La hexakosioihexekontahexafobia y los castellanoviejunos

666

Discutía el otro día con mi pareja – a la que mando un beso desde aquí – sobre la figura de Pérez-Reverte, periodista, escritor y académico de la lengua; a raíz de la publicación de una fotografía de su última novela en el perfil en una red social de cierto integrante de esta nave a la deriva. La conversación no versaba sobre la calidad literaria o el éxito de sus escritos, realidades difícilmente discutibles, sino sobre las reacciones que su sola mención produce. Mr. T es una de esas personas que no dejan frío a nadie: amor respetuoso y admiración incondicional u odio visceral. Yo, siendo sincero, me encuentro más cerca de lo primero que de lo segundo, pero conozco a docenas de personas que sufren lo que podíamos calificar como perezrevertefobia. Ustedes sigan leyendo que yo voy llamando a la RAE para que admitan el término.

Como digo, esta nuevo hecho psicológico no es un miedo desproporcionado hacia el creador de Alatriste: no es salir corriendo al ver en el escaparate de una librería uno de sus libros o evitar la estantería donde figuran sus obras en la biblioteca pública dando un desagradable rodeo por el rinconcito de Dan Brown. La perezrevertefobia tendría que ser catalogada como un odio exarcebado, irracional y en ocasiones violento a todo lo escrito y opinado por el Académico de la Lengua, a sus apariciones en radio o televisión y a la imitación que hicieron de él en Muchacha Nui. Aunque a veces miedo y odio vienen de la mano, esta nueva fobia estaría más cerca de la homofobia o de la xenofobia que de la aracnofobia, la agorafobia o la hexakosioihexekontahexafobia.

Para todos aquellos que no lo sepan, la hexakosioihexekontahexafobia – abreviado en trihexafobia – es un miedo irracional al número 666, el número de la Bestia (aka Diablo, Satanás, Lucifer, Belcebú, Zapatero). Si consultan la Wikipedia podrán leer que Ronald Reagan, presidente de los EUA y líder del mundo libre, la padecía.

Esto del miedo a los números, al igual que la perezrevertefobia, puede sonar estúpido, pero es más frecuente de lo que ustedes creen. Pasa poco con el 666, supongo que porque es un número infrecuente, pero ¿qué me dicen ustedes del número 13? Desde los 12+1 títulos mundiales de Ángel Nieto, hasta la edición número (ojo, cita culta) 12+1 de Gran Hermano. Por ponerles más casos: en Irlanda han cambiado el sistema de numeración de las matrículas para que no empiecen por trece, algunos aviones de Vueling no tienen fila 13 y los rusos decidieron que no hubiese misión 13º de la Soyuz a la Estación Espacial Internacional.

En España, por seguir con esto del miedo a los números – dejo a un lado a Reverte porque solo mentarlo nos habrá hecho perder lectores – existe otra extraña fobia, aún no reconocida por la comunidad internacional, y que casualmente compartimos con nuestro primos italianos, aunque por motivos distintos: el miedo, o el odio, al número 17.

La heptacaidecafobia no es algo muy frecuente, se pueden contar los casos con las patas de un par de diplópodos, pero algún ejemplo podemos encontrar sin rebuscar demasiado. Por ejemplo, ayer se publicó en diversos medios la propuesta de reforma del modelo territorial del catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Complutense de Madrid (citado antes en estas páginas). Entre otras cosas, el citado catedrático proponía, en un trabajo titulado “La España de las Autonomías: un Estado débil devorado por diecisiete ‘estaditos” patrocinado por la Fundación Transición Española, reducir el número de comunidades autónomas de 17 a 13. A falta de leer el informe, y sin entrar a valorar el resto de las propuestas con las que puedo estar más o menos de acuerdo, ya nos podremos serios otro día; me decanto por pensar que estamos ante un claro caso de heptacaidecafobia. Sí, algo se ahorrará con esto, no lo negaré, aunque me declaro bastante escéptico con estas cuestiones, pero ¿qué tiene de malo el 17? A mi me gusta el número 17. Panucci lució el dorsal 17, Arbeloa lo lleva ahora y Arbeloa es un tipo con suerte. ¿Y por qué 13 y no 10? ¿8? ¿5? ¿Ulterior y Citerior?

Las 13 Comunidades autónomas propuestas por Tomás Ramón Fernández serían: Galicia, País Vasco, Cataluña, Navarra, Aragón, Castilla la Vieja (Santander, Burgos, Logroño, Soria, Valladolid, Palencia, Segovia y Ávila), Castilla la Nueva (Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Albacete), la Comunidad Astur-Leonesa (Asturias, León, Zamora y Salamanca), Extremadura, Andalucía, Comunidad Valenciana y Murcia, Canarias, y Baleares.

Sí, han leído bien, Castilla la Vieja. Ya la jodimos, con perdón. No es solo que de prosperar esta propuesta me quede sin poder hacer la gracieta de referirme en estas páginas a Castilla y León como la “comunidad birregional y conjuntiva”, además está la cuestión del gentilicio. Sí, no nos volveríamos a pelear por si somos “castellano y leoneses” o “castellanoleoneses”, pero ¿cuál pasaría a ser el gentilicio de estas tierras? “Castellano” a secas llevaría a equívocos con los vecinos del sur y “Castellano viejo” me suena a Inquisión y pureza de sangre. Y me niego rotundamente a ser “castellanoviejés” o “castellanoviejuno”. Aunque con esto del envejecimiento de la población quizá el gentilicio encajase a la perfección con el futuro de estos páramos, ya somos bastante tristes y secos por estas tierras como para que encima nos llamen así.

Puestos a reformar el modelo territorial patrio, yo siempre me he definido como partidario de las ciudades-estado. Ni comunidades autónomas, ni reinos de taifas, ni diputaciones provinciales, ni gilipolleces de esas. Unas buenas polis, con sus murallas y sus acrópolis y a tomar por culo, con perdón de nuevo. Además, adoptar la fisonomía propia del nuevo modelo ayudaría a reflotar sectores tan dañados por la crisis como la construcción y el mármol. Win-win.

Por supuesto, como señalaba el Camarada por tuiter, la reconversión de nuestros poblados a polis conllevaría, además de la edificación de murallas, panteones y demás; la creación de ejércitos propios (las polis, por naturaleza y afición, tienden a llevarse mal las unas con las otras). Con buena parte del trabajo adelantado – a falta de poner unos propileos como Zeus manda en la puerta de San Vicente – en lo que otras ciudades se fortifican, nuestras falanges sembrarían el caos y la destrucción en las ciudades vecinas. Antes de que Botella pudiese decir “Este erecteión es mio”, nuestras tropas habrían tomado la Puerta del Sol y la Castellana, avanzado sobre Moncloa, el Pardo y el chalet de Corinna y saqueado la FNAC y El Corte Inglés.

De esta manera podríamos hacernos con 666 obras de Pérez-Reverte, montar un akelarre en el Grande, quemar los libros en una hoguera y convocar, con gritos y danzas ancestrales, 17 putos venados zombies para cenar.

Confío en que de vuelta del saqueo capitalino nuestras falanges pasen también por la Rioja o por algún viñedo de Ribera del Duero. Necesitaremos vino para pasar el venado que degustaremos a los pies del templo del Verraco Niké.

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