Sin noticias de Tesla

Desde la terraza del bar que hace esquina en la plaza Mayor de Carrión de los Condes se puede ver la maravillosa fachada románica de la iglesia de Santiago. No muy lejos de allí, un cartel anuncia que la tumba del apóstol está a tan solo 400 kilómetros. A pesar de la distancia y de las fechas, la plaza y todo el pueblo bulle de peregrinos. En la terraza del citado bar, una docena de ellos descansan entre los arcos amarillos que cobijan las siete u ocho mesas que un camarero con camiseta y pantalón negro se afana en atender mientras se seca el sudor. Hace calor, demasiado para las fechas que son y el lugar en el que nos encontramos.

Rodeados de peregrinos, en la única mesa escondida del sol, cuatro jubilados del pueblo rematan una partida de dominó. Entre ellos, otro hombre termina el periódico, lo dobla, lo deja sobre sus piernas y busca con la mirada al camarero. No lo encuentra y se vuelve hacia sus compañeros.
—¿Habéis visto lo de Trump? Dice el periódico que ha bombardeado Siria. Este hombre nos va a traer problemas.
—Y a mí qué cojones más me da el Trump ese si me voy a morir igual.

Hace no mucho tiempo, un programa de televisión consiguió que durante algunos días se hablase de la despoblación y del futuro del mundo rural en medios, entornos y lugares que hasta entonces habían ignorado una problemática cronificada ya en muchas regiones. Un paseo triste entre estampas grises y fotografías sepias de una tierra cuarteada por el tiempo y el polvo. No recuerdo la frase exacta, pero en un momento del reportaje, un hombre, recostado contra una tapia mientras atardecía, afirmaba que él no iba a estar entre las posibles soluciones porque a su edad le quedaba ya poco tiempo.

Desde hace unos meses tengo la sensación de que la resignación —podíamos hablar de rendición incluso— ante el oscuro futuro de las zonas rurales del interior es mayoritaria, no solo entre los habitantes de la zona, sino también en las administraciones y sus ocupantes. Tengo la impresión de que todo el mundo sabe que no hay soluciones para el lento marchitar de comarcas enteras, de que no hay marcha atrás ni milagros posibles, de que hace tiempo que se tiró la toalla si es que alguna vez se sostuvo. Evidentemente ningún político con intención de continuar en el sector y en su sano juicio se pondrá nunca delante de un micrófono para leer la sentencia, pero la despoblación y sus soluciones parecen cada vez más una nota al pie, un latiguillo en los discursos y programas de nuestros dirigentes, un eco que sigue allí pero se va apagando. ¿Para qué gastar tiempo y dinero, recursos escasos, en arreglar algo que está irremediablemente roto?

Ahora, esta desasosegante sensación la tengo también cuando visito los medios locales. Cada noticia, declaración o comunicado que leo, veo o escucho sobre el futuro de Ávila me suena igual de vacua. El alcalde va a pedir a Seat que llame a su futuro modelo “Ávila”. El tipo de vehículo se adapta a la perfección a las características de la ciudad y la provincia, señalan. Pablo Casado apuesta por convertir la ciudad en un “hub” para la deslocalización de empresas madrileñas. Ávila tiene una situación estratégica, suelo barato y disponible, costes laborales más bajos y un enorme potencial. Los mismos argumentos, hipérbole arriba o abajo, que llevamos escuchando desde hace años. El PSOE, por su parte, apuesta por la instalación en Ávila de la nueva factoría europea de Tesla, la empresa norteamericana que produce más titulares que coches.

Ojalá tenga que comerme estas líneas, ojalá cientos de empresas llenen nuestros polígonos tras vaciar los de Madrid, ojalá Tesla monte su fábrica sobre el erial urbanizado que hay camino de Sonsoles, ojalá el nuevo Seat se llame Ávila y cientos de personas decidan visitar la ciudad que da nombre a su vehículo como aquella vez que la ciudad se nos llenó de fanáticos de las luces LED.

Ojalá ocurra todo esto y más, pero mientras tanto no puedo arrancarme del pecho la sensación de que todo el mundo sabe que estamos muertos, pero nadie se atreve a decírnoslo.

Una provincia a cielo abierto

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A unos 400 kilómetros de la plaza del Mercado Chico, centro de la abulensidad y por tanto de Occidente, al sur de la provincia de Badajoz, se encuentra Monesterio, un pueblo de cinco mil habitantes, a las puertas de Andalucía, en una zona dedicada principalmente a la ganadería, la agricultura y el turismo rural. La distancia y el clima nos separan —en Monasterio los inviernos son agradables y es el verano el que se hace largo—, pero hay algo que nos une: la polémica en torno a una explotación minera. Pero hay un matiz no precisamente menor: en Monesterio se pelea por evitar el cierre de la mina; mientras que aquí, a tiro de piedra del paseo del Rastro, se intenta evitar a toda costa que una explotación minera se instale en la zona.

La historia minera de Monesterio arranca en la década de los ochenta y para los monesterienses es sinónimo de crecimiento, riqueza y empleo. Cuando a mediados de 2015 el futuro de la explotación se tornó negro, Monesterio y todos los pueblos de la zona empezaron a temblar. El futuro de la mina dependía de una declaración de impacto ambiental que permitiese ampliar la superficie trabajada. Y tenía que ser rápido, porque el yacimiento se estaba agotando. Ciudadanos e instituciones locales y regionales urgieron a la resolución del expediente administrativo y cruzaron los dedos para que esta fuera positiva, pero nada se supo. La declaración de impacto ambiental no llegó, los precios de los metales extraídos cayeron y la mina cerró. Fue y es un drama para toda la comarca, que sigue leyendo los periódicos esperando buenas nuevas.

Para los abulenses, nuestra nonata mina parece sinónimo de contaminación, paro y destrucción. En Extremadura, la opinión pública y las instituciones se han posicionado unánimemente a favor de la mina. En Ávila, las protestas organizadas por colectivos ecologistas y vecinales han conseguido que las instituciones locales y provinciales, en principio espectadoras mudas del proceso administrativo, se posicionaran en contra, mientras la administración regional se lava las manos y se esconde detrás de técnicos y funcionarios. ¿Cómo es posible que ante una situación tan similar la ciudadanía reaccione de forma tan dispar?

En realidad, la reacción en Monesterio —y en cualquier comarca minera— y en Ávila es la misma aunque no lo parezca. En ambos casos se está defendiendo el statu quo. En Monesterio, el cierre de la mina es el fin de su modo de vida: supone la pérdida de cientos de empleos directos y un número indeterminado de empleos indirectos relacionados con la explotación minera y sus trabajadores. Se convocaron protestas, manifestaciones, los afectados se reunieron con todos los políticos con mando en plaza y buscaron el apoyo de los medios de comunicación. En Ávila, sin saber qué efecto tendría la mina —y a quién beneficiaría— esta se presenta también como una amenaza a sus formas de vida: los agricultores temen perder sus cosechas, los ganaderos los prados donde comen sus animales y los propietarios de negocios relacionados con el turismo rural los paisajes que atraen a los turistas.

Todo el mundo dice que Ávila es una provincia llena de potencial, pero nunca entran en detalles. ¿El turismo? Por supuesto, pero ¿podemos vivir todos del turismo? ¿Y del campo? La despoblación de las zonas rurales del interior de España es un problema acuciante de difícil solución. Sin desarrollo económico ni expectativas de futuro, miles de kilómetros cuadrados, cientos de pueblos, morirán poco a poco. El futuro es negro, seamos conscientes de esto.

No hablo de aceptar acríticamente cada proyecto empresarial o cada empleo que se nos ofrezca. ¿No sería mejor analizar con la cabeza fría cada oportunidad de desarrollo que se presente? Evaluemos los riesgos con serenidad, exijamos total transparencia, sopesemos oportunidades y amenazas. Exijamos que se minimice el impacto ambiental, que se controlen los posibles riesgos, que se asegure la restauración de la zona cuando acabe la explotación minera. Pensemos en el presente, en los que están, pero también en los que se irán o nunca vendrán. No dejemos que nuestros miedos hablen por nosotros. ¿Una mina? Si cumple con la ley, estupendo. Bienvenidos sean esos empleos, aunque sean diez.

El último que apague la luz (por Guillermo Buenadicha)

Más colaboraciones y más versos. En esta ocasión, es nuestro amigo Guillermo Buenadicha quien mulle nuestras neuronas para que florezca en ellas la simiente de las musas. Si tú también quiera participar, en prosa o en verso, aquí te explicamos cómo.

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El que algo sea vox populi en nuestra ciudad suele deberse a la endémica afición abulense por el chisme y el mehandichoqué. Muchas veces lo difundido por radio macuto no tiene fundamento y como tal se desvanece pasados los días. Otras, sí, se confirma el rumor como antesala de la noticia, que cuando el río suena, seguro que no es el Adaja. Pero si hay una señal que marca la frontera entre el cotilleo y lo que adquiere categoría de asunto a ser tratado seriamente es que nuestro Diario, gacetilla centenaria, dedique cuatro páginas completas a algo. Y si encima recibe la guinda de una columna de opinión de su director, entonces blanco y en botella.

Preocupado ando con el asunto Nissan, tras leer el periódico este fin de semana y a la vista de que no hay político o prócer que deje pasar la oportunidad de expresar su preocupación (me preocupo porque se preocupan; es preocupante). Es cierto que los problemas de nuestra fábrica son guadianas recurrentes a lo largo de estas últimas décadas, pero también que don Jorge Manrique ya indicó que todo río indefectiblemente va a parar al mar. Nuestro cántaro ha agotado al fin todas las vidas disponibles en su camino a la fuente, a lo que se ve, aunque no tendrá leche o agua que derramar. Y me pregunto en qué darán sus huesos, de quedar alguno, en una ciudad como la que alumbran las farolas de nuestras rotondas vacías y grúas enhiestas.

Puesto que Ramón Martín @su_per_mon se ha lanzado (de forma admirable, todo sea dicho) por el camino de la queja social a través del soneto quevediano, cojo el testigo de su crítica climática (asunto que no por humorístico deja de tener su enjundia) y navego al socaire de su estela, en humilde pero espero que digno esfuerzo poético. No añado un estrambote, como él ha hecho (y mejor no hubiera), porque bastante estrambótico es el tema de por sí, y porque los haikus y los sonetos tienen mal apareamiento. Otro día, de seguir poética justa, quizás le ofrezca las armas niponas para un abulensista duelo al amparo de estos palos centenarios.

 

Cerrar podrá sus puertas la que fuera
orgullo de la tierra, factoría;
que miles de camiones producía
a España y más allá de su frontera

Quemará los parados en su hoguera
y hará de nuestra noche triste día;
la línea de montaje, piel vacía
no verá su sesenta primavera.

Políticos, que el cielo han prometido
Sindicatos, que en vano han peleado
Nipones, que al ganar no habrán perdido

El pecho del que tanto se ha mamado,
en Cylog y en ladrillo travestido,
polvo será, mas polvo urbanizado.

#SalvarBancaTelefónica (por Berta Cuadrado Mayoral)

Tenemos la suerte de contar con la colaboración de Berta Cuadrado Mayoral (@jimenaalmenara), un texto en defensa de los puestos de trabajo asociados a la banca telefónica de Caja España-Duero en León

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¿Saben? Yo no entiendo de bebés en el Congreso, ni de rastas. Yo no sigo los avances de los pactos políticos para gobernar lo ingobernable. Yo no sé muy bien qué pasa con esa porción de España llamada Cataluña que quiere salir remando en su balsa de piedra, al más puro estilo de Saramago. Pero hay algo que sí entiendo. Sé lo que es sustentar un sueño en el día a día, una vida. Sé lo que es levantarte en un hogar, madrugar para ir a trabajar y desplazarte caminando a un lugar de trabajo. Recorrer unas calles aún húmedas por el relente, pasar por delante de aquel bar donde anoche tomaste una caña en buena compañía. Aspirar unos segundos el olor de la churrería. Ver en una marquesina el anuncio de una exposición del MUSAC a la que apetece ir. Detenerte frente al cartel de una obra infantil del teatro San Francisco, que supone una buena oferta de ocio familiar. Leer el flyer que anuncia una feria internacional en el León Arena donde ir a echar unas risas, y aprender, y disfrutar con unos amigos.

Todo esto de camino al trabajo… y terminar la jornada laboral y regresar al mismo hogar del que se partió. Dejar las llaves en ese “vuelcatodo” sin nombre. Y saber que estarán ahí al día siguiente, en el que todo volverá a comenzar.

¿Saben? Hay 46 familias que van a perder esa seguridad. Y ¿saben algo más? Que no son solo 46 familias. Que también perderá el MUSAC, y el bar, y la churrería, y el teatro San Francisco y el León Arena. Porque cuando se produce un despido no es solo una pieza la que cae. Son muchísimas más.

León está a punto de perder el centro de trabajo que mantenía el asesoramiento de banca telefónica a Caja España-Duero. Se lo llevan. Fuera de nuestra ciudad, de nuestra provincia, de nuestra región. Aquí nos quedamos, aislados, vendidos. Como nos quedamos cuando se esfumó la minería, como sucedió con Everest

Hoy ha amanecido y las calles no estaban húmedas solo por el relente. Había algo más. Nuestra catedral llora, llora San Isidoro, llora la Plaza del Grano. Y nadie busca soluciones para calmar el torrente.

Y no hay balsa de piedra a la que subirse y remar.

Google instalará su sede central en el Hospital Nuestra Señora de Sonsoles

hospital sonsoles avila

En la mañana de hoy, el alcalde de Ávila y el concejal Héctor Palencia, Teniente de Alcalde de Servicios a la Ciudad, Turismo y Patrimonio Histórico, han presentado, en compañía de Larry Page, Serguéi Brin y Eric Schmidt el proyecto de la multinacional estadounidense Alphabet en la ciudad. La compañía norteamericana, matriz del archiconocido buscador Google y de otros servicios como GMail o Youtube, trasladará sus oficinas centrales y las áreas de desarrollo, innovación, marketing y recursos humanos a la ciudad, lo que supondrá, en palabras de Palencia “un impulso definitivo para Ávila, que podrá competir de tú a tú con las principales capitales del mundo”.

Como ha confirmado Page, fundador de Google y una de las personas más ricas del mundo, el proyecto comenzó a fraguarse hace cinco años, pero no ha sido hasta estas últimas semanas cuando, con la mediación de Palencia y de Rivas, se han logrado superar los últimos flecos administrativos. “Estábamos cansados de los Estados Unidos. Allí todo el mundo tiene un arma, una bandera en el porche y una empresa tecnológica. Sí, ya, somos Google ¿y qué? Allí éramos uno más, del montón, así que empezamos a darle vueltas”. Al parecer, el principal escollo para la implantación de la empresa en la ciudad fueron las reticencias de la Junta de Castilla y León “Nosotros queríamos poner la sede en una isla en mitad de las Cogotas” dijo Page, “pero en Valladolid nos pusieron muchas pegas con el tema del agua, así que miramos otras opciones. El edificio del hospital fue el que más nos gustó: es grande, plateado y tiene muchas camas. Nos gusta que nuestros empleados puedan echar una cabezadita mientras trabajan. Llegamos a un acuerdo y le firmamos un cheque a un tal Juan Vicente Herrera”

Las obras para el traslado de la sede central de la compañía al antiguo complejo hospitalario Nuestra Señora de Sonsoles ya han comenzado. De momento, a medida que los empleados de Alphabet se vayan instalando en sus nuevas oficinas, los enfermos serán redirigidos a otros hospitales de la comunidad. Los menos graves serán alojados en hoteles de la ciudad aprovechando las camas libres existentes tras el fin del Centenario. Desde la Junta de Castilla y León se trabaja en encontrar para los enfermos “una solución definitiva”.

Preguntado sobre las ventajas de nuestra ciudad sobre otras, Brin, cofundador de Google, afirmó “Aquí hace un frío que pela. Vamos a ahorrar una pasta en refrigerar los servidores. Además, vamos a ser la empresa más grande de Ávila, de Castilla y León y, si me apuras, de todo el país. Ya tenemos un equipo de juristas especializado en la caza de subvenciones”.

Rivas y Palencia, que se mostraron durante todo el acto encantados con la llegada a la ciudad de la multinacional, no pudieron concretar, a preguntas de este blog, el número de empleos que creará la empresa tras su desembarco en la ciudad. “Nosotros hemos calculado, siendo prudentes, que entre 10 y un millón” concluyó Palencia. José Luis Rivas prefirió no dar cifras concretas “Habrá que esperar. Traen a mucha gente de América, claro, porque ya los conocen y han trabajado con ellos antes. Nosotros les hemos pedido que piensen en los abulenses y nos han asegurado que cuando contraten a los jardineros procurarán que sean de aquí. Estamos muy contentos”.

Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Alphabet, afirmó que la llegada de la multinacional se notará en toda la ciudad “Ya hemos sustituido a un tal Adolfo Suárez por uno de nuestros muñecotes verdes de Android y ahora mismo una grúa está poniendo una G gorda sobre un pilar que hay en un sitio llamado el Grande”

Sin nombre

El acto, al que también ha asistido una nutrida representación de la sociedad civil de la ciudad, se celebró en una cafetería del centro y se sirvieron varios aperitivos. “Una cosa informal” en palabras de Page “para que la gente no piense que somos unos yankis estirados”.

¿Creamos empleo?

Con el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa hemos topado. Parece que todas las opciones de nuestra ciudad pasen ahora por la celebración de dicho evento, sin duda importante, y que vaya a ser la salvación de todos los males que sacuden la ciudad amurallada.

El caso es que para comenzar se ha lanzado una campaña de captación de voluntarios. Gente que no tenga nada que hacer y que durante un año quiera echar una mano en la atención de viajeros, recepción de visitantes en distintos lugares teresianos de la ciudad que se abrirán expresamente para la ocasión y otros asuntos relacionados con los actos y, sobre todo, los grandes eventos que se celebrarán durante el periodo que duren los actos del aniversario. Mano de obra gratuita, para que lo entendáis. Gente que por devoción se dedique a sacarle las castañas del fuego a los demás. No negaremos lo evidente, la iglesia sabe mucho de movilizaciones masivas de gente a coste cero. No en vano se encargan de recordarnos siempre que la Fe mueve montañas y montañas de gente serán las que acudan a ayudar en la organización, eso es seguro, aunque algunos no lo consideremos justo. Toda esa gente, al apuntarse como voluntarios, recibirán una formación específica para las funciones a desempeñar y que pensarán, justamente, estar haciendo algo bueno de forma altruista, muy católico todo, y podrán contar, dentro de unos años, que cuando el Papa Francisco pasó por Ávila, allí estuvieron “echando una mano” para que todo saliera bien.

Es lo que tiene ser pobres. No hay dinero para organizar los eventos como dios manda y tenemos que hacerlo como bien podamos. A base de voluntarios que trabajarán por nada, si cotizaciones, sin seguros, sin nada más que ganar que una moral más limpia al final de la jornada. La cosa es cuestión de Fe. La misma que demostró Fernández Díaz al asegurar que Santa Teresa intercede por todos los españoles, la misma Santa que dudo fuera a estar orgullosa de saber que la gente de su ciudad trabajará por nada. La misma Santa que de vivir hoy en día protestaría por foros como este ante los atropellos del poder hacia el que menos tienen.

Una ciudad con más de un 25% de paro debe hacer un esfuerzo en momentos como este para dar empleo a sus ciudadanos. No hay mejor momento, no habrá más opciones. Un esfuerzo aunando voluntades, hablando con el Gobierno central, la Junta, la Diputación, el Ayuntamiento y la propia Iglesia. No es demasiado pedir. Es tan solo pedir soluciones y aportaciones económicas efectivas con la misma celeridad que se apuntaron desde todos los niveles políticos a hacerse la foto de la constitución de la Comisión Nacional para la Conmemoración del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa, que preside Soraya Sáez de Santa María y donde tienen cargos de honor los propios Reyes de España, además de tres vicepresidencias, una para Juan Vicente Herrera, José Ignacio Wert y José María Lasalle (secretario de estado de cultura y mano derecha de Wert). Es achuchar, llorar si hace falta, clamar, pedir la implicación de todos para que el trabajo que se les quiere pedir a esos 600 voluntarios se convierta en trabajo de verdad para un grupo de trabajadores, a media jornada si acaso, pero que la gente se sienta útil, que sean conscientes de que pueden hacerlo y que reciban un balón de oxigeno en sus vidas que seguro agradecerán. 450 contratos, por ejemplo, a parados de larga duración, que reciban la misma formación que los voluntarios van a recibir y que desempeñen su trabajo de forma digna y con las garantías laborales que se merecen. Completen hasta 600 personas con voluntarios si después hace falta.

No nos vale pedir planes específicos de empleo para Ávila y que sean otros quienes vengan a sacarnos las castañas del fuego mientras nosotros, pudiendo, no aportamos soluciones reales al problema del desempleo. No nos sirve esperar sentados mientas la Junta o el Gobierno Central miran para otro lado diciendo que estamos tan mal como el resto de país y que no necesitamos acciones específicas. La solución la tenemos que poner nosotros y una cosa es que las competencias de empleo estén en manos de la Junta de Castilla y León y otra muy diferente que aprovechemos esa situación para cruzarnos de brazos y no aportar nada productivo esperando a que ellos nos solucionen la papeleta, pidiendo, además, mano de obra gratuita. Es el momento de demostrar que las cosas se pueden hacer bien y que queremos hacerlas bien. Es la hora de hacer un esfuerzo entre todos y buscar el dinero necesario para poder dar trabajo a los ciudadanos que lo necesitan. Con unos poquitos por parte de las administraciones y los refuerzos previsiblemente necesarios en comercios y bares podemos, quizá, pensar en unos meses menos malos para todos nosotros. De voluntarios no vive una ciudad y menos una ciudad en la situación crítica que vive la nuestra.

Basta ya de hacerse fotos y no poner soluciones. ¿Creamos empleo?

Trabajo: pasado, presente, futuro.

Hoy tenemos con nosotros una nueva colaboración, un texto de Lorenzo Martín, que ya colaboró con nosotros en el pasado. Si quieres enviar un texto, aquí te explicamos cómo.

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Trabajo: pasado, presente, futuro.

En tiempos de la esclavitud el trabajo se entendía y se distribuía de forma muy distinta, la sociedad se estructuraba de acuerdo con unos usos bastante alejados de los actuales y el salario se trasformaba en manutención y cobijo; disfrutando, los componentes de ese estrato social, del pleno empleo.

Además, para regocijo de los empleadores, el termino condiciones de trabajo no se había inventado y aún la mano de obra era condescendientemente excedentaria. No existían los expedientes de regulación de empleo, las indemnizaciones por despido improcedente ni otras zarandajas por el estilo.

En definitiva, en aquella época la felicidad artificial flotaba en el ambiente laboral. El que quería trabajar encontraba empleo y a algunos, o a muchos, de los que no querían se les obligaba a hacerlo. En fin, un mundo feliz.

Pasamos algunas hojas de la enciclopedia de la Historia y nos situamos en la cotidianeidad que nos envuelve. La insidiosa felicidad de antaño ha emigrado a otros lares y la cruda realidad acogota nuestra existencia.

Dejando atrás la ficción histórica, centrémosnos en el presente. En un presente en el que el esperado efecto dinamizador de la última reforma laboral no esta alcanzando los objetivos que algunos profetizaban.

El porcentaje de desempleados no disminuye, las condiciones de trabajo, que durante años se conquistaron, se esfuman y la precariedad laboral esta alcanzando cotas desconocidas hace un año.

Todo ello en un país que, según dijo hace unos días uno de nuestros más preclaros políticos, es un ejemplo para el mundo. Esperemos equivocarnos, pues si el antes mencionado con su sentencia se refería al estado de nuestro mercado laboral, echémonos a temblar y deseemos que no estuviera propugnando una pseudoesclavitud que nos devuelva al pasado. Invoquemos a quien cada uno prefiera para que el salario sea algo más que la manutención y el cobijo y exijamos que no quede en el olvido aquella situación en la que, trabajando un miembro de la unidad familiar, esta era capaz de asegurar el mantenimiento de sus necesidades y se pase al desastre que se avecina, en el que deben encontrar trabajo todos sus miembros para intentar sobrevivir.

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