¿Hemos vendido nuestras ciudades al turismo de masas?

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Calculo que tendrá cerca de sesenta años, pero soy muy malo para esas cosas. Igual tiene más y se conserva bien, o menos y la vida no ha sido demasiado amable con él. Le acompaña una niña pequeña, supongo que su nieta, que debe rondar la decena. Van de la mano y ella arrastra una mochila rosa con la estética de alguna serie de moda. Entran en la plaza por la calle Comercio, esquivando a un grupo de norteamericanos, aproximadamente cuarenta, todos de mediana edad, que siguen a una guía de pelo rubio que levanta una banderita llena de barras y estrellas. Cuando el abuelo y su nieta llegan a la plaza, buscan con la mirada un asiento a la sombra. No tardan mucho. Cerca de donde se encuentran, bajo un árbol, hay hueco suficiente para los dos al lado de una pareja joven de turistas -él lleva una cámara al cuello y ella consulta un plano- que charlan mientras se comen un helado. Llegan, dan las buenas tardes a los citados turistas y se sientan a descansar. Él mira a su alrededor buscando a alguien conocido, mientras la niña juega con su mochila. Al poco de estar sentados, un grupo de adolescentes franceses se aproxima a ellos. Una chica -dieciseis años, tal vez alguno menos, rubia, delgada, pálida, muy europea- se sienta a su lado mientras el resto del grupo permanece de pie. Se ríen, gritan, juguetean. Uno de ellos, con una camiseta blanca de tirantes, unos pantalones vaqueros y una de esas gorras que son más grandes que las cabezas que las portan, se acerca al abuelo y a su nieta. Le pregunta, en francés, si habla la lengua en la que leen a Cervantes al norte de los Pirineos. El señor le dice que no. El joven vuelve al ataque, entre las risas de sus compañeros de viaje. Le dice -entiendo el francés justo para no morir de hambre en aquellas tierras- que si se puede hacer una foto con él. El hombre desiste, coge de la mano a su nieta y se van. El toledano, especie en extinción en el centro de Toledo.

Y no solo el indígena desaparece. Más allá del caso comentado, donde la mala educación de los protagonistas alóctonos tiene más culpa que la procedencia o profesión de los mismos, el turismo tiene un impacto claro en la fisonomía de las zonas turísticas. Un paseo por la citada calle Comercio o sus adyacentes nos permite contemplar el escaparate de centenares de tiendas de souvenirs y la carta de otros centenares de bares -sangría y paella 12€-, pero muy pocas tiendas donde comprar útiles o viandas para la vida diaria de los habitantes de la zona. El Zara aparece en ese mar de espadas, navajas, toros y flamencas como el último refugio de la civilización.

Toledo, especialmente este año con el IV Centenario del Greco -no pueden ustedes perderse la exposición del Museo Santa Cruz y lo bonito que ha salido El Expolio de los talleres del Prado- está ocupado por turistas de toda clase y condición. Nadie duda del potencial económico del turismo pero la sobreexplotación y el monocultivo, aferrarse a él como única esperanza de crecimiento y creación de empleo, pone en peligro el patrimonio, la fisonomía de las ciudades, cuyos centros históricos corren el riesgo de convertirse en parques temáticos para el turismo, inhabitables para la población local; y también la propia supervivencia del sector que, llegado el caso, puede encontrarse con destinos tan masificados que provoquen el rechazo del visitante.

Es posible que usted haya visto, leído u oído hablar sobre esto mismo recientemente y se pregunte si es que todos los opinólogos, periodistas, blogueros y agentes del mal nos hemos puesto de acuerdo para divagar sobre este particular. La razón de esta coincidencia es el cierto éxito en las redes de un “documental” -lo entrecomillo porque sus autores no gustan de esta etiqueta- sobre Barcelona y las hordas de turistas que la invaden y la sojuzgan.

Por si ustedes no han pisado en tiempo aquellas tierras, yo, que estuve en la ciudad condal el último Sant Jordi, puedo dar fe de lo que en esas imágenes se narra. Y también de que la situación de Venecia es igual o peor, con más japoneses, más agua, alguna que otra rata y más olor. Ciudades tomadas por la industria turística, sustitución de los comercios y negocios tradicionales por otros orientados en exclusiva a los visitantes y población local agotada, arrinconada y en desbandada. En Venecia se están tomando algunas tímidas medidas para mitigar el impacto del turismo sobre el delicado ecosistema de la laguna y el patrimonio de la ciudad, como limitar el número de cruceros que pueden fondear en sus aguas o prohibirles el paso por determinadas zonas. A las protestas para poner en marcha estas medidas, protagonizadas por ecologistas y defensores del patrimonio, han seguido las protestas, protagonizadas por empresarios y trabajadores del sector turístico y hotelero, por su puesta en marcha. En Barcelona, la única medida tomada de momento para limitar la ocupación turística de un espacio, el fin de la gratuidad del Park Güell, ha levantado, como pueden ver en el vídeo, opiniones encontradas entre los vecinos. Los hay que acusan al Ayuntamiento de afán recaudatorio -una muletilla que vale para todo, incluso para cuando te multan yendo a 180 km/h por una comarcal, borracho como una cuba, con un par de cadáveres en el asiento de atrás- y los que lo consideran un mal menor. Entre los comerciantes de la zona, supongo, la opinión será claramente contraria.

El turismo es un gran negocio, posiblemente la primera industria (legal) global. Mueve miles de millones de euros y crea millones de empleos. En algunas zonas, el turismo es el principal motor económico. En Barcelona, el documental habla de que el turismo deja en la ciudad 20 millones de euros diarios, aunque no cuantifica qué gastos provoca (seguridad, limpieza, transportes, etc.). Piensen en Ávila. Muerta y enterrada la burbuja, el turismo y la Nissan son las dos principales industrias locales, los dos clavos ardiendo a los que se aferra la ciudad. Aunque usted no trabaje en ninguna de las dos industrias, su bienestar también depende en parte de ellas. ¿Qué pasaría si cerrasen Nissan? ¿Y si dejasen de venir turistas? ¿Justifica esta necesidad vital que se haga todo lo posible -subvenciones millonarias, ayudas fiscales, privilegios, etc- para sostener estas industrias?

Como sucede en Barcelona o en Venecia, aunque a mucha menor escala, es posible que el abulense de a pie tenga a veces la sensación de que su papel en la ciudad es secundario. Echemos un vistazo a las noticias sobre el próximo centenario de Santa Teresa. Casi todas se centran en el impacto que tendrá de cara a la imagen de la ciudad, el número de personas que vendrán, las previsiones de afluencia turística, etc.

No pretendemos con estas líneas posicionarnos en contra del turismo. Si han pensado eso, están ustedes equivocados. El turismo es una fuente de riqueza, un motor económico y un activo, entre otras cosas, para la conservación y recuperación del patrimonio material e inmaterial. Sin turismo, Ávila sería hoy un páramo. Pero se debe tener presente que además de potenciar la ciudad como destino y facilitar la llegada del turista y su estancia, hay que pensar en el ciudadano de a pie que ha de convivir con el turismo y el turista, evitar que se convierta en víctima del éxito turístico de la ciudad y que vea en el turismo a un enemigo en su día a día. Cuando se planifican actividades turísticas ¿se piensan en su impacto para los vecinos? ¿Se piensa en ellos? ¿Cuál es el papel reservado para los abulenses para el próximo centenario de la Santa? ¿Espectadores, voluntarios, actores de reparto, señalética humana, protagonistas? Dentro de las murallas están censadas apenas 3000 personas. ¿El Ayuntamiento piensa en ellas cuando actúa en la zona o en los turistas del fin de semana? Un ejemplo reciente, con el tema de los locales vacíos en el casco antiguo ¿El principal problema era la muerte del pequeño comercio, con lo que eso supone para la vida diaria de los residentes, o la mala imagen que se proyectaba de la ciudad para los visitantes? ¿Es el turismo, o debería ser, algo más que recaudación?

Mañana, si les parece, continuamos.

El AVE y el turismo

Los últimos días han sido de frenética actividad inauguradora. Como en los viejos tiempos, las cintas con los colores de la bandera de la patria y las cortinillas de terciopelo han vuelto a las portadas de la prensa. En nuestra ciudad, sin ir más lejos, en los últimos día se ha inaugurado un surtidor (de gas licuado, que somos modernos), el cambio de denominación de una rotonda* y el cambio de denominación de unas pistas polideportivas. ¡Y amenazan con inaugurar dentro de no demasiado tiempo la nueva estación de autobuses! Adiós a nuestro hecho diferencial: la estación de autobuses sin autobuses.

En el resto de España, por pura envidia, también andan inaugurando cosas. Cosas insignificantes al lado de nuestro brillante y gaseoso surtidor, pero cosas al fin y al cabo. Por ejemplo, a principios de esta semana se inauguró por todo lo alto el nuevo AVE Madrid-Alicante. Allí estaban el Príncipe de las Españas, la ministra del ramo, un par de presidentes autonómicos, algún que otro imputado por corrupción y Mariano, que por ser la ocasión que era viajó en persona y no por TDT. La nueva línea del AVE, un cacharro del que me declaro fan absoluto, creará, él solito, 735 empleos, tendrá un impacto de 70 millones de euros anuales en la economía alicantina y aumentará un 40% el número de viajeros, la mayoría de ellos madrileños ansiosos por comprarse una casa con vistas a la playa de San Juan o en la Albufereta. Casi nada.

Personalmente, siempre he dudado de este tipo de cifras, en primer lugar porque a medida que tiramos vías de AVE multiplicamos los destinos a los que tienen que ir los madrileños, principal mercado emisor de domingueros, lo que debe ser un mareo para ellos. En segundo lugar, porque siempre me ha parecido que estas cifras se dan de forma bastante aleatoria. Por ejemplo, el AVE creará 735 empleos en Alicante, mientras que el “tren diesel de velocidad rápida” que han vendido a los extremeños creará, según la Junta, nada menos que 16000 empleos. Con 200 trenes de estos surcando la piel de toro acabamos con el problema del paro.

Calcular si esto es cierto o no sobrepasa mis capacidades, solo soy casi perfecto, pero si podemos acercarnos al impacto del AVE en el turismo. ¿Cómo? Comprobando si la llegada del AVE a una ciudad supone o no un aumento significativo del número de viajeros. Vamos a coger unas cuantas ciudades a las que ha llegado el AVE en los últimos años y vamos a compararlas, gracias al trabajo de los chicos del INE, con otras que no han tenido tanta suerte. Las ciudades con AVE elegidas son Albacete, Cuenca (a ambas llegó el tren a finales de 2010), Segovia, Valladolid (el AVE pisó Castilla a finales de 2007) Tarragona (2006) y Toledo (2005). Entre las ciudades lentas, además de Ávila, he escogido a Zamora y Cáceres, por ser de un tamaño similar al nuestro.

Primera gráfica: evolución del número de visitantes de todas estas ciudades desde el año 2005 a 2012. (Como siempre, click para ampliar)

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A simple vista no podemos sacar ninguna conclusión. Bueno, sí, una: que a Zamora va poca gente y a Toledo mucha, pero esto era algo que ya sabíamos. Vamos a por la segunda ¿cómo ha evolucionado en estas ciudades este dato desde 2005 a 2012? ¿Llegan ahora más o menos viajeros que antes?

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Como vemos, la llegada de visitantes ha aumentado en tres ciudades, todas con AVE, y decrecido en las demás. Mención especial para la nuestra que, como pueden ustedes observar, es la que peor se ha comportado de entre las elegidas. El dato concreto de Ávila, saquen los pañuelos, es una caída del 18,03% desde el año 2005. Casi podríamos concluir que el impacto del AVE existe, si no fuera porque la segunda ciudad con peor comportamiento en la serie es Cuenca, que a pesar del AVE ha perdido un 14% de viajeros en los últimos 8 años. Los datos de las ciudades con tren veloz son, de media, mejores que los de aquellas que no lo tienen, pero no se comportan igual. Aunque no podemos saber qué habría pasado con el turismo conquense sin la llegada del AVE, parece que la velocidad a la que llega el tren no es el único factor que determina el número de visitantes.

La tercera gráfica nos va a permitir valorar el impacto inmediato de la infraestructura ¿qué sucede el año posterior al corte de la cinta inaugural?

Añoposterior

Cuatro caídas y dos aumentos. A simple vista, la llegada del AVE no supone una explosión turística para las ciudades que lo acogen. Por ponernos puntillosos, incluso el dato de Toledo podemos ponerlo en duda pues se produce en una época, 2006, en el que el número de viajeros aumenta en casi todas las ciudades analizadas. Aquí la gráfica.

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En resumen, mi impresión es que es posible que el AVE tenga algún efecto en el número de viajeros en este tipo de ciudades (turismo de interior, ciudades de tamaño pequeño o medio), pero que este no es demasiado significativo. La llegada del tren veloz no parece suponer un revulsivo para el turismo local por si mismo.

Por último, para los amantes de las comparaciones, una gráfica más. Si se han fijado en la que comparaba la evolución del número de viajeros entre 2005 y 2012 habrán observado que la ciudad con mejor comportamiento era Segovia y la peor Ávila. En 2005, la ciudad amurallada recibía 65000 viajeros más que la del acueducto. El año pasado llegaron a Segovia casi 24000 viajeros más que a Ávila. Aquí la evolución anual.

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Como ven, el sorpasso se produjo en 2009. El mismo año que también nos superó Cáceres que en 2005 recibía casi el mismo número de viajeros que Ávila y que hoy recibe casi 40000 más. Houston, tenemos un problema.

*La rotonda ha pasado a llamarse “Brasero de la Dehesa”, el lugar donde según las crónicas se ajustició a los judíos acusados del secuestro y tortura del Santo Niño de la Guardia. Puestos a nominar algo, si este lugar estaba situado entre Sancti Spiritus y la Plaza de Toros ¿por qué se pone ese nombre a la rotonda de San Nicolás y no a una que de verdad pille cerca?

Comuneros de Castilla ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo?

El otro día prometí traer a estas páginas unas líneas sobre el papel de nuestra ciudad en semejante entuerto, pero me ha parecido más interesante elaborar un post sobre los aspectos quizás más desconocidos del movimiento que hablar sobre el escaso protagonismo abulense en aquel trance*. ¡Bajemos de nuestros campanarios!

¿Liberales o reaccionarios? ¿Demócratas o feudalistas? ¿Nacionalistas? ¿Perseguían la modernidad o su defunción? ¿Eran unos avanzados a su tiempo o fueron los últimos defensores del feudalismo? ¿Modernos o medievales? ¿Eran de Cola-cao o de Nesquik? Como ya apuntábamos la semana pasada cuando discutíamos acerca de la festividad de la comunidad autónoma que disfrutamos/sufrimos, las interpretaciones en torno a los orígenes, motivaciones o intenciones del movimiento comunero han variado a lo largo de los últimos dos siglos. Todas las ideologías dominantes han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico, aunque es evidente que si el “cuatropalismo” fuese una ideología, los comuneros habrían sido “cuatropalistas”. Pero más allá de esta caracterización ideológica, y dejando a un lado los hitos y los grandes nombres, hay muchos aspectos del Movimiento comunero, mucho menos tratados, que son extremadamente interesantes.

Castilla, inicios del S. XVI. El contexto es importante para entender el origen del movimiento. Como pueden suponer, uno no se levanta una mañana con el pie izquierdo y decide degollar al corregidor así por las buenas, ni las revueltas populares se propagan de ciudad en ciudad por esporas. La Corona de Castilla, término que incluye a los antiguos reinos de León y Castilla, se enfrentaba, a comienzos de siglo, a una triple crisis: política, económica y social. Desde la muerte de Isabel, en 1504, el reino había cambiado de manos en númerosas ocasiones (Juana, Fernando el Católico, Felipe el Hermoso, Cisneros, Carlos I) mientras la nobleza intentaba aprovechar esta inestabilidad maniobrando en las cloacas de la corte para hacerse con un mayor poder en detrimento de la monarquía y de las ciudades. La Administración, a falta de un poder central fuerte, cayó en manos de burócratas y funcionarios que acumulaban cargos e influencias en su propio favor y que no dudaban en esquilmar las arcas del reino, de las ciudades o de los particulares si la ocasión se tornaba propicia. Por si fuera poco, tras décadas de crecimiento, la economía de Castilla flaqueaba afectada por las malas cosechas, las epidemias y una regulación comercial que buscaba el beneficio rápido con la exportación de materias primas perjudicando a la incipiente industria local y en general a las cuentas del reino, que continuamente necesitado de capitales asfixiaba a la población con impuestos. Un caldo de cultivo estupendo, como ven, para todo tipo de revueltas.

Y a todo esto súmenle un rey que reina desde Botsuana Flandes, que parece dispuesto a pasar por encima de su propia madre, de su hermano y de la ley con tal de asegurarse la corona de un reino que nunca ha pisado y que quiere abandonar al poco de llegar, dejando tras de si a un montón de rubios y pelirrojos en las más altas dignidades del reino. La tensión se cortaba con cuchillos toledanos.

¿De dónde viene el termino “Comuneros”? ¿Qué eran las Comunidades? Estamos en 1520 y todo lo narrado en el párrafo anterior terminó por explotar. Y no fue bonito. Lo que empieza siendo una revuelta antifiscal motivada por los impuestos extraordinarios que Carlos I precisa para coronarse emperador termina en revolución política, en ciscarse en Carlos I, en la nobleza y en todo aquel que tenía el mentón muy prominente. Antes de que Carlos tomase las de Aquisgrán para ser coronado Mister Universo del Sacro Imperio, en Toledo ya estaban que se subían por las paredes. Tanto es así que la población decidió expulsar de la ciudad a los representantes del poder real e instaurar una suerte de gobierno revolucionario. Tras una serie de decisiones catastróficas, quemar Medina del Campo entre ellas, estallaron por toda la Corona revueltas de todo tipo (contra el rey, contra los impuestos, contra la autoridad local) que convenientemente canalizadas por determinados grupos (entre los que hay que destacar al clero por su influencia) cristalizaron en una verdadera revolución política. Otras muchas ciudades siguieron el ejemplo de Toledo, expulsaron a los representantes de Estado opresor centralista y se organizaron en Comunidad. Aquí está citado el término: Comunidad. Como dije al principio, pretendo centrarme en aspectos menos conocidos (y más relevantes que las batallitas) de la Revolución y este es sin duda uno de ellos. El término es de dificil definición pues en las fuentes se utiliza tanto para referirse al conjunto de la población como al órgano director, pero podemos convenir que, ante todo, la Comunidad era la participación del común, del pueblo, en la gestión política de las ciudades.

¿Y esto cómo se llevaba a cabo? Aunque cada ciudad elaboraba su propia forma de gobierno, partiendo desde cero o adaptando el modelo de otra ciudad, la esencia era siempre la misma: que el poder residiera en la base. La dirección de la ciudad recayó en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

¿Quiénes eran los Comuneros? Esta es fácil: Bravo, Padilla y Maldonado. Bueno, sí, pero en realidad lo que preguntaba era quiénes formaban las bases del movimiento ¿Burgueses? ¿Pequeña nobleza? ¿Blogueros de izquierda-centro-derecha al servicio de todos y de ninguno? ¿ETA? En primer lugar, era un fenómeno netamente urbano y aunque las masas urbanas (el pueblo, la peble, el populacho) eran en su mayoría partidarías del movimiento y fueron los primeros que se lanzaron a las calle contra los impuestos y las élites, estos grupos nunca encabezaron la Comunidad una vez que esta tornó en revolución política. Identificar a los grupos dirigentes de las Comunidades puede parecer un ejercicio complicado, pero Carlos I nos dejó buena parte del trabajo hecho. Esta gente del norte de Europa es eficiente. En 1522, tras la vuelta del ya entonces emperador a la península, Carlos I promulga una amnistía general de la que excluye a 293 personas, las más representativas del movimiento que seguían conservando el cuello sobre la cabeza y monedas en los bolsillos. El estudio de esa lista nos permite observar la fisonomía de la revuelta: una quinta parte del total pertenecerían a la aristocracia, aunque no a la gran aristocracia de la Corona y sus funciones dentro de la revuelta se limitarían al campo militar; las clases medias – explotadores agrícolas, artesanos, industriales, comerciantes y profesionales liberales – representan dos terceras partes de los exceptuados del Perdón. Por último, 21 miembros del clero figuraban en la lista. Parece claro, por lo tanto, que el núcleo del movimiento fueron las clases medias urbanas. El papel de los grandes del reino, contrarios a buena parte de lo que suponía Carlos I pero también temerosos de los planes de los Comuneros, lo explica muy bien Azaña: “Al brazo militar, o sea a los Grandes y caballeros, les importaba que el César venciese, que no venciese demasiado y que no venciese en seguida”

¿Qué querían? ¿Cuáles eran los objetivos del movimiento? La respuesta rápida es que querían menos impuestos, que estos se quedaran en Castilla y que los flamencos se fuesen a Flandes y alrededores a plantar tulipanes o lo que les apeteciese; pero me temo que es algo más complejo. Aunque las primeras algaradas en las ciudades castellanas responden principalmente a una agitación antifiscal, desde muy pronto se intenta canalizar el enfado popular hacia objetivos políticos. Contamos con un gran número de documentos que nos permiten ir observando esa evolución. El 8 de Junio de 1520, Toledo solicitó a las demás ciudades con representante en Cortes que se reuniesen en Ávila para anular los últimos impuestos exigidos por el Rey, cambiar el sistema por el cual estos se computaban, prohibir que el dinero del reino saliese de él e impedir que los extranjeros ocupasen cargos de responsabilidad. Pero ya entonces se iba un paso más allá: desde los púlpitos de Salamanca y Valladolid se afirmaba que si la integración en el imperio suponía “grandísimo daño contra el reyno” había que defender al reino incluso contra el rey. Toledo, que animó al resto de las ciudades a confiscar los impuestos del Estado, tenía otras ambiciones: convertir a las ciudades castellanas en ciudades libres como las repúblicas italianas. Mientras tanto, se afirmaba que el objetivo principal de la Junta revolucionaria, que había asumido el gobierno del reino, reunida primero en Ávila y luego en Tordesillas, era devolver la Corona a Juana, es decir, destronar a Carlos I. De las reuniones de la Junta sale la principal obra “legislativa” del movimiento: los Capítulos del Reino o Ley Perpetua (alguno denominan a este documento, erroneamente, Constitución de Ávila) que se presentan a Carlos I como base de las reivindicaciones comuneras. La idea básica de este documento es la consideración del rey como un “mercenario” de su pueblo y la definición de la monarquía como un pacto entre el rey y su reino. De ahí que el eje central de sus peticiones fuera la participación del pueblo en el gobierno del reino a través de una junta de delegados, la autonomía, casi absoluta, de las ciudades y la institución de numerosas instancias de control del poder real.

En estos aspectos radica la importancia, modernidad y trascendencia del movimiento comunero.

* La verdad es que el papel de la ciudad tampoco es excesivo. Lo más llamativo, la reunión en Ávila de la primera Junta convocada de Toledo, en la capilla de San Bernabé de la Catedral, no contó siquiera con representantes de la ciudad. Solo tras el incendio de Medina, la ciudad se unió sin dudas al movimiento comunero.

El santo niño de La Guardia

Aprovechando el post que publicó la pasada semana Helena Cerveto con motivo de la exposición dedicada por el museo provincial a los mudéjares y moriscos de Ávila y el reciente estreno en una cadena nacional de una serie centrada en eso de las tres culturas (bueno, en realidad centrada en amoríos entre actores famosos y de buen ver, como todas las series de esa cadena), voy a relatar brevemente, todo lo brevemente que pueda, un pasaje relacionado con el tema de las minorías étnicas y religiosas acontecido en nuestra ciudad: los sucesos en torno al Santo Niño de La Guardia.

Creo recordar que algún año se ha representado una versión adaptada del episodio durante la Ronda de las Leyendas (no sé si a partir del texto de Lope de Vega basado en estos hechos “El niño inocente”) y es posible incluso que la historia haya salido en algún medio local, así que quizá les suenen los hechos.

Al lio. Estamos a finales del S. XV y en lo que hoy es España reinan sus católicas majestades, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. El reino de Granada resiste a duras penas el avance de la “reconquista” y la reina lleva sin ducharse un par de meses. El día del Corpus del año de 1489, en Toledo, frente a la Puerta del Perdón de la catedral gótica, un niño de cuatro años es raptado. Sus secuestradores, un grupo de judíos y conversos, lo trasladan al pueblo toledano de La Guardia, por su parecido con Palestina, y lo retienen hasta Viernes Santo, día en que tras torturarlo, lo crucifican y le arrancan el corazón en un rito mágico que incluye el uso de hostias consagradas robadas de una Iglesia. Los malhechores fueron apresados al año siguiente y juzgados y quemados en Ávila, en un lugar llamado el Brasero de la Dehesa que algunos sitúan cercano al puente de Sancti Spiritus, en Noviembre de 1491, tras un largo proceso. Sus bienes, confiscados, fueron utilizados para financiar la construcción del Monasterio de Santo Tomás, donde en teoría aún se conserva una de las hostias consagradas utilizadas durante el ritual mágico. Todo lo sucedido con el Santo Niño de La Guardia, rapto, tortura y asesinato, fue usado ante los Reyes Católicos por los defensores de la expulsión de los judíos, hecho que se produciría en marzo de 1492, apenas seis meses después de la ejecución de los criminales. De todos estos hechos dejaría constancia el notario de Ávila, Antón González.

Hasta aquí la historia-leyenda a grandes rasgos y según la versión más extendida, eliminando pasajes dudosos, milagros y nombres. Ahora bien ¿Todo esto que les he contado es verdad? Veamos. De lo que no hay duda es de la ejecución de los citados judíos en Ávila y de la confesión de los hechos ante los Inquisidores. La afamada burocracia española ya redactaba memorandum en aquellas fechas.  La tarde del 19 de Julio de 1491, tras casi un año de prisión y tormento, Yuce Franco, natural de Tembleque, de profesión zapatero, confiesa ante los inquisidores que “Todos los presentes en la cueva, crucificamos al niño en unos palos cruzados”. Las palabras clave de todo este parrafo son dos: Inquisición y tortura.

Las historias y rumores sobre perversos judíos que secuestraban y crucificaban niños fueron habituales en Europa a lo largo de toda la Edad Media, también en los reinos cristianos peninsulares. También los crimenes rituales y las afrentas a la cruz o a hostias consagradas. Que corriese el rumor de que unos judíos habían secuestrado a un niño no era nada nuevo. Y digo rumor porque nunca se encontró el cadáver, ni el lugar dónde en teoría fue enterrado; ni los padres del presunto crío, ni ningún familiar llegó a reclamarlo antes o después de la captura, del juicio o de la ejecución de los judíos ¿A qué se debe entonces la repercusión de este caso? Básicamente a dos cosas: la existencia de un cada vez más asfixiante clima de tensión hacia las minorías étnicas y religiosas que daba pábulo a este tipo de rumores y la existencia del Tribunal de la Santa Inquisición, autorizado por el Papa Sixto IV en el año 1478 y cuyo Inquisidor General (el mandamás de la cuadrilla) era el dominico segoviano Fray Tomás de Torquemada. Sin la presencia de la Inquisición y de sus persuasivos métodos de interrogatorio, lo que a todas luces parece un rumor malintencionado no habría pasado de ahí.

El Decreto de expulsión de los judíos firmado por los Reyes Católicos estuvo profundamente influido por estos sucesos y aunque lo más seguro es que de todas formas la comunidad judía hubiese sido expulsada tarde o temprano, la confesión bajo tortura de los 2 judíos y 6 conversos ajusticiados a las afueras de la ciudad aceleró el proceso, avivó las llamas de la intolerancia y dio argumentos a los defensores de la unidad de la fe en los recientemente unidos reinos peninsulares.

PS. La imagen de la entrada es un fresco del zaragozano Francisco Bayeu dedicado a estos hechos en la Catedral de Toledo. Está sacada de Flickr y esta es la galería de su autor. Si os gusta Toledo, tiene algunas fotos estupendas de la capital castellanomanchega.

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