos y valiosos de cuantos se conservan, o conservaban en nuestro país llevó a las portadas de los periódicos dos temas de gran interés. El primero, la conservación, custodia y seguridad de los bienes culturales, en especial de aquellos que son propiedad privada, de particulares, instituciones o empresas. Pueden ustedes imaginarse sin mucho esfuerzo la deplorable situación de nuestro patrimonio si algo tan importante y valioso como el Codex puede robarse con tanta aparente sencillez. Castilla y León en general y la provincia de Ávila en particular, fueron durante décadas el coto de caza favorito de ladrones de arte sacro que hacían su agosto en las miles de ermitas e iglesias repletas de tesoros artísticos apenas vigilados. Y aunque es evidente que la situación ha mejorado, una reforma de la ley de patrimonio – la actual data de 1985 – que implique más a los poseedores de patrimonio en su seguridad y conservación sería bien recibida, aunque mientras tanto tampoco pasaba nada por aplicar el artículo 36.4 de la actual de vez en cuando.

El otro tema que ha aparecido tímidamente en los medios de comunicación es la relación de este manuscrito con el mito compostelano y la historia y la leyenda alrededor de la figura de Santiago el Mayor, su llegada a España, el descubrimiento de su tumba y el posterior peregrinaje medieval. Resumiendo, el imposible descubrimiento en Galicia durante el Siglo IX del cuerpo de un hombre degollado ochocientos años antes en Jerusalen, cuyo cadáver habría llegado hasta las costas peninsulares en una balsa flotante de piedra y el chiringito peregrino montando alrededor de este descubrimiento por intereses políticos y económicos con el permiso de Calixto II, Papa de Roma y hermano, por cierto, de Raimundo de Borgoña, repoblador de la ciudad de Ávila por orden de su suegro, Alfonso VI de Castilla y a mayor gloria de su hijo, Alfonso VII.

Perdón por el párrafo anterior, pero en ocasiones sale sin mi permiso el historiador que llevo dentro. Resumiendo, ahora sí, el mito compostelano, nacido y crecido a la sombra de necesidades e intereses políticos y economicos, se basa en un cuento chino. Perdón, en la fe.

Pero, ¿y si este no es un caso único? Voy a decirles una cosa, pero guardenme el secreto: la mayoría de las historias de santos y mártires no son, por decirlo suavemente, excesivamente veraces. Y no hace falta irse hasta Galicia para encontrar lugares que tienen como patronos a personas que difícilmente pudieron estar alguna vez allí. ¿Estoy hablando de Ávila?

Todo el mundo tranquilo, que no cunda el pánico. La Santa era de Ávila. (¿He oido suspiros de alivio en el sector turístico-religioso abulense?) No tengo ninguna duda de la abulensidad de Teresa de Jesús, aunque permítanme dudar de algunos episodios concretos de su vida (lo de la transverberación ha dado lugar a magnificas obras de artes pero…). Estamos aquí para hablar del segundo patrón de la ciudad: San Segundo, según la tradición, el primer obispo de Ávila.

¿Qué “sabemos” de San Segundo? Segundo fue uno de los siete varones apostólicos, discípulos de Santiago el Mayor, casualmente, ordenados en Roma por Pedro y Pablo con la misión de evangelizar la Hispania Romana. Los siete apostoles se repartieron por la península y Segundo llegó a Ávila donde se le considera su primer obispo. Su tumba sería encontrada en 1519 en la ermita de San Sebastián, hoy de San Segundo, durante unas reformas llevadas a cabo por la cofradía adscrita al templo. También sabemos que las fiestas en su honor son cada año peores, pero ese es otro tema.

Vayamos por partes. En primer lugar, ¿de dónde sale la historia de los varones apostólicos? Las primeras referencias que tenemos acerca de esta leyenda datan del siglo IX, a la sombra de los mitos compostelanos, aunque pudiesen responder a tradiciones mozarabes anteriores, y son definitivamente ampliadas a lo largo del S. X y fijadas en textos religiosos de los S. XII y XIII. Es decir, en el mejor de los casos, entre la llegada a España de Segundo y el relato escrito de su viaje median seis o siete siglos en los cuales no se habla de él ni de sus seis compañeros de viaje en ninguna fuente. Hay otro aspecto curioso sobre el que volveremos más tarde: los siete varones desembarcan en algún puerto cercano a la actual Guadix, desde la que se reparten el territorio a evangelizar. Ninguno de ellos se aleja más que unas leguas de Guadix, excepto San Segundo que decide recorrerse media península hasta Ávila. Luego volveremos a esto.

En segundo lugar ¿existía la ciudad cuando presuntamente Segundo vino a evangelizarnos? Sí, Ávila existía a mediados del siglo I. Posiblemente desde mediados del Siglo I a.C existiese en los límites de la actual ciudad un poblamiento estable aunque es muy difícil saber que entidad tenía el núcleo urbano a mediados del siglo primero, fecha en la que en teoría llegaría Segundo a la ciudad. Pero ¿qué pruebas tenemos de la cristianización de la ciudad? Ninguna. Es decir, si Segundo estuvo extendiendo la Palabra por la ciudad, su evangelización fue poco fructífera, por no decir que pasó desapercibida. No tenemos pruebas de la existencia en Ávila de cristianos hasta varios siglos después. Si aceptamos que Segundo fue el primer obispo de la ciudad, el segundo del que tenemos referencia sería Prisciliano, bien entrado el siglo IV. No tenemos tampoco evidencias arqueológicas de los ritos cristianos hasta época tardorromana (Fines S. III – S. IV).

Tercero, el hallazgo de los restos del Santo presenta también algunas sombras. Primero, porque hasta el S. XVI los restos de una personalidad de la altura de San Segundo, primer obispo de la ciudad, permanecen ocultos en una pequeña ermita dedicado a otro Santo. Segundo, porque según los relatos de los contemporaneos, los restos del santo aparecieron adornados con un cáliz y un anillo que pudieran fecharse en el S. XII-XIII, más o menos cuando, casualmente, debió construirse la Iglesia donde se encontraron. Tercero, la identificación de los restos humanos con el santo se hace a través de una inscripción en la que se lee “Sanctvs Secvndvs”, inscripción que, por supuesto, no se conserva ni aparece menciona en las fuentes más que de pasada.

Resumiendo, que a voy a ir acabando. A San Segundo lo situa en Ávila una fuente medieval de dudosa veracidad en el S. I d.C., momento en el que la ciudad existía, pero de su paso por ella no hay ninguna prueba y de su fe tampoco hasta varios siglos después. La única “prueba” que conservamos es el descubrimiento de su tumba, tras milenio y medio de olvido, en una iglesia dedicada a otro santo, tras una pared y con objetos del S. XII-XIII. Si aún no dudan de la veracidad de la historia, les voy a lanzar otro interrogante. ¿Y si la fuente original no hablase en ningún momento de Ávila? En la provincia de Almería, no muy lejos de Guadix, hay un pequeño pueblo de 1500 habitantes llamado Abla. Sus habitantes reciben, como los nacidos en Ávila, el nombre de abulenses. Como abulenses de Ávila ustedes habrán oído alguna vez aquello de la Obila vettona, la Abula romana y la Ávila cristiana medieval. Uno de los muchos interrogantes sin respuesta sobre el pasado de nuestra ciudad es la evolución de su nombre, y aunque ello da para un par de post, les puedo adelantar que si alguien visitó la ciudad en el S. I d.C posiblemente visitara un villorio romano llamado Avila (o Avela).

Si, en el caso de que llegase alguna vez a la península, el tal Segundo no salió nunca de Almería ¿qué pinta en Ávila? El error en la lectura de las fuentes es evidente: leyeron Abula, interpretaron que se refería a la ciudad castellana y se le imaginaron paseando por las orillas del Adaja. ¿Por qué? Como sucede con Santiago, la “invención” de San Segundo responde a motivos políticos y económicos. Por un lado, engrandecer la historia de la ciudad, como por otra parte hacían todas las ciudades y particulares en aquella época. Ser una de las primeras ciudades cristianizadas vestía un montón y todavía no tenían a La Santa para presumir ante el resto del mundo cristiano. Además, el descubrimiento se realiza poco antes de la efervescencia del movimiento comunero, en un barrio fuera del nucleo amurallado, posiblemente dedicado a actividades artesanas, por una cofradía formada por miembros de la pequeña burguesía manufacturera y comercial (los restos arqueológicos de las tenerías cercanas dan fe de la actividad de la zona). A los miembros de esta cofradía, contar con los restos del primer obispo les supondría una inyección de poder frente al Obispado que, desde el primer momento, lucha por llevar los restos del Santo a la Catedral.

En resumen, la historia de la invención de San Segundo tiene los mismos ingredientes que la de Santiago: poder, dinero y fe. ¿Diferencias? Bueno, en Compostela abrazan al santo y nosotros metemos un pañuelo blanco en su tumba. Quizá el gallego sea un poco más famoso… pero solo un poco.

PS.- Si alguien siente la perdida de San Segundo como referente cristiano o moral de la ciudad, le propongo un consuelo: quizá el que esté enterrado en Santiago sea Prisciliano, obispo de Ávila. Sí, era un hereje y le condenaron por ello, pero era nuestro hereje.

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