Las columnas de Castilla

Esta no es una historia sobre los desastres de la Guerra Civil. Tampoco es una historia sobre la Dictadura. Es un relato sobre otra España, la olvidada.

En noviembre de 1936, la Guerra Civil provocada por el fracasado Golpe de Estado de julio parece cercana a su fin. Desde el sur, el ejército sublevado se acerca deprisa a la capital. El día 6, viernes, cinco columnas rebeldes están preparadas para entrar en Madrid. Ese mismo día, el “Gobierno de la Victoria” de Largo Caballero, un gobierno de coalición levantado para frenar el fascismo, decide abandonar la ciudad y huir a Valencia. La defensa de Madrid queda en manos de los generales Miajas y Pozas y de la Junta de Defensa. Tienen órdenes claras: resistir a toda costa, cueste lo que cueste.

Sobre el papel, la suerte parece echada. El caos en el que han vivido los fieles al gobierno republicano, la huida de sus líderes políticos y el desánimo de los hombres teñían de negro el futuro de la Capital. El día 8, domingo, el general gaditano José Valera ordena el asalto final a Madrid. Debería haber sido un avance rápido y concentrado, que permitiera a los atacantes neutralizar la teórica superioridad numérica de los defensores de Madrid. Debería, pero no fue así; un golpe de suerte cambió el curso del asalto. Los republicanos descubrieron en un carro de combate abatido la Orden General de Operaciones para la toma de Madrid. El ataque no se concentraría en el sur de la capital, sino en la Casa de Campo. Ese giro del destino permitió al general Vicente Rojo reorganizar la defensa de la capital y frenar el avance de los sublevados. El ataque relámpago se convirtió en un largo asedio que no acabaría hasta marzo de 1939.

Los frentes apenas se movieron desde que a finales de noviembre Franco ordenase detener los ataques directos a la capital. La recién acabada Ciudad Universitaria, primera línea de fuego del asedio, fue una de las zonas más afectadas por el frustrado asalto. La Casa de Velázquez, la Escuela de Ingenieros Agrónomos, el Asilo de Santa Cristina, el Clínico, la Fundación del Amo, la Residencia de Estudiantes y el Instituto de Higiene se convirtieron en escenarios de los combates. También lo fue el palacio de la Moncloa, un palacete de principios del s. XVII cuyas ruinas, pues eso era el edificio tras días de encarnizados enfrentamientos, fueron tomadas por los sublevados el 20 de noviembre.

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

Acabada la guerra, comenzó la reconstrucción de la Ciudad Universitaria y sobre las ruinas del antiguo palacete se levantó un nuevo palacio para que sirviese como residencia de personalidades nacionales y extranjeras durante sus estancias en la capital.

Al sur de Burgos, en el alfoz de la capital, se levanta la villa de Arcos de la Llana. Otrora pedanía moribunda, hoy pueblo dormitorio con cerca de dos mil habitantes salpicado de pareados. Junto a la Iglesia de San Miguel Arcángel, principal hito de la villa, se levantan los restos del Palacio Arzobispal. Construido en el S. XVI bajo el mecenazgo del arzobispo Vela Acuña y el cardenal Francisco de Mendoza, sirvió durante siglos como residencia veraniega de los arzobispos burgaleses.

La iglesia burgalesa fue una de las que más claramente tomó partido durante la Guerra Civil y durante la posterior dictadura. Tanto Manuel de Castro Alonso, titular del arzobispado durante la guerra y procurador de las cortes franquistas en 1943, como su sucesor, Luciano Pérez Platero, fueron beligerantes contra el gobierno republicano, defensores del Alzamiento, adalides de la Cruzada y partidarios del nuevo régimen.

A finales de los años 40, el Palacio Arzobispal estaba sin uso, como otras tantas propiedades de la Iglesia. El Arzobispo quería venderlo, desprenderse de aquella carga, y pronto encontró comprador: el propietario de una cercana fábrica de harinas. Por 26000 pesetas y dos cántaras de vino para consagrar, el antiguo palacio se convertía en fábrica y almacén. Pero no todo. El acuerdo de venta excluía las columnas del claustro. Para el comprador aquello no suponía ningún problema, los claustros renacentistas no suelen ser indispensables para la fabricación de harinas, así que firmó y se procedió a desmontar por completo el recinto, sin miramientos, conservando únicamente sus doce columnas. ¿Y para qué quería el arzobispo de Burgos esas columnas? Para regalarselas a Franco.

Aquí convergen la historia del palacio madrileño y del palacio burgalés. Las doce columnas de Arcos de la Llana viajaron hasta Madrid y se utilizaron en la reconstrucción del Palacio de la Moncloa, en la decoración y ennoblecimiento del antiguo patio, hoy Salón de Columnas. 

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El expolio del palacio burgalés es grave, pero palidece al lado de lo sucedido con las pinturas de San Baudelio, con el ábside de San Martín de Fuentidueña, con la iglesia de San Miguel de Tubilla del Agua y con el de tantos otros bienes vendidos, robados, perdidos o abandonados. Hoy, por fortuna, todos estos expolios serían impensables. Nadie permitiría que un millonario americano arrancara los frescos de una capilla o que un rico burgués catalán desmontara una iglesia. Hoy los enemigos del patrimonio de nuestra comunidad son el tiempo y el olvido, adversarios mucho más tenaces que el más terco de lo humanos.

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo,

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

Castilla, Miguel de Unamuno

De Iván el Terrible a Teresa de Cepeda (3 de 3)

(Primera parte)

(Segunda parte)

La tercera y ultima parte de la exposición está dedicada a nuestro país, aunque como se habrán dado cuenta, venimos hablando de España casi desde el principio de la visita. El siglo XVI es el gran siglo de España, aunque no lo sea de muchos españoles. El mapa que sirve de introducción a este capítulo es del año 1570, publicado en Amberés por Abraham Ortelius y editado por Aegidius Coppenius Diesth, cartografo de su católica majestad, Felipe II.

Muchas de las cosas que suceden durante este siglo les sonarán y no necesariamente a las clases de historia. Tras unos años de crisis durante las primeras décadas del S. XVI, España y Castilla viven décadas de expansión. Pero, todo aquello no dura mucho. Los años de bonanza se desaprovechan o, incluso, alimentan la posterior caída. El crecimiento económico tenía bases terriblemente endebles. La expansión demográfica -la población española crece casi de un 40% a lo largo de todo el siglo- no se ve acompañado de un incremento de la producción agrícola. Los precios agrícolas se disparan, y los metales americanos contribuyen a que la inflación se desboque. Se calcula que en apenas un siglo los precios se sextuplicaron. La economía española pierde competitividad, la población se empobrece y el Estado aumenta los impuestos para poder mantener un ejército desproporcionado que, además, se nutre de la mano de obra que podría haber cultivado los campos.

En resumen, un desastre que se prolongó casi un siglo y que dio lugar a una larga decadencia política y económica.

Cualquier comentario que se haga sobre la España, o la Castilla, del S. XVI ha de pasar ineludiblemente por el movimiento comunero. Y si se habla de los comuneros, esta es, sin duda, la pieza más conocida referida al citado suceso “La ejecución de los comuneros de Castilla”, obra del alicantino Antonio Gisbert. La obra se pinta en 1860, en un momento en el que florece no solo la pintura histórica, sino también en el que vuelve a ponerse de actualidad el mito del movimiento comunero. Todas las ideologías dominantes o con pretensiones han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico. Y lo mismo sucedía con su interpretación por parte de los historiadores. Bravo, Padilla, Maldonado y compañía tan pronto eran unos revolucionarios, adalides del liberalismo, la democracia y de las libertades del pueblo, como furibundos reaccionarios, conservadores a capa y espada o defensores del feudalismo. Todo el mundo sabe que de ser nuestros contemporáneos, se montarían un blog llamado “Los 3 Comuneros”

¿Cómo se organizaba el movimiento en las ciudades? Lo más habitual era que una vez depuesto el representante de la corona, la dirección de la ciudad recayera en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

Un rollo muy los de abajo contra los de arriba, la casta, confluencias transversales, la gente y tal. Lo que no dejan claro las fuentes es si había por allí mucha gente con coleta organizándose en redondeles o círculos de esos.

La segunda pieza de esta sección de nuestra exposición es “El martirio de San Mauricio y la Legión Tebana”, obra del Greco, por encargo de Felipe II para el Monasterio del Escorial. La obra, que es el fruto de casi tres años de trabajo, fue entregada por el propio pintor a finales de 1582. Esta pieza estaba pensada para decorar una de las capillas laterales de la Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

San Mauricio, su historia y martirio reunía varias cualidades que lo hacían atractivo para el momento político e histórico. Cuenta la leyenda que Mauricio, en el S. III era el comandante de la Legión Tebana, una unidad militar romana formada por soldados cristianos de la ciudad egipcia de Tebas. Llamados por el emperador a combatir en la Galia, serían torturados y martirizados, a pesar de su buen comportamiento en el campo de batalla, o bien por negarse a perseguir a los cristianos de la zona o bien por negarse a participar en rituales paganos. En el cuadro, vemos en primer término a San Mauricio y a otros oficiales discutiendo si acatan o no las órdenes de sus superiores. Al fondo, el martirio tras seguir fieles a sus creencias. Los colores, la composición y las figuras son las típicas del Greco. Figuras alargadas, formas inspiradas en Miguel Angel, colores de la escuela veneciana.

San Mauricio era, y es, el patrono de la orden del Toisón de Oro, de la cual era cabeza Felipe II y además es uno de los santos patronos de la lucha contra la herejía, una de las actividades favoritas de Felipe II. A pesar de eso, el cuadro no convence a Felipe II, que le compra la obra pero no vuelve a encargarle nada. No está muy claro qué es exactamente lo que le disgusta. Algunos señalan que es la composición, que Felipe II quería el martirio en primer plano. Otros dicen que en general la pintura de El Greco no era del gusto del monarca. Otros señalan que a Felipe II no le convenció que los protagonistas del cuadro vistieran a la manera del XVI aunque el Greco lo había hecho a propósito para relacionar a San Mauricio con su época, el paganismo y la herejía, al santo y a Felipe II.

Y cómo esta exposición se titulaba de “Iván el Terrible a Teresa de Cepeda” y hemos empezado con el zar de Rusia, tenemos que terminar con Teresa.

Tenemos aquí la edición príncipe de “La perfecta casada”, de Fray Luis de León, publicada en Salamanca, en 1583, en casa de Juan Fernández. Este ejemplar se conserva en la Biblioteca Nacional. Por desgracia, no conservamos ninguna copia manuscrita de este libro, perdidas seguramente en el incendio que asoló la biblioteca de los agustinos de Salamanca en el año 1774. Es un librito muy corto, esta edición tiene 77 páginas, que Fray Luis de León dedica a su prima María Varela Osorio, donde describe lo que para él es una esposa ejemplar, los deberes y atributos de la mujer casada en las relaciones de familia, las tareas cotidianas y Dios.

Todos sabemos quién era Fray Luis de León, un intelectual, un humanista, un admirador de la obra de Santa Teresa y su primer editor. Pues bien ¿Qué opina Fray Luis sobre las esposas? ¿Cómo ha de ser la mujer perfecta? Leo algunos extractos.

“Puesto que Dios no dotó a las mujeres ni del ingenio que piden los negocios mayores ni de las fuerzas a que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para la casa y los hijos”

“Es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quien les conviene encubrir su poco sabe, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben, porque en todas es, no solo virtud agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco”

“A la mujer buena y honesta no la hizo la naturaleza para el estudio ni para los negocios de dificultades, sino para un oficio simple y doméstico, así les limito el entender y por consiguiente les tasó las palabras y las razones”

“Y no piense que las crió Dios y las dio al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que la consuelen y alegren. Para que en ella el marido cansado y enojado encuentre descanso y los hijos amor y la familia piedad.”

Como diría el presidente del gobierno, Fin de la cita. Hablamos al principio de que para poder valorar en su justa medida a un personaje es importante conocer su época el contexto político, económico y social. Hemos visto cómo el mundo del XVI es cada vez más global, como se acentúa el poder central de los estados. Hemos hablado del impacto de la conquista de América, de la reforma protestante y de la contrarreforma, de las guerras de religión, de la situación política, económica y social de España. Muchas de estas cosas influyen directamente sobre Teresa y su entorno familial y social. Al hablar de Santa Teresa, además de todo esto, no tenemos que olvidar que estamos hablando de una mujer del S. XVI, una época en la que a pesar de determinados avances, la mujer tenía dos únicas salidas en la vida: el matrimonio y el convento. Para muchas mujeres, el convento era el lugar dónde refugiarse cuando huían del matrimonio, de ese destino que describe Fray Luis de León. Teresa relata en sus libros algunos episodios sobre este particular, por ejemplo la historia de Casilda Manrique de Lara. O el caso de Catalina Godinez, que intenta afearse la cara quemándose al sol para que sus pretendientes la repudien. Teresa incluso llega a decir a las demás monjas “Mirad de qué sujección os habéis librado, hermanas” al hablar sobre el matrimonio. Muchas de estas historias, de estos pasajes, fueron incluso censurados por los primeros editores de las obras, o por la propia Teresa, temerosa de lo que sus palabras podrían suponerle. Bastante líos tenía ya.

Teresa sabía leer y escribir, era una persona inteligente, una persona capaz, valiente, sagaz… y además era mujer, lo que en la época, no lo olvidemos, era una dificultad añadida.

 

Y hasta aquí la visita a nuestra exposición. Espero que les haya gustado, pasen antes de marcharse por la tienda de recuerdos y disfruten del Centenario.

 

Al norte de la patria mía

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Ayer, en Taranco de Mena, un pueblo al norte de Burgos, apenas una docena de casas bajas rodeadas de colinas boscosas, un grupo de personas -como no formaron una bandera cuartelada o roja carmesí para regocijo de los extraterrestres todavía no hay crónica del evento que cuantifique el número de asistentes- se reunieron para celebrar que hace 1214 años, el 15 de septiembre del año 800, un notario de nombre Lope puso negro sobre blanco por primera vez la palabra Castilla. Como no podía ser de otra forma -en el fondo la escritura fue un invento capitalista- el citado manuscrito tiene carácter económico: es un acta notarial en el cual el abad Vitulo dona unos terrenos para la fundación de un monasterio “in territorio Castelle”.

Lo que en otras latitudes se convertiría en lugar de peregrinación, con monumentos, centros de interpretación y parque de atracciones; en la vieja Castilla se ha resuelto con un monolito de granito pagado a escote por los interesados y la celebración anual de carácter casi familiar antes referida. Por estos pagos, la identidad regional nunca ha cotizado al alza, como se encarga de demostrar año tras año la celebración de la derrota de Villalar; una festividad regional que en el fondo consiste en unos cuantos miles de personas yendo a un lugar concreto del campo a tomarse unos vinos y unas tapas de carne a la brasa, haciendo un poco el gandul mientras escuchan cuatro jotas, tres himnos marxistas y dos veces el Canto de Esperanza.

Hace unos días, el diario El Mundo nos alertaba -Bautista, las sales- de que según el CIS solo el 16% de los españoles está dispuesto a participar en la defensa del país. Al parecer, es una cifra baja, pero a mi me parece una barbaridad. A ojo de buen cubero, hay siete millones de españoles sueltos por la calles, sin ningún tipo de control o distintivo, dispuestos a coger las armas para defender el toro de Osborne, la siesta, la tortilla, la paella y la Constitución del 78. Hay que decir que la pregunta tenía trampa, puesto que no especificaba el enemigo y así cualquiera se alista; pero convendrán conmigo en que no es lo mismo coger un fusil frente a un maromo de dos metros, armado hasta los dientes con la última tecnología, venido desde el sur de Arizona a bordo de un cazabombardero fantasma -morir pa’ na es tonteria-, que hacerlo para frenar a la gente esa que decapita periodistas en oriente. Tampoco preguntaron por los franceses, en un alarde, supongo, de febril europeismo.  

En ese mismo estudio se preguntaba a los encuestados por su sentimientos identitarios. ¿Se siente usted español? ¿Tan español como de su pueblo? ¿Más de su pueblo o de su barrio? ¿La Toledana para los de la Toledana? Lo más habitual es que la gente se sienta tan española como de su comunidad autónoma, aunque como pueden suponer la cosa va por barrios. Los sospechosos habituales no se sienten muy españoles y para compensar y que salga una media resultona hay otros que tienen la sangre rojigualda, con lo malo que tiene que ser eso para la salud. Murcia y Castilla y León son las comunidades donde menos gente afirma tener únicamente “identidad periferica”. En Murcia, solo el 1,3% de los murcianos se sienten murcianos. En nuestra comunidad birregional y conjuntiva, ese porcentaje se queda en el 2,9%. Pero aquí, de nuevo, hay trampa. ¿De qué identidad hablan? ¿Se sienten castellanos, castellanoleoneses, leoneses solo, del Bierzo, pancastellanos? ¿Y si todos los que afirman sentirse solo de aquí resultan ser de Treviño y hablan de Euskadi?

¿Estamos ante un drama, ante una hecatombe? ¿Debemos rasgarnos las vestiduras y obligar a nuestros infantes a honrar la bandera cuartelada en lo colegios? Yo diría que no. En mi opinión, en estas tierras tenemos, por regla general y por fortuna, una relación muy sana con nuestros sentimientos identitarios. En román paladino: a la mayoría nos importan una chufa. Sí, nacimos en un cacho concreto de la tierra, no por voluntad propia, y es innegable que eso tiene cierta influencia sobre nuestra forma de ser. Y sí, cuando estás lejos, aprendes a valorar esta clase de cosas y es posible que incluso sonrías cuando sale Valladolid por la televisión -simpatizar con Valladolid es algo que solo se puede hacer cuando vives muy lejos de Valladolid. Y sí, nuestra historia y nuestro patrimonio son muy ricos, el museo más grande del mundo y todo eso. Pero ¿y qué?

Algunos me pueden contestar que igual no nos sentimos muy castellanos/castellanoleoneses/leoneses/loquesea, pero que a cambio el “españolismo” está en el aire, en el agua y en las patatas revolconas; pero mi impresión es que eso tampoco es así, que en general el habitante medio de este rincón del mundo es identitariamente apático y deposita su fe en los trapos de colores solo y ocasionalmente para las competiciones internacionales de deportes de equipo. Lo normal y deseable, vamos. A mi, sentir afecto hacia una entidad administrativa, en el fondo es eso de lo que estamos hablando, es algo que no me sale. No siento nada, por ejemplo, hacia el Ministerio de Fomento o hacia la Subdelegación del Gobierno, ni mando cartas de amor a la Subdirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales, ni flores al Instituto Nacional de Estadística.

Acepte un consejo, querido lector: si alguna vez usted nota aflorar en su interior un sentimiento nacionalista -de aquí, de allí o de cualquier sitio- visite la agencia de viajes más cercana y tómese, siempre bajo prescripción médica, unas vacaciones lejos de su patria.


PS.- Por cierto, y hablando de esa historia milenaria, el documento ese en el que aparece la palabra Castilla es falso según la mayoría de los investigadores actuales. Seguramente algún monje avispado del S. XII lo redactó para justificar la propiedad de unas tierras. Esto de las patrias es un lio y nunca sabes cuando son de verdad y cuando sirven solo para esconder los chanchullos de alguien.

Banda sonora: La Raíz – Nuestra Nación

Soy un vendido

Estaba el otro día viendo unos monólogos, que no solo de desgracias vive el hombre. El humorista era de Valladolid y era de esos que saben cuáles son sus debilidades y fortalezas. Es decir, que sabía que presentarse como vallisoletano le cuesta a uno miradas y comentarios como “esos que se creen la capital”, “los altivos”, “los chulos”.

No era Leo Harlem el humorista sino alguien menos conocido. El caso es que decidió entrar en materia preguntando si había gente de León, Zamora, Salamanca, Burgos, Avila, Segovia, Soria o Palencia. Los había. Dijo “soy de Valladolid” y se instaló un rumor en la sala, que el monologuista aprovechó para decir que “no eran originales”. Que hasta en un pub de Londres con las relaxing cup de tea, al oír Valladolid, habían dicho “oyoyoyoyoi”.

Un paseo por el gimnasio y seguimos.

Cuando aterricé junto al Pisuerga no hice las mejores migas con los conciudadanos. Relación cordial sí, claro. Pero nada de irse por ahí, socializarse…hacer esas cosas que a nuestro Alberto le cuesta tanto. Al final soy un abulense suyo de suyar y bueno, en fin, que salía a correr, me ponía Los Soprano y el viernes me volvía al Adaja y tan felices. Pasaron los meses, vivía al lado de Zorrilla, y no había pisado el estadio ni sentido nada especial proveniente de sus gradas… hasta que, jugándose los pucelanos el ascenso, un grito entró como un cañon en mi salón.

” Hijo de puuta – tata tata ta – hijo de puuuta “

Puse la radio y comprobé que un trencilla, llamado Pino Zamorano, estaba haciendo faena de dos orejas y rabo.

[…]

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Extraído de “Deportes en Ávila”

El de la foto de la izquierda es Rubén Peña, futbolero abulense. Debutó en Primera con el Real Valladolid en una buena tarde de balompié y, esta vez sí, estaba servidor en el estadio. Acompañado de mi pareja, que es de allí, y de algunos amigos también de allí. Y entre que estaba con ellos y había un abulense en el campo… dejé atrás mis tontos complejos de muchos años y me decidí a apoyar a los capitalinos (lo son, al menos de facto), a Djukic, a la mascota, a Ebert y hasta a Manucho. Bueno, no. A Manucho no, que es como Benzemá pero a lo espigado y del sur.

Soy un vendido. Ya me pasó en Segovia años atrás…que cuando me quise dar cuenta me había enamorado del Acueducto, de su catedral, de la calle de los bares y de las tardes de sábado animando al Caja Segovia.

De Valladolid no me he enamorado tanto, es verdad. Aquí no hay acueducto, ni Pilar ni murallas. Y hay mucho político y otras cosillas. Pero tampoco es el ogro que muchas veces queremos pintar. Hay museos muy completos, las fiestas son fiestas – y no tributos – e incluso hay música en los bares. En algunos-Cada vez menos-Mientras no lo prohíban-Que están en ello.

Estando aquí ves ciertas cosas. Es como cuando le dices a un catalán que un castellano no se levanta cada mañana queriendo ver cómo fastidiar al del país chiquitito de la esquina. Que no, que nos dan bastante igual mientras no den la matraca. Pues eso, que en Valladolid les da bastante igual el de León o si el de Ávila siente que es ninguneado. Hagan política y peleen por lo suyo con inteligencia y sin lloriqueos.

Será que me he vendido. No, de verdad que no. Lo que pasa es que al final hay que socializarse, conocer la ciudad en la que vives, sus gentes, tradiciones. Y en Valladolid son como en Ávila, con sus cosas. Hay hijoputas, gilipollas, altivos… y gente que merece la pena, hasta gente admirable. Y la sensación que tiene uno, una vez más, es que los castellanos y leoneses podríamos ser mucho más, pintar mucho más, mejorar mucho más, si nos enfadáramos menos entre nosotros, nos bajáramos del campanario y reivindicásemos las Hoces del Duraton, las Médulas, Atapuerca o Béjar como algo nuestro, de todos. No ya por política, que es otro debate, sino porque tal y como está organizado el mundo… o nos queremos nosotros o no nos quiere nadie. No se trata de ponerse detrás de ninguna bandera sino de ser inteligentes de cara al futuro.

Cada vez más tengo la sensación de que hay gentes a las que les interesa que estemos desunidos. Y aquí se nos da de fábula. Nos gusta separarnos de España, de la administración autonómica, de la local, de la mancomunidad, del barrio y de la comunidad de vecinos. Nos encanta criticar y nos falta espíritu crítico. En un mundo globalizado…hay que reivindicar lo pequeño y trabajar juntos para lo grande. En tiempos de crisis hay que propiciar los cambios, creamos en ellos. Persigamos quimeras (vuelvo a robarle a Alberto).

Mientras tanto, me seguiré desesperando con Manucho. Menos mal que ha vuelto Barrerita al Real Ávila…

La autoflagelación del castellano

¿Nos merecemos ser nadie por ser de Castilla?

Ya se habrán dado cuenta de que no somos nadie. Lo que aquí pase, en Valladolid, Segovia, Burgos… no le importa a nadie salvo si es malo. Somos la escoria informativa de la nación. Nuestros problemas no existen, no merecemos nada. Ni un titular, ni una foto. Solo la nieve en la muralla o la postal del acueducto, la crecida del Pisuerga, el -5 en un termómetro junto a la Catedral de Burgos. El resto del año no valemos pa´na. Y si el 23 de Abril, día del libro, coincide con Sant Jordi, pues apañados vamos. Veremos a Artur, a maroto, al de la moto y toda la parafernalia junta. Y unas mozas sonrientes con su libro y rosa. Y, luego tal vez sí, 3 segundos de San Jorge en Aragón y medio segundo de Villalar, los comuneros esos, la castilla que no importa a nadie.

La última vez que miré la población en España, nuestra Comunidad era más del 5% de la población nacional, 350 mil habitantes más que en el País Vasco. Pero si bosteza Urkullu o Ibarretxe, o el que esté ahora, también saldrá en el telediario. Y para que no se ofenda nadie aparecerá también un aurresku, el de la oposición, el opositor de la oposición y la oportuna manifestación de bildu. Que no falte de nada. Para nosotros no habrá tiempo, ocurra lo que ocurra.

Esto no va de mensajes identitarios, ojo. Que no se me ofenda ningún leonesista, berciano o cantonista del Valle de Mena. Ese debate para otro día, que no me he puesto la bandera por montera. Hablo en general de lo nuestro, los que habitamos por el centro y centro/norte, más allá de fronteras administrativas.

Qué lugar tan majestuoso tenemos como tierra. Que uno ve la Catedral de Burgos y dan ganas de decirle a un tipo de Kentucky que ellos tendrán fried chicken, pero que nosotros les dejamos fritos. Tenemos tres ciudades patrimonio de la Humanidad que quitan el sentido y que se pueden visitar de tirón o despacito, al gusto. Cultura e historia a cascoporro.

No se trata de ser patriota de campanario, mi aldea o muerte, ju-já. Se trata de querernos un poquito, pero de verdad. Que ahora mismo te preguntan de dónde eres, dices que de Ávila… te miran raro y al final dices “de Madrid, ahí cerca”. Pues no. Soy de Ávila, ciudad de las murallas. Castellano, escenario de increíbles historias que si las pillara Hollywood te cagarías la pata abajo. Soy de la tierra de mis paisanos del Acueducto, de las catedrales de Salamanca, de la legendaria ciudad de Toledo. Tierra de la dulzaina y de las rondas. Del cochinillo y las judías, del vino y la morcilla.

Del diablo cojuelo.

Pues eso, a quererse más. Que uno de los grandes males de España es fomentar la división, buscar los hechos diferenciales. Separar, destruir.Y de eso también lo tenemos en nuestra parcela. Aquí también se lleva mucho lo de crear divisiones. Y nuestro hecho diferencial debe ser el que somos de una tierra cojonuda. Tres ciudades patrimonio en 200 kilómetros, diantres. Y eso solo para empezar.

Y que si miramos hacia delante en vez del “bueh, es lo que hay”, merecemos algo más que ser los nunca-nombrados.  No agachemos la cabeza como si tuviéramos que pedir perdón por ser de aquí en vez de ser asturianos, vascos o turdetanos. Vendamos lo nuestro. No con banderas ni roncerismos, sino con sonrisas y sano orgullo. Que haya futuro también va de eso, de ser listos.

Pd: Para no quedar como un bocachancla patriotero sin más, he de decir que Kentucky tiene buena pinta. Fíjense: “Posee el sistema de cuevas más largo del mundo, la mayor longitud de corrientes y canales navegables de los Estados Unidos continentales, los dos lagos artificiales más grandes al este del río Misisipi y el yacimiento de carbón más productivo del país. Kentucky es mundialmente conocido por sus caballos pura sangre, las carreras de caballos (especialmente el Derby de Kentucky), las destilerías de bourbon, la música bluegrass, el tabaco y sus equipos de baloncesto universitario.

Pero vamos, que no lo cambio por un bañito en aguas frías de nuestras sierras…

Esa odiosa comparación

Segovia y Ávila: tan parecidas, sobrias castellanas, suyas de suyar y a la vez tan diferentes. He comido allí con amigos, una fabada de muerte, con unos hosteleros sonrientes, cálidos, amables. Desafiando al frío. Tengo el poso de un gran fin de semana en los bares que fuimos. Yo que fútbol mediante fui tan antisegoviano, escribiendo ahora que ninguna es más bella. Quién me ha visto y quién me ve. El de ahora tiene más óptica.

Cómo me gusta la ciudad vecina. Lo confieso, la envidió. Y, a la vez, para ser honestos hay que señalar que también han hecho cosas muy mal. Espero al tren en la nueva estación, un rincón en mitad de la nada al que se llega después de mil vericuetos. Estamos tres o cuatro: el segurata, la de los tickets, el del bar y el granizo y un reloj Festina gigante, de cuando las cosas se hacían a lo grande. Sí, en Segovia también pensaron que con el progreso llegarían a 100 mil habitantes, que se crearían ciudades enteras alrededor de las estaciones del Dios AVE. Que todo sería fetén, dabuti, megaguay. Segovia también se lo creyó. Y eso que los vecinos venían de la admirable tarea de sobrevivir a un desgobierno infame, con un alcalde en minoría de 2 concejales y el resto en la oposición. Y allí, junto al Eresma, ha habido baile de siglas, personajes extraños que deciden gobiernos, intereses creados y politiqueos varios.

No, no están inmaculados. Pero envidio a Segovia profundamente.

2013-04-28 12.55.49Había llegado a la estación de autobuses el día antes. Y ahí estaba ya la primera diferencia. En Ávila no había nadie cuando partí, aquello parecía Gary Cooper solo ante el peligro. Ya sé que tenemos una estación nueva, colorida y fantástica, pero abrir no abre. Será que los autobuses no entran o que los papeles no llegan. Pero no abre.

Bueno, que llegué a Segovia. La misma vieja estación de siempre, con 3 retoques que en su día estuvieron mal hechos (apeadero lo llamaban), pero que ahora tiene mucha mejor pinta. Será una tontería, pero había hasta un segurata. Una cafetería. Una taquilla abierta, un quiosco. Vida.

Y esta foto de la izquierda recibe al visitante. Haciéndote saber que llegas a un sitio mágico, precioso. Hasta el más abulense patriota ha de reconocerme que Segovia es muy bonita. Eso es indudable.

Fuí al Azoguejo, escenario del inminente Titirimundi. Un tiovivo muy curioso hace las delicias de los pequeños. La gente se hace sus fotos de acueducto mientras 2 o 3 jovenes intentan llevarte, todo sonrisas, a sus restaurantes. Me quedo una vez más tonto mirando al imponente Acueducto…y casi sin querer estoy en el escaparate del magnífico centro de recepción de visitantes.

Carajo, parece que aquí hacen las cosas bien. Con sentido.

Me uno a la marea de turistas, los había a cientos frente al frío, subiendo la Calle Real, camino de la Plaza Mayor y de La Dama Catedral. Esa a la que Reverte, en un artículo fantástico, define así:

“….es un pedazo de catedral gótica de toda la vida, de esas que echas un vistazo y piensas, oye, el ser humano será un cabrón con pintas y todo lo que quieras, colega, pero la verdad es que hizo cosas que justifican su paso –nuestro paso- por la tierra” (pag 41 de 57).

En la Plaza Mayor varias personas salen del Teatro Real. Más vida cultural que envidiar. Me hago una foto junto a Machado, que está esculpido pomposo mirando al centro, donde unos músicos tocan desde un escenario improvisado. Y hay mucha, mucha gente. Mucho flash.

Necesito un café. Y, entre noticias variopintas, llego al deporte. Ahí también pintan bastos, con muchos equipos en apuros como en todas partes. Pero el caso es que el fútbol sala ha vuelto a ganar, La Granja y la Segoviana buscan playoff mientras el Unami intenta no descender. Y algo extraordinario… un equipo de balonmano ha cerrado la temporada arropado por un público entusiasta. Balonmano Nava, leo. Gradas llenas. No sé quienes son los que habrán creado esa ilusión, pero a la vista está que han triunfado. Una gran marcha de bicicletas llena “El Adelantado” de fotos de bonitos paisajes. Vuelvo a la calle entre el gentío, después de haber tomado un capuccino delicioso, y no puedo evitar preguntarme si estaría viviendo lo mismo, como turista, si hubiese hecho un recorrido similar en nuestra Ávila.

Es entonces cuando escribo en Twitter… “Qué gran ciudad serías, Ávila, si fueses un poquito más Segovia”. En medio instante, algún que otro patriota de campanario, como yo lo era con 15 años, me responde que ya quisiera Segovia ser un 10% de Ávila.

Y por estas cosas de la vida y tele, me viene a la mente Tomás Roncero, el perfecto ejemplo de la ciudad y país que detesto…

“España por su genética tiene que emocionarse. Y nos hemos emocionado… porque ésa es la historia de nuestra España… vibrando, no somos científicos, no somos gente que gana premios Nobel, no valemos para eso. No tenemos ni voluntad ni ni… ni capacidad para estar todo el día machacando, no somos tan fríos, nos dejamos llevar por las emociones, por el corazón”. (citado desde Naukas)

Una chica, también por Twitter, mucho más acertada, me recuerda que Ávila tiene cosas buenas, como ser ciudad accesible. Le digo que sí, que por supuesto que sí. Que lo que pasa es que Ávila nos duele porque la queremos, y que por eso la exigimos más que a ninguna. Y, le añado ahora, recalco que somos críticos, no enemigos. Que el interés es construir, no destruir. Y que pocas cosas nos llenan más, cuando estamos fuera, que decir que somos de la ciudad de La Muralla, Los 4 Postes, Gredos. Ciudad patrimonio, provincia preciosa, con un patrimonio natural, artístico y cultural como pocos rincones del mundo. Orgullosos de ello, pero no desde un patriotismo rancio, no con una enesima bandera o un anti o un enemigo.

¿Qué Ávila queremos para el futuro? ¿Qué Ávila hemos de ser desde cada uno de nosotros? Qué pais, qué ciudad queremos ser. Comento todo esto con un segoviano, que me asegura que pese a mis buenas intenciones allí tambien tienen una boina de campeonato que impide a muchos mirar más allá de su Alcázar.

Y pienso que la Ávila que quiero, la España que quiero, es la contraria que la que querría Roncero. La Ávila de Roncero sería una Ávila anti. La de las tertulias de nuevo cuño, la de los antimadridistas, anticulés, anticolchoneros. La de “que a mí me vaya mal…si a tí te va peor”. La cainita. La de “si no estás conmigo… estás contra mí”.

La Ávila que quiero es la de un conjunto global comprometido (hosteleros, comerciantes, peatones y ciudadanía en general), volcada en que todo visitante salga de aquí queriendo volver, queriendo quedarse. Eso no es cuestión de la concejalía de cultura o la de turismo, que también, sino una tarea de todos. De ser más abiertos, que eso no sea una quimera. Una Ávila que aprenda de lo que, en muchos sentidos, Segovia ya es. Siendo tan parecidas, allí se desprende vida o intentos de no zozobrar del todo, mientras aquí se desprende si no del todo muerte, como mínimo una desoladora resignación.

Esa realidad, esa dolorosa comparación, no es la Ávila que quiero.

Comuneros de Castilla ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo?

El otro día prometí traer a estas páginas unas líneas sobre el papel de nuestra ciudad en semejante entuerto, pero me ha parecido más interesante elaborar un post sobre los aspectos quizás más desconocidos del movimiento que hablar sobre el escaso protagonismo abulense en aquel trance*. ¡Bajemos de nuestros campanarios!

¿Liberales o reaccionarios? ¿Demócratas o feudalistas? ¿Nacionalistas? ¿Perseguían la modernidad o su defunción? ¿Eran unos avanzados a su tiempo o fueron los últimos defensores del feudalismo? ¿Modernos o medievales? ¿Eran de Cola-cao o de Nesquik? Como ya apuntábamos la semana pasada cuando discutíamos acerca de la festividad de la comunidad autónoma que disfrutamos/sufrimos, las interpretaciones en torno a los orígenes, motivaciones o intenciones del movimiento comunero han variado a lo largo de los últimos dos siglos. Todas las ideologías dominantes han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico, aunque es evidente que si el “cuatropalismo” fuese una ideología, los comuneros habrían sido “cuatropalistas”. Pero más allá de esta caracterización ideológica, y dejando a un lado los hitos y los grandes nombres, hay muchos aspectos del Movimiento comunero, mucho menos tratados, que son extremadamente interesantes.

Castilla, inicios del S. XVI. El contexto es importante para entender el origen del movimiento. Como pueden suponer, uno no se levanta una mañana con el pie izquierdo y decide degollar al corregidor así por las buenas, ni las revueltas populares se propagan de ciudad en ciudad por esporas. La Corona de Castilla, término que incluye a los antiguos reinos de León y Castilla, se enfrentaba, a comienzos de siglo, a una triple crisis: política, económica y social. Desde la muerte de Isabel, en 1504, el reino había cambiado de manos en númerosas ocasiones (Juana, Fernando el Católico, Felipe el Hermoso, Cisneros, Carlos I) mientras la nobleza intentaba aprovechar esta inestabilidad maniobrando en las cloacas de la corte para hacerse con un mayor poder en detrimento de la monarquía y de las ciudades. La Administración, a falta de un poder central fuerte, cayó en manos de burócratas y funcionarios que acumulaban cargos e influencias en su propio favor y que no dudaban en esquilmar las arcas del reino, de las ciudades o de los particulares si la ocasión se tornaba propicia. Por si fuera poco, tras décadas de crecimiento, la economía de Castilla flaqueaba afectada por las malas cosechas, las epidemias y una regulación comercial que buscaba el beneficio rápido con la exportación de materias primas perjudicando a la incipiente industria local y en general a las cuentas del reino, que continuamente necesitado de capitales asfixiaba a la población con impuestos. Un caldo de cultivo estupendo, como ven, para todo tipo de revueltas.

Y a todo esto súmenle un rey que reina desde Botsuana Flandes, que parece dispuesto a pasar por encima de su propia madre, de su hermano y de la ley con tal de asegurarse la corona de un reino que nunca ha pisado y que quiere abandonar al poco de llegar, dejando tras de si a un montón de rubios y pelirrojos en las más altas dignidades del reino. La tensión se cortaba con cuchillos toledanos.

¿De dónde viene el termino “Comuneros”? ¿Qué eran las Comunidades? Estamos en 1520 y todo lo narrado en el párrafo anterior terminó por explotar. Y no fue bonito. Lo que empieza siendo una revuelta antifiscal motivada por los impuestos extraordinarios que Carlos I precisa para coronarse emperador termina en revolución política, en ciscarse en Carlos I, en la nobleza y en todo aquel que tenía el mentón muy prominente. Antes de que Carlos tomase las de Aquisgrán para ser coronado Mister Universo del Sacro Imperio, en Toledo ya estaban que se subían por las paredes. Tanto es así que la población decidió expulsar de la ciudad a los representantes del poder real e instaurar una suerte de gobierno revolucionario. Tras una serie de decisiones catastróficas, quemar Medina del Campo entre ellas, estallaron por toda la Corona revueltas de todo tipo (contra el rey, contra los impuestos, contra la autoridad local) que convenientemente canalizadas por determinados grupos (entre los que hay que destacar al clero por su influencia) cristalizaron en una verdadera revolución política. Otras muchas ciudades siguieron el ejemplo de Toledo, expulsaron a los representantes de Estado opresor centralista y se organizaron en Comunidad. Aquí está citado el término: Comunidad. Como dije al principio, pretendo centrarme en aspectos menos conocidos (y más relevantes que las batallitas) de la Revolución y este es sin duda uno de ellos. El término es de dificil definición pues en las fuentes se utiliza tanto para referirse al conjunto de la población como al órgano director, pero podemos convenir que, ante todo, la Comunidad era la participación del común, del pueblo, en la gestión política de las ciudades.

¿Y esto cómo se llevaba a cabo? Aunque cada ciudad elaboraba su propia forma de gobierno, partiendo desde cero o adaptando el modelo de otra ciudad, la esencia era siempre la misma: que el poder residiera en la base. La dirección de la ciudad recayó en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

¿Quiénes eran los Comuneros? Esta es fácil: Bravo, Padilla y Maldonado. Bueno, sí, pero en realidad lo que preguntaba era quiénes formaban las bases del movimiento ¿Burgueses? ¿Pequeña nobleza? ¿Blogueros de izquierda-centro-derecha al servicio de todos y de ninguno? ¿ETA? En primer lugar, era un fenómeno netamente urbano y aunque las masas urbanas (el pueblo, la peble, el populacho) eran en su mayoría partidarías del movimiento y fueron los primeros que se lanzaron a las calle contra los impuestos y las élites, estos grupos nunca encabezaron la Comunidad una vez que esta tornó en revolución política. Identificar a los grupos dirigentes de las Comunidades puede parecer un ejercicio complicado, pero Carlos I nos dejó buena parte del trabajo hecho. Esta gente del norte de Europa es eficiente. En 1522, tras la vuelta del ya entonces emperador a la península, Carlos I promulga una amnistía general de la que excluye a 293 personas, las más representativas del movimiento que seguían conservando el cuello sobre la cabeza y monedas en los bolsillos. El estudio de esa lista nos permite observar la fisonomía de la revuelta: una quinta parte del total pertenecerían a la aristocracia, aunque no a la gran aristocracia de la Corona y sus funciones dentro de la revuelta se limitarían al campo militar; las clases medias – explotadores agrícolas, artesanos, industriales, comerciantes y profesionales liberales – representan dos terceras partes de los exceptuados del Perdón. Por último, 21 miembros del clero figuraban en la lista. Parece claro, por lo tanto, que el núcleo del movimiento fueron las clases medias urbanas. El papel de los grandes del reino, contrarios a buena parte de lo que suponía Carlos I pero también temerosos de los planes de los Comuneros, lo explica muy bien Azaña: “Al brazo militar, o sea a los Grandes y caballeros, les importaba que el César venciese, que no venciese demasiado y que no venciese en seguida”

¿Qué querían? ¿Cuáles eran los objetivos del movimiento? La respuesta rápida es que querían menos impuestos, que estos se quedaran en Castilla y que los flamencos se fuesen a Flandes y alrededores a plantar tulipanes o lo que les apeteciese; pero me temo que es algo más complejo. Aunque las primeras algaradas en las ciudades castellanas responden principalmente a una agitación antifiscal, desde muy pronto se intenta canalizar el enfado popular hacia objetivos políticos. Contamos con un gran número de documentos que nos permiten ir observando esa evolución. El 8 de Junio de 1520, Toledo solicitó a las demás ciudades con representante en Cortes que se reuniesen en Ávila para anular los últimos impuestos exigidos por el Rey, cambiar el sistema por el cual estos se computaban, prohibir que el dinero del reino saliese de él e impedir que los extranjeros ocupasen cargos de responsabilidad. Pero ya entonces se iba un paso más allá: desde los púlpitos de Salamanca y Valladolid se afirmaba que si la integración en el imperio suponía “grandísimo daño contra el reyno” había que defender al reino incluso contra el rey. Toledo, que animó al resto de las ciudades a confiscar los impuestos del Estado, tenía otras ambiciones: convertir a las ciudades castellanas en ciudades libres como las repúblicas italianas. Mientras tanto, se afirmaba que el objetivo principal de la Junta revolucionaria, que había asumido el gobierno del reino, reunida primero en Ávila y luego en Tordesillas, era devolver la Corona a Juana, es decir, destronar a Carlos I. De las reuniones de la Junta sale la principal obra “legislativa” del movimiento: los Capítulos del Reino o Ley Perpetua (alguno denominan a este documento, erroneamente, Constitución de Ávila) que se presentan a Carlos I como base de las reivindicaciones comuneras. La idea básica de este documento es la consideración del rey como un “mercenario” de su pueblo y la definición de la monarquía como un pacto entre el rey y su reino. De ahí que el eje central de sus peticiones fuera la participación del pueblo en el gobierno del reino a través de una junta de delegados, la autonomía, casi absoluta, de las ciudades y la institución de numerosas instancias de control del poder real.

En estos aspectos radica la importancia, modernidad y trascendencia del movimiento comunero.

* La verdad es que el papel de la ciudad tampoco es excesivo. Lo más llamativo, la reunión en Ávila de la primera Junta convocada de Toledo, en la capilla de San Bernabé de la Catedral, no contó siquiera con representantes de la ciudad. Solo tras el incendio de Medina, la ciudad se unió sin dudas al movimiento comunero.

¿Fernando III o Villalar de los Comuneros?

Hablaba Rubén en su entrada de ayer de la fiesta de la comunidad, de los sentimientos, en el mejor caso nulos, que le provocaban y de la posibilidad de cambiar la fecha en aras, supongo, de una que llenase más de orgullo el pecho de los habitantes de estos lares, el suyo incluido. Proponía, sumándose a lo que en su día propusieron los Alcaldes de Salamanca, Segovia y León, dejar de celebrar el 23 de Abril, Batalla de Villalar, y celebrar la muerte de Fernando III, monarca que unificó definitivamente bajo su dominio los reinos de León y Castilla. Lean su entrada en un momento, que yo les espero aquí.

¿Listos? Bien, como han podido comprobar, no son imaginaciones mías, Rubén buscaba explícitamente que yo le contestase, que entrasemos en un intercambio de pareceres, que saltasen chispas entre nuestras plumas y que acabásemos como Argentina y España, con nuestra amistad, mucho más espesa que el petroleo, expropiada. Además, estas polémicas dan mucho juego y visitas al blog. Como yo no soy de los que rehuyen un combate de estas características, aquí tiene su respuesta.

Se pregunta Rubén si tiene sentido que la fiesta de la Comunidad conmemore la derrota del ejército comunero en las campas de Villalar, el 23 de Abril de 1521. Mi respuesta es que no, que no tiene ningún sentido que el día de la comunidad autónoma de Castilla y León sea el 23 de Abril, de la misma forma que no lo tiene el 30 de Mayo, aniversario de la muerte de Fernando III. Y no lo tiene por una razón muy sencilla: ninguno de estos hechos hace referencia a la comunidad autónoma de Castilla y León.  Deberíamos escribir esto en la pizarra todos los días: las comunidades autónomas son entidades administrativas cuyos límites y configuración pueden o no tener relación con elementos históricos pero que en ningún caso responden exclusivamente a estos. Como nos está recordando magistralmente Blasco en su serie sobre los orígenes de nuestra comunidad (I y II), su configuración actual responde a los intereses, filias y fobias de los políticos de la época y no a mapas escritos sobre cuero, pergamino o papeles amarillentos y quebradizos. La historia de esta comunidad como tal empieza el día que se aprueba su estatuto y si se quisiese celebrar en puridad su existencia, cosa que podemos poner en duda, la fiesta no podía ser otro día que ese. Ahora bien: si hay que elegir entre Fernando III y los Comuneros, Villalar, sin duda, y no solo porque pille un poco a desmano ir a llevar flores al rey Fernando a Sevilla.

Tanto la unificación de los dos reinos llevada a cabo por Fernando III como la revuelta de las comunidades son acontecimientos que sobrepasan los límites de nuestra comunidad. Los reinos de León y de Castilla que une bajo su corona Fernando III tras la concordia de Benavente se extienden desde el Cantábrico hasta el Guadiana. Ciudades como Oviedo, La Coruña, Mérida, Badajoz, Toledo, Santiago o Guadalajara forman parte de la Corona de Castilla sobre la que reina Fernando III a partir de 1230. Esa Corona de Castilla o esos reinos de Castilla y León ¿qué tienen que ver con la comunidad autónoma de Castilla y León? Poco o nada.

Lo mismo sucede con los comuneros, que el ámbito de su revolución sobrepasa los estrechos límites de nuestra comunidad. Levantamientos comuneros hubo en casi todas las ciudades de la Corona de Castilla (desde la Coruña a Murcia, pasando por Jaen) y todas las de la Meseta, núcleo del levantamiento comunero, excepto Burgos, se mantuvieron fieles al movimiento en mayor o menor grado hasta el final. En la Junta de Tordesillas que asume la regencia de Castilla en Septiembre de 1520 están representadas las ciudades de Burgos, Soria, Segovia, Ávila, Valladolid, León, Salamanca, Zamora, Toro, Toledo, Cuenca, Guadalajara, Murcia y Madrid. El núcleo del reino, su pulmón, corazón, riñones  y varios órganos vitales más. Si prefiero como fiesta de la comunidad la derrota de los comuneros en Villalar es por su transcendencia histórica y porque, aunque sea tangencialmente y luchando contra el presentismo y contra Merkel, lo que allí sucedió sí nos atañe.

Seamos sinceros, que dos reinos se uniesen en el S. XIII tiene el mismo valor que usted se compre dos tierras y las escriture. Las tierras eran propiedad del rey y lo que allí había también. El rey podía disponer de ellas como gustase y si a Fernando III o a sus descendientes le hubiese placido, podía haberlas dividido, vendido o regalado sin que a sus súbditos les fuese ni les viniese, entre otras cosas porque estaban acostumbrados. Las revueltas, los conflictos nobiliarios y los problemas dinásticos siguieron siendo frecuente y cualquiera de ellos podía haberse saldado con la excisión de alguna parte del reino. ¿En qué momento dejaron los reyes de pelearse por este asunto? La identidad nacional, perdón por el evidente anacronismo, cotizaba a la baja en aquella época. Que aquella vez fuese la definitiva podía o no haber sucedido.

Los acontecimientos que preceden a Villalar tienen una naturaleza distinta y en ella radica su importancia. Sobre los Comuneros se ha escrito mucho y de su memoria se han intentado apropiar unos y otros de forma pendular: igual han sido liberales que conservadores, igual nacionalistas, esencia de las Españas que antiabsolutistas predemócratas. Los comuneros eran miembros de las capas medias de la sociedad (burguesía industrial, pequeña nobleza, artesanos, tenderos, obreros, letrados) que se levantaron contra la nobleza y el poder real y su rebelión es mucho más que un movimiento nacionalista o “mipuebloista” preocupado por la llegada de mucha gente rubia o pelirroja sin papa de castellano. La rebelión es la respuesta a las profundas crisis económica, política y social que afectaba a la Corona tras la desaparición de los Reyes Católicos y su objetivo, como el de toda revolución, era modificar en profundidad las relaciones de fuerza y la organización del poder público. Por resumirlo brevemente: el objetivo de los comuneros era subordinar el rey al reino, obligandolo a aceptar lo que la Junta, los representantes de las ciudades, le propusiese. La derrota de Villalar aborta el proyecto de nación independiente y moderna que se había preparado durante el reinado de los Reyes Católicos y durante el gobierno de Cisneros. Y eso sí que nos atañe, a nosotros y a Europa occidental, más allá de las simpatías que podamos tener por aquellos hombres o de las ínfulas imperiales de algunos, y es mucho más importante que la unión de León y de Castilla bajo el reinado de Fernando III, una anécdota que bien pudo pasar antes o después. Y no me vengan con que aquello paso hace taitantos siglos. En primer lugar, lo sucedido en aquellas campas bien pudo haber alterado el destino de España y Europa y en parte su presente, y en segundo lugar, España sigue siendo la tierra de los pícaros, el afán de hidalguía y la pureza de sangre. Por estos páramos no parece pasar el tiempo.

Y sí hay una razón, más allá de la discutible relación histórica de aquellos hechos con nuestra comunidad autónoma que yo he sido el primero en poner en duda, por la que Villalar merece ser la fiesta de la comunidad es por lo que sucedió en aquel pueblo en abril de 1977. La única vez en la historia reciente de estas tierras en las que ha brotado algo de conciencia regional sin la necesidad de apoyo institucional, de observatorios, premios o fundaciones villalares. Si alguien no cree celebrable la derrota de los comuneros, que celebre lo sucedido en 1977.

PS.- Y si el problema con los comuneros es que han pasado a la historia apellidándose “de Castilla”, una falta de respeto absoluto, que duda cabe, a nuestra santa y fraternal región bi-regional y conjuntiva, a nuestro estatuto de autonomía y al apetito de Juan Vicente Herrera, que se lo haga mirar. Eso sí que es traladar nuestro prejuicios presentes al pasado sin un mínimo sentido histórico.

PS2.- La semana que viene, seguiré con el tema y hablaré del papel de la ciudad en la rebelión.

30 de mayo, San Fernando

“Los alcaldes de Salamanca, León y Segovia han pedido que el Día de Castilla y León sea el 30 de mayo, San Fernando, y no el 23 de abril  en Villalar de los Comuneros” (noticia de 2006, enlace)

Vaya marina jaula de tiburones en la que me estoy metiendo. Un tema que tiene que ver con Historia y encima citando y poniéndome en el bando de Julián Lanzarote. Alberto me va a meter unas buenas dentelladas. Pero ¡qué diantres! Para esto creamos los4palos, para proponer temas de debate.

Vaya de antemano mi propia réplica al texto. Soy consciente de que este tema es lo último que necesitamos. Que hay infinitos problemas ahora mismo en la Comunidad como para que esto importe. No pediría a nuestros políticos que gastaran un euro de más en este asunto. Ni uno, de hecho. Lo planteo sólo para el analisis y debate en esta página ¿Tiene sentido Villalar como fiesta de Castilla y León?

Y creo que no. No soy ningún experto historiador pero tampoco soy tonto del todo. He leído y estudiado sobre el tema como para forjarme una opinión propia. Sé básicamente la historia de Padilla, Bravo y compañía. He incluso bicheado por Internet y leído con atención lo que opinan castellanistas, leonistas, izquierdas, derechas y magentas. Valga este ejemplo de un viejo foro. Y no, definitivamente no muero por esta historia. Si no se cambia y todo sigue igual por mi santas pascuas, en esto de las identidades pierdo el tiempo lo justo. La guerra ahora va por otros sitios y no le veo sentido a ser mipuebloista Hasta sería más peleón por convertir en festivo el 9 de mayo, Día de Europa. Vale, pero para nuestra Comunidad prefiero el 30 de mayo como festivo. Si somos Castilla y León celebremos el momento en el que empezamos a dejar de pelearnos por el asunto. Reivindiquemos a Fernando III con unas flores, un comic que seguro sería bien recibido (ejem) y a disfrutar de la primavera.

En su momento el añorado (aaajam) Ángel Villalba dijo  que había que tener “más discreción, más sentido de la oportunidad y mayor uso de los cauces internos”. Un argumento poderoso al que por supuesto me opongo. Partitocracia go out.

Pues ya está, esto era. Dejo abierto el debate sin más que añadir por mi parte, esperando vuestras intervenciones. Soy abulense y por lo tanto veo el pasado castellano con orgullo. Estoy encantado cuando visito León y critico tanto mi tierra como la defiendo. Leo con placer historias como la que nos trae a este blog Blasco Jimeno. Estoy atento a nuestro previsible  mal futuro y lo poco que pintamos como dejó escrito con maestría en otro rincón mi buen amigo Alberto. Se me ponen los pelos de punta si me dejo llevar por los relatos inspirados en los comuneros como esta otra joyita de mi compadre.

Sea esto por tanto una invitación a un caluroso y respetuoso debate, si tienen a bien. Y viva lo nuestro que si no lo queremos nosotros nadie lo hará.

Pd: Es un viejo anhelo de Alber y servidor el encontrar el audio “9 provincias, 1 comunidad” que muchas veces de pequeños escuchábamos en la radio. Si alguien lo tiene y es tan amable…contacte con los paleros.

El origen de la Comunidad Autónoma de Castilla y León (Parte II)

Continúa la semblanza sobre el origen de Castilla y León que ha preparado Blasco Jimeno (@avilaencastilla)) desde Holanda para este blog. La primera parte la podéis encontrar en este enlace. 

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Vosotros sois dueños de vuestro destino, pero Castilla y León son
imposibles de entender sin León, cuna del Condado Castellano;
Logroño, origen de la lengua y Santander, punto de partida.
J. M. Reol Tejada Junio de 1976

24 de abril de 1977 era la fecha en la que nos habíamos quedado mientras repasábamos la historia contemporánea de Castilla y León. Ese día, bajo un cielo nublado, los regionalistas festejaban en Villalar de los Comuneros que Castilla y León era capaz de autogobernarse por primera vez en mucho tiempo. La satisfacción de haber creado la Mancomunidad de Diputaciones Castellano-Leonesas bien valía una jota con el Nuevo Mester de Juglaría o buen trago de la bota de vino. En el escenario de la campa, la influencia de las elecciones que se iban a celebrar en junio se notó en los discursos políticos. Daba igual la ideología del arengador, todos coincidían en que Castilla y León necesitaba mayor autonomía. La Mancomunidad estaba recién creada y ya sabía a poco. El siguiente vídeo, de ámbito nacional, nos ayuda a situarnos en el ambiente electoral de aquel momento:

El 15 de junio de 1977, en un ambiente de gran alegría, con todo el mundo cantando el libertad, libertad, y cosas así (al estilo Cuéntame), los españoles votaron con absoluta independencia por primera vez desde la Segunda República. El partido elegido por la mayoría fue la UCD (para lo más jóvenes: Unión de Centro Democrático) del cebrereño Adolfo Suárez con un 34% de los votos, seguido del PSOE del jovencísimo Felipe González con el 29%.

Noviembre de 1976. Adolfo Suárez en el Adolfo Suárez

En Castilla y León, la victoria de la UCD fue mucho más abultada, consiguiendo una amplísima mayoría frente al PSOE y a una muy minoritaria Alianza Popular.

El PCE no consiguió ningún diputado por nuestra región. En Ávila la UCD arrasó y  consiguió los tres diputados que se podían obtener por nuestra provincia, lo cual es lógico teniendo en cuenta que Adolfo era de la tierra y además tenía un estadio de fútbol con su nombre. Cuatro días más tarde la Legislatura Constituyente comenzó.

Mientras se escribía la nueva constitución, los diputados y senadores catalanes y vascos se agruparon en asambleas regionales de parlamentarios. Dado que los acababa de elegir el pueblo, se consideraban los representantes legítimos de su región y era con ellos con quien el gobierno debía negociar la preautonomía. Rápidamente fueron imitados por el resto de regiones españolas.

En cuanto a Castilla y León el proceso fue un poco más lento y complejo. Primero se celebró una reunión en Madrid con los diputados y senadores del ámbito castellano (León, Castilla La Vieja y Castilla La Nueva) en la que se decidió que las dos Castillas debían de estar separadas (en contra de unos pocos defensores de la “Gran Castilla”) y que el problemón de colocar a Madrid correspondía exclusivamente a Castilla la Nueva. Con esa base, las reuniones entre los parlamentarios de León y Castilla La Vieja se centraron en configurar el territorio de la nueva comunidad castellanoleonesa.

Logroño se encontraba en trámite de cambiar el nombre de su provincia a La Rioja y pidió ser una comunidad autónoma uniprovincial. Los diputados de Santander se encontraban divididos incluso dentro de los propios partidos políticos, una mitad quería estar en Castilla y León y la otra mitad prefería que su provincia estuviese sola.

Y por último, León, convencida de su identidad propia, se mantuvo a la expectativa. Aun así, como todavía no se sabía qué iba a decir la nueva constitución y los rumores y comentarios de expertos hacían pensar que la formación de nuevas comunidades autónomas uniprovinciales iba a ser muy difícil, las tres provincias reticentes estuvieron presentes (aunque fuese de manera exclusivamente testimonial) en la constitución de Asamblea de Parlamentarios y Diputados provinciales de Castilla y León que tuvo lugar en Valladolid cuatro meses después de las elecciones, el 31 de octubre de 1977.

El siguiente paso consistía en que el Gobierno reconociese a la Asamblea y le concediese la preautonomía. Tras meses de negociaciones, en junio de 1978, el Gobierno aprueba la preautonomía a Castilla y León a través del Real Decreto-Ley 20/1978. Dicho decreto estableció que el poder del pueblo castellanoleonés residía en una especie de protoparlamento denominado Consejo General de Castilla y León formado por un representante de cada Diputación Provincial y cuatro parlamentarios de cada provincia de los cuales tres tienen que ser del partido político más votado y uno de un partido de la minoría (es decir, que la composición final fue 32 consejeros de la UCD, 7 del PSOE y 1 independiente por Soria). De este Consejo se elegiría una Junta de Consejeros que tendría labores ejecutivas. El Real Decreto indicaba también que la preautonomía se concedía en principio a las once provincias de León y Castilla La Vieja pero que los parlamentarios de cada provincia debían decidir por mayoría de dos tercios si querían unirse al proceso preautonómico. León, Logroño y Santander votaron en contra, por lo que, al no unirse a Castilla y León y al negarse el Gobierno de España a reconocer más entidades preautonómicas, se quedaron fuera del proceso preautonómico.

El día 22 de julio, en el castillo de Monzón de Campos, se constituyó el Consejo General de Castilla y León. Los encargados de la Diputación de Palencia, conscientes del momento histórico que vivían, engalanaron el castillo. Acudieron ministros, intelectuales y miembros de partidos políticos sin representación como el PCE, el PTE o PANCAL (no fue nadie de León, Logroño o Santander). Y se eligió al Presidente de la Junta de Consejeros, el primer presidente de una Castilla y León autónoma. El escogido fue Juan Manuel Reol Tejada (UCD), al que ya conocíamos en este repaso por la historia de nuestra región porque era el hombre al que abucheaban en el vídeo sobre Villalar de la primera parte. Los asociados de Alianza Regional y el Instituto Regional, tan activos en la primera parte de nuestra historia, asumieron que a partir de esta reunión el protagonismo en la consecución de la autonomía lo asumían los políticos.

La siguiente reunión se celebró en el Palacio de la Salina de Salamanca. En este encuentro se constituyó una Junta de Consejeros marcada por el consenso, con la primera vicepresidencia para un consejero del PSOE y casi la tercera parte de las consejerías también en manos del PSOE. La aparente unidad del Consejo General se dinamitó a la hora de tratar el primer asunto polémico: cuál iba a ser la capital de Castilla y León.  Algunos propusieron Valladolid, pero los representantes de Burgos, Salamanca, Segovia, etc. se negaron al pensar que se trataba de una nueva forma de centralismo. Otra opción era Tordesillas, centro logístico de la región, pero se desechó al considerar que era un Valladolid “camuflado”. Burgos como “Cabeza de Castilla” dijo que debía ser la capital, pero las provincias del sur la rechazaron por ser demasiado periférica. La propuesta que más gustaba era Palencia, pero al final se decidió que para no salir de la primera reunión a golpes la capital estaría del que proviniese el Presidente de la Junta (en este caso Burgos) y, de igual forma, la sede de las consejerías de igual forma estaría en el lugar del que procediese el Consejero. Así, Segovia se convirtió en la sede de la Consejería de Interior y en Ávila se instaló la sede de la Consejería de Educación.

Con el paso del tiempo, la situación en el Consejo estuvo cada vez más tensa. Nuevas discusiones por la bandera, por el papel de las diputaciones (UCD era partidaria del modelo de mancomunidad y el PSOE quería que desaparecieran) o por las competencias que se debían conseguir enfrentaban cada vez más a los participantes del Consejo. La verdad es que si la sangre no llegó al río fue porque los consejeros, al ser la mayoría diputados, se encontraban centrados en los debates de la nueva constitución y el tiempo que dedicaban a los asuntos autonómicos era mínimo. El tiempo entre reuniones se fue dilatando y, sin apenas acuerdos ni avances, llegó el otoño, y con él la Constitución, que fue aprobada por las Cortes el 31 de octubre y ratificada por los españoles en referéndum el 6 de diciembre (como es habitual, la participación en Castilla y León fue superior a la de la media de España).

La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española,
patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el
derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la
solidaridad entre todas ellas.


Artículo 2 de la Constitución Española de 1978

La Constitución acuñó el término Comunidades Autónomas, entidades territoriales con competencias similares a las de los estados de un país federal, pero sin ser una federación, algo expresamente prohibido en el artículo 145,1. Como las Comunidades Autónomas era algo totalmente nuevo y aún no existía ninguna, la Carta Magna también incluía las reglas para formar una. En primer lugar, si unas provincias se querían constituir en Comunidad Autónoma era necesario que además de ser limítrofes tuviesen lazos históricos, culturales y económicos comunes. Luego, cada una individualmente debía dar una serie de pasos para confirmar su adhesión.

El problema era que la Constitución contemplaba dos caminos. Uno era sencillo (artículo 143): había que conseguir en menos de seis meses que la Diputación y dos tercios de los ayuntamientos de la provincia, que tuviesen censados a la mayoría de la población, aprobasen la incorporación. Si alguna provincia no superaba sus requisitos, el resto podía continuar con el proceso sin contar con ella. Elegir este camino fácil tenía el inconveniente de que la nueva Comunidad Autónoma empezaría apenas sin competencias y además tendría que esperar al menos cinco años (artículo 148) para, ojo, empezar a negociar su traspaso.

Si los políticos de la futura Comunidad no podían o no querían esperar a manejar en su región la educación, el trabajo, la seguridad social o incluso a tener sus propios canales públicos de televisión y radio, tenían la opción de escoger el camino difícil (artículo 151), que era igual que el fácil pero exigía que, en lugar de la aprobación de dos tercios de los ayuntamientos, fuesen necesarios tres cuartos y además (aquí viene lo verdaderamente complicado) lo tendrían que aprobar por mayoría absoluta los ciudadanos de cada provincia en referéndum.

Creo que es necesario, para que os deis cuenta del miedo que tenían los políticos al pueblo (eso no ha cambiado con el tiempo) que, aunque rompa un poco el desarrollo de mi historia, os adelante que sólo una de las diecisiete Comunidades Autónomas actuales eligió el artículo 151 para constituirse: Andalucía (de hecho la fiesta de la Comunidad, el 28 de febrero, conmemora su referéndum).

Cataluña, Galicia y País Vasco consiguieron esquivar los duros requisitos del artículo 151 y a la vez pedir todas las competencias sin esperar los cinco años gracias a que sus políticos independentistas en las Cortes consiguieron que se incluyese una nota al final de la Carta Magna (Disposición Transitoria Segunda) que decía que, como ellos ya habían tenido un referéndum en la Segunda República (la Constitución dice literalmente: territorios que en el pasado hubiesen plebiscitado afirmativamente proyectos de Estatuto de autonomía) pues que ya no hacía falta que lo hiciesen de nuevo. Esto provocó una gran polémica (técnicamente se habían creado dos categorías diferentes de CCAA) y descontento en toda España y añadió un poquito más de presión a la ya complicada situación política de la Transición (algunos ya buscaban sus sables para hacer ruido con ellos), pero, en fin, al pueblo llano no le debió importar mucho las “cuestiones técnicas” de las autonomías porque sólo el 8% de los participantes votaron en contra.

La Constitución especificaba que, para empezar el proceso de votación de las provincias, era necesario que los municipios y diputaciones fuesen elegidos en unas nuevas elecciones. Adolfo Suárez convocó elecciones generales para el 1 de marzo y municipales para el 3 de abril de 1979. El resultado de estos comicios fue que a nivel nacional y regional, la UCD volvió a ganar las elecciones generales (en Ávila otra vez consiguió los 3 diputados posibles). Sin embargo, en las primeras elecciones municipales democráticas en 46 años, gracias a la ausencia de circunscripciones electorales, la izquierda ganó muchos ayuntamientos importantes mediante acuerdos entre el PSOE y el PCE. El siguiente vídeo muestra un resumen muy interesante hecho por TVE pocos días después de las elecciones:

http://www.rtve.es/swf/4.0.37/RTVEPlayerVideo.swf

En nuestra región, a pesar de obtener la UCD una gran mayoría de diputados y senadores en las Cortes y en las Diputaciones Provinciales, la balanza de poder entre la izquierda y la derecha se niveló debido a que el PSOE se hizo con los ayuntamientos de Valladolid y Salamanca y sin la aprobación de estos municipios Castilla y León no se podría constituir como comunidad.

Así, el 9 de junio se celebró en Salamanca una reunión para actualizar el Consejo General de Castilla y León con los nuevos consejeros elegidos en los anteriores comicios. Debido a la mayoría de los centristas en el Consejo, Reol Tejada fue reelegido Presidente sin problemas. Las cosas parecían que iban bien hasta que se trató quien sería el representante de la minoría por cada provincia. El intento de la UCD de que los elegidos por Soria y Zamora fuesen un senador independiente y un miembro de Coalición Democrática, respectivamente, hizo que los consejeros del PSOE abandonasen la reunión y más adelante, el Consejo General.

Sin el apoyo de los socialistas el proceso autonómico catellanoleonés quedaba totalmente abortado. Todos esperaban que la UCD moviese ficha para recuperar el consenso, pero su situación interna no era mucho mejor. Entre sus políticos (como entre los de la Transición) había de todo: gente ilusionada por la nueva libertad, caraduras en busca de una oportunidad, franquistas más o menos nostálgicos, antiguos caciques con miedo a perder su poder o personas con ganas de cambio. Si a la ecuación le sumas la inmensa cantidad de dinero que estaba en juego, se entiende perfectamente el origen de sus conflictos internos. Cuando los centristas comenzaron a negociar el regreso del PSOE al Consejo, la unidad de la UCD se rompió por donde menos se esperaba.

El 15 de octubre había una reunión en Burgos de la Junta de Consejeros. Mientras los Consejeros esperaban a que llegasen los anfitriones burgaleses, el Consejero de Interior, Modesto Fraile (defensor acérrimo del papel de las Diputaciones Provinciales ―sus enemigos preferían decir que era un defensor del caciquismo provincial―, Diputado por Segovia y líder de la UCD en la misma provincia) montó en cólera y abandonó la Sala de Juntas de la Diputación de Burgos alegando que era inadmisible que los anfitriones burgaleses (recordemos que eran de su mismo partido) hiciesen esperar a los que habían viajado a Burgos cuando lo lógico era que les recibiesen en la puerta.

Dos días más tarde, Fraile organizó una rueda de prensa en la que anunció que los parlamentarios segovianos de su partido se retiraban del Consejo y que pretendían comenzar el camino para hacer de Segovia una Comunidad Autónoma independiente. Alegó la existencia de un nuevo centralismo vallisoletano y que las propuestas segovianas no habían sido escuchadas. Nadie (fuera de Segovia) tomó en serio a Don Modesto (todo el mundo sabía que estaba muy enfadado por el reparto de dinero de la Confederación Hidrográfica del Duero) y su movimiento fue interpretado como un intento de perpetuarse como Cacique. Pero el daño ya estaba hecho y la prensa especulaba con la ruptura de Castilla y León en varias regiones pequeñas y sin fuerza en la futura España autonómica: una la de León, con Salamanca, Zamora y León, otra con Segovia, Ávila y Soria y varias regiones con las provincias que quedaban (las apuestas eran Santander y Palencia y Valladolid, Burgos y Logroño).

La situación no podía pintar peor para los que esperaban una Comunidad Autónoma Castellano-Leonesa. A la ausencia inicial de Logroño y Santander y la indecisión de León se sumaba la espantada segoviana. El PSOE también había abandonado el proceso y Alianza Popular estaba totalmente en contra. La crisis de la UCD paralizaba cualquier negociación y por si fuera poco, en esas fechas comenzaron a aparecer amenazas de rupturas dentro de las propias provincias. Por un lado estaban las presiones vascas para quitarle Treviño a Burgos y por otro el comienzo de movilizaciones en el Bierzo para formar una nueva provincia y unirse a Galicia. Lo peor de todo era que algunos ayuntamientos ya habían empezado a votar su incorporación a la región por lo que los seis meses que daba la Constitución habían comenzado a correr y quedaban menos de cuatro para poner a todo el mundo de acuerdo. Los intereses personales y partidistas de unos pocos habían dejado el proyecto en una terrible encrucijada. El sueño de una Castilla y León autónoma cada vez se veía más difuso y muy, muy pocos pensaban que se fuese a conseguir.

Fuentes:

La Comunidad Autonómica de La Rioja en el Proceso Autonómico Español (1975-1996), Ignacio Granado Higelmo
El Adelantado de Segovia, 16 de octubre de 1976, página 6 y 18 de octubre de 1976, página 3
Fuerzas políticas en el proceso autonómico de Castilla y León. Mariano González Clavero. Tesis doctoral. UVa, 2002
XXV años de autonomía en Castilla y León. Pablo Pérez López, José-Vidal Pelaz López, Mariano González Clavero. Cortes de Castilla y León, 2008.
El regionalismo en Castilla y León. Julio Valdeón Baruque. Universidad de Valladolid

Imágenes:

Elecciones 1979: http://www.politica21.org/79indice.htm
Segovia: http://foroscastilla.org/foros/index.php?topic=15734.0

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La crónica sigue en:

El origen de la comunidad autónoma de Castilla y León (Parte III)

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