Las columnas de Castilla

Esta no es una historia sobre los desastres de la Guerra Civil. Tampoco es una historia sobre la Dictadura. Es un relato sobre otra España, la olvidada.

En noviembre de 1936, la Guerra Civil provocada por el fracasado Golpe de Estado de julio parece cercana a su fin. Desde el sur, el ejército sublevado se acerca deprisa a la capital. El día 6, viernes, cinco columnas rebeldes están preparadas para entrar en Madrid. Ese mismo día, el “Gobierno de la Victoria” de Largo Caballero, un gobierno de coalición levantado para frenar el fascismo, decide abandonar la ciudad y huir a Valencia. La defensa de Madrid queda en manos de los generales Miajas y Pozas y de la Junta de Defensa. Tienen órdenes claras: resistir a toda costa, cueste lo que cueste.

Sobre el papel, la suerte parece echada. El caos en el que han vivido los fieles al gobierno republicano, la huida de sus líderes políticos y el desánimo de los hombres teñían de negro el futuro de la Capital. El día 8, domingo, el general gaditano José Valera ordena el asalto final a Madrid. Debería haber sido un avance rápido y concentrado, que permitiera a los atacantes neutralizar la teórica superioridad numérica de los defensores de Madrid. Debería, pero no fue así; un golpe de suerte cambió el curso del asalto. Los republicanos descubrieron en un carro de combate abatido la Orden General de Operaciones para la toma de Madrid. El ataque no se concentraría en el sur de la capital, sino en la Casa de Campo. Ese giro del destino permitió al general Vicente Rojo reorganizar la defensa de la capital y frenar el avance de los sublevados. El ataque relámpago se convirtió en un largo asedio que no acabaría hasta marzo de 1939.

Los frentes apenas se movieron desde que a finales de noviembre Franco ordenase detener los ataques directos a la capital. La recién acabada Ciudad Universitaria, primera línea de fuego del asedio, fue una de las zonas más afectadas por el frustrado asalto. La Casa de Velázquez, la Escuela de Ingenieros Agrónomos, el Asilo de Santa Cristina, el Clínico, la Fundación del Amo, la Residencia de Estudiantes y el Instituto de Higiene se convirtieron en escenarios de los combates. También lo fue el palacio de la Moncloa, un palacete de principios del s. XVII cuyas ruinas, pues eso era el edificio tras días de encarnizados enfrentamientos, fueron tomadas por los sublevados el 20 de noviembre.

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

Acabada la guerra, comenzó la reconstrucción de la Ciudad Universitaria y sobre las ruinas del antiguo palacete se levantó un nuevo palacio para que sirviese como residencia de personalidades nacionales y extranjeras durante sus estancias en la capital.

Al sur de Burgos, en el alfoz de la capital, se levanta la villa de Arcos de la Llana. Otrora pedanía moribunda, hoy pueblo dormitorio con cerca de dos mil habitantes salpicado de pareados. Junto a la Iglesia de San Miguel Arcángel, principal hito de la villa, se levantan los restos del Palacio Arzobispal. Construido en el S. XVI bajo el mecenazgo del arzobispo Vela Acuña y el cardenal Francisco de Mendoza, sirvió durante siglos como residencia veraniega de los arzobispos burgaleses.

La iglesia burgalesa fue una de las que más claramente tomó partido durante la Guerra Civil y durante la posterior dictadura. Tanto Manuel de Castro Alonso, titular del arzobispado durante la guerra y procurador de las cortes franquistas en 1943, como su sucesor, Luciano Pérez Platero, fueron beligerantes contra el gobierno republicano, defensores del Alzamiento, adalides de la Cruzada y partidarios del nuevo régimen.

A finales de los años 40, el Palacio Arzobispal estaba sin uso, como otras tantas propiedades de la Iglesia. El Arzobispo quería venderlo, desprenderse de aquella carga, y pronto encontró comprador: el propietario de una cercana fábrica de harinas. Por 26000 pesetas y dos cántaras de vino para consagrar, el antiguo palacio se convertía en fábrica y almacén. Pero no todo. El acuerdo de venta excluía las columnas del claustro. Para el comprador aquello no suponía ningún problema, los claustros renacentistas no suelen ser indispensables para la fabricación de harinas, así que firmó y se procedió a desmontar por completo el recinto, sin miramientos, conservando únicamente sus doce columnas. ¿Y para qué quería el arzobispo de Burgos esas columnas? Para regalarselas a Franco.

Aquí convergen la historia del palacio madrileño y del palacio burgalés. Las doce columnas de Arcos de la Llana viajaron hasta Madrid y se utilizaron en la reconstrucción del Palacio de la Moncloa, en la decoración y ennoblecimiento del antiguo patio, hoy Salón de Columnas. 

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El expolio del palacio burgalés es grave, pero palidece al lado de lo sucedido con las pinturas de San Baudelio, con el ábside de San Martín de Fuentidueña, con la iglesia de San Miguel de Tubilla del Agua y con el de tantos otros bienes vendidos, robados, perdidos o abandonados. Hoy, por fortuna, todos estos expolios serían impensables. Nadie permitiría que un millonario americano arrancara los frescos de una capilla o que un rico burgués catalán desmontara una iglesia. Hoy los enemigos del patrimonio de nuestra comunidad son el tiempo y el olvido, adversarios mucho más tenaces que el más terco de lo humanos.

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo,

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

Castilla, Miguel de Unamuno

De Iván el Terrible a Teresa de Cepeda (3 de 3)

(Primera parte)

(Segunda parte)

La tercera y ultima parte de la exposición está dedicada a nuestro país, aunque como se habrán dado cuenta, venimos hablando de España casi desde el principio de la visita. El siglo XVI es el gran siglo de España, aunque no lo sea de muchos españoles. El mapa que sirve de introducción a este capítulo es del año 1570, publicado en Amberés por Abraham Ortelius y editado por Aegidius Coppenius Diesth, cartografo de su católica majestad, Felipe II.

Muchas de las cosas que suceden durante este siglo les sonarán y no necesariamente a las clases de historia. Tras unos años de crisis durante las primeras décadas del S. XVI, España y Castilla viven décadas de expansión. Pero, todo aquello no dura mucho. Los años de bonanza se desaprovechan o, incluso, alimentan la posterior caída. El crecimiento económico tenía bases terriblemente endebles. La expansión demográfica -la población española crece casi de un 40% a lo largo de todo el siglo- no se ve acompañado de un incremento de la producción agrícola. Los precios agrícolas se disparan, y los metales americanos contribuyen a que la inflación se desboque. Se calcula que en apenas un siglo los precios se sextuplicaron. La economía española pierde competitividad, la población se empobrece y el Estado aumenta los impuestos para poder mantener un ejército desproporcionado que, además, se nutre de la mano de obra que podría haber cultivado los campos.

En resumen, un desastre que se prolongó casi un siglo y que dio lugar a una larga decadencia política y económica.

Cualquier comentario que se haga sobre la España, o la Castilla, del S. XVI ha de pasar ineludiblemente por el movimiento comunero. Y si se habla de los comuneros, esta es, sin duda, la pieza más conocida referida al citado suceso “La ejecución de los comuneros de Castilla”, obra del alicantino Antonio Gisbert. La obra se pinta en 1860, en un momento en el que florece no solo la pintura histórica, sino también en el que vuelve a ponerse de actualidad el mito del movimiento comunero. Todas las ideologías dominantes o con pretensiones han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico. Y lo mismo sucedía con su interpretación por parte de los historiadores. Bravo, Padilla, Maldonado y compañía tan pronto eran unos revolucionarios, adalides del liberalismo, la democracia y de las libertades del pueblo, como furibundos reaccionarios, conservadores a capa y espada o defensores del feudalismo. Todo el mundo sabe que de ser nuestros contemporáneos, se montarían un blog llamado “Los 3 Comuneros”

¿Cómo se organizaba el movimiento en las ciudades? Lo más habitual era que una vez depuesto el representante de la corona, la dirección de la ciudad recayera en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

Un rollo muy los de abajo contra los de arriba, la casta, confluencias transversales, la gente y tal. Lo que no dejan claro las fuentes es si había por allí mucha gente con coleta organizándose en redondeles o círculos de esos.

La segunda pieza de esta sección de nuestra exposición es “El martirio de San Mauricio y la Legión Tebana”, obra del Greco, por encargo de Felipe II para el Monasterio del Escorial. La obra, que es el fruto de casi tres años de trabajo, fue entregada por el propio pintor a finales de 1582. Esta pieza estaba pensada para decorar una de las capillas laterales de la Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

San Mauricio, su historia y martirio reunía varias cualidades que lo hacían atractivo para el momento político e histórico. Cuenta la leyenda que Mauricio, en el S. III era el comandante de la Legión Tebana, una unidad militar romana formada por soldados cristianos de la ciudad egipcia de Tebas. Llamados por el emperador a combatir en la Galia, serían torturados y martirizados, a pesar de su buen comportamiento en el campo de batalla, o bien por negarse a perseguir a los cristianos de la zona o bien por negarse a participar en rituales paganos. En el cuadro, vemos en primer término a San Mauricio y a otros oficiales discutiendo si acatan o no las órdenes de sus superiores. Al fondo, el martirio tras seguir fieles a sus creencias. Los colores, la composición y las figuras son las típicas del Greco. Figuras alargadas, formas inspiradas en Miguel Angel, colores de la escuela veneciana.

San Mauricio era, y es, el patrono de la orden del Toisón de Oro, de la cual era cabeza Felipe II y además es uno de los santos patronos de la lucha contra la herejía, una de las actividades favoritas de Felipe II. A pesar de eso, el cuadro no convence a Felipe II, que le compra la obra pero no vuelve a encargarle nada. No está muy claro qué es exactamente lo que le disgusta. Algunos señalan que es la composición, que Felipe II quería el martirio en primer plano. Otros dicen que en general la pintura de El Greco no era del gusto del monarca. Otros señalan que a Felipe II no le convenció que los protagonistas del cuadro vistieran a la manera del XVI aunque el Greco lo había hecho a propósito para relacionar a San Mauricio con su época, el paganismo y la herejía, al santo y a Felipe II.

Y cómo esta exposición se titulaba de “Iván el Terrible a Teresa de Cepeda” y hemos empezado con el zar de Rusia, tenemos que terminar con Teresa.

Tenemos aquí la edición príncipe de “La perfecta casada”, de Fray Luis de León, publicada en Salamanca, en 1583, en casa de Juan Fernández. Este ejemplar se conserva en la Biblioteca Nacional. Por desgracia, no conservamos ninguna copia manuscrita de este libro, perdidas seguramente en el incendio que asoló la biblioteca de los agustinos de Salamanca en el año 1774. Es un librito muy corto, esta edición tiene 77 páginas, que Fray Luis de León dedica a su prima María Varela Osorio, donde describe lo que para él es una esposa ejemplar, los deberes y atributos de la mujer casada en las relaciones de familia, las tareas cotidianas y Dios.

Todos sabemos quién era Fray Luis de León, un intelectual, un humanista, un admirador de la obra de Santa Teresa y su primer editor. Pues bien ¿Qué opina Fray Luis sobre las esposas? ¿Cómo ha de ser la mujer perfecta? Leo algunos extractos.

“Puesto que Dios no dotó a las mujeres ni del ingenio que piden los negocios mayores ni de las fuerzas a que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para la casa y los hijos”

“Es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quien les conviene encubrir su poco sabe, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben, porque en todas es, no solo virtud agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco”

“A la mujer buena y honesta no la hizo la naturaleza para el estudio ni para los negocios de dificultades, sino para un oficio simple y doméstico, así les limito el entender y por consiguiente les tasó las palabras y las razones”

“Y no piense que las crió Dios y las dio al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que la consuelen y alegren. Para que en ella el marido cansado y enojado encuentre descanso y los hijos amor y la familia piedad.”

Como diría el presidente del gobierno, Fin de la cita. Hablamos al principio de que para poder valorar en su justa medida a un personaje es importante conocer su época el contexto político, económico y social. Hemos visto cómo el mundo del XVI es cada vez más global, como se acentúa el poder central de los estados. Hemos hablado del impacto de la conquista de América, de la reforma protestante y de la contrarreforma, de las guerras de religión, de la situación política, económica y social de España. Muchas de estas cosas influyen directamente sobre Teresa y su entorno familial y social. Al hablar de Santa Teresa, además de todo esto, no tenemos que olvidar que estamos hablando de una mujer del S. XVI, una época en la que a pesar de determinados avances, la mujer tenía dos únicas salidas en la vida: el matrimonio y el convento. Para muchas mujeres, el convento era el lugar dónde refugiarse cuando huían del matrimonio, de ese destino que describe Fray Luis de León. Teresa relata en sus libros algunos episodios sobre este particular, por ejemplo la historia de Casilda Manrique de Lara. O el caso de Catalina Godinez, que intenta afearse la cara quemándose al sol para que sus pretendientes la repudien. Teresa incluso llega a decir a las demás monjas “Mirad de qué sujección os habéis librado, hermanas” al hablar sobre el matrimonio. Muchas de estas historias, de estos pasajes, fueron incluso censurados por los primeros editores de las obras, o por la propia Teresa, temerosa de lo que sus palabras podrían suponerle. Bastante líos tenía ya.

Teresa sabía leer y escribir, era una persona inteligente, una persona capaz, valiente, sagaz… y además era mujer, lo que en la época, no lo olvidemos, era una dificultad añadida.

 

Y hasta aquí la visita a nuestra exposición. Espero que les haya gustado, pasen antes de marcharse por la tienda de recuerdos y disfruten del Centenario.

 

Al norte de la patria mía

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Ayer, en Taranco de Mena, un pueblo al norte de Burgos, apenas una docena de casas bajas rodeadas de colinas boscosas, un grupo de personas -como no formaron una bandera cuartelada o roja carmesí para regocijo de los extraterrestres todavía no hay crónica del evento que cuantifique el número de asistentes- se reunieron para celebrar que hace 1214 años, el 15 de septiembre del año 800, un notario de nombre Lope puso negro sobre blanco por primera vez la palabra Castilla. Como no podía ser de otra forma -en el fondo la escritura fue un invento capitalista- el citado manuscrito tiene carácter económico: es un acta notarial en el cual el abad Vitulo dona unos terrenos para la fundación de un monasterio “in territorio Castelle”.

Lo que en otras latitudes se convertiría en lugar de peregrinación, con monumentos, centros de interpretación y parque de atracciones; en la vieja Castilla se ha resuelto con un monolito de granito pagado a escote por los interesados y la celebración anual de carácter casi familiar antes referida. Por estos pagos, la identidad regional nunca ha cotizado al alza, como se encarga de demostrar año tras año la celebración de la derrota de Villalar; una festividad regional que en el fondo consiste en unos cuantos miles de personas yendo a un lugar concreto del campo a tomarse unos vinos y unas tapas de carne a la brasa, haciendo un poco el gandul mientras escuchan cuatro jotas, tres himnos marxistas y dos veces el Canto de Esperanza.

Hace unos días, el diario El Mundo nos alertaba -Bautista, las sales- de que según el CIS solo el 16% de los españoles está dispuesto a participar en la defensa del país. Al parecer, es una cifra baja, pero a mi me parece una barbaridad. A ojo de buen cubero, hay siete millones de españoles sueltos por la calles, sin ningún tipo de control o distintivo, dispuestos a coger las armas para defender el toro de Osborne, la siesta, la tortilla, la paella y la Constitución del 78. Hay que decir que la pregunta tenía trampa, puesto que no especificaba el enemigo y así cualquiera se alista; pero convendrán conmigo en que no es lo mismo coger un fusil frente a un maromo de dos metros, armado hasta los dientes con la última tecnología, venido desde el sur de Arizona a bordo de un cazabombardero fantasma -morir pa’ na es tonteria-, que hacerlo para frenar a la gente esa que decapita periodistas en oriente. Tampoco preguntaron por los franceses, en un alarde, supongo, de febril europeismo.  

En ese mismo estudio se preguntaba a los encuestados por su sentimientos identitarios. ¿Se siente usted español? ¿Tan español como de su pueblo? ¿Más de su pueblo o de su barrio? ¿La Toledana para los de la Toledana? Lo más habitual es que la gente se sienta tan española como de su comunidad autónoma, aunque como pueden suponer la cosa va por barrios. Los sospechosos habituales no se sienten muy españoles y para compensar y que salga una media resultona hay otros que tienen la sangre rojigualda, con lo malo que tiene que ser eso para la salud. Murcia y Castilla y León son las comunidades donde menos gente afirma tener únicamente “identidad periferica”. En Murcia, solo el 1,3% de los murcianos se sienten murcianos. En nuestra comunidad birregional y conjuntiva, ese porcentaje se queda en el 2,9%. Pero aquí, de nuevo, hay trampa. ¿De qué identidad hablan? ¿Se sienten castellanos, castellanoleoneses, leoneses solo, del Bierzo, pancastellanos? ¿Y si todos los que afirman sentirse solo de aquí resultan ser de Treviño y hablan de Euskadi?

¿Estamos ante un drama, ante una hecatombe? ¿Debemos rasgarnos las vestiduras y obligar a nuestros infantes a honrar la bandera cuartelada en lo colegios? Yo diría que no. En mi opinión, en estas tierras tenemos, por regla general y por fortuna, una relación muy sana con nuestros sentimientos identitarios. En román paladino: a la mayoría nos importan una chufa. Sí, nacimos en un cacho concreto de la tierra, no por voluntad propia, y es innegable que eso tiene cierta influencia sobre nuestra forma de ser. Y sí, cuando estás lejos, aprendes a valorar esta clase de cosas y es posible que incluso sonrías cuando sale Valladolid por la televisión -simpatizar con Valladolid es algo que solo se puede hacer cuando vives muy lejos de Valladolid. Y sí, nuestra historia y nuestro patrimonio son muy ricos, el museo más grande del mundo y todo eso. Pero ¿y qué?

Algunos me pueden contestar que igual no nos sentimos muy castellanos/castellanoleoneses/leoneses/loquesea, pero que a cambio el “españolismo” está en el aire, en el agua y en las patatas revolconas; pero mi impresión es que eso tampoco es así, que en general el habitante medio de este rincón del mundo es identitariamente apático y deposita su fe en los trapos de colores solo y ocasionalmente para las competiciones internacionales de deportes de equipo. Lo normal y deseable, vamos. A mi, sentir afecto hacia una entidad administrativa, en el fondo es eso de lo que estamos hablando, es algo que no me sale. No siento nada, por ejemplo, hacia el Ministerio de Fomento o hacia la Subdelegación del Gobierno, ni mando cartas de amor a la Subdirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales, ni flores al Instituto Nacional de Estadística.

Acepte un consejo, querido lector: si alguna vez usted nota aflorar en su interior un sentimiento nacionalista -de aquí, de allí o de cualquier sitio- visite la agencia de viajes más cercana y tómese, siempre bajo prescripción médica, unas vacaciones lejos de su patria.


PS.- Por cierto, y hablando de esa historia milenaria, el documento ese en el que aparece la palabra Castilla es falso según la mayoría de los investigadores actuales. Seguramente algún monje avispado del S. XII lo redactó para justificar la propiedad de unas tierras. Esto de las patrias es un lio y nunca sabes cuando son de verdad y cuando sirven solo para esconder los chanchullos de alguien.

Banda sonora: La Raíz – Nuestra Nación

Soy un vendido

Estaba el otro día viendo unos monólogos, que no solo de desgracias vive el hombre. El humorista era de Valladolid y era de esos que saben cuáles son sus debilidades y fortalezas. Es decir, que sabía que presentarse como vallisoletano le cuesta a uno miradas y comentarios como “esos que se creen la capital”, “los altivos”, “los chulos”.

No era Leo Harlem el humorista sino alguien menos conocido. El caso es que decidió entrar en materia preguntando si había gente de León, Zamora, Salamanca, Burgos, Avila, Segovia, Soria o Palencia. Los había. Dijo “soy de Valladolid” y se instaló un rumor en la sala, que el monologuista aprovechó para decir que “no eran originales”. Que hasta en un pub de Londres con las relaxing cup de tea, al oír Valladolid, habían dicho “oyoyoyoyoi”.

Un paseo por el gimnasio y seguimos.

Cuando aterricé junto al Pisuerga no hice las mejores migas con los conciudadanos. Relación cordial sí, claro. Pero nada de irse por ahí, socializarse…hacer esas cosas que a nuestro Alberto le cuesta tanto. Al final soy un abulense suyo de suyar y bueno, en fin, que salía a correr, me ponía Los Soprano y el viernes me volvía al Adaja y tan felices. Pasaron los meses, vivía al lado de Zorrilla, y no había pisado el estadio ni sentido nada especial proveniente de sus gradas… hasta que, jugándose los pucelanos el ascenso, un grito entró como un cañon en mi salón.

” Hijo de puuta – tata tata ta – hijo de puuuta “

Puse la radio y comprobé que un trencilla, llamado Pino Zamorano, estaba haciendo faena de dos orejas y rabo.

[…]

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Extraído de “Deportes en Ávila”

El de la foto de la izquierda es Rubén Peña, futbolero abulense. Debutó en Primera con el Real Valladolid en una buena tarde de balompié y, esta vez sí, estaba servidor en el estadio. Acompañado de mi pareja, que es de allí, y de algunos amigos también de allí. Y entre que estaba con ellos y había un abulense en el campo… dejé atrás mis tontos complejos de muchos años y me decidí a apoyar a los capitalinos (lo son, al menos de facto), a Djukic, a la mascota, a Ebert y hasta a Manucho. Bueno, no. A Manucho no, que es como Benzemá pero a lo espigado y del sur.

Soy un vendido. Ya me pasó en Segovia años atrás…que cuando me quise dar cuenta me había enamorado del Acueducto, de su catedral, de la calle de los bares y de las tardes de sábado animando al Caja Segovia.

De Valladolid no me he enamorado tanto, es verdad. Aquí no hay acueducto, ni Pilar ni murallas. Y hay mucho político y otras cosillas. Pero tampoco es el ogro que muchas veces queremos pintar. Hay museos muy completos, las fiestas son fiestas – y no tributos – e incluso hay música en los bares. En algunos-Cada vez menos-Mientras no lo prohíban-Que están en ello.

Estando aquí ves ciertas cosas. Es como cuando le dices a un catalán que un castellano no se levanta cada mañana queriendo ver cómo fastidiar al del país chiquitito de la esquina. Que no, que nos dan bastante igual mientras no den la matraca. Pues eso, que en Valladolid les da bastante igual el de León o si el de Ávila siente que es ninguneado. Hagan política y peleen por lo suyo con inteligencia y sin lloriqueos.

Será que me he vendido. No, de verdad que no. Lo que pasa es que al final hay que socializarse, conocer la ciudad en la que vives, sus gentes, tradiciones. Y en Valladolid son como en Ávila, con sus cosas. Hay hijoputas, gilipollas, altivos… y gente que merece la pena, hasta gente admirable. Y la sensación que tiene uno, una vez más, es que los castellanos y leoneses podríamos ser mucho más, pintar mucho más, mejorar mucho más, si nos enfadáramos menos entre nosotros, nos bajáramos del campanario y reivindicásemos las Hoces del Duraton, las Médulas, Atapuerca o Béjar como algo nuestro, de todos. No ya por política, que es otro debate, sino porque tal y como está organizado el mundo… o nos queremos nosotros o no nos quiere nadie. No se trata de ponerse detrás de ninguna bandera sino de ser inteligentes de cara al futuro.

Cada vez más tengo la sensación de que hay gentes a las que les interesa que estemos desunidos. Y aquí se nos da de fábula. Nos gusta separarnos de España, de la administración autonómica, de la local, de la mancomunidad, del barrio y de la comunidad de vecinos. Nos encanta criticar y nos falta espíritu crítico. En un mundo globalizado…hay que reivindicar lo pequeño y trabajar juntos para lo grande. En tiempos de crisis hay que propiciar los cambios, creamos en ellos. Persigamos quimeras (vuelvo a robarle a Alberto).

Mientras tanto, me seguiré desesperando con Manucho. Menos mal que ha vuelto Barrerita al Real Ávila…

La autoflagelación del castellano

¿Nos merecemos ser nadie por ser de Castilla?

Ya se habrán dado cuenta de que no somos nadie. Lo que aquí pase, en Valladolid, Segovia, Burgos… no le importa a nadie salvo si es malo. Somos la escoria informativa de la nación. Nuestros problemas no existen, no merecemos nada. Ni un titular, ni una foto. Solo la nieve en la muralla o la postal del acueducto, la crecida del Pisuerga, el -5 en un termómetro junto a la Catedral de Burgos. El resto del año no valemos pa´na. Y si el 23 de Abril, día del libro, coincide con Sant Jordi, pues apañados vamos. Veremos a Artur, a maroto, al de la moto y toda la parafernalia junta. Y unas mozas sonrientes con su libro y rosa. Y, luego tal vez sí, 3 segundos de San Jorge en Aragón y medio segundo de Villalar, los comuneros esos, la castilla que no importa a nadie.

La última vez que miré la población en España, nuestra Comunidad era más del 5% de la población nacional, 350 mil habitantes más que en el País Vasco. Pero si bosteza Urkullu o Ibarretxe, o el que esté ahora, también saldrá en el telediario. Y para que no se ofenda nadie aparecerá también un aurresku, el de la oposición, el opositor de la oposición y la oportuna manifestación de bildu. Que no falte de nada. Para nosotros no habrá tiempo, ocurra lo que ocurra.

Esto no va de mensajes identitarios, ojo. Que no se me ofenda ningún leonesista, berciano o cantonista del Valle de Mena. Ese debate para otro día, que no me he puesto la bandera por montera. Hablo en general de lo nuestro, los que habitamos por el centro y centro/norte, más allá de fronteras administrativas.

Qué lugar tan majestuoso tenemos como tierra. Que uno ve la Catedral de Burgos y dan ganas de decirle a un tipo de Kentucky que ellos tendrán fried chicken, pero que nosotros les dejamos fritos. Tenemos tres ciudades patrimonio de la Humanidad que quitan el sentido y que se pueden visitar de tirón o despacito, al gusto. Cultura e historia a cascoporro.

No se trata de ser patriota de campanario, mi aldea o muerte, ju-já. Se trata de querernos un poquito, pero de verdad. Que ahora mismo te preguntan de dónde eres, dices que de Ávila… te miran raro y al final dices “de Madrid, ahí cerca”. Pues no. Soy de Ávila, ciudad de las murallas. Castellano, escenario de increíbles historias que si las pillara Hollywood te cagarías la pata abajo. Soy de la tierra de mis paisanos del Acueducto, de las catedrales de Salamanca, de la legendaria ciudad de Toledo. Tierra de la dulzaina y de las rondas. Del cochinillo y las judías, del vino y la morcilla.

Del diablo cojuelo.

Pues eso, a quererse más. Que uno de los grandes males de España es fomentar la división, buscar los hechos diferenciales. Separar, destruir.Y de eso también lo tenemos en nuestra parcela. Aquí también se lleva mucho lo de crear divisiones. Y nuestro hecho diferencial debe ser el que somos de una tierra cojonuda. Tres ciudades patrimonio en 200 kilómetros, diantres. Y eso solo para empezar.

Y que si miramos hacia delante en vez del “bueh, es lo que hay”, merecemos algo más que ser los nunca-nombrados.  No agachemos la cabeza como si tuviéramos que pedir perdón por ser de aquí en vez de ser asturianos, vascos o turdetanos. Vendamos lo nuestro. No con banderas ni roncerismos, sino con sonrisas y sano orgullo. Que haya futuro también va de eso, de ser listos.

Pd: Para no quedar como un bocachancla patriotero sin más, he de decir que Kentucky tiene buena pinta. Fíjense: “Posee el sistema de cuevas más largo del mundo, la mayor longitud de corrientes y canales navegables de los Estados Unidos continentales, los dos lagos artificiales más grandes al este del río Misisipi y el yacimiento de carbón más productivo del país. Kentucky es mundialmente conocido por sus caballos pura sangre, las carreras de caballos (especialmente el Derby de Kentucky), las destilerías de bourbon, la música bluegrass, el tabaco y sus equipos de baloncesto universitario.

Pero vamos, que no lo cambio por un bañito en aguas frías de nuestras sierras…

Esa odiosa comparación

Segovia y Ávila: tan parecidas, sobrias castellanas, suyas de suyar y a la vez tan diferentes. He comido allí con amigos, una fabada de muerte, con unos hosteleros sonrientes, cálidos, amables. Desafiando al frío. Tengo el poso de un gran fin de semana en los bares que fuimos. Yo que fútbol mediante fui tan antisegoviano, escribiendo ahora que ninguna es más bella. Quién me ha visto y quién me ve. El de ahora tiene más óptica.

Cómo me gusta la ciudad vecina. Lo confieso, la envidió. Y, a la vez, para ser honestos hay que señalar que también han hecho cosas muy mal. Espero al tren en la nueva estación, un rincón en mitad de la nada al que se llega después de mil vericuetos. Estamos tres o cuatro: el segurata, la de los tickets, el del bar y el granizo y un reloj Festina gigante, de cuando las cosas se hacían a lo grande. Sí, en Segovia también pensaron que con el progreso llegarían a 100 mil habitantes, que se crearían ciudades enteras alrededor de las estaciones del Dios AVE. Que todo sería fetén, dabuti, megaguay. Segovia también se lo creyó. Y eso que los vecinos venían de la admirable tarea de sobrevivir a un desgobierno infame, con un alcalde en minoría de 2 concejales y el resto en la oposición. Y allí, junto al Eresma, ha habido baile de siglas, personajes extraños que deciden gobiernos, intereses creados y politiqueos varios.

No, no están inmaculados. Pero envidio a Segovia profundamente.

2013-04-28 12.55.49Había llegado a la estación de autobuses el día antes. Y ahí estaba ya la primera diferencia. En Ávila no había nadie cuando partí, aquello parecía Gary Cooper solo ante el peligro. Ya sé que tenemos una estación nueva, colorida y fantástica, pero abrir no abre. Será que los autobuses no entran o que los papeles no llegan. Pero no abre.

Bueno, que llegué a Segovia. La misma vieja estación de siempre, con 3 retoques que en su día estuvieron mal hechos (apeadero lo llamaban), pero que ahora tiene mucha mejor pinta. Será una tontería, pero había hasta un segurata. Una cafetería. Una taquilla abierta, un quiosco. Vida.

Y esta foto de la izquierda recibe al visitante. Haciéndote saber que llegas a un sitio mágico, precioso. Hasta el más abulense patriota ha de reconocerme que Segovia es muy bonita. Eso es indudable.

Fuí al Azoguejo, escenario del inminente Titirimundi. Un tiovivo muy curioso hace las delicias de los pequeños. La gente se hace sus fotos de acueducto mientras 2 o 3 jovenes intentan llevarte, todo sonrisas, a sus restaurantes. Me quedo una vez más tonto mirando al imponente Acueducto…y casi sin querer estoy en el escaparate del magnífico centro de recepción de visitantes.

Carajo, parece que aquí hacen las cosas bien. Con sentido.

Me uno a la marea de turistas, los había a cientos frente al frío, subiendo la Calle Real, camino de la Plaza Mayor y de La Dama Catedral. Esa a la que Reverte, en un artículo fantástico, define así:

“….es un pedazo de catedral gótica de toda la vida, de esas que echas un vistazo y piensas, oye, el ser humano será un cabrón con pintas y todo lo que quieras, colega, pero la verdad es que hizo cosas que justifican su paso –nuestro paso- por la tierra” (pag 41 de 57).

En la Plaza Mayor varias personas salen del Teatro Real. Más vida cultural que envidiar. Me hago una foto junto a Machado, que está esculpido pomposo mirando al centro, donde unos músicos tocan desde un escenario improvisado. Y hay mucha, mucha gente. Mucho flash.

Necesito un café. Y, entre noticias variopintas, llego al deporte. Ahí también pintan bastos, con muchos equipos en apuros como en todas partes. Pero el caso es que el fútbol sala ha vuelto a ganar, La Granja y la Segoviana buscan playoff mientras el Unami intenta no descender. Y algo extraordinario… un equipo de balonmano ha cerrado la temporada arropado por un público entusiasta. Balonmano Nava, leo. Gradas llenas. No sé quienes son los que habrán creado esa ilusión, pero a la vista está que han triunfado. Una gran marcha de bicicletas llena “El Adelantado” de fotos de bonitos paisajes. Vuelvo a la calle entre el gentío, después de haber tomado un capuccino delicioso, y no puedo evitar preguntarme si estaría viviendo lo mismo, como turista, si hubiese hecho un recorrido similar en nuestra Ávila.

Es entonces cuando escribo en Twitter… “Qué gran ciudad serías, Ávila, si fueses un poquito más Segovia”. En medio instante, algún que otro patriota de campanario, como yo lo era con 15 años, me responde que ya quisiera Segovia ser un 10% de Ávila.

Y por estas cosas de la vida y tele, me viene a la mente Tomás Roncero, el perfecto ejemplo de la ciudad y país que detesto…

“España por su genética tiene que emocionarse. Y nos hemos emocionado… porque ésa es la historia de nuestra España… vibrando, no somos científicos, no somos gente que gana premios Nobel, no valemos para eso. No tenemos ni voluntad ni ni… ni capacidad para estar todo el día machacando, no somos tan fríos, nos dejamos llevar por las emociones, por el corazón”. (citado desde Naukas)

Una chica, también por Twitter, mucho más acertada, me recuerda que Ávila tiene cosas buenas, como ser ciudad accesible. Le digo que sí, que por supuesto que sí. Que lo que pasa es que Ávila nos duele porque la queremos, y que por eso la exigimos más que a ninguna. Y, le añado ahora, recalco que somos críticos, no enemigos. Que el interés es construir, no destruir. Y que pocas cosas nos llenan más, cuando estamos fuera, que decir que somos de la ciudad de La Muralla, Los 4 Postes, Gredos. Ciudad patrimonio, provincia preciosa, con un patrimonio natural, artístico y cultural como pocos rincones del mundo. Orgullosos de ello, pero no desde un patriotismo rancio, no con una enesima bandera o un anti o un enemigo.

¿Qué Ávila queremos para el futuro? ¿Qué Ávila hemos de ser desde cada uno de nosotros? Qué pais, qué ciudad queremos ser. Comento todo esto con un segoviano, que me asegura que pese a mis buenas intenciones allí tambien tienen una boina de campeonato que impide a muchos mirar más allá de su Alcázar.

Y pienso que la Ávila que quiero, la España que quiero, es la contraria que la que querría Roncero. La Ávila de Roncero sería una Ávila anti. La de las tertulias de nuevo cuño, la de los antimadridistas, anticulés, anticolchoneros. La de “que a mí me vaya mal…si a tí te va peor”. La cainita. La de “si no estás conmigo… estás contra mí”.

La Ávila que quiero es la de un conjunto global comprometido (hosteleros, comerciantes, peatones y ciudadanía en general), volcada en que todo visitante salga de aquí queriendo volver, queriendo quedarse. Eso no es cuestión de la concejalía de cultura o la de turismo, que también, sino una tarea de todos. De ser más abiertos, que eso no sea una quimera. Una Ávila que aprenda de lo que, en muchos sentidos, Segovia ya es. Siendo tan parecidas, allí se desprende vida o intentos de no zozobrar del todo, mientras aquí se desprende si no del todo muerte, como mínimo una desoladora resignación.

Esa realidad, esa dolorosa comparación, no es la Ávila que quiero.

Comuneros de Castilla ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo?

El otro día prometí traer a estas páginas unas líneas sobre el papel de nuestra ciudad en semejante entuerto, pero me ha parecido más interesante elaborar un post sobre los aspectos quizás más desconocidos del movimiento que hablar sobre el escaso protagonismo abulense en aquel trance*. ¡Bajemos de nuestros campanarios!

¿Liberales o reaccionarios? ¿Demócratas o feudalistas? ¿Nacionalistas? ¿Perseguían la modernidad o su defunción? ¿Eran unos avanzados a su tiempo o fueron los últimos defensores del feudalismo? ¿Modernos o medievales? ¿Eran de Cola-cao o de Nesquik? Como ya apuntábamos la semana pasada cuando discutíamos acerca de la festividad de la comunidad autónoma que disfrutamos/sufrimos, las interpretaciones en torno a los orígenes, motivaciones o intenciones del movimiento comunero han variado a lo largo de los últimos dos siglos. Todas las ideologías dominantes han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico, aunque es evidente que si el “cuatropalismo” fuese una ideología, los comuneros habrían sido “cuatropalistas”. Pero más allá de esta caracterización ideológica, y dejando a un lado los hitos y los grandes nombres, hay muchos aspectos del Movimiento comunero, mucho menos tratados, que son extremadamente interesantes.

Castilla, inicios del S. XVI. El contexto es importante para entender el origen del movimiento. Como pueden suponer, uno no se levanta una mañana con el pie izquierdo y decide degollar al corregidor así por las buenas, ni las revueltas populares se propagan de ciudad en ciudad por esporas. La Corona de Castilla, término que incluye a los antiguos reinos de León y Castilla, se enfrentaba, a comienzos de siglo, a una triple crisis: política, económica y social. Desde la muerte de Isabel, en 1504, el reino había cambiado de manos en númerosas ocasiones (Juana, Fernando el Católico, Felipe el Hermoso, Cisneros, Carlos I) mientras la nobleza intentaba aprovechar esta inestabilidad maniobrando en las cloacas de la corte para hacerse con un mayor poder en detrimento de la monarquía y de las ciudades. La Administración, a falta de un poder central fuerte, cayó en manos de burócratas y funcionarios que acumulaban cargos e influencias en su propio favor y que no dudaban en esquilmar las arcas del reino, de las ciudades o de los particulares si la ocasión se tornaba propicia. Por si fuera poco, tras décadas de crecimiento, la economía de Castilla flaqueaba afectada por las malas cosechas, las epidemias y una regulación comercial que buscaba el beneficio rápido con la exportación de materias primas perjudicando a la incipiente industria local y en general a las cuentas del reino, que continuamente necesitado de capitales asfixiaba a la población con impuestos. Un caldo de cultivo estupendo, como ven, para todo tipo de revueltas.

Y a todo esto súmenle un rey que reina desde Botsuana Flandes, que parece dispuesto a pasar por encima de su propia madre, de su hermano y de la ley con tal de asegurarse la corona de un reino que nunca ha pisado y que quiere abandonar al poco de llegar, dejando tras de si a un montón de rubios y pelirrojos en las más altas dignidades del reino. La tensión se cortaba con cuchillos toledanos.

¿De dónde viene el termino “Comuneros”? ¿Qué eran las Comunidades? Estamos en 1520 y todo lo narrado en el párrafo anterior terminó por explotar. Y no fue bonito. Lo que empieza siendo una revuelta antifiscal motivada por los impuestos extraordinarios que Carlos I precisa para coronarse emperador termina en revolución política, en ciscarse en Carlos I, en la nobleza y en todo aquel que tenía el mentón muy prominente. Antes de que Carlos tomase las de Aquisgrán para ser coronado Mister Universo del Sacro Imperio, en Toledo ya estaban que se subían por las paredes. Tanto es así que la población decidió expulsar de la ciudad a los representantes del poder real e instaurar una suerte de gobierno revolucionario. Tras una serie de decisiones catastróficas, quemar Medina del Campo entre ellas, estallaron por toda la Corona revueltas de todo tipo (contra el rey, contra los impuestos, contra la autoridad local) que convenientemente canalizadas por determinados grupos (entre los que hay que destacar al clero por su influencia) cristalizaron en una verdadera revolución política. Otras muchas ciudades siguieron el ejemplo de Toledo, expulsaron a los representantes de Estado opresor centralista y se organizaron en Comunidad. Aquí está citado el término: Comunidad. Como dije al principio, pretendo centrarme en aspectos menos conocidos (y más relevantes que las batallitas) de la Revolución y este es sin duda uno de ellos. El término es de dificil definición pues en las fuentes se utiliza tanto para referirse al conjunto de la población como al órgano director, pero podemos convenir que, ante todo, la Comunidad era la participación del común, del pueblo, en la gestión política de las ciudades.

¿Y esto cómo se llevaba a cabo? Aunque cada ciudad elaboraba su propia forma de gobierno, partiendo desde cero o adaptando el modelo de otra ciudad, la esencia era siempre la misma: que el poder residiera en la base. La dirección de la ciudad recayó en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

¿Quiénes eran los Comuneros? Esta es fácil: Bravo, Padilla y Maldonado. Bueno, sí, pero en realidad lo que preguntaba era quiénes formaban las bases del movimiento ¿Burgueses? ¿Pequeña nobleza? ¿Blogueros de izquierda-centro-derecha al servicio de todos y de ninguno? ¿ETA? En primer lugar, era un fenómeno netamente urbano y aunque las masas urbanas (el pueblo, la peble, el populacho) eran en su mayoría partidarías del movimiento y fueron los primeros que se lanzaron a las calle contra los impuestos y las élites, estos grupos nunca encabezaron la Comunidad una vez que esta tornó en revolución política. Identificar a los grupos dirigentes de las Comunidades puede parecer un ejercicio complicado, pero Carlos I nos dejó buena parte del trabajo hecho. Esta gente del norte de Europa es eficiente. En 1522, tras la vuelta del ya entonces emperador a la península, Carlos I promulga una amnistía general de la que excluye a 293 personas, las más representativas del movimiento que seguían conservando el cuello sobre la cabeza y monedas en los bolsillos. El estudio de esa lista nos permite observar la fisonomía de la revuelta: una quinta parte del total pertenecerían a la aristocracia, aunque no a la gran aristocracia de la Corona y sus funciones dentro de la revuelta se limitarían al campo militar; las clases medias – explotadores agrícolas, artesanos, industriales, comerciantes y profesionales liberales – representan dos terceras partes de los exceptuados del Perdón. Por último, 21 miembros del clero figuraban en la lista. Parece claro, por lo tanto, que el núcleo del movimiento fueron las clases medias urbanas. El papel de los grandes del reino, contrarios a buena parte de lo que suponía Carlos I pero también temerosos de los planes de los Comuneros, lo explica muy bien Azaña: “Al brazo militar, o sea a los Grandes y caballeros, les importaba que el César venciese, que no venciese demasiado y que no venciese en seguida”

¿Qué querían? ¿Cuáles eran los objetivos del movimiento? La respuesta rápida es que querían menos impuestos, que estos se quedaran en Castilla y que los flamencos se fuesen a Flandes y alrededores a plantar tulipanes o lo que les apeteciese; pero me temo que es algo más complejo. Aunque las primeras algaradas en las ciudades castellanas responden principalmente a una agitación antifiscal, desde muy pronto se intenta canalizar el enfado popular hacia objetivos políticos. Contamos con un gran número de documentos que nos permiten ir observando esa evolución. El 8 de Junio de 1520, Toledo solicitó a las demás ciudades con representante en Cortes que se reuniesen en Ávila para anular los últimos impuestos exigidos por el Rey, cambiar el sistema por el cual estos se computaban, prohibir que el dinero del reino saliese de él e impedir que los extranjeros ocupasen cargos de responsabilidad. Pero ya entonces se iba un paso más allá: desde los púlpitos de Salamanca y Valladolid se afirmaba que si la integración en el imperio suponía “grandísimo daño contra el reyno” había que defender al reino incluso contra el rey. Toledo, que animó al resto de las ciudades a confiscar los impuestos del Estado, tenía otras ambiciones: convertir a las ciudades castellanas en ciudades libres como las repúblicas italianas. Mientras tanto, se afirmaba que el objetivo principal de la Junta revolucionaria, que había asumido el gobierno del reino, reunida primero en Ávila y luego en Tordesillas, era devolver la Corona a Juana, es decir, destronar a Carlos I. De las reuniones de la Junta sale la principal obra “legislativa” del movimiento: los Capítulos del Reino o Ley Perpetua (alguno denominan a este documento, erroneamente, Constitución de Ávila) que se presentan a Carlos I como base de las reivindicaciones comuneras. La idea básica de este documento es la consideración del rey como un “mercenario” de su pueblo y la definición de la monarquía como un pacto entre el rey y su reino. De ahí que el eje central de sus peticiones fuera la participación del pueblo en el gobierno del reino a través de una junta de delegados, la autonomía, casi absoluta, de las ciudades y la institución de numerosas instancias de control del poder real.

En estos aspectos radica la importancia, modernidad y trascendencia del movimiento comunero.

* La verdad es que el papel de la ciudad tampoco es excesivo. Lo más llamativo, la reunión en Ávila de la primera Junta convocada de Toledo, en la capilla de San Bernabé de la Catedral, no contó siquiera con representantes de la ciudad. Solo tras el incendio de Medina, la ciudad se unió sin dudas al movimiento comunero.

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