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Corrupción y crisis (por Lorenzo Martín Muñoz)

Como hiciera en otras ocasiones, Lorenzo Martín Muñoz nos envía la siguiente colaboración. Si tú también quieres colaborar, aquí te explicamos cómo.

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El diccionario de la Real Academia de la Lengua, define corrupción como la acción de corromper y corruptible como aquello capaz de corrupción. Poniendo lo anterior en consideración y situándonos en la realidad que ante nuestros sentidos emerge, hemos de convenir que la corrupción no es, posiblemente, sólo política sino también financiera, urbanística o sindical. Que la acción de corromper es consustancial a la condición humana y que la corrupción puede llegar a ser hasta democrática ya que en ella o de ella, para bien o para mal, casi todos participamos.

La corrupción, como ejercicio de la mentira, no tiene grados. Se es corrupto o no se es. Lo de menos es el nivel de implicación con que cada uno participe en ella. Nos corrompemos aceptando facturas sin IVA, utilizando nuestras influencias para conseguir algún privilegio, para nosotros o para otros, sirviéndonos de nuestra posición social o intentando hacer ingeniería económica o legal para evadirnos del afán recaudatorio de las administraciones.

El ser humano noble no es el de alta cuna, sino el de noble moral. Por ello, la corrupción no debe depender de la situación que la favorece, sino de la propia moral que no le permite al individuo ejercitarla. Dejando de lado la hipocresía, hemos de convenir que aquella sociedad enferma, sin valores, que no erradica de su esencia el germen de la corruptela o no tiene futuro, o de tenerlo, este será baldío.

En tiempos de crisis como la actual, la burocratización de la sociedad, la manipulación de las necesidades y de las ideas por las técnicas de propaganda y de condicionamiento, aumentan la atomización del individuo, la perdida del sentido de la responsabilidad y de la iniciativa. En tal coyuntura, el individuo necesita tener confianza en sus gobernantes y en las decisiones que estos toman. Pues, si la imagen de aquellos esta deteriorada por la corrupción, el administrado responde con indiferencia e incluso con rechazo.

            Es entonces, cuando las iniciativas de envergadura que sólo el Estado puede emprender, se ven devaluadas ante la falta de compromiso de la ciudadanía al verse paralizadas la voluntad de lucha y el espíritu de superación del individuo mediante el espejismo de la eficacia parlamentaria; meciéndose, a partir de ese momento, la sociedad en una soporífera apatía

Las tres pes: paro, PISA y corruPción.

Si usted notó ayer, al levantarse o al llegar al despacho, que su calculadora estaba especialmente contenta, que la aplicación dedicada a tal fin en su teléfono, tableta u ordenador personal se abría con una sonrisa, con más rapidez y alegría; no se asuste: no estamos ante el Efecto 2000, cuyos efectos se habrían retrasado por la tradicional gandulería de los informáticos, ni las máquinas se disponen a conquistar el mundo con una batukada, ni han descubierto sus chips de silicio los efectos de los psicotrópicos. Simplemente, ayer fue un gran día para los números, un día lleno de estadísticas, estudios y comparativas. En la jornada que precedió a la de hoy, se publicaron los datos del paro del pasado mes de noviembre, una encuesta sobre la percepción de la corrupción y el último informe PISA.

Por empezar por algún lado, vamos con la corrupción. Según un informe de Transparencia Internacional, España es el segundo país del mundo donde más ha aumentado la percepción de corrupción y nos situamos al mismo nivel que Gambia o Libia. El primer puesto nos lo quita Siria, pero cuando se pierde ante un rival de esa altura no podemos hacer otra cosa que reconocerles los méritos. De todas formas, y a riesgo de desinflar su indignación, la palabra clave de todo el informe es “percepción”. En mi opinión, no es que ahora haya más corrupción que antes -diría que incluso hay menos, aunque solo sea porque hay menos pastel que repartir- sino que ahora nosotros y nuestros compatriotas encuestados vemos lo que antes ignorábamos -o queríamos ignorar- y nos importa lo que antes considerábamos meras anécdotas desagradables. Cuando todo eran vino y rosas, que el concejal Tal o el consejero Pascual se comprasen tres pisos en primera linea de playa cada año no nos sorprendía. Ellos ganaban, nosotros ganábamos, todos ganamos. España funciona.

Más allá de los grandes casos de corrupción que ahora se desvelan -en realidad son casos de antes que ahora se están investigando, lo que sería, en todo caso, síntoma de que el sistema, con sus cosas, funciona- en España siempre se ha tolerado sin muchos remilgos la corrupción de baja intensidad: contratos amañados, favoritismos políticos, dinero negro, facturas sin IVA, sobres, enchufes, etc. Como mucho nos enfadábamos por no poder hozar, como hacia nuestro vecino, en el lado menos luminoso de la economía. Ahora nos indignan cosas que antes considerábamos anotaciones en los márgenes, pequeñas manchas en el suelo del aceite que lubricaba la democracia. Ojalá cuando acabe la crisis no se lleve con ella esta preocupación por el dinero de todos, la transparencia de nuestras instituciones y la pulcritud de los procesos.

Pero ¿se está acabando la crisis? Ayer se publicaron los datos de paro del mes de noviembre y, mientras en España sorprendentemente el número de parados descendió -no lo hacía desde los tiempos de González-, en Ávila aumentó en 130 personas hasta las 18406. Eso sí -redoble de tambor y fanfarrias- por primera vez desde que empezó la crisis hay menos parados que el mismo mes del año anterior. En Ávila hay ahora mismo 333 parados menos que hace un año, lo que es una gran noticia aunque afea bastante mi gráfico al cruzarse dos líneas.

ParoNoviembre

Eso sí, el descenso interanual del desempleo viene de la mano, paseando por un campo de amapolas, con el descenso -intermensual e interanual- de las afiliaciones a la Seguridad Social. Hay menos parados, sí, pero también hay menos empleos. En noviembre de 2007 el número de afiliados a la Seguridad Social en nuestra provincia era de 60554. En seis años se han destruido casi el 20% de los puestos de trabajo existentes. Un informe de PWC -es una consultora, no tiene nada que ver con el pato aquel que desinfectaba los inodoros- pone fecha a la recuperación del empleo perdido: 2033. Hagan un hueco en la agenda para celebrarlo, yo he reservado una semana a principios de junio y he precomprado una caja de güisqui y unas aspirinas.

¿Y de esta cómo salimos? Aunque muchos solo parezcan vivir para ello, dudo mucho que el modelo basado en el ladrillo, la especulación, las recalificaciones, el dinero barato y los turistas alemanes vuelva a sacarnos del pozo. Esté donde esté la salida, la apuesta por la educación -de nuestros churumbeles y de la población en general- siempre suelen dar réditos. La última de las estadísticas publicadas ayer fue la nueva oleada del informe PISA. Vaya por delante que en general, más que la estulticia de nuestros chavales, creo que nuestro problema con PISA es que piden a nuestros alumnos cosas que nuestro sistema educativo no les enseña. Si me pidiesen señalar dos problemas de nuestro sistema a partir de esa estadística me quedaría con la desigualdad (ya no solo entre alumnos, sino también entre comunidades autónomas) y con el siempre poco edificante espectáculo político, con números que van y vienen, leyes educativas encuadernadas lanzadas a la cabeza y discursos leídos con grandilocuencia llenos de tópicos manidos. Lo mejor, el habitual buen papel de nuestra comunidad en el citado estudio.

Igual todo está un poco relacionado. Los altos niveles de paro influyen en el bajo nivel educativo y este a su vez en la corrupción. O al revés, el bajo nivel educativo genera altos niveles de paro que a su vez favorecen la corrupción. Igual todo tiene que ver con el agua y si nos pasamos al agua embotellada se soluciona. Sea como fuere, todo parece indicar que aún nos quedan algunos años de experimentación para dar con la clave.

Si tú supieras

Café

Agito lentamente el café – de sobre, con una cucharada de azúcar – mientras leo la prensa en la tableta. El café está templado y la realidad, bajo el púrpura vaticano que da color a los medios de comunicación estos días, es tan deprimente como ayer. Y como el día precedente. A veces, en días como este, abro el Diario de Ávila y me esfuerzo por creer que no hay nada más allá de sus páginas, del tranquilo estanque de aguas oleosas y calmas que describe. La Iglesia restaura iglesias, los quintos de Mijares se miden y lo celebran con botellines de Mahou en la mano, Detroit, el Mercadona alquilará una parcela al Ayuntamiento para montar un aparcamiento, flexibilidad, una de espías en el corral de las campanas, caudalosos ríos se escapan de sus cauces repletos de mierda, flexibilidad, manifestaciones pacíficas de sindicalistas y trabajadores (no confundir) e imagotipos, muchos imagotipos. La parroquia sigue tranquila, anuncia puntual el sereno mientras agita las llaves de los portales.

Además llueve, una vez más, y el café se ha terminado de enfriar. Me lo bebo, no estamos para tirar comida. Mientras en la televisión Rajoy apoya a (de) Cospedal en un desayuno de etiqueta negra, leo que Enrique Gil Calvo, profesor de la Complutense, dice que si todo esto no se ha ido ya a la mierda entre humo y cócteles molotov es porque, frente a “la decadencia del sindicalismo obrero y la incapacidad de los trabajadores inmigrantes para movilizarse con éxito”, las protestas por la crisis y los recortes las están liderando “el mileurismo desclasado de las clases medias tituladas”.

Llevo la taza del desayuno a la cocina y de vuelta me paro ante la ventana del salón. Una decena de amas de casa de 40 o 50 años van y vienen cargadas de bolsa. Un grupo de chavales está sentado en un banco. Dos hombre hablan mientras esperan junto a un cajero automático. Un chico joven pasea a un perro. Un anciano camina encorvado con un periódico debajo del brazo. Levanto la vista y frente a mi, al otro lado de la avenida, un hombre en pijama me mira desde la terraza de su casa. Nos miramos unos segundos y al final el hombre me saluda con la cabeza antes de volver a entrar en su casa.

¿Qué es necesario para que esta gente – mi vecino, las señoras que vienen de la compra, los jubilados, los parados, los estudiantes, los mileuristas desclasados, los sindicalistas decadentes – explote? Seis millones de parados, más de un 50% de paro juvenil, Bárcenas, Campeón, Bankia, la Troika, los discursos del Floriano, el precio de la gasolina, Messi hasta en la sopa, Iberia, Pescanova y dos huevos duros ¿Qué necesitan para ocupar las calles, para formar barricadas, para quemar cosas? ¿Necesitan saber que no hay futuro? ¿Dos Bárcenas más? ¿Un kilo de desesperación y cuarto y mitad de rabia?

No, me digo mientras me miro al espejo y concluyo que tengo que arreglarme la barba, creo que solo necesitan saber la verdad. La verdad sin filtros, sin aderezos, sin sal ni pimienta. Cruda, sangrienta, chorreante. Si todos supieramos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, las calles explotarían.

Imaginen que todo lo que sucede en el país, sobre todo, pero no exclusivamente, en la parte alta de este país, estuviese almacenado en un enorme disco duro guardado en un sótano blindado enterrado en los estratos más profundos de la Castellana, doscientos metros por debajo del césped del Bernabéu. Imágenes, vídeos, fotocopias, archivos sonoros, fotografías, filminas, planos, conversaciones, documentos, contratos, facturas y fracturas, los menús de los restaurantes, los apretones de mano, conversaciones del guasap con flamencas, berenjenas y cacas con ojos, los besos en las mejillas y los cuchillos en la espalda, transparencias y pagüerpoints. Todo. Un inmenso registro de la realidad, el cementerio de la verdades perdidas. Imaginen que, por un error, el becario aprieta el botón que no es y que toda esa información está, de repente, disponible. Ultramagahipertransparencia. Que todo hijo de vecino puede, simplemente, saber cómo funciona de verdad el país. Ver en un vídeo como se negocian los contratos públicos. Ver una foto en la que dos presuntos rivales políticos brindan por su presunta amistad. Olisquear las cloacas madrileñas, pucelanas o abulenses. Mirar debajo de la alfombra y en las esquinas. Más allá de la transparencia, de las declaraciones de bienes y males de Alicia en el País de las Pesadillas, de las comisiones rogatorias, de las acusaciones particulares filibusteras, de los brotes verdes y de toda esa pantomima azucarada. La España real a golpe de clic. Pasen y vomiten.

¿Qué ocurriría si todo el mundo supiese qué pasa con su dinero, dónde va cada céntimo de sus impuestos? Un vídeo estupendo, en Full HD, donde se ve al concejal X hablar con el empresario Z para pactar los términos de una licitación. ¿Qué pasaría si supiesen que la ruina no es un accidente, que el desgobierno es parte del plan, un fin y un medio? ¿Qué pasaría si mi vecino supiese cómo funcionan los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones empresariales y la administración? Cómo se asciende y se desciende, cómo se guardan favores y afrentas. Hablo de entrar en la mente de los secretarios generales, de los secretarios de organización, de concejales, consejeros, empresarios y ministros. ¿Qué pasaría si pudiésemos acceder a sus intereses, a sus ambiciones, a los motivos que hay detrás de cada una de sus declaraciones, a lo que piensan de verdad cuando nos miran a los ojos y nos prometen amor eterno? ¿Qué pasaría si pudiésemos confirmar que nuestros intereses pesan mucho menos que los suyos? Chanchullos, pactos secretos contra natura, postureo, confrontaciones fingidas guionizadas frente a un café, hoy por mi, mañana por ti ¿Qué sucedería si todo eso estuviese accesible y se pudiese ver con unas gafas 3D? Así se saquea un país y se destruye su presente y su futuro, no olvide sus palomitas y su refresco.

¿Y si pudiésemos escuchar lo que se dice en los coches oficiales, en los despachos, en los reservados de los restaurantes donde se juega nuestro futuro? Pero me refiero a saber la verdad verdadera, con papeles, pedeefes y emepetrés, no a sospecharla o a leerla filtrada por mundos o países ¿Qué pasaría si tuviésemos un registro de esos diálogos, las grabaciones de las conversaciones de sus teléfonos móviles? ¿Qué pasaría si supiésemos cómo usan los recursos públicos a su antojo mientras las ambulancias cada vez son más escasas? ¿Qué pasaría si supiésemos el nombre de todos las personas que rebuscan comida en los contenedores a la vez que sabemos el menú de los aviones oficiales? ¿Que sucedería si conociésemos todos los tejemanejes de Ayuntamiento y Diputación? ¿Y si pudiésemos comparar el nombre de los parados y el de los contratados a dedo por las administraciones? ¿Qué pasaría si supiésemos que el hecho de que un hospital llame a una ambulancia por no poder atender una urgencia no es precisamente una anécdota aislada? ¿Y si supiésemos como cuadran las facturas las Comunidades que presumen de presupuestos saneados? ¿Qué pasaría si supiésemos el nombre y la ubicación de todos los colegios que han pasado el invierno sin calefacción? ¿Y si pudiésemos comparar cómo de apretados llevamos cada uno el cinturón? ¿Y si las declaraciones de Hacienda fuesen públicas? ¿Y si descubriésemos que el vecino que no paga la comunidad nada en la abundancia? ¿Y si, tras una intoxicación masiva de suero de la verdad, todos cantásemos sin filtros de Instagram? ¿Y si conociésemos los entresijos de las tablas de excel donde se deciden nuestros destinos? ¿Y si todos saliesen desnudos, como emperadores de barrio, en las fotos oficiales? Y Bankia, ¿qué hay de Bankia?

Mi vecino ha vuelto a salir a la terraza, está tendiendo la ropa. Me cuesta imaginarle en una barricada, o asaltando el Ayuntamiento con una antorcha dispuesto a salir de esta con los pies por delante, si no hay más remedio, pero llevándose cuanta más compañía mejor para no aburrirse cruzando la laguna Estigia.

Todos sospechamos como funciona esto y todos, por una razón o por otra, conocemos una parte de los turbios bajos fondos en los que se asientan el país. Pequeñas piezas del puzle del basurero español ¿Qué pasaría si todos tuviésemos un mapa de las cloacas?

Mi vecino me vuelve a mirar y me saluda. En la televisión, como diría Quique González, los presidentes de la desesperación cubren el expediente entre aplausos. Dos orejas y el rabo. Otra ronda de zumo de naranja y bollería.

Tanatorio

Acabé la semana pasada de ver la estupenda serie de Canal+ Crematorio (8 capítulos, ya están tardando si aún no la han visto) y se me ha iluminado la bombilla de bajo consumo: podíamos hacer una serie de este estilo, centrada en las corruptelas y el ladrillo, pero ambientada en Ávila. Por si no la conocen, la serie, protagonizada por José Sancho, está basada en una novela con el mismo nombre de Rafael Chirbes y narra las peripecias de un constructor sin escrúpulos que se hace de oro con el narcotráfico y las inversiones inmobiliarias de dudosa legalidad en la costa española con el inestimable apoyo de diversos cargos públicos. Ya saben, la España del pelotazo, la recalificación, la cocaina y las putas de lujo traidas desde la Europa del este. Evidentemente, habrá que hacer algunos cambios en el argumento y los personajes para que el plagio no sea demasiado clamoroso. Por ejemplo, en lugar de Crematorio la vamos a llamar Tanatorio y he pensado que en lugar de un constructor corrupto, nuestro protagonista podía ser un político con mucho poder, mucho dinero, mucha influencia y muchos negocios no todos limpios; lo que en otras épocas llamaríamos un cacique local. Les voy a hacer un resumen de la trama.

Todo comenzaría con la muerte de una anciana en una residencia de mayores de un pequeño pueblo de Gredos. Aquí había pensado meter unas imágenes aéreas de la sierra, en plan El Señor de Los Anillos, para hacer un poco de promoción turística, pero a lo mejor se nos va del tema. Ya veremos con qué presupuesto contamos. La anciana, con algún tipo de demencia senil, tenía bastante propiedades y ningún heredero directo, con lo que deja todos sus bienes a una parroquia.

Ostras, diréis, que buen comienzo. Gracias, es todo idea mía. Continúo. Ahora entra en escena nuestro protagonista. Está en su despacho, una mesa de madera buena, nada de conglomerado ni del Ikea, la bandera de España al fondo, una foto del rey y otra del Papa. Suena el teléfono, lo descuelga, es su hermana. ¿Su hermana? Sí, su hermana, que casualmente trabajaba en la residencia de ancianos donde acaba de fallecer nuestra anciana. La residencia, además, depende de la institución presidida por nuestro protagonista, al que vamos a llamar Augusto, con lo que podemos añadir sospechas de nepotismo que siempre luce mucho en estos relatos. La hermana informa a Augusto del deceso de la anciana y de su herencia, poniéndole los dientes largos. Como ya hemos dicho, nuestro protagonista es un hombre con mucho poder y muchos contactos, así que con unas pocas llamadas se entera de todo lo relacionado con la herencia de la fallecida y se interesa en concreto por el destino de unas tierras a las que tenía echado el ojo tiempo atrás de las que la difunta tenía una parte.

Para congraciarse con la posible familia de la anciana, Augusto paga la sepultura de la misma con una mano, mientras con la otra comienza las gestiones para acceder a las tierras de la herencia. Para esto cuenta con la inestimable ayuda de… redoble de tambor… ¡un hermano suyo que es sacerdote y trabaja en el Obispado! Gracias por sus aplausos. Sí, por supuesto, todo idea mía.

Aprovechándose de la edad del sacerdote de la parroquia en la que han recaído los bienes, el hermano de Augusto se hace con el control de la herencia, como representante del Obispado, y vende las tierras a nuestro protagonista. Mejor: para que nuestro protagonista no se manche las manos, recordad que es un político importante, vende las tierras a sus hijos, a la sazón sus sobrinos, muy por debajo de su valor. Hasta aquí todo le ha salido bien a nuestro protagonista, pero la cosa empieza a torcerse cuando el resto de los propietarios de la tierras se enteran del asunto y presentan una denuncia. Como esto es una serie, aceleramos el proceso judicial y lo metemos en un par de capítulos, que no queremos terminar con más capítulos que Los Simpson. Los tribunales dan la razón a los denunciantes y obligan a los hijos de Augusto a devolver las tierras que habían comprado gracias a los astutos movimientos de su padre.

Mis dudas comienzan aquí. Barajo dos opciones. La primera es que desde este momento todo el castillo de naipes de corruptelas, amiguismo, enchufismo y favores caiga como impulsado por un maremoto. Que la justicia vaya tirando del hilo y descubra otros negocios sucios, qué se yo: el manejo a su antojo de las subvenciones que conceden las instituciones públicas, amigos contratados a dedo, compra-venta de terrenos entre él y las instituciones que dirige, compra de votos para perpetuarse en el cargo, sueldos estratosféricos, acumulación de cargos, propiedades sospechosas, créditos ventajosos por algún banco o Caja con la que tenga relación. De todo un poco, como en botica. Si no nos convence que sea la justicia, podemos meter a algún periodista de por medio, enfrentado a sus jefes y al destino, con muchas escenas de lágrimas y riesgo (podíamos meter alguna escena de sexo pero quedaría raro localizando la serie en Ávila). Al final, nuestro protagonista acabaría desprestigiado, abandonado por sus compañeros de partido e insultado por la ciudadanía camino de la cárcel. La serie acabaría con una imagen de Augusto siendo escoltados por dos maromos de la Guardia Civil. La otra opción es que esto acabase en nada y nuestro protagonista continúe, por los siglos de los siglos, acumulando poder, influencias y dinero a costa de los ciudadanos de nuestra provincia. El problema de esta segunda opción, aunque nos permitiría alejarnos del argumento de la serie original, es que la veo poco creíble. No sé, tarde o temprano este tipo de cosas sale a la luz pública y acaba en manos de los jueces, la prensa y la ciudadania ¿no?

¿Ideas?

PS.- Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o no.

PS2.- Todo es idea mía… pero quizá @ELzo_ ayudó un poco a la hora de convocar a las musas. Los royalties 80 – 20 ¿ok?

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