Elogio del conformismo

En la universidad conocí a una chica que coleccionaba anillas de latas de refresco. Era gallega, de un pueblo del interior de Lugo, bajita, con el pelo rubio ceniza recogido en una docena de rastas decoradas con cuentas de colores que le llegaban hasta media espalda. Siempre hablaba susurrando, como si te estuviese contando un secreto o tuviese miedo constantemente. Durante semanas, todos los que la conocíamos, aunque fuese levemente como es mi caso, recogimos con fervor anillas de latas que ella iba guardando en una garrafa de ocho litros a la que había cortado el tercio superior. Un día, al ir a entregarle los frutos de mi colecta, me miró con cara triste, me dio las gracias y me confesó que había dejado de coleccionar anillas. Es más, había tirado el millar que hasta entonces había reunido. Un ruso, me dijo, tiene medio millón de chapas, lo he visto en internet. ¡Es imposible que yo le alcance nunca! Me he dado cuenta de que siempre habrá alguien que tenga más chapas que yo y que esforzarme para ser segunda no merece la pena.

Durante algunos días anduvo triste. Caminaba por los pasillos siguiendo con la mirada las juntas del terrazo. Suspiraba todo el día, dejando escapar un poco de su alma con cada exhalación, y removía con desgana las patatas (re)fritas en el comedor durante la cena. Había fracasado y la derrota era demasiado pesada para su escaso cuerpo.

Marcarse unos objetivos demasiado elevados, inalcanzables, puede provocarnos frustración. Todos lo sabemos porque todos lo hemos vivido, porque todos hemos mirado al horizonte y le hemos desafiado alguna vez. Por eso es necesario ser conscientes de nuestros límites. Mi conocida gallega descubrió que nunca sería la mayor coleccionista del mundo de anillas de latas y, a pesar del dolor, supo abandonar su sueño antes de que la derrota fuese insuperable. Al poco tiempo comenzó, con mucha menor ambición, una colección de pegatinas de frutas en una libreta rosa de Agatha Ruiz de la Prada.

El alcalde de Ávila comparte esta filosofía vital. Frente a planes grandilocuentes que enardecen los corazones del común con cifras millonarias y palabras rimbombantes, nuestro regidor apuesta por el día a día, por la cómoda y feliz rutina, por las zapatillas de felpa de la gestión sensata. ¿Para qué buscar la excelencia, sea esto lo que sea, cuando se puede ser feliz con poco? ¿Para qué aspirar a mucho cuando se está tan calentito dormitando debajo de la manta? ¿Por qué intentar ser el mejor si a mitad de tabla se está tan bien?

El alcalde conoce sus limitaciones, las de su equipo, las del presupuesto municipal y las de la ciudad y sabe que con ir tirando nos podemos dar con un canto en los dientes. ¿El AVE, el Prado, la reindustrialización, el pleno empleo? ¡Palabras mayores! Que haya algo de luz por la noche, las calles estén más o menos limpias y la circulación esté regulada. ¡Por fin un político realista con objetivos realistas! Ojalá su futuro programa electoral siga esta línea: imbornales un poco más limpios, un 5% menos de cucarachas, que la muralla siga en su sitio, reducir el número de estatuas atropelladas…

Acostumbrados como estamos a políticos que viven en un continuo mitin, quizá nos resulte intolerable su poca ambición, pero es un alivio saber que no está entre sus planes pasar a la historia de la ciudad. Algún PGOU nos ahorraremos. Como diría el alcalde, no hay mal que por bien no venga.

De traumas y museos

La semana pasada se celebró el Día Internacional de los Museos, cita cultural creada por el Consejo Internacional de los Museos  (ICOM) en 1977 y que en mayor o menor medida se celebra en todo el mundo civilizado. Dejando a un lado los actos organizados por el Museo de Ávila, la festividad pasó sin pena ni gloria por nuestra ciudad, Atenas gótica de la Meseta, rubí de la cultura de Castilla y faro del turismo cultural de occidente.

Tampoco nos vamos a llevar ahora, después de tantos años, las manos a la cabeza. El Día de los museos es una festividad de consumo interno, de corto radio, con nulo tirón turístico, destinada, sobre todo, a que los ciudadanos reflexionen sobre el papel de sus museos y sobre ese constructo que llamamos cultura, sobre los mecanismos y engranajes que dan forma a esa materia oscura que nos rodea y forma parte de nuestra identidad individual y colectiva. Cultura entendida como civilización, como las gafas con cristales de colores con las que miramos el mundo. Una celebración, en definitiva, aburrida, que no invita al botellón, ni a los concursos de tapas.

Y es una pena, que no una sorpresa, no haber dedicado mucha más tiempo a esta cita porque el lema nos venía que ni pintado. Cada año, el ICOM propone un tema sobre el que hacer girar las propuestas y reflexiones de las distintas instituciones participantes y en esta ocasión el propuesto era “Museos e historias controvertidas: decir lo indecible en los Museos”. Tomo prestada esta frase del comunicado del ICOM: “Este tema invita al museo a posicionarse como actor de la asimilación de las historias traumáticas pasadas gracias a la mediación y a la pluralidad de puntos de vista expresados”.

No me digan que no nos pega como un tricornio a un Guardia Civil o a la Cibeles una banderita de España y una bufanda del Madrid en una noche de primavera. Museos, traumas, historias controvertidas… ¡Si parece que habla de lo nuestro con el Prado!

¡Ay, el Prado! Tanta tinta física o electrónica vertida para tan poco. El otro día, no recuerdo dónde ni quién, alguien se vanagloriaba de que en el último Plan de Actuación del Museo del Prado, el fechado para el periodo 2017-2020, había un huequito para nuestra bella urbe. Les paso captura.

¡Albricias!, me dirán. Ahí estamos. Con todas las letras. Lo hemos conseguido. Saquemos en procesión a todas las vírgenes, a todos los santos, a todos los diputados y a todos los senadores. Que repiquen las campanas y los pétalos de flores cubran las calles. ¡Levantad los adoquines, debajo habrá un nuevo aparcamiento subterráneo!

Pero como esto va de historias controvertidas y traumáticas y no de éxitos, les pasó capturas de los anteriores planes de actuación del Museo del Prado.

2005-2008 (Les pongo solo una de las 22 referencias a nuestra ciudad)

2009-2012 (4 referencias)

2013-2016 (1 referencia)

 

Pluralidad de puntos de vistas, decía el ICOM. La pluralidad de pensar si estas dos últimas décadas nuestros representantes nos han tomado por tontos o solo han demostrado su incapacidad y falta de criterio. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla y tal.

Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


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#TuitQuedadaCultural: tres días para disfrutar del arte abulense

IMG_2095Juntas teatro, narración oral, música, cine, literatura, danza, fotografía y gastronomía en un fin de semana y te sale un #TuitQuedadaCultural para salpimentar al gusto. Lista para servir recién hecha el próximo fin de semana, los días 12, 13 y 14 de mayo.

Serán tres días muy intensos que comenzarán el viernes con una  jam session. El sábado es el día más completo, destacando el teatro por las calles durante la mañana y otras dos actividades por la tarde: música y cuentacuentos en el Café del Mercado, y un debate sobre cine y literatura en El Episcopio.

Y más el domingo: música, danza y poesía. Entre medias habrá dos exposiciones (una de fotografía organizada por la Asociación Fotográfica Abulense, y otra de moda a cargo de la diseñadora Cristina Fernández Lucas) y otros tantos concursos (de microrrelatos vía Twitter y de fotografía). Todo esto lo tenéis mucho más clarito en el programa (aquí al completo).

A mí solo me queda felicitar a los organizadores de esta iniciativa (creo que hay un Willy por ahí coleando… Y un Gredos Daniel también. Felicidades a ambos y a todo su equipo) por preparar un fin de semana en el que la cultura, tantas veces olvidada, será protagonista plena. Y aún mejor es que se ponga el foco en los artistas abulenses para que, al menos durante unos días, puedan ser profetas en su tierra.

Cine, literatura, moda, teatro, música… Ávila cuenta con buenos representantes en estas y otras disciplinas. Disfrutemos de ellos este fin de semana. Y esperemos que haya muchas más TuitQuedadas similares en próximos años.

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Capítulo 3: Apatrullando la ciudad

[Viene de Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo]

Metí todas las zarrias del traje de Vetusto Man en una bolsa del Mercadona y regresé a Ávila en el coche de Vitorio. Le habían retirado el carnet hacía tres años por no pasar el reconocimiento médico (algo de sus cataratas), pero él no se daba por enterado. Se pasaba el día volante en mano, camelando con la música de Juanito Valderrama a todo volumen y escupiendo requiebros a cada muchacha que veía.

Nunca he visto tan de cerca la muerte como dentro de ese maldito Cuatro Latas. Vitorio conduce igual que vive: como le sale de los cojones. Es un milagro que siga vivo. Ese día, sin ir más lejos, empezó a dar voces con las manos en la cabeza al llegar a la altura de Naturávila, como si le hubiera dado un acicuaco. ‘El Rey de la Carretera’ hacía retumbar los altavoces. Yo agarré como pude el volante para volver a nuestro carril.

– ¡La madre que me parió, Fructuoso!

Miré por la ventana de atrás y vi que nos seguía el burro que me daba la tabarra en las siestas. Debíamos ir a 80 o 90 kilómetros por hora, pero teníamos al bicho pegado al culo. Por algún tipo de acto reflejo, Vitorio aceleró. El animal continuó a nuestro ritmo sin ningún tipo de esfuerzo aparente. Incluso llegó a ponerse a nuestra altura por el arcén. Parecía que quisiera adelantarnos por la derecha, pero al llegar a mi ventanilla se quedó ahí, mirándome sin dejar de trotar, como si me preguntara a dónde pensaba ir sin él.

Así descubrimos lo de los superpoderes del pollino, adquiridos, imagino, de tanto chuparme los pinreles. A las monjas les encantó que me presentara con un burro (“también es una criatura de Dios”, dijeron) y me dejaron guardarlo junto al huertecito que tienen detrás de la residencia. Eso sí, yo me encargaba de alimentarle y de limpiar sus descomunales mierdas.

Llamé a mi hija para decirle que ya había vuelto del viaje. Me preguntó qué tal nos había ido y yo le respondí que Huelva era preciosa.

– ¿Pero no me dijiste que te ibas a Vigo?

– También, mi niña. Era un tour costero de esos.

Yo continué con mi vida de siempre, pero con ligeras modificaciones. Me pasaba las mañana durmiendo, mientras que por las noches le soltaba la correa a Vetusto Man. Salía a la calle con mi boina-antifaz, las botas de pescar y la capa de ‘Super tallas Bermúdez’, sin olvidar las armas (los barrillos y las fichas de dominó). Regresaba justo para desayunar y, como salía y entraba escalando la fachada, las monjas no sospechaban nada. Me llevaba al burro a mis escapadas nocturnas, aunque solo fuera por tener algo de compañía.

Nunca fui ambicioso y no lo iba a ser ahora que era todo un superhéroe. Decidí empezar por cosas sencillas, de una en una. Que galgo que muchas liebres levanta, ninguna mata. Me cogí la revistilla que hacía la asociación de vecinos del barrió y me fui directito a sus reivindicaciones. “Aceras en mal estado, con baches peligrosos, en las calles López Núñez y Esteban Domingo”. Y para allá que me iba yo con mi burro cargado de las baldosas que quitábamos de las obras que se quedaron a medias cuando lo de la crisis. Y ni siquiera necesitaba cemento teniendo el moco venenoso de las manos. No tardamos ni un par de horas en solar esas y otras calles igual de descuidadas.

Otra noche me la pasé enterita coloreando pasos de cebra medio borrados por el paso del tiempo. La pintura se la sisé a las monjas aprovechando que estaban de obras en la capilla. Fue ahí cuando la conocí. Cantaba seguidillas desde el balcón de su casa (siempre está ahí, al oreo), algo de las mujeres bonitas y los hombres valientes. Cuando me vio enfilar la calle, bote de Titanlux en mano y con el traje de Vetusta Man al completo, dejó de entonar. El burro, como siempre, me iba a la zaga.

– ¡Pero mira tú que mozo guapetón nos viene esta noche al barrio!

Al principio pensé que se estaba pitorreando de mí, pero cuantos más piropos me lanzaba, más sincera parecía. Hasta floreó la mirada fililí del rucio, la muy bribona. Tendría mis años (siglo arriba, siglo abajo) y algunos kilos de más, pero le brillaban los ojos como dos farolas en día de lluvia. Le llamé Dulcinea, “mi Dulcinea del Toboso”, y ella se mondaba de la risa y volvía a cantar y se escacharraba de nuevo.

Pero cada sendero tiene su atolladero y el mío se me apareció con uniforme y placa una noche que estaba yo desatascando alcantarillas. Se presentó como el agente Elicio Iborra.

– Vetusto Man, para servirle.

Y seguí a lo mío, dale que te pego a los sumideros. Sin mucho éxito porque al momento ya estaba el atontado dándome la tabarra con que le enseñara mi DNI y los papeles del burro. No sé si hablaba en serio, pero le respondí que lo tenía todo en la guantera, que hiciera el favor de cogerlo él mismo porque tenía las manos ocupadas. No me lo podía creer cuando le vi rodeando el asno en busca del salpicadero.

La fiesta se acabó al escapárseme una sonora risotada. Ahí empezó a dolerle el orgullo y se me puso bravucón. No sé qué de que quedaba detenido por faltar el respeto a la autoridad. Intentó ponerme las esposas, pero yo me zafaba sin dificultad de sus hierros.

– Soy todo gelatina, señor agente –le intenté explicar-. Más le valdría sorberme que esposarme.

El municipal estaba rojo de furia, cada vez más obcecado, y acabó por sacarme la pistola para llevarme a la fuerza a la comisaría. Ahí comenzó mi burro, mi burro querido del alma, con su rechinar de dientes y con sus rugidos de león. ¡Por la Virgen de Sonsoles que no miento! Cómo lo vería el señor agente que no le quedó otra que envainársela (la pistola) y despedirse con un “buenas noches, no me alboroten mucho” de tono gaznápiro.


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Sin noticias de Tesla

Desde la terraza del bar que hace esquina en la plaza Mayor de Carrión de los Condes se puede ver la maravillosa fachada románica de la iglesia de Santiago. No muy lejos de allí, un cartel anuncia que la tumba del apóstol está a tan solo 400 kilómetros. A pesar de la distancia y de las fechas, la plaza y todo el pueblo bulle de peregrinos. En la terraza del citado bar, una docena de ellos descansan entre los arcos amarillos que cobijan las siete u ocho mesas que un camarero con camiseta y pantalón negro se afana en atender mientras se seca el sudor. Hace calor, demasiado para las fechas que son y el lugar en el que nos encontramos.

Rodeados de peregrinos, en la única mesa escondida del sol, cuatro jubilados del pueblo rematan una partida de dominó. Entre ellos, otro hombre termina el periódico, lo dobla, lo deja sobre sus piernas y busca con la mirada al camarero. No lo encuentra y se vuelve hacia sus compañeros.
—¿Habéis visto lo de Trump? Dice el periódico que ha bombardeado Siria. Este hombre nos va a traer problemas.
—Y a mí qué cojones más me da el Trump ese si me voy a morir igual.

Hace no mucho tiempo, un programa de televisión consiguió que durante algunos días se hablase de la despoblación y del futuro del mundo rural en medios, entornos y lugares que hasta entonces habían ignorado una problemática cronificada ya en muchas regiones. Un paseo triste entre estampas grises y fotografías sepias de una tierra cuarteada por el tiempo y el polvo. No recuerdo la frase exacta, pero en un momento del reportaje, un hombre, recostado contra una tapia mientras atardecía, afirmaba que él no iba a estar entre las posibles soluciones porque a su edad le quedaba ya poco tiempo.

Desde hace unos meses tengo la sensación de que la resignación —podíamos hablar de rendición incluso— ante el oscuro futuro de las zonas rurales del interior es mayoritaria, no solo entre los habitantes de la zona, sino también en las administraciones y sus ocupantes. Tengo la impresión de que todo el mundo sabe que no hay soluciones para el lento marchitar de comarcas enteras, de que no hay marcha atrás ni milagros posibles, de que hace tiempo que se tiró la toalla si es que alguna vez se sostuvo. Evidentemente ningún político con intención de continuar en el sector y en su sano juicio se pondrá nunca delante de un micrófono para leer la sentencia, pero la despoblación y sus soluciones parecen cada vez más una nota al pie, un latiguillo en los discursos y programas de nuestros dirigentes, un eco que sigue allí pero se va apagando. ¿Para qué gastar tiempo y dinero, recursos escasos, en arreglar algo que está irremediablemente roto?

Ahora, esta desasosegante sensación la tengo también cuando visito los medios locales. Cada noticia, declaración o comunicado que leo, veo o escucho sobre el futuro de Ávila me suena igual de vacua. El alcalde va a pedir a Seat que llame a su futuro modelo “Ávila”. El tipo de vehículo se adapta a la perfección a las características de la ciudad y la provincia, señalan. Pablo Casado apuesta por convertir la ciudad en un “hub” para la deslocalización de empresas madrileñas. Ávila tiene una situación estratégica, suelo barato y disponible, costes laborales más bajos y un enorme potencial. Los mismos argumentos, hipérbole arriba o abajo, que llevamos escuchando desde hace años. El PSOE, por su parte, apuesta por la instalación en Ávila de la nueva factoría europea de Tesla, la empresa norteamericana que produce más titulares que coches.

Ojalá tenga que comerme estas líneas, ojalá cientos de empresas llenen nuestros polígonos tras vaciar los de Madrid, ojalá Tesla monte su fábrica sobre el erial urbanizado que hay camino de Sonsoles, ojalá el nuevo Seat se llame Ávila y cientos de personas decidan visitar la ciudad que da nombre a su vehículo como aquella vez que la ciudad se nos llenó de fanáticos de las luces LED.

Ojalá ocurra todo esto y más, pero mientras tanto no puedo arrancarme del pecho la sensación de que todo el mundo sabe que estamos muertos, pero nadie se atreve a decírnoslo.

Carta a Vetusto Man (por Ángel Martín)

Cerramos la semana con una nueva colaboración de nuestros lectores. En esta ocasión se trata de una contestación al post ‘El nacimiento de un héroe’, a cargo de Ángel Martín.

Si tú también quieres publicar algo en este rincón, aquí te explicamos cómo.

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Quisiera enviar un mensaje de solidaridad y apoyo a D. Fructuoso Blázquez por su incidente con la medusa en Cuevas de Almanzora (Almería). ¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios! Yo aquí en Málaga las he sufrido un par de veces pero en grado de tentativa de la que me pude zafar gracias a mi pericia de buen nadador (luego le cuento dónde di mis primeros chapuzones), pero a mi hija le pillaron a traición y el brazo derecho quedó tan enrojecido que parecía que se hubiese tatuado una puesta de sol.

Mire D. Fructuoso, yo he entrado en el Google Maps (que gran invento) para visitar el pueblo de sus horrores y me da la impresión de que es un pueblo tranquilo y por su historia no me cabe duda de que es muy hospitalario por lo que, si me lo admite, le aconsejo que envíe una nota de desagravio a la prensa nacional e internacional. Le recomiendo a nivel nacional “El Diario de Ávila” y en el extranjero puede optar por “El Washington Post”, el Herald Tribune o el Zeitungen aus Deustschland o como demonios se escriba que mi ingles no pasa del good morning y Metro Goldwyn Mayer y lo único que sé pronunciar bien en alemán es Ángela Merkel.

La próxima vez que vuelva por allí (cosa harto difícil después de su espantosa (sic) experiencia) en lugar de ir al mar se dé un baño en el embalse del rio Almanzora, o mejor aún, haga una pequeña excursión a la sierra de Almagro o a la sierra de los Pinos.
Me alegra que sea aficionado al juego de la calva, pero  me hace más ilusión que las pistas estén junto al rio “Chico”. Le voy a contar algo sobre el rio que quizás usted no conozca, no porque le crea un inculto sino porque los que vivís en Ávila desde toda la vida no os preocupa la historia de la ciudad. Le confieso que en mi juventud (somos casi de la misma quinta pues  estoy muy cerca de cumplir los setenta y cinco) nos importaba más bien poco porque el paseo del “Rastro” se llama así, de que siglo es la iglesia de San Vicente o de donde procede el nombre de “Adaja”. Ya sé que hay cosas más importantes en la vida pero cuando se vive lejos el amor a la patria chica marca la diferencia entre la alegre nostalgia y la triste melancolía.

Veo que le gusta vagar libremente sin las ataduras de un viaje programado. Yo habría hecho lo mismo, por eso nunca he viajado con el Imserso, prefiero coger carretera y volante y hacerme de un tirón (con los descansos que me marca la edad aunque aún me encuentro con fuerzas y ganas de viajar) los 650 kilómetros que me separan de mi querida y añorada Ávila.

Como le dije antes quiero que sepa que mis primeros chapuzones tuvieron lugar en el arroyo del “Obispo”, aquel riachuelo (por decir algo que se parezca a una corriente continua de agua) que nacía en un manantial junto a los “Cuatro Postes”  y discurría mansamente a pesar de que lo hacía cuesta abajo, hasta desembocar en el rio Adaja. A mitad del cauce se ensanchaba en un charco que nos cubría hasta casi las rodillas. Las primeras brazadas de natación las di en las charcas que el rio Adaja dejaba a su paso por el Soto en las fechas estivales de finales primavera y principios de verano. Como yo vivía en la otra punta de la ciudad (mi querido barrio “Ajates”) cuando nos desplazábamos hasta el rio lo hacíamos para pasar un buen día de campo de juegos y comida. Definitivamente conseguí perfeccionar los estilos de braza y crol en la piscina del polideportivo (no crea que exagero) que los de la “Juven” (Acción Católica) teníamos en el descampado al final del convento de Santo Tomas junto a la margen derecha del rio Chico. La piscina (no olímpica claro está) tenía unas dimensiones considerables para la época y en su parte más profunda media dos metros. También podíamos practicar el futbol y el baloncesto pues disponíamos de ambas canchas.  El nombre correcto del rio era “Sequillo”, pero las crónicas antiguas de la ciudad le llaman “Grajal”. El nombre del otro rio, Adaja, proviene del árabe “Azdaya” (rio de la Granja). Supongo D. Fructuoso que sabrá que este rio movía las ruedas de la desaparecida Real Fábrica de Algodón construida en 1792 sobre el lugar que ocupaba un molino harinero que llamaban del “Puente Adaja”.

Cuentan también las crónicas que a mediados del siglo XIX los abulenses no podían bañarse en los charcos que el rio Adaja formaba a su paso por el soto  porque las mujeres lo utilizaban para lavar la ropa. Como verá cosa no muy diferente a lo que un siglo después hacían nuestras madres en el pilón de Fuente Buena, con la diferencia de que esta agua era limpia y cristalina. Cuentan que un poco más abajo del puente romano, frente al convento de la Encarnación, un vecino de la ciudad, con una visión mercantilista de la limpieza corporal (ya entonces había emprendedores), montó un floreciente negocio construyendo unas casetas de madera junto al rio, separando a sus utilitarios por sexo pero  reservando algunas para los matrimonios, no para que sirvieran de “vis a vis” (ya me entiende usted), sino para que la intimidad estuviera a cubierta de miradas indiscretas. El precio de los baños dependían del número de veces que los buenos abulenses decidían estar pulcros y aseados, pero el individual costaba dos reales. La mayor aglomeración de clientes se producía entre las once y una de la tarde. Ojala las casetas de las playas de esta país estuvieran tan bien organizadas y baratas. Cuando se lo cuento a mis hijos (no tengo nietos a quien lavarles el cerebro) me dicen que esos son relatos de ficción producto de mi calenturienta mente. Todavía no entienden (que sabrán ellos) que hubo un tiempo en este país que los censores de la moral nos prohibían agarrar de la mano a la novia bajo pena de  excomunión y que darle un beso podía suponer una condena  a sufrir los rigores del fuego eterno hirviendo en las calderas del malvado Lucifer. Por cierto, en algunos sectores de la iglesia nada ha cambiado. ¡Jo, qué país!

Me alegro de que se haya recuperado del todo de la picadura de la medusa y del malestar estomacal y le animo a que siga siendo el justiciero de la ciudad. Charles Bronson hizo lo mismo en varias películas y acabó limpiándola de delincuentes, pero claro, en el celuloide todo es más fácil.

Desde esta tierra de sol y luz le envío un cordial saludo y que la “fuerza le acompañe” para que pueda derrotar a sus enconados adversarios en las incruentas batallas del juego de la “calva” y a los no tan pacíficos en su afán de recordarnos a un héroe de los comics. ¡Yo, Ángel Martin, profeta mayor del reino le auguro un triunfo de record Guinnes!

Envidio su jovialidad así que desde ahora voy a recomendar a los jóvenes que si quieren tener una vejez duradera deben empezar a sentirse viejos cuanto antes. Creo que lo dijo un sabio aunque no se cual y tampoco sé si la cita es literal.
¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios!

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