Comuneros de Ávila

Comuneros abulenses,

comunero altivos

decidme, ¿de quién son esos aullidos?

Carlos V, en Yuste, una soleada tarde de abril (apócrifo)

 

El año pasado, en estas mismas entrañables fechas, traje a este rinconcito un breve texto -bueno, no tan breve- sobre el movimiento comunero, intentando ir un poco más allá del relato cronológico de los acontecimientos bélicos y políticos. Hoy, como complemento a aquel texto, que recomiendo leer o releer antes de este, nos subimos de nuevo a nuestros campanarios y, tras saludar a las cigüeñas, abordamos el movimiento comunero en nuestra ciudad. ¿Ávila del Rey fue alguna vez Ávila de los Comuneros?

¿Cómo eran Ávila y Castilla a principios del S. XVI?

Físicamente, la ciudad sería muy parecida a la que años después retrataría Anton Van Den Wyngaerde desde el cerro de San Mateo, una ciudad que el siciliano Lucio Marineo Sículo describe como “civitas memorabilis turribus et propugnaculis tuta” (ciudad memorable, toda de torres y murallas). Sin ser una de las grandes ciudades de la península, unos 8600 habitantes en 1524 según el historiador Serafín de Tapia, Ávila era una ciudad con cierto peso dentro de la Corona. Era una de las 18 ciudades castellanas con derecho a enviar procuradores a las cortes y contaba con una economía pujante centrada en la industria pañera, sector que llegó a ocupar a más de la mitad de los activos. A pesar de esto, el peso y poder de la nobleza era mayor que en otras ciudades de la corona, entre otras cosas porque la reciente expulsión de los judíos -la comunidad judía abulense era la más numerosa y, probablemente, la más rica de Castilla- había debilitado sobremanera a la incipiente burguesía local. Mientras en otras ciudades la nobleza se había visto obligada a compartir el poder y el gobierno de la ciudad, en Ávila la élite monopolizó durante tres siglos las instituciones urbanas.

Para hablar de la Corona voy a citar al historiador de ojos azules más guapo, simpático y amable que conozco: yo mismo. ¿Cómo estaba Castilla a principios del S. XVI? (Los que me hayan hecho caso al principio y se hayan leído la entrada del año pasado pueden pasar a las siguientes negritas)

La Corona de Castilla se enfrentaba, a comienzos de siglo, a una triple crisis: política, económica y social. Desde la muerte de Isabel, en 1504, el reino había cambiado de manos en numerosas ocasiones mientras la nobleza intentaba aprovechar esta inestabilidad maniobrando en las cloacas de la corte para hacerse con un mayor poder en detrimento de la monarquía y de las ciudades. La Administración, a falta de un poder central fuerte, cayó en manos de burócratas y funcionarios que acumulaban cargos e influencias en su propio favor y que no dudaban en esquilmar las arcas del reino, de las ciudades o de los particulares si la ocasión se tornaba propicia. Por si fuera poco, tras décadas de crecimiento, la economía de Castilla flaqueaba afectada por las malas cosechas, las epidemias y una regulación comercial que buscaba el beneficio rápido con la exportación de materias primas perjudicando a la incipiente industria local y en general a las cuentas del reino, que continuamente necesitado de capitales asfixiaba a la población con impuestos.

La rebelión

1519, el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Maximiliano estira la pata y su nieto Carlos, que lleva un par de años intentando introducir el tulipán en la península ibérica mientras su madre pasea la momia de un gato alrededor de su cama, presenta su candidatura a tan alta distinción. Esto es una forma de hablar, claro, porque lo que hicieron Carlos y sus partidarios fue comprar la Corona. En 1520, para sufragar los gastos de su coronación y el viaje, Carlos convoca a las ciudades de Castilla a cortes en Santiago de Compostela. Las convoca con pocas ganas: tiene fresco el recuerdo de las Cortes de Valladolid de 1518 donde los representantes de las ciudades no se mostraron especialmente amables con él y con su corte flamenca. Además, Toledo, una de las principales ciudades de la Corona, andaba malmetiendo contra él desde hacía meses con el apoyo de determinados sectores del clero.

A las Cortes, que primero se celebran en Santiago y luego en La Coruña, acuden en nombre de la ciudad de Ávila Diego Fernández Dávila y Juan de Henao con un mandato claro: solo acceder a los ruegos del monarca si este se comprometía a aceptar las condiciones que las ciudades le impusieran. Ante esto, Carlos, que siempre tuvo las cosas claras, recurre al soborno y la extorsión para conseguir el voto favorable de los procuradores. Por ejemplo, el abulense Diego Fernández Dávila recibe 400 ducados, lo que vendría a ser, aproximadamente, el sueldo anual de 15 jornaleros. Al procurador segoviano, Rodrigo de Tordesillas, el rey le concedió un puesto en la ceca local, puesto que no llegó a estrenar pues nada más ponerse a la sombra del acueducto el respetable lo linchó.

En Ávila la sangre no llegó al rio, básicamente porque no había sangre que hacer correr: los procuradores abulenses se negaron a volver a la ciudad a pesar de la continúa reclamación de explicaciones por parte de esta. El 14 de junio, ante los movimientos de Toledo para organizar una reunión de las ciudades con voto en cortes, Carlos I envía una misiva a la ciudad para ordenar a sus regidores que no acudan a ningún contubernio. Pero ya era tarde, la revuelta ya estaba en marcha y, a propuesta de Toledo, a finales de julio de 1520 se constituye en Ávila la Santa Junta, el órgano de gobierno comunero.

Ávila comunera.

En paralelo a las reuniones de la Santa Junta, en la ciudad, como en todas las que triunfó la revolución se configuró un órgano de poder municipal alternativo al Concejo que reunía a algunos (14 para ser mas exactos) de los notables de la ciudad: una asamblea que respondía al nombre de “Congregación e Junta General de Ávila” en la que participaban miembros de la nobleza (caballeros e hidalgos), el clero y diputados elegidos por los ciudadanos de los distintos barrios de la ciudad. En concreto dos diputados, que recibían el nombre de “tomados”, por cada uno de los seis barrios o cuadrillas de la ciudad: San Juan, San Esteban, San Andrés, San Pedro, San Nicolás y La Trinidad. Cada barrio contaba además con su propia asamblea y con una milicia ciudadana. La Congregación asumiría, durante los 10 meses que duró la revolución, los poderes que correspondían al Concejo (recaudación de impuestos, orden público, nombramientos…) reservando a este un papel testimonial. La actuación de la Junta local provocó inmediatamente roces con los representantes tradicionales del poder real, que se saldaron, entre otras cosas, con la expulsión en octubre de 1520 del Corregidor, Pedro de Zuñiga, que en un principio acudía también a las reuniones de la Comunidad, previa retirada de los símbolos de su cargo por parte de un tundidor llamado Alberto Cogote. Un mes antes, en una reunión celebrada en la capilla de San Bernabé de la Catedral, la Congregación otorgó a tres personas poder para representarla ante la Junta General, la Santa Junta, que abandona la ciudad camino de Tordesillas. Los tres elegidos fueron: Sancho Sánchez Cimbrón, caballero miembro del Concejo que posteriormente se convertiría, junto al también abulense Antón Vázquez Dávila, en embajador de los Comuneros ante el Emperador; Gómez Dávila, un acaudalado caballero; y Diego del Esquina, letrado.

A pesar de lo dicho, la ciudad no fue de las más fervientes partidarias de la comunidad, ni el movimiento contó con el respaldo unánime de la población aunque edta compartiera mayoritariamente los objetivos de la comunidad. Por ponerles un ejemplo, aunque la Santa Junta se reunía en la ciudad y a sus encuentros acudían numerosos vecinos, Ávila no contó con representación oficial en la misma hasta poco antes de que esta abandonara la ciudad. Y en cuanto las cosas se torcieron, en especial tras la derrota de los ejércitos comuneros en Tordesillas, muchos se pusieron de perfil y empezaron a tender puentes con los realistas, entre los que se encontraban ya alguno de los antiguos comuneros abulenses. Tampoco se registraron en la ciudad episodios especialmente violentos durante los diez meses de revolución: los más favorables al monarca abandonaron la ciudad en cuanto vieron el peligro, el alcaide del alcázar alcanzó con los comuneros un pacto de no agresión y tan solo las posesiones de cuatro personas (Pedro Dávila, Antonio Ponce, Francisco de Pajares y Diego de Vera) fueron tomadas o destruidas por los rebeldes.

Ávila tras la derrota de Villalar

Aunque es posible que las milicias de los barrios presentasen algún tipo de resistencia, nada más conocerse la derrota de los ejércitos comuneros a las afueras de Villalar, la Junta local, que ya no se autodenomina así, escribe al Cardenal Adriano solicitando misericordia para los soldados y capitanes abulenses y nombra a dos personas (el noble Pedro de Ávila, posterior Marqués de Las Navas, y al rico comerciante Cristóbal del Barco) cercanas a los realistas para negociar el perdón colectivo de la ciudad y de los comuneros locales.

A pesar de que ese perdón terminó por llegar en la mayoría de los casos, la ciudad y sus habitantes tuvieron que hacer frente a cuantiosas indemnizaciones a la corona, a las ciudades leales atacadas por las tropas rebeldes y a los afectados por el levantamiento comunero. Además, años después de sofocado el movimiento comunero, las ciudades seguían cargando con el estigma de haberse enfrentado al rey. Cuenta Serafín de Tapia, citando a Cabrera de Córdoba, funcionario de la corte de Felipe II, que cuando éste reprocho al rey la excesiva dureza con la que castigaba, tras la aparición de unos panfletos contra su política fiscal, a una ciudad que tantos hombres y capitanes le había dado, el monarca le contestó: “Es verdad, mas ¿no depusieron ahí al rey Enrique y favorecieron a Juan de Padilla, tirano?”

¿Quienes fueron los comuneros abulenses? Los exceptuados del perdón

Si duras fueron las condiciones de la revuelta para el conjunto de la ciudad, más lo fueron para los principales cabecillas locales del movimiento comunero. Tras Villalar, los ganadores comenzaron a realizar listas con los nombre de aquellos que habían osado levantarse contra el Emperador. Este, tras regresar a España en 1522, promulgó una amnistía general de la que excluyó a 293 personas, las más representativas del movimiento que seguían con vida. Entre estos exceptuados figuran, aunque se echa algún nombre en falta, 22 abulenses (13 nobles, un clérigo, dos notarios y 6 trabajadores manuales): Gómez Dávila, Suero del Águila, Sancho Sánchez Cimbrón, Juan de Palomares, Cristóbal de Villaruel, Gil González Dávila, Alvaro de Bracamonte, Critóbal de Henao, Francisco de Palomares, Cristóbal Álvarez, Alonso Álvares, Álvaro Serrao, Juan de la Vega, el deán Alonso de Pliego, Gabriel López, Juan de Herrera, Pedro de Fontiveros, Luis, Pedro Calero, Tomé Hernández, Juan de Osma y Blas Hernández.

En los años siguientes, algunos de ellos compraron el perdón real y otros lo consiguieron por intercesión de la ciudad, que lo reclamó por medio de sus procuradores en cada reunión de Cortes. Otros no alcanzaron nunca el perdón real y muchos, a pesar de lograrlo, perdieron posesiones y cargos. Alguno de ellos, incluso, desapareció para siempre y hasta nuestros días de las crónicas locales.

Y es que ya se sabe, los nombres de las calles siempre los ponen los concejales de urbanismo de los vencedores.

 

Comuneros de Castilla ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo?

El otro día prometí traer a estas páginas unas líneas sobre el papel de nuestra ciudad en semejante entuerto, pero me ha parecido más interesante elaborar un post sobre los aspectos quizás más desconocidos del movimiento que hablar sobre el escaso protagonismo abulense en aquel trance*. ¡Bajemos de nuestros campanarios!

¿Liberales o reaccionarios? ¿Demócratas o feudalistas? ¿Nacionalistas? ¿Perseguían la modernidad o su defunción? ¿Eran unos avanzados a su tiempo o fueron los últimos defensores del feudalismo? ¿Modernos o medievales? ¿Eran de Cola-cao o de Nesquik? Como ya apuntábamos la semana pasada cuando discutíamos acerca de la festividad de la comunidad autónoma que disfrutamos/sufrimos, las interpretaciones en torno a los orígenes, motivaciones o intenciones del movimiento comunero han variado a lo largo de los últimos dos siglos. Todas las ideologías dominantes han intentado situar, con más o menos fortuna, a los comuneros en su árbol genealógico, aunque es evidente que si el “cuatropalismo” fuese una ideología, los comuneros habrían sido “cuatropalistas”. Pero más allá de esta caracterización ideológica, y dejando a un lado los hitos y los grandes nombres, hay muchos aspectos del Movimiento comunero, mucho menos tratados, que son extremadamente interesantes.

Castilla, inicios del S. XVI. El contexto es importante para entender el origen del movimiento. Como pueden suponer, uno no se levanta una mañana con el pie izquierdo y decide degollar al corregidor así por las buenas, ni las revueltas populares se propagan de ciudad en ciudad por esporas. La Corona de Castilla, término que incluye a los antiguos reinos de León y Castilla, se enfrentaba, a comienzos de siglo, a una triple crisis: política, económica y social. Desde la muerte de Isabel, en 1504, el reino había cambiado de manos en númerosas ocasiones (Juana, Fernando el Católico, Felipe el Hermoso, Cisneros, Carlos I) mientras la nobleza intentaba aprovechar esta inestabilidad maniobrando en las cloacas de la corte para hacerse con un mayor poder en detrimento de la monarquía y de las ciudades. La Administración, a falta de un poder central fuerte, cayó en manos de burócratas y funcionarios que acumulaban cargos e influencias en su propio favor y que no dudaban en esquilmar las arcas del reino, de las ciudades o de los particulares si la ocasión se tornaba propicia. Por si fuera poco, tras décadas de crecimiento, la economía de Castilla flaqueaba afectada por las malas cosechas, las epidemias y una regulación comercial que buscaba el beneficio rápido con la exportación de materias primas perjudicando a la incipiente industria local y en general a las cuentas del reino, que continuamente necesitado de capitales asfixiaba a la población con impuestos. Un caldo de cultivo estupendo, como ven, para todo tipo de revueltas.

Y a todo esto súmenle un rey que reina desde Botsuana Flandes, que parece dispuesto a pasar por encima de su propia madre, de su hermano y de la ley con tal de asegurarse la corona de un reino que nunca ha pisado y que quiere abandonar al poco de llegar, dejando tras de si a un montón de rubios y pelirrojos en las más altas dignidades del reino. La tensión se cortaba con cuchillos toledanos.

¿De dónde viene el termino “Comuneros”? ¿Qué eran las Comunidades? Estamos en 1520 y todo lo narrado en el párrafo anterior terminó por explotar. Y no fue bonito. Lo que empieza siendo una revuelta antifiscal motivada por los impuestos extraordinarios que Carlos I precisa para coronarse emperador termina en revolución política, en ciscarse en Carlos I, en la nobleza y en todo aquel que tenía el mentón muy prominente. Antes de que Carlos tomase las de Aquisgrán para ser coronado Mister Universo del Sacro Imperio, en Toledo ya estaban que se subían por las paredes. Tanto es así que la población decidió expulsar de la ciudad a los representantes del poder real e instaurar una suerte de gobierno revolucionario. Tras una serie de decisiones catastróficas, quemar Medina del Campo entre ellas, estallaron por toda la Corona revueltas de todo tipo (contra el rey, contra los impuestos, contra la autoridad local) que convenientemente canalizadas por determinados grupos (entre los que hay que destacar al clero por su influencia) cristalizaron en una verdadera revolución política. Otras muchas ciudades siguieron el ejemplo de Toledo, expulsaron a los representantes de Estado opresor centralista y se organizaron en Comunidad. Aquí está citado el término: Comunidad. Como dije al principio, pretendo centrarme en aspectos menos conocidos (y más relevantes que las batallitas) de la Revolución y este es sin duda uno de ellos. El término es de dificil definición pues en las fuentes se utiliza tanto para referirse al conjunto de la población como al órgano director, pero podemos convenir que, ante todo, la Comunidad era la participación del común, del pueblo, en la gestión política de las ciudades.

¿Y esto cómo se llevaba a cabo? Aunque cada ciudad elaboraba su propia forma de gobierno, partiendo desde cero o adaptando el modelo de otra ciudad, la esencia era siempre la misma: que el poder residiera en la base. La dirección de la ciudad recayó en una asamblea en la que figuraban, junto a los representantes de las clases privilegiadas que regían la ciudad antes de la revolución, los representantes de los demás estados (clero, caballeros y escuderos) y diputados elegidos directamente por la población en barrios o parroquias. Estos últimos eran los que gobernaban realmente la ciudad y quienes tenían más amplios poderes. Estas asambleas se reunían de forma regular, incluso todos los días, y tenía autoridad sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, aunque no se limitaban tan solo a estos. Además de mediante la elección de diputados, el pueblo tomaba parte de forma directa en el gobierno, bien participando en las reuniones de las asambleas, pues eran públicas, o mediante asambleas de barrios en las que se opinaba o votaba sobre todo tipo de cuestiones.

¿Quiénes eran los Comuneros? Esta es fácil: Bravo, Padilla y Maldonado. Bueno, sí, pero en realidad lo que preguntaba era quiénes formaban las bases del movimiento ¿Burgueses? ¿Pequeña nobleza? ¿Blogueros de izquierda-centro-derecha al servicio de todos y de ninguno? ¿ETA? En primer lugar, era un fenómeno netamente urbano y aunque las masas urbanas (el pueblo, la peble, el populacho) eran en su mayoría partidarías del movimiento y fueron los primeros que se lanzaron a las calle contra los impuestos y las élites, estos grupos nunca encabezaron la Comunidad una vez que esta tornó en revolución política. Identificar a los grupos dirigentes de las Comunidades puede parecer un ejercicio complicado, pero Carlos I nos dejó buena parte del trabajo hecho. Esta gente del norte de Europa es eficiente. En 1522, tras la vuelta del ya entonces emperador a la península, Carlos I promulga una amnistía general de la que excluye a 293 personas, las más representativas del movimiento que seguían conservando el cuello sobre la cabeza y monedas en los bolsillos. El estudio de esa lista nos permite observar la fisonomía de la revuelta: una quinta parte del total pertenecerían a la aristocracia, aunque no a la gran aristocracia de la Corona y sus funciones dentro de la revuelta se limitarían al campo militar; las clases medias – explotadores agrícolas, artesanos, industriales, comerciantes y profesionales liberales – representan dos terceras partes de los exceptuados del Perdón. Por último, 21 miembros del clero figuraban en la lista. Parece claro, por lo tanto, que el núcleo del movimiento fueron las clases medias urbanas. El papel de los grandes del reino, contrarios a buena parte de lo que suponía Carlos I pero también temerosos de los planes de los Comuneros, lo explica muy bien Azaña: “Al brazo militar, o sea a los Grandes y caballeros, les importaba que el César venciese, que no venciese demasiado y que no venciese en seguida”

¿Qué querían? ¿Cuáles eran los objetivos del movimiento? La respuesta rápida es que querían menos impuestos, que estos se quedaran en Castilla y que los flamencos se fuesen a Flandes y alrededores a plantar tulipanes o lo que les apeteciese; pero me temo que es algo más complejo. Aunque las primeras algaradas en las ciudades castellanas responden principalmente a una agitación antifiscal, desde muy pronto se intenta canalizar el enfado popular hacia objetivos políticos. Contamos con un gran número de documentos que nos permiten ir observando esa evolución. El 8 de Junio de 1520, Toledo solicitó a las demás ciudades con representante en Cortes que se reuniesen en Ávila para anular los últimos impuestos exigidos por el Rey, cambiar el sistema por el cual estos se computaban, prohibir que el dinero del reino saliese de él e impedir que los extranjeros ocupasen cargos de responsabilidad. Pero ya entonces se iba un paso más allá: desde los púlpitos de Salamanca y Valladolid se afirmaba que si la integración en el imperio suponía “grandísimo daño contra el reyno” había que defender al reino incluso contra el rey. Toledo, que animó al resto de las ciudades a confiscar los impuestos del Estado, tenía otras ambiciones: convertir a las ciudades castellanas en ciudades libres como las repúblicas italianas. Mientras tanto, se afirmaba que el objetivo principal de la Junta revolucionaria, que había asumido el gobierno del reino, reunida primero en Ávila y luego en Tordesillas, era devolver la Corona a Juana, es decir, destronar a Carlos I. De las reuniones de la Junta sale la principal obra “legislativa” del movimiento: los Capítulos del Reino o Ley Perpetua (alguno denominan a este documento, erroneamente, Constitución de Ávila) que se presentan a Carlos I como base de las reivindicaciones comuneras. La idea básica de este documento es la consideración del rey como un “mercenario” de su pueblo y la definición de la monarquía como un pacto entre el rey y su reino. De ahí que el eje central de sus peticiones fuera la participación del pueblo en el gobierno del reino a través de una junta de delegados, la autonomía, casi absoluta, de las ciudades y la institución de numerosas instancias de control del poder real.

En estos aspectos radica la importancia, modernidad y trascendencia del movimiento comunero.

* La verdad es que el papel de la ciudad tampoco es excesivo. Lo más llamativo, la reunión en Ávila de la primera Junta convocada de Toledo, en la capilla de San Bernabé de la Catedral, no contó siquiera con representantes de la ciudad. Solo tras el incendio de Medina, la ciudad se unió sin dudas al movimiento comunero.

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