La vieja portada de la Fortior Abulensis

avila-ical

Cuando nos acercamos a un monumento -catedral, iglesia, palacio, muralla o actriz de Hollywood-, solemos interpretar lo que vemos como un todo cerrado. Es decir, en un primer vistazo acostumbramos a leer el bien como si todas sus partes fuesen contemporáneas, como si desde que se pone el primer ladrillo hasta que se coloca la última teja no hubiese pasado un tiempo excesivo y todo respondiese al proyecto original. Si una iglesia tiene dos torres, es porque el tipo que la diseñó lo hizo con esas dos torres. Si miramos con más detenimiento es posible que empecemos a ver otras cosas: cambios de estilos, de materiales, de formas. Al final nos damos cuenta de que esa capilla no pega ni con cola con el resto, que ese es el único cubo cuadrado entre los cincuenta redondos que tiene la muralla, que toda la piedra es gris menos la de esa pared o que esa actriz ha ganado tres tallas de sujetador en los últimos dos meses, justo después de dejar a su hasta entonces marido.

Muchos de nuestros monumentos -y muchas de las actrices de Hollywood- son el resultado del trabajo de muchas personas, que acometieron proyectos distintos, a lo largo un periodo normalmente enorme de tiempo. Obras que muchas veces destruían lo que otros habían levantado antes de ellos. Y nuestras generaciones tampoco son ajenas a este hecho: restauraciones, rehabilitaciones, limpiezas, etc. Piensen por ejemplo en la muralla. Nadie la ha visto nunca como nosotros la vemos ahora. Ya, me dirán: los edificios de la calle San Segundo, las almenas que se han ido reponiendo, etc. Sí y no. Esa es nuestra intervención en el monumento, pero antes de eso el monumento ya había cambiado muchas veces: el alcázar, la alhóndiga, los recrecimientos de los muros, las restauraciones del XIX, la reconstrucción del lienzo del Rastro, el relleno del foso, la construcción y destrucción de baluartes, el pozo de nieve, la puerta de la catedral, etc. Si los famosos Casandro y Florín de Pituenga, arquitectos míticos de la muralla, hubiesen existido, ni siquiera ellos habrían visto la muralla tal y como supuestamente la planificaron. Por no hablar solo de nosotros, piensen en otros monumentos. La Catedral de León se parece poco a la que llegó hasta el S. XVIII y esta no se parecía mucho a la que salió del XV, que tampoco era la que se empezó a construir. La de Santiago: preciosa, pero el Maestro Mateo, autor de su famosa portada, no la reconocería. ¿Y la de Ávila? Pues más o menos. Piensen que hablamos de edificios que han tardado siglos en culminarse y que después han estado otros cuantos en uso. Imagine lo que podía ser eso si la vez que usted alicató el baño cambió tres veces en dos semanas el diseño de los azulejos.

El pasado jueves los medios de la ciudad llevaban a sus páginas el descubrimiento de la fachada original de la Catedral de Ávila, o, poniéndonos puntillosos, el descubrimiento tras su actual fachada de restos de la fachada original en el lugar que ocuparon: un bonito lienzo almenado pintado de blanco roto con unas rayitas rojas a mano alzada para simular los sillares. Una ricura. El hallazgo confirma que debemos congratularnos de que los edificios de la antigüedad hayan perdido los colores chillones que los adornaban y nos ayuda a imaginar cómo era nuestra catedral durante sus primeros siglos de existencia. Porque, como ya les he dicho, la Seo que hoy vemos es el fruto de muchos proyectos superpuestos, de grandes y pequeñas obras, de ejemplos del ingenio de los hombres y, también, de chapuzas y apaños para salir del paso. Más o menos como cualquier obra pública hoy en día. Antes también había sobrecostes, alcaldes iluminados, calatravas, modificados de obra, manantiales justo dónde van los cimientos y cálculos mal hechos descubiertos cuando ya tienen difícil solución.

Sería largo hablar sobre todo esto, desde Fruchel hasta las lámparas aquellas que colgó uno de los últimos obispos, así que vamos a centrarnos solo en la fachada oeste, que es lo que está de actualidad. Dos anotaciones previas. En primer lugar el tradicional aviso: he resumido, pero no mucho. En segundo lugar: el proceso constructivo de la Catedral y las manos que en él intervinieron no es algo conocido al 100%. Evidentemente, lo que yo escriba a continuación es solo una de las posibilidades, la que a mi me parece a día de hoy más redonda.

La catedral se empieza a construir a finales del S. XII, en algún momento del último terció seguramente ¿Sobre otra anterior? Eso parece, pero esto da para otro artículo. El primer maestro de obras es un francés llamado Fruchel. En su proyecto estaría tal vez una iglesia de tres naves con un crucero de tres naves y un ábside enorme con siete capillas, el cimorro. Cuando muere en 1192 debía estar levantado el ábside -aunque posiblemente ya no fuese el del proyecto original-, el muro perimetral que cerraba el edificio, pero no a una gran altura, y la base de las torres. Quizá estuviese también cubierto el presbiterio –las bóvedas sexpartitas sobre el altar, igual las primeras de este tipo que se veían en Castilla- aunque estas no casan bien con los muros sobre los que apoyan. O cambió de idea sobre la marcha -arcos apuntados ¡ideaca!- o fueron los demás los que cambiaron una vez muerto -el Fruchel era un carca con sus arcos de medio punto.

¿Y la puerta? Pues no se sabe muy bien en qué momento se levantó, pero tenemos claro que a principios del XIV estaba. Un papel nos habla de ella –puerta de las ymagenes– en 1303 ¿Y cómo era? Pues como dicen que una imagen vale más que mil palabras, he estado jugando con el Photoshop.

catedralneo2

Sí, no es el mejor montaje que han visto en su vida, pero es funcional, que es lo importante. Es una visión aproximada de cómo sería la primera portada de la catedral. Las dos torres son las de nuestra seo, mientras que la parte inferior de la portada es la de la catedral de Évora y el rosetón superior de la de Lisboa, ambas contemporáneas de la abulense. Lo que vemos es una estructura muy parecida a la de la Basílica de San Vicente, con la portada retrasada entre las dos torres y protegida bajo un arco. El remate de este arco, pintado todo él seguramente en blanco roto, un color muy de moda en la Edad Media y en los trajes de novia de la actualidad, sería el lienzo almenado que se ha descubierto esta semana. He decidido no colorearlo en la vista porque me quedaba regular, así que está en gris. Usen su imaginación para darle un toque de color.

En 1459, el Cabildo encarga a Juan Guas, uno de los arquitectos TOP del momento, cambiar la portada. Las modas, ya se sabe. El proyecto es trasladar la portada de los apóstoles al lado norte -donde está ahora- y construir una nueva portada en su lugar. Esta, en vez de estar en una posición retrasada respecto a las torres, se adelanta hasta dejarla a ras con estas. ¿Y todo esto pa’qué? Para ganar unos cuantos metros en el interior, como cuando usted quitó el vidé del baño y la bañera para poner un jacuzzi. Se lo pongo en un plano esquemático.

portadaoesteesquema

Al adelantar la portada, el viejo arco con su lienzo almenado que se acaba de redescubrir se rellenó -de una manera un tanto chapucera como se ve en las fotos- para apoyar sobre él la vidrieras que ahora se ven sobre la portada y sostener después la fachada que habría de sustuir a la de Guas. Sí, la obra de Guas no tuvo tampoco una vida muy larga: al enrasarla con las torres, quedaba desprotegida de lluvia, viento, nieve, frío, vándalos y alcaldes del PP. En 1779, el Cabildo encarga a Ceferino Enríquez de la Serna una nueva portada porque la de Guas se caía a cachos. Esta portada, la actual, se levantó en la misma posición que tenía la de Guas, respetaría en buena parte el trazado -seguramente sin la maestría de su predecesor y de aquella manera- y está hecha en el mismo material que la de Guas, a pesar de que era evidente que a aquella piedra no le sentaba bien el clima de Ávila y había sido un error su uso. La de Guas aguantó unos 300 años, esta algo menos. Es poco si se compara con otras portadas, pero todo un record si se piensa en las primeras losas que se pusieron en El Grande tras la construcción del aparcamiento subterráneo.

Por último, habíamos dejado la portada de los Apóstoles desmontada. Guas la trasladó al lado norte, pero el hueco elegido era más pequeño que el que ocupaba al oeste, por lo que tuvo que “comprimirla”. Nadie sabe exactamente cómo era y hay hipótesis para todos los gustos, así que tirando de nuevo de Photoshop, me aventuró a “reconstruirla”: todos los apóstoles juntos -otra opción es que los dos que ahora están sobre las paredes exteriores se encontrasen, desplazados sobre sus hermanos, pero mirando al frente-, una arquivolta más para que cada apostol tenga una, una línea más de esculturas en el tímpano -porque no me cuadraba la imagen de otra forma- y parteluz. He puesto el de la portada del Sarmental de la catedral de León, pero Gómez Moreno afirma que el parteluz estaba ocupado originalmente por el cristo que ahora se encuentra en la cornisa sobre la fachada. Hagan un esfuerzo -a mi el Photoshop no me daba para más- e imaginen esta portada en la reconstrucción de la fachada oeste que está más arriba. Si quieren ser más conservadores y creen que me he flipado, imagínenla sin la arquivolta extra. Y pongan colores.

ApostolesNEO

Y hasta aquí la lección de historia -y de cómo no usar el Photoshop- de hoy.

Una santa que no fue LA Santa

El siglo XVI fue una época de efervescencia social, política, cultural y religiosa en la corona de Castilla. Hasta aquí nada que no sepan y que no se les haya repetido cientos de veces desde que fueron ustedes a la escuela. Que si los comuneros, que si la inquisición, el Lazarillo, el Renacimiento, Santa Teresa, el Concilio de Trento, Carlos V, Felipe II, etc. Todo de sobra conocido, estudiado y en su mayor parte olvidado, como el número de teléfono de su madre, la cantidad exacta de agua que hay que echar al arroz, o la razón por la que votó al PP hace cuatro años.

En Europa las cosas no eran muy distintas, con Lutero y Calvino dándolo todo con sus reformas religiosas, los tercios de aquí para allá, Francia perdiendo guerras según su costumbre, Enrique VIII decapitando mujeres, la Armada Invencible y tal. Si tienen alguna duda pregunte a Siri, que seguro que les puede dar el teléfono de su madre (de la de ustedes) y algunos datos sobre la época.

Y en Ávila la situación era más o menos la misma. Aquí también tuvimos comuneros, Inquisición, Renacimiento y movimientos religiosos como si no hubiese mañana. Bueno, para algunos de los primeros y por algunos afectados por lo segundo es cierto que no hubo un mañana. Aprovechando que todavía huele a incienso por las calles de la ciudad después del fin de semana que hemos vivido y que nuestro espíritu aún está henchido de santidad, vamos a dar un rápido garbeo por un aspecto curioso de la religiosidad de aquella época en nuestro terruño.

Si algo peculiar hay en la efervescencia religiosa castellana y abulense del S. XVI es el papel de las mujeres. Desde mediados del XV, en Castilla emerge un movimiento asceta y espiritual netamente femenino que durante el XVI sitúa a muchas mujeres en el centro de la religiosidad de las ciudades y villas con distintos papeles: recuperación o invención del culto a determinadas santas, reformadoras, beatas, guías, etc. Ávila no era ajena a nada de esto. El clima religioso en la ciudad durante el siglo XVI estuvo caracterizado por la renovación, la experimentación, la búsqueda de nuevos caminos y la llegada de nuevas ideas que se unían y mezclaban con las surgidas en la propia ciudad. Y también en nuestra ciudad las mujeres jugaban un papel central en esta nueva religiosidad.

¿Otra vez toca hablar de Santa Teresa? No, tranquilo abrumado lector. No vamos a volver a contarle lo de aquella vez que Teresa y su hermano se fueron a tierra de moros enfadados porque este blog aún no existía y fueron encontrados por su tío en Los Cuatro Postes justo cuando iban a poner una pancarta reclamando nuestro nacimiento. Vamos a hablar de una contemporánea de Teresa de Ahumada que gozó en vida de un reconocimiento mayor que la carmelita: la beata Mari Díaz, una persona central en la religiosidad abulense de mediados del XVI. Nacida en Vita a principios de la década de 1490 en el seno de una familia de agricultores acomodados, se traslada a la capital en torno al año 1530, una vez muertos sus padres y después de esquivar el matrimonio que estos habían acordado para ella. Sobre este particular, las versiones son varias, como en toda vida de santos. Los más dicen que el matrimonio llegó a producirse pero que nunca cohabitaron -es decir, que la noche de bodas y las siguientes no fueron excesivamente movidas- y que al poco de casarse, el joven mancebo huyó y nunca más se le volvió a ver. Unos dicen que fue Dios quien, sabiendo los deseos de Mari Díaz de servirle, hizo huir al joven; otros, que el chaval, ante la devoción de su joven esposa, decidió abandonarla.

Sea como fuere, lo cierto es que la “virgen penitente de Ávila”, como la llamaba San Pedro de Alcántara, vendió las posesiones que había heredado de sus padres, dió en limosna la mayor parte de lo ganado y tras escuchar una voz que le dijo que dejase a los suyos, se mudó a la ciudad de Ávila, al barrio de Las Vacas, para escuchar sermones y servir a Dios. Este fenómeno de las beatas -mujeres solas que se retiran y se dedican por su cuenta y riesgo a la vida espiritual- estaba bastante extendido en la época y en Ávila se cuentan varias, como María de Henao, Juana Gutiérrez, una tal Inés que vive cerca de Santo Tomás, etc. En el barrio de las vacas vive año y medio, rezando y criando algunas gallinas, ganándose fama en el vecindario de mujer extraordinariamente devota. Tras caer enferma, fue acogida en las casas de varios personajes principales de la ciudad -práctica también bastante extendida esta- entre las que se citan las de Juan de Santiago en la Calle Santo Domingo y la de Guiomar de Ulloa. En esta época entra en contacto con los jesuitas, recientemente establecidos en la ciudad tras la fundación en 1553 de San Gil, con buena parte de la aristocracia de la ciudad y en torno a Guiomar de Ulloa con las figuras claves de la religiosidad abulense de la época, entre las que están Teresa de Ahumada, Gaspar Daza, Julián de Ávila, Pedro de Alcantara, María de Ávila, Ana Wasteels, los recien llegados jesuitas, etc.

En 1564 el obispo de Ávila, Alvaro de Mendoza, concede permiso a Mari Díaz para instalarse en una tribuna en el Iglesia de San Millán, frente al altar mayor, donde vivió cual eremita los últimos años de su vida, rezando la mayor parte del tiempo, alimentándose con una sola comida al día, vistiendo harapos y durmiendo en el suelo usando una piedra como almohada. Estos fueron los años de mayor protagonismo de nuestra beata. Atraídos por su fama de santidad, decenas de personas de la ciudad y de los alrededores se acercaban cada día a la iglesia para pedirle consuelo, para que intercediese por ellos en sus oraciones o pedirle consejo. A sus rezos se atribuyen varias sanaciones y embarazos de parejas infértiles. También se le anotan milagros de otras clases y profecías varias, como el fin de la Rebelión de las Alpujarras. Además, su fama y ascendiente sobre la sociedad abulense le permitía actuar como mediadora en conflictos de todo tipo

Mari Díaz cayó enferma en noviembre de 1572 y murió pocos días después. Al conocerse en la ciudad la noticia de su enfermedad cientos de personas acudieron a verla para recibir su última bendición. Tras su muerte, todas las campanas de la ciudad doblaron, numerosos prohombres se ofrecieron a correr con los gastos del entierro y todas las cofradías y parroquias se disputaron oficiar el sepelio. Finalmente, fue el Cabildo el que corrió con los gastos del funeral celebrado en la Catedral y del entierro de su cadáver en San Millán. Todos estos actos fueron seguidos por una enorme masa de fieles, lo que obligó a que su cadáver fuera protegido y vigilado en todo momento.

La fama de santidad de Mari Díaz se prolongó durante décadas atrayendo a su tumba a cientos de abulenses y foráneos, hasta que poco a poco su recuerdo se fue apagando a la sombra de focos mucho más potentes.

De Iván el Terrible a Teresa de Cepeda (3 de 3)

(Primera parte)

(Segunda parte)

La tercera y ultima parte de la exposición está dedicada a nuestro país, aunque como se habrán dado cuenta, venimos hablando de España casi desde el principio de la visita. El siglo XVI es el gran siglo de España, aunque no lo sea de muchos españoles. El mapa que sirve de introducción a este capítulo es del año 1570, publicado en Amberés por Abraham Ortelius y editado por Aegidius Coppenius Diesth, cartografo de su católica majestad, Felipe II.

Muchas de las cosas que suceden durante este siglo les sonarán y no necesariamente a las clases de historia. Tras unos años de crisis durante las primeras décadas del S. XVI, España y Castilla viven décadas de expansión. Pero, todo aquello no dura mucho. Los años de bonanza se desaprovechan o, incluso, alimentan la posterior caída. El crecimiento económico tenía bases terriblemente endebles. La expansión demográfica -la población española crece casi de un 40% a lo largo de todo el siglo- no se ve acompañado de un incremento de la producción agrícola. Los precios agrícolas se disparan, y los metales americanos contribuyen a que la inflación se desboque. Se calcula que en apenas un siglo los precios se sextuplicaron. La economía española pierde competitividad, la población se empobrece y el Estado aumenta los impuestos para poder mantener un ejército desproporcionado que, además, se nutre de la mano de obra que podría haber cultivado los campos.

En resumen, un desastre que se prolongó casi un siglo y que dio lugar a una larga decadencia política y económica.

Cualquier comentario que se haga sobre la España, o la Castilla, del S. XVI ha de pasar ineludiblemente por el movimiento comunero. Y si se habla de los comuneros, esta es, sin duda, la pieza más conocida referida al citado suceso “La ejecución de los comuneros de Castilla”, obra del alicantino Antonio Gisbert. La obra se pinta en 1860, en un momento en el que florece no solo la pintura histórica, sino también en el que vuelve a ponerse de actualidad el mito del movimiento comunero. Todas las ideologías dominantes o con pretensiones han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico. Y lo mismo sucedía con su interpretación por parte de los historiadores. Bravo, Padilla, Maldonado y compañía tan pronto eran unos revolucionarios, adalides del liberalismo, la democracia y de las libertades del pueblo, como furibundos reaccionarios, conservadores a capa y espada o defensores del feudalismo. Todo el mundo sabe que de ser nuestros contemporáneos, se montarían un blog llamado “Los 3 Comuneros”

¿Cómo se organizaba el movimiento en las ciudades? Lo más habitual era que una vez depuesto el representante de la corona, la dirección de la ciudad recayera en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

Un rollo muy los de abajo contra los de arriba, la casta, confluencias transversales, la gente y tal. Lo que no dejan claro las fuentes es si había por allí mucha gente con coleta organizándose en redondeles o círculos de esos.

La segunda pieza de esta sección de nuestra exposición es “El martirio de San Mauricio y la Legión Tebana”, obra del Greco, por encargo de Felipe II para el Monasterio del Escorial. La obra, que es el fruto de casi tres años de trabajo, fue entregada por el propio pintor a finales de 1582. Esta pieza estaba pensada para decorar una de las capillas laterales de la Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

San Mauricio, su historia y martirio reunía varias cualidades que lo hacían atractivo para el momento político e histórico. Cuenta la leyenda que Mauricio, en el S. III era el comandante de la Legión Tebana, una unidad militar romana formada por soldados cristianos de la ciudad egipcia de Tebas. Llamados por el emperador a combatir en la Galia, serían torturados y martirizados, a pesar de su buen comportamiento en el campo de batalla, o bien por negarse a perseguir a los cristianos de la zona o bien por negarse a participar en rituales paganos. En el cuadro, vemos en primer término a San Mauricio y a otros oficiales discutiendo si acatan o no las órdenes de sus superiores. Al fondo, el martirio tras seguir fieles a sus creencias. Los colores, la composición y las figuras son las típicas del Greco. Figuras alargadas, formas inspiradas en Miguel Angel, colores de la escuela veneciana.

San Mauricio era, y es, el patrono de la orden del Toisón de Oro, de la cual era cabeza Felipe II y además es uno de los santos patronos de la lucha contra la herejía, una de las actividades favoritas de Felipe II. A pesar de eso, el cuadro no convence a Felipe II, que le compra la obra pero no vuelve a encargarle nada. No está muy claro qué es exactamente lo que le disgusta. Algunos señalan que es la composición, que Felipe II quería el martirio en primer plano. Otros dicen que en general la pintura de El Greco no era del gusto del monarca. Otros señalan que a Felipe II no le convenció que los protagonistas del cuadro vistieran a la manera del XVI aunque el Greco lo había hecho a propósito para relacionar a San Mauricio con su época, el paganismo y la herejía, al santo y a Felipe II.

Y cómo esta exposición se titulaba de “Iván el Terrible a Teresa de Cepeda” y hemos empezado con el zar de Rusia, tenemos que terminar con Teresa.

Tenemos aquí la edición príncipe de “La perfecta casada”, de Fray Luis de León, publicada en Salamanca, en 1583, en casa de Juan Fernández. Este ejemplar se conserva en la Biblioteca Nacional. Por desgracia, no conservamos ninguna copia manuscrita de este libro, perdidas seguramente en el incendio que asoló la biblioteca de los agustinos de Salamanca en el año 1774. Es un librito muy corto, esta edición tiene 77 páginas, que Fray Luis de León dedica a su prima María Varela Osorio, donde describe lo que para él es una esposa ejemplar, los deberes y atributos de la mujer casada en las relaciones de familia, las tareas cotidianas y Dios.

Todos sabemos quién era Fray Luis de León, un intelectual, un humanista, un admirador de la obra de Santa Teresa y su primer editor. Pues bien ¿Qué opina Fray Luis sobre las esposas? ¿Cómo ha de ser la mujer perfecta? Leo algunos extractos.

“Puesto que Dios no dotó a las mujeres ni del ingenio que piden los negocios mayores ni de las fuerzas a que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para la casa y los hijos”

“Es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quien les conviene encubrir su poco sabe, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben, porque en todas es, no solo virtud agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco”

“A la mujer buena y honesta no la hizo la naturaleza para el estudio ni para los negocios de dificultades, sino para un oficio simple y doméstico, así les limito el entender y por consiguiente les tasó las palabras y las razones”

“Y no piense que las crió Dios y las dio al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que la consuelen y alegren. Para que en ella el marido cansado y enojado encuentre descanso y los hijos amor y la familia piedad.”

Como diría el presidente del gobierno, Fin de la cita. Hablamos al principio de que para poder valorar en su justa medida a un personaje es importante conocer su época el contexto político, económico y social. Hemos visto cómo el mundo del XVI es cada vez más global, como se acentúa el poder central de los estados. Hemos hablado del impacto de la conquista de América, de la reforma protestante y de la contrarreforma, de las guerras de religión, de la situación política, económica y social de España. Muchas de estas cosas influyen directamente sobre Teresa y su entorno familial y social. Al hablar de Santa Teresa, además de todo esto, no tenemos que olvidar que estamos hablando de una mujer del S. XVI, una época en la que a pesar de determinados avances, la mujer tenía dos únicas salidas en la vida: el matrimonio y el convento. Para muchas mujeres, el convento era el lugar dónde refugiarse cuando huían del matrimonio, de ese destino que describe Fray Luis de León. Teresa relata en sus libros algunos episodios sobre este particular, por ejemplo la historia de Casilda Manrique de Lara. O el caso de Catalina Godinez, que intenta afearse la cara quemándose al sol para que sus pretendientes la repudien. Teresa incluso llega a decir a las demás monjas “Mirad de qué sujección os habéis librado, hermanas” al hablar sobre el matrimonio. Muchas de estas historias, de estos pasajes, fueron incluso censurados por los primeros editores de las obras, o por la propia Teresa, temerosa de lo que sus palabras podrían suponerle. Bastante líos tenía ya.

Teresa sabía leer y escribir, era una persona inteligente, una persona capaz, valiente, sagaz… y además era mujer, lo que en la época, no lo olvidemos, era una dificultad añadida.

 

Y hasta aquí la visita a nuestra exposición. Espero que les haya gustado, pasen antes de marcharse por la tienda de recuerdos y disfruten del Centenario.

 

De Iván el Terrible a Teresa de Cepeda y Ahumada (2 de 3)

(Primera parte)

El segundo bloque de la exposición está dedicado a Europa. Bueno, a Europa y sus colonias. Esta es Europa en 1597, pintada por el artista, grabador y cartógrafo flamenco Joost de Hondt. Como decíamos ayer, para nosotros, europeos de pro, supone un esfuerzo hablar de la historia del mundo sin caer en una visión eurocéntrica. ¿Existió acaso el mundo antes del BCE? ¿No es la historia de la humanidad una evolución dirigida hacia el Euro? ¿No es acaso la Europa mitológica una remedo de Angela Merkel?

Ahora bien, hablar del S. XVI desde España y no caer en una visión hispanocéntrica es aún más complicado. La historia del S. XVI europeo casi puede ser resumida como la crónica de la política exterior de la monarquía hispana. En todos los saraos del siglo estaban inmiscuidos, por suerte o por desgracia, los representantes de la monarquía española. España era la gran potencia de la época, un imperio donde no se ponía el sol, posesiones en todos los continentes, The Special One. Y además, la espada de la religión, los defensores de la cristiandad y de Roma durante todo el siglo. La gente bajita, morena, con bigote, pica y arcabuz aparecía en las pesadillas de medio continente.

Son muchas las cosas que suceden a lo largo de este siglo y muchas las piezas que tenemos en nuestra exposición -no hemos reparado en gastos-, pero por su importancia, interés o porque son las que más me gustan, hemos seleccionado cuatro de ellas.

Primero, y como enlace con el anterior capítulo dedicado al mundo, el viaje de Magallanes y Elcano. Si hablamos antes de cómo el siglo XVI ensancha el mundo, de la época de los descubrimientos, sin duda la gran aventura, la gran gesta del siglo, es el viaje que circunnavegó por primera vez el planeta. La primera vuelta al mundo, protagonizada por Magallanes, marinero experimentado nacido en algún punto del norte de Portugal, y Elcano, vasco, contramaestre de una de las naves al inicio de la expedición, capitán de la expedición tras la muerte de Magallanes. Lo de Colón no estuvo mal, pero al lado del viaje de Magallanes y Elcano no pasa de ser un fin de semana en el Burguillo.

El 10 de agosto de 1519 cinco naos con 243 tripulantes partieron de Sevilla a las órdenes de Fernando de Magallanes hacia las Molucas (Indonesia). El objetivo era encontrar un paso, al sur del continente americano, para abrir una ruta de las especias. Tras tres años de aventuras y desventuras, sobre todo de estas últimas, tras atravesar tres océanos, la única nave superviviente, la Victoria, emprende el regreso por el Índico capitaneada por Elcano -Magallanes había muerto en una trifulca con los indígenas en Filipinas- hasta arribar el 8 de septiembre de 1522 a Sevilla con solo 18 hombres. De 243 tripulantes a 18. Ni UPyD tras las andaluzas.

Para hablar de esta aventura, tenemos una copia de la carta que Juan Sebastián Elcano remite a Carlos I desde Sanlucar de Barrameda para anunciarle que han logrado dar la vuelta al mundo. Como digo es una copia, del texto y posiblemente también de la caligrafía de Elcano. Desconocemos el paradero de la misiva original, de la que hasta ahora solo teníamos las copias remitidas por Carlos V a varios puntos de Italia. El documento ha sido adquirido recientemente por el Estado y llega a nuestra exposición desde el Archivo de Indias de Sevilla. Y si tienen tiempo y curiosidad, les recomiendo que se lean el relato del viaje de uno de los embarcados, el italiano Antonio Pigafetta.

Y de nada serviría descubrir si luego aquellas tierras descubiertas no se conquistasen. Sería como ir al Ikea a dar solo una vuelta. El S. XVI es el siglo de la conquista de América, de Hernán Cortés, de Pizarro, de Pedro de Mendoza, de Alonso de Ojeda, Diego de Losada. Es difícil hablar de esto sin caer en tópicos manidos, en blancos o negros. No podemos olvidar en ningún momento que la conquista de América fue una guerra, con conquistadores y conquistados, con vencedores y vencidos y que hay que pensar en ella desde ese punto de vista. Los conquistadores eran hombre valientes, seguro, y ambiciosos, muchos caminaban sobre la fina línea que separa el heroísmo de la locura, pero pocos de ellos eran santos. El siglo XVI también es el siglo de Fray Bartolomé de las Casas y de su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de la controversia de Valladolid, de las encomiendas, de la Leyenda (o no) Negra, etc.

De entre todas las piezas que nos hablan de la conquista de América, hemos seleccionado para esta visita el Penacho de Moctezuma, conservado en el Museo Etnológico de Viena, aunque no está claro que sea un penacho, un adorno para la cabeza, ni que perteneciese a Moctezuma. Posiblemente fue uno de los regalos entregados por Moctezuma, el emperador azteca que tuvo la mala suerte de conocer a aquellos hombres descritos por los textos como “hombres barbados de piel blanca que llegaron desde oriente a bordo de montañas que se movían sobre el agua”, a Hernán Cortés. Mide casi 130 centímetros de alto y casi 180 de largo, está compuesto por más de 400 plumas de queztal, además de casi un centenar de plumas de otras aves, y unas 1500 piezas metálicas, la mayoría de oro.

La tercera pieza de esta sección de la exposición nos trae de vuelta a Europa. El Siglo XVI es el siglo de la Reforma Protestante, de Lutero y de sus 95 tesis, de Calvino, del Concilio de Trento. También es el siglo de Servet y Galileo. La Reforma y la Contrarreforma tendrán implicaciones no solo religiosas, también políticas, sociales y culturales. Aunque respecto a la pintura y escultura, a las representaciones religiosas, Lutero era más indiferente que hostil y estaba en contra tanto de su veneración como de su destrucción, la Reforma Protestante dio lugar a varios brotes de iconoclasia, de destrucción de imágenes religiosas. Para Lutero el problema no eran las imágenes en sí, sino el uso que se hacía de ellas. Las imágenes religiosas podían servir como catecismo visual, pero no podían ser objetos de culto, ni veneradas como si fuesen reliquias. En los países donde se impuso la reforma su influencia sobre el arte y también sobre la vida de los artistas fue significativa. La reforma obligó a los artistas a diversificarse (menos obras religiosas y más retratos, paisajes y naturalezas muertas) y redujo el número de encargos y de mecenas. También obligó a otros a cambiar de profesión o a emigrar. Movilidad exterior de esa que gusta a Bañez y a la Virgen del Rocío.

La pieza que tenemos es de uno de estos emigrados, Hans Holbein el Joven, que cambió Basilea por Londres. Se titula “Alegoría del viejo y del Nuevo Testamento”, de principios de la década de 1530, y es una representación del antiguo y del nuevo testamento, pero en lugar de mostrar el nuevo testamento como una continuación del antiguo, los representa como antítesis. En la obra, el viejo testamento sería la tradición católica y el nuevo testamento la reforma luterana.

La cuarta y última obra de esta parte de la exposición nos lleva hasta Lepanto, una de las batallas más famosas de la Historia de la humanidad, una de esas que está en el imaginario colectivo como la batalla de Maratón, Waterloo o el clásico aquel en el que el Madrid le metió cinco al Barça. Uno de esos acontecimientos claves que de haberse producido de otra forma habrían cambiado el curso posterior de los acontecimientos, como el gol de Iniesta.

Aquel 7 de octubre de 1571, en el golfo de Lepanto, casi 600 naves tomaron parte en el combate. A un lado, la flota del Imperio Otomano, al otro, una coalición de estados cristianos llamada la “Liga Santa” formada el Ducado de Saboya, Génova, la Orden de Malta, Venecia, los Estados Pontificios y España. Alí Pasha comandaba la flota otómana, Don Juan de Austria, hijo de Carlos V, la de la coalición.

La obra que tenemos no es de las más conocidas. Del madrileño museo naval nos hemos traído esta “Revelación a San Pio V de la victoria de la Santa Liga en Lepanto”, de mediados del S. XVII, de autor anónimo, aunque la parte izquierda de la obra se atribuye a Juan Niño de Guevara. En esa parte vemos al papa Pío V en el momento en que un angel, mientras está rezando, le anuncia la victoria de Lepanto. En realidad el ángel saca un brazo, le agarra de la cabeza y se la gira, lo que seguramente constituya una de las revelaciones menos sutiles de la historia del arte. El skyline que vemos detrás del papa, se corresponde con el de la ciudad de Malaga, donde no estaba el Papa pero sí el cuadro, que colgó durante casi dos siglos de las paredes del convento de Santo Domingo.

A la derecha del cuadro se desarrolla la batalla. Creo que mejor que describir el cuadro, podemos dejar que un cronista de la época nos la narre.

Jamás se vio batalla más confusa; trabadas de galeras una por una y dos o tres, como les tocaba… El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por los tiros, fuego, humo; por los lamentos de los que morían. Espantosa era la confusión, el temor, la esperanza, el furor, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia; el lastimoso morir de los amigos, animar, herir, prender, quemar, echar al agua las cabezas, brazos, piernas, cuerpos, hombres miserables, parte sin ánima, parte que exhalaban el espíritu, parte gravemente heridos, rematándolos con tiros los cristianos.

Mañana, si les parece, terminamos nuestra visita a la exposición. Como les dije el primer día, zona de acampada entre las salas 2 y 3, cafés y bollería en las máquinas de la entrada.

De Ivan el Terrible a Teresa de Cepeda y Ahumada (1 de 3)

Portada

Como todos ustedes sabrán si no han pasado los últimos meses en la misma cueva que Rosa Díez -¿alguna otra explicación para su ceguera política?-, este año estamos celebrando el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa. Con motivo de esta señalada efeméride, la ciudad se ha llenado de actos de toda naturaleza, clase, tipo, calidad y mérito; entre los cuales el que esto suscribe ha tenido el inmenso placer y honor de tener un hueco. El pasado 2 de marzo, con éxito de crítica y público -ninguno de los espectadores intentó apedrearme y asistió gente a la que ni conocía ni había pagado- pronuncié una pequeña conferencia dentro del ciclo “Ávila en Teresa” titulada “De Ivan el Terrible a Teresa de Cepeda. Una visita virtual al S. XVI”.

Por suerte o por desgracia, no hay registro audiovisual del evento más allá de unas cuantas fotos y del paguerpoint que utilicé como soporte de mi explicación. Pero, ante las numerosísimas peticiones recibidas por telegrama y correo aéreo, he decidido traer la charla a este rincón en tres cómodas entregas. ¿Pros? La humanidad tendrá siempre a su alcance este saber y aquellos que no pudieron asistir podrán disfrutar de la misma. ¿Contras? Esto pierde mucho sin mi aterciopelada voz.

La idea central de la conferencia -corran, que estamos empezando- era que Santa Teresa no sería Santa Teresa si no hubiese nacido en Ávila en el s. XVI. Santa Teresa es Santa Teresa porque nació en este rincón de la galaxia en 1515 y si hubiese nacido en otra época o en otro país no estaríamos aquí reunidos hablando de ella, entre otras cosas porque sería raro organizar en Ávila, con tartas de cartón de cinco mil euros, el V Centenario de una mujer nacida en Londres hace 45 años. Lo que quiero decir es que es fundamental conocer o comprender una época para comprender y conocer los sucesos de la misma y a las personas que los protagonizaron. El puto contexto histórico, vamos.

El siglo XVI, el siglo de Santa Teresa, es un siglo importante. En realidad todos los siglos son importantes, pero el S. XVI es uno de esos siglos que además de reunir personajes, sucesos y hechos claves de la historia de la humanidad, está clavado en el imaginario colectivo de la sociedad, en especial de la española. Es un siglo tan importante que es imposible resumirlo en los 45 minutos que me tenían reservados aquel día o en las tres entradas que va a ocupar en este blog.

Por eso, propuse a los asistentes y les propongo a ustedes, en lugar de una perorata sobre la época, que me acompañen en una visita guiada a una hipotética exposición montada con motivo de este quinto centenario, paralela a Las Edades del Hombre, para hablar de ese S. XVI. Una exposición increíble, con miles piezas de los cinco continentes, traídas de museos y colecciones privadas de todo el planeta. Una exposición carísima, por cierto, así que tenemos que imaginarnos también que al Ayuntamiento le ha tocado el Euromillón o una parte de la herencia del padre de Jordi Pujol.

Es una exposición enorme que tardaríamos horas, días o incluso semanas en recorrer -hay habilitada una zona de acampada entre las salas 2 y 3-, pero que nosotros vamos a tener que ver en 45 minutos porque hemos quedado luego a tomar unas cañas. Entendemos la cultura de forma integral y no hay nada más cultural que los bares.

La exposición está dividida en tres capítulos: el mundo, Europa y España. Es un esquema muy habitual: de lo más lejano a lo más cercano al público. El problema de este primer espacio, el dedicado al mundo, es que en Europa somos un tanto eurocéntricos. La historia que conocemos es la Europea, la que enseñamos a nuestros hijos en los colegios es también Europea e incluso en nuestras universidades escasean las asignaturas que vayan más allá de considerar otros continentes como colonias potenciales europeas, colonias o excolonias. El objetivo de este espacio era abrir un poco la mente del visitante -recuerde que usted ahora está en una exposición y no en el metro, en clase, en su trabajo o en el escusado- y mostrarle algunas de las cosas que pasaban fuera de nuestro bonito continente.

Es un siglo en el que el conocimiento del globo avanza una barbaridad, gracias, sobre todo, a la loca carrera de dos naciones situadas en una península al sur de Europa. Este es el mapa de Juan de la Cosa, pintado en 1500. Es el primer mapa en el que aparece el continente americano. Este otro, del holandés Gerard de Joe, de 1586. Fíjense en solo 80 años como ha cambiado la imagen del mundo. La exposición-charla está llena de mapitas. ¿Les he dicho que me gustan los mapas? ¿Saben que mi cumpleaños está cerca?

El mundo del S. XVI es un mundo cada vez más globalizado y abierto, donde contactos entre civilizaciones, culturas y mundos son cada vez más frecuentes. En realidad, los contactos siempre han sido mucho más frecuentes de lo que imaginamos o de lo que los tópicos o los lugares comunes reflejan. Por ponerles algún ejemplo, Felipe II se carteaba con el emperador de China mientras pensaba en conquistar aquellos pagos y los infantes de marina españoles se batían en el pacífico contra los samurais.

De entre las miles de piezas ubicadas en esta sección de la exposición -recuerden, no hemos reparado en gastos- nuestro guía ha seleccionado tres: un retrato de Iván el Terrible, un bronce de Benin y una miniatura del Akbar Namah.

Este retrato de Iván el Terrible es la primera obra a comentar. No es contemporáneo al personaje, sino que es de finales del XIX (1897), de Viktor Vasnetov, y se conserva en la Galería Tretiakov, en Moscú, cerca del Kremlin. Más allá de algunas bonitas anécdotas sobre cómo se ganó Iván su apodo -aunque hay que decir que más que terrible, en ruso su apodo está más cerca de riguroso o furioso- lo importante de Iván es que fue el primer Zar de Rusia, título derivado del Caesar romano, que realizó, con el apoyo de la Iglesia Ortodoxa una serie de reformas encaminadas a centralizar el Estado y a reducir el poder de la nobleza territorial y que comenzó la expansión del principado de Moscú que terminaría conduciendo a la Rusia actual. Centralización, aumento del poder de la monarquía, expansión militar ¿les suena? Aquí iban algunos chistes sobre Putin, Stalin e Iván el Terrible, pero la situación geopolítica aconsejó y aconseja que me los guardes donde la espalda pierde su casto nombre.

La segunda pieza de nuestro recorrido, ahora que ya hemos entrado en calor con un poco de sangre, es uno de los bronces de Benin conservado en el Museo Británico. Esta obra está datada a finales del S. XVI y es parte de una colección de más de 1000 piezas, repartidas por varios museos del mundo, fruto del saqueo británico de la ciudad de Benin, en el suroeste de lo que ahora es Nigeria. De estas 900, la mayoría, unas quinientas, se siguen conservando en el Museo Británico. Si ustedes tienen pensado acercarse próximamente a Londres, están en concreto en la sala 25. ¿Cómo llegó la pieza hasta allí? Pues como tantas otras: exploración, conquista, saqueo, reparto de las ganancias, condecoraciones de la reina. Una historia tan británica como el té, el café de agua de río y las fritangas esas de pescado.

Más allá de su ubicación actual, lo más interesante de esta pieza es que procede de Benin, un estado africano que ocupó buena parte de la actual Nigeria desde el s. XIV hasta el S. XIX, importante enclave comercial en las costas africanas, parada obligada de los navíos portugueses desde finales del S. XV. Allí los lusos comerciaban con especias, marfil y también esclavos. Benin fue durante muchos años el primer suministrador de esclavos para nuestro vecinos. En el bronce, los dos señores que aparecen detrás son portugueses.

El centro del estado era el Oba, el rey, que era una figura casi divinizada, venerada por la población, considerada descendiente directo del fundador mítico del reino. En la pieza, es el tipo que aparece sentado en el centro. El rey era la cabeza política, espiritual y ritual del reino y controlaba la mayor parte de los recursos del mismo, su explotación y su comercio con los europeos. El arte era un instrumento ideológico controlado también por la monarquía.

La última pieza de esta sección era esta preciosidad, una miniatura del Akbar Namah, conservada en el Museo Victoria y Alberto de Londres. Pertenece a la primera edición del citado manuscrito, fechada en los últimos años del S. XVI. La segunda edición, de la que se conservan algunas miniaturas en nuestro país, es algo más moderna, de los primeros años del S. XVII. El Akbar Namah es una obra que relata la historia del reinado del emperador Akbar. Fue escrito por el biógrafo oficial del emperador a instancias de este. Y como quien paga, manda, ya se pueden suponer que la obra es ante todo, un medio de propaganda política del emperador. Como la prensa de hoy y las administraciones. Akbar inaugura tal cosa, Akbar gana el debate del Estado del Imperio, Akbar dando chocolate con churros a los jubilados. ¡Akbar, te queremos!

Akbar fue el tercer monarca del Imperio Mogol y su reinado se prolonga desde 1556 hasta 1605. Fue esta la etapa de mayor expansión del imperio, que tras la muerte de Akbar comienza a replegarse hacia el norte. Durante su reinado, promovió reformas políticas para buscar la uniformidad del imperio, la centralización y reafirmar el poder de la monarquía sobre la nobleza local y sobre los líderes religiosos tanto hindúes como musulmanes. En relación a esto último, a su política llamemosla religiosa, además de tolerar la práctica en su imperio de cualquier religión, Akbar creó una nueva religión, una fusión de elementos persas, musulmanes e hindús, con algún ingrediente cristiano, en la que él era el eje central. La religión en si no tuvo mucho éxito, quedó muy limitada a la corte donde la gente se hizo creyente por aquello de llevarse bien con el Emperador, pero junto a ella Akbar se nombró máximo intérprete de Dios, con lo que limitó el poder de los líderes religiosos situándose sobre ellos.

Más centralización, más estatalización, importancia del comercio, más control sobre los otros poderes del Estado. Como en Benin, como en Rusia, como sucedía en aquel momento en media Europa occidental.

Mañana seguimos.

¿Cómo era el tiempo que vivía Santa Teresa?

El señor Sergio Sánchez (@serzisanz) ha tenido la amabilidad de explicarnos en este post los detalles del ciclo de ponencias ‘Ávila en Teresa’. ¡Ojo! Amenaza con pasar lista.

Avila_en_Teresa

Por si alguien todavía no se ha enterado, este año se conmemora el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa. Y salvo cambio de opinión, el papa Francisco no va a venir a ésta nuestra ciudad. Pero hay alternativas.

En este marco del Centenario, muchos son los actos que pretenden ahondar en la figura de Santa Teresa en varias facetas de su vida: mística, escritora, fundadora, reformadora, doctora de la Iglesia, andariega… Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones se han olvidado de un aspecto muy importante: el contexto histórico ¿Cómo era el tiempo que vivía Santa Teresa? ¿Y la sociedad del siglo XVI? ¿Qué pasaba en el mundo? ¿Santa Teresa iba a festivales? ¿Era Ávila una de las ciudades más boyantes de Castilla? ¿La Inquisición era el coco? ¿Gótico o renacimiento? ¿Qué opinaban los abulenses coetáneos de Teresa de Ahumada? ¿Pensaba en no salir de Ávila en ninguna manera?

Para dar respuesta a estas y otras muchas preguntas, desde la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Ávila se ha organizado un ciclo de ponencias que cubre el contexto de nuestra Santa más internacional, compuesto por tres jóvenes historiadores pues, como todo el mundo sabe, Ávila es tierra de cantos, de santos y de historiadores. Muchos, jóvenes e importantes. Como les iba diciendo, un ciclo de ponencias titulado “Ávila en Teresa”, y que tengo el privilegio de coordinar.

La primera ponencia se llevará a cabo el próximo día 2 de marzo. Lleva por título “De Iván el Terrible a Teresa de Cepeda, una visita virtual al siglo XVI” a cargo de un personaje que seguro que todos ustedes conocen, al menos por juntar letras y desvaríos en este espacio, Alberto Martín del Pozo. Historiador al que se le perdona su gusto por la prehistoria y una bellísima persona (esto no lo digo yo, lo dice él). Ha decidido pasar parte de sus vacaciones en Ávila para ofrecernos una clase magistral sobre cómo era el mundo, Europa y las Españas en el siglo XVI, pues sus plegarias han sido escuchadas y se han visto cumplidas con este ciclo. Seguro que no deja indiferente a nadie, y les dejo a su juicio si el resultado es una genialidad o un incomprendido adelantado a su tiempo. No desvelo nada más, tendrán que descubrirlo insitu.

La segunda ponencia será el 16 de marzo. “Palacios, oraciones y traidores en Ávila: el siglo de Teresa de Jesús” la expondrá Sergio Sánchez Jiménez. Historiador, investigador, archivero y servidor para lo que necesiten. Trataré de hacer una síntesis sobre cómo era Ávila en tiempos de Teresa de Jesús, haciendo un repaso por los aspectos demográficos, urbanísticos, económicos y políticos, señalando aquellos acontecimientos importantes que discurrieron por la ciudad durante el seiscientos. Y si, también hablaré de traidores, pues en Ávila no todos eran caballeros y leales.

Por último, la última charla será el 6 de abril. “Santa Teresa, viaje desde el Renacimiento hasta nuestros días”, la desarrollará Teresa Jiménez Hernández, magnífica historiadora del arte y Conservadora y Restauradora de Bienes Culturales, pero mejor persona aún si cabe. Además de poner la nota femenina al ciclo, abarcará las principales corrientes estéticas que se dan durante el siglo XVI y las influencias que en ese momento llegan a Ávila, además de hacer un recorrido por las distintas representaciones artísticas de Santa Teresa que se han realizado hasta nuestros días, no sólo a nivel local, si no por todo el mundo, pasando por la pintura, escultura y otras manifestaciones artísticas como el cine, televisión o el graffiti.

Manifestar desde aquí nuestro agradecimiento a la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Ávila, en especial a Sonsoles Sánchez-Reyes y a María Carmen Jiménez por darnos su apoyo y posibilitar el desarrollo de este ciclo en el que hemos puesto nuestro esfuerzo y nuestra ilusión.

Sin extenderme más, decir que estáis todos invitados el próximo lunes día 2, el 16 de marzo y el 6 de abril a las 20 horas en el Episcopio, entrada gratuita hasta completar el aforo, donde esperemos que paséis un rato agradable y conozcáis un poco más del siglo que vivió Teresa de Jesús.

Ni que decir tiene que pasaremos lista para ver quien falta, el que más aplauda recibirá un obsequio exclusivo y el que más abuchee obtendrá unas deliciosas yemas de Santa Teresa.

Antipathica principia

– Juro por el curriculum de Monedero y por ciertos poderes del estado que todo lo que contaré aquí será incierto –

Todo comenzó con el hallazgo de la tostada sagrada junto a la Iglesia de San Pedro. Un operario del servicio de gas rascaba con la paleta aquí y allá cuando se encontró con la sonriente efigie plastificada.

“Lo llevo siglos diciendo” –le dijo el esqueleto con grilletes- “Aquí en Ávila la gente siempre fue maja. Antipáticos os fuisteis haciendo después”.

Al oírlo Fausti, el jefe de obra, le pegó una voz:

“Pero qué dices, Euloooogio, que hablas solo. Anda tapa eso cuanto antes, que como vuelvan a ver el esqueleto nos sale caro el arreglo. No veas lo pesado que se pone el Alberto Martín del Pozo ése con el tema de las reliquias. Que se emociona y nos acaba dando un curso sobre Prisciliano”

Hallazgo arqueológico

Hallazgo arqueológico

Esta historia me confesaba Eulogio Pecino, palero y pitero, mientras me mostraba (foto adjunta) su hallazgo arqueológico.

“El caso es que me quedé con el nombre ése, el Del Pozo, y buscando por Google “Alberto Martín del Pozo Grilletes” encontré vuestro blog”

Una búsqueda que sin duda gustaría tanto a Guzmanes como a Podemos, le dije.  Pero política aparte, de inicio tuve que calmar sus ansias.

“Nah, sí, imposible lo de ver a Alberto. Efectivamente, Badajoz queda a trasmano. Yo también pienso que tendrían que poner esa ciudad más cerca. Yo indagaré -con su asesoramiento- por usted, no se preocupe”

Y es que Eulogio aseguraba que la voz le había hablado de verdad. La honestidad que transmitía, y los 50 euros que me metió en un sobre en B, me animaron a mover unas primeras piezas. Había que buscar eso de “Bread Stamper”, sin duda una pista del pasado para futuros detectives. Así lo había aprendido en mis lecturas de Alfred Hitchcock y Los 3 Investigadores, y era mi oportunidad de demostrarlo.

Acudí a la biblioteca pública a buscar bread y stamper. Mi intuición fue correcta. Ahí, por “Stamper”, encontré una obra en inglés (amarillenta y con algo de polvo) llamada “Hermes Trismegistus, the joyful of Abula. His victory over Ivan the Terrible and Teresa de Cepeda”

El autor, citando obras del medievo de C. Muñoz “Australis Gaudium” y Delpo A. “Risus revertum” desvelaba la gran verdad olvidada durante siglos entre rotonda y rotonda.  La traducción aproximada de su tesis decía…

“Ni la Católica olía mal ni Santa Teresa era fea. Sus arrugas, de haberlas, fueron de tanto reír. Ellas, como abulenses, eran parte de lo que entonces se llamaba “La Andalucía de Europa”, como así denominó Raimundo de Borgoña a la ciudad. Ya Jimena Blázquez logró sofocar a los moros contándoles chistes desde lo alto de la muralla”.

Tras esta revelación quedé pensativo. ¿Cómo fue entonces que llegó a nuestra ciudad la antipatía? El autor cita de nuevo una historia recogida por Delpo A. en su controvertida obra “Risus revertum”

“No queda claro si fue extramuros o intramuros, aunque todo apunta a que fue en la actual Plaza de Italia. En la iglesia se guardaban los carruajes. Un comerciante vallisoletano, nuevo en la ciudad, dejó a su corcel hacer sus necesidades caballunas en el lugar. Hete aquí que un abulense, risueño y confiado como eran por entonces, caminaba resuelto y decidido, sin mirar donde pisaba… ya que de todos era sabido que el abulense miraba siempre por el bien común y nunca dejaba a sus animales dejar sus caquitas (o cacotas) en la vía pública”

Alucinado estaba. Seguí leyendo:

“El abulense piso la caca, y el vallisoletano ni siquiera pidió perdón. Fue mala suerte para el viajero el que el de Abula fuera comerciante, de la Calle San Segundo… pues entró poco después a su local y pasó sin llamar, ni saludar, ni por supuesto disculparse. Es cuando se escuchó por primera vez esa frase -ahora maldita-, que las centurias han perpetuado:

‘¿Qué es lo que quiere?’

El pucelano, asustado por el tono, salió espantado. Esta historia corrió largamente como corre el Pisuerga camino del Duero, y quedó para siempre la leyenda de que el tendero abulense más que querer que compres busca echarte de su establecimiento. Y nada más incierto, ya que el abulense era de corazón puro… pero fue el vallisoletano y su boñiga el que provocó el entuerto”

Así que era cierto lo que dijo el esqueleto, le expliqué al señor Pecino, de nombre Eulogio. Por eso la tostada sagrada muestra una mujer sonriente, de mandíbula alegre. Una pista que dejó el bueno de Stamper para quien supiera seguir el rastro de esta historia. De hecho, otra leyenda resulta incierta a la luz de estas revelaciones. Resulta que Ávila no era tierra de cantos y santos, sino de risas y brisas.

Todo empezó a los pies de San Pedro. El Club de la Comedia nació en Ávila y toda la culpa es de Valladolid, de donde vino el frío, la niebla y la antipatía.

PD: El misterio de porqué entonces había un hombre con grilletes cerca de la tostada tendría también su explicación. Según consta en la obra de Stamper, siglos atrás se produjo un debate de latines entre los pujantes lazarillos C.Muñoz y Delpo A. El primero achacaba al segundo que habría sido mejor titular su obra “Risus captus”, por ser más “la conquista de la sonrisa” pero también poder leerse como “la sonrisa atrapada o conquistada”. 

Tras tres sorbos a un brebaje medieval, el segundo -por lo demás un conocido expoliador y pitero-  puso los grilletes al primero y le arrojó a una zanja.

Según Stamper, “Captus quedas, copón ya” fue la última frase que Muñoz de Colon y Oscopia escucharía en vida. 

Pulchra abulensis.

IMG-20141216-WA0002

El lunes por la mañana, con las primeras luces del alba y fuerte viento de levante, los brazos metálicos de varias excavadoras comenzaron a derribar con su brillantes dientes las vetustas paredes de la tienda de ultramarinos que, abandonada desde hace años, resistía frente al lienzo norte de la muralla. Un derribo planificado desde hace años, anunciado desde hace meses y anhelado por la mayoría de la población local. Como señalan desde el Ayuntamiento, el derribo se hace por motivos “estéticos” ya que el estado del edificio y el edificio en sí “afeaban” la imagen de la muralla. Tal cosa no se puede permitir, faltaría más, y menos ahora que la ciudad se va a llenar de turistas por aquello del Centenario de la Santa, celebración que empezará el día menos pensado.

Tentado estoy de liarme la manta a la cabeza y posicionarme en contra del derribo, del Ayuntamiento y de la ciudadanía y defender, a capa y espada, que si empezamos a derribar cosas porque nos parecen feas y molestan -argumento de peso también utilizado en su día para el derribo de la fábrica de harinas- igual deberíamos haber empezado por el Grande y continuado por el castillito rosa que tiene Hacienda frente a la Diputación, actos para los cuales, seguramente, lograríamos un gran consenso ciudadano. Tentado estoy también de preguntar si la preocupación estética del Ayuntamiento llegará con esto del Centenario hasta Las Gordillas o la Fábrica de Luz, ruinas patrimoniales que igual afectan menos a la visión de la muralla, pero que afean sin duda la imagen de una ciudad que presume de conservar su patrimonio.

Tentado estoy, ya les digo, pero no lo voy a hacer. En primer lugar porque está cerca la Navidad y la bilis empieza a ser sustituida por el ácido úrico y el colesterol; y en segundo lugar porque la edad nos enseña que solo hay que combatir aquellas batallas que podemos ganar. Lo que si voy a hacer es aprovechar la ocasión para reflexionar en voz alta sobre cómo estamos adaptando los monumentos a nuestro “ideal de monumentalidad”.

La imagen actual de la muralla de Ávila es una imagen inédita, nadie a lo largo del último milenio -lustro arriba, lustro abajo- la ha contemplado tal cual está. Igual esta afirmación le sorprenda, pues muchas restauraciones se hacen con el pretendido argumento de devolver tal o cual cosa a su estado original, pero eso es materialmente imposible en la mayor parte de los casos y, en mi opinión, tampoco es lo deseable. Si hablamos de la muralla, no solo tenemos que pensar que el lienzo principal ha sufrido a lo largo de los años modificaciones -recrecimientos de los muros, reformas de las puertas, apertura y cierre de huecos, restauraciones más o menos afortunadas, etc.- sino que además la muralla ha estado acompañada de una serie de construcciones externas -barbacanas, baluartes, edificios de uso civil y militar- que se han perdido casi por completo. La vista de la muralla nunca ha estado tan limpia como ahora y eso responde más a nuestro gusto estético que a la historia del monumento.

Piensen en qué habría sucedido en la Catedral si la hubiesemos sometido a un proceso de pureza arquitectónica similar al vivido por la muralla y pretendiesemos devolverla a su estado original*. Adiós a la mayor parte de las capillas, a la actual puerta principal, etc…

No pretendo con esto defender el edificio recién derribado, entre otras cosas porque quizá llego un poco tarde, pero sí animar una reflexión sobre cómo nuestros valores estéticos y nuestro percepción afectan a los elementos patrimoniales y a sus entornos. La “monumentalización” ha ayudado sin duda a la conservación de los bienes, pero en algunos casos les ha restado valor histórico y ha dificultado su comprensión como testigos no solo de una época concreta, sino del paso del tiempo y de la evolución de las sociedades. Es evidente que compensa, pero no está de más recordar que ninguna intervención sobre un bien histórico o patrimonial es neutral y que en muchas ocasiones nuestra percepción, gustos y deformaciones profesionales pesan tanto o más que la realidad histórica.

A ver si saco tiempo y un día les hablo de Viollet-le-Duc, responsable en buena medida de nuestro ideal de monumentalidad.

*¿Cuál sería el estado original de un edificio en construcción durante siglos? ¿En qué momento pararíamos el reloj? ¿S. XIII? ¿Tiramos todo lo posterior al XVI?

El pequeño pastelero de Madrigal

IMG_6443

Aunque ahora nuestra relación con el vecino Portugal sea más bien fría -toallas, calcetines, café, CR7 y mujeres vellosas- no siempre fue así. Conocemos mejor lo que pasa al otro lado del océano que lo que sucede al otro lado de la fina línea que una vez fue la frontera, pero durante siglos los destinos de ambos países estuvieron fuertemente entrelazados. Hoy el iberismo cotiza a la baja, pero durante mucho tiempo la pertenencia de ambos países a una misma realidad cultural era algo asumido por buena parte de las élites políticas y culturales. Para Quevedo, por ejemplo, España estaba compuesta de tres coronas: Castilla, Aragón y Portugal.

La historia de nuestro país y la de Portugal se entrecruzan en muchas ocasiones, como por ejemplo en los hechos que paso a relatarles, la historia del pastelero de Madrigal de las Altas Torres, sucedida a finales del S. XVI. Pero antes, un poco de contexto.

El fin de la reconquista no es el fin de la diversión

Para Portugal, acabada la reconquista peninsular en el S. XIII y aseguradas -más o menos- sus fronteras terrestres con la vecina Castilla, el mar era la única vía de expansión y la explotaron con dedicación y provecho. A principios del S. XV, naves portuguesas comerciaban con el norte de Europa con asiduidad -y no solo toallas y calcetines- y comenzaban a surcar las costas africanas, tomando las primeras plazas en el continente: Ceuta (1415) y Tánger. Aunque en un principio el asunto no parece de envergadura, al final se lían la manta a la cabeza y aquello termina convirtiéndose en una empresa global, a gran escala, a lo loco. Hasta el infinito, las Indias Orientales y más allá. El pequeño reino de Portugal, en la esquinita de Europa, se convierte en una potencia internacional a base grandes hombres –Gil Eanes, Nuno Tristáo, Diego Câo, Bartolomé Días, Vasco da Gama– que llevan a cabo grandes empresas hasta el momento impensables. La fina línea que separa a los héroes de los locos no era asunto que preocupara en aquellos momentos.

Por su parte, a este lado de la frontera, las Coronas de Castilla y Aragón, unidas bajo la monarquía de sus católicas majestades Isabel y Fernando, terminan la reconquista con la toma de Granada en 1492. Yo me habría sentado a disfrutar de las vistas desde la Alhambra, con una cerveza en la mano y unos pistachos, pero ellos no lo hacen. ¡Jodidos emprendedores! No solo ponen a un loco al mando de tres barcos para que se vaya a buscar las Indias por occidente; además está Italia, donde llevan años intercambiando sablazos con los franceses (y con los locales) y pronto también el norte de África.

¿Y qué interés tiene toda esta gente en el norte de África?

Básicamente tres. En primer lugar, claro, el vil metal y las viles especias. Por ejemplo, Ceuta, antes de la conquista portuguesa, era la terminal del comercio del oro subsahariano y desde allí se exportaban los productos del continente a Europa. Por otro lado, controlar el norte de África era un buen seguro para la península. Un visigodo de nombre Rodrigo puede dar fe de los peligros que pueden cruzar el estrecho de un día para otro. Además, buena parte de la costa era usada como refugio por los piratas berberiscos que atacaban desde allí embarcaciones y puertos cristianos, en especial los aragoneses. Barbarroja ens roba.

Por último, pero no por ello menos importante: la fe. Aunque, influidos por Hollywood, la idea de Cruzada nos remita a Ricardo Corazón de León y a sus contemporáneos, a finales de la Edad Media (S. XV) el mito de la Cruzada -la conquista de los Santos Lugares y la reconquista de todos aquellos territorios perdidos por la cristiandad- estaba muy presente. Este ideal, que bebía de fuentes dispares -los viajes de Marco Polo, el mito del Preste Juan, el pensamiento del mallorquín Ramón Llull, etc.- encontró en la península ibérica y en sus expansivos reinos un lugar perfecto para germinar. Igual los Santos Lugares pillan un poco a desmano de Marruecos, es verdad, pero los Reyes Católicos, como sucesores de los reyes visigodos y de los emperadores romanos -codazo, codazo, guiño-, consideraban tener derechos históricos sobre la costa africana, territorios que, además, un día fueron cristianos. El Papa, por supuesto, certifica todo esto con un par de bulas y un avemaría y Portugal cede a los castellanoleonesescatalanoaragoneses los reinos de Tremecén, Argel, Bugía, Túnez y Trípoli, mientras que se reserva Fez. Id, reconquistad y evangelizad. En 1497, la reconquista cruza el estrecho y el Duque de Medina Sidonia toma Melilla.

La muerte de la reina Isabel frena la expansión africana: Felipe y Juana ya tal, y Fernando está más preocupado por Italia, donde los franceses, inasequibles al desaliento, están dispuestos a seguir recibiendo sopapos hasta en la carte d’identité. Hasta la conquista de Orán, apenas dos escaramuzas: Mazalquivir y el Peñón de Vélez de la Gomera. El plan africano del aragonés, mucho más pragmático, nunca fue lanzarse a una conquista continental, sino asegurar unas cuantas plazas en la costa desde las que controlar el territorio y el mar e incordiar a los vecinos cual estudiantes universitarios.

La conquista de Orán es harina de otro costal. Primero, porque la iniciativa no surge de la Corona, sino de Cisneros y segundo porque el plan no es solo conquistar Orán, eso es tan solo el prólogo. Cisneros, uno de los grandes personajes de la historia de España, trata de convencer a Fernando el Católico y a los reyes de Portugal e Inglaterra, Manuel I y Enrique VII, de montar entre los tres una Cruzada y, desde el norte de África, acabar con el sultán de Egipto, tomar El Cairo y Alejandría y, usando Chipre como puente, lanzarse a la conquista de Palestina. El típico plan loco que te montas con tres colegas después de cuatro o cinco cervezas. Mientras en España e Inglaterra el asunto era tratado con cautela, el monarca portugués muestra su entusiasmo desde el primer momento. Tan grande era su fervor cruzado como grande fue después su decepción cuando el plan se vino abajo y le tocó deshacer las maletas.

Sebastián

Y hasta aquí el contexto. ¿Era necesario? Por supuesto. Si yo llego y les digo que un rey de Portugal muere en Marruecos ustedes, sin la precedente introducción, podrían haber pensado que Sebastian se había bajado al moro o que estaba por allí con una excursión del instituto. Ni mucho menos. Sebastián, bisnieto de Manuel I, recupera el ideal de cruzada que se había mantenido, como un runrún colectivo, desde tiempo de su abuelo. Sebastián, influido por una educación de corte jesuita, se consideraba un soldado de Cristo, el brazo armado de la cruz, el Special One de la Santísima Trinidad. Con poco más de 20 años organiza una cruzada contra el reino de Fez con apoyo económico de su tío, Felipe II, que antes había intentado, sin éxito, sacarle tan alocado plan de la cabeza. El principal problema: que su idea era, como buen capitán de la cristiandad, encabezar sus tropas espada en mano. Cuentan las crónicas que en junio de 1578, ochocientas naves con veinte mil hombres salieron del puerto de Belem. La empresa no duró mucho: el 4 de agosto las tropas portuguesas eran aniquiladas por los bereberes en Alcazaquivir con su rey a la cabeza. Bueno, a la cabeza pero sin ella. Todo un éxito.

Y aquí empieza la leyenda. La derrota fue un desastre económico, político y psicológico  para Portugal; la espoleta de una crisis que acaba con Felipe II ciñéndose la corona portuguesa. Un caldo de cultivo estupendo para las leyendas de corte mesiánico basadas, en este caso, en el regreso del difunto Sebastián, un rey bueno, para salvar a su pueblo de la pobreza, los españoles, las importaciones chinas y la troika. Un regreso que debía producirse desde el más allá -The Walking Sebastian- o quizá desde el más acá: al parecer, un grupo de soldados regresó aquella noche de agosto a una de las plazas portuguesas de la costa y para conseguir cobijo arguyó que entre ellos se encontraba, camuflado, el rey Sebastián. El rey no estaba muerto, estaba de parranda.

El asunto es que nadie volvió a ver a Sebastián, pero no faltaron oportunistas que aprovechando el río revuelto decidieron hacerse pasar por el difunto rey y vivir del cuento o, incluso, reclamar la corona lusa. Si cuela, cuela y si no es broma. Uno de ellos fue Gabriel de Espinosa, el pastelero de Madrigal.

El pequeño Gabriel

Como señalamos, Gabriel de Espinosa no es el único que intenta hacerse pasar por el desaparecido Sebastian, pero sí el protagonista de uno de los casos más curiosos. Gabriel, nacido quizá en el mismo Madrigal o quizá en Toledo, de profesión pastelero, aunque no de profiteroles y pepitos de chocolate, sino más bien de empanadas y pasteles de carne. Casado, padre de un hijo y residente en Madrigal de las Altas Torres desde 1594. Hasta aquí lo más o menos seguro. Unos apuntan que era un huérfano que llevaba toda su vida sobreviviendo de aquí para allá, otros que era miembro de la familia real portuguesa (hijo ilegítimo, bastardo, pecadillo de juventud, etc). En Madrigal, Gabriel conoce al portugués Fray Miguel de los Santos, vicario del Convento de Nuestra Señora de Gracia, confesor en la corte del difunto Sebastián, y por mediación de este a Doña María Ana de Austria, hija ilegítima de D. Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos V, nieta doblemente ilegítima por tanto del emperador, sobrina ilegítima del reinante Felipe II y prima también ilegítima del difunto (o no) Sebastián de Portugal.

El plan es sencillo, coronar al pastelero como rey de Portugal y mandar a Felipe a pastar al Escorial. Para ello, y previa promesa de amor eterno, matrimonio y corona, María Ana de Austria, que tenía pocas ganas de seguir en el convento, entrega sus joyas al fraile y al pastelero para que las usen para conseguir fondos, convencer a nobles portugueses y desalojar al triste Felipe II de Portugal. El plan se tuerce sin remedio cuando el pastelero es detenido después de pasear las joyas y su supuesta altezidad por bares, tabernas y discotecas despotricando de Felipe II.

Detenido y encarcelado por bocazas, sus captores descubren con sorpresa una serie de documentos en lo que se intitula como rey de Portugal y que le relacionan, nada más y nada menos, con la sobrina del rey. El funcionario entona un trágame tierra y notifica tal suceso a la corte, que decide someter a pastelero y fraile al procedimiento habitual en estos casos: tortura y más tortura hasta que canten, hecho que no sucede. Gabriel tan pronto dice una cosa como la otra y el fraile jura y perjura que él creía que el pastelero era el mismo Sebastián. Resultado: dos condenas a muerte, el pastelero decapitado y descuartizado; ahorcado y descuartizado el fraile. La sobrina del rey es trasladada, como castigo, al Convento de Nuestra Señora de Gracia, en Ávila, para que guarde estricta clausura.

¿Cómo pudo un pastelero montar semejante sin dios? ¿Engañó o se dejó engañar por el fraile? ¿Y Doña María Ana de Austria? Según las crónicas, el pastelero, que no parecía dedicarse a la pastelería, recibía en su casa a altos personajes portugueses ¿Estafados o estafadores? El pastelero parecía tener buenos modos, como su humilde familia, buena planta y hablar idiomas. ¿Cómo había accedido a esas costumbres y conocimientos? ¿Por qué se declara todo el proceso secreto? ¿Por qué tanto interés por parte de la Corona?

Seguramente la respuesta a todas esas preguntas sea la más sencilla: una conspiración de sediciosos un tanto chapuzas para hacerse con el poder usando a un pobre hombre con cierto parecido físico -ambos eran pelirrojos- con el difunto rey, que termina creyéndose su papel. De todas formas, si usted quiere sacar sus propias conclusiones, aquí tiene un documento del S. XVIII que recoge los testimonios de todos los inculpados.

¿Era el pequeño Gabriel un charlie del CNI? 

Panegírico (anti)navideño por José Ramón Rebollada

Si siempre es agradable contar en este rincón con la aportación de lectores y amigos, lo es más si quien firma esas líneas es el periodista José Ramón Rebollada Gil. Si tú también quieres enviarnos un texto para su publicación, aquí os contamos cómo.

___________________________________________________

Panegírico (anti)navideño

IMG_20141122_202552

Ya nos llega de nuevo este tiempo del año en el que la hipocresía más absoluta se apodera absurdamente de una sociedad que parece adormilada, tomada por la sinrazón, hipnotizada por el absurdo. Sí, estoy hablando de esa cosa llamada “navidad”.

Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua la palabra “navidad”, en su primera acepción, es: “Natividad de Nuestro Señor Jesucristo”, ¡nada menos! Esta es una nueva demostración incuestionable de hasta qué punto la creencia religiosa de un fragmento de nuestra sociedad se ha apoderado (sin derecho ni justificación alguna) de buena parte de nuestra propia esencia y funcionamiento social a lo largo de los siglos, incluyendo el lenguaje. Si me atuviera a la literalidad de la definición esa palabra no significaría nada para mí ni para ninguno de los  que no somos creyentes de alguna de las múltiples facciones del cristianismo porque todos nosotros no tenemos un “Señor Jesucristo” compartido y reivindicado como “Nuestro”. Una vez más una parte se apodera del todo en su propio beneficio, en este caso lingüístico, y eso es como apropiarse de la misma esencia de nuestro (éste sí de todos) código social por antonomasia: el lenguaje. Yo les ruego a los señores académicos que cambien la primera acepción de la definición de esta voz.

La celebración de la “Natividad de Nuestro Señor Jesucristo” tiene tras de sí una oscura y enrevesada historia como todo lo que tiene que ver con el cristianismo, especialmente en su facción católica. Por supuesto nada de lo que voy a relatar ahora se cuenta en los púlpitos de las iglesias y catedrales, allí simplemente se dice que el tal Jesucristo nació un 25 de diciembre. La iglesia católica no parece tener demasiado interés en divulgar su propia historia, ¿por qué será?

Es realmente sorprendente comprobar lo poco que saben los cristianos sobre un personaje que ellos afirman fue histórico (por tanto real y verdadero) y que es nada menos su dios. Una de las muchísimas cosas que no saben es cuando nació, pero claro, para no ser incoherentes con su afirmación de la verdadera existencia de ese tal Jesucristo se inventaron su fecha de nacimiento y eligieron el 25 de diciembre.

Sus propias escrituras contradicen esa fecha. Sus estudios barajaron en su momento muy diversas fechas para tal acontecimiento entre los meses de mayo y octubre, pero finalmente (y no por casualidad) se decidió que la fecha de nacimiento fuera el 25 de diciembre, “casualmente” en las cercanías del solsticio de invierno, unas fechas de celebraciones paganas ancestrales en muchas latitudes del planeta basadas en el ciclo de las estaciones, cuando los días empiezan a ser más largos, algo que (incontestablemente) sí es un hecho cierto.

No obstante, y pese a la trascendencia del dato, no parece que tuvieran mucha prisa en “conocerle”. Según diversos estudios (incluyendo sus propias fuentes) no hay rastro de preocupación alguna por esta cuestión hasta el año 220 más o menos, más de dos siglos después de la supuesta existencia de ese personaje. Se saca a colación la cronología del autor griego convertido al cristianismo Sexto Julio Africano como el primero en afirmar que nació el  25 de diciembre.

Pero hay que esperar unos 125 años más, hasta el 345, para que la iglesia “fijase” el 25 de diciembre como el día del nacimiento de su dios, parece ser que por influencia de dos de sus líderes: Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno.

Y una vez inventado el día hubo que inventarse el año del nacimiento de Jesucristo. En la sociedad de la época en la que supuestamente nació regía el Calendario Juliano, instaurado por Julio César, que se estableció en el año 45 ac. Por no liarnos demasiado en este galimatías de los calendarios resumiré diciendo que fue el monje Dionisio el Exiguo el que en el año 533 de la actual era “calculó” que el nacimiento de Jesucristo ocurrió en el año 753 del calendario juliano, y estableció el 1 de enero de 754 como el primer día del primer año de la era cristina. Eso lo hizo, como digo, ¡533 años después del supuesto nacimiento!, con lo que (repito) no puede decirse que los cristianos tuvieran mucha prisa por “saber” cuando nació su dios. Además, según se desprende de múltiples estudios e investigaciones, el monje cometió varios errores en sus cálculos de tal forma que, según su calendario, Jesucristo tendría que haber nacido entre cuatro y siete años antes de Jesucristo… curiosamente. Pero los erróneos cálculos del exiguo monje fueron siendo adoptados progresivamente en occidente hasta llegar a nuestros días. Es por ello que nuestra forma de contar el tiempo en la actualidad es fruto de otro invento de los cristianos, una ficción, una fabulación que contiene incluso errores matemáticos e históricos, aunque ellos no lo explican nunca desde sus púlpitos, claro está.

Y aquí nos hallamos todos, creyentes o no, inmersos año tras año en la “celebración” del nacimiento de un supuesto dios cuya fecha de alumbramiento es fruto de la suplantación y apoderamiento de ritos ancestrales, la invención de unos pocos próceres cristianos de la antigüedad y los errores de un monje medieval… Si esto no es algo patético y absurdo no sé qué puede serlo. Éste, y no otro, es el origen la navidad cristiana, ni más ni menos.

Otro día podemos meternos en la no menos enrevesada cuestión del lugar del supuesto nacimiento, que esa es otra: ¿Belén o Nazareth? Por no mencionar la no menos espinosa y misteriosa cuestión de quienes fueron sus supuestos progenitores con ese invento (para ellos sagrado dogma) de la santísima trinidad. Igualmente no me meteré en la peliaguda cuestión de los llamados Reyes Magos sobre los que los propios líderes del Vaticano siguen enredando 2.000 años después; recordemos el planteamiento reciente del anterior Papa, Benedicto XVI, de que esos seres procedían de Tartessos, o sea, del suroeste español actual.

Pero claro, todo esto, a base de no contarlo ni recordarlo, se va “olvidando”. Sólo se conserva y se repite hasta la extenuación el nimio mensaje que se quiere trasmitir y fijar de forma intencionada: Jesucristo nació el 25 de diciembre ¡y punto!

No tengo esperanza alguna de que esta cosa de la navidad vaya a cambiar próximamente, hay demasiados intereses en juego. En primer lugar los de la propia iglesia católica defendiendo su prevalencia en la organización social de todos, creyentes o no. También los intereses comerciales que se han generado a lo largo del tiempo. No se puede olvidar tampoco que a lo largo de los siglos esto se ha convertido en un rito interiorizado que en muchos casos ni siquiera se vive en clave religiosa. A pesar de que estamos en un Estado aconfesional todos los Ayuntamientos se gastan una pasta en las fiestas navideñas: nos llenan las calles de luces, organizan cabalgatas o promueven la instalación de belenes utilizando espacios y recursos públicos de todos, creyentes o no… y ningún político va a arriesgarse a poner un poco de cordura en esta sinrazón, lo sé, pero por lo menos que sepamos a qué atenernos, de dónde viene la cosa, qué es en realidad lo que se “celebra”… cual es el origen de la patraña.

A %d blogueros les gusta esto: