Vetusto Man arrejuntado, el regalo de estas Navidades

A lo largo del año pasado, fui sacando en este blog una historia por entregas centrada en la figura de Vetusto Man. Vuelvo a traer ahora esta aventura rancia arrejuntada y convertida en libro electrónico. “Tonta’ás y modernidades bobas”, que diría Fructuoso Blázquez.

Y toda la razón tiene el buen hombre. Si no fuera porque se trata de una versión enriquecida y supervitaminada con el maravilloso prólogo que ha escrito Cristóbal Medina. Eternamente agradecido, presi.

Gracias también a Guillermo Buenadicha, que se encargó del capítulo 4, y a Alberto Martín del Pozo, responsable del capítulo 9. Gracias también a Sergio Sánchez, que me ha ayudado con la parte técnica para conseguir el ebook. Para todos vosotros habrá una parte (mínima… casi simbólica) de las ventas obtenidas.

Podéis descargaros gratuitamente el libro en formato ePub (pinchando aquí) o en formato Mobi (pinchando aquí).

Portada

 

Almenas Festival: nuestro festival de verano

Ya es habitual que cada verano Miguel Díaz Herrero (@migueldherrer81) colaboré con nuestro blog para hablar de música “festivalera”. Si tú también quieres escribir un post, aquí te explicamos cómo.


 

Nuestro Ayuntamiento continúa empeñado en que nuestra ciudad tenga un festival de música, como muchas otras localidades de nuestro país, de mayor o menor tamaño. Un empeño que desde este blog aplaudimos. En esta tercera edición, el evento cambiaba de nombre (de Poetas del Rock a Almenas Festival) y también ampliaba su número de localizaciones. Aparte de los conciertos de la tarde- noche de sábado en la explanada del Lienzo Norte, epicentro del festival, hubo actuaciones a lo largo del fin de semana en el Chico, el atrio de San Isidro y el Episcopio. 

Precisamente el viernes en el Chico Giromazo daban el pistoletazo de salida al Almenas Festival con sus versiones de clásicos del rock de aquí y de allí. Un bolo al que no pude asistir por el desafortunado solapamiento con otro concierto de rock (como si abundasen en Ávila): las versiones de Loquillo y Burning que, con mucho oficio y estilo nos trajeron Huracán 66 al Auditorio de San Francisco.   

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Giromazo

El sábado a las 7 de la tarde ya esperaban junto a la entrada del festival más asistentes que otros años, posiblemente para coger buen sitio para ver a Revólver, un artista que conoció días mejores pero de innegable tirón. Antes de él, los abulenses Train, con Peti al frente y Flippy al bajo (luciendo camiseta de la Kelly Family) dieron rienda suelta a su hard- rock de innegables aromas setenteros. El festival ha mantenido su formato intercalando la actuación de un grupo abulense (en el denominado “Escenario Lanzadera”) con la de una banda o artista nacional. Este año además, y evitando las largas esperas del año pasado, se ha logrado que una normalmente empezara inmediatamente después de la otra. Revólver dio un concierto de unos 50 minutos en los que no escatimó en clásicos desde el principio: “No va más”, “El roce de tu piel” o “San Pedro”, muy coreadas todas ellas en las primeras filas. Y es que a pesar de lo azucarado de algunas de sus composiciones, las canciones de Carlos Goñi han formado parte de las vidas de quienes crecimos en los 90. “El Dorado”, otro clásico, sirvió para poner fin a la actuación y presentar a la banda. 

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Si no en lo comercial (lejos quedan los discos de oro con “El grito del tiempo” o “Naufragios”), Mikel Erentxun vive un momento dulce en lo artístico. Su voz  y su nuevo estilo, más influido por el rock clásico americano (Dylan, Tom Petty…) han encontrado el contrapunto perfecto en la voz de Marina Iñesta, cantante y guitarrista cántabra y líder de la banda Repion. Esto se nota en canciones como “Cicatrices”, que da nombre a su último disco, o “El amor te muerde los labios al besar”. Sin embargo, el público quería oír los clásicos de Duncan Dhu (y así lo pedían insistentemente unas chicas a mi lado), por lo que llegaron “Esos ojos negros”, “Cien gaviotas”, “En algún lugar” (favorita de este comentarista) y “Jardín de rosas”. Esto provocó que muchas canciones destacables de su carrera en solitario se quedaran en el tintero (“¿Quién se acuerda de ti?”), aunque sí sonaron “Mañana” y “A un minuto de ti”. 

Y aunque algunos aún cuestionan el interés artístico de ver a Nacha Pop sobre un escenario, desde la desaparición de Antonio Vega, es ver a su primo Nacho, la energía que despliega y el sonido de su pedazo de banda, y las preguntas se responden solas. Es como si el día que Messi deje el Barça los culés tuviéramos que dejar de ver a nuestro equipo. Y es que Nacha tienen un catálogo de canciones que les hacen ser, para mí, la banda con mayúsculas de los 80. El grupo abrió con “Vístete”, y es que es lógico que Nacho explore sus temas más vitalistas, como después hizo con “Sol del Caribe” y “Nadie puede parar”, en un bis glorioso en el que perdí hasta la voz. Entre medias, guiños a ese disco absolutamente redondo que es “Buena disposición” (“Atrás”, “Alta tensión”), una versión un tanto tétrica de “Relojes en la oscuridad” con la voz en off de Antonio mientras Nacho se cambiaba de vestuario, “Una décima de segundo”, “Lucha de gigantes” y la inevitable “Chica de ayer”. En definitiva, historia con letras grandes de la música de este país. 

También destacaron las versiones de Leño que se marcó la banda Entre las Cejas (el parecido entre la voz del cantante y la de Rosendo es realmente prodigioso). Sin embargo, para otro año sería importante que este apoyo a la escena musical de Ávila sea más integral, contactando con bandas de diferentes estilos y dando una visión más global del talento de los artistas de aquí. 

Además, y aunque es una maravilla ver a artistas de la talla de Nacha Pop o Mikel Erentxun, el festival debería intentar ser escaparate de (al menos algo de) la escena musical de hoy, como se hizo el año pasado con grupos más actuales como Corizonas o Miss Cafeína. 

En cualquier caso, sólo cabe dar las gracias a quien hace posible el festival. Un festival en el que se está a gusto (de colas para pedir o para ir al baño está uno curado de espanto), y que se hace en casa. Larga vida. 

Miguel Díaz Herrero.  

Cerdos andando solos por las calles

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Hubo un tiempo en que los cerdos andaban solos por las calles. Y no me hagan la gracia de que ahora también hay mucho marrano suelto por ahí, paseando libremente. No hablo de eso. Me refiero a un época en la que cada vecino tenía su guarro y había una ganadero en el pueblo que se encargaba de sacarlos a pasear a todos al mismo tiempo, a veces también con las cabras y otros animales del común. El pastor se hacía cargo de esa manada vecinal (creo que el nombre exacto es “vecera”) durante todo el día. Al anochecer regresaba y los animales “entraban gruñendo por las calles, cada uno a su pocilga”. Hubo un tiempo, ya digo, en que los cerdos andaban solos por la calle y lo hacían “armando escándalo, chillando mucho”.

“Cuando echabas un marrano nuevo al ganadero, como no sabía ir ni nada, era una pejiguera y costaba trabajo llevarle; había que ir dándole despacio con una mimbre para que fuera aprendiendo, y preguntar al marranero por qué camino iba a volver por la tarde, para irle a buscar a la entrada y enseñarle llegar a casa. Luego ya aprendía y al cabo de unos días volvía solo, y si encontraba la puerta cerrada pues se esperaba allí, gruñendo y hocicando”.

La piara correteando por el pueblo. Tu cerdo esperándote en la puerta de casa a que vuelvas. La historia parece sacada de ‘Amanece que nos es poco’ o de alguna novela de García Marquez. Pero no es ninguna historia, es el pasado de nuestros pueblos. Una época no tan lejana en el tiempo que, sin embargo, nos queda a años luz de nuestro mundo actual.

De los achaques y quehaceres de esos días va el libro que acaba de publicar el abulense Carlos Sánchez Pinto en la Editorial Caldeandrín. ‘Estampas color sepia’ es un repaso a las profesiones, lugares, personajes y costumbres que el autor recuerda de su infancia. Por eso se desliza entre las páginas el niño que fue, mirándolo todo con los ojos muy abiertos.

De Carlos Sánchez Pinto, y sobre todo de su hermano, ya escribí por aquí en otra ocasión. Este escritor de Salvadiós, con más de treinta premios literarios a sus espaldas –algunos tan importantes como el Ateneo Ciudad de Valladolid (1978) o el Ciudad de Badajoz (2005)–, “posee una rara habilidad para encontrar en los temas etnográficos, preferentemente rurales, la fórmula para hacer que transciendan hacia el discurso literario con naturalidad, sin la afectación que es frecuente encontrar en intentos de esta clase”, dice su editora, Mayda Anias.

Humor y nostalgia van de la mano en esta delicia de libro. El autor nos avisa desde la primera página: “El tiempo todo lo destruye”. Y, de hecho, poco queda de lo que él nos cuenta. Cada capítulo, de muy corta extensión, se dedica a una profesión, un lugar o un personaje, ya sean los esquiladores, la taberna o el pobre del cencerro –que “pedía como con autoridad”, sin decir una palabra pero sacudiendo el cencerro con una violencia soterrada–, que el abandono ha convertido en escombros.

Había por aquel entonces, me refiero a cuando los cerdos andaban solos por la calle, gente que vivía de arreglar cosas. Fíjense qué locura. El hojalatero, por ejemplo, que te apañaba todo clase de cachaaaaaarrrros y anunciaba su presencia a gritos. “De loooooza, porcelaaaaaaana, de latón. Pucheeeeeros, cazueeeeelas, sarteeeeeeenes”.O el silletero, que “trabajaba con serrucho de costilla y limatón; con tenazas y martillo de orejas; con cuchilla y majadero para ajustar la espadaña; y tenía una garlopa que era un capricho”.

Estas y otras muchas palabras casi olvidadas –acial, ringorrangos, motila, cijas, mela…– recorren el libro y sus recovecos. Las historias se nos aparecen como textos puramente descriptivos, pero bajo ese disfraz de máxima sencillez asoma una prosa brillante y muy cuidada, capaz de dibujar el mundo de su infancia con un par de trazos; capaz de retratar un jardín tan solo diciendo que “en los veranos andaban por allí los pajarillos nuevos aprendiendo a volar”. Aquí el queso tiene “un trasunto de hierba y de redil en campo abierto”. Y el aire siempre quebraba en la esquina de Garriche. Y las ovejas sienten un extraño pudor animal cuando se las esquila, como si se avergonzaran de sus cuerpos.

Cosas jubilares

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Aunque no lo crea, este texto que está leyendo forma parte del programa de actividades que el Ayuntamiento de Ávila ha preparado para conmemorar el año jubilar teresiano. De hecho, todas las entradas que publiquemos este año lo serán. El punto que cierra esta línea, aunque parezca un punto del montón, también es un punto jubilar teresiano. Y el dispositivo desde el que nos lee. Y ese solecillo tan rico que entra por la ventana. Y la cervecita que se tomó el pasado fin de semana. Y no se asuste, pero es posible que eso que ha hecho usted en el baño esta mañana —no vamos a entrar en detalles— también forme parte del programa.

El Ayuntamiento hizo público la pasada semana el conjunto de actividades que trufarán el año jubilar teresiano y, como ya sucediera con motivo de la celebración del Centenario de la Santa, ha incluido en el folleto todas los eventos que se celebrarán a lo largo del año en la ciudad y alrededores tengan o no relación con el citado año jubilar. Pero todos, todos, desde dos concierto de Antonio Orozco —absoluta devoción lo que siente este chico por la Santa— hasta la 44ª Reunión Anual de la Sociedad Nuclear Española porque, como dijo la Santa en algún lado alguna vez, Dios también está entre los átomos. Junto a estos dos eventos de honda raíz teresiana, el programa incluye una muestra gastronómica de vino de Cebreros, un espectáculo titulado “Recordando a Grease”, las fiestas de verano (más jubilares que nunca), Ávila en Tapas, Ávila Mágica, Cir&co, el Mercado Medieval y otros dos congresos: uno de transporte urbano y metropolitano —muy apropiado dada la querencia de la Santa por ir de un lado a otro— y uno centrado en la columna vertebral, zona del cuerpo que suele verse afectada por el rezo y la oración.

Puede que le parezca ridículo y quizá un tanto insultante que el Ayuntamiento incluya todas estos eventos en el programa de actividades, pero ¿no sería aún más ridículo presentar un programa de apenas dos folios después de todas las fotos que nuestras élites se han hecho a costa del citado año jubilar? ¿No sería un poco insultante comparar esa cuartilla con las declaraciones grandilocuentes de la corporación municipal? Recordemos que el alcalde habló de hacer historia, declaró que era una oportunidad única para hacer crecer nuestra imagen y afirmó que cada mes iba a existir “un acontecimiento de primer nivel, que contribuirá, no sólo a ser un reclamo para Ávila, sino a situar a la ciudad en la atención mediática que el Año Jubilar requiere”.

Al final es un problema de expectativas, como sucede con el Prado que nunca llegó, el tren que cada vez tarda más en hacerlo o el peaje que nunca se va. Este programa al peso, tupido de paja para hacer bulto, no es sino una muestra más de la falta de músculo de un equipo de gobierno y de un Ayuntamiento que llega boqueando a las elecciones del año próximo después de una legislatura para olvidar. Ojalá los próximos cuatro años, sean cuales sean los resultados de las elecciones, no acaben en el mismo contenedor de reciclaje que los cuatro últimos. 

El Pradito

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Lo normal es que estas líneas hubiesen emitido luz* hace por lo menos quince días, cuando el finado aún estaba de cuerpo presente. ¿Por qué no lo escribimos en ese momento para aprovechar el tirón y captar sus clics? Por pereza. Hemos hablado tanto del no-proyecto del No-Museo del Prado a lo largo del último lustro que todo lo que escribamos no será sino un refrito de lo ya escrito, como esos episodios de Los Simpson en los que repasan sus mejores números musicales para no pagar a sus dibujantes koreanos. 

No demos rodeos innecesarios; no va a haber subsede abulense del Museo del Prado. Usted lo sabía, nosotros lo sabíamos, todos lo sabíamos. En realidad, las ruedas de prensa protagonizadas por Casado y compañía los últimos días no han aportado prácticamente ninguna novedad a lo que se venía rumiando, al menos, desde 2013, cuando el Museo anunció, negro sobre blanco en su plan de actuaciones para el trienio 2013-2016, que se replanteaba su papel en el proyecto abulense. Desde entonces, todas las declaraciones de nuestros políticos han apuntado en la misma dirección: se acabarán las obras, cuando toque y sin prisas porque no es un asunto prioritario, pero el proyecto original, aquel que nos iba a sacar de pobres y que según Acebes era el futuro de la ciudad junto al AVE, estaba muerto y enterrado. De hecho, lo anunciado el pasado 8 de marzo, el traslado del Museo Provincial y la salita de exposiciones anexa para el Prado, ya se dijo, a grandes rasgos y sin powerpoint, en febrero de 2016 con mucho menos impacto mediático y político.

Decía hace algunas líneas que el proyecto había tomado este rumbo al menos desde 2013, pero posiblemente haya que mirar más atrás. El Museo del Prado no es hoy la misma institución que cuando se anunció el nonato Centro de Gestión de Depósitos de Ávila. En 1998, el Museo necesitaba ganar metros cuadrados urgentemente. Necesitaba espacios expositivos, necesitaba talleres, almacenes, áreas administrativas; ahora no. En estos veinte años, el museo ha crecido, se ha expandido y ha madurado. La subsede abulense del Museo del Prado empezó a morir cuando se puso la primera piedra de la ampliación del Museo y seguramente murió del todo cuando los Reyes inauguraron los nuevos espacios diseñados por Moneo. 

Ahora nos tocará escuchar como venden la nueva burra —el proyecto es mucho mejor que el anterior, las sinergias entre el Museo del Prado y una ciudad como la nuestra serán incalculables, quizá lleguen más colecciones, cruceros si el Adaja mantiene el caudal, etc.— mientras buscamos respuestas a las preguntas que quedan flotando en el aire. ¿Cuándo van a acabar empezar las obras? ¿Qué va a pasar con las actuales instalaciones del Museo Provincial tras la mudanza? ¿Por qué mantuvieron tanto tiempo la mentira? Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?

Decía Azaña que el Museo del Prado es lo más importante para España, más que la Monarquía y la República juntas. También es más importante que nosotros y que todos los políticos que nos han mareado durante veinte años. Hoy aquel proyecto que nos prometieron tiene poco o ningún sentido, sería absurdo imponérselo con calzador al Museo del Prado, y la solución propuesta al menos sirve para rescatar unas instalaciones a medio construir y ofrecer al Museo Provincial una muy necesaria reforma y ampliación. ¿Y del “Pabellón Prado” qué podemos esperar? Con suerte una buena exposición de Berruguete, con mucha suerte el Maestro de Ávila y la Virgen de los Reyes Católicos durante algunos meses, y seguramente obras desamortizadas, como las del Monasterio de Guisando.

El que no se consuela, ya saben, es porque no quiere.

 

 

*neologismo de mi invención (creo).

Tan Gotelé

Hay días así; mañanas que te levantas con ganas de comerte el mundo entre tostada y tostada. Sabéis de qué os hablo. Esas ganas de saltar sin miedo a la caída. Vendrá, la caída siempre llega. Pero una cosa es esperarla y otra temerla. Sales de casa y piensas que no tienes nada que perder por intentarlo. Hay días así, días Gotelé podríamos llamarlos.

El cielo, a veces, está Gotelé, como recién pintado. La cerveza, joder, esa cerveza fresquita que te pusieron el otro día en una jarra de cristal, también lo está. A ella, por ejemplo, le quedan tan Gotelé los pantalones nuevos. Y mis gatas, cuando ronronean. Y el partido de futbito con los amigos. Y más cosas que no tengo por qué contar, no insistáis.

Es apostar por uno mismo y gritarlo como grita Alfonso. Es agarrar el futuro por los pies y sacudirlo como sacude Alberto su guitarra o Manuel el bajo, con una mezcla de furia y viento. Es destripar el miedo como solo Cavero destripa la batería. Todo eso es Gotelé y algo más que no se explica porque se va nada más nombrarlo.

Ayer, sin ir más lejos, fue un día Gotelé. No el día entero, claro. De hecho, amaneció como un día más. A media tarde empezó a cambiar y al rato ya estaba todo pringado de Gotelé: los árboles, los pájaros, los bares… sobre todo los bares.

Y se encendieron las velas para crear ambiente. Y nos callamos las voces para escuchar el nuevo disco, el tercero ya, que le han llamado ‘Vertical’ por extraños motivos que solo ellos saben explicar. Y hubo que agarrarse a las sillas para no echarse a bailar, algo que, por otra parte, está sobrevalorado (dicen). Y perdimos la noción del tiempo y la serenidad.

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¿Qué sabes de Vicente Sánchez Pinto?

Lo del reloj y Cortázar. Seguro que ustedes ya saben. “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”. Algo parecido ocurre cuando te hacen entrega de un libro, que te obsequian “un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo”. Y la obligación, qué menos, de leerlo.

Debí de desconfiar cuando le vi llegar con ese libro en la mano. Pero habíamos quedado para tomar café y uno se relaja en esas situaciones. Se esperó al final, lo dejó para el último momento, como ocurre siempre con las emboscadas. “Para ti”, supongo que dijo tras acercarme el ejemplar en cuestión, que parecía reptar por la barra del bar por voluntad propia.

Comparto apellido con el culpable de todo esto: Juan de la Cruz Mayo Garcinuño (aquí su blog). Cuando me quise dar cuenta, tenía en mis manos un libro de Ediciones Destino de 1979. Ni el título ni el autor me sonaban de nada: ‘Las adivinaciones’, de Vicente Sánchez Pinto. En la primera frase de la solapa se señalaba que el autor nació “en un pueblecito de la provincia de Ávila”, sin dignarse a nombrar cuál de todos. Y tenemos unos cuantos. También se decía que la novela había obtenido “una brillante clasificación en la votación del Premio Nadal de 1978”

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Parece que la primera obra de Sánchez Pinto fue un libro de poemas. Trasteando después por Google, vi que esa ópera prima fue ‘Las horas perdidas’ (1969) y que fue publicada por la colección de poesía El toro de granito, el proyecto editorial de Jacinto Herrero.

También se señala en la solapa que posteriormente sacó a la luz una novela larga, ’Los espejos del tedio’ (Ediciones Luis de Caralt, 1971), “recibida elogiosamente por la crítica”. “Y ahora se adelanta a las primeras filas de la novelística española con ‘Las adiviciones’”, añaden en referencia a la trayectoria de este licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca (pocos datos más se aportan, a parte de su formación universitaria).

Como decía, puse el nombre de Vicente Sánchez Pinto en Google. Hay varias páginas en las que se venden algunos de sus libros (los tres ya señalados, solo esos tres) y prácticamente nada más. Sí encontré una mención en un artículo de El País de 1986 dedicado a los Premios Nadal. Se refieren al escritor abulense como el “autor de aquel magnífico ‘Las adivinaciones’, que fuera finalista del premio hace años”.

Poco más conseguí, la verdad. Por eso abordé a Julio Collado, una tarde para preguntarle sí sabía algo de Vicente Sánchez Pinto. Y sí, sí lo conocía. O más bien conocía a su hermano, Carlos, un excelente escritor de cuentos, me dijo. Y otro dato realmente importante: ese “pueblecito de la provincia de Ávila” era Salvadiós.

Saber más de Carlos Sánchez Pinto fue fácil, sobre todo porque cuenta con una página web con mucha información. Descubrí por casualidad que Vicente fue finalista del Premio Nadal una segunda vez, en 1985, por la obra ‘Los desiertos del amor’, una novela que nunca llegó a publicarse. En siete años, dos finales del Premio Nadal (más tarde sabría que fueron más veces… tres o cuatro; es difícil saberlo con seguridad). Después, el silencio literario más absoluto.

Carlos Sánchez Pinto

Carlos Sánchez Pinto

 

A estas alturas, he de reconocerlo, ya estaba totalmente enganchado a una historia que iba reconstruyendo a brochazos. Cada nuevo detalle que conseguía, cada aportación, me despertaba aún más curiosidad, igual que un Detective Salvaje persiguiendo a Cesárea Tinajero o a Benno von Archimboldi (si aman a Bolaño lo entenderán). Por cierto, que Vicente era sacerdote y también militar, en concreto, coronel.

Volvamos a Carlos Sánchez Pinto. Conseguí contactar con él a través de Caldeandrín Ediciones, la editorial abulense que publicó su último libro en noviembre de 2017 con el título de ‘Estampas color sepia’ (dedicado al poeta Jacinto Herrero, de nuevo sale su nombre… y no será la última mención).

En esa primera conversación telefónica y en algún mail que nos cruzamos posteriormente, me habló de su hermano, de cuya muerte, según me dijo, se cumplían exactamente tres años. Lo que me carcomía por dentro era saber por qué dejó de publicar después de tres libros que habían llegado tan lejos. “Quizá lo dejó por aburrimiento, porque conocía el panorama literario y supo que ni editores ni lectores merecían su esfuerzo, su lucha por alcanzar la máxima perfección”, me respondió.

“No quiso, como le aconsejaron más de una vez, descender a la mediocridad para ver sus escritos en letras de molde, volúmenes transportados en pallets y vendidos a peso en supermercados y grandes almacenes”. Desde luego, la prosa que despliega en ‘Las adivinaciones’, el único libro que tengo en mis manos, no es sencillo. Su escritura es tan bella como onírica, precisa pero dilatada, desplegada a través de largas frases e interminables párrafos que no divide en capítulos. Es un torrente de emociones que exige un esfuerzo extra por parte del lector.

Carlos me habló de otros de libros de su hermano. ‘Las horas perdidas’ es, según sus palabras, un “poemario tan sincero que raya en la confesión, con poemas dedicados a don José Luis López Aranguren y a don Alfonso Querejazu, un personaje muy conocido en Ávila con el que Vicente vivió y al que consideró siempre su forjador, de manera que en uno de sus poemas asegura: “Le debo todo, amigos, / a pesar del recuerdo; / pues por deber, diría / que hasta el alma le debo”.

Siempre llevó a su tierra en la boca y en la pluma. De hecho, ‘Los espejos del tedio’, publicado por una editorial catalana, es un recorrido y un homenaje a Ávila. Luego llegaron otras muchas obras, la mayoría inéditas: ‘Cuaderno apócrifo de Bernabé’, ‘El oscuro laberinto’, ‘Los desiertos del amor’ (ya mencionada), ‘El río del olvido’… Es difícil saberlo con exactitud porque Vicente, según cuenta Carlos, corregía sus novelas e incluso las cambiaba el título. En cualquier caso, él calcula que entre 1979 y 1985 su hermano fue finalista del Premio Nadal entre tres y cuatro ocasiones. Se empeñó en ganarlo, pero no lo consiguió. Y ese fue, probablemente, uno de los motivos que provocó que se cansara del mundo que rodea a la literatura.

Se mostró extrañado porque, a estas alturas, alguien se preocupara por la obra de su hermano. “A buenas horas mangas verdes, hubiera chanceado él –me dijo–. Muertos don Cándido Ajo, su máximo admirador, Jacinto Herrero y Domingo Emilio Rodríguez Almeida, pensaba yo que ya no nos quedaban amigos en Ávila”.

“Hemos vivido siempre juntos [los últimos 50 años, en tierras valencianas], pero nuestro discurrir literario ha ido paralelo, aunque a veces hasta los amigos dudan de la autoría, suya o mía, de algún pasaje. Yo siempre estuve convencido de que Vicente escribía incomparablemente mejor, como es lógico, pero él aseguraba que yo lo hacía ‘con mejor fortuna’, puesto que comencé ganando premios que él no pudo obtener, y que mis escritos tenían para el lector una ‘encarnadura’ que él no conseguía en los suyos”. Y añade: “Tenía una extensísima biblioteca, casi toda en francés, que una camioneta se llevó al Museo Diocesano de Ávila”.

NOTA: Pinchando aquí puedes escuchar la entrevista que realicé a Carlos Sánchez Pinto en Cadena Ser Ávila.

Vicente Sánchez Pinto

Vicente Sánchez Pinto

 

 

 

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