Las columnas de Castilla

Esta no es una historia sobre los desastres de la Guerra Civil. Tampoco es una historia sobre la Dictadura. Es un relato sobre otra España, la olvidada.

En noviembre de 1936, la Guerra Civil provocada por el fracasado Golpe de Estado de julio parece cercana a su fin. Desde el sur, el ejército sublevado se acerca deprisa a la capital. El día 6, viernes, cinco columnas rebeldes están preparadas para entrar en Madrid. Ese mismo día, el “Gobierno de la Victoria” de Largo Caballero, un gobierno de coalición levantado para frenar el fascismo, decide abandonar la ciudad y huir a Valencia. La defensa de Madrid queda en manos de los generales Miajas y Pozas y de la Junta de Defensa. Tienen órdenes claras: resistir a toda costa, cueste lo que cueste.

Sobre el papel, la suerte parece echada. El caos en el que han vivido los fieles al gobierno republicano, la huida de sus líderes políticos y el desánimo de los hombres teñían de negro el futuro de la Capital. El día 8, domingo, el general gaditano José Valera ordena el asalto final a Madrid. Debería haber sido un avance rápido y concentrado, que permitiera a los atacantes neutralizar la teórica superioridad numérica de los defensores de Madrid. Debería, pero no fue así; un golpe de suerte cambió el curso del asalto. Los republicanos descubrieron en un carro de combate abatido la Orden General de Operaciones para la toma de Madrid. El ataque no se concentraría en el sur de la capital, sino en la Casa de Campo. Ese giro del destino permitió al general Vicente Rojo reorganizar la defensa de la capital y frenar el avance de los sublevados. El ataque relámpago se convirtió en un largo asedio que no acabaría hasta marzo de 1939.

Los frentes apenas se movieron desde que a finales de noviembre Franco ordenase detener los ataques directos a la capital. La recién acabada Ciudad Universitaria, primera línea de fuego del asedio, fue una de las zonas más afectadas por el frustrado asalto. La Casa de Velázquez, la Escuela de Ingenieros Agrónomos, el Asilo de Santa Cristina, el Clínico, la Fundación del Amo, la Residencia de Estudiantes y el Instituto de Higiene se convirtieron en escenarios de los combates. También lo fue el palacio de la Moncloa, un palacete de principios del s. XVII cuyas ruinas, pues eso era el edificio tras días de encarnizados enfrentamientos, fueron tomadas por los sublevados el 20 de noviembre.

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

Acabada la guerra, comenzó la reconstrucción de la Ciudad Universitaria y sobre las ruinas del antiguo palacete se levantó un nuevo palacio para que sirviese como residencia de personalidades nacionales y extranjeras durante sus estancias en la capital.

Al sur de Burgos, en el alfoz de la capital, se levanta la villa de Arcos de la Llana. Otrora pedanía moribunda, hoy pueblo dormitorio con cerca de dos mil habitantes salpicado de pareados. Junto a la Iglesia de San Miguel Arcángel, principal hito de la villa, se levantan los restos del Palacio Arzobispal. Construido en el S. XVI bajo el mecenazgo del arzobispo Vela Acuña y el cardenal Francisco de Mendoza, sirvió durante siglos como residencia veraniega de los arzobispos burgaleses.

La iglesia burgalesa fue una de las que más claramente tomó partido durante la Guerra Civil y durante la posterior dictadura. Tanto Manuel de Castro Alonso, titular del arzobispado durante la guerra y procurador de las cortes franquistas en 1943, como su sucesor, Luciano Pérez Platero, fueron beligerantes contra el gobierno republicano, defensores del Alzamiento, adalides de la Cruzada y partidarios del nuevo régimen.

A finales de los años 40, el Palacio Arzobispal estaba sin uso, como otras tantas propiedades de la Iglesia. El Arzobispo quería venderlo, desprenderse de aquella carga, y pronto encontró comprador: el propietario de una cercana fábrica de harinas. Por 26000 pesetas y dos cántaras de vino para consagrar, el antiguo palacio se convertía en fábrica y almacén. Pero no todo. El acuerdo de venta excluía las columnas del claustro. Para el comprador aquello no suponía ningún problema, los claustros renacentistas no suelen ser indispensables para la fabricación de harinas, así que firmó y se procedió a desmontar por completo el recinto, sin miramientos, conservando únicamente sus doce columnas. ¿Y para qué quería el arzobispo de Burgos esas columnas? Para regalarselas a Franco.

Aquí convergen la historia del palacio madrileño y del palacio burgalés. Las doce columnas de Arcos de la Llana viajaron hasta Madrid y se utilizaron en la reconstrucción del Palacio de la Moncloa, en la decoración y ennoblecimiento del antiguo patio, hoy Salón de Columnas. 

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El expolio del palacio burgalés es grave, pero palidece al lado de lo sucedido con las pinturas de San Baudelio, con el ábside de San Martín de Fuentidueña, con la iglesia de San Miguel de Tubilla del Agua y con el de tantos otros bienes vendidos, robados, perdidos o abandonados. Hoy, por fortuna, todos estos expolios serían impensables. Nadie permitiría que un millonario americano arrancara los frescos de una capilla o que un rico burgués catalán desmontara una iglesia. Hoy los enemigos del patrimonio de nuestra comunidad son el tiempo y el olvido, adversarios mucho más tenaces que el más terco de lo humanos.

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo,

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

Castilla, Miguel de Unamuno

Expoliadores, piteros, ladrones y patrimonio histórico

Es posible que ya lo haya comentado por aquí, pero por si no es así o alguien lo ha olvidado, vuelvo a contarlo. Antes de dedicarme a lo que ahora ocupa mi tiempo, la caza de gamusinos en campo abierto y su cría en cautividad, estuve un tiempo trabajando en el mundillo arqueológico. Ya saben: andar por el campo mirando al suelo, manejo avanzado de pico y pala, realización de agujeros de tendencia cuadrangular según un supuesto método científico, etc. Aunque la realidad arqueológica tiene mucho menos glamour que las películas de Indiana Jones o Lara Croft y, en general, es mucho más mundana que la imagen que se proyecta de ella en los medios de comunicación (no todo es Atapuerca o las campañas en Egipto), la arqueología es una profesión apasionante.

Uno de los mayores problemas a los que se enfrenta el arqueólogo en su día a día, junto a la falta de dinero público y las sobredosis de cerveza, son los expoliadores; personas que, por su propia iniciativa o por encargo, acceden a los yacimientos y roban parte del patrimonio común. En el fondo, “expoliar” y “expoliador” son solo eufemismos de “robar” y “ladrón”. Una variedad especialmente dañina y molesta de esta subespecie humana son los denominamos, en el argot profesional, piteros. Gente en apariencia normal que armada con detectores de metales rastrean los yacimientos arqueológicos perpetrando agujeros allí donde la dichosa maquinita se pone a pitar. Buscan monedas, principalmente, pero muchas veces te destrozan un yacimiento con una agurejo de 50×50 por un mísero clavo oxidado o una tachuela herrumbrosa. (Ojo: no confundir a esta gentuza con los intérpretes de flauta de tres agujeros y tamboril, también conocidos como piteros y a los que mandamos un saludo musical desde aquí)

Por desgracia, parece que esta fea costumbre ha llegado no solo a los yacimientos arqueológicos del entorno de Ávila, donde ya eran conocidos, sino también a la misma ciudad. Esta semana, en las páginas virtuales del recien estrenado medio Tribuna de Ávila, se nos informaba de que el Ayuntamiento iba a comenzar una campaña de concienciación tras detectar piteros en el entorno de las murallas y de otros yacimientos arqueológicos del término municipal. Junto a la celebración de unas charlas, el Ayuntamiento se plantea la edición de un tríptico informativo sobre la necesaria protección del patrimonio. Bienvenidas sean estas acciones y desde aquí, en nuestro indisimulado y conocido afán por aportar nuestro granito de arena en pos del bien común, propongo al Ayuntamiento que el citado tríptico esté ilustrado con fotografías de la villa romana de San Nicolás, del cementario musulmán del Mercadona y del fastuoso hotel de Las Gordillas; ejemplos, todos lo sabemos, del buen hacer de nuestro Ayuntamiento defendiendo nuestro patrimonio.

La verdad es que corren malos tiempo (entre otras cosas) para el patrimonio, en especial en esta comunidad nuestra tan rica en cultura, en arte y en historia; pero tan pobre en lo demás. Las noticias tristes en este campo se han sucedido en los últimos meses. El robo a pico y pala de la escena central del mosaico de la villa romana de Baños de Valdearados, el saqueo del yacimiento de Clunia Sulpicia o el robo de las joyas de la virgen de la Fuencisla, en la vecina Segovia. De estos, tan solo el último suceso se ha resuelto de forma positiva. (Por no hablar, ya fuera de las fronteras de nuestra comunidad, de la desaparición del Codex Calixtinus)

Estos son los casos más llamativos, pero no los únicos. Nuestro patrimonio histórico y cultural desaparece día a día, degradado paulatinamente por el paso del tiempo y el desinterés de ciudadanos e instituciones. La asociación Hispania Nostra, una entidad sin ánimo de lucro nacida en 1976 y dedicada a la defensa y promoción del patrimonio cultural, elabora una lista roja con el patrimonio histórico y cultural en riesgo. Por desgracia, Castilla y León ocupa la cabeza de esa lista con 141 enclaves en serio peligro, de los cuales ocho (en realidad siete y medio, han retirado Extramuros) son abulenses. Junto al ya mencionado Convento de Santa María de Jesús (Las Gordillas) aparecen, por ejemplo, la Iglesia de San Nicolás de Bari de Arévalo, el Convento de Santo Domingo en Piedrahita o el Monasterio de San Jerónimo de Guisando, en el Tiemblo. A la lista le acompañan unas pequeñas fichas con la historia y situación de cada monumento y unas fotos de su estado. Aunque en muchos casos las fotos son pequeñas y no se pueden ampliar, merece la pena darse un paseo por la lista. Es un paseo terrible, un deambular entre ruinas decrépitas que nos hablan de otros tiempos y de nosotros mismos, pero es un ejercicio necesario para tomar conciencia de todas las riquezas que estamos dejando escapar entre los dedos.

Es hora de poner freno, entre todos, a esta situación. La presión ejercida por la ciudadanía y por la Asociación de Madrigaleños en Defensa de su Patrimonio para salvar el Convento de Extramuros es un buen ejemplo. Recuerden: el expolio es un delito. Si ustedes ven a alguien deambulando por la ciudad o por sus alrededores armado con un detector de metales, llamen a la policía.

PS.- La imagen que ilustra el post es de la portada del antiguo Hospital de Santa Escolástica. Parte olvidada del patrimonio abulense.

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