De Champions

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Julianus, el primer funcionario de la Junta.

Estas cosas pasan mucho más de lo que ustedes seguramente piensan. Uno de los principales hitos del arte prehistórico se encuentra en una cueva localizada por un cazador mientras buscaba a su perro y, por si esto fuera poco, la primera persona que vio los ahora famosos bisontes de Altamira fue una niña de ocho años en un despiste de su padre. Si una línea de ferrocarril no hubiese cortado la sierra de Atapuerca por donde lo hizo, quizá hoy el Homo Antecessor no figurase en ningún libro de texto y Excalibur seguiría siendo únicamente la espada del Rey Arturo. Centenares de yacimientos han sido descubiertos arando el campo y los museos están llenos de piezas que han salido a la luz después de una inundación, haciendo una piscina o dando un paseo por el campo.

Y así fue, en el campo, confundido con la cabeza de una muñeca, de una patada, como apareció nuestro protagonista, al que han bautizado como “Julianus” en honor del hombre que se la propinó, un vecino de Bercial de Zapardiel llamado Julián.

Julianus

Hechas las presentaciones básicas – aquí Julianus, aquí unos amigos – se me ocurren varios temas a tratar.

El primero, que duda cabe, es la pieza en si. Nuestro invitado es una cabeza de terracota (arcilla cocida), hueca, de unos 12 centímetros y unos 600 gramos de peso. Según los arqueólogos que la han estudiado, teniendo en cuenta la peculiaridad y detalle de las facciones, es el retrato de un hombre real, de entre 60 y 75 años, quizá el patriarca de una familia asentada en la zona durante el S. I o II de nuestra era. Este tipo de esculturas, abundantes en la península, suelen relacionarse con entornos funerarios y con la necesidad de recordar y honrar a los difuntos. De ser así, es posible que Julianus fuese modelado a partir de una máscara mortuoria de cera.

“Es posible”, “quizá”, “tal vez”… sí, ya sé que eso no suena muy científico, pero la arqueología en ocasiones es así. Al ser fruto de un hallazgo casual, la patada de la que hablábamos antes, y no de una excavación arqueológica, la pieza está descontextualizada y la información que a ciencia cierta podemos obtener es tremendamente limitada. Se supone que Julianus tiene relación con un entorno o rito funerario porque otras piezas similares la tienen y se data en el S. I-II porque en la zona se han localizado abundantes materiales de la época: en el entorno de Bercial de Zapardiel se han localizado cinco posibles villas con una cronología que va desde el periodo altoimperial a época visigoda*. ¿Puede ser el esbozo de una escultura realizado por un niño aburrido a finales del S. III? Por poder, puede, pero es más probable lo otro.

Y con esto llegamos al segundo tema a tratar ¿es Julianus, como se dijo en la presentación a los medios**, el primer castellanoleonés al que ponemos cara? ¿El primer abulense que nos mira a los ojos desde el lejano S. II? Evidentemente no. Ni Julianus era abulense, ni era castellanoleonés; de la misma forma que no era funcionario de la Junta, votante del PP o socio del Real Ávila. Llamar “castellanoleonés”, o murciano, a un hombre que pudo vivir hace casi dos milenios es una aberración, un anacronismo, destinado únicamente a llamar la atención de los medios de comunicación y de sus consumidores. Lo mismo sucede cuando se dice que los restos de Atapuerca pertenecen a los primeros castellanoleoneses cejijuntos o se habla de un primate hominoideo localizado en un pueblo de Cataluña como del primer catalán, llevase barretina o no. O cuando, a la hora de definir un yacimiento este se compara con Roma, con Pompeya, con Altamira o Atapuerca. No existe la Roma de la Alcarria, como no existe la Pompeya del Bierzo. ¿Qué es lo que produce estos dislates? No hablo de un caso concreto – Julianus es solo un pretexto para hablar de la problemática arqueológica en general, que quede claro – y no responsabilizo únicamente a los responsables científicos de las excavaciones, víctimas, muchas veces, de la necesidad.

Y cuando hablo de necesidad, hablo principalmente de dinero. La arqueología es cara y solo es económicamente productiva en la medida que es explotable turística (puesta en valor, centro de interpretación, musealización, etc.) y publicitariamente.

Ya no vale con presentar el hallazgo a la comunidad científica para su debate e interpretación. Ahora es necesario que el descubrimiento salga en los medios, para hacer partícipe al ciudadano de él, lo cual es más que comprensible y necesario, pero también porque en muchos casos es la única forma de conseguir financiación para seguir investigando. La viabilidad de las investigaciones arqueológicas está más relacionada con el apoyo político que con la calidad o interés de la investigación. Esto hace que, por ejemplo, muchas actuaciones contemporicen la presentación pública de sus hallazgos para atraer la atención de los medios en sucesivas campañas. Si el verano de 2009 fue especialmente fructífero, presento algo y guardo en un cajón otro par de descubrimientos para poder presentarlos en 2010 y 2011 si esos años no encuentro nada de interés mediático.

En los casos más graves, la necesidad de dinero para continuar excavando lleva a falsear completamente la investigación, como presuntamente sucedió en el yacimiento de Iruña-Veleia. Les resumo, por si no están al tanto. Iruña-Veleia, en la localidad alavesa de Iruña de Oca, antiguo oppidum caristio, es el yacimiento arqueológico romano más importante del Pais Vasco pero, si les suena el nombre, posiblemente no tenga que ver con su significado histórico. La aparición en las campañas de excavacion de 2005 y 2006 de lo que se denominó en su momento “grafitos excepcionales” abrió una triste polémica que acabó con la demostración de su falsedad y el paso por los tribunales de los responsables de la excavación. Es imposible resumir en unas pocas líneas todo lo escrito al respecto, la emoción inicial de los expertos cercanos al equipo por lo revolucionario de los hallazgos, el escepticismo que encontró cobijo en los foros de internet, las sospechas de fraude, la investigación, etc. Aunque hay opiniones para todos los gustos y no todo el mundo está satisfecho con las conclusiones de la comunidad científica, el fraude es evidente. Ya sean o no los directores de la excavación los responsables directos del fraude, la exposición pública de los hallazgos, la búsqueda de impacto mediático y la politización del asunto; convierten a Iruña-Veleia en un caso palmario de ciencia patológica.

El tercer y último aspecto que podemos tratar a raíz de la aparición de Julianus es la conciencia social en torno al patrimonio y la arqueología y la imagen deformada que de ella dan los medios. Por fortuna, ya han pasado los tiempos que retrató Delibes en El Tesoro. Ya no se apedrea a los arqueólogos por ir a los pueblos a “robarles” los tesoros y, en general, la presencia de restos arqueológicos es motivo de orgullo para pueblos y ciudades. A pesar de esto, existen otros riesgos. Si leen las declaraciones del pastor que ha localizado la cabeza de terracota se pueden hacer una idea de por donde van los tiros.

“Cuenta Julián que esta zona es muy rica en material arqueológico y que no es la primera vez que encuentra algo. Anteriormente, «ya había visto antes monedas y una vez un hacha «, ha manifestado este pastor a Diario de Ávila que también ha expresado que «esto de la arqueología es la fiebre del pueblo, como la fiebre del oro en el oeste americano». Así que, siempre va mirando al suelo para cerciorarse de que no se deja ningún tesoro histórico atrás

Una cabeza de terracota no es un tesoro, es una pieza arqueológica, exactamente igual que lo son un cacho de cerámica por bonito que sea, un hueso, un clavo oxidado y una placa de bronce; y fuera de su entorno, descontextualizadas, tienen menos valor científico. Los periodistas no deberían contribuir a esta “fiebre del oro” arqueológica llamando a cualquier cosa tesoro. Tener en casa una colección de restos romanos no es tener un tesoro, es tener un montón de trastos sin valor económico cogiendo polvo y es privar a los científicos de indicios vitales para reconstruir la historia de la comunidad. Respecto a los hallazgos casuales la ley es muy clara: todos los restos materiales con valor histórico son “dominio público”, se localicen como se localicen, y han de ser entregado a la administración*** que puede premiar al descubridor con la mitad del valor del objeto una vez tasado. Valor que, normalmente, es nulo o casi nulo. Nadie se va a hacer rico llevando al Museo Provincial una tonelada de cacharros rotos por muy antiguos que sean e ir haciendo agujeros por el campo para buscar cosas no es un hallazgo casual, es ilegal y acarrea sanciones.

Y hablando del Museo Provincial, y ya para terminar, la exposición de Julianus es una oportunidad excelente para que todos ustedes vayan a visitarlo o revisitarlo. Nos vemos allí.

PS.- La fotografía que acompaña al texto procede de la nota de prensa difundida por la JCyL y el autor de la misma es Francisco Fabián,  arqueólogo territorial de la Junta en Ávila.

* Los arqueólogos responsables de la investigación y presentación afirman que la pieza data de finales del S. I o principios del S.II, lo que la convertiría en el retrato más antiguo de la comunidad autónoma, por delante de una pieza de finales del S. II de la provincia de Palencia. Como digo en el texto, esa zona del Valle del Zapardiel es rica en yacimientos arqueológicos datados desde época altoimperial a visigoda. En La Guirala, punto del que presumiblemente procede Julianus, han aparecido materiales fácilmente datables, entre ellos tres dupondios de Antonino Pío (S. II), Gordiano (S.III) y Constantino (S.IV). Tengo que reconocer que, sin más detalles, no sé qué es lo que lleva a los investigadores a datar la pieza a finales del S. I.

** A pesar de que la pieza fue presentada oficialmente ayer y a que algunos medios hablan de que su hallazgo se produjo hace “algunos meses”, la primera vez que se habló de la pieza fue en Santiago de Compostela en julio de 2011, en un Congreso sobre escultura romana en Hispania. De igual forma, a finales de ese año, un artículo científico daba cuenta de la misma.

*** La Ley establece unos plazos muy precisos al respecto, pero, normalmente, si se actúa de buena fe, no se tienen muy en cuenta. Prima más el agradecimiento al localizador por la entrega e información del descubrimiento que los asuntos legales.

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