La nevada

IMG_20180107_113008En las novelas negras nórdicas, un subgénero con gran éxito la última década aunque ahora en cierto retroceso, los cadáveres siempre aparecen con el deshielo. Cuando la nieve acumulada durante el largo invierno empieza a perder la batalla contra el tibio sol primaveral, las cunetas, los embarcaderos, las casas abandonadas y los caminos que serpentean entre los tupidos bosques se llenan de policías de oscuro pasado o turbio presente que maldicen en voz baja mientras acordonan con cintas de colores la escena del crimen.

Dicen que ya no nieva como antes, que los inviernos son más cortos y calurosos y los veranos más largos y más secos. Quizá en el norte de Europa no sea así, quizá allí siga nevando como cuando Stieg Larsson era un mozalbete, pero aquí podemos dar fé. Veinte años hacía que no caía una nevada como la de la semana pasada. Dos décadas con todos sus lunes, sus centenarios, sus rotondas y sus fiestas de guardar. Aquella vez fue en Nochevieja, mientras en los hogares se preparaban las uvas y las cocinas se llenaban del olor del asado, y ahora en Reyes, con el roscón aún sobre la mesa. Ya es mala suerte que siempre pasen estas cosas en festivo.

Hace veinte años, la ciudad quedó bloqueada durante días por un manto blanco que tardó semanas en desaparecer y ahora vamos por el mismo camino. Calles intransitables, autobuses urbanos fuera de servicio, comercios cerrados por inaccesibles, placas de hielo en cada paso de peatones y el Instituto Geográfico Nacional cartografiando las montoneras de nieve para incluirlas en sus mapas de relieve. Parece que nada ha cambiado. La misma nieve, el mismo frío, el mismo cabreo.

Convengamos, aún embargados por el espíritu navideño, en que la gente —en minúscula para no tener que pagar royalties a la Pablo Iglesias Corporation— no está excesivamente contenta con la gestión consistorial del asunto. Incluso dejando a un lado la espinosa cuestión del parque móvil familiar (o no) del primero de los abulenses, al alcalde y a su equipo le deben haber pitados los oídos estos últimos días como si viviesen sobre una fábrica de vuvuzelas. Falta de previsión, falta de información, gestión ineficiente, comentarios desafortunados, incapacidad para tomar decisiones, caos y destrucción. Al alcalde solo le ha faltado, para redondear su semana mágica, posar con el ministro Zoido y con Gregorio Serrano, el alter ego del sevillano al frente de la DGT, junto a una quitanieves con una sonrisa y un salero en cada mano.

Hay críticas más acertadas que otras. Sí, el ayuntamiento ha reaccionado tarde y mal. Sí, al ciudadano se le informa más tarde y peor. Y sí, esa sensación de que hay ciudadanos de primera y de segunda, zonas de la ciudad que reciben mucha atención y otras, no precisamente las menos pobladas, que solo atraen los focos y la sal cuando en las primeras no queda un copo de nieve que echarse a la boca, es compartida. Pero quizá no es razonable pedir al Ayuntamiento que cuente con doscientas quitanieves y dos mil infantes de marina en un almacén para actuar solo una vez cada veinte años. Nada es gratis y bajar impuestos iba en nuestro programa.

Siempre se ha dicho en los mentideros de la Corte —y aquí la Corte es del tamaño de un patio de vecinos mediano— que la nevada que sufrió la ciudad hace dos décadas le costó el puesto a la entonces alcaldesa, María Dolores Ruiz-Ayúcar. Cierto es que entonces las elecciones eran a los pocos meses de la nevada y ahora, por suerte, apenas se vislumbran en el horizonte, pero quién sabe si cuando terminé de deshacerse la nieve no encontraremos debajo una carrera política. O varias.

Ulaca, corazón de la tierra

Hoy nos apetece relajar el ambiente y no les hablaremos de Zapatero. Les hablaremos del pico Zapatero y sus inmediaciones.

Tomando la wikipedia con la precaución que se merece…allí se lee lo siguiente:

Ulaca es el más grande de los castros vetones y cuenta con restos arqueológicos poco comunes como un altar y una sauna de iniciación, construidos en granito. Se halla situado en un promontorio elevado, de difícil acceso desde el que se divisa todo el Valle de Amblés en la provincia de Ávila.” 

Para el que escribe estas líneas Ulaca es uno de los rincones necesarios a los que ir de cuando en cuando para evadirse de todo. Lo descubrimos hace unos cuantos años en una de esas excursiones irrepetibles. Estaban por allí alguno de los tunantes que ahora escriben por esta página como @albertomdp o #illonotienetwitter. Hacía un frío que pelaba y no parecía el mejor día para intentar meterse en la piscina. Seguramente tampoco era el momento ideal para subir riscos y tal vez tropezar con la nieve y el hielo… pero el caso es que nos pusimos las katiuskas y avanzamos sin piedad.

No sé ahora pero por entonces aquello no estaba demasiado cuidado ni controlado. Caminamos y caminamos hasta que encontramos el altar de los sacrificios.  Seguramente Alberto se contaría entonces alguna historieta (ya de pequeño era un petardo cuentamilongas) y acabamos haciendo unas fotos que ríanse ustedes de la serie Hispania.

Corazón nevado de la tierra

El asunto es que desde allí se veía media provincia de Ávila. No eran tontos aquellos viejos antepasados a la hora de prevenir la llegada de hordas malignas. Me intenté transportar a aquella época imaginando como sería un grupito de jovenes vettones correteando por allí y tirando piedras ladera abajo.

Imaginé sobre todo a algún centinela divisando el horizonte. Teníamos unos prismáticos buenos así que apunte hacia la actual ciudad de nuestras alegrías y desdichas. Era impresionante. Si no me traiciona la memoria yo juraría que con esos prismáticos se podía ver perfectamente como la gente paseaba por el Rastro, el Lienzo Norte,  el Puente Adaja.

Evidentemente en aquella época no había prismáticos pero tampoco había asfalto ni otros desastres.  Estar en Ulaca y mirar alrededor debía ser un espectáculo de dioses.

Permítanme la poca ortodoxa licencia de poner “un friker”…

Volví a coger los prismáticos, apunté una vez más hacia las murallas y recordé porque a pesar de los cantos y los no santos, las envidias, los tejemanejes y las mil reprimendas que le lanzamos a lo nuestro…cuando alguien de fuera nos pregunta de dónde somos siempre respondemos con orgullo.

“De Ávila.  Patrimonio de la Humanidad””

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