Juglar de autobuses

by Illo

Ávila, universo par (Episodio I)

Las líneas que van a leer a continuación son la primera parte de un relato escrito a varias manos. Bueno, más que escrito, por escribir. Dónde hoy lo dejo yo, otro de nosotros, que lee el relato por primera vez como usted, lo continuará. Era una idea que teníamos desde hace un tiempo, antes incluso de que existiese este rincón y que hemos decidido recuperar ahora que la actualidad se ralentiza para celebrar las fiestas que nos ocupan. Espero que les guste (y que mis compañeros no se enfanden por dejarles a ellos la peor parte: continuar y cerrar la historia sin recurrir a Resines o al limbo donde viven los personajes de Lost)

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Conocía la mayor parte de las sensaciones que experimentaba. El dolor de estómago, el mareo, el dolor de cabeza, la boca seca y áspera… Eran viejas amigas. Tenía frío. Todavía con los ojos cerrados y medio dormido, buscó a tientas una sábana, una manta, un edredón con el que taparse pero no los encontró. Movió con desgana los dedos de los pies y los notó entumecidos y aprisionados. Aún tenía puestos los zapatos. Se dio cuenta de que se había quedado dormido vestido, posiblemente desplomado sobre la cama o el sofá. Intentó darse la vuelta pero no pudo. Notó el colchón duro, el cuello rígido y forzado en un escorzo extraño. Le dolían los riñones y las piernas y uno de sus brazos estaba dormido bajo el peso del resto de su cuerpo.

A medida que la claridad le despertaba, debía de haber dormido con la persiana levantada y las cortinas descorridas, imágenes, retazos de la anterior noche, empezaban a rebotar entre sus neuronas. Una cerveza, dos, tres. Dardos. Un chupito de tequila. Otro. Un tercero por la amistad. Una copa. Un baño oscuro y maloliente. Una chica. Sonreía mientras hablaba con él. Morena, delgada, con el pelo corto, flequillo de lado, labios rojos, un jersey gris de cuello alto, un pantalón negro. ¿Quién era? No lo recordaba. Sus amigos en una esquina del bar. Le miraban. Otra copa, otra sonrisa. Una bolsa de almendras marca Aliada. Un beso de despedida. Otro bar, otra copa.

No recordaba como había llegado hasta casa, si es que estaba en su casa, ni a qué hora había llegado. ¿Se habría ido con aquella chica? Necesito una ducha y una café, pensó y comenzó a abrir los ojos con desgana. Al principio no comprendió muy bien qué sucedía pero donde debía haber estado el techo blanco de su piso se extendía una inmensa extensión de color azul cielo. Sacó el brazo que tenía aprisionado e intentó erguirse. El cuello le dolía horrores, el mundo volvió a moverse como si cruzase en patera un mar arbolado con secuoyas gigantes y bajo él, donde debía estar la cama comprada en el Ikea, solo había fríos y duros listones de madera.

– Mierda – se dijo despegando la lengua del paladar y arrastrándola pesada por el interior de su pastosa boca – he dormido en un banco en mitad de la calle. Estupendo-

Se quedó sentado en el banco que había sido su cama las últimas horas, agachado, sujetándose la cabeza con las manos, mirando al suelo mientras esperaba que el mundo llegase a puerto. ¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? ¿Qué día era? ¿Por qué había dormido en la calle? Aturdido, levantó poco a poco la cabeza entre sonoros quejidos de los músculos de su cuello y miró a su alrededor. Sabía perfectamente dónde estaba. A su derecha, el Ayuntamiento, a su izquierda la Iglesia de San Juan y frente a él la Calle Vallespín. Había dormido en el centro de la ciudad.

– En el puto mercado chico. Tiene cojones.

Se levantó como pudo, apoyándose en el banco, y poco a poco recuperó la verticalidad. Miró a su alrededor. Delante del edificio del Ayuntamiento, una cola de gente de todas las edades serpenteaba entre los pilares de la plaza y se perdía por la cercana plaza de Zurraquín. ¿Qué pasaba? Algo navideño, seguramente, se dijo. Los carteros reales, Mama noel, el hombre del saco o algo así. De todas formas, decidió acercarse a preguntar.

Arrastrando los pies y con las articulaciones en servicios mínimos, se impulsó hasta la cola mientras rebuscaba sus pertenencias en los bolsillos del abrigo. Encontró la cartera, lo que le tranquilizó, las llaves de su casa, el teléfono móvil y un papel doblado. Sacó el papel y lo desdobló. En un lado del papel, con tinta roja y letra amplia y redonda había escrito un número de teléfono que no reconoció. Esto último tampoco le preocupó ya que apenas recordaba dos números de teléfono. Se guardó el papel en el bolsillo y se acercó a un hombre de mediana edad que esperaba paciente en la cola leyendo Le Monde Diplomatique. Esto último, si no soportase sobre sus hombros una de las mayores resacas de su vida, seguramente le habría llamado la atención.

– Disculpe ¿qué sucede? – preguntó al hombre, guardando las distancias y procurando no mirarle directamente para que su aliento etílico no intoxicara al anónimo ciudadano.
– Es la cola para asistir al pleno.
– ¿Perdone?
– El pleno semanal del Ayuntamiento – dijo el hombre con tranquilidad
– ¿Están todos esperando para entrar al pleno? – con un vistazo rápido calculó unas cuatrocientas personas.
– Sí. Últimamente viene menos gente, pero aún así hay que madrugar para tener sitio en el salón de plenos. En las pantallas planas que habilitan en otras salas no se está mal, pero no se respira igual la democracia.
– Ya. ¿Desde que hora lleva aquí?
– Desde las cinco de la mañana – dijo el hombre con indisimulado orgullo.

Dio las gracias al amable caballero y se alejó de la fila y del ayuntamiento. Necesitaba una ducha y un café bien cargado porque era evidente que todavía estaba borracho. ¿400 personas esperando desde primera hora de la mañana para asistir a un pleno? ¿En Ávila? ¿En pleno invierno? Algo no encajaba y sospechaba que el tequila tenía mucho que ver. No volvería a beber, se juró, mientras avanzaba aún renqueante por la Calle Reyes Católicos en dirección al Mercado Grande, Plaza de Santa Teresa según la denominación oficial y según Google Maps.

Desde la parte alta de la calle Alemania vió otro centenar de personas ocupando el cruce de esta con la antigua calle generalísimo. ¿Habría allí instalada una pantallas gigantes para seguir el pleno del Ayuntamiento? ¿Desde cuando ponía pantallas gigantes el Ayuntamiento? ¿Desde cuando interesaba a alguien el pleno del Ayuntamiento? Cuando llegase a casa, se dijo, lo buscaría en Internet. En el centro del grupo, una anciana, elevada sobre las cabezas del centenar largo de personas, tras un pequeño púlpito, dirigía un vigoroso discurso a la multitud blandiendo en una de sus arrugadas manos un avejentado libro. Timidamente se acercó a escuchar, pero al llegar a las últimas filas la anciana calló y la congregación rompió en aplausos. La señora sonrió, hizo un gesto de agradecimiento y dejó su lugar en el podio a una chica joven, con el pelo rapado, un vistoso tatuaje en el cuello y un llamativo piercing en cada una de sus cejas. ¿Era una asamblea del 15-M? ¿Una alianza de perriflautas y jubilados para dominar el mundo? ¿Un congreso sobre la hípica maya? ¿Estaban grabando un anuncio de MoviStar?

– Gracias Marisa por tu aportación – dijo la joven dirigiendo una sonrisa a las primeras filas del público – Con esto, amigos, terminamos la sesión de debate de hoy sobre la “Crítica de la razón pura”. Como sabéis, la semana que viene comienza nuestro ciclo de filosofía clásica. ¿Quiénes quieren ser los primeros en hablar sobre el Timeo de Platón?

Varias docenas de manos se alzaron a su alrededor. ¿Qué demonios hacían? ¿Debatir sobre filosofía? ¿En medio de la calle? Su borrachera iba a peor, no había duda. ¿O se habría dado algún golpe mientras estaba borracho y estaba delirando? Quizá estuviese debatiéndose entre la vida y la muerte en algún hospital o en una ambulancia ¿O seguía dormido? Era una posibilidad tranquilizadora pero le dolía demasiado el cuerpo como para seguir dormido.

Dio la espalda a la concentración de pensadores y continuó hacia su casa bajando por la Calle Don Gerónimo en dirección al Mercado Grande pero a los pocos pasos se detuvo en seco. ¿Era cierto lo que había visto? Se dio la vuelta lentamente y miró a la pared del edificio de su izquierda. Donde hasta el día anterior había lucido un medallón con la efigie de perfil de un dictador bajito y con bigote ahora no había nada. Ni rastro de la antigua placa bajo el reluciente cartel negro del Zara que ocupaba el local contiguo a la centenaria pasteleria. Un momento, se dijo, algo se me sigue escapando.

– ¡Hay un Zara en Ávila!

El grito fue escuchado por varias decenas de personas pero ignorado por la mayoría. Tan solo un joven pareció prestarle atención. Fuera de sí, se acercó hasta él con dos agiles zancadas y le agarró de las solapas.

– ¿Desde cuando esta eso ahí y desde cuando no está lo otro? – dijo con el corazón bombeando con fuerza los restos de sangre que aún flotaban en el alcohol que ocupaba sus venas.
– Disculpe, pero no le he entendido lo más mínimo.
– ¡El medallón! ¡El Zara!
– El medallón lo quitaron hace tiempo, al poco de acabar la dictadura. ¿Hace mucho que usted no pasa por aquí? El Zara lleva menos tiempo… no sé… ¿3 o 4 años?

Soltó a su presa y echó a correr por la Calle Don Gerónimo. Era evidente que algo funcionaba mal. ¿Estaría alucinando? ¿En lugar de garrafón habían echado algún tipo de droga a su copa? ¿Habría sido secuestrado por alienígenas y estaba en algún extraño universo paralelo? ¿Habría viajado al futuro a través de un agujero de gusano o del sucio retrete de algún bar?

Estaba al borde del desmayo cuando cruzó aún corriendo la puerta de la muralla. Los latidos de su corazón le retumbaban en las sienes y estaban a punto de hacer estallar su cabeza, las piernas le flaqueaban, los pulmones le ardían, el mundo volvía a dar vueltas a su alrededor. Paró, se agachó e intentó coger aire durante unos segundos.

Y entonces, al levantar la cabeza, lo vio. O mejor dicho, no lo vio. La plaza estaba allí, la Iglesia de San Pedro dorada al fondo, los edificios porticados a su izquierda, en el centro de la plaza La Palomilla, unos bancos y unos árboles dispersos por la plaza. Todo estaba en su lugar menos los edificios de Moneo. La plaza se abría majestuosa al valle y la clara luz de una mañana de invierno inundaba cada rincón. ¿Dónde estaban los edificios? ¿Qué había pasado con ellos?

Le temblaban las piernas. Dio unos pasos vacilantes e incapaz de mantenerse en pie cayó de rodillas. Imaginó los edificios desplomándose entre una nube de polvo y los aplausos y vítores del público y no pudo evitar que un par de lágrimas corrieran por su rostro.

– ¡Los habéis destruido! – gritó mientas daba puñetazos en el suelo – ¡Sí, joder, sí! ¡Los habéis destruido!

No sabía que sucedía, pero no le disgustaba del todo. Se sentó en el suelo mirando con una sonrisa hacia el valle y en ese instante comenzó a sonar su teléfono. Era el número desconocido que tenía anotado en el papel que había encontrado en su bolsillo.

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Si quieres seguir leyendo: Episodio II – Episodio III – Episodio IV

Aixa Galiana

Por muchas vueltas que le doy no llego a comprender cómo hemos llegado a la crisis económica en la que ahora mismo estamos inmersos. Quizá le encuentre explicación en otros lugares, otras ciudades, otros países, pero ¿en Ávila? De verdad que no lo entiendo. Eramos una ciudad en expansión, una ciudad que se iba modernizando sin perder ese encanto histórico incomparable, un lugar atractivo, muy atractivo, para los empresarios y la apertura de nuevos negocios que, nos decían, iban a dar un empujón aún mayor a la ciudad para convertirla en un referente cultural, generar más riqueza y fomentar el turismo.

No sé si recordáis, hará quizá seis o siete años, pero todo eso es lo que se esperaba del que considero uno de los fiascos más importantes que se han visto en nuestra ciudad. No, no hablo del edificio de Moneo, me refiero a…

Recuerdo que por la fecha de apertura de Aixa Galiana mi ocupación principal era la hostelería. Pasaba las tarde y las noches detrás de la barra en algún punto de la calle Capitán Peñas lo que me llevó a dos situaciones bastante distintas pero con un nexo común, la ‘famosa’ discoteca. Primero me invitaron a una tertulia en el programa Protagonistas Ávila de Punto Radio en la que 4 hosteleros nos veríamos las caras con ‘Benja’, la cara visible del proyecto. Históricamente ligado a la hostelería y actual gestor del Bar-Restaurante del Palacio de Congresos, por no dar más datos, ‘Benja’ participó junto a nosotros, más que en un debate, en un monólogo en el que no paró de contarnos las bondades que traería Aixa Galiana a nuestra pequeña ciudad. Hablaba de un aforo total de casi 3.000 personas, desplazamientos masivos de gente desde Madrid para asistir a las mejores fiestas, con la mejor gente (famosetes y DJ’s de reconocido prestigio entre ellos) y en el mejor ambiente y, ojo, no vendrían solo de fiesta un día puntual sino aprovecharían el fin de semana para hacer turismo y, de paso, gasto en otros locales, hoteles, tiendas y demás. Evidentemente los asistentes lo dudábamos, al menos yo, pero a la vista queda que la idea no salió del todo bien.

Pasó el tiempo, se acabó una enorme obra de la que no quiero buscar el coste total para no enfadarme, y llegó el día de la inauguración y mi segunda situación por pertenecer al gremio hostelero, la invitación. Y allí nos plantamos a conocer el milagro que iba a convertirse, desde ese día, poco menos que en el motor económico de la ciudad, si atendemos a cómo nos lo habían vendido. Que sí, que muy bonito, muy grande, una música dirigida a un público bastante específico y copas a precios prohibitivos (de eso nos enteramos un poco después ya que ese día íbamos a barra libre y os aseguro que no éramos pocos). ¿De verdad pensaban que iba a funcionar? Parece que sí…

Y entre DJ’s, gente VIP (con su sala aparte, por supuesto), cotillones de noche vieja, algún que otro concierto y varios cambios de manos en cuanto a gestión se refería, alguien se cansó de perder dinero y decidió que, igual…, no era tan buena idea. Nos quedó un edificio enorme y vacío al lado del Centro Comercial ‘El Bulevar’ y no faltaron los rumores de su conversión en oficinas o incluso que alguna multinacional se había interesado por el local para abrir en Ávila una de sus tiendas.

Ávila necesita iniciativas valientes pero realistas, que se ajusten a las necesidades de la ciudad pero conscientes de sus limitaciones. Bienvenidas sean todas las inversiones que reciba la ciudad y reconozcamos que cuanto mayores mejor pero ciertas locuras, lejos de ser inversiones, son cagadas anunciadas. Ahora los días en que nos sobraba se acabaron y nos encontramos en una situación de la que nadie parece tener claro cómo salir y donde la culpa, siempre, es de otro. ¿Habremos aprendido algo?

Sin premio


¿Cómo lo ves, Rosendo?

Veo, veo… ¡A Moneo!

XL. ¿Qué obra suya cree que podría haber sido prescindible?

R.M. ¿Prescindible? [Lo piensa] Mmm… ¿La de Ávila? Nooo. Ese fue un proyecto que se torció por un mal entendido político. Yo creo que la plaza de Ávila resuelve bien el ámbito urbano, que la eliminación de los coches y el paso al aparcamiento se han resuelto de una manera ejemplar, que ha contribuido a vitalizar el centro de Ávila.

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No conozco quien es el autor de la foto. El cuadro que ven se nos apareció en la última mudanza, imagino que sería de mi padre. Me lo agencié para mi habitación. Estampa antigua, muralla, suelo noble castellano.

Es una imagen como otra cualquiera que demuestra por qué Ávila es Patrimonio de la   Humanidad. Por eso nos gusta tanto enseñar nuestra ciudad. Pasear intramuros, contar la historia de la catedral-fortaleza, alguna leyenda, rendir visita a San Vicente. Aderezarlo todo con una cañita/vinito y unos ricos pinchos.

Esta preciosidad es mi ciudad y aunque tantas veces la critiquemos…no la cambio por ninguna. ¿Me entiendes?

Y entonces sigues paseando y llegas al Grande. Entre la Muralla y San Pedro te encuentras con el mamotreto infame lleno de ventanas y a su vera el minihospital. La apoteosis del ladrillo. Por no hablar del suelo, tan cuquimoni, que no resistió la primera nevada.

“Y bien…esto también es Ávila. La del mamoneo de finales de centuria.”

Yo no sé a ustedes que recuerdos les traerá pero a servidor el Grande le suena a salir a tomar pipas. Ir al Teto a cambiar cromos. Saltar de La Palomilla a los leones. Acercarse al Dioce a ver la cartelera del Tomás Luis. Jugar al escondite y patear calle Estrada hacia la Plaza de Italia. Darle a la pelota, corretear de un lado a otro. Sería mucho menos pitiminí aquella plaza ochentera/noventera pero la cambiaba ipso facto por el engendro actual.

XL. La prensa lo definió como «el chapapote» y pidió incluso que interviniera la     Unesco.

R.M. Yo soy responsable de la altura, nadie me la impuso, y estoy dispuesto a aceptar que alguien la vea excesiva; pero también me hubiera gustado que, en lugar  de haber  sido un edificio de viviendas, hubiera tenido un programa más vivo: el de  un hotel.  Pero la Caja de Ahorros de Ávila, que era la propietaria de aquellos  solares, no quiso  entrar en competencia con los hoteleros de la ciudad. Éste ha sido  un proyecto que ha  tenido dificultades, pero no uno que a mí me guste descartar.

Tenía pensado, aprovechando este tiempo estival, proponerles una manera de devolver esta infamia. Consiste en jugar a ponerle nombre al engendrito.  Aquí en comentarios o en el twitter…compartan sus ideas.  Dejo a @__Willy_ encargado de cuidar un hashtag propicio para la ocasión. A ver si repetimos aquellas buenas experiencias de  #avilanitelaimaginas –  #avilabollywood  – #avilasobrenatural.

Mi idea sería la creación de tweets que acaben en   aquipropuestadenombre  @los4palos #horrendificio “

Les dejo yo mis tres propuestas:  Mamoneo (clásico), horrendificio y patrentado.

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Si la cosa funciona propongo repetir historieta pero con el monumento al braguetazo  la cremallera de la Avenida de Madrid. En cualquier caso, no olviden que no estamos solos. En Libertad Digital recopilaron lo que llamaron “horrores monumentales”. Pasando páginas se ven jrandes creaciones. Pero hacía uno en falta en la lista a la susodicha cremallera.

Pero bueno, es lo que tiene ser modernos. Ensayen su mejor cara de LadyGaga y repitan conmigo ¡Satán es mi señor!

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