El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)

Todo empezó en aquel viaje del Imserso: una semana por la Costa de Almería. Sol, playa, crucigramas, paella. Pescadito frito en Mojacar, medio carrete de 24 fotos malgastado en el Cabo de Gata y flamenquito en directo en Carboneras. Fue mi hija la que se empeñó en que me escapara unos días. “Tienes que salir, papá, airearte”. Pues venga, va, lo que tú digas.

Supe desde el primer momento que no era buena idea. Aquello estaba lleno de viejos que me recordaban, con su sola presencia, que yo era tan viejo como ellos. Preferí mantener cierta distancia, alejarme de sus noches de bingos y sus paseos en comandita de buena mañana. “Hola y adiós”, si me cruzaba con alguien. Y da gracias.

La cosa empeoró cuando me picó aquella medusa del demonio en uno de mis escasos baños. Al principio noté un intenso picor en el pie derecho, pero el dolor se extendió rápido por toda la pierna. ¡San Crispín, cómo escocía! ¡La mierda del bicho! Alertada por mis blasfemias, una joven se paró a preguntarme si todo estaba bien. De ella fue la idea de aclarar la zona con agua de mar.

– Pues dale, hija, dale -le contesté ofreciéndole la pierna entera, incluso remangándome un poco el bañador.

Sabía que el resto de la excursión estaría mirándonos, locos de envidia, desde las toallas. “¡Que les jodan!”, pensé. De todas forma, no me hablaba con ninguno de ellos y tenía claro que lo que quedaba de viaje me lo iba a pasar protestando: cero relaciones sociales.

Volví a Ávila tres días después con una mancha roja en el pie, el escozor de la picadura aún dando por culo y mi habitual cara de pocos amigos. A mi hija le dije que todo había ido de fábula. “Sí, de fábula, hija mía”. O algo así. Y ni le comenté lo de la medusa en la playas de Cuevas de Almanzora. ¿Para qué molestarle con mis historias?

La verdad es que no me sentía bien, pero tampoco dije nada en la residencia. Allí lo mejor es comer, dormir y callar porque cualquier cosa que sueltes puede ser utilizada en tu contra. Me refugié en mis paseos, que, desde que vine de Almería, la verdad, cada vez eran más largos, y en mi partida semanal de calva.

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Estaba loco porque llegara el domingo para ir a las pistas de arena del río Chico con mi marro en la mano. ¿Qué necesidad tengo yo de playas y baños si allí tengo lo que necesito? También estoy rodeado de una panda de vejestorios, claro, pero es mi panda de vejestorios. Me los encontré hablando de la mismas tonterías de siempre: que si ya no hay inviernos como los de antes, que si esto ni es frío ni es nada… Así andaban.

– Menos cháchara y vamos al tema –les llamé al orden rápido-. Tres contra tres, gana el que llegue a 25 puntos.

Empecé yo. Balanceé el barrillo con la mano derecha mientras miraba fijamente la calva. Dejé la mente en blanco, sabedor de que esto de la puntería es todo cosa de cabeza, y solté el cilindro. Al momento lo perdí de vista.

– Cojones, Fructuoso – gritó Vitorio.

Tardé en darme cuenta de dónde había ido a parar el marro. Se había estampado al otro lado de la calle, en el edificio del parque de maquinaria de la Diputación. Por la polvareda que se había levantado era fácil intuir que se había derruido parte de la fachada. Afortunadamente el hierro había atravesado el paseo de Nuestra Señora de Sonsoles sin impactar con nadie.

Todos se quedaron mirándome con la boca abierta. Incluso la gente que pasaba por allí comenzó a señalarme con el dedo.

– ¡Copón bendito! -insistió el pesado de Vitorio-. ¿Qué has hecho?

Intenté responderle que no sabía qué había pasado, pero solo balbuceé un puñado de gruñidos. Y cada vez había más gente mirándome, acorralándome. Sin saber muy bien por qué, eché a correr en dirección a la residencia. ¡Hacía siglos que no corría! Cuando llegué ni me paré a esperar el ascensor: subí las escaleras tan rápido como pude y me encerré en la habitación.

La mancha roja del pie me ardía, como si estuvieran a punto de explotarme los cinco dedos a la vez. Algo me empujó a rebuscar entre los folletos del viaje. En uno había un mapa con el itinerario marcado en rojo y al lado se detallaba la excursión jornada a jornada. “Día cuatro: baño en la playa de Palomares (pedanía de Cuevas de Almanzora)”. ¿De qué coño me sonaba lo de Palomares?

Justo cuando me vino a la cabeza la imagen de Fraga en bañador, apareció una monja (una, no logro distinguirlas) en mi habitación. Venía a pedirme que no volviera a entrar a la residencia de ese modo, como “un toro embravecido”, creo que dijo exactamente. Y que utilizara el ascensor, hombre, no se me ocurriera otra vez subir los cuatro pisos por las escalares.

– Menos aún saltando los escalones de dos en dos, menos aún a sus 83 años, Fructuoso –dijo con cierto retintín.

[Continuará…]

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