La nevada

IMG_20180107_113008En las novelas negras nórdicas, un subgénero con gran éxito la última década aunque ahora en cierto retroceso, los cadáveres siempre aparecen con el deshielo. Cuando la nieve acumulada durante el largo invierno empieza a perder la batalla contra el tibio sol primaveral, las cunetas, los embarcaderos, las casas abandonadas y los caminos que serpentean entre los tupidos bosques se llenan de policías de oscuro pasado o turbio presente que maldicen en voz baja mientras acordonan con cintas de colores la escena del crimen.

Dicen que ya no nieva como antes, que los inviernos son más cortos y calurosos y los veranos más largos y más secos. Quizá en el norte de Europa no sea así, quizá allí siga nevando como cuando Stieg Larsson era un mozalbete, pero aquí podemos dar fé. Veinte años hacía que no caía una nevada como la de la semana pasada. Dos décadas con todos sus lunes, sus centenarios, sus rotondas y sus fiestas de guardar. Aquella vez fue en Nochevieja, mientras en los hogares se preparaban las uvas y las cocinas se llenaban del olor del asado, y ahora en Reyes, con el roscón aún sobre la mesa. Ya es mala suerte que siempre pasen estas cosas en festivo.

Hace veinte años, la ciudad quedó bloqueada durante días por un manto blanco que tardó semanas en desaparecer y ahora vamos por el mismo camino. Calles intransitables, autobuses urbanos fuera de servicio, comercios cerrados por inaccesibles, placas de hielo en cada paso de peatones y el Instituto Geográfico Nacional cartografiando las montoneras de nieve para incluirlas en sus mapas de relieve. Parece que nada ha cambiado. La misma nieve, el mismo frío, el mismo cabreo.

Convengamos, aún embargados por el espíritu navideño, en que la gente —en minúscula para no tener que pagar royalties a la Pablo Iglesias Corporation— no está excesivamente contenta con la gestión consistorial del asunto. Incluso dejando a un lado la espinosa cuestión del parque móvil familiar (o no) del primero de los abulenses, al alcalde y a su equipo le deben haber pitados los oídos estos últimos días como si viviesen sobre una fábrica de vuvuzelas. Falta de previsión, falta de información, gestión ineficiente, comentarios desafortunados, incapacidad para tomar decisiones, caos y destrucción. Al alcalde solo le ha faltado, para redondear su semana mágica, posar con el ministro Zoido y con Gregorio Serrano, el alter ego del sevillano al frente de la DGT, junto a una quitanieves con una sonrisa y un salero en cada mano.

Hay críticas más acertadas que otras. Sí, el ayuntamiento ha reaccionado tarde y mal. Sí, al ciudadano se le informa más tarde y peor. Y sí, esa sensación de que hay ciudadanos de primera y de segunda, zonas de la ciudad que reciben mucha atención y otras, no precisamente las menos pobladas, que solo atraen los focos y la sal cuando en las primeras no queda un copo de nieve que echarse a la boca, es compartida. Pero quizá no es razonable pedir al Ayuntamiento que cuente con doscientas quitanieves y dos mil infantes de marina en un almacén para actuar solo una vez cada veinte años. Nada es gratis y bajar impuestos iba en nuestro programa.

Siempre se ha dicho en los mentideros de la Corte —y aquí la Corte es del tamaño de un patio de vecinos mediano— que la nevada que sufrió la ciudad hace dos décadas le costó el puesto a la entonces alcaldesa, María Dolores Ruiz-Ayúcar. Cierto es que entonces las elecciones eran a los pocos meses de la nevada y ahora, por suerte, apenas se vislumbran en el horizonte, pero quién sabe si cuando terminé de deshacerse la nieve no encontraremos debajo una carrera política. O varias.

MysticWorld (Capítulo II)

Viene de Mysticworld.


Joder. Mierda. Joder

Era verdad. Todo era verdad.

Tengo que reconocer que pensaba que todo era gilipollez, una tontada, una broma. Que no había carta, ni viajero, que Eilín era tan solo un producto de mi imaginación y que lo que estaba a punto de terminar era este blog y no la vida en la Tierra.

Joder. Vaya movida.

Son las ocho de la mañana. Escribo estas líneas en el salón de casa, muerto de frío a pesar del brasero y del batín de guatiné. Mi pareja duerme en la habitación ajena a todo, a lo que sucedió anoche y a lo que va a suceder. Ojalá poder dormir a su lado.

Ayer por la noche salí de cena navideña con algunos amigos. A eso de las tres, en un bar del centro de Ávila de cuyo nombre no me acuerdo, un tipo con unas gafas de sol que apestaba a Brummel se me acercó mientras pedía unas cervezas. “Tengo que hablar contigo” me dijo, “es muy importante”. Le ignoré, por supuesto. Pagué mis consumiciones —carísimas, por cierto— y volví con mis amigos. Al rato, el extraño se volvió a acercar, esta vez mientras esperaba mi turno para jugar a los dardos.

—De verdad, es muy importante. Una cuestión de vida o muerte.

—Mire, caballero, no sé quién es usted, si quiere venderme una enciclopedia, pedirme dinero para los desplazados de la última guerra colonial del Imperio Austrohúngaro o mi firma para la independencia de Tabarnia, pero déjeme en paz.

—Me llamo William John Paulus Von BlackWell, yo dejé la carta en el buzón de Trapseia.

—Como si es usted Rita la Cantaora y viene de cantarle unas jotas al Papa de Roma.

—Tú eres el del blog —insistió

—Me debe usted haber confundido con Willy, que es bajista en un grupo de rock.

Si le hubiese hecho algo de caso quizá ese nombre tan extraño me habría llamado la atención. O quizá no. ¿Ustedes se fiarían de un tipo que lleva gafas de sol a las tres de la mañana en un garito de mala muerte y que dice llamarse William nosequé? Perdí de vista al tipo y me olvidé de él. Los dardos no se me dieron bien, como siempre, y la cerveza me da cada vez más sed. A las cinco de la mañana, cansados como perrinos chicos, empapados por la lluvia que aún sigue cayendo al otro lado de la ventana mientras escribo estas líneas, nos despedimos de unos amigos frente a San Vicente y mi pareja, yo y otros dos amigos nos encaminamos por la calle San Segundo hacia la zona sur de la ciudad.

Al pasar por delante del arco de la Catedral, el tipo de las gafas de sol me agarró del brazo.

—Suélteme si no quiere que llame a la policía —le dije bravucón.

—No va a llamar a la policía. Me escuchará y me creerá —contestó con seguridad.

—¿Y usted cómo sabe eso?

—Porque esto ya ha sucedido. Está en todos los audiolibros de Historia allí de donde vengo.

“Madre mía, ya me ha tocado el loco” pensé. Notaba a mis espaldas las miradas expectantes de mi pareja y de mis amigos y en el brazo las uñas de mi interlocutor.

—Mire, yo…

—Escucha, Alberto —me interrumpió—. Dentro de tres segundos sonará un petardo a tu izquierda, en la plaza de la Catedral —sonó—. Ahora, un Seat León rojo matrícula 4528FJK nos pasará por tu derecha —así fue—, y ahora tu pareja te preguntará si va todo bien, tu le dirás que sí y que tienes que hablar conmigo.

—¿Va todo bien, Alberto? —preguntó mi pareja.

—Sí, claro. Tengo que hablar un momento con este señor —respondí con el corazón en el puño. ¿Quién era aquel tipo?— ¿Nos sentamos en un banco en El Grande?

—Claro, eso es lo que ponen los audiolibros de Historia —me contestó el desconocido con una sonrisa.

Ya sentados, bajo la lluvia, no muy lejos de donde esperaban pacientes mi pareja y amigos, el desconocido extrajo un papel doblado del interior de su cazadora. El suelo brillaba reflejando el dorado árbol de la Lotería y a mis espaldas, San José permanecía tumbado en el suelo, vencido por la borrasca Bruno.

—Dentro de unos años —dijo William John Paulus Von BlackWell, aka el de las gafas de sol, de aquí en adelante WJPVBW, mientras desdoblaba el papel—  todo esto habrá desaparecido. Es una pena, porque ni la mejor simulación puede reproducir lo que se siente estando aquí sentado.

—Frío —contesté.

—Bueno, eso está bastante logrado. Me refería a otras cosas. —WJPVBW terminó de abrir el papel y me lo entregó. A pesar de las apariencias, no era un papel normal. Las gotas de lluvia resbalan por su superficie sin humedecerlo—. Echa un vistazo a esto.

Era una portada del Diario de Ávila. 13 de febrero de 2051. A cinco columnas, el titular rezaba “Los últimos abulenses dejan la ciudad. Ávila dejará de existir mañana”.

—Guau —exclamé.

—¿Sorprendido?

—Claro, ¡el Diario sigue publicándose en 2051! ¡Y en papel!

—Bueno, en realidad lo he impreso de internet y hace muchos años que lo edita Mercadona.

—Ya decía yo.

—Bueno, ha llegado el momento de que te cuente como he llegado hasta aquí.

—No me lo digas ¡Un agujero de gusano!

—Algo así. Nosotros lo llamamos conexión en paralelo.

—Vaya cagada de naming.

—Pues es algo increíble. Las simulaciones, la realidad virtual y los procesadores cuánticos de 7 fases han llegado a un grado de desarrollo asombroso. Hemos logrado que el universo se combe sobre si mismo y que sus pliegues, al chocar en plano con los vértices nurticos de las simulaciones…

—No te sigo.

—Oh, perdona. A veces me emociono —WJPVBW reflexionó durante unos segundos—. Lo que quiero decir es que las simulaciones por ordenador han convergido con la realidad y en el futuro, en determinados momentos, en puntos muy concretos, podemos dejar la realidad virtual para introducirnos en la realidad real.

—Vaya —no me había enterado de nada pero sonaba cautivador.

—A través de una simulación de este presente hecha en el futuro he llegado de verdad desde el futuro a este presente.

—¿Y por dónde has entrado?

—Por el baño de caballeros de la biblioteca pública.

—Vaya.

—Tenías que ver la simulación de Eilín, los baños huelen exactamente igual. Es asombroso —me dijo con un brillo en los ojos que no supe identificar. Quizá emoción, quizá asquete.

—¿Eilín?

—Eilín existe. Ella creó la simulación, ella envió a tu cerebro el relato con el que ganaste el certamen de Ávila Abierta.

—Quedé segundo —le corregí.

WJPVBW dudó.

—Pues eso no es lo que pone en los libros de Historia. Bueno, un detalle menor —dijo finalmente—. Eilín me ha enviado para salvar a la humanidad.

—¿La humanidad ha desaparecido?

—Estamos en las últimas. De las seis colonias extrasolares, solo dos sobreviven y a duras penas.

—¿Y cómo pretendes que salvemos a la humanidad del futuro?

—No lo sé.

—Ah, pues cojonudo.

—Solo sé que el fin del mundo está relacionado con el fin del blog.

—¿De Los4Palos?

—Así es. El fin Los4Palos es el inicio del declive de la humanidad.

Reflexioné durante unos segundos. A lo lejos, mi pareja me miraba. Podía notar como su ira crecía a medida que la espera hacía bajar su temperatura corporal. Seguía lloviendo y las gotas de lluvia empapaban mi melena y mojaban ya mi torneado pecho a través de mi cazadora y mi camisa.

—Espera un momento —dije—. Yo he visto muchas series con viajes en el tiempo y tal. Y tú me has dicho cosas que ya han sucedido. Todo esto ya ha pasado y tú sabes como acaba todo esto, está en tus libros de Historia ¿verdad?

WJPVBW se revolvió inquieto en el banco.

—Sí.

—¿Y bien?

—Es un tema espinoso.

—¿Y bien? —dije subiendo el tono.

—La Historia dice que Carlos y Pablo me matarán mañana y mi viaje no habrá servido para nada. También dice que no habrá más viajes a este presente y que todo lo que se ha intentado hasta el momento, hasta el año 2069, ha fracasado.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.

—¿Y qué haces aquí entonces? Vas a morir por nada.

—Tu hija dice que es nuestra única esperanza.

—¿Mi hija?

—Eilín es tu hija y yo… bueno… yo soy su prometido.

—Joder

—¿Puedo llamarte papi?

Aquello era demasiado para mi. Tenía una hija —en el futuro, es verdad, pero ya me estaba pesando pagarle la carrera— que se iba a casar con un tipo que llevaba gafas de sol por la noche. ¡Y encima el mundo se iba a acabar por haber dejado de escribir el blog y solo nosotros podíamos salvarlo! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién estaba detrás de todo esto? Parece otra de nuestras historias navideñas pero esta vez es real. Real como la vida misma. Real como el Real Madrid o el Real Ávila.

Estaba desbordado. Por eso, hace unas horas llame a Willy y le conté lo que pasaba. Por eso, hasta que sepamos qué hacer, William John Paulus Von BlackWell está con él, lejos de Carlos y de Pablo.

Y ahora no sé si ponerme manos a la obra y salvar el mundo o tomarme un café con unas magdalenas.  

MysticWorld

Últimamente mucha gente nos pregunta sobre el futuro del blog. Amigos, vecinos, familiares, nuestros respectivos peluqueros, viejos comentaristas y hasta antiguos integrantes de este rincón. No tenemos nada decidido y los rumores sobre nuestra vuelta han sido claramente exagerados. Todo se andará.

Lo mismo pasa respecto al relato navideño, añeja tradición que nos ha regalado grandes momentos pero no muchas visitas. ¿Habrá este año? Pues no lo sé. Estamos a día 27 y no hay nada pensado. Respecto a esto, agradecer desde aquí a Trapseia sus ánimos y sus buenas intenciones lanzándonos el reto de continuar unas líneas de su buzón. No sé si podrá ser, pero muchas gracias, de verdad. Sabemos que nos aprecias y que lo haces con buena intención. Por eso nos sabía mal no publicar el texto que nos enviaste, la carta que ese presunto viajero del futuro había dejado en tu buzón. Aquí la dejamos a modo de homenaje y agradecimiento.

“Al principio sólo fue una estrella que se refugiaba en sí misma mientras todo se despoblaba alrededor”.

Así comienza el relato que puedes escuchar desde los vagones de un viejo TRD 594 que, usando las vías que muchas décadas antes cayeron en desuso, te transporta desde la megápolis de Madrid a aquellas inhóspitas y secas moradas de la vieja meseta que ahora han encontrado un nuevo uso.

El propio traqueteo del simulador, las sierras despojadas de vegetación y las dos horas de viaje, ya te invitan al recogimiento.

“Si el alma es un castillo todo de un diamante, que mejor que un edificio en forma de estrella, un lienzo y una muralla para defender el valor de la introspección en estos tiempos tan turbados”

La llegada a la vieja estación es el primer punto de encuentro. Dos robots perfectamente logrados -esta vez, ya me había comentado Eilín, les ha quedado bien el simulador- ataviados como monjes de diversas religiones según hayas rellenado el cuestionario previo, te hacen indicaciones para que les sigas. Pero en silencio, siempre en silencio.

“Donde hubo casas, ni el polvo”, se atreve a exclamar, mientras se quita la alpargata para sacudirse la tierra, el primer robotmonje programado para dejar letras suspendidas en el aire. Entre estatua y estatua -al parecer el último concejal que reinó aquel paraje sufrió una agónica y póstuma fiebre inaugurativa- la ciudad había acabado convertida en una mezcla de ruda arenisca, bronce y vieja piedra.

He levantado la vista para contemplar como se merece el cartel azul eléctrico:

“Ávila 2069, Bienvenidos a MysticWorld”.

Capítulo 11: Se armó el Belén (Fin de #VetustoMan)

Me desperté con la boca fofa, como una tienda de campaña sin varillas. Estaba claro que no habían tenido la delicadeza de devolverme la dentadura postiza a su sitio; ni para eso vale el trafullas de Vitorio. Alguien se desgañitaba a mis pies soltando una perorata, micrófono en mano, a los cuatro vientos. Todo ese jaleo debió de sacarme del estado de ‘choc’ en el que estaba.

O él, allá abajo, o yo nos balanceábamos. Debía de ser yo porque él andaba con los pies bien apoyados en el suelo. ¿Donde diablos estaba? En el Grande, eso parecía claro. Pero la perspectiva era extraña: tenía toda la plaza a vista de pájaro, parecido a lo que debió cotillear durante años la Palomilla. ¡La cosa tenía bemoles! Seguía colgado, cual longaniza, de lo alto de una grúa; ahora a mucha más altura.

No podía moverme porque me habían metido en una especie de molde. Era como si me hubieran convertido en una escultura y solo me hubieran dejado unos agujeros para ver, respirar… y quien sabe si atender otras necesidades (no alcanzaba a verme ciertas zonas). Notaba que me habían puesto con los brazos extendidos, como si fuera una aeroplano. Y que por dentro habían untado algo pringoso, imagino que más yemas del demonio porque seguía atontado y sin fuerzas.

Movido por la curiosidad, busqué mi reflejo en los cristales del edificio de Moneo. Casi me da un perrenque cuando me vi convertido en un ángel. Me habían metido dentro de la figura de un querubín alado (a tamaño natural) que sujetaba con las manos una pancarta en la que se leía: Gloria in excelsis Deo.

Pero la cosa no acababa ahí. También en los cristales descubrí la imagen de mi burro…. o algo parecido. Estaba detrás de mí, también suspendido en el aire, y le habían colocado unas puntas enormes de cartulina pegadas al cuerpo y una larga cola de color amarillo-chillón con luces. intermitentes Habían convertido al pobre animal en la estrella anunciadora.

¿Qué diablos pasaba? Intenté enfocar al voceras de abajo y no tardé en comprobar que era el Barón Dandi dando una especie de discurso a la ciudadanía que se agolpaba por los bordes de la plaza. Algo decía de que las calles estaban limpias, de que había luz por las noches y cosas así. “Una ciudad viva”, creo que dijo.

“Pero no nos debemos conformar con esto, convecinos –continuó–. Ávila se merece más; Ávila se merece todo. Por ejemplo, contar con el belén más grande del mundo… ¡y a tamaño natural!”. Mientras decía eso, extendía sus manos a diestro y siniestro, mostrando las muchas piezas que se extendían por el centro de la plaza, aparentemente sin orden ni concierto.

No podía verlo, pero justo a mis pies debía de estar el pesebre, con La Santa, Adolfo Suarez, el niño del convento de Las Madres y un par de verracos robados con nocturnidad y alevosía. Yo, como angelillo, y mi burro convertido en estrella completábamos la escena.

Lo que había alrededor sí que lo tenía bien a la vista. Decenas de esculturas, antes repartidas por distintos puntos de la ciudad, se congregaban en el belén más horrendo y variopinto que haya existido nunca. El San Juan de la Cruz de la Diputación se había convertido en un zagal que pastoreaba los leones de piedra de la Catedral. Se podía deducir que la Menina del Palacio de los Serrano era una lavandera porque andaba cerca del río, el cual, por cierto, estaba formado por una cantidad ingente de papel aluminio que venía desde la calle Estrada y se perdía hacia el parking subterráneo. Incluso la escultura de Santa Teresa que hay delante de su casa natal había sido trasladada, aunque sin banco, quien sabe si para convertirla en el caganer del nacimiento.

Tardé tiempo en averiguar quiénes eran los Reyes Magos. Era, sin duda, la parte más abstracta de todo el Belén. De hecho, lo adiviné por descarte. Tenían que ser las tres esculturas de rotonda que habían puesto en línea caminito del Portal, un amasijo de formas indefinidas en el que destacaba la majestuosidad de una enorme cremallera. No me pregunten que quién era Melchor, Gaspar y Baltasar porque no sabría qué decirles.

Incluso la Muralla había sido mancillada. Una enorme pancarta la había reconvertido en el Castillo de Herodes, con el patrocinio del primer Año Jubilar Teresiano, según se leía en letras doradas. Los salvajes de la puerta occidental de la Catedral, Gog y Magot, estaban ahora en el adarve, haciendo el papel de simples soldados.

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

 

Cuando el Barón Dandi terminó de hablar, se sentó en una especie de trono, algo elevado, que había colocado en un lateral de la plaza. Imagino que esperaría el aplauso del público, pero en lugar de eso se produjo un silencio incómodo que el propio villano rompió accionando un casete que tenía al lado. Por la megafonía sonó a todo volumen la musiquilla de Cortilandia, Cortilandia. Y entonces la vi. El truhán tijereteaba mi dentadura postiza con su mano derecha, llevando el ritmo de aquella melodía del demonio como si mis dientes fueran unas castañuelas.

Me miró, o eso juraría, antes de bajar un interruptor que tenía a sus pies. Supe que había encendido un enorme foco a mis espaldas porque mi silueta angelical se dibujaba ahora en la Muralla de Ávila. Pero sobre todo lo supe por el terrible calor que empecé a notar a mis espaldas. Al cabrón se le dibujó una sonrisa de puro gusto: pensaba asarme muy lentamente hasta acabar conmigo. Más malo que la carne del pescuezo.

Pensé que debía ser una ocurrencia de Vitorio, ya que su hija se ganaba la vida instalando la iluminación de todo tipo de espectáculos, sobre todo de circo. Lo recuerdo porque siempre estaba diciendo que su pequeña tenía muchas luces y que era la luz de su vida, y chascarrillos así todo el día. Siempre ha sido muy cargante.

Estaba todo perdido y solo quedaba esperar a que ese calor que me abrasaba la espalda terminara lo antes posible con mis carnes morenas. Ya estaba hablando con mi Arsenia, diciéndole que dentro de muy poco volveríamos a estar juntos, que me hiciera un hueco por allí, cuando aparecieron ellas soltando mandobles a diestro y siniestro.

Las monjas de mi residencia salían de todos los rincones y sus hábitos hondeaban entre patadas, puñetazos y saltos imposibles. No atacaban a las personas, claro, solo a las figuritas de aquel belén macabro, que estallaban en pedazos con cada porrazo. Incluso una de las sores trepó por la Muralla con la agilidad de una araña para derribar a trastabiyazos a Gog y Magot. ¡Con qué rasmia atizaban!

El Barón Dandí intentó impedírselo, pero el desgraciado no les duró ni medio asalto. La que debía ser la Madre Superiora le arreó una patada voladora que le hizo saltar todos los dientes, los suyos y los míos. Quedó tirado en el suelo, inconsciente al momento, mientras el aire arrastraba uno de sus fulares como si fuera un globo en la Fiesta de La Santa.

Me emocioné mucho al pensar que me estaban salvando, pero las lágrimas se me secaron (San Crispín, qué sofoquina pasé ahí dentro) al comprobar que no venían a por mí. De hecho, se fueron igual que llegaron y nos dejaron a mi burro y a mí pendulando como dos almas en pena. Luego pensé en el concurso de belenes que organiza el Ayuntamiento, el que todas las navidades gana mi residencia. Parecía que las monjas no estaban dispuestas a perder este año; así se las gastan ellas.

Me estaba socarrando vivo y perdí la consciencia en algún momento. El caso es que cuando volví en mí noté que me estaban bajando de aquellas alturas, aunque, como la cabina quedaba a mi espalda, no era capaz de ver quién manejaba la grúa. Solo al tomar tierra me di cuenta de que eran Luchi y Mariano, dos buenos amigos de la calva, que venían a salvarnos a mi burro (también le habían embadurnado en yemas y andaba con algo de relochera) y a mí.

Aún desde dentro del molde, les di las gracias.

– No nos las des a nosotros. Solo hemos hecho lo que nos ha dicho Vitorio.

Me explicaron que el Barón Dandí había secuestrado a su hija para hacer toda la instalación de luces del belén y que el muy truhán obligó a Vitorio a traicionarme si quería volver a ver a su heredera con vida.

– No se atreve a volver a verte, Fructoso. Dice que no es digno de tu amistad.

Ya arreglaría todo esos jaleos con Vitorio. Ahora lo importante era recuperar líquidos y no se me ocurría mejor cosa que hacerlo con la familia. Les iba a pedir que me sacaran de aquella carcasa angelical y que me llevaran con mi hija, pero entonces apareció la Dulcinea y su vozarrón.

– Yo me encargo de él, chicos.

Y con ella me dejaron. La mujer me arrojó tal y como iba encima del burro, que ya empezaba a recuperarse, y después de trabarme con una cuerda de alpaca que sacó del escote, nos arreó a los dos hacia su casa. Me fijé en que había recogido del suelo mis dientes y se los pasaba de una mano a la otra, jugueteando con ellos como si fueran una patata caliente. Le intenté convencer de que me sacara de aquel armazón en el que me había metido el Barón Dandi, pero no hacía más que reírse y decirme que ya me desempaquetería en privado, poco a poco y por partes, que por lo visto unas partes le interesaban más que otras.

– Si no me sueltas de aquí no podré hacerte nada, guapa –dije utilizando todo mi sex appeal para hacerle entrar en razón.

– ¿Cómo que no? –dijo mientras se daba mordisquitos en el culo con mi dentadura postiza.

– FIN –


En capítulos anteriores:

Elogio del conformismo

En la universidad conocí a una chica que coleccionaba anillas de latas de refresco. Era gallega, de un pueblo del interior de Lugo, bajita, con el pelo rubio ceniza recogido en una docena de rastas decoradas con cuentas de colores que le llegaban hasta media espalda. Siempre hablaba susurrando, como si te estuviese contando un secreto o tuviese miedo constantemente. Durante semanas, todos los que la conocíamos, aunque fuese levemente como es mi caso, recogimos con fervor anillas de latas que ella iba guardando en una garrafa de ocho litros a la que había cortado el tercio superior. Un día, al ir a entregarle los frutos de mi colecta, me miró con cara triste, me dio las gracias y me confesó que había dejado de coleccionar anillas. Es más, había tirado el millar que hasta entonces había reunido. Un ruso, me dijo, tiene medio millón de chapas, lo he visto en internet. ¡Es imposible que yo le alcance nunca! Me he dado cuenta de que siempre habrá alguien que tenga más chapas que yo y que esforzarme para ser segunda no merece la pena.

Durante algunos días anduvo triste. Caminaba por los pasillos siguiendo con la mirada las juntas del terrazo. Suspiraba todo el día, dejando escapar un poco de su alma con cada exhalación, y removía con desgana las patatas (re)fritas en el comedor durante la cena. Había fracasado y la derrota era demasiado pesada para su escaso cuerpo.

Marcarse unos objetivos demasiado elevados, inalcanzables, puede provocarnos frustración. Todos lo sabemos porque todos lo hemos vivido, porque todos hemos mirado al horizonte y le hemos desafiado alguna vez. Por eso es necesario ser conscientes de nuestros límites. Mi conocida gallega descubrió que nunca sería la mayor coleccionista del mundo de anillas de latas y, a pesar del dolor, supo abandonar su sueño antes de que la derrota fuese insuperable. Al poco tiempo comenzó, con mucha menor ambición, una colección de pegatinas de frutas en una libreta rosa de Agatha Ruiz de la Prada.

El alcalde de Ávila comparte esta filosofía vital. Frente a planes grandilocuentes que enardecen los corazones del común con cifras millonarias y palabras rimbombantes, nuestro regidor apuesta por el día a día, por la cómoda y feliz rutina, por las zapatillas de felpa de la gestión sensata. ¿Para qué buscar la excelencia, sea esto lo que sea, cuando se puede ser feliz con poco? ¿Para qué aspirar a mucho cuando se está tan calentito dormitando debajo de la manta? ¿Por qué intentar ser el mejor si a mitad de tabla se está tan bien?

El alcalde conoce sus limitaciones, las de su equipo, las del presupuesto municipal y las de la ciudad y sabe que con ir tirando nos podemos dar con un canto en los dientes. ¿El AVE, el Prado, la reindustrialización, el pleno empleo? ¡Palabras mayores! Que haya algo de luz por la noche, las calles estén más o menos limpias y la circulación esté regulada. ¡Por fin un político realista con objetivos realistas! Ojalá su futuro programa electoral siga esta línea: imbornales un poco más limpios, un 5% menos de cucarachas, que la muralla siga en su sitio, reducir el número de estatuas atropelladas…

Acostumbrados como estamos a políticos que viven en un continuo mitin, quizá nos resulte intolerable su poca ambición, pero es un alivio saber que no está entre sus planes pasar a la historia de la ciudad. Algún PGOU nos ahorraremos. Como diría el alcalde, no hay mal que por bien no venga.

De traumas y museos

La semana pasada se celebró el Día Internacional de los Museos, cita cultural creada por el Consejo Internacional de los Museos  (ICOM) en 1977 y que en mayor o menor medida se celebra en todo el mundo civilizado. Dejando a un lado los actos organizados por el Museo de Ávila, la festividad pasó sin pena ni gloria por nuestra ciudad, Atenas gótica de la Meseta, rubí de la cultura de Castilla y faro del turismo cultural de occidente.

Tampoco nos vamos a llevar ahora, después de tantos años, las manos a la cabeza. El Día de los museos es una festividad de consumo interno, de corto radio, con nulo tirón turístico, destinada, sobre todo, a que los ciudadanos reflexionen sobre el papel de sus museos y sobre ese constructo que llamamos cultura, sobre los mecanismos y engranajes que dan forma a esa materia oscura que nos rodea y forma parte de nuestra identidad individual y colectiva. Cultura entendida como civilización, como las gafas con cristales de colores con las que miramos el mundo. Una celebración, en definitiva, aburrida, que no invita al botellón, ni a los concursos de tapas.

Y es una pena, que no una sorpresa, no haber dedicado mucha más tiempo a esta cita porque el lema nos venía que ni pintado. Cada año, el ICOM propone un tema sobre el que hacer girar las propuestas y reflexiones de las distintas instituciones participantes y en esta ocasión el propuesto era “Museos e historias controvertidas: decir lo indecible en los Museos”. Tomo prestada esta frase del comunicado del ICOM: “Este tema invita al museo a posicionarse como actor de la asimilación de las historias traumáticas pasadas gracias a la mediación y a la pluralidad de puntos de vista expresados”.

No me digan que no nos pega como un tricornio a un Guardia Civil o a la Cibeles una banderita de España y una bufanda del Madrid en una noche de primavera. Museos, traumas, historias controvertidas… ¡Si parece que habla de lo nuestro con el Prado!

¡Ay, el Prado! Tanta tinta física o electrónica vertida para tan poco. El otro día, no recuerdo dónde ni quién, alguien se vanagloriaba de que en el último Plan de Actuación del Museo del Prado, el fechado para el periodo 2017-2020, había un huequito para nuestra bella urbe. Les paso captura.

¡Albricias!, me dirán. Ahí estamos. Con todas las letras. Lo hemos conseguido. Saquemos en procesión a todas las vírgenes, a todos los santos, a todos los diputados y a todos los senadores. Que repiquen las campanas y los pétalos de flores cubran las calles. ¡Levantad los adoquines, debajo habrá un nuevo aparcamiento subterráneo!

Pero como esto va de historias controvertidas y traumáticas y no de éxitos, les pasó capturas de los anteriores planes de actuación del Museo del Prado.

2005-2008 (Les pongo solo una de las 22 referencias a nuestra ciudad)

2009-2012 (4 referencias)

2013-2016 (1 referencia)

 

Pluralidad de puntos de vistas, decía el ICOM. La pluralidad de pensar si estas dos últimas décadas nuestros representantes nos han tomado por tontos o solo han demostrado su incapacidad y falta de criterio. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla y tal.

Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


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