Vuelta a España en siete festivales (1 de 3)

Miguel Díaz Herrero (@migueldherrer81) vuelve a colaborar con nuestro blog, en esta ocasión para hacer un repaso de varios festivales, incluido alguno abulense. Si tú también quieres escribir un post, aquí te explicamos cómo.


Si París era una fiesta, España es, desde hace varios veranos, un festival. Los festivales ya no son sólo el oasis del fan de la música, sino una opción de vacaciones (barata, si nos apretamos el cinturón a la hora de dormir, beber o matar el hambre) para todo tipo de público. Y es que el público de los festis es hoy más transversal que nunca, cosa que puede molestar a más de un purista, pero que deja importantes beneficios económicos (aunque a veces no tantos como se dice) en localidades de todo el país.

¿Son los festivales una burbuja que pinchará? Llevo tantos años oyendo eso, que ya me suena a tópico. El caso es que este verano ha habido más de doscientos por toda España, y este comentarista ha ido a siete de ellos para ver a algunos de sus grupos favoritos, beber cerveza (sin que mi bolsillo quede esquilmado por ello) y pasar buenos ratos con amigos. Por este orden. Y es que esto, sobre todo, iba de música. ¿O no? Pues a veces, no. En cualquier caso, aquí va una crónica honesta y absolutamente personal de cada uno de ellos. Por razones de espacio, no puedo extenderme demasiado con los grupos, así que me centraré en los momentos que con más fuerza se han quedado en mis retinas y mi recuerdo, y las cosas que opino se podrían mejorar.

Ojeando (Ojén, Málaga, 30 junio y 1 de julio)
Para mi uno de los grandes alicientes de ir de festival es viajar, conocer sitios que nunca has visitado, y en ese sentido nuestro país no deja de asombrarte jamás. Tengo una amiga rondeña que me había hablado del Ojeando, y al llegar a esta preciosa localidad de interior, rodeada por las sierras Blanca y Alpujata pero cercana al mar, me pregunté dónde diantres había estado en las nueve ediciones anteriores.

Bajarte del autobús que trae a los asistentes desde la cercana Marbella, y pasear por las calles de casas blancas que serpentean y descienden al centro del pueblo es el primer regalo que nos ofrece el Ojeando. El segundo, el ambiente que respira la localidad, con sus puestos de artesanía y bares con botellines a un euro. Y si son de Victoria, la cerveza malagueña por excelencia, mejor que mejor. Y el tercero, el propio recinto del festival, el patio del colegio de Ojén. Sin olvidarnos de la Plaza del pueblo, que acogió actuaciones de grupos de la zona tan buenos como Arista Fiera, Denyse y los Histéricos, Betamax o Bud Spencer Band, estupenda banda de versiones que nos deleitó con covers de artistas tan grandes como The Kinks o The Who, en la fantástica voz de su vocalista Juan Miguel.
En cuanto a los principales reclamos del cartel, Ojeando apuesta sin ambages por el indie patrio, comenzando el viernes por Triángulo de Amor Bizarro, cuyos directos siguen sin hacer justicia a sus discos y a sus grandes canciones. Y es que, aunque a uno le gusta mucho el ruido, también le gusta que haya un mínimo de inteligibilidad. No ayudó el pésimo sonido que sufrió el grupo, como después les comentamos a unos encantadores Isa y Rodrigo, pero quizá no sería tan mala idea que bajaran el nivel de fuzz. Xoel López sí sonó perfecto, gustó y se gustó, como siempre, y hasta me hizo cantar algunas de sus canciones más bonitas, como “Por el viejo barrio”, o las de la época de Deluxe (“I’ll see you in London”, la inevitable “Qué no”). No habría ido a verle en un festival más grande, pero no estuvo mal. También, como siempre, tocó más tiempo que el resto de artistas. Tampoco habría ido a ver a Sidonie, pero si la baza del grupo siempre ha sido la diversión, los barceloneses consiguieron que me divirtiera, y que la dichosa “Carreteras infinitas” se me quedara en la cabeza todo el fin de semana. Me gustó que Second recuperasen “Horas de humo”, una joya de pop de guitarras en español, de una época en la que, a mi juicio, hacían mejores canciones.

Ojeando- Con Pepillo (bajista de Airbag)

Con Pepillo (bajista de Airbag) en Ojeando

Pero mi plato fuerte era el grupo que abría la jornada del sábado. Y es que aún no conozco a nadie que haya ido a ver a Airbag por primera vez y no haya salido de allí con una sonrisa. Media hora antes del concierto, me parapeté en primera fila con mi “mini” de cerveza junto a un grupo de simpáticas jóvenes. La ansiedad (prefiero decir entusiasmo) del fan. Y es que esta vez la gente tardó en llegar: éramos apenas 300 personas y me faltaron los ya clásicos pogos. Sólo cuando sonó “La cueva” otro fan y yo nos fundimos en un encontronazo para no faltar a la tradición. En cualquier caso, 45 minutos de melodías punk- pop redondas como un bombo, durante los cuales volví a sentirme el hombre más feliz del mundo. Y con versión incluida del “Don’t worry, baby” de los Beach Boys, con la deliciosa colaboración en los coros de las malagueñas Hawaii Five. No conecté, sin embargo, con el show de Miss Cafeína. Lo he intentado, pero sus letras y sus melodías no me dicen nada. Me suenan a pop indie descafeinado (no es un chiste fácil), sin personalidad, por lo que no puedo compartir el entusiasmo de sus fans. Belako dieron un buen concierto de rock, aunque sin la rotundidad de la última vez que los había visto, en la sala madrileña Ocho y Medio, con motivo del Ballantine’s Music Festival. Quizá el recinto y la hora les fueron entonces más apropiados.

Lo mejor: El propio marco del festival, el pueblo de Ojén. Su precio (sólo 25 euros el abono de dos días). El buen rollo de la gente. El cariño que se nota que pone la organización, gente del pueblo que se vuelca con el festival.

Lo peor: Casi nada. Quizá la existencia de otros muchos festivales con un cartel o estilo muy parecido.

Mad Cool (La Caja Mágica, Madrid, 6- 8 julio)
Tenía el Mad Cool grabado a fuego en mi agenda, y la entrada comprada desde Navidades, porque por fin iba a ver a grupos que marcaron mi adolescencia a golpe de guitarrazos. Bueno, “ver” a Green Day o a Foo Fighters es un decir, porque a menos que uno se colocase delante del (inmenso) escenario 3 horas antes, era difícil seguir sendas actuaciones por otra cosa que no fuese una pantalla gigante.

En cualquier caso, no se puede hablar de la segunda edición del Mad Cool sin referirnos a la trágica muerte de Pedro Aunión, acróbata y bailarín aéreo que cayó al vacío desde un cubo de hierro a 30 metros de altura mientras ejecutaba una coreografía. Pero ni la inmensa mayoría de los que allí estábamos sabíamos de dicha actuación, ni fuimos conscientes de lo sucedido hasta que ya estábamos en casa. Mucho se ha escrito sobre la supuesta falta de sensibilidad del festival por no cancelar el resto de actuaciones del jueves y/o por cómo gestionó la información, que no compartió hasta cuatro horas después. Y después de hablarlo con mucha gente sigo sin estar seguro de cuál habría sido la mejor manera de actuar. Sí me pareció a todas luces insuficiente el homenaje que Mad Cool hizo al artista, y que se limitó a un mensaje de condolencia en luces de neón durante la actuación, al día siguiente, de Dinosaur Jr.

mad_cool.jpgEl jueves, después de correr como pollos sin cabeza por un gigantesco recinto (dos entradas, cinco escenarios, 45.000 asistentes diarios), mi amigo y yo llegamos por fin al típico espacio festivalero patrocinado, en este caso por Mahou, que el primer día regalaba una caña (el resto la celebración de “fiestas privadas” nos exhortó a marcharnos). Allí me esperaba una de las (pocas) personas de nacionalidad británica a las que quiero de verdad, para irnos a ver a los Foo Fighters. Ver a Dave Grohl en un escenario es algo que hay que hacer una vez en la vida, y me encantó que empezaran con “Everlong” y “Monkey wrench” de “The colour & the shape”, uno de los mejores discos de rock estadounidense de finales de los 90. Sin embargo, las dificultades logísticas para ir al baño en un festival tan grande, y un repertorio que a mitad de concierto se fue desinflando con canciones más anodinas de sus últimas entregas, nos convencieron para ver el final de Belle and Sebastian. Y es que escuchar esos himnos de melancolía con sonrisa (“Another sunny day”, The boy with the arab strap”, “I didn’t see it coming”) es siempre un placer para los sentidos. Las (no) indicaciones del escenario Mondo Sonoro hicieron que prefiriésemos coger el último metro (había que guardar fuerzas) antes que bailar con el rock electrónico, bailongo y siempre disfrutable de WAS.

El viernes, y mientras Rancid descargaban en el escenario principal ese ska- punk que perfeccionaron como nadie, los texanos Spoon desplegaban en el Matusalem su pop elegante y hedonista, con la voz rota de Britt Daniel cantando melodías tan buenas como las de “Do you” o “The underdog”, y una banda de negro riguroso rozando la perfección. En el escenario de al lado, mucha gente se preparaba ya para otro de los platos fuertes de muchos. Después de que una voz nos pidiese por megafonía que no usáramos flash, por la dolencia del cantante, Ryan Adams emergió con sus pelos desaliñados, camisa de cuadros y guitarra de flecha. Enseguida una de mis favoritas, “Ashes and fire”, y un show en general muy rockero y plagado de clásicos. Para Green Day, y ante la imposibilidad de verlo a menos de 80 metros de distancia, nos colocamos en el lateral derecho, sobre una plataforma que nos quitó agobios y nos permitió pegar botes con gemas de punk- pop como “Long view” o “Hitchin’ a ride”. “When I come around” y “Welcome to Paradise” nos devolvieron a nuestro yo adolescente y con acné, que quería tener un grupo pero tenía la misma habilidad con la guitarra que con las chicas. El concierto ya acumulaba media hora de retraso (aún no sabíamos por qué), así que después de observar los excesos de Billy Joe y su popurrí de clásicos del rock, nos fuimos al escenario 2 a disfrutar de uno de los grupos que mejor aunó en su día ruido y melodía, Slowdive. Después de esperar media hora, una pantalla anunció que la banda inglesa había decidido cancelar el concierto. Tampoco sabíamos por qué, pero al día siguiente todo cobró sentido. Y comprobamos una vez más lo fácil que es proclamar la empatía desde un teléfono móvil, y al mismo tiempo no comprender que un 95% de los que allí estábamos no teníamos ni idea de lo que había ocurrido.

Obviamente, la muerte de Pedro Aunión salpicó todas las conversaciones durante la jornada del sábado. Una protesta sindical en la entrada principal, exigiendo más seguridad y mejores condiciones de trabajo, provocó una cola de más de 2 kilómetros en el otro acceso, lo que nos hizo perdernos la mayor parte del concierto de Wilco. Decir que Jeff Tweedy y los suyos son una banda maravillosa de rock americano clásico es una obviedad, así que añadiré que disfruté mucho “I’m always in love”, de ese infravaloradísimo disco llamado “Summerteeth”, además de “Jesus etc” o “California stars”, del disco que grabaron con Billy Bragg. Y en unos tiempos en que la música está tan sometida a las modas, a las revistas de tendencias, a la policía de lo “cool”, parece que Manic Street Preachers dejaron hace mucho de ser “guay”. Pero empiezan a tocar y enseguida te das cuenta de que “Motorcycle emptiness”, “Everything must go” y “Your love alone is not enough” se mean sobre cualquier grupo de modernos listillos con pantalones de pitillo. Aun así, dio pena que los asistentes (incluso los que portaban banderas de Gales) no cantaran con más fuerza canciones tan increíbles como la final “A design for life”. James Dean Bradfield fue de los pocos que se acordó además del acróbata fallecido, y afortunadamente la baja de Nicky Wire al bajo, por problemas familiares, no se notó tanto. Más decepcionante fue la actuación de Dinosaur Jr, con un Joe Mascis muy apático, basando su repertorio casi exclusivamente en su último disco y obviando los hits del grupo que la gente esperaba escuchar.

Lo mejor: La sensación de vértigo que recorre a uno antes de ver tantos grupazos. Un recinto cómodo, por lo general, en cuanto a tránsito. Producción y sonido, casi perfectos. La zona de restauración: comida buena para ser un festival, y a precios razonables.

Lo peor: A veces, su propia grandiosidad, aunque no llegue a los niveles del Primavera Sound. Cobrar 9 euros por un “mini” de cerveza escapa de lo razonable (de nuevo, se queda detrás de los 11 euros por “mini” del so- called “mejor festival de España”). Colas de hasta 20 minutos para pedir. Algunos errores de colocación: los baños más cercanos al escenario principal están a unos 200 metros, teniendo que cruzar de un lado a otro si estabas en la parte izquierda del recinto. Las enormes complicaciones para volver a casa (muchos taxistas ni siquiera conocían la celebración del festival).

Poetas del Rock (Ávila, 15 de julio)
Después de los inconvenientes logísticos de un gran festival, el cuerpo me pedía jugar en casa. Nada mejor que volver a pasar unas horas viendo grupos, con mi hermano, mi chica y saludando a viejos amigos entre cervezas, con el símbolo de mi ciudad de fondo. El Ayuntamiento volvió a apostar por Territorio Musical para la organización del festival, presentando éstos un cartel con nombres muy potentes del pop-rock de aquí (Loquillo y Amaral), y del territorio indie (Corizonas y Miss Cafeína), además de bandas de Ávila como Dos Perros o los siempre inquietos Gotelé. Un cartel que, esta vez sí, fue anunciado con suficiente antelación, pero que no fue defendido como merecía, por ejemplo, en redes sociales (¿por qué el festival no tiene ni siquiera perfil de Facebook o Twitter?).

La comodidad del recinto fue, nuevamente, la principal virtud del evento. Aunque muchos se quejaron del calor que caía sobre nuestras cabezas durante la actuación de Corizonas (supongo que ninguno de ellos vive en Madrid). En cualquier caso, la calidad de la banda fue el mejor pistoletazo de salida posible para el festival, con un Javi Vielba que consiguió animar a un público que a primera hora ya era algo más numeroso que el del año pasado. Amaral presentó un set list perfecto donde no faltó ningún éxito pasado o presente del grupo, incluyendo dos debilidades personales, “El universo sobre mí” (una golosina para un fan fatal de los Beatles como yo) y “Cómo hablar”. Lo reconozco, soy un sentimental.

Poetas del Rock- Loquillo

Loquillo en Poetas del Rock

Llevaba toda la semana emocionado por la oportunidad de ver a nuestra rock star por excelencia con la Muralla iluminada como testigo. Y el concierto de Loquillo cumplió con las expectativas. Y es que casi nadie en este país puede competir con semejante repertorio. Un repertorio, el de su nueva gira, que abre con canciones de su más reciente (y notable) entrega, “Viento del este” (“Salud y rock and roll”, “Línea clara”), y que no escatima en temazos casi desde el principio: “El hombre de negro”, “El rompeolas”, “Carne para Linda” o la canción que mucha gente tardó tanto tiempo en entender, “La mataré”. Al placer de escuchar semejantes himnos se unía el de ver, en la primera canción, cómo se acercaban al público dos pedazo de guitarristas como Josu García e Igor Paskual, sin olvidarnos de Mario Cobo. Y algo que Loquillo hace con el micrófono y que no sé explicar. Sí, ya sabemos que su ego supera el de Mourinho y Pérez- Reverte juntos. ¿Pero cómo no perdonarle su chulería con una canción como “Rock and roll star”? (gracias, Sabino Méndez). Después de escuchar las versiones de Giromazo, originarios de mi pueblo materno, San Bartolomé de Pinares, y viendo que la espera para Miss Cafeína parecía alargarse, decidimos marcharnos, sin poder quitarme de la cabeza ese estribillo de Loquillo: “No muere (tu rock and roll actitud)”.

Lo mejor: La propia existencia del festival. La disposición del recinto: muy cómodo para el tránsito y bien organizado. La posibilidad de ver de cerca a grandes grupos, algo imposible en otros festivales de mayor aforo. Un cartel de nuevo razonable.

Lo peor: Las colas que se montaron para conseguir la pulsera o comprar tickets de bebida (con sólo dos personas atendiendo). La falta de promoción, una vez más. Que no haya DJs de continuidad entre una actuación y otra, como en todos los festivales.

“Poetas del Rock”: nobles intenciones, ahora hay que creérselo

El señor Miguel Díaz Herrero (@migueldherrer81) vuelve a colaborar con este humilde blog para hablarnos del Festival “Poetas del Rock”. Si tú también quieres escribir un post, aquí te explicamos cómo.

—————————————————————————————————–

Tras el triste epitafio (triste porque nunca lo hubo) del Ecopop, y la ambiciosa apuesta de este año del Shikillo en Candeleda, el Ayuntamiento de Ávila ha intentado que la capital tenga su propio festival.  Un propósito loable, con un cartel cuanto menos notable y plural. Así, el “Poetas del Rock”, a través de la productora Territorio Musical, traía de nuevo a  nuestra ciudad el pop-rock clásico de Los Secretos, así como diversas maneras de entender el rock: más Stones (Burning), más de porrón, Malasaña (la de antes) y rythm & blues (Los Enemigos) y más sureño y mestizo (Kiko Veneno, Chambao y el ex Delinqüentes El Canijo de Jerez). Los barceloneses Elefantes, que alcanzaron un reconocimiento masivo allá por 2000, cuando llamaron la atención de Enrique Bunbury y grabaron su disco “Azul”, completaban el cartel. Un line-up que, sin embargo, da la sensación de que fue presentado tarde (¡principios de junio!) y con ciertas prisas: había que hacer un festival. En cualquier caso yo, como melómano y abulense que siempre había soñado con un festival en mi casa (muy atrás ya quedaron los malogrados Ávila Rock y Ecopop Ávila), no podía esconder mi entusiasmo.

Según se iba acercando el sábado, y después de hablar con bastante gente “enterada”, percibí sin embargo que existía un gran desconocimiento del festival, e incluso cierto pesimismo ante su celebración. Y aquí va mi segundo tirón de orejas a quien corresponda: no se puede confiar la promoción y el éxito de un festival, y más en esta ciudad, que siempre ha sido difícil, a poner carteles en la calle.

Al llegar al recinto ferial, me gustaron la buena organización y la disposición del festival. Barras grandes, atendidas además por los mismos tipos que nos ponen las copas los fines de semana en nuestro pequeño oasis musical abulense. Zona para niños, mesas para quienes se lo toman con calma (yo no), baños proporcionales al número de asistentes…Precios razonables  y, sobre todo, la fantástica sensación ya vivida muchas veces por un servidor de tener horas por delante de música en directo y diversión. Sensación mejorada si cabe por jugar en casa y poder saludar y charlar con muchos amigos. Mientras me recreaba en estos pensamientos, Gotelé atacaban sus canciones en el escenario pequeño (bautizado como “Lanzadera”) ante un buen puñado de amigos del grupo y curiosos. Sirvan estas líneas también para felicitarlos, porque estarán tocando el jueves 11 de agosto en el Festival Sonorama. Todo un orgullo teniendo en cuenta la importancia de la cita arandina en el calendario festivalero patrio.

Apenas cinco minutos después, Elefantes se subían al otro entablado del “Poetas del Rock”. Con un Shuarma muy simpático (y el “muy” se queda corto), estuvieron presentando su recién publicado nuevo álbum “Nueve canciones de amor y una de esperanza”. El álbum incluye una versión del “Te quiero”, del inefable crooner conquense José Luis Perales, cantada junto a Love of Lesbian y Sidonie, y que consiguió que el público se empezara a unir a la fiesta.  Nada mejor que las propias palabras de Álvaro Urquijo para explicar lo que fue el concierto de Los Secretos: “Seguimos encima de los escenarios y tocando estas canciones porque os gustan”. Y es que las acusaciones de inmovilismo o ñoñería que ya se atribuían al grupo en los primeros 80 palidecen ante canciones tan increíbles como “No me imagino”. Después, no faltó ninguna favorita del público: “Pero a tu lado”, “Colgado”, “La calle del olvido” (otra de las favoritas de este comentarista), “Por el bulevar de los sueños rotos”, “Ojos de gata”, “Ojos de perdida” y la inevitable “Déjame”.

Burning (Foto de @Avila_Cultura)

Burning (Foto de @Avila_Cultura)

A unos madrileños que habían venido a ver a Burning (por vigésima vez o más, me reconocieron) les hizo gracia ver a sus ídolos a las nueve y media de la noche, todavía de día. Y es que muchos no nos quitamos las gafas de sol, ni lo hizo Johnny Cifuentes, claro está, para bailar al ritmo de los libidinosos riffs stonianos del grupo, que no se olvidó al final de hits como “Es especial” o “Mueve tus caderas”, o de algunas de sus primerísimas canciones, como “Estoy ardiendo”, de una época en la que el rock en España no sólo era pecado, sino también milagro.

Un verdadero placer iba a ser escuchar después a otro de los mejores grupos de rock de este país, Los Enemigos. La actuación empezó con problemas de sonido: el bajo de Fino no se oía, y Josele comentó socarrón, tras las dos primeras canciones: “Esto ha sido la prueba de sonido”. La banda se fue recuperando de estas dificultades y empalmó grandes canciones, como la versión del “Señora” de Serrat, “John Wayne”, “Desde el jergón”, “Septiembre”, o “La cuenta atrás”. Sin embargo, quedó la sensación de que faltó algo de comunión con el público, comunión que sí lograría después Chambao. Lamari y los suyos tardaron, sin embargo, más de una hora en salir al escenario. El público no entendía que estaba pasando, por qué tardaban tanto en hacer el cambio entre grupos, y nadie salió a explicárnoslo tampoco. El mismo problema se repitió con Kiko Veneno, lo que hizo que su actuación se viera seriamente recortada. Y aunque salió él solo con su acústica a la izquierda del escenario a tocar “Joselito”, y también sonó “Memphis blues”, nos faltaron muchas, entre ellas temas de su fantástico disco de 2013, “Sensación térmica” (la homónima, “La vida es dulce” o “Mala suerte”). Eran las cuatro de la mañana, la espera volvió a alargarse con El Canijo de Jerez y el DJ también se había callado. Muchos empezamos a irnos, con la sensación de quien lo ha pasado muy bien, pero que al final le han dejado un poco abandonado.

Y ahora que hemos tenido tiempo para reflexionar, y agradecemos enormemente la celebración del festival y el buen rato que pasamos, sugiero que, entendiendo que era sólo la primera edición, hay que ir un poco más allá. Y, si queremos tener un festival estable en Ávila, poner no sólo los medios económicos sino también los humanos, la previsión y hasta el cariño, qué leche, para que éste sea posible.

Por ser más concretos: anunciar el cartel al menos tres meses antes. Contar desde el principio con los artistas de aquí. Que haya siempre música entre grupo y grupo. Que no se repitan los descomunales retrasos y, de repetirse, explicar al paciente público. Diseñar también un concepto claro de festival. “Poetas del Rock” puede estar bien, pero quizá resulte un poco difícil de delimitar. Algunos han comentado también que el cartel iba dirigido a un público más veterano que la mayoría de festivales nacionales. ¿Así, sería posible casar a grandes poetas de nuestro rock como Lapido, Juan Perro, Quique González, Jaime Urrutia o, qué sé yo, trovadores más underground, como Juan Abarca de Mamá Ladilla, con artistas más indie o con mayor calado entre un público veinteañero? Yo creo que sí. Son decisiones que, en cualquier caso, se tendrán que tomar. Desde aquí, manifestar mi apoyo, exponer mi opinión modestísima pero espero que constructiva y desearle larga vida al “Poetas del Rock”.

A %d blogueros les gusta esto: