Tierra de bicis

Uno de mis recuerdos de juventud es pasear por la zona sur de Ávila y cruzarme con un par de chavales a los que había conocido poco antes en una noche de videojuegos. Me los habían presentado como Alberto e Illo, y por entonces yo pensaba que eran hermanos. Ahí estaban los dos, montados en sendas bicis, mirándome y diciendo un hola tímido tras un largo intercambio de miradas de “sí, es el del otro día, el barbilampiño flacucho”.

Somos ciudad de bicicletas, afortunadamente. De salir de casa, coger la bici y rápidamente plantarse en el campo, los caminos, las rutas. Recuerdo ir a Úbeda a por una flamante nueva bici y llevarme una decepción porque no tenían el maillot de Banesto. Compré otro uniforme cualquiera y un cuentakilómetros que fue mi juguete favorito del verano. 6 kilómetros y pico del Adolfo Suárez hasta El Fresno, me chivaba dicho cuentakilómetros. Un día logré por fin hacerme el camino de ida y vuelta y me sentí la reencarnación de Perico. Quería ser ciclista o jugar como el navero Juan Carlos y que Luisma Soto, Juanjo García o Luis Sánchez narraran mis goles para deleite de la parroquia abulense.

Pasé mil veranos en El Soto. Todo empezaba más o menos una vez pasada la Semana Santa, aunque pronto descubriera que era alérgico y tenía que tener cuidado con los pólenes. Me cogía la bici y tiraba hacia El Soto. Lo primero que había que hacer era elegir el camino más pegado al río o el otro… y tener cuidado con niños y señores. Luego llegábamos al primer punto caliente… el bosque encantado. Esos árboles tenían un aura de misterio que a poco que te quedaras embobado te ibas al suelo. Puede que entonces, en parado, miraras hacia alguna de las playitas del Adaja y vieras a una pareja dándose besos con descaro.

Eso cuando había agua, que años malos hubo muchos, de gran sequía y tierra agrietada pidiendo agua a gritos. Si lograbas vencer los miedos y cruzar el tramo de árboles encantados, pasabas a una ruta más tranquila, en la que el camino a veces se estrechaba y pasabas junto a fincas de ganado, con vacas y toros disfrutando del sol abulense. Ahí tenías que medir tus fuerzas y ver si podías seguir adelante o si no… y, de hacerlo, si no tardarías mucho en volver y preocuparías a tus padres. Pero al final un día lo haces y sigues…y te propones no dejar de pedalear hasta encontrar el siguiente pueblo, que resultaba ser El Fresno. El primer día que lo conseguí, con mi cuentakilómetros nuevo, supe que algún día ganaría la Vuelta a España.

Estoy aún en ello.

Otra ruta era ir hacia Tornadizos, más o menos entre la vía del tren y el Río Chico, por caminos que llamábamos “El campo de las mariquititas”, por la abundancia de susodichos bichos. Ahí, un día se nos hizo de noche tras llegar a Tornadizos, y volvimos sin luces, por un camino en cuesta empinada… con uno de los nuestros delante, yo en medio y otro detrás. Estaba convencido, con bastante terror, que alguno acabaría tomando mal alguna curva y cayendo a una escombrera que había por ahí. Llegamos todos sanos porque a veces no es tu hora, o vete a saber por qué. Ese día, si hay ángeles de la guardia, trabajaron a destajo.

Llegabas a casa, te duchabas “hueles a montuno, hijo” y echabas un PC Futbol hasta que el sueño te vencía.

Más tarde conocí a un chaval de El Fresno, ahora buen amigo. Le pregunté si les llamaban fresneditas o fresnícolas, y se lo tomó a mal. Era una broma con buena intención. De siempre, desde pequeño, aquel pueblo era como mi gran logro ciclista, era la etapa que había logrado vencer. El Fresno, ese lugar al que estaba seguro que acabaría llegando Ávila con tanta construcción.

Estamos aún en ello, también.

Mi Alpe D’Huez

A servidor le gusta acabar los domingos escuchando una buena canción, sintiendo que el fin de semana ha servido para algo bueno. Que esas cuatro pesetas con las que sobrevivo hayan valido por seis o siete. Afortunadamente todo eso es posible en Ávila, donde se puede echar una cañeja con tapa, visitar el campo, estar con la familia. Llenar la buchaca de buenas sensaciones para tener energía con la que regresar a la rutina urbanita alienante.

Me releo “Cerca de las vías” y me pongo la canción de mismo nombre. Fito, tú antes molabas.

La verdad es que antes molábamos todos más, hasta la primavera molaba más. Ahora no hace ni frío ni calor, cero grados. Y hay alergías y atchises y montoros y pepiños.

Pero Ávila resiste. “Ahí en el pueblico salís de casa y tenéis el campo, eh?” me decía una persona cosmopolita urbanita que no sabe bien lo que se pierde entre tanto hormigón y sus calatravas.

Este domingo salimos al campo, mi sobri agarró la bicicleta y tiramos a lo que entre mis allegados siempre llamamos “el campo de las mariquititas”. Hacía tiempo que no echaba unas carreras por ahí, paralelos al tren, naturaleza en estado puro. El ser humano es un joputa con pintas, definitivamente no nos merecemos el planeta que tenemos. El que vamos conservando.

Veía a mi pequeño grumete darle zapatilla a su bici y me imaginé a mí de pequeño haciendo lo mismo, intentando ir a la misma velocidad que el tren. La Batalla de Guimorcondo.

Servidor creció en el Barrio de las Batallas. Y muchas tardes, después de ver a Perico, a Induráin, a Chente García Acosta o a nuestros bravos pedalistas, me cogía la bici, camino de Tornadizos. Buscaba superar mis tiempos, imaginando que algún día sería el futuro Jalabert

2013-01-28 19.55.12

Mi Alpe D´Huez

Y a la vuelta llegaba el gran desafío: mi Alpe D´Huez. Consistía, después de toda la tralla (que no era poca), acabar la machada por todo lo alto. Como si fuera un valiente ciclista del Kelme atacando en la última rampa.

Allá donde el Mesón El Sol, en Hornos Caleros, cogía la cuesta y tiraba panza arriba. A lo Mancebo, cara ladeada y tirando de lozana riñonada.

Pasaron años hasta que lo logré. Hasta que logré superar la última rampa, el desnivel final, lo que era para mi el Anglirú de antes de guardar la bici. Siempre me faltaba un poco más para terminar la cuesta. Siempre acababa echando el pie a tierra por falta de fuerza o de velocidad, o porque se cruzara un inoportuno coche.

Hoy lo volví a hacer, corriendo esta vez. Y al llegar vi que aquel Alpe D´Huez ahora está algo cambiado. Han puesto luces y cosas. La modernidad, ya saben.

Pero es algo bonito esto de ser de Ávila. No sé que recuerdos estará guardando mi sobrino, pero sé que incluyen campo, animales, bicicletas, carreras. Grandes momentos a pesar del gobierno, la oposición y sus allegados.

Y hoy, que me apetece escribir optimista, acabo el día con una sonrisa. A pesar de los pesares, Ávila, es por estas pequeñas cosas por las que te queremos. Por hacer a tantos niños felices. También a los niños grandes, que ahora encontramos refugio en la sonrisa de los pequeños. En su sana libertad. La que Ávila todavía procura.

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