Comuneros de Castilla ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo?

El otro día prometí traer a estas páginas unas líneas sobre el papel de nuestra ciudad en semejante entuerto, pero me ha parecido más interesante elaborar un post sobre los aspectos quizás más desconocidos del movimiento que hablar sobre el escaso protagonismo abulense en aquel trance*. ¡Bajemos de nuestros campanarios!

¿Liberales o reaccionarios? ¿Demócratas o feudalistas? ¿Nacionalistas? ¿Perseguían la modernidad o su defunción? ¿Eran unos avanzados a su tiempo o fueron los últimos defensores del feudalismo? ¿Modernos o medievales? ¿Eran de Cola-cao o de Nesquik? Como ya apuntábamos la semana pasada cuando discutíamos acerca de la festividad de la comunidad autónoma que disfrutamos/sufrimos, las interpretaciones en torno a los orígenes, motivaciones o intenciones del movimiento comunero han variado a lo largo de los últimos dos siglos. Todas las ideologías dominantes han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico, aunque es evidente que si el “cuatropalismo” fuese una ideología, los comuneros habrían sido “cuatropalistas”. Pero más allá de esta caracterización ideológica, y dejando a un lado los hitos y los grandes nombres, hay muchos aspectos del Movimiento comunero, mucho menos tratados, que son extremadamente interesantes.

Castilla, inicios del S. XVI. El contexto es importante para entender el origen del movimiento. Como pueden suponer, uno no se levanta una mañana con el pie izquierdo y decide degollar al corregidor así por las buenas, ni las revueltas populares se propagan de ciudad en ciudad por esporas. La Corona de Castilla, término que incluye a los antiguos reinos de León y Castilla, se enfrentaba, a comienzos de siglo, a una triple crisis: política, económica y social. Desde la muerte de Isabel, en 1504, el reino había cambiado de manos en númerosas ocasiones (Juana, Fernando el Católico, Felipe el Hermoso, Cisneros, Carlos I) mientras la nobleza intentaba aprovechar esta inestabilidad maniobrando en las cloacas de la corte para hacerse con un mayor poder en detrimento de la monarquía y de las ciudades. La Administración, a falta de un poder central fuerte, cayó en manos de burócratas y funcionarios que acumulaban cargos e influencias en su propio favor y que no dudaban en esquilmar las arcas del reino, de las ciudades o de los particulares si la ocasión se tornaba propicia. Por si fuera poco, tras décadas de crecimiento, la economía de Castilla flaqueaba afectada por las malas cosechas, las epidemias y una regulación comercial que buscaba el beneficio rápido con la exportación de materias primas perjudicando a la incipiente industria local y en general a las cuentas del reino, que continuamente necesitado de capitales asfixiaba a la población con impuestos. Un caldo de cultivo estupendo, como ven, para todo tipo de revueltas.

Y a todo esto súmenle un rey que reina desde Botsuana Flandes, que parece dispuesto a pasar por encima de su propia madre, de su hermano y de la ley con tal de asegurarse la corona de un reino que nunca ha pisado y que quiere abandonar al poco de llegar, dejando tras de si a un montón de rubios y pelirrojos en las más altas dignidades del reino. La tensión se cortaba con cuchillos toledanos.

¿De dónde viene el termino “Comuneros”? ¿Qué eran las Comunidades? Estamos en 1520 y todo lo narrado en el párrafo anterior terminó por explotar. Y no fue bonito. Lo que empieza siendo una revuelta antifiscal motivada por los impuestos extraordinarios que Carlos I precisa para coronarse emperador termina en revolución política, en ciscarse en Carlos I, en la nobleza y en todo aquel que tenía el mentón muy prominente. Antes de que Carlos tomase las de Aquisgrán para ser coronado Mister Universo del Sacro Imperio, en Toledo ya estaban que se subían por las paredes. Tanto es así que la población decidió expulsar de la ciudad a los representantes del poder real e instaurar una suerte de gobierno revolucionario. Tras una serie de decisiones catastróficas, quemar Medina del Campo entre ellas, estallaron por toda la Corona revueltas de todo tipo (contra el rey, contra los impuestos, contra la autoridad local) que convenientemente canalizadas por determinados grupos (entre los que hay que destacar al clero por su influencia) cristalizaron en una verdadera revolución política. Otras muchas ciudades siguieron el ejemplo de Toledo, expulsaron a los representantes de Estado opresor centralista y se organizaron en Comunidad. Aquí está citado el término: Comunidad. Como dije al principio, pretendo centrarme en aspectos menos conocidos (y más relevantes que las batallitas) de la Revolución y este es sin duda uno de ellos. El término es de dificil definición pues en las fuentes se utiliza tanto para referirse al conjunto de la población como al órgano director, pero podemos convenir que, ante todo, la Comunidad era la participación del común, del pueblo, en la gestión política de las ciudades.

¿Y esto cómo se llevaba a cabo? Aunque cada ciudad elaboraba su propia forma de gobierno, partiendo desde cero o adaptando el modelo de otra ciudad, la esencia era siempre la misma: que el poder residiera en la base. La dirección de la ciudad recayó en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

¿Quiénes eran los Comuneros? Esta es fácil: Bravo, Padilla y Maldonado. Bueno, sí, pero en realidad lo que preguntaba era quiénes formaban las bases del movimiento ¿Burgueses? ¿Pequeña nobleza? ¿Blogueros de izquierda-centro-derecha al servicio de todos y de ninguno? ¿ETA? En primer lugar, era un fenómeno netamente urbano y aunque las masas urbanas (el pueblo, la peble, el populacho) eran en su mayoría partidarías del movimiento y fueron los primeros que se lanzaron a las calle contra los impuestos y las élites, estos grupos nunca encabezaron la Comunidad una vez que esta tornó en revolución política. Identificar a los grupos dirigentes de las Comunidades puede parecer un ejercicio complicado, pero Carlos I nos dejó buena parte del trabajo hecho. Esta gente del norte de Europa es eficiente. En 1522, tras la vuelta del ya entonces emperador a la península, Carlos I promulga una amnistía general de la que excluye a 293 personas, las más representativas del movimiento que seguían conservando el cuello sobre la cabeza y monedas en los bolsillos. El estudio de esa lista nos permite observar la fisonomía de la revuelta: una quinta parte del total pertenecerían a la aristocracia, aunque no a la gran aristocracia de la Corona y sus funciones dentro de la revuelta se limitarían al campo militar; las clases medias – explotadores agrícolas, artesanos, industriales, comerciantes y profesionales liberales – representan dos terceras partes de los exceptuados del Perdón. Por último, 21 miembros del clero figuraban en la lista. Parece claro, por lo tanto, que el núcleo del movimiento fueron las clases medias urbanas. El papel de los grandes del reino, contrarios a buena parte de lo que suponía Carlos I pero también temerosos de los planes de los Comuneros, lo explica muy bien Azaña: “Al brazo militar, o sea a los Grandes y caballeros, les importaba que el César venciese, que no venciese demasiado y que no venciese en seguida”

¿Qué querían? ¿Cuáles eran los objetivos del movimiento? La respuesta rápida es que querían menos impuestos, que estos se quedaran en Castilla y que los flamencos se fuesen a Flandes y alrededores a plantar tulipanes o lo que les apeteciese; pero me temo que es algo más complejo. Aunque las primeras algaradas en las ciudades castellanas responden principalmente a una agitación antifiscal, desde muy pronto se intenta canalizar el enfado popular hacia objetivos políticos. Contamos con un gran número de documentos que nos permiten ir observando esa evolución. El 8 de Junio de 1520, Toledo solicitó a las demás ciudades con representante en Cortes que se reuniesen en Ávila para anular los últimos impuestos exigidos por el Rey, cambiar el sistema por el cual estos se computaban, prohibir que el dinero del reino saliese de él e impedir que los extranjeros ocupasen cargos de responsabilidad. Pero ya entonces se iba un paso más allá: desde los púlpitos de Salamanca y Valladolid se afirmaba que si la integración en el imperio suponía “grandísimo daño contra el reyno” había que defender al reino incluso contra el rey. Toledo, que animó al resto de las ciudades a confiscar los impuestos del Estado, tenía otras ambiciones: convertir a las ciudades castellanas en ciudades libres como las repúblicas italianas. Mientras tanto, se afirmaba que el objetivo principal de la Junta revolucionaria, que había asumido el gobierno del reino, reunida primero en Ávila y luego en Tordesillas, era devolver la Corona a Juana, es decir, destronar a Carlos I. De las reuniones de la Junta sale la principal obra “legislativa” del movimiento: los Capítulos del Reino o Ley Perpetua (alguno denominan a este documento, erroneamente, Constitución de Ávila) que se presentan a Carlos I como base de las reivindicaciones comuneras. La idea básica de este documento es la consideración del rey como un “mercenario” de su pueblo y la definición de la monarquía como un pacto entre el rey y su reino. De ahí que el eje central de sus peticiones fuera la participación del pueblo en el gobierno del reino a través de una junta de delegados, la autonomía, casi absoluta, de las ciudades y la institución de numerosas instancias de control del poder real.

En estos aspectos radica la importancia, modernidad y trascendencia del movimiento comunero.

* La verdad es que el papel de la ciudad tampoco es excesivo. Lo más llamativo, la reunión en Ávila de la primera Junta convocada de Toledo, en la capilla de San Bernabé de la Catedral, no contó siquiera con representantes de la ciudad. Solo tras el incendio de Medina, la ciudad se unió sin dudas al movimiento comunero.

El origen de la Comunidad Autónoma de Castilla y León (Parte I)

Blasco Jimeno (@avilaencastilla) es un abulense de 37 años que se ha trasladado a Holanda por motivos laborales hace apenas 2 meses. Nos trae hoy la primera parte de una serie de tres entradas sobre el origen de nuestra comunidad autónoma, Castilla y León. Si quieréis colaborar con nosotros aquí os decimos cómo.

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Desde entonces ya Castilla / no se ha vuelto a levantar/
en manos de rey bastardo / o regente falaz/
siempre añorando una junta / o esperando un capitán
Luis López Álvarez, Los Comuneros

Castilla y León, no la gran Castilla y León que gobernaron reyes como Fernando III el Santo o su hijo Alfonso X el Sabio o que dijo a catalanes y aragoneses: “Vosotros quedaos con algunas islitas del Mediterráneo que yo me reparto con Portugal el Mundo”, si no la pizpireta Comunidad Autónoma de Castilla y León está cerca de cumplir tres décadas (este mes de febrero se cumplirán 29 años de Estatuto). Ahora que ha pasado tanto tiempo, aceptamos con total naturalidad que existan diecisiete Comunidades Autónomas, que Albacete esté en Castilla-La Mancha y no en la Región de Murcia o que el País Vasco lo compongan tres provincias y no cuatro o dos. Sin duda alguna, la mayor parte de nosotros hemos olvidado como en unos pocos años, con mucho desorden, tensión e ilusión, un puñado de personas movidas por intereses digamos, mmm…, altruistas cerraron un mapa totalmente nuevo de España, donde Castilla y León se quedó así, con nueve provincias, como, con la misma facilidad, podía haber quedado con seis, once o dieciséis. Así que, gracias a la invitación de Los 4 Palos, vamos a repasar en tres entregas todo lo que ocurrió en aquellos años para recordar cuál es el origen de nuestra Comunidad Autónoma y por qué es la que es.

Esta historia no puede comenzar con un “Todo empezó una mañana de…”. En realidad, el sentimiento regional castellano y leonés estaba de toda la vida ahí, de fondo, como cada vez que eran las fiestas de los pueblos y las señoras se ponían a bailar una jota o cuando el Real Ávila jugaba contra el Palencia o la Segoviana. Aunque si nos ponemos serios se puede decir que las primeras manifestaciones públicas de regionalismo se vieron a mediados de los años 70, después de llevar dormidas casi cuarenta años debido, claro está, a la Guerra Civil y la posterior dictadura. En aquella época, la España Una, Grande y Libre poseía un modelo hipercentralista donde la capital manejaba el 80% del presupuesto, dejando el 20% restante al resto de instituciones locales y provinciales. La ineficiencia de este modelo hizo que, catalanes y vascos por un lado y los tecnócratas del Régimen por el otro, comenzasen un debate sobre el modelo de estado cuyo run-run si somos sinceros, aún no ha terminado.

(Los motivos por los que se constituye la asociación son) la preocupación por los
graves problemas que en estos momentos afectan a Castilla la Vieja y León que
ven desertizarse gran parte de su territorio, el empobrecimiento progresivo de la
agricultura y el aumento en su desfavor del desequilibrio regional si que frente a esos
factores se alcen los necesarios movimientos de defensa y con el deseo de contribuir
al resurgimiento de Castilla y León despertando sus personalidades espirituales:
historia, arte, cultura, folklore, como de sus intereses materiales de todo orden
Estatutos de Alianza Regional

¿Y cómo se vivía este debate en nuestra tierra? Pues en Castilla y León todo el mundo estaba de acuerdo con el modelo centralista (86% en Castilla y 90% en León), creo que porque nunca se lo habían planteado o porque pensaban que les iba bien con él. Sin embargo, existían unos pocos, sobre todo universitarios (estudiantes y profesores), que habían vivido fuera, en regiones más ricas de España y al regresar se habían dado cuenta que algo fallaba. Se suponía que el centralismo era malísimo para Cataluña y el País Vasco, pero allí había trabajo y una calidad de vida mucho mejor que la castellana, donde los pueblos se despoblaban más rápido que en una guerra. Estaba claro que el centralismo no sólo no había corregido las desigualdades entre Castilla y la periferia, sino que las había incrementado. La presentación en Madrid del borrador del IV Plan de Desarrollo (para los legos: conjunto de normas y planificaciones políticas y económicas franquistas para levantar el País a lo soviético) les dio la razón, por lo que en diciembre de 1975, un grupo de procuradores en las cortes franquistas y profesores universitarios se reunieron para constituir una asociación que defendiese los intereses de la región ante el Plan y el debate territorial que se avecinaba (Franco aún estaba caliente).

La asociación se llamó Alianza Regional y su objetivo más inmediato era movilizar a la gente promoviendo el sentimiento regional, que en aquella época era pequeñito. ¿Por qué? Pues los expertos coinciden en tres razones principales: el uso de las señas de identidad castellanas por parte de las autoridades franquistas como arma antiseparatista, la ausencia de hechos diferenciales como, por ejemplo, una lengua propia y el hecho de que como Castilla montó ese “club” llamado España, la condición de fundadores hacía recelar de cualquiera que pretendiese salirse o erosionarlo. Para la cuestión territorial, la asociación proponía un modelo similar al francés donde las provincias (departamentos) manejaban el cotarro, pero se unirían para desarrollar ciertas competencias juntas en mancomunidades de provincias. La idea era crear una unión de provincias castellanoleonesas que tuviese los mismos derechos y poderes (sobre todo el de recaudar impuestos) que cualquier provincia aforada, como Álava o Navarra.

Los postulados de la Alianza Regional no gustaban a todos los regionalistas, sobre todo a los de izquierdas. No les terminaba de convencer eso de que la Alianza estuviese fundada por franquistas y el proyecto de la mancomunidad les sabía a poco. Por lo que un mes más tarde, en enero de 1976, un grupo de intelectuales, profesores universitarios, empresarios, periodistas, ecologistas y miembros de partidos políticos progresistas se reunió para crear una asociación progresista regionalista a la que llamaron Instituto Regional Castellano-Leonés. Sus objetivos eran los mismos que los de la Alianza, pero discrepaba con ella en algunos asuntos como el color de la bandera de Castilla (morado para los miembros del Instituto o rojo para los de la Alianza) o las provincias que constituían Castilla y León (Castilla la Vieja más León para los aliancistas o las nueve provincias actuales para el Instituto). Y pese a lo que estamos acostumbrados en Castilla y en España, las dos nuevas agrupaciones, a pesar de competir entre sí, se llevaron más o menos bien entre ellas (repito: compartían el mismo objetivo). Aunque como era de esperar, la Alianza, al estar constituida por miembros del Régimen en el poder, tenía más influencia y mejor financiación y al final era la que se llevaba el gato al agua. Una curiosidad para que os deis cuenta de tampoco estaba todo tan politizado como se podría pensar: el Partido del Trabajo de España, de ideología maoista, apoyaba a la Alianza en lugar del Instituto.

Bandera de Castilla según la Alianza

Bandera de Castilla según la Alianza

Bandera de Castilla según el Instituto

Bandera de Castilla según el Instituto

Además existía una diferencia fundamental entre la Alianza y el Instituto. En la España del final del franquismo no existía libertad de asociación. No era como ahora, que si quieres hacer una Asociación para la Independencia de Solosancho (AIS) pues redactas unos estatutos, vas al registro y la creas sin ningún problema. En aquella época, la norma vigente era la Ley de Asociaciones de 1964 que permitía la creación de agrupaciones con fines políticos, siempre que no buscasen obtener poder, es decir, presentarse a unas elecciones. Eso sí, cada vez que se reuniese la asociación había que avisar con 72 horas de antelación al Gobernador Civil de la provincia y, después, permitir asistir a representantes de la autoridad. Alianza Regional no tuvo problemas con estos requisitos y su fundación siguió esta Ley. Sin embargo, el Instituto Regional, para evitar el control del Régimen y a la vez, ser lo más legal posible, se constituyó como una sociedad anónima mercantil.

Esa forma jurídica tan “peculiar” fue utilizada como escusa por el ministro de la gobernación, Manuel Fraga, que en paz descanse, para prohibir, utilizando la ley de orden público de 22 de Julio de 1939, la reunión/manifestación que iba a celebrar el Instituto Regional el 25 de abril en Villalar. “Una sociedad anónima no puede organizar manifestaciones”.  Esta idea se le olvidaba al Sr. Ministro cuando las concentraciones las organizaba GODSA (en aquella época como nadie hablaba inglés, pocos pillaban el chiste), una sociedad anónima que fue el embrión de Alianza Popular. Pese a la prohibición, el día marcado cerca de 400 castellanos y leoneses se dirigieron hacia Villalar por caminos y carreteras secundarias (los accesos principales habían sido cortados) y aunque fueron recibidos por el alcalde de la localidad, los concentrados fueron disueltos por la Guardia Civil.

Mientras tanto, la idea de formar una mancomunidad seguía adelante. El 16 de febrero de 1976, bajo auspicio de la Alianza Regional, se reunieron en Tordesillas treinta procuradores de las Cortes de Franco de las once provincias de Castilla la Vieja y León para pedir medidas descentralizadoras al gobierno (por primera vez desde la Segunda República), con conciertos económicos para las diputaciones similares a los de las provincias aforadas (los procuradores solían ser alcaldes de la capital de provincia y presidentes de la diputación). El día 23 de febrero se repitió la reunión (con la ausencia de los representantes de Logroño y Soria) y se empezó a estudiar cómo se podían mancomunar algunos servicios. Ya en estas primerísimas reuniones apareció un problema que se va a dar en toooodo el proceso autonómico: qué pasaba con León. Los delegados de la provincia hicieron saber que no estaban seguros con quién casaban mejor, si con Asturias, con Galicia o con Castilla. La entrada de Asturias en las reuniones pospuso la discusión. El 17 de mayo, en una nueva reunión, las 12 diputaciones concretaron sus peticiones de conciertos para la región castellano-leonesa-asturiana y acordaron estudiar la constitución de la Mancomunidad de Castilla y León.

No obstante, la mayor parte de los castellanos y leoneses vivían ajenos a los tejemanejes de sus diputaciones y se encontraban pendientes del transcurso de la transición. El 3 de julio, el Rey, que estaba hasta las reales narices del inmovilismo de Arias Navarro, encargó al abulense Adolfo Suárez la formación de un nuevo gobierno. Tres días más tarde, el nuevo presidente salió en horario prime time por la televisión anunciando una Ley de Reforma Política y elecciones democráticas. Estaba claro que los próximos meses iban a ser determinantes para el modelo de estado. Sin embargo, en agosto, la primera acción del gobierno con respecto a Castilla fue un jarro de agua fría para las agrupaciones regionalistas. Adolfo Suárez decidió crear una comisión que estudie la posibilidad de hacer una Región Centro a la medida de Madrid para aliviarla de su sobredesarrollo demográfico. Esta región contaría con las provincias de Madrid, Ávila, Segovia, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara. El texto del BOE la justificó así:

“si bien no coincide con la tradicional delimitación regional, sí se aproxima
más al concepto moderno de región como territorio capaz de formular y
protagonizar un crecimiento autosostenido y singular; a la vez que integrado en
los grandes planteamientos territoriales y socioeconómicos regionales”.

La idea se recibió con poco entusiasmo por parte de los Presidentes de las Diputaciones implicadas, pero si realmente se descartó fue porque COPLACO (acrónimo de Comisión de Planeamiento y Coordinación del Área Metropolitana de Madrid), un organismo central previo algo caciquil y turbio se opuso frontalmente, ya que veía que la nueva región le iba a quitar muchas competencias, sobre todo las urbanísticas.

Las reuniones para formar la Mancomunidad siguieron su curso durante 1976. A lo largo de este año se crearon dos nuevas asociaciones regionalistas, Amigos de La Rioja y Asociación del Pueblo Cántabro, que se organizaron para desligar sus provincias del proceso regional castellanoleonés. Su presencia era un signo más del desapego creciente de estas regiones por la cuenca del Duero. Sin embargo, ese debate interno sólo consiguió retrasar, pero no impedir la inclusión de Logroño y Santander en la Mancomunidad, que se constituyó el 22 de febrero de 1977 en Burgos. Por primera vez en la historia contemporánea, las provincias de Castilla y León se habían unido para defender juntas sus derechos y hablar de tú al resto de regiones de España. En el ambiente de euforia por el éxito logrado, el Instituto Regional y la Alianza Regional acordaron organizar unidos el primer Día de Castilla y León legal en Villalar el día 24 de abril. El vídeo final, fragmento de un documental sobre la Transición, muestra el transcurso de la fiesta y la opinión de algunos de los asistentes, más o menos enterados, sobre los comuneros, regionalismo y autonomía.

La asistencia de más de 20.000 personas a la Campa confirmó a las asociaciones regionalistas que su trabajo para fomentar la conciencia regional estaba funcionando y les dio esperanzas para afrontar el complicado futuro que se avecinaba con la definición del nuevo modelo de estado y la reaparición en la fauna regional de una especie que desde hacía mucho tiempo no se había visto en libertad: los políticos.

Fuentes:
Los Comuneros, Luis López Álvarez, Edilesa, León, 2007, 7ª edición.
Boletín Oficial del Estado, Número 203, pág. 16488, 24 de agosto de 1976
La Comunidad Autonómica de La Rioja en el Proceso Autonómico Español (1975-1996), Ignacio Granado Higelmo
Fuerzas políticas en el proceso autonómico de Castilla y León. Mariano González Clavero. Tesis doctoral. Universidad de Valladolid, 2002
XXV años de autonomía en Castilla y León. Pablo Pérez López, José-Vidal Pelaz López, Mariano González Clavero. Cortes de Castilla y León, 2008.
El regionalismo en Castilla y León. Julio Valdeón Baruque. Universidad de Valladolid.

Imágenes:
Instituto Regional: http://foroscastilla.org/foros/index.php?topic=15734.0
Banderas: http://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_castilla

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La crónica sigue en:

El origen de la comunidad autónoma de Castilla y León (Parte II)

 El origen de la comunidad autónoma de Castilla y León (Parte III)

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