Cosas jubilares

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Aunque no lo crea, este texto que está leyendo forma parte del programa de actividades que el Ayuntamiento de Ávila ha preparado para conmemorar el año jubilar teresiano. De hecho, todas las entradas que publiquemos este año lo serán. El punto que cierra esta línea, aunque parezca un punto del montón, también es un punto jubilar teresiano. Y el dispositivo desde el que nos lee. Y ese solecillo tan rico que entra por la ventana. Y la cervecita que se tomó el pasado fin de semana. Y no se asuste, pero es posible que eso que ha hecho usted en el baño esta mañana —no vamos a entrar en detalles— también forme parte del programa.

El Ayuntamiento hizo público la pasada semana el conjunto de actividades que trufarán el año jubilar teresiano y, como ya sucediera con motivo de la celebración del Centenario de la Santa, ha incluido en el folleto todas los eventos que se celebrarán a lo largo del año en la ciudad y alrededores tengan o no relación con el citado año jubilar. Pero todos, todos, desde dos concierto de Antonio Orozco —absoluta devoción lo que siente este chico por la Santa— hasta la 44ª Reunión Anual de la Sociedad Nuclear Española porque, como dijo la Santa en algún lado alguna vez, Dios también está entre los átomos. Junto a estos dos eventos de honda raíz teresiana, el programa incluye una muestra gastronómica de vino de Cebreros, un espectáculo titulado “Recordando a Grease”, las fiestas de verano (más jubilares que nunca), Ávila en Tapas, Ávila Mágica, Cir&co, el Mercado Medieval y otros dos congresos: uno de transporte urbano y metropolitano —muy apropiado dada la querencia de la Santa por ir de un lado a otro— y uno centrado en la columna vertebral, zona del cuerpo que suele verse afectada por el rezo y la oración.

Puede que le parezca ridículo y quizá un tanto insultante que el Ayuntamiento incluya todas estos eventos en el programa de actividades, pero ¿no sería aún más ridículo presentar un programa de apenas dos folios después de todas las fotos que nuestras élites se han hecho a costa del citado año jubilar? ¿No sería un poco insultante comparar esa cuartilla con las declaraciones grandilocuentes de la corporación municipal? Recordemos que el alcalde habló de hacer historia, declaró que era una oportunidad única para hacer crecer nuestra imagen y afirmó que cada mes iba a existir “un acontecimiento de primer nivel, que contribuirá, no sólo a ser un reclamo para Ávila, sino a situar a la ciudad en la atención mediática que el Año Jubilar requiere”.

Al final es un problema de expectativas, como sucede con el Prado que nunca llegó, el tren que cada vez tarda más en hacerlo o el peaje que nunca se va. Este programa al peso, tupido de paja para hacer bulto, no es sino una muestra más de la falta de músculo de un equipo de gobierno y de un Ayuntamiento que llega boqueando a las elecciones del año próximo después de una legislatura para olvidar. Ojalá los próximos cuatro años, sean cuales sean los resultados de las elecciones, no acaben en el mismo contenedor de reciclaje que los cuatro últimos. 

Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


En capítulos anteriores:

 

Leyendas y centenariazos

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Quizás no lo sepan, pero ustedes el viernes ya tienen plan. A las 19.30, en El Episcopio, les espera la Asociación ‘La Sombra del Ciprés’ y su nuevo libro colectivo. Sí, ya sé que el tesorero de ahora no tiene tanto tirón como el de antes… pero olvídense de ese tema por un momento. ‘Leyendas según los abulenses’ es una revisión alocada y muy particular de las historias que un día recogiera Belmonte en la obra que pueden ver arriba a la izquierda.

Acérquense porque la presentación merecerá la pena. Y compren el libro por todo lo que tiene tanto dentro (lo explica mejor el presidente de la asociación aquí), incluidas las fotografías y la maquetación de un tal Willy; como fuera (magnífica la portada de Gris Medina, reinterpretando el frontal del libro del ya citado Belmonte; la comparativa la tienen arriba).

Regálenlo mucho en esta semana centrada en el Día del Libro. La asociación tendrá un espacio propio en la feria, como en anteriores ediciones, y allí también se podrá comprar el libro.

De regalo, les dejo un relatillo de un servidor que se incluyó en la edición del libro colectivo del año pasado, ‘El mundo según los abulenses II’. Erán tiempos de centenariazos…

Trastorno del Centenario
(O el año que vivimos teresianamente)

A Carmela no le hizo ningún bien asistir a todos los actos del V Centenario. “Algo así como una mala digestión, pero de cabeza”, explica su hermano a toro pasado cuando alguien le pregunta (cosa que casi nunca ocurre). La verdad es que no hubo exposición teresiana, ni encuentro religioso que se perdiera. Aplaudió cada reinterpretación artística de su legado místico, ya fuera escrito, al óleo o por bulerías. Si usted acudió a cualquiera de esos eventos, seguro que coincidió con ella.

Salía de casa cada mañana envuelta en los productos olfativos ‘Huellas de Teresa’, atufando a reforma del Carmelo. Coleccionaba tiques de la ORA y azucarillos, de esos que diseñaron para la conmemoración de 2015. Los ratos que le quedaban desocupados, leía y releía los libros de ‘La Santa’. La familia los encontró subrayados de arriba a abajo y con anotaciones en los márgenes, muchas de ellas ininteligibles. Ansiosos de encontrar culpables a la locura de la buena mujer, decidieron quemarlos todos, excepto un ejemplar del epistolario teresiano que se salvó de las llamas en el último momento.

Fueran culpables los libros o no, lo cierto es que a Carmela se le fue secando el cerebro a medida que avanzaba el Centenario. El poco juicio que le quedaba lo perdió por completo el día que salió a la calle luciendo un hábito que ella misma se confeccionó juntando varios sacos de patatas. Completó el vestuario con dos alpargatas de esparto y una funda de almohada en la cabeza a modo de toca. Además, solía llevar en la mano alguna pluma de paloma que encontraba por la calle para dejar clara su vocación no solo religiosa, sino también literaria.

Convencida de que ella era Santa Teresa de Jesús, comenzó a recorrer la ciudad, la villa del siglo XVI en su cabeza, murmurando distintos pasajes de los escritos teresianos; los mismos que, con el paso del tiempo, acababa lanzando a voz en grito cuando fue ganando confianza. Se la podía ver paseando por el Grande mientras chillaba eso de “vivo sin vivir en mí”, o recitando con pasión el “nada te turbe, nada te espante” en medio de un partido del Real Ávila, incluso preguntando al cielo “¿qué mandáis hacer de mí?” subida a un tuk-tuk.

Los turistas solían echarle monedas pensando que era una performance. Ella recogía el dinero agradecida, ya que la empresa de fundar conventos, además de ardua, es costosa. No le gustaban las fotos porque se acordaba de Fray Juan de la Miseria y le hervía la sangre al recordar lo fea y legañosa que la retrató, pero todo lo aceptaba con resignación por una buena causa. Incluso permitió que algunos restaurantes le pusieran publicidad en el hábito (los menús sobre esos sacos de patatas tenían un toque ‘vintage’) a cambio de una aportación a su Reforma. Hasta el Ayuntamiento de Ávila le colocó el horario de visitas a la Muralla impreso en la toca, como contraprestación por no cobrarle el uso de la vía pública. Cuando más espectadores congregaba era cuando sentía el alma suspendida en puro éxtasis, con esos arrobamientos que siempre acababan con el aplauso cerrado del personal, ya fueran de Cuenca o de la China profunda. El lenguaje universal del amor.

Era un auténtico espectáculo verla en acción, dejándose la piel en cada verso. El público disfrutaba cosa bárbara con ella; excepto esa vez que tuvo que intervenir la Policía Local, claro. Fue cuando, al grito de “Cerda”, agarró de los pelos a una pobre mujer tuerta que confundió con la mismísima princesa de Éboli. Hicieron falta tres agentes para separarla de la cabellera de esa turista de Vilanova de Arousa, provincia de Pontevedra.

Nada fue igual después de ese incidente. La familia empezó a ser consciente de la situación, así que comenzaron a restringirle las salidas de casa. También la Policía Local había cogido la matrícula de su locura y la llevaban a comisaría en cuanto empezaba a montar sus espectáculos públicos. “Los hijos de puta de la Inquisición”, murmuraba Carmela con el gesto mustio que se le puso esos días. Poco a poco, se la dejó de ver por las calles de Ávila.

Fue mucho tiempo más tarde, incluso después de que se escapara de Ávila, cuando su familia se enteró de lo que hizo aquellos días. Nadie sabe cómo, pero consiguió la cesión de uno de los locales del Vivero de Empresas. Allí montó su primer “palormacito” junto a otras cuatro personas, todas ellas pobres de solemnidad, que pasaron de dormir en la calle a hacerlo en ese primer convento de la Re-reforma del Carmelo.

Por lo que contaron después los indigentes a la Policía, nada hacían en ese despacho minúsculo más que rezar. Que si una letanía por San José, que si una oración por la Virgen, que si ahora toca cantar para pedir a Dios que se encargue de los piojos. “A cambio de seguirla el juego, nos daba de comer todos los días”, dijo uno de esos cuatro desgraciados.

Los agentes les preguntaron dónde estaba la “madre superiora” –su familia llevaba un par de semanas sin saber nada de la muchacha-, pero de poco sirvió. Antes de irse, Carmela solo les dijo que se iba a fundar otros “palomarcitos” por el mundo. Y allí mismo, en el segundo piso del Mercado de Abastos, se quitó las alpargatas para sacudirlas por la venta. “De Ávila, ni el polvo”, sentenció con rotundidad. Todos fingieron no ver que uno de los zapatos se le caía a la calle, incluso ella misma se hizo la loca. Así la vieron marchar por última vez, con un pie vestido y otro descalzo, cojeando con paso decidido hacia su siguiente aventura.

Estas vísperas de después

Se quejaba el otro día IU Ávila de que la ciudad no cuenta todavía con una estrategia turística para el presente año y que, claro, a mediados de marzo, el tema empezaba a oler, cual pescadilla fuera del frigorífico más horas de las recomendables. Diseñar una estrategia para todo un año a mediados del mismo, dicen, tiene poco o nulo sentido, como preparar el menú de la cena de Nochebuena después del primer plato mientras tu cuñado te explica, de nuevo, que a él la homeopatía le funciona. A mi, residente en Badajoz, este tipo de cosas ya no me producen sorpresa, ni sonrojo. Extremadura no ha aprobado aún su presupuesto para este año y el Ayuntamiento de Badajoz tampoco, a la espera, en este caso, de que el PP acepte la línea roja de Ciudadanos: un barco eléctrico para el río. En Ávila esto no sería un problema, de algo tiene que servir la sequía.

Dicen desde IU que este retraso lastra a la ciudad, que pierde la oportunidad de aprovechar el tirón del Centenario de la Santa celebrado en nuestros páramos el año pasado. Héctor Palencia, concejal del ramo, saltó ayer desde la COPE cual lince ibérico sobre liebre despistada. El objetivo para el año es repetir las cifras positivas de 2014 y apostar por los eventos, la promoción y el monoposte (cartel publicitario gordo sobre palo grande para los neófitos) en la A6. El Centenario fue bonito mientras duró, pero toca volver a la realidad y a los monopostes ¡con las tardes de gloria que nos dieron las banderolas a prueba de tornados que se volcaban con las brisas ligeras! Si usted oyó o leyó en algún lado que el Centenario iba a reforzar la “marca Ávila” y que sus efectos irían más allá de 2015 debería ir a su médico de cabecera a que le cambien la medicación.

Palencia retó a IU a que le enseñe los datos de una ciudad que haya mejorado sus cifras después de un gran evento. Aquí Palencia tiene razón, es imposible. Ninguna ciudad puede mantener ese ritmo de crecimiento, pero parece poco ambicioso contentarse con volver a las cifras de 2014.

Cuando hablábamos de Centenario de la Santa en este rincón, siempre lo comparábamos con el Centenario del Greco, celebrado en Toledo un año antes. Veamos algunos números.

Tledo

En la gráfica superior (clic para ampliar) tenemos la evolución intermensual del número de viajeros en Toledo el año anterior al centenario, el año del centenario y el año posterior.

Ávila

Misma gráfica con los datos de nuestra ciudad teniendo en cuenta que, de momento, solo disponemos de los datos del mes de enero. Y ahora comparemos. Misma advertencia al respecto de 2016. Pernoctaciones Viajeros

¿Qué vemos? Resultados muy similares. ¿Qué deberíamos esperar entonces? El año posterior al centenario, el turismo en Toledo decreció en torno a un 6% respecto a la efeméride, pero el número de visitantes y pernoctaciones seguía siendo un 14% superior al registrado el año anterior al centenario. 

¿Vamos a ser nosotros menos que Toledo y nos vamos a contentar con solo igualar los datos de 2014?

¿Un monoposte? ¡Que sean dos!

21 días – Relato a 4 palos – Parte 2

[Viene de aquí]

Cuaderno de bitácora. Día 7.

Ahora 14 días. Solo quedan un par de semanas para que la asamblea de la CUP decida quién será el próximo alcalde de Ávila. La anarquía reina en la ciudad. La gente rompe los cristales de las tiendas y arrasa con lo primero que encuentra: yemas, chuletones, productos olfativos de Santa Teresa…

Cuaderno de bitácora. Día 8.

El coche pasó la ITV.

Comí lentejas.

Controlado el otro problema: al final solo eran gases.

Recibí un telegrama del Palo de pelo largo. Dice que podré reunirme mañana con otro palero. Stop. A las cinco de la tarde. Stop. En la Palomilla. Stop.

Cuaderno de bitácora. Día 9.

Este es más feo que el otro. Se me presenta como Ovejo. “No lo has dicho bien –me aclara cuando repito su nombre-. Es con hache sin intercalar”. Lleva unas zapatillas Asics y ropa running de colores llamativos. Da vueltas a La Palomilla sin parar y mira su reloj Polar. “Tengo que bajar de 5 minutos el kilómetro”, repite. Intento seguirle el ritmo y le pregunto quién gobernó después de Rivas. Al principio no me hace caso, pero luego apunta con el dedo hacia arriba. Me fijo en la estatua que corona el monumento. Aunque han mantenido la figura humana envuelta en un hábito carmelita, el rostro de la escultura no es el de Santa Teresa. En su lugar, alguien ha tallado la cara de un hombre con gafas. Me fijo en la inscripción bajo sus pies: “Marco Antonio I, emperador de Ávila (y de sus pueblos de más de 5.000 habitantes)”.

Cuaderno de bitácora. Día 10.

Hoy los gases han regresado y lo han hecho con más virulencia que nunca.

No hay nada en la tele que merezca la pena.

Recibo un telegrama anónimo: “Todas las respuestas las tiene el cura de la tienda de bricolaje”. Stop

Cuaderno de bitácora. Día 11.

Encuentro al sacerdote saqueando la Librería Católica de la calle Don Gerónimo. Mientras me echa agua con el hisopo, habla de una profecía. “Y con el regreso del Elegido será el resurgir de la ciudad amurallada. Y se acabará el llanto y el crujir de dientes. Y vendrá la Alta Velocidad y el Museo del Prado. Y no habrá más peajes”. Cuando me dice el nombre del Elegido, alucino en colores.

(Continúa aquí)

De Prada y Santa Teresa

Por suerte o por desgracia, nada dura eternamente y el Centenario de Santa Teresa no es una excepción. ¿Se acuerdan cuando hace una año afrontábamos los primeros repechos de la celebración con ilusión? ¿Recuerdan cuando soñábamos con el papa, con tener las calles llenas de turistas con sus carteras plenas de billetes multicolores, con espectáculos y exposiciones masivas? Pues se acabó. Vayan guardando los souvenirs, descargando las fotos de sus móviles y cámaras y recogiendo las banderolas del centenario, pero esperen a un día que no haga mucho viento no vayamos a tener una desgracia.

Todo nos ha quedado rebonico, la gente se ha ido muy contenta, ha hecho bueno la mayor parte de los días, la comida estaba rica y hemos redescubierto que Santa Teresa es la más mejor de las santas habidas y por haber, la más guapa, la más lista, la más avanzada a su tiempo, la más feminista y la más emprendedora. Si pudiésemos clonarla usando alguna de las reliquias que se conservan, ella sola sacaba a España de la crisis, arreglaba lo de Cataluña, acababa con el hambre en el mundo y conseguía que el Madrid funcionase como un equipo en ataque y defensa. ¡Y todo en un par de semanas! Y era humilde, muy humilde, como nosotros en definitiva, que para eso es paisana. En estas estábamos, apurando los chupitos y recogiendo casi la mesa, cuando llegó Juan Manuel de Prada: “Ver a Santa Teresa como una mujer revolucionaria o avanzada es morralla que carece de sentido”. Juan Manuel de Prada, el típico aguafiestas listillo.

No es que simpatice en exceso con De Prada -y estoy prácticamente seguro de que si el Centenario hubiese destacado que Santa Teresa era una mujer normal, del montón, él habría resaltado justo lo contrario-, pero igual tiene razón. Tal vez nos hemos excedido y hemos volcado en Santa Teresa nuestros valores, nuestra forma de ver el mundo, nuestros gustos y ambiciones. Igual a lo largo este último años nos hemos limitado a glosar y elogiar el mito teresiano, a vender camisetas y rosarios, sin mucha reflexión sobre la propia Santa Teresa, nuestra ciudad y nosotros mismos. Quizá tan solo hemos vuelto a revisitar todos los tópicos, los hemos sacado lustre y los hemos vuelto a exponer orgullosos de ellos. ¿Cuántas veces se habrá repasado en charlas, tertulias y conferencias la huida de la niña Teresa en busca del martirio? ¿Habremos perdido una oportunidad?

Esto pasa a menudo, sobre todo en conmemoraciones, centenarios y similar, así que tampoco hace falta que nos flagelemos. Nadie organizaría un centenario del Greco para decir que era un pintor regulero, ni de la batalla de Lepanto para concluir que fue una escaramuza sin importancia y que ojalá hubiesen ganado los otros. En estos eventos te vienes arriba y acabas comparando a Santa Teresa con Steve Jobs, diciendo que España es la nación más antigua de la tierra, que Cataluña es la cuna de la democracia y Cádiz del constitucionalismo europeo. En el fondo, seamos sinceros, era lo que queríamos escuchar ¿no? ¿O habríamos montado todo esto si no pensásemos que Santa Teresa lo mola todo? ¿Se imaginan organizar todo el Centenario para concluir que Santa Teresa no era para tanto y que además era catalana? 

De todas formas, recordad no invitar a De Prada para el sexto centenario. Viene el primer día, nos repite eso de que Santa Teresa no era una emprendedora adelantada a su tiempo y nos jode el resto del evento.

Una santa que no fue LA Santa

El siglo XVI fue una época de efervescencia social, política, cultural y religiosa en la corona de Castilla. Hasta aquí nada que no sepan y que no se les haya repetido cientos de veces desde que fueron ustedes a la escuela. Que si los comuneros, que si la inquisición, el Lazarillo, el Renacimiento, Santa Teresa, el Concilio de Trento, Carlos V, Felipe II, etc. Todo de sobra conocido, estudiado y en su mayor parte olvidado, como el número de teléfono de su madre, la cantidad exacta de agua que hay que echar al arroz, o la razón por la que votó al PP hace cuatro años.

En Europa las cosas no eran muy distintas, con Lutero y Calvino dándolo todo con sus reformas religiosas, los tercios de aquí para allá, Francia perdiendo guerras según su costumbre, Enrique VIII decapitando mujeres, la Armada Invencible y tal. Si tienen alguna duda pregunte a Siri, que seguro que les puede dar el teléfono de su madre (de la de ustedes) y algunos datos sobre la época.

Y en Ávila la situación era más o menos la misma. Aquí también tuvimos comuneros, Inquisición, Renacimiento y movimientos religiosos como si no hubiese mañana. Bueno, para algunos de los primeros y por algunos afectados por lo segundo es cierto que no hubo un mañana. Aprovechando que todavía huele a incienso por las calles de la ciudad después del fin de semana que hemos vivido y que nuestro espíritu aún está henchido de santidad, vamos a dar un rápido garbeo por un aspecto curioso de la religiosidad de aquella época en nuestro terruño.

Si algo peculiar hay en la efervescencia religiosa castellana y abulense del S. XVI es el papel de las mujeres. Desde mediados del XV, en Castilla emerge un movimiento asceta y espiritual netamente femenino que durante el XVI sitúa a muchas mujeres en el centro de la religiosidad de las ciudades y villas con distintos papeles: recuperación o invención del culto a determinadas santas, reformadoras, beatas, guías, etc. Ávila no era ajena a nada de esto. El clima religioso en la ciudad durante el siglo XVI estuvo caracterizado por la renovación, la experimentación, la búsqueda de nuevos caminos y la llegada de nuevas ideas que se unían y mezclaban con las surgidas en la propia ciudad. Y también en nuestra ciudad las mujeres jugaban un papel central en esta nueva religiosidad.

¿Otra vez toca hablar de Santa Teresa? No, tranquilo abrumado lector. No vamos a volver a contarle lo de aquella vez que Teresa y su hermano se fueron a tierra de moros enfadados porque este blog aún no existía y fueron encontrados por su tío en Los Cuatro Postes justo cuando iban a poner una pancarta reclamando nuestro nacimiento. Vamos a hablar de una contemporánea de Teresa de Ahumada que gozó en vida de un reconocimiento mayor que la carmelita: la beata Mari Díaz, una persona central en la religiosidad abulense de mediados del XVI. Nacida en Vita a principios de la década de 1490 en el seno de una familia de agricultores acomodados, se traslada a la capital en torno al año 1530, una vez muertos sus padres y después de esquivar el matrimonio que estos habían acordado para ella. Sobre este particular, las versiones son varias, como en toda vida de santos. Los más dicen que el matrimonio llegó a producirse pero que nunca cohabitaron -es decir, que la noche de bodas y las siguientes no fueron excesivamente movidas- y que al poco de casarse, el joven mancebo huyó y nunca más se le volvió a ver. Unos dicen que fue Dios quien, sabiendo los deseos de Mari Díaz de servirle, hizo huir al joven; otros, que el chaval, ante la devoción de su joven esposa, decidió abandonarla.

Sea como fuere, lo cierto es que la “virgen penitente de Ávila”, como la llamaba San Pedro de Alcántara, vendió las posesiones que había heredado de sus padres, dió en limosna la mayor parte de lo ganado y tras escuchar una voz que le dijo que dejase a los suyos, se mudó a la ciudad de Ávila, al barrio de Las Vacas, para escuchar sermones y servir a Dios. Este fenómeno de las beatas -mujeres solas que se retiran y se dedican por su cuenta y riesgo a la vida espiritual- estaba bastante extendido en la época y en Ávila se cuentan varias, como María de Henao, Juana Gutiérrez, una tal Inés que vive cerca de Santo Tomás, etc. En el barrio de las vacas vive año y medio, rezando y criando algunas gallinas, ganándose fama en el vecindario de mujer extraordinariamente devota. Tras caer enferma, fue acogida en las casas de varios personajes principales de la ciudad -práctica también bastante extendida esta- entre las que se citan las de Juan de Santiago en la Calle Santo Domingo y la de Guiomar de Ulloa. En esta época entra en contacto con los jesuitas, recientemente establecidos en la ciudad tras la fundación en 1553 de San Gil, con buena parte de la aristocracia de la ciudad y en torno a Guiomar de Ulloa con las figuras claves de la religiosidad abulense de la época, entre las que están Teresa de Ahumada, Gaspar Daza, Julián de Ávila, Pedro de Alcantara, María de Ávila, Ana Wasteels, los recien llegados jesuitas, etc.

En 1564 el obispo de Ávila, Alvaro de Mendoza, concede permiso a Mari Díaz para instalarse en una tribuna en el Iglesia de San Millán, frente al altar mayor, donde vivió cual eremita los últimos años de su vida, rezando la mayor parte del tiempo, alimentándose con una sola comida al día, vistiendo harapos y durmiendo en el suelo usando una piedra como almohada. Estos fueron los años de mayor protagonismo de nuestra beata. Atraídos por su fama de santidad, decenas de personas de la ciudad y de los alrededores se acercaban cada día a la iglesia para pedirle consuelo, para que intercediese por ellos en sus oraciones o pedirle consejo. A sus rezos se atribuyen varias sanaciones y embarazos de parejas infértiles. También se le anotan milagros de otras clases y profecías varias, como el fin de la Rebelión de las Alpujarras. Además, su fama y ascendiente sobre la sociedad abulense le permitía actuar como mediadora en conflictos de todo tipo

Mari Díaz cayó enferma en noviembre de 1572 y murió pocos días después. Al conocerse en la ciudad la noticia de su enfermedad cientos de personas acudieron a verla para recibir su última bendición. Tras su muerte, todas las campanas de la ciudad doblaron, numerosos prohombres se ofrecieron a correr con los gastos del entierro y todas las cofradías y parroquias se disputaron oficiar el sepelio. Finalmente, fue el Cabildo el que corrió con los gastos del funeral celebrado en la Catedral y del entierro de su cadáver en San Millán. Todos estos actos fueron seguidos por una enorme masa de fieles, lo que obligó a que su cadáver fuera protegido y vigilado en todo momento.

La fama de santidad de Mari Díaz se prolongó durante décadas atrayendo a su tumba a cientos de abulenses y foráneos, hasta que poco a poco su recuerdo se fue apagando a la sombra de focos mucho más potentes.

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