Una santa que no fue LA Santa

El siglo XVI fue una época de efervescencia social, política, cultural y religiosa en la corona de Castilla. Hasta aquí nada que no sepan y que no se les haya repetido cientos de veces desde que fueron ustedes a la escuela. Que si los comuneros, que si la inquisición, el Lazarillo, el Renacimiento, Santa Teresa, el Concilio de Trento, Carlos V, Felipe II, etc. Todo de sobra conocido, estudiado y en su mayor parte olvidado, como el número de teléfono de su madre, la cantidad exacta de agua que hay que echar al arroz, o la razón por la que votó al PP hace cuatro años.

En Europa las cosas no eran muy distintas, con Lutero y Calvino dándolo todo con sus reformas religiosas, los tercios de aquí para allá, Francia perdiendo guerras según su costumbre, Enrique VIII decapitando mujeres, la Armada Invencible y tal. Si tienen alguna duda pregunte a Siri, que seguro que les puede dar el teléfono de su madre (de la de ustedes) y algunos datos sobre la época.

Y en Ávila la situación era más o menos la misma. Aquí también tuvimos comuneros, Inquisición, Renacimiento y movimientos religiosos como si no hubiese mañana. Bueno, para algunos de los primeros y por algunos afectados por lo segundo es cierto que no hubo un mañana. Aprovechando que todavía huele a incienso por las calles de la ciudad después del fin de semana que hemos vivido y que nuestro espíritu aún está henchido de santidad, vamos a dar un rápido garbeo por un aspecto curioso de la religiosidad de aquella época en nuestro terruño.

Si algo peculiar hay en la efervescencia religiosa castellana y abulense del S. XVI es el papel de las mujeres. Desde mediados del XV, en Castilla emerge un movimiento asceta y espiritual netamente femenino que durante el XVI sitúa a muchas mujeres en el centro de la religiosidad de las ciudades y villas con distintos papeles: recuperación o invención del culto a determinadas santas, reformadoras, beatas, guías, etc. Ávila no era ajena a nada de esto. El clima religioso en la ciudad durante el siglo XVI estuvo caracterizado por la renovación, la experimentación, la búsqueda de nuevos caminos y la llegada de nuevas ideas que se unían y mezclaban con las surgidas en la propia ciudad. Y también en nuestra ciudad las mujeres jugaban un papel central en esta nueva religiosidad.

¿Otra vez toca hablar de Santa Teresa? No, tranquilo abrumado lector. No vamos a volver a contarle lo de aquella vez que Teresa y su hermano se fueron a tierra de moros enfadados porque este blog aún no existía y fueron encontrados por su tío en Los Cuatro Postes justo cuando iban a poner una pancarta reclamando nuestro nacimiento. Vamos a hablar de una contemporánea de Teresa de Ahumada que gozó en vida de un reconocimiento mayor que la carmelita: la beata Mari Díaz, una persona central en la religiosidad abulense de mediados del XVI. Nacida en Vita a principios de la década de 1490 en el seno de una familia de agricultores acomodados, se traslada a la capital en torno al año 1530, una vez muertos sus padres y después de esquivar el matrimonio que estos habían acordado para ella. Sobre este particular, las versiones son varias, como en toda vida de santos. Los más dicen que el matrimonio llegó a producirse pero que nunca cohabitaron -es decir, que la noche de bodas y las siguientes no fueron excesivamente movidas- y que al poco de casarse, el joven mancebo huyó y nunca más se le volvió a ver. Unos dicen que fue Dios quien, sabiendo los deseos de Mari Díaz de servirle, hizo huir al joven; otros, que el chaval, ante la devoción de su joven esposa, decidió abandonarla.

Sea como fuere, lo cierto es que la “virgen penitente de Ávila”, como la llamaba San Pedro de Alcántara, vendió las posesiones que había heredado de sus padres, dió en limosna la mayor parte de lo ganado y tras escuchar una voz que le dijo que dejase a los suyos, se mudó a la ciudad de Ávila, al barrio de Las Vacas, para escuchar sermones y servir a Dios. Este fenómeno de las beatas -mujeres solas que se retiran y se dedican por su cuenta y riesgo a la vida espiritual- estaba bastante extendido en la época y en Ávila se cuentan varias, como María de Henao, Juana Gutiérrez, una tal Inés que vive cerca de Santo Tomás, etc. En el barrio de las vacas vive año y medio, rezando y criando algunas gallinas, ganándose fama en el vecindario de mujer extraordinariamente devota. Tras caer enferma, fue acogida en las casas de varios personajes principales de la ciudad -práctica también bastante extendida esta- entre las que se citan las de Juan de Santiago en la Calle Santo Domingo y la de Guiomar de Ulloa. En esta época entra en contacto con los jesuitas, recientemente establecidos en la ciudad tras la fundación en 1553 de San Gil, con buena parte de la aristocracia de la ciudad y en torno a Guiomar de Ulloa con las figuras claves de la religiosidad abulense de la época, entre las que están Teresa de Ahumada, Gaspar Daza, Julián de Ávila, Pedro de Alcantara, María de Ávila, Ana Wasteels, los recien llegados jesuitas, etc.

En 1564 el obispo de Ávila, Alvaro de Mendoza, concede permiso a Mari Díaz para instalarse en una tribuna en el Iglesia de San Millán, frente al altar mayor, donde vivió cual eremita los últimos años de su vida, rezando la mayor parte del tiempo, alimentándose con una sola comida al día, vistiendo harapos y durmiendo en el suelo usando una piedra como almohada. Estos fueron los años de mayor protagonismo de nuestra beata. Atraídos por su fama de santidad, decenas de personas de la ciudad y de los alrededores se acercaban cada día a la iglesia para pedirle consuelo, para que intercediese por ellos en sus oraciones o pedirle consejo. A sus rezos se atribuyen varias sanaciones y embarazos de parejas infértiles. También se le anotan milagros de otras clases y profecías varias, como el fin de la Rebelión de las Alpujarras. Además, su fama y ascendiente sobre la sociedad abulense le permitía actuar como mediadora en conflictos de todo tipo

Mari Díaz cayó enferma en noviembre de 1572 y murió pocos días después. Al conocerse en la ciudad la noticia de su enfermedad cientos de personas acudieron a verla para recibir su última bendición. Tras su muerte, todas las campanas de la ciudad doblaron, numerosos prohombres se ofrecieron a correr con los gastos del entierro y todas las cofradías y parroquias se disputaron oficiar el sepelio. Finalmente, fue el Cabildo el que corrió con los gastos del funeral celebrado en la Catedral y del entierro de su cadáver en San Millán. Todos estos actos fueron seguidos por una enorme masa de fieles, lo que obligó a que su cadáver fuera protegido y vigilado en todo momento.

La fama de santidad de Mari Díaz se prolongó durante décadas atrayendo a su tumba a cientos de abulenses y foráneos, hasta que poco a poco su recuerdo se fue apagando a la sombra de focos mucho más potentes.

Comuneros de Castilla ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo?

El otro día prometí traer a estas páginas unas líneas sobre el papel de nuestra ciudad en semejante entuerto, pero me ha parecido más interesante elaborar un post sobre los aspectos quizás más desconocidos del movimiento que hablar sobre el escaso protagonismo abulense en aquel trance*. ¡Bajemos de nuestros campanarios!

¿Liberales o reaccionarios? ¿Demócratas o feudalistas? ¿Nacionalistas? ¿Perseguían la modernidad o su defunción? ¿Eran unos avanzados a su tiempo o fueron los últimos defensores del feudalismo? ¿Modernos o medievales? ¿Eran de Cola-cao o de Nesquik? Como ya apuntábamos la semana pasada cuando discutíamos acerca de la festividad de la comunidad autónoma que disfrutamos/sufrimos, las interpretaciones en torno a los orígenes, motivaciones o intenciones del movimiento comunero han variado a lo largo de los últimos dos siglos. Todas las ideologías dominantes han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico, aunque es evidente que si el “cuatropalismo” fuese una ideología, los comuneros habrían sido “cuatropalistas”. Pero más allá de esta caracterización ideológica, y dejando a un lado los hitos y los grandes nombres, hay muchos aspectos del Movimiento comunero, mucho menos tratados, que son extremadamente interesantes.

Castilla, inicios del S. XVI. El contexto es importante para entender el origen del movimiento. Como pueden suponer, uno no se levanta una mañana con el pie izquierdo y decide degollar al corregidor así por las buenas, ni las revueltas populares se propagan de ciudad en ciudad por esporas. La Corona de Castilla, término que incluye a los antiguos reinos de León y Castilla, se enfrentaba, a comienzos de siglo, a una triple crisis: política, económica y social. Desde la muerte de Isabel, en 1504, el reino había cambiado de manos en númerosas ocasiones (Juana, Fernando el Católico, Felipe el Hermoso, Cisneros, Carlos I) mientras la nobleza intentaba aprovechar esta inestabilidad maniobrando en las cloacas de la corte para hacerse con un mayor poder en detrimento de la monarquía y de las ciudades. La Administración, a falta de un poder central fuerte, cayó en manos de burócratas y funcionarios que acumulaban cargos e influencias en su propio favor y que no dudaban en esquilmar las arcas del reino, de las ciudades o de los particulares si la ocasión se tornaba propicia. Por si fuera poco, tras décadas de crecimiento, la economía de Castilla flaqueaba afectada por las malas cosechas, las epidemias y una regulación comercial que buscaba el beneficio rápido con la exportación de materias primas perjudicando a la incipiente industria local y en general a las cuentas del reino, que continuamente necesitado de capitales asfixiaba a la población con impuestos. Un caldo de cultivo estupendo, como ven, para todo tipo de revueltas.

Y a todo esto súmenle un rey que reina desde Botsuana Flandes, que parece dispuesto a pasar por encima de su propia madre, de su hermano y de la ley con tal de asegurarse la corona de un reino que nunca ha pisado y que quiere abandonar al poco de llegar, dejando tras de si a un montón de rubios y pelirrojos en las más altas dignidades del reino. La tensión se cortaba con cuchillos toledanos.

¿De dónde viene el termino “Comuneros”? ¿Qué eran las Comunidades? Estamos en 1520 y todo lo narrado en el párrafo anterior terminó por explotar. Y no fue bonito. Lo que empieza siendo una revuelta antifiscal motivada por los impuestos extraordinarios que Carlos I precisa para coronarse emperador termina en revolución política, en ciscarse en Carlos I, en la nobleza y en todo aquel que tenía el mentón muy prominente. Antes de que Carlos tomase las de Aquisgrán para ser coronado Mister Universo del Sacro Imperio, en Toledo ya estaban que se subían por las paredes. Tanto es así que la población decidió expulsar de la ciudad a los representantes del poder real e instaurar una suerte de gobierno revolucionario. Tras una serie de decisiones catastróficas, quemar Medina del Campo entre ellas, estallaron por toda la Corona revueltas de todo tipo (contra el rey, contra los impuestos, contra la autoridad local) que convenientemente canalizadas por determinados grupos (entre los que hay que destacar al clero por su influencia) cristalizaron en una verdadera revolución política. Otras muchas ciudades siguieron el ejemplo de Toledo, expulsaron a los representantes de Estado opresor centralista y se organizaron en Comunidad. Aquí está citado el término: Comunidad. Como dije al principio, pretendo centrarme en aspectos menos conocidos (y más relevantes que las batallitas) de la Revolución y este es sin duda uno de ellos. El término es de dificil definición pues en las fuentes se utiliza tanto para referirse al conjunto de la población como al órgano director, pero podemos convenir que, ante todo, la Comunidad era la participación del común, del pueblo, en la gestión política de las ciudades.

¿Y esto cómo se llevaba a cabo? Aunque cada ciudad elaboraba su propia forma de gobierno, partiendo desde cero o adaptando el modelo de otra ciudad, la esencia era siempre la misma: que el poder residiera en la base. La dirección de la ciudad recayó en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

¿Quiénes eran los Comuneros? Esta es fácil: Bravo, Padilla y Maldonado. Bueno, sí, pero en realidad lo que preguntaba era quiénes formaban las bases del movimiento ¿Burgueses? ¿Pequeña nobleza? ¿Blogueros de izquierda-centro-derecha al servicio de todos y de ninguno? ¿ETA? En primer lugar, era un fenómeno netamente urbano y aunque las masas urbanas (el pueblo, la peble, el populacho) eran en su mayoría partidarías del movimiento y fueron los primeros que se lanzaron a las calle contra los impuestos y las élites, estos grupos nunca encabezaron la Comunidad una vez que esta tornó en revolución política. Identificar a los grupos dirigentes de las Comunidades puede parecer un ejercicio complicado, pero Carlos I nos dejó buena parte del trabajo hecho. Esta gente del norte de Europa es eficiente. En 1522, tras la vuelta del ya entonces emperador a la península, Carlos I promulga una amnistía general de la que excluye a 293 personas, las más representativas del movimiento que seguían conservando el cuello sobre la cabeza y monedas en los bolsillos. El estudio de esa lista nos permite observar la fisonomía de la revuelta: una quinta parte del total pertenecerían a la aristocracia, aunque no a la gran aristocracia de la Corona y sus funciones dentro de la revuelta se limitarían al campo militar; las clases medias – explotadores agrícolas, artesanos, industriales, comerciantes y profesionales liberales – representan dos terceras partes de los exceptuados del Perdón. Por último, 21 miembros del clero figuraban en la lista. Parece claro, por lo tanto, que el núcleo del movimiento fueron las clases medias urbanas. El papel de los grandes del reino, contrarios a buena parte de lo que suponía Carlos I pero también temerosos de los planes de los Comuneros, lo explica muy bien Azaña: “Al brazo militar, o sea a los Grandes y caballeros, les importaba que el César venciese, que no venciese demasiado y que no venciese en seguida”

¿Qué querían? ¿Cuáles eran los objetivos del movimiento? La respuesta rápida es que querían menos impuestos, que estos se quedaran en Castilla y que los flamencos se fuesen a Flandes y alrededores a plantar tulipanes o lo que les apeteciese; pero me temo que es algo más complejo. Aunque las primeras algaradas en las ciudades castellanas responden principalmente a una agitación antifiscal, desde muy pronto se intenta canalizar el enfado popular hacia objetivos políticos. Contamos con un gran número de documentos que nos permiten ir observando esa evolución. El 8 de Junio de 1520, Toledo solicitó a las demás ciudades con representante en Cortes que se reuniesen en Ávila para anular los últimos impuestos exigidos por el Rey, cambiar el sistema por el cual estos se computaban, prohibir que el dinero del reino saliese de él e impedir que los extranjeros ocupasen cargos de responsabilidad. Pero ya entonces se iba un paso más allá: desde los púlpitos de Salamanca y Valladolid se afirmaba que si la integración en el imperio suponía “grandísimo daño contra el reyno” había que defender al reino incluso contra el rey. Toledo, que animó al resto de las ciudades a confiscar los impuestos del Estado, tenía otras ambiciones: convertir a las ciudades castellanas en ciudades libres como las repúblicas italianas. Mientras tanto, se afirmaba que el objetivo principal de la Junta revolucionaria, que había asumido el gobierno del reino, reunida primero en Ávila y luego en Tordesillas, era devolver la Corona a Juana, es decir, destronar a Carlos I. De las reuniones de la Junta sale la principal obra “legislativa” del movimiento: los Capítulos del Reino o Ley Perpetua (alguno denominan a este documento, erroneamente, Constitución de Ávila) que se presentan a Carlos I como base de las reivindicaciones comuneras. La idea básica de este documento es la consideración del rey como un “mercenario” de su pueblo y la definición de la monarquía como un pacto entre el rey y su reino. De ahí que el eje central de sus peticiones fuera la participación del pueblo en el gobierno del reino a través de una junta de delegados, la autonomía, casi absoluta, de las ciudades y la institución de numerosas instancias de control del poder real.

En estos aspectos radica la importancia, modernidad y trascendencia del movimiento comunero.

* La verdad es que el papel de la ciudad tampoco es excesivo. Lo más llamativo, la reunión en Ávila de la primera Junta convocada de Toledo, en la capilla de San Bernabé de la Catedral, no contó siquiera con representantes de la ciudad. Solo tras el incendio de Medina, la ciudad se unió sin dudas al movimiento comunero.

Ávila, 1570

En los últimos cinco años me he mudado de casa seis veces en tres provincias. Todos conocemos el proceso de una mudanza, que podríamos resumir como recoger, transportar, colocar; y cuya versión extendida suele ser: recoger montones de cosas que ni siquiera sabíamos que teníamos, intentar transportarlas en el menor número de viajes posibles en un vehículo no habilitado y volver a tirarlas con cierto orden entre las nuevas cuatro paredes hasta que todo vuelva a empezar. El ciclo de la vida, como lo llamaba el padre de Simba.

La parte final del proceso suele ser algo que podríamos definir finamente como “dotar de vida al nuevo hogar”. Si acabas de llegar a un sitio llamado Palacio de la Moncloa lo básico suele ser cambiar los muebles, llamar a Patrimonio Nacional para cambiar los cuadros de la pared, construir una pista de padel, aclimatar la piscina o decidir dónde pones los bonsais. Para el pueblo llano, el elemento central de este paso, que tiene como objetivo convertir el piso semivacio al que acabas de llegar en tu madriguera, es colocar tus mierdas (hay gente que lo llama decoración) en un lugar preferente para que se vea que es tu casa. Tus cuadros, tus fotografias, la figura de Lladró que te regaló tu suegra, el trofeo que ganaste en primaria, las manualidades de tus hijos, etc.

Yo tambien tengo mis “mierdas” y en concreto estamos aquí reunidos, usted y yo, para que le hable de una de ellas, una que me ha acompañado a lo largo de todas mis últimas mudanzas y que suele ocupar un lugar preferente en mis casas: una lámina con la vista de Ávila desde el Cerro de San Mateo realizada por Anton Van Den Wyngaerde en 1570.

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La mayoría de los presentes conocían la lámina y es más que posible que muchos de los lectores habituales del blog tengan una copia, quizá llegada a sus manos del mismo modo que llegó a la mías: junto a un ejemplar del Diario de Ávila. (Nota del Autor: El Diario tuvo unos años en los que regalaba un montón de cosas interesantes. Además de esta lámina, recuerdo una colección de postales antiguas de la ciudad y un libro enorme sobre las catedrales de CyL)

El dibujo del perfil de Ávila forma parte de una serie de 62 vistas de ciudades y villas realizada por el flamenco por encargo de Felipe II desde mediados del S. XVI y se conserva en la Biblioteca Nacional de Viena. La pluma del que fuera conocido en España como Antón de Bruselas nos trasporta a la ciudad tal y como la vieron personajes como Teresa de Jesús (priora del Convento de la Encarnación a inicios de la década de 1570) o San Juan de la Cruz (vicario y confesor del mismo convento). Una vieja ciudad castellana, pequeña y amurallada, sobre la que despuntan las torres de los palacios aristocráticos y los campanarios de iglesias y conventos sobre los que destaca la mole catedralicia.

La vista está llena de detalles que merecen ser contemplados con atención y tiempo. Para aquellos que la ven por primera vez o que quieren echarle un vistazo conmigo les voy a llamar la atención sobre algunos de ellos. Empezando por la derecha de la imagen, junto al pequeño puente de Sancti Spiritus, aún en pie, está el convento del mismo nombre, marcado con algo similar a una arroba. El convento, fundado en el S. XIII, reformado en profundidad después de la realización de esta vista, se incendió a finales del S.XVII, sufrió como pocos la ocupación napoleónica y finalmente desapareció en el S. XIX tras ser desamortizado (aún se pueden observar algunos restos del monasterio, pero son propiedad privada).

Un poco más a la izquierda, marcada con una Z, está la Iglesia de San Nicolás. Quizá no la hayan reconocido, su perfil ha cambiado bastante. A principios del S. XX el campanario fue desmontado ya que amenazaba ruina. (Hagan click en el enlace, la fotografía la descubrí ayer en ese maravilloso rincón que es Avilas.es)

Más a la izquierda aún, marcada con un T, frente a la puerta de la Malaventura, la iglesia románica de San Isidoro, o de San Isidro. Posiblemente una de las primeras ermitas de Ávila, dedicada a San Pelayo, quizá reformada a principios del S. XII por el Maestro Fruchel (Catedral, San Vicente), albergó durante algunos años el supuesto cadaver de San Isidoro de Sevilla durante su traslado desde la ciudad del Guadalquivir a León. La iglesia, desamortizada a lo largo del S. XIX, fue vendida, desmontada y vuelta a montar, como seguramente saben, en Madrid, en el jardín del Retiro, dónde aún pueden observarse restos de su fábrica. Si bien esto último es conocido por la mayor parte de los abulenses, seguramente algunos desconozcan que la primera intención del comprador, Emilio Rotondo y Nicolau, era vender los restos de la iglesia al Ayuntamiento de San Sebastian para que los emplazara en el Monte Ulía y los convirtiera en el Pabellón de los Vascos Ilustres.

Última curiosidad sobre la que les llamo la atención. En el centro, marcada con una H, donde después se encontraría la Fábrica de Harinas, se levanta la desaparecida Iglesia de San Lázaro, que debió ser construida durante el S. XI y que desapareció a lo largo del S. XVII. En esta iglesia se veneraba la imagen de la Virgen de la Caridad a la cual la pequeña Teresa de Cepeda se encomendó tras la muerte de su madre.

Podríamos pasarnos horas revisando centímetro a centímetro la obra de Anton Van Den Wyngaerde y en el fondo eso es lo que espero que hagan. Yo he llegado hasta aquí, pero los comentarios están abiertos a sus aportaciones, sus dudas y su análisis. Allí, si quieren, continuamos paseando por el S. XVI.

PS.- Les enlazo un interesante artículo sobre la sociedad de la ciudad a lo largo del S. XVI (pdf). No es muy largo y nos dibuja una ciudad eminentemente industrial (adaptando el término a los tiempos). ¡Quién nos lo iba a decir!

PS2.- La imagen que acompaña el artículo la tenía en el ordenador, así que no les puedo indicar de dónde procede. En Ávila.es también está, en varios tamaños.

PS3.- Si os gusta la vista de Ávila y queréis las 62, están en un libro editado en 2009.

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