Referéndum al tun tun (y IV)

(Primera parte) (Segunda parte) (Tercera parte)

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– ” ¡Pero bueno! ¡Esto es intolerable! ¡No podemos permitir que se nos despoje a los ciudadanos de nuestra propia historia! ¡Una historia que es propiedad de todos! “

– ¿Está usted bien, señor concejal?

En El Nº11 (la taberna) habían amanecido un día más con la esperanza de que el alto del coche nuevo no viniera a tirarles las copas al suelo, como acostumbraba.

El concejal, lejos de las tribulaciones del hostelero, hacía un barquito con las papeletas.

– Perdona, chico. Lo mío son las cuentas. Me dijeron que me abriera un Twitter y la lié. Ahora me han dicho que vaya por todos los bares repitiendo esta frase para convencer a los ciudadanos, pero es que no veo ninguno.

– ¿Cuantos habitantes tiene Ávila, señor concejal?

– Unos 60 mil, 49.340 bajo los efectos de la O.R.A.

– Y si son 60 mil… ¿dónde están?

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La superintendente los había convocado a todos en lo alto del Torreón. Quería un recuento preliminar y había movilizado para ello a todos los apoderados y a los miembros de Nuevas Generaciones:

“Quiero datos preliminares pronto u os encerraré en un cercado de Lampedusa durante todo 2015. Esos cabrones no nos pueden estropear el centenario de La Santa. ¿Habéis entendido?”

– “Pero, presidenta… Lo que le decimos es verdad. No ha votado nadie todavía. Nadie”.

“Eso es imposible. Cada vez os hacen más gafaflautas. ¡Quitaos de mi vista!”

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Mientras, en el sótano, una presencia había provocado que los concentrados se quedaran más patitiesos que Murallito sin licencia. Una voz se filtraba y se acercaba a través de los muros…

– ¿Qué tal va el diestramento de tu perro? No hay nada como ir un ratito al gyn para quitarse el stres. Lo flipas con Baum Gartner, tía.

Cuando todo parecía perdido y su escondite descubierto, una rendija se abrió entre los muros:

– Seguidme, pillastruelos, como mi sonrisa persigue a los orzuelos.

¡Era el concejal abrazable! ¡Los había salvado!

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En el Nº11 (La Taberna), la sombra del olmedo era alargada.

– La verdad es que yo tampoco creo que sea para tanto. ¿Tú no votarías a todo que sí? A lo suyo y a lo nuestro. Si total, lo del Prado no se concreta nunca. Que lo cojan ellos y ya está.

En el lado zurdo de la barra, un arquitecto se monda con las últimas aventuras del Doctor Bacterio y pide un café.

– Un café de distancias cortas. Un café en equilibrio con la naturaleza. Un café accesible para todos. Un café con una mezcla equilibrada de usos.

Pero nadie le hace caso. En la soledad de la megápoli imposible, mira la urna – fénix urbano contenido – y marca un Sí.

**** ^*

Todas las alarmas habían saltado en la sede central operativa del corral de las campanas: Una urna, una X, un Voto. Un grito atronó por toda Ávila, retumbó en cada catacumba, se oyó hasta en el más recóndito de los escondrijos:

“¿CÓMO QUE NADIE RECONOCE AL QUE HA VOTADO?”

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No muy lejos de allí, el viñetista pidió ser despojado del bozal.

– Creo que yo sí sé quién ha votado. Seguidme.

El concejal abrazable sacó su tandem magenta y le aupó a los pedales traseros. El resto montaron en el coche del alto y partieron hacia la Calle Arévalo.

**** ^*

– No, no puede ser. Es él.

Esta vez el que hablaba era el camarero. Había reconocido el coche y el sujeto: el que le tiraba las copas.

Los seres de luz y los colonoscópicos se adentraron al lugar. Pronto todos se reconocieron entre sí. El concejal, los barquitos, las urnas, el camarero, la mosca y el viñetista. Todos menos aquel señor que leía su Mortadelo y al que apuntaba el del removido bozal.

– Es él. Chamorro – apunto el viñetista.

– ¿Quién? –  respondieron todos al unísono.

– Chamorro. Estaba harto de que me dijeran que siempre dibujaba a los mismos, así que me puse a investigar. Y resulta que había un concejal líder de la oposición que nadie se había dado cuenta que estaba ahí. Jobar, no es que solo sepa dibujar al Alcalde, a Agustín o a concejales guapos o elocuentes… es que no sabía cómo era el líder de los socialistas, jopetas.

– ¡Ah! ¿Y qué tiene que ver eso con el referendum?

De detrás del Superhumor surgió una voz:

– Yo seré quien os reconvierta el Palacio.

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Palacio de los Águila. Reunión de la Secreta Cofradía de la Santa Genoveva.

– A ver, Manolo. Si tu eres de los nuestros, que gobernamos la ciudad juntos como uña y carne. ¿A ti no te parece una gilitruñez  de pregunta y un atentado contra nuestra historia?

“¿Quiere usted que el Palacio de los Águila se convierta en Palacio de Superillo  o de los Illotti? Y, en caso afirmativo… ¿Quiere que le abramos un Tumblr?”

Yo lo que diga Rosa, alcalde.Es la bomba.

**** ^*

Los palos, los colonoscópicos, el concejal del mortadelo y el concejal abrazable estaban siendo seguidos desde que salieron del bar. Unos agentes de la O.R.A. recibían sus órdenes desde las Local Corps del Lienzo Norte.

– Es el momento de acabar con esta farsa.

Justo en el momento de ir a entregar la urna y el voto en los Águila, el concejal elocuente y el abrazable interceptaron a la compañía. Tras ellos, un ejército clon de followers de la cuenta oficial de twitter del grupo municipal y dos agentes de la O.R.A.

– Entregad las urnas o esto acaba peor que un concierto de Las Cheerleaders Asesinas con Willy invitando a Jagermeisters.

Y fue en ese momento cuando la zorra de pelo largo sacó una tijera, cortó sus melenas y exclamó:

“Soy un palo, un palo, nada más que un palo. Un paaaalo”

Hasta el trípode de los discursos del alcalde se había quedado congelado.

“Esto es un blog, una bitácora, un rincón de opinión y desahogo. No somos nada, nunca quisimos ser nada. No tenemos la importancia que se nos da. No somos capaces de reunir más que un solo voto en nuestro referéndum. No hacen falta toques, llamadas ni advertencias veladas. La gente está leyendo el Marca, paseando a los niños en la pista de hielo, cambiando cromos en el Teto: no está leyendo el blog. ¡Sois vosotros los que lo hacéis!”

Murmullos de aprobación. Viñetistas persiguiendo moscas.

“Dicho lo cual, si queréis darnos el palacio para que lo dirija el de los ojos azules y así tener controlados a los de La Colonoscopia, tampoco nos vamos a quejar”.

Sonó entonces una dulzaina. Era él, el hombre que vino del barco:

“Está bien, que no cunda el pánico. Que sea todo el mundo libre, que cada uno escriba lo que quiera, que se fomente el espíritu crítico, que Illo haga una viñeta con socialistas y que nos abramos un fondo de pensiones si nos sabemos la canción de la Abeja Maya…

… porque nosotros seguiremos gobernando y, chicos, al fin y al cabo… nunca os habéis planteado presentaros a unas elecciones ¿no?”

Referéndum al tun tun (III)

Primera parte 

Segunda parte

(Cortinilla de estrella)

Un golpe seco en la puerta les devolvió al mundo real. Apartaron sus ojos de las piruetas de los patinadores ucranianos y cruzaron miradas de temor. Otro golpe les obligó a levantarse. Se movieron en silencio por el lúgubre sótano y se armaron con palos de escoba, libros gordos de cantos firmes y un plumero reserva de la acarosfera. Otro golpe.

– Abrid de una vez, que hace frio. Se van a congelar los cartuchos de tinta.

Se miraron sorprendidos. El hombre alto había vuelto. Abrieron la puerta, le abrazaron y le golpearon la espalda como si estuviesen sacudiendo una alfombra mullida.

– Tengo que reconocer que a mi también me ha sorprendido no morir el primero. – dijo tras desembarazarse de los abrazos mientras con un gesto invitaba a abandonar la penumbra de las escaleras a sus dos acompañantes.

Si los cinco integrantes del blog eran seres de luz, príncipes de ojos claros, piel hidratada y melena oxigenada; los dos engendros responsables de La Colonoscopia parecían resultado de un cruce antinatural entre seres del averno. Manos grandes y peludas, rostros grasientos poblados de pústulas y verrugas, jerseys de rombos, gafas de pasta, piernas famélicas y arqueadas como si bajo ellas un bisonte tuviese siempre un espacio de aparcamiento reservado. Tan solo una graciosa pajarita de topos amarillos dulcificaba su apariencia.

-Ya estamos todos -dijo sonriente uno de ellos revelando que su interior, empezando por unos dientes amarillos e irregulares, tenía tan mala pinta como su exterior y olía peor. – ¿Empezamos?

(Cortinilla de estrella)

-¿Empezamos? – dijo el Alcalde. En la otra punto de la ciudad -o casi- el Ayuntamiento había ideado un plan para frenar la consulta. Era un plan infalible, atrevido, inteligente y disparatado. Las pesquisas por localizar a los disidentes habían fracasado hasta el momento y las obras para construir un estrado donde ajusticiarlos estaban paralizadas por falta de liquidez a la espera de un nuevo plan de pago a proveedores. El plan, denominado en clave “Vía Abulense Bis”, consistía en convocar una consulta simultánea a la consulta convocada por los disidentes, también con dos preguntas, con una temática totalmente distintas para despistar al electorado. “¿Cree usted que Ávila es una ciudad maravillosa en la que todo el mundo puede sentirse acogido gracias al gracejo castellano de sus habitantes, la libertad de horarios intermitente y a la existencia de múltiples rampas?” rezaba la primera cuestión. “En caso afirmativo o negativo, incluso si usted no ha contestado a la primera pregunta o no habla nuestro idioma ¿Considera usted que todo es mejorable, que es importante trabajar juntos para lograr los objetivos del común, que las nubes no huelen a nada y que las redes sociales son, además de una pequeña gran tribuna digital, una experiencia compartida más allá de los arrobas y las almohadillas?” concluía la segunda pregunta. La conjunción de ambas cuestiones era tan absurda, confusa y sin sentido que de puro ridículo contagiaría de invalidez toda pregunta que se pusiese a su lado.

Mientras metían las urnas y las papeletas en furgonetas camufladas, el concejal guapo se acercó al concejal de elocuencia nunca vista.

– ¿Qué tenéis pensado para esos esbirros de Satán, de ZP y de Rosa Díez?

El concejal de verbo fluido se mesó la incipiente barba de plateado vello.

-Para los de La Colonoscopia hemos acondicionado un pequeño espacio en lo más alto del consistorio. Allí les ataremos, les sujetaremos los ojos con palillos y cinta aislante, y les obligaremos a ver, una y otra vez hasta que pidan clemencia, el mensaje navideño del Alcalde, el de Rajoy, el del Rey, el del Papa y los mejores momentos de las películas de Justin Bieber y las Spice Girls.

– ¡Es atroz! – contestó el concejal guapo mientras el otro sonreía picarón.

– ¿Y para Los4Palos?

– A esos con quitarles el Twitter les destrozamos la vida.

(Cortinilla de estrella)

– He notado una conmoción en la fuerza. -dijo el de los ojos azules.

– Yo también lo he notado. -dijo otro de ellos.

– Ha sido un pedo -repuso uno de La Colonoscopia- Lo siento.

Las primeras urnas ya estaban siendo repartidas, junto con los sobres y la edición matinal del Diario de Ávila. Además, habían empapelado la ciudad con carteles que anunciaban el referéndum, animaban al voto y alababan las propiedades diuréticas de la cerveza. El sol empezaba a despuntar por donde acostumbraba y la ciudad comenzaba a despertarse a golpe de campanas. En los bares sonaban ya las cafeteras, los barrenderos limpiaban las calles, los jóvenes cogían los autobuses que los sacaban de la ciudad, el AVE llegaba a Segovia y el Decathlon de Salamanca abría sus puertas.

Era un día importante, vital, trascendente, histórico, festivo, supercalifragilístico. El día que Ávila decidiría su futuro.

-Tenemos un problema. -dijo el viñetista tras regresar al coche después de dejar una urna en un bar.

-¿Cuál?

– No se me abre el Paint para preparar la viñeta de este domingo.

– Bueno, no es tan grave.

– Por cierto, el Ayuntamiento está poniendo urnas junto a las nuestras para hacer otro referéndum.

– ¡No puede ser!

 (Cortinilla de estrella)

El primer votante llegó hasta la primera urna a primera hora de la mañana. Había ido a comprar unos churros y se encontró la propaganda del referéndum en una farola. Con curiosidad se había acercado hasta un bar electoral, había pedido un carajillo para empezar el día con alegría y mucha marcha y se disponía a votar cuando se percató de la existencia de dos urnas y dos papeletas que sumaban cuatro preguntas. A la derecha, la urna del Ayuntamiento con las preguntas ya señaladas. A la izquierda, la urna del referéndum ilegal. Cogió una de las papeletas y empezó a leer las preguntas.

Referéndum al tun tun (II)

Ya sabéis que esta semana estamos con nuestro tradicional relato a cuatro palos, relato que comenzó ayer Pablo y que hoy continúo yo. Detrás vendrá Alberto a continuar con el tema…

Referéndum al tun tun (II)

Acabada la rueda de prensa, el Alcalde se metió en su despacho. El habitual comité de expertos estaba esperándole con cara de circunstancias. Cabezas bajas, miradas al suelo y manos atrás. El Alcalde tomó asiento y dijo con aparente enfado…

Quiero a esos cuatro papanatas colgados del Arco de San Vicente en menos de 24 horas o seréis vosotros quienes recibáis a los turistas con un bonito nudo en el pescuezo. ¿Os queda claro?

Se oyó como a alguno de los presentes le costaba tragar saliva…

Son cinco señor, y…

La frase quedó interrumpida por el estruendo de una mano abierta golpeando con violencia la mesa.

¿Son cinco, señor? ¿Son cinco? – Dijo con tono burlón.

Sssss… Sssí, señor… Cinco. – Consiguió decir el más guapo de todos los presentes con voz demasiado temblorosa…

PUES A LOS CINCO. – Gritó contundentemente el Edil. – Y NO QUIERO FALLOS. Hay mucho en juego… – Concluyó. – ¿Qué cojones esperáis, un autógrafo? ¡¡¡¡VAMOS FUERA DE AQUÍ!!!!

Disculpe señor… – Casi no se atrevía a preguntar otro de ellos que, con exquisita educación y una elocuencia jamás vista en el interior de la muralla, comentó. – Los despreciables opinadores que convocan tan estúpido e inútil referéndum está apoyados por otros amiguitos a los que la inclusión de una segunda pregunta en la ilegal consulta popular ha animado a defender la respuesta positiva ante el populacho, cosa por otro lado ilógica, y que me parece una gran desfachatez. ¿También los quiere adornando algún arco o hacemos valer nuestra mayoría absoluta en los plenos para poder condenarles de forma legal a sufrir como nadie lo ha hecho hasta ahora a este lado del Adaja?

Vosotros, todos fuera de aquí, dejadme solo con él… Y encontradles a todos, a esos otros también, vamos a ver cómo podemos hacerles sufrir.

Salieron todos de la sala sin decir nada más, parecían tener prisa por dar caza a los convocantes del referéndum. Una vez solos el elocuente y el Alcalde, éste preguntó:

Dime, retorcido amigo… ¿Qué se te ha ocurrido para esos de La Colonoscopia?

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Mientras, en el sótano, la imprenta clandestina funcionaba a pleno rendimiento, en concreto a 16 copias por minuto por cada una de las dos impresoras HP 2014 que no paraban de sacar octavillas. La aparición de los ordenadores y las impresoras láser había simplificado bastante lo de tener una imprenta clandestina en el sótano.

El error y la caída de la patinadora francesa aún seguía en su retina y los ánimos estaban bastante bajos. Ninguno de ellos contaba con aquella caída y mucho menos con lo que estaba por pasar, y es que… Si algo puede salir mal… Saldrá mal.

– ¡Mierda! No tenemos suficientes octavillas y nos hemos quedado sin tinta… – Exclamó el de voz profunda y varonil. Todos se quedaron petrificados, se miraron… Bueno, todos no, el viñetista siguió persiguiendo su mosca…
¿Qué hacemos? – Preguntó el de ojos azules… Salir a la calle podía llevar a mal puerto sus planes, ese referéndum era demasiado importante como para cometer un error y dejarse atrapar.
Me voy, yo iré a por tinta. –  Dijo el cuarto en discordia. Era un tipo bastante normal, alto, eso sí. No se metía en líos si el DyC no inundaba sus venas y, en aquel sótano no había DyC así que ninguno entendió ese paso adelante pero él estaba decidido… – No conocen mi coche, es nuevo y aún no lo han fichado. Yo iré a por tinta, la tienda está a pocas manzanas de aquí. No creo que sea muy difícil, ahora mismo están aún reunidos sin saber donde comenzar a buscar.

Todos se miraron, no era mala idea, sin duda, si había una posibilidad de continuar con la consulta era esa.
Está bien… – Dijo el de pelo largo. – Llévate al viñetista y si la cosa se pone fea le quitas el bozal para que les insulte un poco, así te dará tiempo a escapar de ellos en medio de la confusión.
¿Y qué hacemos con los otros? ¿Con los de la Colonoscopia? – Tenía razón. Esos listos se habían subido al carro del referéndum y no estaban dando palo al agua.
Coge los cartuchos de tinta y pásate a por ellos, seguro que están escondidos en su casa intentando pasar desapercibidos. Será mejor que traigas a esos tres con nosotros. – Dijo el de los ojos azules…
Bien dicho, pero ya no son tres, uno se pasó al enemigo. Solo quedan dos. Aún así nos será útiles así que no hay tiempo que perder. Corre tanto como puedas y parte ya, que salen a patinar los japoneses y nos lo estamos perdiendo…

La puerta se cerró tras el tipo del coche nuevo y el viñetista, los otros tres se quedaron mirando TeleDeporte como si prestasen atención a la pareja de japoneses pero sus cabezas ya no se concentraban en la competición. Con la francesa fuera de juego sus pensamientos se centraban en que todo saliese según lo previsto. De no ser así, sabían que tendrían que soportar sobre ellos todo el peso de la Justicia… Y esa idea no les hacía mucha gracia.

Referéndum al tun tun

Como ya hicimos en los dos años anteriores (con ‘Ávila, universo par’ y ‘Clandestinos’), aprovechamos estas fechas para hacer un relato conjunto entre los componentes de este blog. Uno lo comienza y el resto van siguiendo la historia por donde buenamente pueden. Suelen salirnos monstruos de dos cabezas y gamusinos. A ver qué ocurre esta vez:

Referéndum al tun tun

“¿Alguna pregunta?”, dice el alcalde al acabar la rueda de prensa.

Una mano se levanta al fondo de la sala.

“Sí, yo quería saber su opinión sobre el referéndum convocado desde el blog…”

El regidor no deja acabar la pregunta. Sabía que esa cuestión saldría a la palestra y estaba preparado.

“Quiero dejar claro que esa consulta no se celebrará porque es totalmente ilegal –señala–. Ni yo ni ningún alcalde podemos consentir que se les despoje a los ciudadanos de su propia historia, no podemos negociar sobre algo que es propiedad de todos”.

En algún momento durante su breve discurso, el regidor ha golpeado la mesa. Ceño fruncido, mirada fija a cámara, rotundidad y contundencia en sus palabras. Alguien con un oído muy fino incluso podría descubrir un leve rugido interno al final de las declaraciones. El mensaje estaba lanzado.

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A unos pocos metros de allí, cuatro hombres y un viñetista con bozal, ocultos en un oscuro sótano, miran la televisión. Aprietan los puños y contraen sus rostros en una serie de muecas imposibles. La tensión es evidente e incluso aparece alguna lágrima. Siempre vivieron el patinaje artístico con mucha intensidad.

Uno de ellos recibe un WhatsApp: “Poned La 8 de Castilla y León, capullos. Están hablando de vuestro referéndum”. Llegan justo a tiempo para ver al alcalde rechazando su propuesta. La desolación es total cuando, al volver a poner TeleDeporte, descubren que la patinadora francesa ha caído al hielo tras una pirueta imposible.

Nadie se atreve a levantar la mirada del suelo después de algo así. Solo el viñetista, que persigue una mosca por la habitación entre risas –hacen eco debido al bozal–, parece impasible al desánimo. El hombre que tiene el pelo largo es el primero en reaccionar. “Tenemos que hacerlo por ella”, dice después de limpiarse las lágrimas.

Y con la mente puesta en su patinadora favorita, los cincos se ponen a imprimir, en una pequeña imprenta clandestina –todo sótano que se precie tiene que tener una–, las papeletas de su referéndum. La fórmula de la doble pregunta fue algo necesario para que La Colonoscopia se sumara a la consulta.

Ávila, universo par (Episodio IV)

Bajo la premisa de que la opción más sencilla siempre es la correcta, decidió huir. Pero, nada más pasar la Venta de la Canaleja, se topó con un control policial.

– ¿Dónde va, caballero? –le preguntó el que parecía ser el agente al mando.

– Me marcho de esta absurda ciudad –respondió nuestro protagonista con tono malhumorado.

– ¡Ah, no! ¡De ningún modo! ¿Acaso no conoce nuestro programa ‘Respaldo juvenil’?

Al decir esto último, señaló un enorme cartel que tenía a su lado. En él se podía leer, en letras de muchos colores, el siguiente texto:

“Programa ‘Respaldo juvenil’. ¿Tienes menos de 35 años? Tu lugar es Ávila. ¡No lo dudes! Aquí te facilitaremos un trabajo acorde a tu titulación, vivienda a precios asequibles y una inagotable abanico de actividades culturales y de ocio”.

El señor agente le dio un folleto y le obligo a dar media vuelta con palabras amables:

– Ale, venga… vuelva a la ciudad amurallada, cabeza loca. ¿Dónde va a estar mejor que aquí? Usted vaya al Espacio Joven, que se encargarán de buscarle un buen trabajo y un lugar digno para vivir, ya verá. Y que no vuelva yo a verle por aquí, por favor. ¡Dirección Salamanca! ¿Qué se le he perdido en esa ciudad sin futuro?

Resignado y sin ganas de discutir, volvió sobre sus pasos como un autómata. No le quedaban muchas opciones más allá de acudir a la cita con la morenaza. Miró su reloj: tenía 25 minutos para ir a San Antonio acompañado por su resaca y su dolor de cabeza. Andaba pesando cómo llegar a tiempo cuando vio una entrada de metro junto a la ermita de San Segundo.

La verdad es que, a estas alturas, ya nada podía sorprenderle. Parecía estar bajo los efectos sedantes de algún tipo de droga dura o como si hubiera escuchado de un tirón el disco recopilatorio de algún cantautor ‘moñas’. Así que entró en el metro como si tal cosa y, sin el mínimo atisbo de asombro, leyó en un periódico gratuito local que Pau Gasol había expresado su deseo de retirarse en el Óbila y que el Real Ávila había perdido la final del Mundialito de Clubes ante el Boca Juniors. Se bajó en la parada llamada ‘Jardín botánico de San Antonio’, la anterior a la ‘Estación de AVE’ (línea roja) y paseó por un paradisíaco vergel hasta que encontró a la morena delgada vestida de negro riguroso.

– Imagino que tendrás muchas preguntas.

– Pues más bien, majilla.

– Lo primero que tengo que decirte, Pepe, es que yo soy el Oráculo y esto es Matrix.

Silencio infinito hasta que ella estalló en un manojo de carcajadas.

– Que no, hombre, que es broma –dijo limpiándose las lágrimas que le provocó el ataque de risa.

– Pues menos cachondeo, resalá, que no está uno para tonterías a estas alturas. Dime dónde estoy y qué cojones le ha pasado a la ciudad. ¡Esto es de locos!

– A Ávila no le ha pasado nada. Lo único que ocurre es que estás dentro de la historia que han creado cuatro bobo-tontos con un blog que alimentar.

– ¿Qué? ¿Repeat, please?

– Que tú y yo no somos más que dos personajes creados en las mentes perturbadas de unos perro-flautas con aires de gato-panderetas y mucho tiempo libre –mientras decía esto, sacó un paquete de la cazadora y comenzó a fumar-. Por lo que tengo entendido, es un relato a varias manos. Empezó la historia uno de ellos y el resto va continuando como buenamente puede.

El hombre siguió mudo, rozando el coma.

– El caso es que, según mis cálculos, debemos de estar en la parte final –continuó ella-. Ahora mismo hay un idiota intentando cerrar esta historia, poner el punto final de una forma medio decente. Y no hay nada más peligroso que un idiota delante de un teclado de ordenador.

Dio varias caladas a su pitillo.

– Nuestro objetivo, el tuyo y el mío, es conseguir que la historia nunca acabe. Y para eso, la primera regla es que no puedes dormirte.

-¿Cómo?

– Sí, prohibido dormirte. Al idiota se le ha ocurrido acabar la historia en plan ‘Los Serrano’. Te despiertas y todo fue un sueño… ¡Hay que ser cutre, joder! Ya lo han intentado antes, cuando te has despertado del hotel, pero quedaba uno de los ineptos por escribir, y han tenido que seguir la historia.

– No tiene ningún sentido lo que me estás contando, morena. ¡Ninguno!

– Lo que no tiene sentido es este relato de mierda que no hay por donde cogerlo. ¿Pero no te has dado cuenta de la cantidad de hilos argumentales que han quedado abiertos sin cerrar? ¿Qué paso con esa Teresa, del Círculo de Lectores, la que te llamó al principio de la historia? ¡No hemos vuelto a saber nada de ella! Si ya te digo yo que no hay nada peor que un tonto delante de un teclado.

– ¿Y el hombre trajeado que te acompañaba? ¿El del flequillo? ¿Por qué discutías con él en el hotel?

– ¡Ah, ese! Es el viñetista del blog, un tal Illo. Él está conspirando contra todo esto. Quiere poner fin a esta ciudad idílica porque así no puede burlarse de nada ni de nadie. Todo es perfecto y él no puede hacer humor sobre algo así. Por eso te arreó ese bastonazo, con el fin de que, al despertar, los plumillas de la historia utilizaran el argumento de que todo fue un sueño…. Pero ni para eso valen, los muy….

– ¿Y qué quieres que haga yo?

– Nuestro objetivo, pimpollo, es hacer que la historia continúe avanzando, ¡sea como sea! Ahora mismo hay un tonto buscando ideas absurdas para poner el punto final y nosotros tenemos que evitarlo.

– ¿Por qué?

– ¿Cómo que por qué, atontado? ¿Tú has visto la ciudad en mejor estado que aquí dentro? Esto no nos lo podemos dejar escapar, te lo digo yo.

– No entiendo nada –la voz de Pepe sonaba quejumbrosa-. Si es verdad lo que dices y no somos más que dos títeres, ¿qué podemos hacer nosotros?

– Mira, tengo una pistola –respondió mostrando un bulto en la parte trasera de su pantalón-. Podemos ponernos a pegar tiros a diestro y siniestro. La historia no podría acabar ahí, tendría que pillarnos la Policía, habría una persecución y todo eso. Otra opción es hacer el amor. Ningún relato que se precie acaba con una escena de sexo, ¿no?

Resignado (quizás también algo cachondo), nuestro protagonista comenzó a  desnudarse. Nunca fue un hombre violento.

De repente, una voz sonó como si viniera desde las entrañas de la tierra:

“Y en ese momento, una enorme crecida del río Adaja comenzó a inundar toda la ciudad”.

– ¡No me jodas! –gritó la morena.

– ¿Qué pasa ahora? –preguntó Pepe con los pantalones por los tobillos.

– Es el narrador omnisciente, el muy cabrón… ¡Nos va a inundar! ¿Pero qué tipo de final es este?

“La ciudad se fue sumiendo en las oscuras y pantanosas aguas del Adaja, que engulló todo a su paso”.

El agua llegó al Jardín Botánico y todo lo que estaba alrededor de ellos comenzó a inundarse. A Pepe, que seguía en ropa interior, comenzó a preocuparle que el calzoncillo trasparentara con la humedad.

“Los dos comenzaron a bracear en medio del Jardín Botánico para mantenerse a flote y, junto a ellos, un precioso portátil Mac flotaba marcándoles el camino de la salvación. Era su vía de escape, pero solo había sitio para uno, así que nuestro protagonista subió a la morena al ordenador y se quedó junto a ella esperando la muerte”.

– No había otro final más pastelón, no… El jodido ‘Titanic’ –siguió gritando la morenaza-. Va a acabar plagiando el final cursi de ‘Titanic’… ¡La madre que lo trajo!

“El frío llevó a Pepe al sueño eterno. Sin poder controlar las lágrimas, la morena dejó que el cuerpo de su amado descansara en las profundidades”.

FIN

Ávila, universo par (Episodio III)

Esta historia, lo digo para los que no lo tengan claro, es un nuevo invento de nuestra perturbada mente. Para entenderla (o no, de momento no la entiendo ni yo) debéis leer primero la primera parte escrita por Alberto, la segunda que nos trajo Rubén y, por supuesto, su desenlace, que no lo traerá Pablo en algún momento no muy lejano…

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Conocía aquella extraña sensación. No era la primera vez. Sobre todo conocía aquel terrible dolor de cabeza. Creía además haber sido víctima de algún tipo de broma o de una de esas pesadillas de las que deseas despertar pero no puedes. Debió ser gorda la borrachera de la noche anterior. Con los ojos aún cerrados respiraba aliviado por haber despertado de aquel sueño. Aquel Ávila desconocido, irreconocible. Aquel Ávila de Zaras, Apple Stores y otros asuntos que, en otras circunstancias sería la ciudad deseada pero que en aquella pesadilla, tan de repente, no entendía. Menos mal que ahora no despertaba, como en su sueño, en ningún banco en mitad de la calle. Estaba calentito, bien arropado, cómodo. Dio media vuelta con la intención de prolongar unos minutos más su estancia en la cama y descansar de la borrachera, pero…

– Un momento. Esa ventana debería estar al otro lado.- Abrió los ojos buscó el interruptor de la luz de su habitación en su lugar habitual, junto a la mesilla de noche. No estaba. Tanteó, se levantó de la cama recorriendo las paredes mientras las palpaba como si de encender aquel interruptor dependiese el orden mundial. -Maldito dolor de cabeza- Finalmente acertó con el botón.

Nada más apretar el interruptor sintió como si tres mil agujas atravesaran sus pupilas. Tardaría en acostumbrarse a tal despliegue de luminosidad. Mierda… No es mi casa. Se encontraba en lo que sin duda era una habitación de hotel. Él nunca tuvo baño propio en su casa de 2 habitaciones que compartía con sus padres y su hermano pequeño y sin duda, aquella puerta daba acceso a uno. La habitación, estaba decorada en tonos verdes tanto en el papel de las paredes como en las cortinas, sábanas, etc… Sin duda era una buena habitación, debía costar un dinero… ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado? Todo, de repente, se volvía de nuevo extraño. Corrió hasta la ventana, levantó la persiana y… ¡Ávila! En toda su inmensidad. – ¿Qué pinto yo en el Hotel Cuatro Postes? – Se preguntó. Comenzó a preocuarse sobre manera. Todo era especialmente extraño y, por supuesto, lo que minutos antes achacaba a un mal sueño, comprobó que se trataba de tal. Una de las pistas que le llevó a darse cuenta fue el gran chichón que tenía en la cabeza y que le llevó a recordar aquél terrible bastonazo que recibió por parte de aquel misterioso calvo.

– Mierda, mierda, mierda… ¿Qué está pasando? Tengo que irme, tengo que salir de… – Algo le interrumpió. Se oían voces en el pasillo, muy cerca de su puerta. Se acercó a ella, abrió con sumo cuidado para intentar echar un vistazo sin ser visto. No acertaba a ver nada. Seguía oyendo las voces, no estaban lejos. Eran dos, un hombre y una mujer, seguramente el calvo con su simpático bastón y aquella misteriosa mujer. Discutían. No llegaba a entender todo cuanto se decía pero reconocía sin lugar a dudas que estaban discutiendo. Un portazo, tacones por el pasillo…

Cerró la puerta procurando hacer poco ruido. Aquellas pisadas sin duda se dirigían hacia allí. Se tiró dentro de la cama, se tapó y se hizo el dormido justo un instante antes de que la puerta se abriese dejando paso a la enigmática morena. Entraba sobresaltada, nerviosa. Sin duda era ella la persona que entablaba calurosa conversación en el pasillo.

– Despierta, rápido, no hay mucho tiempo. Debes salir de aquí. Vete y encuéntrate conmigo en una hora en el Jardín Botánico…
– ¿Qué está pasando? ¿qué es todo esto? – Se apresuró a preguntar.
-No hay mucho tiempo, hora debo irme. Hazme caso, ve al Jardín Botánico y espérame allí. Llegaré en una hora…
– Pero… ¿Qué dices de un Jardín Botánico? ¡En Ávila nunca hubo Jardín Botánico!
– Cómo que no. – Contestó la mujer – En la zona Norte, al lado de la Iglesia de San Antonio…
– ¿El parque de los estorninos?
– ¿Estorninos? No, nunca hubo estorninos en San Antonio. Corre vete, no hay tiempo.- Acabada la frase la chic morena desapareció de la habitación y tras ella salió nuestro amigo deseando poner tierra de por medio y encontrar una explicación a todo cuanto le ocurría. Recorrió dos largos pasillos hasta llegar a la zona de ascensores, pulsó compulsivamente todos los botones como si hiciese falta apretarlos 20 veces para que los aparatos funcionasen. Subió en el primero que llegó y bajó al hall.

Nada más salir del elevador se topó con algo que le hizo tener un ápice de esperanza. Ese tipo del traje, ese señor que se encontraba apoyado en el mostrador de recepción es…

– ¡Don Miguel Ángel! – Gritó. Es usted.
– Disculpe señor, ¿puedo ayudarle en algo? – Preguntó educadamente
– ¡Claro! Al fin me topo con alguien conocido…
– Dicúlpeme, señor pero  no nos conocemos.
– Normal, usted a mí no pero yo sé quién es usted.
– Claro señor. Soy el recepcionista del hotel.
– ¡NO! – gritó indignado – usted es Don Miguel Ángel García Nieto, Alcalde de esta ciudad.
– Mis más sinceras disculpas, caballero, pero se equivoca. El Alcalde se llama Guillermo y nada tengo que ver con él. – Comenzó a sonar el teléfono de recepción –
– No, no. No puede ser. Usted es nuestro Alcalde. Anoche, cuando salí de casa lo era…
– De verdad que lo siento, caballero pero yo, aparte de mis años de profesor de autoescuela, no he conocido otra labor que la de recepcionista de este hotel y ahora, si me disculpa, debo contestar al teléfono.

“Menuda locura, no entiendo nada, debo salir de aquí” . Pensaba nuestro protagonista mientras se encaminaba con paso rápido y nervioso hacia la puerta giratoria del hotel. Salió de él y se encaminó hacia el monumento que da nombre a la instalación hostelera. Una vez llegado allí se sentó. Miró a la ciudad. No parecía haber cambiado nada. El aspecto era el mismo que recordaba haber divisado desde allí en infinidad de ocasiones pero era evidente que no todo permanecía igual. Miraba la ciudad esperando que la muralla le gritase qué hacer. Pocas veces había estado tan perdido como en aquella ocasión.

El tiempo corría. Le quedaban 45 minutos para llegar a su cita con aquella mujer. “No me ha dicho ni su nombre” pensaba. Todo eran dudas. ¿Debía asistir a la cita con ella? Pues quizá allí encontrase las respuestas que buscaba pero aquella resaca que aún le acompañaba y, sobre todo, el terrible dolor de cabeza, que era aún peor por el bastonazo recibido, le indicaban que allí no encontraría nada bueno, ¿o quizá sí? De repente le cruzó por la cabeza una segunda opción. Quizá no era lo más valiente pero… “¿Y si hago un ‘Santa Teresa’?” Pensaba… “¿Si me voy de aquí sacudiendo el polvo de la ciudad en este viejo apeadero?” No le quedaba mucho tiempo. Tenía que tomar una decisión. Abandonar, irse renegando de todo lo que había visto en las últimas horas que tanto desconcierto le generaba. De no ser así su tiempo se agotaba. En 40 minutos le esperaban en el Jardín Botánico.

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Si quieres seguir leyendo: Episodio IV

Ávila, universo par (Episodio II)

Continuamos. Como ya imaginaron nuestros lectores más sagaces… lo de ayer fue nuestra particular charlotada. Pedimos disculpas por la gracieta (excusas ya incorporadas también en la anterior entrada) y recomendamos el uso del hashtag #willydimision en Twitter porque la idea fue suya. Vaya tropa. Hay que reconocer que el resto también somos culpables: los escribientes de este rinconcito han aprovechado las fechas navideñas para juntarse junto a unas coca-colas, echarse unas risas, conspirar contra el poder y de paso coger fuerzas para seguir adelante por otros porrocientos días más.  Que no panda el cúnico ni se deschampe el corchán. Ladramos y cabalgamos. O algo así. 

Lo penúltimo que teníamos abierto era un relato. La idea viene de antaño y consiste en imaginar una Ávila radicalmente diferente a la que conocemos. Cuatro manos para escribir un único texto sin que ninguna tecla sepa de antemano por dónde le va a venir la historia. Alberto dio comienzo con este fenomenal inicio

… y servidor (mcguffin mediante) encadena con….

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– Tomás Luis de Victoria, buena elección para un politono.

La voz era de un amable ciudadano que disfrutaba también con beatífica sonrisa de la vista hacia el valle.  ¿Tomás Luis, el del viejo cine? Si de algo estaba seguro era de que el teléfono le llevaba años sonando a lo mismo. No le gustaba eso de cambiar de tono de llamada: orgullo de barriero,  bohemios y soñadores. Al fin y al cabo – y aunque quisiera aparentar lo contrario – no dejaba de ser un abulense de bien: castellano de vino, dardo, sombrero y algo de mala sombra.

Esa música  que no había oído en su vida  seguía reclamando su atención desde el teléfono.  Se decidió a descolgar.

– ¿Señor Herráez? ¿Es usted?

Se fue incorporando mientras seguía mirando la pantalla con extrañeza. Al menos – algo era algo y además el Moneo no existía – se seguía llamando igual que antes de los tequilas y los dardos.

– Al apadato – la boca definitivamente seguía siendo pastosa y pesada con una lengua digna de Pepe Viyuela.

– Soy Teresa, del Círculo de Lectores. ¿Me recuerda? Hablamos anoche, en la convención astronómica nocturna.

Eso sí que era imposible. El cuello continuaba con sus quejas y la cabeza le chirriaba en cada gozne. La noche anterior no había asistido a ninguna convención astronómica ni cristo que lo fundó. La única cosa cósmica había sido la borrachera colectiva en el garito: cervezas, copas, dardos, tequilas.  Mejunje mejicano y almendras. Aunque a esas horas ya empezaba a dudar de que esas Aliada fueran realmente almendras.

– Sí, claro que recuerdo – mintió. Ahora no puedo atenderla. Voy con prisa. Gracias. Ya les llamaré yo.

Esa voz…esa voz… Ya lo pensaría más tarde. Necesitaba hacer una última comprobación. Cruzó San Pedro en dos zancadas en dirección al barrio de Las Vacas. Ni rastro del Alférez Provisional: “Avenida de la Democracia”, decía la lustrosa placa. La cartelería en las paredes no era menos inquietante: “Noche Indie en el Vishnú: Esta noche especial Vetusta Morla. Cuesta de Julio Jiménez”. “Museo de Arte Contemporáneo: ilustraciones de Juan Jiménez. Valle del Corneja”.

Qué carajo. Un petardo, necesitaba oir un petardo. Por mucho que esta Ávila  luciera diferente seguro que en el barrio habría alguna fiesta. No se esperaba el impacto.

– A tomar por cleta la biciculo.

Una Apple Store. En lugar del viejo Risas había una Apple Store, con su imagen de Steve Jobs y su manzana. Una moderna instalación – adecuada no obstante al entorno de la plaza – que compartía pared con un complejo de nombre R.I.S. “Research Investigation Spain. Instituto Tecnológico de Ávila”.  Jóvenes gafapasta poblaban el lugar absortos en sus pantallas sin duda disfrutando de un servicio wifi de calidad.

Era lo más extraño que había experimentado nunca: No había un ruido en la Plaza de las Vacas. No había coches. Alguna bici. Juventud. Silencio.

Huyó hacia el único lugar que en esos momentos le podía devolver a la normalidad. El Sur. El Bar Sur, para ser más exactos. Caña y patatas dos salsas. Sonido de tragaperras. Sweet home, dulce hogar. Que una cosa era que no hubiera edificio de Moneo y otra que en vez de croquetas le sirvieran nitrógeno de sodio caramelizado. O al menos eso esperaba.

– Bienvenido señor ¿desea entrar al parlamentarium o prefiere participar en el torneo?

– ¿Parlamen…qué? ¿Torneo? – miró alrededor. Donde esperaba encontrar la tragaperras se ubicaba una enorme vitrina llena de una especie de tinajas artesanales.

– Campeonato de ajedrez, señor. El ganador se lleva el búcaro de la casa. Acomódese y disfrute de las partidas. Parece que no lleva buena cara.

– Creo que necesito una tila. Un té. Un café. Lo que tengan.

Se le había multiplicado el dolor de estómago, el mareo, el dolor de cabeza, el chirrio de goznés. Engulló el café sin echarle siquiera azúcar. En la esquina del llamado parlamentarium la televisión retransmitía el pleno municipal: “Aprobado el PGEU” decía el faldón.

– Qué buen alcalde es Guillermo – comentó el camarero. Hacía falta profundizar en ese tema.

– ¿Es que también aquí van a construir más pisos? – inquirió con cierto alivio, visto lo visto.

– Ya veo que es de fuera, señor. Es el “Plan General de Educación Urbana”. La ciudad quiere seguir a la cabeza del desarrollo cultural europeo.

What the fuck. Echó un vistazo al periódico: “El campamento de Venero Claro visita el Museo de Ávila”. “La capital amplía sus ofertas de ocio nocturno”. El tortazo de anoche debió ser fenomenal, pensó.

“Estaré en otro sitio que no existe. Esta tomadura de pelo ha de terminar. Si es un sueño, me pondré a volar”

Niet.

“Aparece Scarlett Johansson.”

Nein.

No tenía sentido y además era imposible. Una ciudad despierta, educada, amable, innovadora, viva.

– Caballero, disculpe. Caballero. Parece que le llaman desde la calle.

A través del cristal vio a un hombre calvo, impoluto, inexpresivo. Le miraba desde la otra acera con seriedad. Un Avilabus se interpuso en la trayectoria visual antes de que pudiera salir por la puerta.

– Eh, espere un segundo. ¿Sabe usted donde estoy? ¡Eh! ¡Espere!

Espero al siguiente autobús con ansiedad. Línea circular, otro nuevo invento de ese sitio extraño. El conductor daba las buenas tardes, conducía con suavidad, los niños cedían sus asientos a los mayores. Subieron la Avenida de la Democracia, Paseo de San Roque, Avenida de Madrid. En la rotonda de la cremallera acertó a divisar un pensador de Rodin. Ni rastro de otro calvo que no fuera el de la estatua.

Abatido, cansado, resacoso, confundido y destrozado se venció sobre el asiento. Sintió el traqueteo en sus costillas de cada adoquín de la Ronda Vieja. No sabía dónde parar, qué hacer. Se dejó llevar. El autobús comenzaba a girar en dirección al Puente Adaja y entonces la vio.

Morena, delgada, pelo corto, flequillo de lado. Pantalón negro, jersey del mismo color. Inconfundibles labios rojos y a su lado el impoluto e inquietante alopécico. Quiso bajar de inmediato pero no contaba con la aparición del jorobado Murallito. Turistas suecos atendían las explicaciones (en perfecto inglés) del guía turístico.

Esos 20 segundos de cruce infernal fueron suficientes para que se le escaparan de nuevo. Ahí tenían que estar sus respuestas, bramaba. Hizo caso a sus pálpitos y salió pitando en dirección a San Segundo. Cruzó el Río Adaja, afortunadamente poco caudaloso en esas fechas del año. Aún así – maldita fuera su estampa – se había llenado de tierra y ya no adivinaba si llegados a ese punto habrían girado hacia la antigua fábrica de harinas o en dirección a la carretera de Salamanca.

Paró un segundo para respirar. Se subió la pernera, se quitó el zapató y se sacudió los calcetines. En ese momento, sin que le diera tiempo a reaccionar, vio al calvo aparecer por detrás. Un bastonazo. Crij. Kaj.

– La ciudad no se ensucia con barro, marrano.

De nuevo el cuello rígido, de nuevo un escorzo extraño. Esa caída iba a quedarle de todo menos artística. Antes de desmayarse vio a la chica sonreir. Detrás de ella, flamantes e impertérritos, se distinguían perfectamente Los Cuatro Postes.

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