El AVE y el turismo

Los últimos días han sido de frenética actividad inauguradora. Como en los viejos tiempos, las cintas con los colores de la bandera de la patria y las cortinillas de terciopelo han vuelto a las portadas de la prensa. En nuestra ciudad, sin ir más lejos, en los últimos día se ha inaugurado un surtidor (de gas licuado, que somos modernos), el cambio de denominación de una rotonda* y el cambio de denominación de unas pistas polideportivas. ¡Y amenazan con inaugurar dentro de no demasiado tiempo la nueva estación de autobuses! Adiós a nuestro hecho diferencial: la estación de autobuses sin autobuses.

En el resto de España, por pura envidia, también andan inaugurando cosas. Cosas insignificantes al lado de nuestro brillante y gaseoso surtidor, pero cosas al fin y al cabo. Por ejemplo, a principios de esta semana se inauguró por todo lo alto el nuevo AVE Madrid-Alicante. Allí estaban el Príncipe de las Españas, la ministra del ramo, un par de presidentes autonómicos, algún que otro imputado por corrupción y Mariano, que por ser la ocasión que era viajó en persona y no por TDT. La nueva línea del AVE, un cacharro del que me declaro fan absoluto, creará, él solito, 735 empleos, tendrá un impacto de 70 millones de euros anuales en la economía alicantina y aumentará un 40% el número de viajeros, la mayoría de ellos madrileños ansiosos por comprarse una casa con vistas a la playa de San Juan o en la Albufereta. Casi nada.

Personalmente, siempre he dudado de este tipo de cifras, en primer lugar porque a medida que tiramos vías de AVE multiplicamos los destinos a los que tienen que ir los madrileños, principal mercado emisor de domingueros, lo que debe ser un mareo para ellos. En segundo lugar, porque siempre me ha parecido que estas cifras se dan de forma bastante aleatoria. Por ejemplo, el AVE creará 735 empleos en Alicante, mientras que el “tren diesel de velocidad rápida” que han vendido a los extremeños creará, según la Junta, nada menos que 16000 empleos. Con 200 trenes de estos surcando la piel de toro acabamos con el problema del paro.

Calcular si esto es cierto o no sobrepasa mis capacidades, solo soy casi perfecto, pero si podemos acercarnos al impacto del AVE en el turismo. ¿Cómo? Comprobando si la llegada del AVE a una ciudad supone o no un aumento significativo del número de viajeros. Vamos a coger unas cuantas ciudades a las que ha llegado el AVE en los últimos años y vamos a compararlas, gracias al trabajo de los chicos del INE, con otras que no han tenido tanta suerte. Las ciudades con AVE elegidas son Albacete, Cuenca (a ambas llegó el tren a finales de 2010), Segovia, Valladolid (el AVE pisó Castilla a finales de 2007) Tarragona (2006) y Toledo (2005). Entre las ciudades lentas, además de Ávila, he escogido a Zamora y Cáceres, por ser de un tamaño similar al nuestro.

Primera gráfica: evolución del número de visitantes de todas estas ciudades desde el año 2005 a 2012. (Como siempre, click para ampliar)

20052012

A simple vista no podemos sacar ninguna conclusión. Bueno, sí, una: que a Zamora va poca gente y a Toledo mucha, pero esto era algo que ya sabíamos. Vamos a por la segunda ¿cómo ha evolucionado en estas ciudades este dato desde 2005 a 2012? ¿Llegan ahora más o menos viajeros que antes?

Diferencia20052012

Como vemos, la llegada de visitantes ha aumentado en tres ciudades, todas con AVE, y decrecido en las demás. Mención especial para la nuestra que, como pueden ustedes observar, es la que peor se ha comportado de entre las elegidas. El dato concreto de Ávila, saquen los pañuelos, es una caída del 18,03% desde el año 2005. Casi podríamos concluir que el impacto del AVE existe, si no fuera porque la segunda ciudad con peor comportamiento en la serie es Cuenca, que a pesar del AVE ha perdido un 14% de viajeros en los últimos 8 años. Los datos de las ciudades con tren veloz son, de media, mejores que los de aquellas que no lo tienen, pero no se comportan igual. Aunque no podemos saber qué habría pasado con el turismo conquense sin la llegada del AVE, parece que la velocidad a la que llega el tren no es el único factor que determina el número de visitantes.

La tercera gráfica nos va a permitir valorar el impacto inmediato de la infraestructura ¿qué sucede el año posterior al corte de la cinta inaugural?

Añoposterior

Cuatro caídas y dos aumentos. A simple vista, la llegada del AVE no supone una explosión turística para las ciudades que lo acogen. Por ponernos puntillosos, incluso el dato de Toledo podemos ponerlo en duda pues se produce en una época, 2006, en el que el número de viajeros aumenta en casi todas las ciudades analizadas. Aquí la gráfica.

20052006

En resumen, mi impresión es que es posible que el AVE tenga algún efecto en el número de viajeros en este tipo de ciudades (turismo de interior, ciudades de tamaño pequeño o medio), pero que este no es demasiado significativo. La llegada del tren veloz no parece suponer un revulsivo para el turismo local por si mismo.

Por último, para los amantes de las comparaciones, una gráfica más. Si se han fijado en la que comparaba la evolución del número de viajeros entre 2005 y 2012 habrán observado que la ciudad con mejor comportamiento era Segovia y la peor Ávila. En 2005, la ciudad amurallada recibía 65000 viajeros más que la del acueducto. El año pasado llegaron a Segovia casi 24000 viajeros más que a Ávila. Aquí la evolución anual.

AvilaSegovia

Como ven, el sorpasso se produjo en 2009. El mismo año que también nos superó Cáceres que en 2005 recibía casi el mismo número de viajeros que Ávila y que hoy recibe casi 40000 más. Houston, tenemos un problema.

*La rotonda ha pasado a llamarse “Brasero de la Dehesa”, el lugar donde según las crónicas se ajustició a los judíos acusados del secuestro y tortura del Santo Niño de la Guardia. Puestos a nominar algo, si este lugar estaba situado entre Sancti Spiritus y la Plaza de Toros ¿por qué se pone ese nombre a la rotonda de San Nicolás y no a una que de verdad pille cerca?

Tiempos modernos

CuencaFernandoZobel

Los tiempos cambian una barbaridad, como debieron pensar los hispanorromanos cuando vieron a suevos, vándalos y alanos pisarles los sembrados; pero a la vez, como mandan los cánones postmodernos, hay cosa que nunca cambian, que permanecen constantes, como el tono del tinte de Rajoy, el ego de Aznar o Rubalcaba. Cambio y permanencia, futilidad y eternidad, yin y yang, negro y blanco, chocolate y vainilla, bolsa grande o pequeña en el supermercado. Así es la puesta de sol en la que nos ha tocado vivir.

Todo esto lo pensaba el otro día sentado bajo un árbol en Cuenca. Un árbol con hojas, como los de antes, cuando los árboles eran árboles y no recuerdos. Antaño, al llegar a un sitio, el primer paso del ritual iniciático-turístico-viajero consistía en descargar las maletas con el riñón y disimular el dolor con gesto despreocupado y sonrisa hercúlea. Después, para desviar la atención y que nadie notase el pinzamiento provocado por el esfuerzo maletil, iniciabas una conversación con frases del tipo “¡Qué frío/calor hace!”, “¡Cuánto hemos tardado en llegar!” o “¡Qué bonito/feo es todo esto!”. Frases de viaje, subespecie de las frases de ascensor.

Ahora todo esto ha cambiado. Si viajas en avión y no llegas a una ciudad grande, es probable que lo primero que te preguntes es dónde está el resto del mundo. La era de los aeropuertos para las personas no ha hecho más que empezar. Si eres usuario de los trenes de alta velocidad, o de sus vías, lo primero que te viene a las sinapsis neuronales tras apearte es, en muchos casos, “¿Dónde coño está X?”, siendo X tu destino. Si ustedes son uno de esos desaprensivos que cogen su vehículo motorizado particular hasta para orinar, no habrán podido disfrutar de ese calambrazo entrañable que se siente al salir de una estación del AVE y encontrarse en mitad de la nada, justo en aquellos páramos de asceta de los que hablaba Machado mientras pensaba en la futura estación del AVE de Soria. Si Renfe fuese una amante sincera, al venderte el billete para muchas ciudades debería especificar que te lo vende para su término municipal -con suerte- o para un lugar indeterminado en sus proximidades. Tren procedente de Madrid con destino los alrededores de Cuenca, Segovia, Guadalajara o Tarragona. Recortando distancias, acercando personas

Como les decía, todo esto lo pensaba en Cuenca, concretamente en la estación del AVE de Cuenca, a seis o siete kilómetros de las casas colgadas, mientras en la marquesina del autobús un cártel intentaba venderme con sorna una ruta turística por los alrededores de la ciudad. La modernidad, reflexionaba, debe ser esto: tardar menos en llegar a la estación (50 minutos) y más en llegar a la ciudad (56 minutos desde que puse un pie y la maleta en el andén). Si a este deslumbrante epítome de los nuevos tiempos le sumamos el museo de arte abstracto y la muerte de la prensa de papel, tenemos que concluir que Cuenca es una ciudad moderna, adelantada a su tiempo, punta de lanza de los días venideros.

Si ellos son la modernidad, lo cambiante, nosotros somos lo que permanece. Ya les decía más arriba que de todo tiene que haber en la viña del señor, sobre todo si este es un hipster. A primera vista, Ávila no destaca por su ímpetu modernizador. No tenemos tren veloz, ni lo vamos a tener, y de tenerlo su estación no estaría demasiado lejos. Los trenes siguen circulando por las mismas vías que lo hacían en el siglo XIX y a la misma velocidad. Y demos gracias por ello. Igual dentro de unos meses, en lugar de regodearnos en el actual trazado zigzagueante decimonónico, podemos montar una vía verde por los raíles y hacer turismo y deporte hasta el apeadero de Guimorcondo. No tenemos museo de arte abstracto -y de tenerlo estaría cerrado- y no solo pervive la prensa de papel, es que además perderse en sus páginas es a veces un viaje en el tiempo: sus viajes de estudios, sus jubilados, la tradicional impostura oficial, sus fiestas de los pueblos con sus quintos, sus cartas del obispo de la diócesis, su aceite embalsado… Solo nos sumamos con impetu a la modernidad burbujil y miren como nos salió. ¡Qué lejos queda aquel “Horizonte 2020”, el nuevo Hospital en la zona sur, el polígono industrial en Narrillos, los 100.000 habitantes! Ávila es ese algo que nunca cambia, la ciudad que se despereza al toque del cimbalillo, ese contrapunto necesario a la modernidad que nos arrasa, al yugo opresor de las modas, las ondas wifi, el 4G y las cinturas de avispas. Bendita seas, Ávila de los Caballeros, reserva moral de occidente.

Pero no, no puede ser. Algo falla. Siempre hemos ido de modernos, de adelantados, de smartcity peregrina, de estandarte del futuro. ¡Nosotros los primeros, abran paso! Pasado mañana mejor que mañana. El pasado no vende, súmate al cambio. Me estoy perdiendo algo. Quizá ahora lo moderno sea parecer antiguo. ¿Es ese nuestro plan? Igual quedarse sin tren es a la ciudades lo que los pantalones campana y las camisas con chorreras al vestir. ¿Avanzamos retrocediendo? No, tiene que haber algo más. ¡Lo tengo! ¡Cómo hemos podido estar tan ciegos!

Si la modernidad es tener una estación de AVE, pero tenerla lejos, nosotros somos los campeones del mundo de la modernidad. La Estación de AVE de Ávila, llamada Segovia-Guiomar para confundir -la modernidad es confusa-, está a casi 70 kilómetros de la ciudad. Nosotros con AVE, cómodamente sentados en el vagón del futuro -clase turista, eso sí- y ustedes despotricando y desgañitándose en foros, redes sociales y panfletos rosamagentinos -me refiero a este blog, no al chiringo de R10- porque nos quedamos aislados y no se cuantas memeces más. ¡Desagradecidos! ¡Antiguos! ¡Carcas! Somos tan modernos, pero tan, tan modernos, que la modernidad aún no nos ha alcanzado.

Ya saben, la próxima vez que un turista, familiar, amigo o conocido, les pregunte por la estación de tren, lo que tienen que indicarle es lo siguiente: vaya hasta la estación de autobuses -no especifique si a la nueva o a la vieja, recuerde que la modernidad es confusa-, subase a un autobús a un sitio llamado Segovia y una vez allí, líneas 11 y 12 hasta la estación del AVE.

Regodeemosnos en la modernidad, que quizá sea lo único que nos quede.

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