Sin noticias de Tesla

Desde la terraza del bar que hace esquina en la plaza Mayor de Carrión de los Condes se puede ver la maravillosa fachada románica de la iglesia de Santiago. No muy lejos de allí, un cartel anuncia que la tumba del apóstol está a tan solo 400 kilómetros. A pesar de la distancia y de las fechas, la plaza y todo el pueblo bulle de peregrinos. En la terraza del citado bar, una docena de ellos descansan entre los arcos amarillos que cobijan las siete u ocho mesas que un camarero con camiseta y pantalón negro se afana en atender mientras se seca el sudor. Hace calor, demasiado para las fechas que son y el lugar en el que nos encontramos.

Rodeados de peregrinos, en la única mesa escondida del sol, cuatro jubilados del pueblo rematan una partida de dominó. Entre ellos, otro hombre termina el periódico, lo dobla, lo deja sobre sus piernas y busca con la mirada al camarero. No lo encuentra y se vuelve hacia sus compañeros.
—¿Habéis visto lo de Trump? Dice el periódico que ha bombardeado Siria. Este hombre nos va a traer problemas.
—Y a mí qué cojones más me da el Trump ese si me voy a morir igual.

Hace no mucho tiempo, un programa de televisión consiguió que durante algunos días se hablase de la despoblación y del futuro del mundo rural en medios, entornos y lugares que hasta entonces habían ignorado una problemática cronificada ya en muchas regiones. Un paseo triste entre estampas grises y fotografías sepias de una tierra cuarteada por el tiempo y el polvo. No recuerdo la frase exacta, pero en un momento del reportaje, un hombre, recostado contra una tapia mientras atardecía, afirmaba que él no iba a estar entre las posibles soluciones porque a su edad le quedaba ya poco tiempo.

Desde hace unos meses tengo la sensación de que la resignación —podíamos hablar de rendición incluso— ante el oscuro futuro de las zonas rurales del interior es mayoritaria, no solo entre los habitantes de la zona, sino también en las administraciones y sus ocupantes. Tengo la impresión de que todo el mundo sabe que no hay soluciones para el lento marchitar de comarcas enteras, de que no hay marcha atrás ni milagros posibles, de que hace tiempo que se tiró la toalla si es que alguna vez se sostuvo. Evidentemente ningún político con intención de continuar en el sector y en su sano juicio se pondrá nunca delante de un micrófono para leer la sentencia, pero la despoblación y sus soluciones parecen cada vez más una nota al pie, un latiguillo en los discursos y programas de nuestros dirigentes, un eco que sigue allí pero se va apagando. ¿Para qué gastar tiempo y dinero, recursos escasos, en arreglar algo que está irremediablemente roto?

Ahora, esta desasosegante sensación la tengo también cuando visito los medios locales. Cada noticia, declaración o comunicado que leo, veo o escucho sobre el futuro de Ávila me suena igual de vacua. El alcalde va a pedir a Seat que llame a su futuro modelo “Ávila”. El tipo de vehículo se adapta a la perfección a las características de la ciudad y la provincia, señalan. Pablo Casado apuesta por convertir la ciudad en un “hub” para la deslocalización de empresas madrileñas. Ávila tiene una situación estratégica, suelo barato y disponible, costes laborales más bajos y un enorme potencial. Los mismos argumentos, hipérbole arriba o abajo, que llevamos escuchando desde hace años. El PSOE, por su parte, apuesta por la instalación en Ávila de la nueva factoría europea de Tesla, la empresa norteamericana que produce más titulares que coches.

Ojalá tenga que comerme estas líneas, ojalá cientos de empresas llenen nuestros polígonos tras vaciar los de Madrid, ojalá Tesla monte su fábrica sobre el erial urbanizado que hay camino de Sonsoles, ojalá el nuevo Seat se llame Ávila y cientos de personas decidan visitar la ciudad que da nombre a su vehículo como aquella vez que la ciudad se nos llenó de fanáticos de las luces LED.

Ojalá ocurra todo esto y más, pero mientras tanto no puedo arrancarme del pecho la sensación de que todo el mundo sabe que estamos muertos, pero nadie se atreve a decírnoslo.

La modernidá

Cuando uno vive fuera de Ávila, aparte de extrañar las murallas, redescubre la capital del imperio cada vez que vuelve, sobre todo si pasa un tiempo entre una y otra visita. Así me pasó estas navidades, cuando descubrí que el horrendificio de Moneo estaba siendo rodeado de locales insospechados, como un 100 montaditos. Había chavalería escuchando Los 40 (¡en Ávila!) camino del Burguer King o del mencionado montaditos.

“Antes, todo esto era arena. Los chavales escuchaban Onda Cero Música y los policías locales no multaban a los chavales que jugaban a la pelota. Bueno, tal vez en Sonsoles sí”.

Bromas aparte, estaba escuchando en la radio uno de esos sesudos estudios que aseguraban que los castellanos y leoneses son los menos bailongos de España. Para que se venga arriba el cotarro, el presentador se ha dedicado a poner reggaetones a levantar el ánimo del paisanaje. Me imagino a Don Ambrosio en La Toledana cogiendo la fregona y prendiendo la gasolina. A mí me gusta la gasolina, dame más gasolina. Y la señora Paca mirándole con preocupación y amenazándole con darle un escobazo.

La modernidá… ¿ha llegado a nuestra ciudad? Hace unos pocos días pregunté por Twitter cuáles serían las palabras de la década. Si el año pasado fueron casta o dron… ¿Qué palabros sumaríamos desde tiempos ZP? Éste fue el ostentoreo resultado:

– Perroflauta, twerking, reggeaton, hipster, crowdfunding, fracking, whatsapp, bitcoin, postureo, ola ke ase, selfie (#conwilly), metrosexual, indignado, muffin…

Entonces… ¿Qué tal nos ha ido dentro de esta modernidad? Hemos quedado que de twerking vamos mal, aunque habría que ver a Miley en Músicos en la Naturaleza para comprobarlo. Perroflautas tenemos, alguno hasta hizo acampada en el Grande. Moderno en su look sería Alberto, al que pronto ¡ola ke ase! (de esto habrá que hacer post) veremos dar una conferencia en Ávila. No de indignados ni de crowdfunding, ni habrá que pagar entrada con bitcoin. ¿Postureo? Seguro. ¿Fue Santa Teresa la primera mística que luchó contra el postureo? Podría ser un buen título de conferencia. Se podrán hacer selfies con el autor, gurutoriador que usa whatsapp, seguramente sea contrario al fracking y sin embargo adepto al muffin. Todavía no había puesto smart, y en nuestra ciudad astronómicamente reconocida en ese aspecto, ese fallo era como tener una bombilla sin luz.

Y después de párrafo tan desastroso, la pregunta…

A pesar de tener ya “Los 40″… ¿Sigue siendo Ávila un buen refugio anti-modernidá? ¿Es posible ir de El Bulevar al Puente Adaja sin cruzarse con un hipster? ¿Se puede saltar de almena en almena sin divisar un metrosexual?

— Llevábamos unos días sin publicar y me apetecía algo más ligero para romper el hielo, sobre todo en día de debate sobre el estado de la nación. De lo del PSOE de Ávila ya hablaremos, cuando saquen definitivamente las espadas láser (ya saben, la modernidá). Se rumorea que George RR está en el Maspalomas tomando notas para su próximo libro de Juego de Tronos: “No es mala idea montar una gestora en Desembarco del Rey… y lo que surja”, le dijo al camarero. —

El precipicio

Hay un momento magnífico en “El Ala Oeste de la Casa Blanca“. En realidad hay muchos grandes instantes, así que pónganse la serie desde el inicio y disfruten. Pero en este caso me refiero a una frase que Josh Lyman le espeta a Leo McGarry, que es algo así como “Fenomenal todo lo que me estás diciendo, pero alguien tendrá que pensar en los próximos ocho años”. McGarry pensaba a corto plazo en el final de legislatura de Bartlet y Lyman ya estaba ideando como aupar a Santos, aka Obama Latino, al despacho oval.

El paralelismo es un poco forzado, pero esa escena me vino a la mente cuando hablaba el otro día con un prócer de esto del deporte en el imperio abulense. Me contaba una serie de tejemanejes poco publicables pero resumibles en una frase:

“Real y Muy Católico Ávila Fútbol Club. Esa sería la única solución para que algunos aflojaran la pasta”.

No se refería a “La número 12” que dibujara Illo en su tiempo. No era una cuestión de la Virgen de Sonsoles, sino de presiones varias para que los dineros fueran a las manos correctas. Algunos espónsores posibles cayeron por el camino, me contaba. De hecho, cuando hablamos, todo esto del Glorioso no tenía solución ni haciendo un Icebucket de esos (salvo que apareciera Charlie Sheen por la muralla).

Por allá por Julio, el exportero encarnado Pindado ponía unos tuits interesantes. Le tenía perdida la pista desde que dejara el equipo para meterse en una aventura fuera de España. Para aquellos que les guste el fútbol modesto, su relato de su llegada a Albania resulta muy curioso. Parece que su impulso ha resultado imprescindible para lograr que la pervivencia del Real Ávila se sustente en dinero llegado de fuera. No se conocen muchos más detalles de momento, así que no especularemos. Tampoco se volvió a saber de Aurelio Gurrea después de que aquellas palabras que sonaron tan bien pero que quedaron transformadas en eco, eco, eco.

Parece que hoy habrá partido y que hay nuevo preparador físico. Buena suerte. Y ahora, si se firman los papeles que falten, aváncese. También desde la afición, que si algo malo han traído estos últimos meses, lo peor ha sido ver cómo en vez de cerrar filas se han abierto aristas, rencillas, frases incorrectas, diplomas de buen y mal abulense y unas cuantas amistades perdidas en el camino.

A por el centenario, equipo. 

Cambiando de acera deportiva, al frente del Obila se ha puesto Rodrigo Martín, al que conozco desde hace muchos años y al que deseo mucha suerte. Suerte que también será la de todos. Tenemos pendiente desde hace unos días una pequeña charla, que saldrá publicada en cuanto haya respuesta, espero que para la próxima semana. De momento, el Obila en redes sociales se ha reactivado: ya se puede consultar el calendario y la campaña de abonados está abierta.

Que se actúe con acierto, que se abran los clubes a la ciudad y la ciudad a los clubes. Que paseen con dignidad y buenas maneras el nombre de Ávila por Castilla y León y por España. Y que con trabajo, ideas y un poquito de cariño sean referentes de buen hacer.

No caer al precipicio, unos y otros, ha estado muy cerca, y la amenaza no ha desaparecido. Hay que pensar en ciudad, en medio y largo plazo, ocho años y más, porque quedarse sin referentes deportivos sería un tremendo error.  Algunos, de hecho, parecían brindar ante la posibilidad de que cayeran unos, otros o unos y otros.  Peor aún, pongan ustedes la categoría, los que trabajaron de forma efectiva para que el hundimiento se produjese. Nunca lo entenderé.

Buena temporada y que siga habiendo ese futuro.

Un año ha, un año a

¿Tenemos mejor Ávila que hace un año? ¿Tendremos mejor Ávila dentro de un año?

Dibujo extraño que nos ha prestado Google

Dibujo extraño que nos ha prestado Google

Aquí cada uno somos de nuestra padre y nuestra madre, así que a las preguntas de arriba cada uno respondería a su manera. Les invito a hacerlo en nuestros comentarios.

No sé, por mi parte, si tenemos ahora mejor Ávila que hace un año. Desde siempre, cuando estaba un tiempo sin ir a la ciudad, lo interesante era irse fijando en los cambios. Lo que se había abierto, lo que había diferente. Ahora es más fácil darse cuenta de lo que ha cerrado, los carteles de se alquila y el abandono general. ¿O estoy pecando de pesimista una vez más?

En el CIS de mis amigos y familiares, pocas novedades. Alguno más al paro, alguno ha encontrado sitio, casi nadie ha hecho ninguna aventura extraña como cambiar de casa y aquellos que se fueron de España no han vuelto. Policías no hay, los pelicanos industriales están con el coto cerrado. Las luces verdes que haya, que alguna hay porque ha de haberla, me resulta difícil verlas en planos cortos. Vale, tenemos 100 Montaditos. Abriré plano la próxima vez.

Y… ¿el futuro? Lo fácil es decir que aquí siempre todo sigue igual, siempre mandan los mismos, nada cambia. Pero bueno, en el siglo XIV no había coches así que en algo sí que habremos cambiado. Bromas aparte, creo que este año sí habrá cambios. Toda una generación joven se enfrenta a un muro frío. Hay preguntas complejas a las que se dan respuestas fáciles o no se dan respuestas, y si se ofrecen respuestas complejas… ¡ay! eso no lo interesa a nadie. A ver quién está más diestro a la hora de defender lo suyo y lo común, el futuro de la ciudad.

Pero esta vez, pase lo que pase, tengo la sensación de que en un año el panorama será muy diferente. Por lo que habrá sucedido intramuros y lo que habrá sucedido extramuros. Lo que no sé es si será para bien, para mal o para regular. De aquí al próximo verano lo comprobaremos. ¿Cómo lo ven ustedes?

Haters

No puedes negar la tormenta si estás bajo el chaparrón.

En eso llevo pensando desde que el otro día publicó Willy por aquí su “seamos optimistas”. Llevamos una serie de entradas grises, del tiempo, como si el año de la recuperación nos hubiera pillado todavía con niebla. Y es que la luz debe estar ahí al fondo pero sus fotones ni son raudos ni calientan mucho por estos lares.

Veintitantos por ciento de paro, farolas sin luz, establecimientos que cierran, otros que no llegan, las promociones policiales no son lo que fueron, los clubes no tienen dinero, la gente no participa en los actos culturales todo lo que debería. Ves a la gente en la cabalgata y te preguntas dónde están el resto del año. Somos unos jeiters.

Se nos acusa de formar parte del bando perdedor, toma nísperos, cuando si Ávila va mal perdemos todos. Y no veo fácil solución. Si pienso en una decena de buenas cabezas que pudieran ponerse al frente de la ciudad y de la provincia no creo que tuvieran tampoco la varita mágica. ¿Con qué industria creamos empleo? ¿Cómo hacemos que la ciudad fluya, que haya vida y futuro?

Voy a dar por bueno que 2015 pueda ser un año mejor con Las Edades, la intercesión de la Santa, los voluntarios (no quiero ser tan jeiter como Willy en eso) y que incluso viniera el Papa y la Muralla viviera un “Juan Pablo II te quiere todo el mundo” versión extendida. Y que mucha, mucha gente acudiera a nuestra Semana Santa porque nos han dado un reconocimiento a mayores. Ojalá.

Quiero ser optimista, pero seguimos necesitando un plan. Millones, inversiones, que Ávila también exista. Que se acuerden de nosotros pero no para que nos caigan diputados cuneros sino para recibir proyectos. Que seamos los grandes beneficiados del Espanya ens roba porque quienes tienen más han de procurar que se levanten los que tienen menos. Y que esos dineros, inversiones y proyectos llegaran a Ávila y se tradujeran en empleo y futuro y no en inflamiento de bolsillos de las gabardinas habituales. Y que hubiese una oposición fuerte y no lo que aquí tenemos. Una alternativa creíble que apretara e hiciera mejores a los que mandan.

Estamos peor comunicados que las ciudades del entorno. Perdemos conexiones y las seguiremos perdiendo. El Prado y todo lo que supuestamente iba a generar también lo tenemos diferido en la caja B. Estamos deprimidos y si hay un motivo para la esperanza escríbanlo que lo compro.

Quiero que mi Ávila esté mejor. Estoy dispuesto a creer que podemos crecer porque de verdad lo quiero, y si hay algo que no estoy viendo, si estoy siendo pesimista sin motivo, pónganlo en comentarios.

No, no quiero ser un hater. No quiero participar en el blog de pitufo gruñon. Ojalá en cinco años tengamos que decir…

“Pues sí, estábamos equivocados: Nos va de puta madre.”

La autoflagelación del castellano

¿Nos merecemos ser nadie por ser de Castilla?

Ya se habrán dado cuenta de que no somos nadie. Lo que aquí pase, en Valladolid, Segovia, Burgos… no le importa a nadie salvo si es malo. Somos la escoria informativa de la nación. Nuestros problemas no existen, no merecemos nada. Ni un titular, ni una foto. Solo la nieve en la muralla o la postal del acueducto, la crecida del Pisuerga, el -5 en un termómetro junto a la Catedral de Burgos. El resto del año no valemos pa´na. Y si el 23 de Abril, día del libro, coincide con Sant Jordi, pues apañados vamos. Veremos a Artur, a maroto, al de la moto y toda la parafernalia junta. Y unas mozas sonrientes con su libro y rosa. Y, luego tal vez sí, 3 segundos de San Jorge en Aragón y medio segundo de Villalar, los comuneros esos, la castilla que no importa a nadie.

La última vez que miré la población en España, nuestra Comunidad era más del 5% de la población nacional, 350 mil habitantes más que en el País Vasco. Pero si bosteza Urkullu o Ibarretxe, o el que esté ahora, también saldrá en el telediario. Y para que no se ofenda nadie aparecerá también un aurresku, el de la oposición, el opositor de la oposición y la oportuna manifestación de bildu. Que no falte de nada. Para nosotros no habrá tiempo, ocurra lo que ocurra.

Esto no va de mensajes identitarios, ojo. Que no se me ofenda ningún leonesista, berciano o cantonista del Valle de Mena. Ese debate para otro día, que no me he puesto la bandera por montera. Hablo en general de lo nuestro, los que habitamos por el centro y centro/norte, más allá de fronteras administrativas.

Qué lugar tan majestuoso tenemos como tierra. Que uno ve la Catedral de Burgos y dan ganas de decirle a un tipo de Kentucky que ellos tendrán fried chicken, pero que nosotros les dejamos fritos. Tenemos tres ciudades patrimonio de la Humanidad que quitan el sentido y que se pueden visitar de tirón o despacito, al gusto. Cultura e historia a cascoporro.

No se trata de ser patriota de campanario, mi aldea o muerte, ju-já. Se trata de querernos un poquito, pero de verdad. Que ahora mismo te preguntan de dónde eres, dices que de Ávila… te miran raro y al final dices “de Madrid, ahí cerca”. Pues no. Soy de Ávila, ciudad de las murallas. Castellano, escenario de increíbles historias que si las pillara Hollywood te cagarías la pata abajo. Soy de la tierra de mis paisanos del Acueducto, de las catedrales de Salamanca, de la legendaria ciudad de Toledo. Tierra de la dulzaina y de las rondas. Del cochinillo y las judías, del vino y la morcilla.

Del diablo cojuelo.

Pues eso, a quererse más. Que uno de los grandes males de España es fomentar la división, buscar los hechos diferenciales. Separar, destruir.Y de eso también lo tenemos en nuestra parcela. Aquí también se lleva mucho lo de crear divisiones. Y nuestro hecho diferencial debe ser el que somos de una tierra cojonuda. Tres ciudades patrimonio en 200 kilómetros, diantres. Y eso solo para empezar.

Y que si miramos hacia delante en vez del “bueh, es lo que hay”, merecemos algo más que ser los nunca-nombrados.  No agachemos la cabeza como si tuviéramos que pedir perdón por ser de aquí en vez de ser asturianos, vascos o turdetanos. Vendamos lo nuestro. No con banderas ni roncerismos, sino con sonrisas y sano orgullo. Que haya futuro también va de eso, de ser listos.

Pd: Para no quedar como un bocachancla patriotero sin más, he de decir que Kentucky tiene buena pinta. Fíjense: “Posee el sistema de cuevas más largo del mundo, la mayor longitud de corrientes y canales navegables de los Estados Unidos continentales, los dos lagos artificiales más grandes al este del río Misisipi y el yacimiento de carbón más productivo del país. Kentucky es mundialmente conocido por sus caballos pura sangre, las carreras de caballos (especialmente el Derby de Kentucky), las destilerías de bourbon, la música bluegrass, el tabaco y sus equipos de baloncesto universitario.

Pero vamos, que no lo cambio por un bañito en aguas frías de nuestras sierras…

Persigamos quimeras

Hay una pintura que se utiliza normalmente como símbolo de una parte del carácter de los pueblos que han configurado eso que, de momento, llamamos España. Se trata del Duelo a garrotazos, uno de los frescos que adornaban las paredes de la Quinta del Sordo, finca donde residió su autor, Francisco de Goya, los años anteriores a su exilio. Dos hombres, hundidos hasta las rodillas en el barro, pelean a muerte armados con dos garrotes. Es una escena cargada de violencia y de dramatismo: dos hombres atrapados, más preocupados de matar a su enemigo, a su contrario, que de salir de la situación en la que se encuentran. Ya saben: el espíritu cainita de los españoles, las dos Españas, la Guerra Civil, la tragedia nacional, la leyenda negra, las viejas heridas que no cicatrizan nunca, la estupidez, la cerrazón, etc.

España es un país bipolar, ciclotímico, que alterna episodios de excitación y euforia con otros de honda y persistente depresión. Tan pronto somos, o nos creemos, los mejores – los más listos, los más guapos y los más altos, los de la championsleague y el G7, faro de occidente y ejemplo a seguir – como nos consideramos un detrito de la historia, unos seres abominables incapaces de hacer la O con un canuto, de atarnos las zapatillas sin caernos o de gestionar nuestros asuntos sin el consejo firme de quienes de verdad saben. En este movimiento pendular que es el estado anímico nacional, ahora mismo nos encontramos en la parte mala. Tras años de creernos la personificación de todas las virtudes, los nuevos ricos que ponen los pies sobre la mesa de los poderosos y echan el humo en la cara a sus antiguos señores mientras les dan lecciones; nos estampamos contra un muro, de buen ladrillo y cemento burbujeril, y caímos en la más honda de las fosas abisales, en la cuneta de la historia de donde, ahora lo sabemos, nunca debimos salir.

Donde antes sólo había loas a nuestro buen hacer, ahora solo hay llantos. Se acabó la epopeya española, se acabó la fiesta, bienvenidos al drama, al Pain in Spain, al Duelo a Garrotazos del que hablábamos un poco más arriba. Ahí estamos, asestándonos hostias como panes, sangrando, hundidos en barro hasta la rodillas. La esencia nacional, el valle de lágrimas, la condena eterna de la piel de toro con la que cargamos desde Indíbil y Mandonio y de la que solo nos liberaremos cuando Hercólubus acabe con nuestro sufrimiento.

¿No están ustedes un poco cansados de todo esto? La economía no levanta cabeza, el paro está desbocado, los dramas se amontonan a las puertas de cada oficina del INEM y de sus sucedáneos regionales y en ocasiones parecemos gobernados por una piara de incapaces. Es difícil, incluso contraproducente, ser optimista en estos momentos pero ¿es necesario que nos flagelemos cuarenta veces cada día? No hablo de negar la realidad o de consumir alucinógenos antes de pasar por las páginas salmón, como hace la Ministra del ramo antes de mirar las cifras de empleo. Ni de lanzar mensajes apelando a que los galgos y los podencos remen juntos y sin ladrar para recuperar el espíritu de la santa e inmaculada transición. Ni de dejar los debates o las algarabías para favorecer la unidad de la nada, precisamente cuando más debate y más confrontación de ideas necesitamos.

No hace falta que me acusen de pecar de optimista, de negarme a ver la realidad o de que hablo desde la comodidad de tener, de momento, un trabajo. Yo soy el primero que me he recitado esa letanía antes de obligarme, casi a punta de pistola, a escribir estas líneas. También soy pesimista y el primero que piensa que estamos metidos en un agujero hondo, oscuro y frío; pero estoy seguro que lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar. No hablo de optimismo fingido, ni de risas bobaliconas como las de nuestros ministros, ni de aplicarnos una lobotomía para dejar de sufrir. No podemos pedir a los parados de larga duración que sean optimistas o que confíen en el futuro, eso sería de gilipollas. Ni podemos exigir a aquellos que no pueden pagar sus hipotecas que preparen con ánimos renovados las cajas en las que guardarán sus pertenencias si terminan embargados. No podemos esperar que una victoria de la selección nos haga olvidar los recortes en educación, sanidad o dependencia. El mundo en el que creímos vivir ha saltado delante de nuestros ojos. La crisis, que no es solo económica, se ha llevado nuestras certezas en medio de una avalancha de lodo. Es normal y lógico que estemos jodidos.

De lo que hablo, aceptada la realidad, es de superar el fatalismo en el que parecemos instalados. Realistas sí, también jodidos y cabreados, pero no resignados a caminar con paso firme hacia el infierno. No estamos condenados, por el mero hecho de ser españoles, a sufrir miserias, a ser gobernados por incompetentes. No somos más tontos que un europeo del norte, ni el Mediterráneo corrompe, ni en estas latitudes el efecto de los rayos del sol reblandece nuestras neuronas. Muchos parecen haber asumido estas máximas, pero solo son una excusa para no enfrentarse a los problemas.

Hablo, en definitiva, de que tras constatar que vamos en el mismo barco y que la vaselina la pagamos a pachas, recordemos que incluso al borde del abismo la probabilidad de caer es solo del 50%. No podemos seguir agachando la cabeza resignados porque todo va a ir a peor. Resignados a que todo es culpa nuestra, a que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, a que hay que sufrir para sobrevivir, a que no hay remedios, a que el problema de España es que está llena de españoles. Tenemos que superar urgentemente ese pesimismo atávico que parece que nos impregna por el simple hecho de nacer en estos páramos. Tenemos serios problemas y se han cometido errores, pero podemos identificarlos y debemos encontrar soluciones. ¿Tenemos los políticos que nos merecemos? Quizá sí, pero podemos cambiarlos. ¿Hemos hecho todo mal los últimos treinta años? No, ni mucho menos. Hay que cambiar lo que no funcione, reformar lo que merezca la pena mantener para mejorarlo y extirpar el tejido muerto. Si hay un problema con el mercado laboral, busquemos soluciones. Si la organización territorial ya no nos sirve tendremos que sentarnos para encontrar nuevas opciones. Si nuestro modelo económico no funciona, habrá que buscar otro. Si las desigualdades no dejan de crecer y carcomen nuestra sociedad y nuestra economía, ha llegado el momento de luchar contra ellas. Si algo no te gusta, haz algo por cambiarlo porque buena parte de ese futuro que hoy parece lejano depende de cómo encaremos el presente. Y lo que vale para el país es aplicable a cada comunidad autónoma y a cada ciudad. Si Ávila no te gusta, si Castilla y León te deprime, aporta algo, por poco que sea, para lograr los cambios que necesitan. No va a ser fácil, vienen tiempos duros, oscuros e inciertos; pero no hay nada en nosotros que nos impida salir de esta. En ningún sitio está escrito que estemos condenados a vagar eternamente por el desierto.

Volvamos a donde empezamos, al Duelo a Garrotazos. El cuadro que podemos ver en el Museo del Prado no es el que pintó Goya hace casi dos siglos. Los dos hombres que se pelean no estaban hundidos en el barro cuando salieron del pincel del aragonés, sino sobre la hierba. Esa zona oscura fue añadida después de arrancar la obra de las paredes de la Quinta del Sordo.  Sí, se están peleando con dos garrotes, y sí, están sucios y ensangretados; pero ya no hay nada que les obligue a matar o morir.

No estaban condenados, igual que no lo estamos nosotros. Ellos tenían más opciones que dejar su vida en aquel campo, nosotros también. En nuestras manos está.

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