Cerca de las vías

Salí del viejo portal junto a la estación con mi cuenco lleno de torrijas. Un cuenco lleno de torrijas y un recuerdo en la cabeza: esta foto subida en “Avilas”, esa extraordinaria recopilación de viejas fotografías de nuestra ciudad.

Voy con recuerdos otra vez. Discúlpenme, la Semana Santa me ha pillado con el pie torcido y predispuesto a recordar tiempos pasados, a veces mejores. Eran mejores sin duda porque tendría cinco o seis años y mi máxima preocupación era que no viniera ningún tren de frente por la vía muerta.

“Son vías muertas, abandonadas. Hace mucho que ningún tren pasa por aquí, hijo”.

No me convencía del todo mi abuelo, que quieren que les diga. Pero trotaba y trotaba y algún diente me dejé en el empeño.

Hace ya un tiempo de aquello y precisamente lo que llamábamos campo es ahora un desternille de viviendas a cual más fea que -ironías del destino – separan mi actual casa de la de mis abuelos. Ellos se quedaron junto a las vías y nosotros también…pero más abajo. Allá donde se dibujan aparcamientos desdibujados e infames, rotondas sin sentido, viviendas de protección desprotegidas de nada que sea mínimamente bello como para llamarlo un hogar.

El caso es que me acerqué a rendirles visita, dejar unos trapos, coger otros. Mis abuelos son gente curtida que caminan hacia los 90 con los sabores, sinsabores, derrotas y dolores que ello conlleva. Me senté sin prisa, dispuesto a escuchar alguna historia. Nunca les he preguntado mucho por aquellos tiempos poco bonitos. Prefiero recordar lo que ya viví, los años de tomar pan con queso. Potaje. Mandarinas a granel.

“Abuelo…cuando salíamos al campo… era justo donde está ahora mi casa ¿verdad?” 

Íbamos a las peñas, intervino mi abuela. Salíais tú y tu hermana corriendo, os disputabais las rocas.

Las peñas. Se me había olvidado el nombre que le dábamos. Y bebíamos agua en la fuente de dónde ahora está la Universidad. Aprendimos a seguir y seguir la vía, a pie o en bicicleta. Pasaba el tren y sentías el viento a su paso. Alguna vez casi nos tira al suelo. Demasiado cerca, pequeños urbanitas temerarios.

 

Salí del barrio de las batallas pensando en la canción de Fito. Sin cigarro, sin guitarra, cojo, exento de todo glamour… pero con un buen plato lleno de torrijas. Ya en el coche  pasando junto al Tiro Pichón el panorama daba miedo. Resulta imposible imaginar cómo se puede haber destrozado tanto un entorno que será escenario de tantos recuerdos en tantos abulenses.

Y a veces, entonces, uno siente que nos merecemos este pantano en el que andamos enfangados.

Boom.

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