Capítulo 3: Apatrullando la ciudad

[Viene de Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo]

Metí todas las zarrias del traje de Vetusto Man en una bolsa del Mercadona y regresé a Ávila en el coche de Vitorio. Le habían retirado el carnet hacía tres años por no pasar el reconocimiento médico (algo de sus cataratas), pero él no se daba por enterado. Se pasaba el día volante en mano, camelando con la música de Juanito Valderrama a todo volumen y escupiendo requiebros a cada muchacha que veía.

Nunca he visto tan de cerca la muerte como dentro de ese maldito Cuatro Latas. Vitorio conduce igual que vive: como le sale de los cojones. Es un milagro que siga vivo. Ese día, sin ir más lejos, empezó a dar voces con las manos en la cabeza al llegar a la altura de Naturávila, como si le hubiera dado un acicuaco. ‘El Rey de la Carretera’ hacía retumbar los altavoces. Yo agarré como pude el volante para volver a nuestro carril.

– ¡La madre que me parió, Fructuoso!

Miré por la ventana de atrás y vi que nos seguía el burro que me daba la tabarra en las siestas. Debíamos ir a 80 o 90 kilómetros por hora, pero teníamos al bicho pegado al culo. Por algún tipo de acto reflejo, Vitorio aceleró. El animal continuó a nuestro ritmo sin ningún tipo de esfuerzo aparente. Incluso llegó a ponerse a nuestra altura por el arcén. Parecía que quisiera adelantarnos por la derecha, pero al llegar a mi ventanilla se quedó ahí, mirándome sin dejar de trotar, como si me preguntara a dónde pensaba ir sin él.

Así descubrimos lo de los superpoderes del pollino, adquiridos, imagino, de tanto chuparme los pinreles. A las monjas les encantó que me presentara con un burro (“también es una criatura de Dios”, dijeron) y me dejaron guardarlo junto al huertecito que tienen detrás de la residencia. Eso sí, yo me encargaba de alimentarle y de limpiar sus descomunales mierdas.

Llamé a mi hija para decirle que ya había vuelto del viaje. Me preguntó qué tal nos había ido y yo le respondí que Huelva era preciosa.

– ¿Pero no me dijiste que te ibas a Vigo?

– También, mi niña. Era un tour costero de esos.

Yo continué con mi vida de siempre, pero con ligeras modificaciones. Me pasaba las mañana durmiendo, mientras que por las noches le soltaba la correa a Vetusto Man. Salía a la calle con mi boina-antifaz, las botas de pescar y la capa de ‘Super tallas Bermúdez’, sin olvidar las armas (los barrillos y las fichas de dominó). Regresaba justo para desayunar y, como salía y entraba escalando la fachada, las monjas no sospechaban nada. Me llevaba al burro a mis escapadas nocturnas, aunque solo fuera por tener algo de compañía.

Nunca fui ambicioso y no lo iba a ser ahora que era todo un superhéroe. Decidí empezar por cosas sencillas, de una en una. Que galgo que muchas liebres levanta, ninguna mata. Me cogí la revistilla que hacía la asociación de vecinos del barrió y me fui directito a sus reivindicaciones. “Aceras en mal estado, con baches peligrosos, en las calles López Núñez y Esteban Domingo”. Y para allá que me iba yo con mi burro cargado de las baldosas que quitábamos de las obras que se quedaron a medias cuando lo de la crisis. Y ni siquiera necesitaba cemento teniendo el moco venenoso de las manos. No tardamos ni un par de horas en solar esas y otras calles igual de descuidadas.

Otra noche me la pasé enterita coloreando pasos de cebra medio borrados por el paso del tiempo. La pintura se la sisé a las monjas aprovechando que estaban de obras en la capilla. Fue ahí cuando la conocí. Cantaba seguidillas desde el balcón de su casa (siempre está ahí, al oreo), algo de las mujeres bonitas y los hombres valientes. Cuando me vio enfilar la calle, bote de Titanlux en mano y con el traje de Vetusta Man al completo, dejó de entonar. El burro, como siempre, me iba a la zaga.

– ¡Pero mira tú que mozo guapetón nos viene esta noche al barrio!

Al principio pensé que se estaba pitorreando de mí, pero cuantos más piropos me lanzaba, más sincera parecía. Hasta floreó la mirada fililí del rucio, la muy bribona. Tendría mis años (siglo arriba, siglo abajo) y algunos kilos de más, pero le brillaban los ojos como dos farolas en día de lluvia. Le llamé Dulcinea, “mi Dulcinea del Toboso”, y ella se mondaba de la risa y volvía a cantar y se escacharraba de nuevo.

Pero cada sendero tiene su atolladero y el mío se me apareció con uniforme y placa una noche que estaba yo desatascando alcantarillas. Se presentó como el agente Elicio Iborra.

– Fructuosos Blázquez, para servirle.

Y seguí a lo mío, dale que te pego a los sumideros. Sin mucho éxito porque al momento ya estaba el atontado dándome la tabarra con que le enseñara mi DNI y los papeles del burro. No sé si hablaba en serio, pero le respondí que lo tenía todo en la guantera, que hiciera el favor de cogerlo él mismo porque tenía las manos ocupadas. No me lo podía creer cuando le vi rodeando el asno en busca del salpicadero.

La fiesta se acabó al escapárseme una sonora risotada. Ahí empezó a dolerle el orgullo y se me puso bravucón. No sé qué de que quedaba detenido por faltar el respeto a la autoridad. Intentó ponerme las esposas, pero yo me zafaba sin dificultad de sus hierros.

– Soy todo gelatina, señor agente –le intenté explicar-. Más le valdría sorberme que esposarme.

El municipal estaba rojo de furia, cada vez más obcecado, y acabó por sacarme la pistola para llevarme a la fuerza a la comisaría. Ahí comenzó mi burro, mi burro querido del alma, con su rechinar de dientes y con sus rugidos de león. ¡Por la Virgen de Sonsoles que no miento! Cómo lo vería el señor agente que no le quedó otra que envainársela (la pistola) y despedirse con un “buenas noches, no me alboroten mucho” de tono gaznápiro.


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Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo

[Viene de Capítulo 1: El nacimiento del héroe]

Regresé a donde las monjas para coger cuatro mudas limpias y marcharme al pueblo. Tuve la consideración de dejar una nota en la mesilla del cuarto: “Sores, me voy unos días a casa de mi hija”. Y sin más me fui a pata hasta Tornadizos. En 15 minutos de trote alegre, muy alegre, ya estaba en el pueblo.

Allí tenía una pequeña chabola con establo que heredé de mis padres. Dentro no había más que mierda y recuerdos, pero era un buen sitio para retirarse a organizar las ideas cuando te estás convirtiendo en una medusa con patas. Mientras en mi casa estoy, rey me soy.

En cuanto pude, telefoneé a mi hija desde la cabina de la plaza. Nunca me gustó mentirla, pero tuve que decirle que me iba de nuevo a una excursión del Imserso para que no se le ocurriera llamarme a la residencia.

– Me encanta que hayas hecho nuevos amiguitos, papá.
– Muchos, hija, muchos.

Gran parte del día lo pasaba, por así decirlo, ejercitándome, midiendo las fuerzas de mi nuevo cuerpo. Aprendí, por ejemplo, a controlar la cantidad de veneno que salía de mis dedos. Es muy parecido a soltar ventosidades, que no es lo mismo aventar el intestino en casa que en misa. Hay que concentrarse mucho por los adentros para reducir la intensidad de ambas cosas.

Por la tarde me echaba una siesta de pijama y orinal en un sofá orejero que saqué al establo, con los pies descalzos apoyados en una cántara de leche. Una de las paredes estaba derruida y por ahí se me colaba un pollino que le dio por lamerme la picadura de la medusa cada vez que me dormía. Al principio casi le corro a sopapos (¡tusa, tusa!), pero acabé por acostumbrarme a coger el sueño con esos lengüetazos calientes.

También se me colaba por ahí un niño, alguno de los Patalajo debía de ser. Se me quedaba mirando, quieto como un espárrago, mientras yo hacía mis ejercicios. Era agradable tener compañía, aunque fuera un público demasiado impresionable. Se le abría mucho la boca cuando me veía hacer pesas levantando un par de vacas que tomaba prestadas al vecino. Ellas mugiendo, con las ubres saltando por los aires, y el chiquillo con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

Se quedaba siempre a cierta distancia de mí con las velas colgando, preparado para escapar si la ocasión lo requería y, al mismo tiempo, maravillado con tantos superpoderes. Yo intentaba hablar con él, darle conversación, pero nunca respondió. Solo se me acercó en una ocasión para darme una especie de chapa con varias hendiduras y el dibujo de una viejo amarillo disfrazado de algo parecido a Superman. Luego salió corriendo.

Abraham_Simpson_Fotor

Me hizo pensar en que no estaría mal tener mi propio traje de superhéroe, al menos para ocultar mi identidad como Fructuoso Blázquez. Por eso me grapé un antifaz a la parte delantera de la boina, ajustando el invento para que los orificios me quedaran a la altura de los ojos. Ir de incógnito no debería estar reñido con protegerse del frío que entra por la calvorota.

Luego me centré en las armas, tampoco muchas. Preparé un cinturón ancho, a modo de cartucheras, para llevar colgados cuatro barrillos. Serían, por así decirlo, mis armas de destrucción masiva. Para trabajos más finos, que exigieran máxima precisión y menos destrozos, me fabriqué una bandolera con 28 apartados para meter las fichas del dominó. Estuve varios días probándolas en el establo a modo de estrellas ninja (creo que se dice así) con muy buenos resultados. Son letales cuando se tiran a sobaquillo. Rematé el conjunto con mis viejas botas de pescar. Nunca se sabe en qué charcos se va a meter uno cuando decide salvar a la humanidad.

Pensé que eso era todo, pero el disfraz lo remató Vitorio. Llevaba días buscándome y acabó por imaginar que me había escapado al pueblo. La primera vez que vino se lo conté todo. Pensé que no lo volvería a ver en la vida, pero se presentó un par de días después con un regalo. Era una capa que me habían hecho en la tienda de su nuera.

– Un superhéroe tiene que parecerlo –me dijo-. Espero que no te importe la publicidad.

Hasta que no desplegué la capa no me di cuenta de que en medio de la tela, bordado en grandes letras doradas, se podía leer ‘Super tallas Bermúdez: moda actual y joven para tallas especiales’.

La primera vez que me puse el traje completo, el pequeño de los Patalajo casi se me muere de la risa. El muy cabroncete.


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El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)

Todo empezó en aquel viaje del Imserso: una semana por la Costa de Almería. Sol, playa, crucigramas, paella. Pescadito frito en Mojacar, medio carrete de 24 fotos malgastado en el Cabo de Gata y flamenquito en directo en Carboneras. Fue mi hija la que se empeñó en que me escapara unos días. “Tienes que salir, papá, airearte”. Pues venga, va, lo que tú digas.

Supe desde el primer momento que no era buena idea. Aquello estaba lleno de viejos que me recordaban, con su sola presencia, que yo era tan viejo como ellos. Preferí mantener cierta distancia, alejarme de sus noches de bingos y sus paseos en comandita de buena mañana. “Hola y adiós”, si me cruzaba con alguien. Y da gracias.

La cosa empeoró cuando me picó aquella medusa del demonio en uno de mis escasos baños. Al principio noté un intenso picor en el pie derecho, pero el dolor se extendió rápido por toda la pierna. ¡San Crispín, cómo escocía! ¡La mierda del bicho! Alertada por mis blasfemias, una joven se paró a preguntarme si todo estaba bien. De ella fue la idea de aclarar la zona con agua de mar.

– Pues dale, hija, dale -le contesté ofreciéndole la pierna entera, incluso remangándome un poco el bañador.

Sabía que el resto de la excursión estaría mirándonos, locos de envidia, desde las toallas. “¡Que les jodan!”, pensé. De todas forma, no me hablaba con ninguno de ellos y tenía claro que lo que quedaba de viaje me lo iba a pasar protestando: cero relaciones sociales.

Volví a Ávila tres días después con una mancha roja en el pie, el escozor de la picadura aún dando por culo y mi habitual cara de pocos amigos. A mi hija le dije que todo había ido de fábula. “Sí, de fábula, hija mía”. O algo así. Y ni le comenté lo de la medusa en la playas de Cuevas de Almanzora. ¿Para qué molestarle con mis historias?

La verdad es que no me sentía bien, pero tampoco dije nada en la residencia. Allí lo mejor es comer, dormir y callar porque cualquier cosa que sueltes puede ser utilizada en tu contra. Me refugié en mis paseos, que, desde que vine de Almería, la verdad, cada vez eran más largos, y en mi partida semanal de calva.

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Estaba loco porque llegara el domingo para ir a las pistas de arena del río Chico con mi marro en la mano. ¿Qué necesidad tengo yo de playas y baños si allí tengo lo que necesito? También estoy rodeado de una panda de vejestorios, claro, pero es mi panda de vejestorios. Me los encontré hablando de la mismas tonterías de siempre: que si ya no hay inviernos como los de antes, que si esto ni es frío ni es nada… Así andaban.

– Menos cháchara y vamos al tema –les llamé al orden rápido-. Tres contra tres, gana el que llegue a 25 puntos.

Empecé yo. Balanceé el barrillo con la mano derecha mientras miraba fijamente la calva. Dejé la mente en blanco, sabedor de que esto de la puntería es todo cosa de cabeza, y solté el cilindro. Al momento lo perdí de vista.

– Cojones, Fructuoso – gritó Vitorio.

Tardé en darme cuenta de dónde había ido a parar el marro. Se había estampado al otro lado de la calle, en el edificio del parque de maquinaria de la Diputación. Por la polvareda que se había levantado era fácil intuir que se había derruido parte de la fachada. Afortunadamente el hierro había atravesado el paseo de Nuestra Señora de Sonsoles sin impactar con nadie.

Todos se quedaron mirándome con la boca abierta. Incluso la gente que pasaba por allí comenzó a señalarme con el dedo.

– ¡Copón bendito! -insistió el pesado de Vitorio-. ¿Qué has hecho?

Intenté responderle que no sabía qué había pasado, pero solo balbuceé un puñado de gruñidos. Y cada vez había más gente mirándome, acorralándome. Sin saber muy bien por qué, eché a correr en dirección a la residencia. ¡Hacía siglos que no corría! Cuando llegué ni me paré a esperar el ascensor: subí las escaleras tan rápido como pude y me encerré en la habitación.

La mancha roja del pie me ardía, como si estuvieran a punto de explotarme los cinco dedos a la vez. Algo me empujó a rebuscar entre los folletos del viaje. En uno había un mapa con el itinerario marcado en rojo y al lado se detallaba la excursión jornada a jornada. “Día cuatro: baño en la playa de Palomares (pedanía de Cuevas de Almanzora)”. ¿De qué coño me sonaba lo de Palomares?

Justo cuando me vino a la cabeza la imagen de Fraga en bañador, apareció una monja (una, no logro distinguirlas) en mi habitación. Venía a pedirme que no volviera a entrar a la residencia de ese modo, como “un toro embravecido”, creo que dijo exactamente. Y que utilizara el ascensor, hombre, no se me ocurriera otra vez subir los cuatro pisos por las escalares.

– Menos aún saltando los escalones de dos en dos, menos aún a sus 83 años, Fructuoso –dijo con cierto retintín.

[Continuará…]

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