Polemicemos: Ávila, Gamonal, ponis y unicornios.

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Llevaba un par de semanas dando vueltas a la forma de traer lo sucedido en Burgos a este rincón, pero no encontraba manera. Si hay que pontificar, se pontifica, como buen español experto de barra de bar en mil materias; pero hay que intentar mantener las apariencias. Una cosa es no tener ni puta idea y otra que se note. Solo he estado una vez en Burgos en toda mi vida, hace poco más de un año, tres días, y de haber pasado por la ya famosa avenida Vitoria, debió ser en autobús, pero tampoco me he molestado en mirar el recorrido de las líneas que cogí estando allí. Mi único nexo con todo el caso es que el hotel en el que me hospedé está en el mismo edificio que el ático del Alcalde, pero mi opinión al respecto se limita, ya que el Alcalde no tuvo a bien invitarme a tomar algo, a señalar las buenas vistas que debe tener desde su salón. La foto que encabeza este post está tomada desde mi habitación, 4 plantas más abajo.

Como ven, mi autoridad para hablar de las carencias del barrio, de la corrupción local, de la planificación urbanística burgalesa o del carácter aguerrido y obrero del barrio; es bastante escasa. De lo que puedo opinar, por simple pertenencia, es del clima social que se respira en el conjunto del país, del hartazgo creciente -por no llamarlo cabreo- de amplias capas de la sociedad. ¿Qué es lo que hace que una ciudad tranquila y conservadora estalle por un aparcamiento subterráneo? No lo sé, pero si tuviese que jugarme una moneda de cincuenta céntimos, diría que es, simplemente, que la gente está, con perdón, hasta las narices y que lo que en Burgos sucedió por un bulevar, en Quintanilla de la Parra puede suceder por el asfaltado de una plaza y en Burguillos de Villarriba por las farolas de la entrada al pueblo si las circunstancias son propicias.

La gente está cansada y la crisis, que es más que económica, se ha llevado por delante la confianza que muchos ciudadano tenían en buena parte del sistema. Y el cambio en las actitudes de la ciudadanía hacia la política no se ha visto acompañado por un cambio en las formas de hacer política y de gestionar las instituciones, que en buena medida parecen estar esperando a que escampe para volver a sus viejas rutinas, aprobar nuevas recalificaciones, construir cosas y organizar actos. Cada decisión de las instituciones se toma como un posible ataque, a veces sin la menor reflexión, y se reacciona en consonancia. ¿O ustedes creen que un asunto como el del Murallito, en otro momento, habría levantado tanto revuelo?

Pero este cambio en la actitud de nuestros conciudadanos hacia la política no tiene por qué ser positivo. Uno es de naturaleza optimista, pero también tiene días malos. Todas las encuestas reflejan que el interés por la política no hace otra cosa que aumentar. Ahora bien ¿el conocimiento del funcionamiento del sistema, de la democracia y de nuestras instituciones ha aumentado de forma paralela a ese interés? Yo diría que no y eso, sumado al mencionado hartazgo provocado por la crisis, es un grave problema que degenera en altercados como el de Burgos, en movimientos ciudadanos y políticos sin ningún tipo de contacto con la realidad, en salvapatrias populistas y en saltos al vacío embadurnados de buenos sentimientos y consignas edulcoradas como el de Ponilandia.

Polemicemos. Que una mayoría -o una no mayoría muy ruidosa- pida algo no implica que tenga razón. No me refiero con esto a lo sucedido en Burgos, ahí tienen ustedes, por ponerles un ejemplo alejado, a los fanáticos de la familia tradicional y de bien, que son muchos y se manifiestan a menudo, lo cual no les da, por fortuna, la razón automáticamente. Los partidos están para algo más que ser correa de transmisión de las opiniones ciudadanas. Deben también guiar, formar la opinión y dirigir el debate ciudadano. Si una mayoría de los votantes del PP -o del Partido Z- quieren que los condenados por terrorismo pasen 100 años en la cárcel, desnudos, atados de pies y manos y obligados a escuchar una y otra vez el himno nacional; alguien les debería decir que no tienen razón, no solo esperar a que se olviden de la polémica. ¿Qué eso es más difícil que salir en la tele, con gesto duro, y decir que hay que endurecer, por vigesimoséptima vez, las leyes? Pues es verdad, pero de algo hay que morir. La democracia tampoco es ir votando a cada rato todo lo que nos apetezca, tenga o no sentido, encaje legal o contacto con la realidad. Ni decidir las cosas en asambleas con gritos mudos, biodanzas y a chakras alzados.

Lo voy a dejar aquí, antes que se enfaden y me hagan un escrache en la cuenta de tuiter o se cambien los avatares, los pongan de un color o al revés y me vea a forzado a dimitir de esto blog y de mi perfil en Facebook. Que Santa Teresa interceda por todos ustedes y por mi el primero.

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