Olvidos y olvidadizos. Sobre Santa Escolástica

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Ayer recibimos una buena noticia sobre nuestro patrimonio, la segunda en pocos días tras el anuncio de la restauración del San Andrés de la Catedral en los talleres del Instituto del Patrimonio Cultural de España. Tras años de abandono, la portada gótica del antiguo hospital de Santa Escolástica va a ser rehabilitada gracias a la iniciativa del Rotary Club de Ávila.

No podemos sino congratularnos ante esta buena nueva, pues supone asegurar la supervivencia de una parte del patrimonio de la ciudad que se encontraba hasta ahora en un estado calamitoso, acosado por el tiempo, el olvido, el tráfico y los contenedores, como señala José Luis Gutiérrez Robledo en este magnífico artículo de Ávila Abierta. Además, es un ejemplo de esa colaboración público-privada de la que tanto se oye hablar y tan poco se sabe, sobre todo en el ámbito del patrimonio y la cultura tras la defunción de las obras sociales de las difuntas y enterradas Cajas de Ahorro.

Sin dejar de felicitarnos, no podemos evitar una pequeña reflexión sobre las declaraciones del alcalde publicadas por la prensa que asistió a la presentación ayer del inicio de las obras. Según García Nieto, la portada gótica, un edificio “olvidado pero muy hermoso”, “pasaba un tanto desapercibida” porque siempre “estaba tapada por los coches”. Vale la pena preguntarse quién sería el responsable de todos esos males, de que el edificio estuviese olvidado, abandonado o acosado por lo coches hasta el día de ayer, porque a juzgar por las palabras del alcalde ni él, ni el Ayuntamiento que regenta sabían nada al respecto. Se echa en falta que el Ayuntamiento y su alcalde entonen un sentido mea culpa. Si la portada estaba olvidada y abandonada era por su culpa. Si la portada estaba tapada por los coches y los contenedores era su responsabilidad.

Y no hablamos de una actuación excesivamente onerosa. La restauración va a costar diez mil euros y apartar los coches y los contenedores para mejorar la visibilidad de la fachada y su conservación salía gratis. Y mal de dinero no debemos andar si este año podemos gastarnos 70000€ más en las fiestas de la Santa y fijar una “tarifa plana religiosa” para la recogida de basuras.

Igual eran el alcalde y su corporación los que habían olvidado, voluntariamente o no, la existencia de esta portada. Igual es esa mala memoria la responsable del estado de Las Gordillas, de la fábrica de la luz, de los restos del acueducto, de las tenerías de San Segundo, del palacio de los Sofraga…

Otra vez Las Gordillas

La tarde del pasado jueves, de nuevo fuego, de nuevo llamas. Una vez más, los restos de Las Gordillas eran pasto de los vándalos, de la decadencia en la que los han sumido sus propietarios y de la dejadez de las administraciones, últimos responsables de la salvaguarda del patrimonio histórico y cultural.

En este rincón ya hemos hablado antes de este asunto, concretamente en noviembre de 2012, cuando la denuncia de un particular alertó a las autoridades sobre nuevos desperfectos en el edificio. Hace un año, otro incendio devolvió los vetustos muros del convento a las primeras páginas de los medios. En aquel momento, todas las instituciones afirmaron sentirse preocupadas por lo sucedido y por la situación de los restos y pusieron en marcha, o eso dijeron, los lentos y pesados engranajes del Estado, ese Leviatán tullido y ojeroso, para asegurar su conservación. Casualmente, a principio de este mismo mes, el director general de Patrimonio de la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León anunciaba que la administración regional estaba preparada para intervenir en Las Gordillas, juez mediante, para asegurar su supervivencia y mejorar su seguridad. Apenas han pasado quince días. Casualmente. No hace falta glosar los antecedentes para concluir que la relación del patrimonio local con los vándalos y las casualidades es larga y desoladora.

Según el responsable de la Junta, las obras de consolidación de los restos aún en pie comenzarán durante el segundo trimestre del año próximo. Hasta entonces, me temo, nos tocará cruzar los dedos y confiar en que los hados nos sean propicios y alejen a los vándalos -y a los alanos- de los viejos muros. Tampoco estaría mal contar con la implicación del Ayuntamiento y de su Policía Local, pero igual nos sale más rentable y nos produce menos úlceras poner un par de velas en la Ermita de Sonsoles.

Izquierda Unida ha solicitado a la Junta, como hicimos aquí hace dos años, que expropie el Convento para asegurar su protección. La intervención de la Junta para consolidar los restos es necesaria y urgente, pero tras años de incumplir sus obligaciones es perentorio que los titulares del bien sean desposeídos de él. Este sería solo un primer paso pues, tras la consolidación y la expropiación del bien, sería necesario encontrarle un uso conveniente. De todas formas, si los acontecimientos siguen desarrollándose al ritmo actual, igual tenemos un par de décadas para pensarlo. Eso si el edifico no se cae antes, claro.

 

Ya pasó

Pues sí, por fortuna ya pasó. Demos gracias a todos los dioses, desde Atenea hasta los árboles-corazón, pasando por las distintas deidades de las religiones monoteistas mayoritarias; porque al fin podemos retornar a nuestra caduca normalidad. Pasaron las elecciones europeas, aunque sigue con nosotros su resaca, una de esas pesadas que te dejan la lengua pastosa y la cabeza embotada hasta el fin de semana siguiente. Tenemos coletas para rato y la implosión del PSOE dará que hablar durante los próximos meses, pero dejamos atrás lo peor. Pasó también el Mundial, con mucha pena y poca gloria. Es verdad que acaba de empezar, que el Mundial acaba a mediados de julio, pero a la mayor parte de la población se la refanfinfla bastante lo que suceda allí si España está en casa o de camino. Dentro de poco la prensa deportiva, siguiendo el gusto de sus consumidores, volverá a centrarse en lo que de verdad importa: el Madrid y el Barça. Y pasó también el cambio en la Jefatura del Estado. Poco a poco la adulación absurda continua -es el mejor, el más preparado, va a cambiar España, modernidad, futuro, nos salvará de los bárbaros, los nacionalistas y los extraterrestres y aumentará la fertilidad de nuestros hombres- dejará paso a la habitual indiferencia aduladora -es menos campechano que el padre pero mantiene mejor el equilibrio-, el nuevo rey se hará cargo de las tareas habituales de su cargo -codazo, codazo, guiño- y ocupará el lugar que le reserva la Constitución: la estantería.

Como decía, ahora que hemos dejado atrás con alivio estos tres acontecimientos planetarios, podemos retornar todos a nuestros quehaceres habituales. Nosotros también. Vamos a dejar de hablar todo el rato de política para volver a nuestra línea editorial: criticar al PP, comentar lo bien que le quedan las camisas a los concejales de UPyD -esto sobre todo después de cobrar el cheque mensual- y hablar de otras cosas de vez en cuando para que no se note mucho que somos seres despreciables alimentados por la inquina.

Si usted ha llegado hasta aquí ya sabe de qué va este post: de nada en particular. Popurrí de temas, de alegria, de confeti -”paga” Ana Mato-, de enlaces.

Una noticia buena y una mala. La positiva es que acaban las obras de restauración de la Iglesia de San Pedro, una de las joyas del románico abulense y también uno de los monumentos con más problemas de conservación -humedades, descomposición de los sillares, deplazamiento de los muros- desde prácticamente su construcción: en el siglo XIV la iglesia ya amenazaba ruina y se tuvo que reforzar su estabilidad añadiendo contrafuertes y pináculos de granito en el exterior para soportar el empuje de las bóvedas. Para los interesados en este tema, dos enlaces: uno centrado en las obras realizadas en la iglesia a principios de los ochenta (PDF) -para los más jóvenes resultará especialmente interesante comprobar la modificación sufrida por la torre- y otro con un repaso histórico a las distintas reformas y restauraciones del edificio (PDF).

La mala noticia relacionada es que la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, que financia al 50% las obras en San Pedro y que ha financiado a lo largo de los últimos años un buen número de proyectos de conservación e investigación en la región, estudia echar el cierre. Muerta la obra social de las Cajas de Ahorro, la fundación se ha quedado sin fondos. Otra triste réplica del terremoto financiero vivido hace unos años y del que nadie parece responsable.

Para dejarles con buen sabor de boca, una estupenda noticia: la ciencia avanza una barbaridad, incluso en campos donde parece que había poco margen. Un grupo de investigadores, entre los que se encuentra un arqueólogo de esos de mostacho ochentero y pipa –AMOR-, ha descubierto, gracias a la aplicación de técnicas y herramientas molonas, decenas de nuevas muestras de arte rupestre en la región, también en nuestra provincia. En este artículo tienen algunas fotos que son amor rupestre del bueno, entre ellas una de Muñopepe y otra de Ojos Albos. Pueden ustedes llorar de alegría si les place.

Un escudo en Pucela y una tarea en Perú

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Si hay algo en lo que coincidimos la mayor parte de los habitantes de Castilla y León es que Valladolid no es una ciudad bonita. Iba a decir que es fea, pero he revisado las estadísticas del blog y resulta que allí vive una parte importante de nuestros lectores. Podemos discutir si en una clasificación de ciudades “no bonitas” Valladolid se encontraría entre las cinco primeras o directamente en el podium de honor, pero que estaría en la lucha es un hecho científico. Por si esto fuera poco, Valladolid no tiene murallas, lo que la convierte en una ciudad poco fiable y además insegura en caso de ataque zombie.

A pesar de todo esto, Valladolid también sus rincones con encanto: la Plaza Mayor, San Pablo o el Museo Nacional de Escultura. El otro día, en Vallamordor, blog amigo dedicado a la no-capital birregional y conjuntiva, mencionaban de pasada uno de ellos: la Iglesia de la Magdalena. Dicen por la antigua capital del reino que el escudo que luce su fachada es el más grande del mundo -o el más grande tallado en piedra, puntualizan si su interlocutor pone cara de descreído. ¿Y de quién es tal escudo? ¿Quién costeó tamaño dispendio de roca? Pues un tipo de Ávila -más concretamente de Navarregadilla, localidad de Santa María de los Caballeros- llamado Pedro de La Gasca (o Lagasca según otros, entre los que se encuentra el callejero abulense), cuyos restos reposan en un bonito sepulcro de alabastro en el interior de la iglesia. Cuando murió, en 1567, Lagasca era Obispo y señor de Sigüenza, pero su vida no se limitó a la oración, la reflexión y la lectura reposada de la Biblia al lado de una chimenea. Pedro de La Gasca fue, entre otras cosas, el encargado de pacificar Perú.

Vida y peripecias de La Gasca antes de cruzar el mar océano.

Pero antes de profundizar en ese hecho, una breve reseña biográfica. Nacido en 1493, hidalgo -es decir, miembro de la pequeña nobleza- Maestro en Artes y Licenciado en Teología en la Universidad de Alcalá, graduado en Derecho Civil y Canónico en la Universidad de Salamanca, de la que llegó a ser Rector. Eligió el bando ganador durante la revuelta comunera y acabados sus estudios fue ordenado sacerdote. Su carrera eclesiástica empezó en Salamanca, pero pronto abandonó las orillas del Tormes camino de Toledo y Alcalá gracias a la influencia del Cardenal Juan Pardo de Tavera, a quien conocía de su paso por la Universidad de Alcalá. Como ven, en aquellos tiempos los contactos ya marcaban una vida y una carrera, y si ahora la vecindad de pupitre puede llevarte a un Ministerio o a Telefónica, antes te llevaba a ser vicario de la principal (y por lo tanto más rica) diócesis de las Españas y a la Inquisión, en cuyo Consejo Supremo encontró La Gasca acomodo gracias, de nuevo, a la influencia de Tavera. Como miembro de este festivo tribunal -famoso por sus perfomances y sus raves- fue La Gasca a Valencia, a investigar asuntos relacionados con ayunos poco cristianos y latigazos a crucifijos.

También sería en Valencia donde La Gasca ocupase su primer cargo político al ser designado por Carlos I visitador general del Reino de Valencia, un puesto hasta entonces reservado a los allí nacidos. Básicamente sus funciones eran comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales. Por fortuna para La Gasca todo esto fue en el S. XVI y no hace una década, porque con esas responsabilidades, en la Valencia de hoy, todavía estaría con las sales intentado recuperarse del soponcio a la sombra de un pirulí de Calatrava. Además de lo mencionado, La Gasca terminó colaborando en la defensa del Reino contra Barbarroja, corsario y almirante otómano, que por aquel entonces solía acechar aquellas costas y robar las joyas a las guiris mientras se enrojecían en las playas de Benidorm.

La Gasca contaba en aquel entonces con buenas relaciones en la Corte. Si antes el Cardenal Tavera había sido su padrino, protector y promotor, ahora ese puesto lo ocupaba Francisco de los Cobos, Comendador Mayor de León, Adelantado de Cazorla, Contador Mayor de Castilla, Secretario de Estado del emperador Carlos I, Señor de Sabiote, Jimena, Recena, Torres, Canena y Vellisca; y mano derecha del regente príncipe Felipe. Un tío importante. Será el quien ponga sobre la mesa el nombre de La Gasca para acabar con los problemas que en ese momento estallan en Perú.

Perú bien vale una misa.

Sería largo glosar aquí todo lo acontecido en Perú antes de la llegada de La Gasca, así que solicito de antemano el perdón de los especialistas por el breve resumen que procedo a realizar. Los problemas en Perú se sucedían desde que Pizarro mandó a criar malvas a Atahualpa y compañía, pero ahora las luchas no eran contra la población local, que bastante tenía con lo que tenía, sino entre los conquistadores. Pizarro contra Almagro, al que también dió matarile. El hijo de este contra Pizarro, al que rebanó el pescuezo en su casa de Lima. Gonzalo Pizarro, hermanastro de Francisco, y el gobernador Vaca de Castro contra Almagro, al que enviaron a saludar a todos los anteriores con la cabeza bajo el brazo.

Y por si fuera poco, va la Corona, allá en España, y se pone tiquismiquis con los derechos de los indios por culpa de un tal Bartolomé de las Casas, que lleva años dando la murga con que si los indios tienen alma y cosas por el estilo. En 1542 se promulgan las Leyes Nuevas, que reorganizan la administración de las colonias, prohíben la esclavitud de los indios y equiparan sus derechos a los de cualquier vasallo peninsular del Rey. Para aplicar estas leyes se envió a Perú, con el título de Virrey, al también abulense Blasco Núñez Vela, pero su mando en plaza duró poco. Los encomenderos -la encomienda era la figura jurídica utilizada para la explotación de la tierra y de los indígenas-  se sublevan, eligen a Gonzalo Pizarro como líder y decapitan a Blasco.

Todo esto llega a oídos de la corte y, como ya hemos dicho, Francisco de los Cobos pone sobre la mesa el nombre de La Gasca. El objetivo era enviar a Perú a un negociador, un diplomático hábil que supiese ganarse a los compañeros de Pizarro antes de enfrentarse abiertamente a él. El emperador acepta la sugerencia de de los Cobos y nombra a La Gasca presidente de la Real Audiencia de Lima -el tribunal del virreinato- y le dota de plenos poderes. La Gasca llega a las colonias en 1546. ocupa el vacío de poder dejado por Núñez Vela y comienza a maniobrar para atraer al bando realista a los lugartenientes de Pizarro ofreciéndoles el perdón real y la posibilidad de mantener sus encomiendas. Uno a uno, los sublevados (Pedro de Hinojosa, Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, Pedro Ramírez, Juan de Cáceres, etc.) van cambiando de bando. El enfrentamiento final entre las tropas fieles a la Corona y los sublevados se produce a 25 kilómetros de Cuzco, en lo que se conoce como Batalla de Jaquijahuana, aunque de batalla tuvo poco: antes de comenzar, la mayor parte de las fuerzas de Pizarro desertaron y se unieron a La Gasca. Capturado Pizarro, fue juzgado y condenado a muerte.

Y de premio un obispado.

Sofocada la rebelión, La Gasca reorganizó la administración del Virreinato. Su principal objetivo fue reforzar la autoridad real en la colonia, aunque también reformó la administración de justicia, realizó gestiones en favor de los indígenas (sin llegar tan lejos como las Leyes Nuevas que provocaron la revuelta de los encomenderos) y organizó y permitió varias expediciones para aumentar la zona bajo control español. Considerando acabada su misión, en 1550 vuelve a la península con las mismas posesiones con las que había salido de ella, es decir, ninguna. Carlos I, como pagó por sus servicios, le nombró obispo de Palencia y su hijo, Felipe II, obispo de Sigüenza años después.

Allí murió en 1567 y desde allí salieron sus restos para reposar en la Iglesia de la Magdalena, el rincón de Valladolid del que hemos comenzado hablando.

 

Adolfo Suárez, in memoriam

Los historiadores -y aquellos que alguna vez estudiamos Historia hasta la obtención de un título firmado por la autoridad competente- tenemos un gran aprecio por las palabras “contexto histórico”; el conjunto de circunstancias, hechos y situaciones que rodean y dan forma a un suceso, a una persona o a una corriente de pensamiento en un momento temporal y un punto geográfico determinado. De la misma forma que no es lo mismo vender hielo a un esquimal en el Polo que vendérselo a un guiri en una playa de Salou una tarde de agosto, no es lo mismo hablar de democracia en un país europeo en la actualidad, que hacerlo en la España de Carlos V o la Atenas de Pericles.

El contexto histórico es importante para entender los hechos estudiados, para huir de explicaciones presentistas y evitar que nuestros prejuicios, nuestra ideología o nuestra situación deformen una realidad pasada. Esta admonición sirve tanto para la expansión romana por el Mediterráneo, como para la conquista española de América -ningún respeto a la Convención de Ginebra tenía esa gente- y también para la Revolución Gloriosa, la independencia de las colonias británicas de norteamérica o nuestra Transición.

La Transición y todo lo que la rodea, incluida la figura de Adolfo Suárez, ha sufrido y sufre un doble tratamiento, tan irreal y falso el uno como el otro. Para algunos, entre los que se encuentran los que más palos pusieron en las ruedas de la misma, la Transición está camino de los altares. Fue un proceso modélico, limpio y rápido. Sin sangre, sin dolor, sin odio. El momento más glorioso de la Historia de España protagonizado por héroes sin mácula. Para otros, la Transición fue un apaño entre el viejo régimen y sus herederos, con la aquiescencia de una oposición pacata o temerosa y bajo la atenta mirada del ejército. Un engaño que solo sirvió para mantener el poder en las mismas manos y recubrirlo de la legitimidad de una Constitución tímida y de unos votantes engañados.

No soy devoto de la Santa Transición, pero tampoco creo que merezca condena eterna. La Transición fue la que pudo ser, ni más, ni menos. Un proceso complicado y sucio que estuvo a punto de descarrilar en más de una ocasión y que llegó a buen puerto -si uno echa un vistazo a la historia reciente de España se dará cuenta de lo caros que son los mármoles que recubren el puerto y lo bien que huelen los baños- por una combinación de suerte y determinación, sin olvidar el papel jugado por la presión interna ejercida desde las calles y sus alrededores -menospreciado o sobrevalorado según la acera- y la presión externa desde Europa y los EEUU -vilipendiada o ignorada según el barrio. No fue un proceso perfecto, como imperfecta es la España nacida de sus entretelas, pero fue seguramente el mejor, o uno de los mejores, de los posibles.

Adolfo Suárez fue la cara de aquel proceso, aunque no el único actor. Un político de provincias, un hábil seductor, un tahúr ambicioso, listo, carismático, intuitivo. La pieza clave de una bóveda cimentada y construida por cientos de manos. Un traidor -por fortuna- convencido de que su papel era pasar a la Historia. Con Suárez se reproduce el esquema interpretativo que se aplica a la Transición. Para unos, entre los que se encuentra también los que más hicieron por destruirlo y el mismo rey que le dio la espalda y ahora se pone medallas, es el mejor político que ha tenido este país. Para otros, un falangista de provincias, un arribista, un hombre sin ideas y sin ideología con una infinita sed de poder.

En el año 1859, Jean François Gravelet-Blondin cruzó las cataratas del Niágara sobre una cuerda que tenía 335 metros de largo y que estaba suspendida a 50 metros del agua. Lo hizo sin arnés, armado únicamente con una pértiga. Suárez hizo lo mismo sobre la historia reciente de España, sobre unos y sobre otros, sobre certezas y sombras, utilizando su intuición y su ambición como balancín. Su gran mérito fue sobreponerse a las dificultades y seguir adelante, en equilibrio imposible, cuando nadie sensato se habría jugado su sueldo apostando a su favor. Allí estaba, suspendido sobre el abismo, azotado por el viento, cuando le mandaron tirarse a un suelo que no existía pues a sus pies solo se encontraba la nada, consciente de que allí se jugaba, no solo el futuro del país, sino también el suyo.

Ambos, Blondin y Suárez, podían haber fracasado, era lo más probable, pero ambos llegaron al otro lado del abismo, ambos vivieron para contarlo. Blondin repitió muchas veces su hazaña, Suárez lo intentó y no pudo. Tras su dimisión y el golpe de Estado, Suárez mantenía la ambición intacta, pero ya no tenía el mismo olfato. Había sido el hombre de la Transición, el protagonista de la película, el galán que con una sonrisa cautivadora en un traje inmaculado llegaba con un ramo de flores y una caja de bombones para llevarse a la chica a dar un paseo, pero ya era un actor secundario de la democracia. Olvidar esta parte de su historia sería dibujar un perfil incompleto, como equivocado sería personificar en él todos los aciertos y errores de la Transición o del régimen político surgido de ella.

La Transición y Suárez, con sus luces y sus sombras, son hijos de su tiempo, como todos aquellos que se encontraban junto a Suárez o frente a él, y la mejor forma de valorar su legado, la única en realidad que se ajusta a la verdad, es tener esto siempre presente.

Sit tibi terra levis.

“Poder contra verdad”: una verdad incómoda.

Contamos hoy con un texto que nos hace llegar Miguel Díaz Herrero, su segunda colaboración en este rincón ya que nos habló hace unos meses de su sentido barcelonismo. Si quieres mandarnos la tuya, aquí te decimos cómo hacerlo.

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Supongo que somos muchos aquellos a los que nuestra ciudad de origen nos produce sentimientos encontrados. Está claro que no seríamos quienes somos sin ella. Nuestra tierra es nuestra gente, nuestros amigos, nuestra infancia, el parque donde jugábamos al balón o los paseos con nuestro abuelo de la mano. Y claro, yo también recuerdo pasar de pequeño por la Real Fábrica de Harinas de Ávila (anteriormente Fábrica de Algodón) en largos paseos alrededor de las Murallas, junto al río.

Sin embargo, a los que volvemos a casa por Navidad (o especialmente a nosotros), nuestra ciudad también nos duele. Nos duele a muchos el clientelismo político, esa especie de necesidad de tener que estar siempre a bien con los poderes políticos, económicos y mediáticos, que desgraciadamente se dan tanto la mano, y que en Ávila se palpa en absolutamente todo lo que haces o dices. Por eso era tan necesario, sí, especialmente aquí, un documental como “Poder contra verdad”. Las casi 700 personas que llenaron la sala 1 de los cines Tomás Luis de Victoria el pasado viernes, más las 200 que se quedaron sin entradas, también somos abulenses. La mayoría recordamos el edificio de la Fábrica de Harinas, muchos la vieron funcionando. Algunos querrán ver en este proyecto rencillas políticas, ganas de revancha y de reescribir la historia. “A estas alturas”, veinte años después del derribo de la fábrica, con nocturnidad y, parece que también, con alevosía. Pero para los que estábamos allí, gente de todas las edades e ideologías, ésta no es una cuestión de izquierdas y derechas. Es una cuestión de saber la verdad.

Una verdad que el periodista José Ramón Rebollada quería contarnos y sobre la que se ha estado documentando durante casi seis años, para dar forma a una historia bien contada y construida, apoyada en la narración (especialmente enfática y efectiva la de Eduardo Mayorga) de dos periodistas y del poeta Paco Galán, que recita varios pasajes de “La sombra del ciprés es alargada” de Miguel Delibes, referidos a dicha fábrica. Una narración que nos lleva a finales del siglo XVIII, cuando se construía, al modo neoclásico, la Fábrica de Algodón, una fábrica dividida en plantas que suponía una novedad en la época. De su actividad llegó a depender la quinta parte de la población abulense. En 1984, y justo el día después a que se tramitase un informe para declarar el edificio Bien de Interés Cultural, éste sufre un misterioso incendio, en el que pierde casi todo su techado y planta principal. Desde entonces, comenzaría un incomprensible abandono de la Fábrica por parte de las autoridades municipales, que culminaría con su demolición en 1994 y en 1996. Una demolición a la que se oponían todos los informes técnicos de todos los arquitectos municipales, salvo uno externo que el Ayuntamiento pidió hacer especialmente para la ocasión. Además de los arquitectos, y en contra de lo que aseguraba El Diario de Ávila aquellos días, buena parte de la ciudad también se oponía, con especial hincapié la asociación “Malqueospese la veré”. Estos mantuvieron una reunión de urgencia con el entonces alcalde Ángel Acebes, en la que éste les aseguró entender sus razones, lo que no le impidió ordenar la demolición al día siguiente.

Muy entretenido, no exento de humor y a ratos ciertamente indignante, “Poder contra verdad” es el relato del progresivo abandono y posterior destrucción de uno de los iconos históricos de la ciudad. Porque nuestra ciudad, nuestra historia, no son sólo murallas e iglesias. La Fábrica de Harinas era vestigio de un pasado que para algunos no merecía la pena reivindicar. Un pasado obrero, claro. Criticado por “romper la armonía del lienzo amurallado” por muchos que luego defendieron el pegote de Moneo en la Plaza del Mercado Grande. El documental pone en evidencia cómo nuestros políticos locales llevan décadas escudándose en sus aplastantes mayorías absolutas para seguir creando el aséptico modelo de ciudad que dicta el partido, los constructores y los poderes económicos (que aquí son lo mismo). Para no escuchar, en definitiva, al que disiente, e incluso utilizar la venganza como en el caso de la Fábrica de Harinas. Patético también el relato de los miembros de Celtas Cortos, contando cómo un Concejal de Fiestas de Ávila, un don nadie, vaya, les amenazó (y lo cumplió) con impedir que volvieran a tocar allí en décadas por llevar una simple camiseta de la fábrica en su concierto de 1994. En definitiva, un acto de caciquismo y autoritarismo de los más sangrantes que se recuerdan por aquí. Pero, desgraciadamente, no el único.

Cambio de calendario

Hoy vengo con un dato que me parece curioso. Seguramente no descubra nada nuevo a muchos de los lectores de este blog pero creo que es algo que merece la pena mencionar como algo extraordinario. De hecho ha ocurrido una vez en nuestro país y fue por allá por el año 1582, un año que no gozó de todos sus días, como estamos acostumbrados, sino que de manera excepcional fue un año con 10 días menos en su calendario. Es, para más señas, el año en el que pasamos a regirnos por el calendario Gregoriano, al haberse detectado fallos en el Juliano, en vigor hasta entonces, pero, los abulenses, tenemos ese año en la memoria por ser, también, el año en que muere nuestra paisana más universal, Santa Teresa. De hecho, si alguien se para a leer la biografía de La Santa, verá, así hacia el final, que la fecha en que muere es el 4 de octubre de 1582 y, en muchos textos, se recoge que su entierro fue el 15 de octubre por coincidir esos días con la adopción del nuevo calendario Gregoriano. Que nadie piense que tuvieron a la buena de Santa Teresa guardada 10 días antes de darle sepultura, no fue eso, fue que en aquel año se pasó directamente del día 4 de octubre al 15 de octubre por orden del Papa Gregorio XIII. ¿Y eso, por qué? Vamos a ver…

Hasta aquel momento de la historia nos regíamos por el calendario Juliano que había puesto en funcionamiento Julio César en el año 46 a.C. y que basaba sus cálculos en el supuesto movimiento del sol alrededor de la tierra. Según dicho calendario el año tenía un total de 365,25 días. Por ese motivo se contemplaba ya la existencia de años bisiestos como los tenemos hoy en día. Por otro lado, con la Iglesia Católica ya en marcha, se celebró en el año 325 el Concilio de Nicea. En él se acordó que la Pascua cristiana debía celebrarse el primer domingo después de la primera luna llena que hubiera tras el equinocio de primavera en el hemisferio norte, por esta circunstancia es por la que se dieron cuenta del error ya que se descubrió que en 1582 equinocio de primavera fue el día 11 de marzo cuando, en realidad, en el 325, año del concilio, había sido el 21 de ese mismo mes. El Papa del aquel momento, reunió un equipo de expertos que estudiasen el caso llegando a la conclusión de que los cálculos en los que se basaba el calendario Juliano contenían un pequeño desfase entre el año Juliano y el año trópico. Si bien el primero indicaba que los años estaban constituidos por 365,25 días, descubrieron que la cifra correcta era un poquito inferior, 365,24 días. Esta diferencia no significaba mucho más que   11 minutos cada año pero esto, sumado año tras año, desde 325 a 1582, daba un total de 10 días que, se habían vivido, pero no computado. Es decir, había que adelantar el calendaro 10 días. 

El Papa Gregorio XIII, promulgó el uso de este calendario mediante la bula Inter Gravissimas y después, cada uno de los países fue adaptando sus fechas poco a poco. Si bien en algunos, los católicos, se hizo de golpe en aquel mismo año (España, Italia, Bélgica), en otros lugares se hizo algún año después (Holanda en 1583, Suiza en 1584…), hubo algunos lugares que no adoptaron este calendario hasta cien años después, Francia lo hizo en 1682, y otros que no lo han hecho hasta el año 1923 como, por ejemplo, Grecia.

Este hecho, nos lleva a la casualidad que comentaba al principio. En España se cambia el calendario de forma que del día 4 de octubre de 1582, día en que fallece Santa Teresa, se pasa directamente al 15 de octubre. De ahí que parezca que no se le da sepultura hasta 10 días después. De ahí que su festividad sea el 15 de octubre y no el 5. Un dato que me pareció curioso en su momento y que ha caído en mis manos por casualidad hace unos días, un dato que creo que es curioso conocer y que provocó más anécdotas históricas pero que no tienen que ver con Ávila. Como seguro que algunos las sabéis, os invito a compartirlas en los comentarios.

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ACTUALIZACIÓN: El caso de Shakespeare y Cervantes.
El asunto del cambio de calendario y de su paulatina adaptación según los países ha dado otros casos curiosos como bien comenta Iñaki en esta entrada. Uno de ellos es el de la coincidencia o no en la fecha de la muerte de Cervantes y Shakespeare. Como ya he contado, España se adapta al cambio de fechas en 1582 pero Inglaterra no lo hace hasta 170 años después, en 1752. La muerte de estos dos escritores se produce en en el año 1626, en pleno desfase de fechas entre los dos países. De esta forma, Cervantes fallece el 23 de abril de ese año según el calendario Gregoriano ya instaurado en nuestro país. En el caso del autor inglés, su muerte se produce el mismo día, el 23 de abril, pero según el calendario vigente en su país, el Juliano. Esa fecha, según el calendario Gregoriano, se corresponde con el 3 de mayo. Es decir, la diferencia de calendarios lleva a confusión pero en realidad la muerte de ambos escritores se produce con 10 días de diferencia. En la wikipedia fechan su muerte según ambos calendarios para que no haya dudas… 

¿Nos absolverá la Historia?

Acto de contrición: tengo que reconocer ante esta comunidad que mi némesis como licenciado en Historia -”historiador” me queda algo grande- son las preguntas amarillas del Trivial. Sí, las amarillas, las de Historia. La gente espera que, ya que no te ha servido para encontrar un trabajo decente, tu paso por las aulas te convierta al menos en un jugador temible de Trivial, amo y señor de los quesitos amarillos, infalible wikipedia de fechas, nombres, sucesos y anécdotas. Si la pregunta reza “¿En qué año fue la guerra ruso-japonesa por Manchuria?”, tus compañeros esperan que te meses la barba con aire intelectual, te retires la pipa tras exhalar una voluta perfectamente redonda y afirmes seguro: 1917. Sin despeinarte, sin dudar, con toneladas de sex appeal.

Soy malísimo para las fechas, los nombres, los datos concretos y las caras; pero eso no ha evitado que acabase la carrera con cierta holgura. La gente tiene un concepto equivocado de cómo se estudia ahora, o cómo se debería estudiar, la Historia en las Universidades. No, no me sé el nombre de todos los reyes godos; media docena como mucho y tengo que esforzarme para no mandar a Recaredo a hacer recados. No, no recuerdo la fecha de todas las batallas y batallitas de Napoleón, ni puedo recitarte en verso los acontecimientos acaecidos aquel brumario del año VIII (he mirado la fecha concreta en la wikipedia, no os creáis). Y no, no te puedo contar ninguna anécdota graciosa sobre Isabel II, Espartero o su caballo.

Ahora se estudian conceptos, flujos, métodos, etapas, épocas. Los grandes nombres y los grandes hechos siguen ahí, pero no son lo único, ni lo principal. A pesar de esto, es innegable que entre el gran público sigue teniendo más tirón la batalla de las Navas de Tolosa que el apasionante ir y venir de las comunidades de aldea. La gente busca hitos, personajes, fechas concretas en las que centrar su mirada.

Trasladando toda esta divagación veraniega, hija seguramente de alguna insolación, al abrupto terreno de la realidad más próxima: ¿cuáles son los nombres, las fechas y las personas que reflejarán los últimos 30 años de la ciudad? ¿Con qué asociaremos el crecimiento, el euro, la crisis, la burbuja? ¿Que hemos añadido en las últimas décadas a la Muralla, la Catedral, Santa Teresa, Tomás Luis de Victoria o Alonso de Madrigal?

Pensemos en edificios, en obras públicas, en infraestructuras. ¿La obra del Grande y el Palacio de Congresos? ¿La circunvalación? ¿El puente de las sanguijuelas? Quizá en esto la gran aportación de las últimas décadas sea esa ampliación inhóspita de la ciudad hacia todas partes. Con suerte, el edificio del Grande no sobrevivirá a nuestros hijos, pero las formas que ha tomado la ciudad han venido, por desgracia, para quedarse. ¿O se nos recordará por lo que no hemos hecho? El Prado, el AVE… ¿Qué pensarán los que vienen detrás ante, por ponerles un ejemplo de actualidad, lo que está sucediendo con el Convento de las Gordillas?

¿Y nombres? En política, con Adolfo Suárez cubrimos holgadamente el final del S. XX ¿y luego? Aznar pasó por aquí, Zapatero se casó en Sonsoles, Acebes quizá. ¿Y en las letras, las ciencias o las artes? ¿Y en los deportes? ¿Aportaremos nuestro granito de arena a las glorias patrias? ¿Sabremos sacar algo bueno de estos años de oscura crisis y decadencia económica? ¿Hemos dilapidado los talentos que nos dejaron nuestros abuelos o estamos tomando impulso?

¡Abulenses! ¡Abulensas! Ha llegado el momento de que nos pongamos en marcha. ¡Alzad vuestras miradas al horizonte! ¡Contemplad el camino recorrido y el que nos queda por recorrer! ¡Mirad los peajes que nos quedan por pagar y lo lejos que queda todo! ¡Pintad, cread, escribid, corred, jugad al fútbol en el Madrid, trepad en partidos políticos, cantad, descubrid algo, acostaos con algún torero, matad a algún dirigente de la oposición cubana! Vuestra tierra necesita vuestros logros, vuestras proezas, para seguir mirando orgullosa todas las etapas de su pasado. ¡Llevad nuestro escudo a los confines de la tierra! ¡Hay cientos de calles a las que poner nombres y miles de rotondas esperan yermas y anhelantes poder exhibir vuestras estatuas!

Y si os veis incapaces de hacer algo por lo que se os recuerde, al menos tened hijos para que ellos lo intenten.

Banda Sonora: Pablo Moro – El último día

Julianus, el primer funcionario de la Junta.

Estas cosas pasan mucho más de lo que ustedes seguramente piensan. Uno de los principales hitos del arte prehistórico se encuentra en una cueva localizada por un cazador mientras buscaba a su perro y, por si esto fuera poco, la primera persona que vio los ahora famosos bisontes de Altamira fue una niña de ocho años en un despiste de su padre. Si una línea de ferrocarril no hubiese cortado la sierra de Atapuerca por donde lo hizo, quizá hoy el Homo Antecessor no figurase en ningún libro de texto y Excalibur seguiría siendo únicamente la espada del Rey Arturo. Centenares de yacimientos han sido descubiertos arando el campo y los museos están llenos de piezas que han salido a la luz después de una inundación, haciendo una piscina o dando un paseo por el campo.

Y así fue, en el campo, confundido con la cabeza de una muñeca, de una patada, como apareció nuestro protagonista, al que han bautizado como “Julianus” en honor del hombre que se la propinó, un vecino de Bercial de Zapardiel llamado Julián.

Julianus

Hechas las presentaciones básicas – aquí Julianus, aquí unos amigos – se me ocurren varios temas a tratar.

El primero, que duda cabe, es la pieza en si. Nuestro invitado es una cabeza de terracota (arcilla cocida), hueca, de unos 12 centímetros y unos 600 gramos de peso. Según los arqueólogos que la han estudiado, teniendo en cuenta la peculiaridad y detalle de las facciones, es el retrato de un hombre real, de entre 60 y 75 años, quizá el patriarca de una familia asentada en la zona durante el S. I o II de nuestra era. Este tipo de esculturas, abundantes en la península, suelen relacionarse con entornos funerarios y con la necesidad de recordar y honrar a los difuntos. De ser así, es posible que Julianus fuese modelado a partir de una máscara mortuoria de cera.

“Es posible”, “quizá”, “tal vez”… sí, ya sé que eso no suena muy científico, pero la arqueología en ocasiones es así. Al ser fruto de un hallazgo casual, la patada de la que hablábamos antes, y no de una excavación arqueológica, la pieza está descontextualizada y la información que a ciencia cierta podemos obtener es tremendamente limitada. Se supone que Julianus tiene relación con un entorno o rito funerario porque otras piezas similares la tienen y se data en el S. I-II porque en la zona se han localizado abundantes materiales de la época: en el entorno de Bercial de Zapardiel se han localizado cinco posibles villas con una cronología que va desde el periodo altoimperial a época visigoda*. ¿Puede ser el esbozo de una escultura realizado por un niño aburrido a finales del S. III? Por poder, puede, pero es más probable lo otro.

Y con esto llegamos al segundo tema a tratar ¿es Julianus, como se dijo en la presentación a los medios**, el primer castellanoleonés al que ponemos cara? ¿El primer abulense que nos mira a los ojos desde el lejano S. II? Evidentemente no. Ni Julianus era abulense, ni era castellanoleonés; de la misma forma que no era funcionario de la Junta, votante del PP o socio del Real Ávila. Llamar “castellanoleonés”, o murciano, a un hombre que pudo vivir hace casi dos milenios es una aberración, un anacronismo, destinado únicamente a llamar la atención de los medios de comunicación y de sus consumidores. Lo mismo sucede cuando se dice que los restos de Atapuerca pertenecen a los primeros castellanoleoneses cejijuntos o se habla de un primate hominoideo localizado en un pueblo de Cataluña como del primer catalán, llevase barretina o no. O cuando, a la hora de definir un yacimiento este se compara con Roma, con Pompeya, con Altamira o Atapuerca. No existe la Roma de la Alcarria, como no existe la Pompeya del Bierzo. ¿Qué es lo que produce estos dislates? No hablo de un caso concreto – Julianus es solo un pretexto para hablar de la problemática arqueológica en general, que quede claro – y no responsabilizo únicamente a los responsables científicos de las excavaciones, víctimas, muchas veces, de la necesidad.

Y cuando hablo de necesidad, hablo principalmente de dinero. La arqueología es cara y solo es económicamente productiva en la medida que es explotable turística (puesta en valor, centro de interpretación, musealización, etc.) y publicitariamente.

Ya no vale con presentar el hallazgo a la comunidad científica para su debate e interpretación. Ahora es necesario que el descubrimiento salga en los medios, para hacer partícipe al ciudadano de él, lo cual es más que comprensible y necesario, pero también porque en muchos casos es la única forma de conseguir financiación para seguir investigando. La viabilidad de las investigaciones arqueológicas está más relacionada con el apoyo político que con la calidad o interés de la investigación. Esto hace que, por ejemplo, muchas actuaciones contemporicen la presentación pública de sus hallazgos para atraer la atención de los medios en sucesivas campañas. Si el verano de 2009 fue especialmente fructífero, presento algo y guardo en un cajón otro par de descubrimientos para poder presentarlos en 2010 y 2011 si esos años no encuentro nada de interés mediático.

En los casos más graves, la necesidad de dinero para continuar excavando lleva a falsear completamente la investigación, como presuntamente sucedió en el yacimiento de Iruña-Veleia. Les resumo, por si no están al tanto. Iruña-Veleia, en la localidad alavesa de Iruña de Oca, antiguo oppidum caristio, es el yacimiento arqueológico romano más importante del Pais Vasco pero, si les suena el nombre, posiblemente no tenga que ver con su significado histórico. La aparición en las campañas de excavacion de 2005 y 2006 de lo que se denominó en su momento “grafitos excepcionales” abrió una triste polémica que acabó con la demostración de su falsedad y el paso por los tribunales de los responsables de la excavación. Es imposible resumir en unas pocas líneas todo lo escrito al respecto, la emoción inicial de los expertos cercanos al equipo por lo revolucionario de los hallazgos, el escepticismo que encontró cobijo en los foros de internet, las sospechas de fraude, la investigación, etc. Aunque hay opiniones para todos los gustos y no todo el mundo está satisfecho con las conclusiones de la comunidad científica, el fraude es evidente. Ya sean o no los directores de la excavación los responsables directos del fraude, la exposición pública de los hallazgos, la búsqueda de impacto mediático y la politización del asunto; convierten a Iruña-Veleia en un caso palmario de ciencia patológica.

El tercer y último aspecto que podemos tratar a raíz de la aparición de Julianus es la conciencia social en torno al patrimonio y la arqueología y la imagen deformada que de ella dan los medios. Por fortuna, ya han pasado los tiempos que retrató Delibes en El Tesoro. Ya no se apedrea a los arqueólogos por ir a los pueblos a “robarles” los tesoros y, en general, la presencia de restos arqueológicos es motivo de orgullo para pueblos y ciudades. A pesar de esto, existen otros riesgos. Si leen las declaraciones del pastor que ha localizado la cabeza de terracota se pueden hacer una idea de por donde van los tiros.

“Cuenta Julián que esta zona es muy rica en material arqueológico y que no es la primera vez que encuentra algo. Anteriormente, «ya había visto antes monedas y una vez un hacha «, ha manifestado este pastor a Diario de Ávila que también ha expresado que «esto de la arqueología es la fiebre del pueblo, como la fiebre del oro en el oeste americano». Así que, siempre va mirando al suelo para cerciorarse de que no se deja ningún tesoro histórico atrás

Una cabeza de terracota no es un tesoro, es una pieza arqueológica, exactamente igual que lo son un cacho de cerámica por bonito que sea, un hueso, un clavo oxidado y una placa de bronce; y fuera de su entorno, descontextualizadas, tienen menos valor científico. Los periodistas no deberían contribuir a esta “fiebre del oro” arqueológica llamando a cualquier cosa tesoro. Tener en casa una colección de restos romanos no es tener un tesoro, es tener un montón de trastos sin valor económico cogiendo polvo y es privar a los científicos de indicios vitales para reconstruir la historia de la comunidad. Respecto a los hallazgos casuales la ley es muy clara: todos los restos materiales con valor histórico son “dominio público”, se localicen como se localicen, y han de ser entregado a la administración*** que puede premiar al descubridor con la mitad del valor del objeto una vez tasado. Valor que, normalmente, es nulo o casi nulo. Nadie se va a hacer rico llevando al Museo Provincial una tonelada de cacharros rotos por muy antiguos que sean e ir haciendo agujeros por el campo para buscar cosas no es un hallazgo casual, es ilegal y acarrea sanciones.

Y hablando del Museo Provincial, y ya para terminar, la exposición de Julianus es una oportunidad excelente para que todos ustedes vayan a visitarlo o revisitarlo. Nos vemos allí.

PS.- La fotografía que acompaña al texto procede de la nota de prensa difundida por la JCyL y el autor de la misma es Francisco Fabián,  arqueólogo territorial de la Junta en Ávila.

* Los arqueólogos responsables de la investigación y presentación afirman que la pieza data de finales del S. I o principios del S.II, lo que la convertiría en el retrato más antiguo de la comunidad autónoma, por delante de una pieza de finales del S. II de la provincia de Palencia. Como digo en el texto, esa zona del Valle del Zapardiel es rica en yacimientos arqueológicos datados desde época altoimperial a visigoda. En La Guirala, punto del que presumiblemente procede Julianus, han aparecido materiales fácilmente datables, entre ellos tres dupondios de Antonino Pío (S. II), Gordiano (S.III) y Constantino (S.IV). Tengo que reconocer que, sin más detalles, no sé qué es lo que lleva a los investigadores a datar la pieza a finales del S. I.

** A pesar de que la pieza fue presentada oficialmente ayer y a que algunos medios hablan de que su hallazgo se produjo hace “algunos meses”, la primera vez que se habló de la pieza fue en Santiago de Compostela en julio de 2011, en un Congreso sobre escultura romana en Hispania. De igual forma, a finales de ese año, un artículo científico daba cuenta de la misma.

*** La Ley establece unos plazos muy precisos al respecto, pero, normalmente, si se actúa de buena fe, no se tienen muy en cuenta. Prima más el agradecimiento al localizador por la entrega e información del descubrimiento que los asuntos legales.

Colón nació en Ávila

Me va a permitir mi buen compatriota @albertomdp que me meta en su parcela. No soy licenciado en Historia, ni DEA en Prehistoria, HªAntigua y Arqueología pero sí un abulense por el mundo y ahora mismo estamos construyendo patria. Haciendo historia. Iluminados por el verraco.

Carpetovettonia Soberana

Tras un análisis pormenorizado en el Museo de Ávila, la cantina de Braulio y el Castro de la Mesa de Miranda y siendo erigido en todología por la Universidad de Vidal-Don-Caesar y legitimado por infinitas partidas de Civilization puedo proclamar al mundo que el señor Colón llamose en su inicio Don Cristóbal de Castro y Verraco y que su afamada efigie allá por las tierras del país pequeñito en la esquina junto al mar no señala al océano sino que apunta a Ávila, su tierra real, su patria indubitable. Solo la mala idea de facciosos apátridas austriacistas hicieron que señalara hacia el lado contrario propiciando la innegable contradicción de que sí, apunta al mar, pero al Mediterráneo. He ahí la trampa de la historia inventada.

Según se puede comprobar ya en la página web Carpetovettonia Tours nuestra ciudad, provincia e imperio reivindica desde ya la memoria del marinero abulense, jurador en Guisando, el Almirante Cristóbal Colón.

Sólo desde una tradición ciertamente verraca, como la de la casa real carpetovettona, exploradora y conquistadora aunque sea con un solo huevo, se puede imaginar la tecnología y los conocimientos necesarios como para iniciar un viaje por el Atlántico en 1492.

Cristóbal Colón era abulense, de La Toledana, miembro de la familia real que llevó a la nación carpetovettona a su expansión planetaria. Es en aquella época esplendorosa que nace la concepción de la nación carpetovettona como una unidad territorial y verraca, entre países hermanos y de igual a igual, que reúne los territorios de Ávila, Salamanca, Segovia, Toledo, Cáceres y el País Madrileño (Es Castilla).

Sólo la constante voluntad de aniquilar la memoria histórica carpetovettona por parte de los centralistas de Madrit explica la tergiversación de la nacionalidad de Cristóbal de Castro y Verraco haciendo creer que era Genovés.

En nuestra ruta conmemorativa podremos descubrir la Basílica de San Vicente, construida por el pueblo y para el pueblo. Pasearemos por las calles, murallas y palacios alrededor de la antigua judería, y visitaremos la Catedral de Avila, museos medievales y comercios repletos de simpatía.

Entraremos en el archivo de la Corona Carpetovettona, desde las plazas que fueron residencia de reyes, emperadores y verracos. Y conoceremos las calles gremiales más entrañables de la Avila medieval.

Para finalizar comeremos en una casa de época, con unos platos exquisitos y contemporáneos y llenos de pimentón. Si es preciso echaremos unos dardos.

¡Por Cristobal de Castro y Verraco! ¡Guimansan! 

Pd: Se ruega al ayuntamiento de Ávila que exprese en pleno extraordinario su malestar y profunda enemistad con la irredenta localidad de Ibiza, falsaria de la historia y provocadora ante nuestra milenia memoria.

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