Carta a Vetusto Man (por Ángel Martín)

Cerramos la semana con una nueva colaboración de nuestros lectores. En esta ocasión se trata de una contestación al post ‘El nacimiento de un héroe’, a cargo de Ángel Martín.

Si tú también quieres publicar algo en este rincón, aquí te explicamos cómo.

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Quisiera enviar un mensaje de solidaridad y apoyo a D. Fructuoso Blázquez por su incidente con la medusa en Cuevas de Almanzora (Almería). ¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios! Yo aquí en Málaga las he sufrido un par de veces pero en grado de tentativa de la que me pude zafar gracias a mi pericia de buen nadador (luego le cuento dónde di mis primeros chapuzones), pero a mi hija le pillaron a traición y el brazo derecho quedó tan enrojecido que parecía que se hubiese tatuado una puesta de sol.

Mire D. Fructuoso, yo he entrado en el Google Maps (que gran invento) para visitar el pueblo de sus horrores y me da la impresión de que es un pueblo tranquilo y por su historia no me cabe duda de que es muy hospitalario por lo que, si me lo admite, le aconsejo que envíe una nota de desagravio a la prensa nacional e internacional. Le recomiendo a nivel nacional “El Diario de Ávila” y en el extranjero puede optar por “El Washington Post”, el Herald Tribune o el Zeitungen aus Deustschland o como demonios se escriba que mi ingles no pasa del good morning y Metro Goldwyn Mayer y lo único que sé pronunciar bien en alemán es Ángela Merkel.

La próxima vez que vuelva por allí (cosa harto difícil después de su espantosa (sic) experiencia) en lugar de ir al mar se dé un baño en el embalse del rio Almanzora, o mejor aún, haga una pequeña excursión a la sierra de Almagro o a la sierra de los Pinos.
Me alegra que sea aficionado al juego de la calva, pero  me hace más ilusión que las pistas estén junto al rio “Chico”. Le voy a contar algo sobre el rio que quizás usted no conozca, no porque le crea un inculto sino porque los que vivís en Ávila desde toda la vida no os preocupa la historia de la ciudad. Le confieso que en mi juventud (somos casi de la misma quinta pues  estoy muy cerca de cumplir los setenta y cinco) nos importaba más bien poco porque el paseo del “Rastro” se llama así, de que siglo es la iglesia de San Vicente o de donde procede el nombre de “Adaja”. Ya sé que hay cosas más importantes en la vida pero cuando se vive lejos el amor a la patria chica marca la diferencia entre la alegre nostalgia y la triste melancolía.

Veo que le gusta vagar libremente sin las ataduras de un viaje programado. Yo habría hecho lo mismo, por eso nunca he viajado con el Imserso, prefiero coger carretera y volante y hacerme de un tirón (con los descansos que me marca la edad aunque aún me encuentro con fuerzas y ganas de viajar) los 650 kilómetros que me separan de mi querida y añorada Ávila.

Como le dije antes quiero que sepa que mis primeros chapuzones tuvieron lugar en el arroyo del “Obispo”, aquel riachuelo (por decir algo que se parezca a una corriente continua de agua) que nacía en un manantial junto a los “Cuatro Postes”  y discurría mansamente a pesar de que lo hacía cuesta abajo, hasta desembocar en el rio Adaja. A mitad del cauce se ensanchaba en un charco que nos cubría hasta casi las rodillas. Las primeras brazadas de natación las di en las charcas que el rio Adaja dejaba a su paso por el Soto en las fechas estivales de finales primavera y principios de verano. Como yo vivía en la otra punta de la ciudad (mi querido barrio “Ajates”) cuando nos desplazábamos hasta el rio lo hacíamos para pasar un buen día de campo de juegos y comida. Definitivamente conseguí perfeccionar los estilos de braza y crol en la piscina del polideportivo (no crea que exagero) que los de la “Juven” (Acción Católica) teníamos en el descampado al final del convento de Santo Tomas junto a la margen derecha del rio Chico. La piscina (no olímpica claro está) tenía unas dimensiones considerables para la época y en su parte más profunda media dos metros. También podíamos practicar el futbol y el baloncesto pues disponíamos de ambas canchas.  El nombre correcto del rio era “Sequillo”, pero las crónicas antiguas de la ciudad le llaman “Grajal”. El nombre del otro rio, Adaja, proviene del árabe “Azdaya” (rio de la Granja). Supongo D. Fructuoso que sabrá que este rio movía las ruedas de la desaparecida Real Fábrica de Algodón construida en 1792 sobre el lugar que ocupaba un molino harinero que llamaban del “Puente Adaja”.

Cuentan también las crónicas que a mediados del siglo XIX los abulenses no podían bañarse en los charcos que el rio Adaja formaba a su paso por el soto  porque las mujeres lo utilizaban para lavar la ropa. Como verá cosa no muy diferente a lo que un siglo después hacían nuestras madres en el pilón de Fuente Buena, con la diferencia de que esta agua era limpia y cristalina. Cuentan que un poco más abajo del puente romano, frente al convento de la Encarnación, un vecino de la ciudad, con una visión mercantilista de la limpieza corporal (ya entonces había emprendedores), montó un floreciente negocio construyendo unas casetas de madera junto al rio, separando a sus utilitarios por sexo pero  reservando algunas para los matrimonios, no para que sirvieran de “vis a vis” (ya me entiende usted), sino para que la intimidad estuviera a cubierta de miradas indiscretas. El precio de los baños dependían del número de veces que los buenos abulenses decidían estar pulcros y aseados, pero el individual costaba dos reales. La mayor aglomeración de clientes se producía entre las once y una de la tarde. Ojala las casetas de las playas de esta país estuvieran tan bien organizadas y baratas. Cuando se lo cuento a mis hijos (no tengo nietos a quien lavarles el cerebro) me dicen que esos son relatos de ficción producto de mi calenturienta mente. Todavía no entienden (que sabrán ellos) que hubo un tiempo en este país que los censores de la moral nos prohibían agarrar de la mano a la novia bajo pena de  excomunión y que darle un beso podía suponer una condena  a sufrir los rigores del fuego eterno hirviendo en las calderas del malvado Lucifer. Por cierto, en algunos sectores de la iglesia nada ha cambiado. ¡Jo, qué país!

Me alegro de que se haya recuperado del todo de la picadura de la medusa y del malestar estomacal y le animo a que siga siendo el justiciero de la ciudad. Charles Bronson hizo lo mismo en varias películas y acabó limpiándola de delincuentes, pero claro, en el celuloide todo es más fácil.

Desde esta tierra de sol y luz le envío un cordial saludo y que la “fuerza le acompañe” para que pueda derrotar a sus enconados adversarios en las incruentas batallas del juego de la “calva” y a los no tan pacíficos en su afán de recordarnos a un héroe de los comics. ¡Yo, Ángel Martin, profeta mayor del reino le auguro un triunfo de record Guinnes!

Envidio su jovialidad así que desde ahora voy a recomendar a los jóvenes que si quieren tener una vejez duradera deben empezar a sentirse viejos cuanto antes. Creo que lo dijo un sabio aunque no se cual y tampoco sé si la cita es literal.
¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios!

Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo

[Viene de Capítulo 1: El nacimiento del héroe]

Regresé a donde las monjas para coger cuatro mudas limpias y marcharme al pueblo. Tuve la consideración de dejar una nota en la mesilla del cuarto: “Sores, me voy unos días a casa de mi hija”. Y sin más me fui a pata hasta Tornadizos. En 15 minutos de trote alegre, muy alegre, ya estaba en el pueblo.

Allí tenía una pequeña chabola con establo que heredé de mis padres. Dentro no había más que mierda y recuerdos, pero era un buen sitio para retirarse a organizar las ideas cuando te estás convirtiendo en una medusa con patas. Mientras en mi casa estoy, rey me soy.

En cuanto pude, telefoneé a mi hija desde la cabina de la plaza. Nunca me gustó mentirla, pero tuve que decirle que me iba de nuevo a una excursión del Imserso para que no se le ocurriera llamarme a la residencia.

– Me encanta que hayas hecho nuevos amiguitos, papá.
– Muchos, hija, muchos.

Gran parte del día lo pasaba, por así decirlo, ejercitándome, midiendo las fuerzas de mi nuevo cuerpo. Aprendí, por ejemplo, a controlar la cantidad de veneno que salía de mis dedos. Es muy parecido a soltar ventosidades, que no es lo mismo aventar el intestino en casa que en misa. Hay que concentrarse mucho por los adentros para reducir la intensidad de ambas cosas.

Por la tarde me echaba una siesta de pijama y orinal en un sofá orejero que saqué al establo, con los pies descalzos apoyados en una cántara de leche. Una de las paredes estaba derruida y por ahí se me colaba un pollino que le dio por lamerme la picadura de la medusa cada vez que me dormía. Al principio casi le corro a sopapos (¡tusa, tusa!), pero acabé por acostumbrarme a coger el sueño con esos lengüetazos calientes.

También se me colaba por ahí un niño, alguno de los Patalajo debía de ser. Se me quedaba mirando, quieto como un espárrago, mientras yo hacía mis ejercicios. Era agradable tener compañía, aunque fuera un público demasiado impresionable. Se le abría mucho la boca cuando me veía hacer pesas levantando un par de vacas que tomaba prestadas al vecino. Ellas mugiendo, con las ubres saltando por los aires, y el chiquillo con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

Se quedaba siempre a cierta distancia de mí con las velas colgando, preparado para escapar si la ocasión lo requería y, al mismo tiempo, maravillado con tantos superpoderes. Yo intentaba hablar con él, darle conversación, pero nunca respondió. Solo se me acercó en una ocasión para darme una especie de chapa con varias hendiduras y el dibujo de una viejo amarillo disfrazado de algo parecido a Superman. Luego salió corriendo.

Abraham_Simpson_Fotor

Me hizo pensar en que no estaría mal tener mi propio traje de superhéroe, al menos para ocultar mi identidad como Fructuoso Blázquez. Por eso me grapé un antifaz a la parte delantera de la boina, ajustando el invento para que los orificios me quedaran a la altura de los ojos. Ir de incógnito no debería estar reñido con protegerse del frío que entra por la calvorota.

Luego me centré en las armas, tampoco muchas. Preparé un cinturón ancho, a modo de cartucheras, para llevar colgados cuatro barrillos. Serían, por así decirlo, mis armas de destrucción masiva. Para trabajos más finos, que exigieran máxima precisión y menos destrozos, me fabriqué una bandolera con 28 apartados para meter las fichas del dominó. Estuve varios días probándolas en el establo a modo de estrellas ninja (creo que se dice así) con muy buenos resultados. Son letales cuando se tiran a sobaquillo. Rematé el conjunto con mis viejas botas de pescar. Nunca se sabe en qué charcos se va a meter uno cuando decide salvar a la humanidad.

Pensé que eso era todo, pero el disfraz lo remató Vitorio. Llevaba días buscándome y acabó por imaginar que me había escapado al pueblo. La primera vez que vino se lo conté todo. Pensé que no lo volvería a ver en la vida, pero se presentó un par de días después con un regalo. Era una capa que me habían hecho en la tienda de su nuera.

– Un superhéroe tiene que parecerlo –me dijo-. Espero que no te importe la publicidad.

Hasta que no desplegué la capa no me di cuenta de que en medio de la tela, bordado en grandes letras doradas, se podía leer ‘Super tallas Bermúdez: moda actual y joven para tallas especiales’.

La primera vez que me puse el traje completo, el pequeño de los Patalajo casi se me muere de la risa. El muy cabroncete.


En capítulos anteriores:

El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)

Todo empezó en aquel viaje del Imserso: una semana por la Costa de Almería. Sol, playa, crucigramas, paella. Pescadito frito en Mojacar, medio carrete de 24 fotos malgastado en el Cabo de Gata y flamenquito en directo en Carboneras. Fue mi hija la que se empeñó en que me escapara unos días. “Tienes que salir, papá, airearte”. Pues venga, va, lo que tú digas.

Supe desde el primer momento que no era buena idea. Aquello estaba lleno de viejos que me recordaban, con su sola presencia, que yo era tan viejo como ellos. Preferí mantener cierta distancia, alejarme de sus noches de bingos y sus paseos en comandita de buena mañana. “Hola y adiós”, si me cruzaba con alguien. Y da gracias.

La cosa empeoró cuando me picó aquella medusa del demonio en uno de mis escasos baños. Al principio noté un intenso picor en el pie derecho, pero el dolor se extendió rápido por toda la pierna. ¡San Crispín, cómo escocía! ¡La mierda del bicho! Alertada por mis blasfemias, una joven se paró a preguntarme si todo estaba bien. De ella fue la idea de aclarar la zona con agua de mar.

– Pues dale, hija, dale -le contesté ofreciéndole la pierna entera, incluso remangándome un poco el bañador.

Sabía que el resto de la excursión estaría mirándonos, locos de envidia, desde las toallas. “¡Que les jodan!”, pensé. De todas forma, no me hablaba con ninguno de ellos y tenía claro que lo que quedaba de viaje me lo iba a pasar protestando: cero relaciones sociales.

Volví a Ávila tres días después con una mancha roja en el pie, el escozor de la picadura aún dando por culo y mi habitual cara de pocos amigos. A mi hija le dije que todo había ido de fábula. “Sí, de fábula, hija mía”. O algo así. Y ni le comenté lo de la medusa en la playas de Cuevas de Almanzora. ¿Para qué molestarle con mis historias?

La verdad es que no me sentía bien, pero tampoco dije nada en la residencia. Allí lo mejor es comer, dormir y callar porque cualquier cosa que sueltes puede ser utilizada en tu contra. Me refugié en mis paseos, que, desde que vine de Almería, la verdad, cada vez eran más largos, y en mi partida semanal de calva.

pistas_calva_avila

Estaba loco porque llegara el domingo para ir a las pistas de arena del río Chico con mi marro en la mano. ¿Qué necesidad tengo yo de playas y baños si allí tengo lo que necesito? También estoy rodeado de una panda de vejestorios, claro, pero es mi panda de vejestorios. Me los encontré hablando de la mismas tonterías de siempre: que si ya no hay inviernos como los de antes, que si esto ni es frío ni es nada… Así andaban.

– Menos cháchara y vamos al tema –les llamé al orden rápido-. Tres contra tres, gana el que llegue a 25 puntos.

Empecé yo. Balanceé el barrillo con la mano derecha mientras miraba fijamente la calva. Dejé la mente en blanco, sabedor de que esto de la puntería es todo cosa de cabeza, y solté el cilindro. Al momento lo perdí de vista.

– Cojones, Fructuoso – gritó Vitorio.

Tardé en darme cuenta de dónde había ido a parar el marro. Se había estampado al otro lado de la calle, en el edificio del parque de maquinaria de la Diputación. Por la polvareda que se había levantado era fácil intuir que se había derruido parte de la fachada. Afortunadamente el hierro había atravesado el paseo de Nuestra Señora de Sonsoles sin impactar con nadie.

Todos se quedaron mirándome con la boca abierta. Incluso la gente que pasaba por allí comenzó a señalarme con el dedo.

– ¡Copón bendito! -insistió el pesado de Vitorio-. ¿Qué has hecho?

Intenté responderle que no sabía qué había pasado, pero solo balbuceé un puñado de gruñidos. Y cada vez había más gente mirándome, acorralándome. Sin saber muy bien por qué, eché a correr en dirección a la residencia. ¡Hacía siglos que no corría! Cuando llegué ni me paré a esperar el ascensor: subí las escaleras tan rápido como pude y me encerré en la habitación.

La mancha roja del pie me ardía, como si estuvieran a punto de explotarme los cinco dedos a la vez. Algo me empujó a rebuscar entre los folletos del viaje. En uno había un mapa con el itinerario marcado en rojo y al lado se detallaba la excursión jornada a jornada. “Día cuatro: baño en la playa de Palomares (pedanía de Cuevas de Almanzora)”. ¿De qué coño me sonaba lo de Palomares?

Justo cuando me vino a la cabeza la imagen de Fraga en bañador, apareció una monja (una, no logro distinguirlas) en mi habitación. Venía a pedirme que no volviera a entrar a la residencia de ese modo, como “un toro embravecido”, creo que dijo exactamente. Y que utilizara el ascensor, hombre, no se me ocurriera otra vez subir los cuatro pisos por las escalares.

– Menos aún saltando los escalones de dos en dos, menos aún a sus 83 años, Fructuoso –dijo con cierto retintín.

[Continuará…]

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