Viajando por “la Meseta”

 

Querida Carolain:

 

Como te prometí antes de mi viaje, te escribo estas líneas para contarte todo lo que vi y viví en la que ya considero la experiencia más maravillosa de mi vida. Tengo que reconocerte que cuando me pediste que compusiese este pequeño relato con papel y bolígrafo, a mano, como hacían nuestros abuelos, me pareció un absurdo, un despropósito ludita; pero ahora, después de volver de aquellas tierras, comprendo lo que me dijiste: solo actuando como ellos podemos comprender cómo eran. Lamentablemente, será una crónica mucho más breve de lo que quisiera -¡hay tantas cosas por contar!-, pero temo que no tengo mis extremidades preparadas para este desafío. Apenas he escrito media docena de líneas y ya noto, sobre mi dedo medio y en la yema de mi índice, un pequeño dolor provocado, seguramente, por las poco anatómicas formas de este instrumento de escritura. Cuando quedemos a comer, te enseño todas las holofotos que he hecho. ¡Te van a encantar! De verdad, si puedes, y consigues convencer a tu amado Yon, el año que viene tienes que hacer esta ruta.

En primer lugar, sí, todo lo que nos dijo la chica de la agencia cuando nos vendió el paquete es cierto. Todo, todo, todo. Los paisajes, las ruinas, el silencio, la comida. No exageró ni un ápice. Viajar por “La Meseta” es como adentrarse en otra realidad, en el escenario de una película, en un videojuego. He vuelto con el corazón encogido y con una marca en el alma que durará, seguro, de por vida. ¡Anbelivebol!

Te cuento. Antes de salir de Madrid tienes que solicitar un pase especial para adentrarte en la zona y firmar unos papeles para eximir de responsabilidad al Estado, pero lo gestionan desde la agencia. También se encargan ellos de avisar a la empresa de los ferrocarriles, porque si no avisas con antelación, el tren magnético pasa de largo, claro. Tenías que ver la cara con la que nos miraron los demás pasajeros cuando nos bajamos. Seguro que pensaron que estábamos locos. En total, éramos un grupo de cuarenta personas. En Valladolid, nos estaba esperando un guía de la agencia que pasó lista y repartió el equipo que íbamos a necesitar para el viaje: ropa, linternas, unas pastillas para compensar el déficit de CO2, protector solar, etc. Todo muy bien preparado. A la puerta de lo que en su tiempo fue la estación nos estaba esperando el medio de transporte que íbamos a usar durante la ruta: un autobús. ¡Emeizin! Era igual que los que salen en las películas antiguas. Una chica del norte preguntó si era seguro. Tú también lo habrías preguntado, no te creas, cualquiera en su sano juicio lo habría hecho. El guía nos contó que el exterior y la cabina eran los originales de un autobús de principios de siglo, como el que usaron nuestros abuelos para ir al colegio, pero que el motor y los sistemas de seguridad habían sido actualizados. Menos mal, claro. Imagínate, un aparato que va pegado al suelo solo con unas ruedas de plástico y sin piloto automático ¡Qué época más maravillosa y peligrosa a la vez!

Valladolid fue lo que menos me gustó de todo el viaje. Al parecer, fue la ciudad en la que terminaron todos los habitantes de la meseta y todavía parece una ciudad habitada normal, con sus calles, sus edificios, sus parques. Antiguo, sí, con ese aire romántico del ladrillo, la madera, el cristal, el aluminio y el polvo, pero nada que no puedas ver en Chamberí o Vallecas. Dormimos en un parque en el centro, no recuerdo el nombre, en unas tiendas de campaña. ¡El cielo era fabuloso! Claro, sin ninguna luz artificial en cientos de kilómetros alrededor. ¡No te lo puedes ni imaginar! Miles de estrellas, naves y satélites sobre nuestras cabezas. ¡Incluso pudimos ver la famosa estela verde del Puesto Espacial Avanzado!

A la mañana siguiente, después de desayunar pan con tomate -¡pan y tomate de verdad!-, emprendimos viaje hacia el sur. Aquí empieza lo emocionante. En el autobús nos proyectaron un vídeo con “Instrucciones de seguridad”. Íbamos acompañados de un equipo de apoyo, claro, pero nunca está de más saber con qué te puedes encontrar y cómo reaccionar. Aunque son raros los ataques, en el sur de “La Meseta” hay lobos y buitres en estado salvaje. Sí, como te lo cuento. No, no vimos ninguno, pero podías sentir su presencia. La violencia de la naturaleza podía olerse en el aire. También nos hablaron de los “mesetarios”, ya sabes, la gente que se resiste a abandonar la zona y sobrevive con lo que pueden producir con sus manos. Nos dijeron que no son peligrosos, pero que rehuyen el contacto humano. Yo creo que son un mito ¿Quién va a querer vivir en esa zona inhóspita? Yo no vi a ninguno y no creo que existan. Una chica japonesa que hacía la ruta por segunda vez nos dijo ella sí que había visto uno, pero yo creo que se lo inventó para hacerse la interesante.

Ávila y Salamanca son absolutamente fascinantes. ¡Tan cerca y tan lejos! Tocar las piedras de sus edificios te transporta a otra época. Sus iglesias, sus colegios, sus hospitales, sus centros comerciales. Todo perfectamente conservado, como si fuese un museo vivo o una de esas “experiencias virtuales” tan de moda hace algunas décadas. En Ávila estuvimos en un sitio llamado “El Bulevar”. Al parecer, es un complejo de ocio de finales del S. XX. Puedes pasear por las tiendas, tocar las estanterías llenas de productos, sentarte en las butacas de los cines. ¿Que qué es un cine? Sería muy largo de explicar. En Ávila, por desgracia, hay una zona de la ciudad cerrada al turismo por peligro de derrumbe. Lo llaman “Camino de Sonsoles” y al parecer no llegó a vivir nadie allí porque lo construyeron justo antes de la despoblación. El guía no nos supo explicar qué era eso de “Sonsoles” ni dónde estaba.

En Ávila dormimos en el claustro de la antigua Catedral, lejos de cualquier lobo que pudiese atacarnos, y en Salamanca en el de la “Universidad”, una especie de colegio para gente mayor. Salamanca es como Ávila pero en dorado. La “Plaza Mayor” es preciosa. Parece increíble que alguna vez hubiese allí tanta gente como para llenarla. Desde Salamanca fuimos hacia el oeste. Esta es la parte que más me gustó porque, como se despobló antes, conserva hábitats más antiguos dispersos entre una naturaleza aún más salvaje. A un par de horas de Salamanca -se tarda una barbaridad en llegar de un sitio a otro-, en una zona llamada “Las Arribes”, tienen una reproducción de cómo habría sido un “asentamiento rural” en torno al año 2015. Es increíble que aquella gente pudiese salir adelante con tan poco.

Desde allí subimos hasta Zamora y León, para luego volver a Valladolid por Palencia y Burgos. Solo escribir sus nombres hace que se me erice la piel. Zamora, por ejemplo, está totalmente en ruinas y la naturaleza lo ha invadido todo. Megaguonderful. Desde donde te deja el autobús hasta el castillo -sí, un castillo de verdad- tienes que ir abriéndote pasos a machetazos por el manglar, con cuidado de no pisar una madriguera de topillos. Los topillos son como ratas, pero en pequeño. No te pueden matar, pero se coordinan para atacar y te pueden dejar sin botas en menos que canta un gallo. Por cierto, no vimos ningún gallo en todo el viaje, y mira que se dice que en Salamanca tenían una torre llena. Una pena.

La última etapa, en Palencia y Burgos, fue distinta. Como están más al norte, las construcciones son diferentes y el aire que se respira es más normal, más industrial. Es algo que se nota sobre todo en Burgos, donde tienen un edificio enorme con huesos de los antiguos pobladores de la zona: el museo de la “Evolución y la Despoblación”. Sí, chica, es un poco macabro, pero aprendes mucho sobre sus formas de vida, rituales y sobre cómo toda la meseta se convirtió en el desierto que ahora es. ¿Triste? Bueno, no sé. Si allí siguiese viviendo gente no podríamos disfrutar de toda la naturaleza y de las ruinas ¿no? Casi se me olvida: en Palencia estuvimos en un “chalet”, un tipo de vivienda de la época. Estaba todo igual, igual. Como si sus habitantes se hubiesen ido después de poner la mesa. Me hice una holofoto superfani en el retrete, el sitio donde hacían “sus cosas”, tú me entiendes.

No te lo vas a creer, pero se me ha abierto la piel del dedo y me sale un poquito de sangre. Creo que lo voy a dejar aquí, no vaya a perder la movilidad o algo. Cuando recibas esta carta, por favor, videollámame y te cuento todo con más detalle. Y empieza a hablar con Yon. Si le convences y os hacéis esta ruta el año que viene, tal vez podamos ir los cuatro, dentro de dos años, al “Mundo Perdido”. Es más caro, sí, y más peligroso, pero dicen que como Soria no hay nada igual en el planeta.

Un beso, cariño, y otro para tu Yon.  

                                                                                    Firma

Madrid, 4 de mayo de 2062

NdE: Todos los anglicismo presentes en el texto fueron admitidos por la RAE en el Cónclave de Móstoles, celebrado en 2050 a instancia del Doctor LOL, primer youtuber en formar parte de la Real Academia (sillón jota minúscula), y aparecen en su forma presente en la trigésimo primera edición del Diccionario de la Lengua Española.

Nos vamos haciendo viejos

Bajo la lluvia de verano
El sendero
Desapareció  

-Yosa Buson-

No se trata hoy de elaborar una entrada reflexiva sobre el devenir de los días, sino de hacer caso a la advertencia que ha lanzado el Colegio de Economistas de Castilla y León:

“Los costes por el envejecimiento nos pueden comer” 

Si leen la noticia, el informe que elabora el Colegio prevé un alza del 50% del gasto sanitario en diez años y por ello reclamaban a la Junta una estrategia de choque ante esta situación. Las cifras fueron rápidamente desmentidas por la Consejera que lleva las cuentas, Pilar del Olmo, que dijo…

“No hay bases objetivas que hagan pensar que el presupuesto de Castilla y León dedicado a sanidad pueda tenerse que incrementar casi 2.000 millones de euros en los próximos años”.

Lo cierto es que el siempre bien informado “Topillo” titulaba“La Junta, escocida con el observatorio del Colegio de Economistas” por “la descarnada forma con la que el observatorio denuncia la sangría demográfica que sufre Castilla y León”.

Por nuestra querida Ávila no hace falta tirar de mucho estudio para darse cuenta de que la cosa se está complicando. Sin salud en la industria y sin policías, cada vez somos más capital administrativa, con funcionarios y jubilados. La juventud, como dibujó el maestro Nieto, aquí recibe el consejo básico: “Estudia y vete”.

Porque en lo de educación sí que vamos bien, o mejor que otros, según el informe PISA. Pero de poco sirve estudiar bien si luego no hay futuro. La ecuación se entiende rápido: si los jóvenes se van y el número de jubilados aumenta, el número de cotizantes no podrá sostener a los que reciban prestación.

Esto Frank Underwood lo arreglaría rápidamente con un Plan E a mansalva: Ávila Works. Que sea lo que sea, pero definitivamente necesitamos que Ávila ofrezca trabajo. No se pueden perder más trenes, valga el ejemplo ferroviario.

Si Castilla y León es una comunidad envejecida, con un problema demográfico que pide a gritos una estrategia no solo nacional sino europea, lo de Ávila clama aún más al cielo. Nuestras cifras de paro, hasta incluso dentro de Castilla y León, son insostenibles. Ávila necesita alzar la voz.

En ese sentido, traigo otro titular: “Patronales de Soria, Cuenca y Teruel urgen al Gobierno a apoyar la despoblación”. Estas provincias se están moviendo por un problema que deberíamos sentir como EL problema.

Ahora que se acercan fechas electorales, habrá que apostar no por el de la izquierda, el de la derecha, el que se vaya a poner morado o el que pesque naranjas. Habrá que apostar por el que diga que Ávila necesita un plan especial.

Nos morimos, no es una metáfora.

¿Es primavera?
La colina sin nombre
se perdió en la neblina 

-Matsuo Basho-

¿Vivirías en el centro?

Esta semana ando un poco espeso de ideas, deben haber presentado un ERE las musas sin mi autorización, y no soy capaz de sacar un tema medianamente original para esta cita semanal. Se me han ocurrido un par de cosas, un par de entradas centradas en temas históricos, de esas con las que relleno cuando la actualidad no da para que me meta con nadie, pero ambas me van a llevar un tiempo del que ahora no dispongo así que por el momento se quedan para más adelante. Por todo esto, el objetivo de esta entrada solo es compartir con ustedes una reflexión deslavazada sobre un tema que apareció en la entrada que Pablo dedicó el otro día al futuro del Mercado de Abastos y que también fue mencionado en los comentarios. En realidad, esta entrada bien podía ser un comentario extenso de la suya.

Decía Pablo que el centro de la ciudad se muere y estoy de acuerdo con él al igual que lo estaban los comentaristas de la entrada. Dentro de las murallas viven o, mejor dicho, están censadas, apenas 3300 personas. Unos 7000 en todo el centro si añadimos a las personas censadas en la zona que va desde el Grande (aka Plaza de Santa Teresa) hasta San Roque y las cifran decrecen año tras año mientras la población de la ciudad aumenta. Y junto al descenso de los habitantes, descienden los negocios y los servicios dedicados a ellos, creando uno de esos maravillosos círculos viciosos a los que tan acostumbrados nos tiene nuestra economía. ¿Por qué sucede esto?

 La despoblación del casco histórico no es un problema exclusivamente abulense. En casi todas las ciudades, la población abandona progresivamente el centro para desplazarse a la periferia, a barrios de nueva creación mejor dotados de servicios, más accesibles y con mejores y más modernas viviendas. En el fondo es una decisión económicamente lógica. Si pusiésemos en una balanza las características de las viviendas y de sus entornos o si hiciésemos una lista de pros y contras, los barrios nuevos vencerían claramente al centro. Piensen en Ávila y comparen una vivienda, por ejemplo, de la Calle del Tostado con alguna de la zona sur, incluso con algún piso hipotético de segunda mano en la Toledana, por no irnos hasta las zonas más nuevas. Comparen servicios, accesibilidad, entorno, vida, etc. ¿Cuántos supermercados tienes cerca de la Calle el Tostado para hacer la compra y cuantos cerca de, digamos, la Calle Juan de Yepes? ¿Aparcamiento? ¿Paradas de autobús? ¿Peluquerías? ¿Panaderías? ¿El chino más cercano?

 Una de las variables a comparar es el difuso concepto de “vida” de una zona y otra y aquí entra el juego el concepto que la población y su Ayuntamiento tienen de la ciudad dónde viven. ¿Qué es para un abulense el centro histórico? ¿Una zona por dónde pasear, hacer papeles del Ayuntamiento, tomar algo y llevar a las visitas? ¿Qué posibilidades ofrece el centro a emprendedores/comerciantes/tenderos? ¿Es una ubicación posible para cualquier tipo de negocio o tan solo el lugar perfecto para poner otro bar/restaurante/hotel? ¿Qué es el centro para el Ayuntamiento? ¿Una zona turística los fines de semana y fiestas de guardar y la sede de las principales instituciones los días laborables? ¿Con qué mentalidad interviene el Ayuntamiento en el centro histórico? ¿Interviene pensando en los residentes o en los visitantes? Y me refiero a cualquier tipo de intervención: desde la construcción de infraestructuras al enlosado de las aceras, pasando por la accesibilidad, la señalización o el mobiliario urbano.

 El centro histórico de Ávila, como el de otras muchas ciudades, corre el riesgo de convertirse, como dice Pablo, en una especie de Parque Temático del Medievo (Terra Mística, MedievoLand, o similar) en el que los residentes sean meros figurantes. A mi me gustaría vivir en el centro, pero supongo que tiene más que ver con algún prejuicio cultural romántico que con el análisis detenido de las ventajas e inconvenientes de esa decisión. Y tú ¿vivirías en el centro?

 PS.- Aunque el casco histórico es posiblemente peor zona para vivir que otras partes de la ciudad, en general, cada día se hace más difícil vivir en la misma. Las últimas cifras de empleo nos convierten en la Andalucía de la meseta, cinco puntos más de desempleo que la media de la región con una tasa de actividad baja, sin que a cambio se nos compense con el clima o las playas del sur de la península.

Fuga de cerebros

No, no hablo de la película española que se estrenó hace unos años. Hablo de una realidad. La realidad de Ávila y de Castilla y León. Pero voy a centrarme solo en nuestra provincia.

Escribo sobre este tema a raíz de esta noticia publicada en el Diario de Ávila el pasado lunes 1 de agosto. Los datos que en ella se ofrecen son demoledores. En 2010 9.303 personas abandonaron nuestra provincia con destino a otras en las que se encuentran más oportunidades laborales. Cierto es que otros vendrán, concretamente un total de 6.759. Eso, como deja claro en su artículo Mayte Rodríguez, nos da una cifra de 2.544 personas menos. Alarmante. Desde hace mucho tiempo se viene denunciando la despoblación como uno de los grandes problemas que sufre nuestra provincia y nuestra comunidad cosa que creo queda claramente reflejada en estos datos. Pero lo peor del asunto es que el 63% de todos los que dejaron nuestra tierra pertenecen a la franja de edad comprendida entre los 16 y los 34 años. Jóvenes, con toda una vida por delante, jóvenes que tienen que partir a cimentar su futuro fuera, jóvenes que en muchos casos, no volverán. Para más cachondeo se va más gente con estudios de la que viene. Eso quiere decir que los puestos de trabajo que se ofrecen en nuestra provincia necesitan menos cualificación que los que se ofertan fuera.

Es evidente que algo falla. En un tiempo en que los créditos bancarios para empresas son casi un recuerdo borroso, es difícil que cualquiera de esos emigrantes abulenses se plantee abrir su propia empresa para ayudar a la economía local. Por otro lado la inversión que la Junta de Castilla y León dice haber hecho en nuestra provincia aportando alrededor de 8 millones de euros durante los últimos cuatro años para la creación de empleo es evidente que ha resultado ser un fracaso.

La solución no es fácil pero miren la situación. Si exportamos ingenieros, historiadores y periodistas e importamos camareros o pintores de brocha gorda (con todo el respeto del mundo, el que escribe ha pasado muchos años detrás de una barra de bar) es fácil pensar que, primero, difícilmente saldremos de esta terrible situación de crisis en la que nos encontramos y, segundo, dejamos un vacío de personal cualificado que a largo plazo puede condenar a la provincia al estancamiento y a una complicada evolución acorde a los tiempos que corren.

Me he hartado, en muchas más ocasiones de las que recuerdo, de rebatir opiniones del tipo “En Ávila solo hay monjas y piedras”, “Ávila muy bien para los jubilados pero los jóvenes no tienen oportunidades” y “no puedo dejar mi trabajo porque si no no vuelvo a trabajar aquí y tendré que irme fuera”. Me huelo que si no se remedia pronto esta situación se me van a acabar las ganas de intentar pelear por mi tierra porque, a las cifras me remito, parece haber alguien empeñado en tirar por la borda los pocos argumentos que aún nos quedan a las personas que pensamos que Ávila es una ciudad con un bonito futuro por delante lleno de posibilidades para todo el mundo. Pero de momento lo es para todo el mundo menos para Nacho, Alberto, Rubén, el otro Rubén y ahora no hablo de el Negro, Araceli, Pablo, Miguel, mi propia hermana… todos conocidos, en muchas ocasiones compañeros, que un día tuvieron que dejar atrás nuestra fría muralla para poder pelear por uno de sus derechos fundamentales. El derecho al trabajo.

Todos, en alguna ocasión, nos hemos planteado buscarnos las habas fuera. Es la triste realidad que nos ahoga entre estos muros. La pregunta que dejo es ¿Hasta cuándo se va a prolongar esta situación? En mi opinión durante mucho más tiempo del que cualquiera de nosotros pueda pensar, eso en el caso de que alguna vez se alivie y no quedemos, esta vez de verdad, como ciudad de jubilados, cantos y santos y es que, por si alguien aún no lo sabe, el turismo está muy bien pero no puede ser el único motor económico de una ciudad que pretende ir a más.

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