Una reflexión rápida

Casi sin pensarlo me viene a la cabeza. De alguna forma he recordado todo aquel revuelo que se organizó con el despido de José Ramón Rebollada de la Cadena SER. Algo que forma parte de la historia pero que dio lugar a la aparición de ciertos movimientos interesantes que creo que hoy merece la pena recordar para demostrar, como ya pensaba servidor entonces, que no eran la mitad de lo que decían ser y que desaparecerían con la misma rapidez con la que aparecieron una vez el asunto de Jota se calmara definitivamente.

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Quizá el error fue, simplemente, de nomenclatura. “Colectivo por la libertad de expresión” es algo demasiado amplio como para que se cree solo para defender a un periodista despedido y después caiga en el desuso. Quizá la culpa sea solo mía que al escuchar semejante nombre para un colectivo pensé que sería algo más amplio y ambicioso, pero era un colectivo de usar y tirar que defendía la libertad de expresión para un presunto caso concreto, como si no hubiera más. Su perfil de Facebook está inactivo desde agosto del año pasado, ya no tienen nada que decir. Ya terminado el asunto de Jota se ha terminado la batalla. La libertad de expresión es plena y nadie entra kalashnikov en mano a redacciones de medios de comunicación para ametrallar a dibujantes satíricos por sus obras. De haber sucedido algo así es evidente que un colectivo por la libertad de expresión, aunque sea a nivel local, habría escrito algo, no en medios de comunicación, pero quizá sí en su página de Facebook.

A esos defensores de libertades podemos ayudarles con los nombres la próxima vez que quieran salir en la prensa un rato. “Amigos de José Ramón”, “Colectivo para la reincorporación de Jota” (…). La libertad de expresión es algo más serio que lo que se hizo aquí, la libertad de expresión no se defiende solo en un caso de despido, se defiende con muchos trabajos, con gente que cada día dice de verdad lo que piensa. La libertad de expresión no es algo exclusivo para periodistas despedidos con más o menos razón. Hay que defenderla, claro que sí, y hay que condenar los casos más cercanos y los casos lejanos y terribles como los actos acontecidos en Francia estos días.

Creo, opinión personal, que querían ayudar a un amigo, gesto que les honra, pero el nombre se les quedaba grande, muy grande.

#JeSuisCharlie

La verdad como esencia de la libertad (por Lorenzo Martín)

Hoy contamos con una nueva colaboración, en este caso de Lorenzo Martín Muñoz. Si tenéis envidia y queréis colaborar con algún texto, aquí os contamos todos.

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La verdad como esencia de la libertad

Antaño, los viejos del lugar contaban que la verdad ofende, que la verdad es buena y hasta saludable conocerla, pero que no es conveniente trasmitírsela a todo el mundo.

Las anteriores sentencias, proverbios o refranes forman parte, indisoluble, del acerbo popular de este nuestro país y, como tales, conforman el sustrato intelectual de sus habitantes.

Quizás, lo anteriormente mencionado, para algunos sea un anacronismo y, tal vez por ello, en la redacción de la vigente Constitución se hizo especial hincapié en la figura de la libertad de expresión, como salvaguarda de la verdad y de su manifestación pública. Una verdad para todos y no, solamente, para unos cuantos, dependiendo de sí se te coloca a un lado o al otro de ella.

Verdad que, al materializarse externamente, abandona su objetividad apropiándose de la subjetividad que cada uno, consciente o inconscientemente, quiera otorgarla.

La verdad absoluta no existe. Existe la verdad de uno mismo y de sus circunstancias.

En los tiempos que nos han tocado vivir, huir de la hipocresía o del cinismo se convierte en algo harto difícil, tendiéndose, habitualmente, a la media verdad o al ocultismo de la realidad.

A pesar de ello, aún podemos encontrarnos con héroes de opinión que, a través del papel, de las ondas o de las redes sociales, expresan sus sentimientos u opiniones singulares, ejerciendo el derecho fundamental de la libre expresión y procurando que, ese derecho, no se vea menoscabado por las presiones de aquellos que pretenden enmascarar el camino hacia la verdad.

Hoy por hoy, rota la paz social, emerge la voz de los desamparados, de los que pasan hambre. Ante ello, los poderes establecidos en vez de intentar encontrar soluciones a la situación de desconsuelo que embarga a gran parte de la sociedad, desentierran la intimidación del poder, cedido temporalmente por el pueblo soberano, coartando la libertad de expresión, para intentar con ello manipular la concienciación ciudadana.

En una democracia parlamentaria, cuando se ignora la opinión ciudadana, tarde o temprano, la clase política y los medios de comunicación tradicionales entran en una deriva sin retorno, que les conduce al aislamiento, convirtiendo las noticias en sombras informativas e intentando poner puertas a la verdad.

La mentira, como contraposición de la verdad, edulcorada y sometida a las convenientes repeticiones, puede erigirse, para su autor, en la verdad absoluta; pretendiendo, con ello, convertir a sus receptores en presuntos tontos de baba carentes de actitud crítica.

Intentar cercenar el imperio de la verdad desoyendo el clamor popular y no ejerciendo la autocrítica, devalúa la vida pública, dando como resultado la indiferencia de la ciudadanía, que necesita saber las cosas como son y no como, a veces, se las cuentan.

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