¿Qué sabes de Vicente Sánchez Pinto?

Lo del reloj y Cortázar. Seguro que ustedes ya saben. “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”. Algo parecido ocurre cuando te hacen entrega de un libro, que te obsequian “un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo”. Y la obligación, qué menos, de leerlo.

Debí de desconfiar cuando le vi llegar con ese libro en la mano. Pero habíamos quedado para tomar café y uno se relaja en esas situaciones. Se esperó al final, lo dejó para el último momento, como ocurre siempre con las emboscadas. “Para ti”, supongo que dijo tras acercarme el ejemplar en cuestión, que parecía reptar por la barra del bar por voluntad propia.

Comparto apellido con el culpable de todo esto: Juan de la Cruz Mayo Garcinuño (aquí su blog). Cuando me quise dar cuenta, tenía en mis manos un libro de Ediciones Destino de 1979. Ni el título ni el autor me sonaban de nada: ‘Las adivinaciones’, de Vicente Sánchez Pinto. En la primera frase de la solapa se señalaba que el autor nació “en un pueblecito de la provincia de Ávila”, sin dignarse a nombrar cuál de todos. Y tenemos unos cuantos. También se decía que la novela había obtenido “una brillante clasificación en la votación del Premio Nadal de 1978”

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Parece que la primera obra de Sánchez Pinto fue un libro de poemas. Trasteando después por Google, vi que esa ópera prima fue ‘Las horas perdidas’ (1969) y que fue publicada por la colección de poesía El toro de granito, el proyecto editorial de Jacinto Herrero.

También se señala en la solapa que posteriormente sacó a la luz una novela larga, ’Los espejos del tedio’ (Ediciones Luis de Caralt, 1971), “recibida elogiosamente por la crítica”. “Y ahora se adelanta a las primeras filas de la novelística española con ‘Las adiviciones’”, añaden en referencia a la trayectoria de este licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca (pocos datos más se aportan, a parte de su formación universitaria).

Como decía, puse el nombre de Vicente Sánchez Pinto en Google. Hay varias páginas en las que se venden algunos de sus libros (los tres ya señalados, solo esos tres) y prácticamente nada más. Sí encontré una mención en un artículo de El País de 1986 dedicado a los Premios Nadal. Se refieren al escritor abulense como el “autor de aquel magnífico ‘Las adivinaciones’, que fuera finalista del premio hace años”.

Poco más conseguí, la verdad. Por eso abordé a Julio Collado, una tarde para preguntarle sí sabía algo de Vicente Sánchez Pinto. Y sí, sí lo conocía. O más bien conocía a su hermano, Carlos, un excelente escritor de cuentos, me dijo. Y otro dato realmente importante: ese “pueblecito de la provincia de Ávila” era Salvadiós.

Saber más de Carlos Sánchez Pinto fue fácil, sobre todo porque cuenta con una página web con mucha información. Descubrí por casualidad que Vicente fue finalista del Premio Nadal una segunda vez, en 1985, por la obra ‘Los desiertos del amor’, una novela que nunca llegó a publicarse. En siete años, dos finales del Premio Nadal (más tarde sabría que fueron más veces… tres o cuatro; es difícil saberlo con seguridad). Después, el silencio literario más absoluto.

Carlos Sánchez Pinto

Carlos Sánchez Pinto

 

A estas alturas, he de reconocerlo, ya estaba totalmente enganchado a una historia que iba reconstruyendo a brochazos. Cada nuevo detalle que conseguía, cada aportación, me despertaba aún más curiosidad, igual que un Detective Salvaje persiguiendo a Cesárea Tinajero o a Benno von Archimboldi (si aman a Bolaño lo entenderán). Por cierto, que Vicente era sacerdote y también militar, en concreto, coronel.

Volvamos a Carlos Sánchez Pinto. Conseguí contactar con él a través de Caldeandrín Ediciones, la editorial abulense que publicó su último libro en noviembre de 2017 con el título de ‘Estampas color sepia’ (dedicado al poeta Jacinto Herrero, de nuevo sale su nombre… y no será la última mención).

En esa primera conversación telefónica y en algún mail que nos cruzamos posteriormente, me habló de su hermano, de cuya muerte, según me dijo, se cumplían exactamente tres años. Lo que me carcomía por dentro era saber por qué dejó de publicar después de tres libros que habían llegado tan lejos. “Quizá lo dejó por aburrimiento, porque conocía el panorama literario y supo que ni editores ni lectores merecían su esfuerzo, su lucha por alcanzar la máxima perfección”, me respondió.

“No quiso, como le aconsejaron más de una vez, descender a la mediocridad para ver sus escritos en letras de molde, volúmenes transportados en pallets y vendidos a peso en supermercados y grandes almacenes”. Desde luego, la prosa que despliega en ‘Las adivinaciones’, el único libro que tengo en mis manos, no es sencillo. Su escritura es tan bella como onírica, precisa pero dilatada, desplegada a través de largas frases e interminables párrafos que no divide en capítulos. Es un torrente de emociones que exige un esfuerzo extra por parte del lector.

Carlos me habló de otros de libros de su hermano. ‘Las horas perdidas’ es, según sus palabras, un “poemario tan sincero que raya en la confesión, con poemas dedicados a don José Luis López Aranguren y a don Alfonso Querejazu, un personaje muy conocido en Ávila con el que Vicente vivió y al que consideró siempre su forjador, de manera que en uno de sus poemas asegura: “Le debo todo, amigos, / a pesar del recuerdo; / pues por deber, diría / que hasta el alma le debo”.

Siempre llevó a su tierra en la boca y en la pluma. De hecho, ‘Los espejos del tedio’, publicado por una editorial catalana, es un recorrido y un homenaje a Ávila. Luego llegaron otras muchas obras, la mayoría inéditas: ‘Cuaderno apócrifo de Bernabé’, ‘El oscuro laberinto’, ‘Los desiertos del amor’ (ya mencionada), ‘El río del olvido’… Es difícil saberlo con exactitud porque Vicente, según cuenta Carlos, corregía sus novelas e incluso las cambiaba el título. En cualquier caso, él calcula que entre 1979 y 1985 su hermano fue finalista del Premio Nadal entre tres y cuatro ocasiones. Se empeñó en ganarlo, pero no lo consiguió. Y ese fue, probablemente, uno de los motivos que provocó que se cansara del mundo que rodea a la literatura.

Se mostró extrañado porque, a estas alturas, alguien se preocupara por la obra de su hermano. “A buenas horas mangas verdes, hubiera chanceado él –me dijo–. Muertos don Cándido Ajo, su máximo admirador, Jacinto Herrero y Domingo Emilio Rodríguez Almeida, pensaba yo que ya no nos quedaban amigos en Ávila”.

“Hemos vivido siempre juntos [los últimos 50 años, en tierras valencianas], pero nuestro discurrir literario ha ido paralelo, aunque a veces hasta los amigos dudan de la autoría, suya o mía, de algún pasaje. Yo siempre estuve convencido de que Vicente escribía incomparablemente mejor, como es lógico, pero él aseguraba que yo lo hacía ‘con mejor fortuna’, puesto que comencé ganando premios que él no pudo obtener, y que mis escritos tenían para el lector una ‘encarnadura’ que él no conseguía en los suyos”. Y añade: “Tenía una extensísima biblioteca, casi toda en francés, que una camioneta se llevó al Museo Diocesano de Ávila”.

NOTA: Pinchando aquí puedes escuchar la entrevista que realicé a Carlos Sánchez Pinto en Cadena Ser Ávila.

Vicente Sánchez Pinto

Vicente Sánchez Pinto

 

 

 

El CIS

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Dicen las malas lenguas que a los de letras no nos gustan los números, que se nos dan mal y que nos mareamos delante de una raíz cuadrada o de una ecuación de segundo grado. Habrá sujetos así, claro, que de todo hay en la viña del señor, pero el anumerismo no es requisito obligatorio para entrar en ninguna facultad. Yo, por ejemplo, hombre de letras desde los cómics de Mortadelo y Filemón, me manejaba bien en ese mundo, me gustaba, y si no desarrollé mayor afición hacía el cálculo fue porque las andanzas de Julio Cesar me parecían más cautivadoras.

Quizá con esto de la nieve, los resbalones, la sal y las palas se les haya pasado por alto que ayer se publicó la última encuesta del CIS. No les culpo, vivimos tantos momentos históricos últimamente —lo de Cataluña, el temporadón del Madrid, el retorno de este blog— que es difícil seguir el día a día. Les resumo someramente el panorama: el PP mantiene la primera plaza y el PSOE la segunda aunque ambos caen, Podemos pasa a ser cuarto a pesar de una leve mejora y Ciudadanos sube con fuerza situándose en tercera plaza. Los naranjas, con viento de cola, aparecen segundos en intención directa de voto, en un triple empate virtual con PP y PSOE roto después de cocinar la encuesta.

¿Y en nuestra provincia, páncreas de las Españas? En Electomanía publicaron ayer un extrapolación de los resultados del CIS por circunscripciones. En Ávila, si mañana fuesen las elecciones y pudiésemos acceder a los colegios electorales aunque fuese con crampones, el PP ganaría las elecciones con un 42% de los votos y Ciudadanos quedaría segundo con un 23%. Los populares obtendrían dos diputados y los naranjas uno, dejando fuera del Congreso al PSOE abulense. Ávila y Lleida serían las únicas provincias en las que los socialistas no obtendrían representación.

Hasta aquí los números, ahora la fantasía. El CIS abre la puerta a un escenario curioso: la victoria pírrica del PP. Los populares, con más de un 40% de los votos, con casi veinte puntos de ventaja sobre el segundo partido, podrían quedarse con solo un diputado. Un leve ascenso del PSOE sobre lo estimado por el CIS, unas décimas apenas, quizá mil votos mal contados, le devolverían el diputado perdido, escaño que arrebataría al PP y no a Ciudadanos. El PP pasaría, en solo cuatro años, de pelear por el tercer diputado a quedarse solo con uno.

Queda mucho, un mundo, para las elecciones y el CIS no tiene en cuenta lo que puede nevar de aquí a entonces, lo que sucederá en Cataluña, o los nombres de los políticos que encabezarán las distintas candidaturas. No es lo mismo un PP con Rajoy y Casado como candidatos por Madrid y por Ávila, que un PP con Feijóo y Rivas camino del Congreso. Y hay unas municipales/autonómicas/europeas de por medio. Y un mundial. Y vaya usted a saber lo que pasa con este blog y la posible incidencia de esto sobre la situación global.

Para que luego digan que los números no son divertidos o que no nos gustan a los de letras. ¡Con los buenos ratos que nos hacen pasar!

Los bárbaros que aspiran a ser conquistados por el centro

Los Bárbaros vivimos en la frontera” es el primer punto de su decálogo. El segundo, apunten, “los Bárbaros vivimos luchando”. Y el tercero ya nos va advirtiendo: “Los Bárbaros aspiramos a conquistar el centro”. El resto lo podéis ver en la web de la compañía Los Bárbaros, la cual he conocido gracias a uno de sus fundadores, Javier Hernando, que acaba de conseguir una de las Becas de Creación Artística de la Fundación Villalar.

Esa dualidad entre interior y periferia, más evidente aún en una ciudad amurallada como la nuestra, me recordó uno de los caballos de batalla del maestro abulense Julio Collado: sacar la cultura del círculo centralizado actual.

Ávila pintada por Daniel Vázquez Díaz, 1935. Museo de Vitoria. [Foto obtenida de ÁvilaRed]

Ávila pintada por Daniel Vázquez Díaz, 1935. Museo de Vitoria. [Foto obtenida de ÁvilaRed]

Hasta que Julio no me habló de este tema nunca me había parado a pensar en que la práctica totalidad de la cultura de Ávila ocurre en la zona centro. Lugares como El Episcopio, el Palacio de Los Serrano, Los Caprotti o Los Verdugo, o la Biblioteca Pública de Ávila, por poner solo algunos ejemplos, concentran gran parte de esas actividades.

¿Qué ocurre con los bárbaros que viven en la frontera? Collado ha presentado una propuesta al Ayuntamiento de Ávila para poner en marcha un circuito cultural por los barrios, con el fin de acercar la programación del Consistorio a estas zonas, en colaboración con las asociaciones de vecinos, los institutos, las bibliotecas, los colegios y otras asociaciones.

Él propone que estos circuitos sirvan para abordar distintos campos: arte, educación, sociedad, religión, política, economía, historia, medio ambiente, patrimonio… Las posibilidades son casi infinitas.

Para ello cree que se pueden realizar charlas coloquio o mesas redondas en los que se profundice sobre estos temas; sin olvidar los eventos cien por cien culturales. ¿Por qué no presentar un libro en un colegio? ¿O realizar un recital poético o una lectura dramatizada en alguna de las bibliotecas municipales? ¿Qué tal un concierto en un centro de acción social? ¿Qué ocurre, en definitiva, si acercamos la cultura a la gente, a los barrios, a sus casas?

La acción debería estar coordinada por el Ayuntamiento de Ávila, con el apoyo, eso sí, de los artistas y promotores culturales de la ciudad. “Para comenzar, sería interesante estudiar qué actividades de las que se programan en el Episcopio o San Francisco pueden llevarse también a los barrios”, afirma Julio Collado. Ahora solo falta dar ese primer paso.

La nevada

IMG_20180107_113008En las novelas negras nórdicas, un subgénero con gran éxito la última década aunque ahora en cierto retroceso, los cadáveres siempre aparecen con el deshielo. Cuando la nieve acumulada durante el largo invierno empieza a perder la batalla contra el tibio sol primaveral, las cunetas, los embarcaderos, las casas abandonadas y los caminos que serpentean entre los tupidos bosques se llenan de policías de oscuro pasado o turbio presente que maldicen en voz baja mientras acordonan con cintas de colores la escena del crimen.

Dicen que ya no nieva como antes, que los inviernos son más cortos y calurosos y los veranos más largos y más secos. Quizá en el norte de Europa no sea así, quizá allí siga nevando como cuando Stieg Larsson era un mozalbete, pero aquí podemos dar fé. Veinte años hacía que no caía una nevada como la de la semana pasada. Dos décadas con todos sus lunes, sus centenarios, sus rotondas y sus fiestas de guardar. Aquella vez fue en Nochevieja, mientras en los hogares se preparaban las uvas y las cocinas se llenaban del olor del asado, y ahora en Reyes, con el roscón aún sobre la mesa. Ya es mala suerte que siempre pasen estas cosas en festivo.

Hace veinte años, la ciudad quedó bloqueada durante días por un manto blanco que tardó semanas en desaparecer y ahora vamos por el mismo camino. Calles intransitables, autobuses urbanos fuera de servicio, comercios cerrados por inaccesibles, placas de hielo en cada paso de peatones y el Instituto Geográfico Nacional cartografiando las montoneras de nieve para incluirlas en sus mapas de relieve. Parece que nada ha cambiado. La misma nieve, el mismo frío, el mismo cabreo.

Convengamos, aún embargados por el espíritu navideño, en que la gente —en minúscula para no tener que pagar royalties a la Pablo Iglesias Corporation— no está excesivamente contenta con la gestión consistorial del asunto. Incluso dejando a un lado la espinosa cuestión del parque móvil familiar (o no) del primero de los abulenses, al alcalde y a su equipo le deben haber pitados los oídos estos últimos días como si viviesen sobre una fábrica de vuvuzelas. Falta de previsión, falta de información, gestión ineficiente, comentarios desafortunados, incapacidad para tomar decisiones, caos y destrucción. Al alcalde solo le ha faltado, para redondear su semana mágica, posar con el ministro Zoido y con Gregorio Serrano, el alter ego del sevillano al frente de la DGT, junto a una quitanieves con una sonrisa y un salero en cada mano.

Hay críticas más acertadas que otras. Sí, el ayuntamiento ha reaccionado tarde y mal. Sí, al ciudadano se le informa más tarde y peor. Y sí, esa sensación de que hay ciudadanos de primera y de segunda, zonas de la ciudad que reciben mucha atención y otras, no precisamente las menos pobladas, que solo atraen los focos y la sal cuando en las primeras no queda un copo de nieve que echarse a la boca, es compartida. Pero quizá no es razonable pedir al Ayuntamiento que cuente con doscientas quitanieves y dos mil infantes de marina en un almacén para actuar solo una vez cada veinte años. Nada es gratis y bajar impuestos iba en nuestro programa.

Siempre se ha dicho en los mentideros de la Corte —y aquí la Corte es del tamaño de un patio de vecinos mediano— que la nevada que sufrió la ciudad hace dos décadas le costó el puesto a la entonces alcaldesa, María Dolores Ruiz-Ayúcar. Cierto es que entonces las elecciones eran a los pocos meses de la nevada y ahora, por suerte, apenas se vislumbran en el horizonte, pero quién sabe si cuando terminé de deshacerse la nieve no encontraremos debajo una carrera política. O varias.

MysticWorld (Capítulo II)

Viene de Mysticworld.


Joder. Mierda. Joder

Era verdad. Todo era verdad.

Tengo que reconocer que pensaba que todo era gilipollez, una tontada, una broma. Que no había carta, ni viajero, que Eilín era tan solo un producto de mi imaginación y que lo que estaba a punto de terminar era este blog y no la vida en la Tierra.

Joder. Vaya movida.

Son las ocho de la mañana. Escribo estas líneas en el salón de casa, muerto de frío a pesar del brasero y del batín de guatiné. Mi pareja duerme en la habitación ajena a todo, a lo que sucedió anoche y a lo que va a suceder. Ojalá poder dormir a su lado.

Ayer por la noche salí de cena navideña con algunos amigos. A eso de las tres, en un bar del centro de Ávila de cuyo nombre no me acuerdo, un tipo con unas gafas de sol que apestaba a Brummel se me acercó mientras pedía unas cervezas. “Tengo que hablar contigo” me dijo, “es muy importante”. Le ignoré, por supuesto. Pagué mis consumiciones —carísimas, por cierto— y volví con mis amigos. Al rato, el extraño se volvió a acercar, esta vez mientras esperaba mi turno para jugar a los dardos.

—De verdad, es muy importante. Una cuestión de vida o muerte.

—Mire, caballero, no sé quién es usted, si quiere venderme una enciclopedia, pedirme dinero para los desplazados de la última guerra colonial del Imperio Austrohúngaro o mi firma para la independencia de Tabarnia, pero déjeme en paz.

—Me llamo William John Paulus Von BlackWell, yo dejé la carta en el buzón de Trapseia.

—Como si es usted Rita la Cantaora y viene de cantarle unas jotas al Papa de Roma.

—Tú eres el del blog —insistió

—Me debe usted haber confundido con Willy, que es bajista en un grupo de rock.

Si le hubiese hecho algo de caso quizá ese nombre tan extraño me habría llamado la atención. O quizá no. ¿Ustedes se fiarían de un tipo que lleva gafas de sol a las tres de la mañana en un garito de mala muerte y que dice llamarse William nosequé? Perdí de vista al tipo y me olvidé de él. Los dardos no se me dieron bien, como siempre, y la cerveza me da cada vez más sed. A las cinco de la mañana, cansados como perrinos chicos, empapados por la lluvia que aún sigue cayendo al otro lado de la ventana mientras escribo estas líneas, nos despedimos de unos amigos frente a San Vicente y mi pareja, yo y otros dos amigos nos encaminamos por la calle San Segundo hacia la zona sur de la ciudad.

Al pasar por delante del arco de la Catedral, el tipo de las gafas de sol me agarró del brazo.

—Suélteme si no quiere que llame a la policía —le dije bravucón.

—No va a llamar a la policía. Me escuchará y me creerá —contestó con seguridad.

—¿Y usted cómo sabe eso?

—Porque esto ya ha sucedido. Está en todos los audiolibros de Historia allí de donde vengo.

“Madre mía, ya me ha tocado el loco” pensé. Notaba a mis espaldas las miradas expectantes de mi pareja y de mis amigos y en el brazo las uñas de mi interlocutor.

—Mire, yo…

—Escucha, Alberto —me interrumpió—. Dentro de tres segundos sonará un petardo a tu izquierda, en la plaza de la Catedral —sonó—. Ahora, un Seat León rojo matrícula 4528FJK nos pasará por tu derecha —así fue—, y ahora tu pareja te preguntará si va todo bien, tu le dirás que sí y que tienes que hablar conmigo.

—¿Va todo bien, Alberto? —preguntó mi pareja.

—Sí, claro. Tengo que hablar un momento con este señor —respondí con el corazón en el puño. ¿Quién era aquel tipo?— ¿Nos sentamos en un banco en El Grande?

—Claro, eso es lo que ponen los audiolibros de Historia —me contestó el desconocido con una sonrisa.

Ya sentados, bajo la lluvia, no muy lejos de donde esperaban pacientes mi pareja y amigos, el desconocido extrajo un papel doblado del interior de su cazadora. El suelo brillaba reflejando el dorado árbol de la Lotería y a mis espaldas, San José permanecía tumbado en el suelo, vencido por la borrasca Bruno.

—Dentro de unos años —dijo William John Paulus Von BlackWell, aka el de las gafas de sol, de aquí en adelante WJPVBW, mientras desdoblaba el papel—  todo esto habrá desaparecido. Es una pena, porque ni la mejor simulación puede reproducir lo que se siente estando aquí sentado.

—Frío —contesté.

—Bueno, eso está bastante logrado. Me refería a otras cosas. —WJPVBW terminó de abrir el papel y me lo entregó. A pesar de las apariencias, no era un papel normal. Las gotas de lluvia resbalan por su superficie sin humedecerlo—. Echa un vistazo a esto.

Era una portada del Diario de Ávila. 13 de febrero de 2051. A cinco columnas, el titular rezaba “Los últimos abulenses dejan la ciudad. Ávila dejará de existir mañana”.

—Guau —exclamé.

—¿Sorprendido?

—Claro, ¡el Diario sigue publicándose en 2051! ¡Y en papel!

—Bueno, en realidad lo he impreso de internet y hace muchos años que lo edita Mercadona.

—Ya decía yo.

—Bueno, ha llegado el momento de que te cuente como he llegado hasta aquí.

—No me lo digas ¡Un agujero de gusano!

—Algo así. Nosotros lo llamamos conexión en paralelo.

—Vaya cagada de naming.

—Pues es algo increíble. Las simulaciones, la realidad virtual y los procesadores cuánticos de 7 fases han llegado a un grado de desarrollo asombroso. Hemos logrado que el universo se combe sobre si mismo y que sus pliegues, al chocar en plano con los vértices nurticos de las simulaciones…

—No te sigo.

—Oh, perdona. A veces me emociono —WJPVBW reflexionó durante unos segundos—. Lo que quiero decir es que las simulaciones por ordenador han convergido con la realidad y en el futuro, en determinados momentos, en puntos muy concretos, podemos dejar la realidad virtual para introducirnos en la realidad real.

—Vaya —no me había enterado de nada pero sonaba cautivador.

—A través de una simulación de este presente hecha en el futuro he llegado de verdad desde el futuro a este presente.

—¿Y por dónde has entrado?

—Por el baño de caballeros de la biblioteca pública.

—Vaya.

—Tenías que ver la simulación de Eilín, los baños huelen exactamente igual. Es asombroso —me dijo con un brillo en los ojos que no supe identificar. Quizá emoción, quizá asquete.

—¿Eilín?

—Eilín existe. Ella creó la simulación, ella envió a tu cerebro el relato con el que ganaste el certamen de Ávila Abierta.

—Quedé segundo —le corregí.

WJPVBW dudó.

—Pues eso no es lo que pone en los libros de Historia. Bueno, un detalle menor —dijo finalmente—. Eilín me ha enviado para salvar a la humanidad.

—¿La humanidad ha desaparecido?

—Estamos en las últimas. De las seis colonias extrasolares, solo dos sobreviven y a duras penas.

—¿Y cómo pretendes que salvemos a la humanidad del futuro?

—No lo sé.

—Ah, pues cojonudo.

—Solo sé que el fin del mundo está relacionado con el fin del blog.

—¿De Los4Palos?

—Así es. El fin Los4Palos es el inicio del declive de la humanidad.

Reflexioné durante unos segundos. A lo lejos, mi pareja me miraba. Podía notar como su ira crecía a medida que la espera hacía bajar su temperatura corporal. Seguía lloviendo y las gotas de lluvia empapaban mi melena y mojaban ya mi torneado pecho a través de mi cazadora y mi camisa.

—Espera un momento —dije—. Yo he visto muchas series con viajes en el tiempo y tal. Y tú me has dicho cosas que ya han sucedido. Todo esto ya ha pasado y tú sabes como acaba todo esto, está en tus libros de Historia ¿verdad?

WJPVBW se revolvió inquieto en el banco.

—Sí.

—¿Y bien?

—Es un tema espinoso.

—¿Y bien? —dije subiendo el tono.

—La Historia dice que Carlos y Pablo me matarán mañana y mi viaje no habrá servido para nada. También dice que no habrá más viajes a este presente y que todo lo que se ha intentado hasta el momento, hasta el año 2069, ha fracasado.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.

—¿Y qué haces aquí entonces? Vas a morir por nada.

—Tu hija dice que es nuestra única esperanza.

—¿Mi hija?

—Eilín es tu hija y yo… bueno… yo soy su prometido.

—Joder

—¿Puedo llamarte papi?

Aquello era demasiado para mi. Tenía una hija —en el futuro, es verdad, pero ya me estaba pesando pagarle la carrera— que se iba a casar con un tipo que llevaba gafas de sol por la noche. ¡Y encima el mundo se iba a acabar por haber dejado de escribir el blog y solo nosotros podíamos salvarlo! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién estaba detrás de todo esto? Parece otra de nuestras historias navideñas pero esta vez es real. Real como la vida misma. Real como el Real Madrid o el Real Ávila.

Estaba desbordado. Por eso, hace unas horas llame a Willy y le conté lo que pasaba. Por eso, hasta que sepamos qué hacer, William John Paulus Von BlackWell está con él, lejos de Carlos y de Pablo.

Y ahora no sé si ponerme manos a la obra y salvar el mundo o tomarme un café con unas magdalenas.  

MysticWorld

Últimamente mucha gente nos pregunta sobre el futuro del blog. Amigos, vecinos, familiares, nuestros respectivos peluqueros, viejos comentaristas y hasta antiguos integrantes de este rincón. No tenemos nada decidido y los rumores sobre nuestra vuelta han sido claramente exagerados. Todo se andará.

Lo mismo pasa respecto al relato navideño, añeja tradición que nos ha regalado grandes momentos pero no muchas visitas. ¿Habrá este año? Pues no lo sé. Estamos a día 27 y no hay nada pensado. Respecto a esto, agradecer desde aquí a Trapseia sus ánimos y sus buenas intenciones lanzándonos el reto de continuar unas líneas de su buzón. No sé si podrá ser, pero muchas gracias, de verdad. Sabemos que nos aprecias y que lo haces con buena intención. Por eso nos sabía mal no publicar el texto que nos enviaste, la carta que ese presunto viajero del futuro había dejado en tu buzón. Aquí la dejamos a modo de homenaje y agradecimiento.

“Al principio sólo fue una estrella que se refugiaba en sí misma mientras todo se despoblaba alrededor”.

Así comienza el relato que puedes escuchar desde los vagones de un viejo TRD 594 que, usando las vías que muchas décadas antes cayeron en desuso, te transporta desde la megápolis de Madrid a aquellas inhóspitas y secas moradas de la vieja meseta que ahora han encontrado un nuevo uso.

El propio traqueteo del simulador, las sierras despojadas de vegetación y las dos horas de viaje, ya te invitan al recogimiento.

“Si el alma es un castillo todo de un diamante, que mejor que un edificio en forma de estrella, un lienzo y una muralla para defender el valor de la introspección en estos tiempos tan turbados”

La llegada a la vieja estación es el primer punto de encuentro. Dos robots perfectamente logrados -esta vez, ya me había comentado Eilín, les ha quedado bien el simulador- ataviados como monjes de diversas religiones según hayas rellenado el cuestionario previo, te hacen indicaciones para que les sigas. Pero en silencio, siempre en silencio.

“Donde hubo casas, ni el polvo”, se atreve a exclamar, mientras se quita la alpargata para sacudirse la tierra, el primer robotmonje programado para dejar letras suspendidas en el aire. Entre estatua y estatua -al parecer el último concejal que reinó aquel paraje sufrió una agónica y póstuma fiebre inaugurativa- la ciudad había acabado convertida en una mezcla de ruda arenisca, bronce y vieja piedra.

He levantado la vista para contemplar como se merece el cartel azul eléctrico:

“Ávila 2069, Bienvenidos a MysticWorld”.

Capítulo 11: Se armó el Belén (Fin de #VetustoMan)

Me desperté con la boca fofa, como una tienda de campaña sin varillas. Estaba claro que no habían tenido la delicadeza de devolverme la dentadura postiza a su sitio; ni para eso vale el trafullas de Vitorio. Alguien se desgañitaba a mis pies soltando una perorata, micrófono en mano, a los cuatro vientos. Todo ese jaleo debió de sacarme del estado de ‘choc’ en el que estaba.

O él, allá abajo, o yo nos balanceábamos. Debía de ser yo porque él andaba con los pies bien apoyados en el suelo. ¿Donde diablos estaba? En el Grande, eso parecía claro. Pero la perspectiva era extraña: tenía toda la plaza a vista de pájaro, parecido a lo que debió cotillear durante años la Palomilla. ¡La cosa tenía bemoles! Seguía colgado, cual longaniza, de lo alto de una grúa; ahora a mucha más altura.

No podía moverme porque me habían metido en una especie de molde. Era como si me hubieran convertido en una escultura y solo me hubieran dejado unos agujeros para ver, respirar… y quien sabe si atender otras necesidades (no alcanzaba a verme ciertas zonas). Notaba que me habían puesto con los brazos extendidos, como si fuera una aeroplano. Y que por dentro habían untado algo pringoso, imagino que más yemas del demonio porque seguía atontado y sin fuerzas.

Movido por la curiosidad, busqué mi reflejo en los cristales del edificio de Moneo. Casi me da un perrenque cuando me vi convertido en un ángel. Me habían metido dentro de la figura de un querubín alado (a tamaño natural) que sujetaba con las manos una pancarta en la que se leía: Gloria in excelsis Deo.

Pero la cosa no acababa ahí. También en los cristales descubrí la imagen de mi burro…. o algo parecido. Estaba detrás de mí, también suspendido en el aire, y le habían colocado unas puntas enormes de cartulina pegadas al cuerpo y una larga cola de color amarillo-chillón con luces. intermitentes Habían convertido al pobre animal en la estrella anunciadora.

¿Qué diablos pasaba? Intenté enfocar al voceras de abajo y no tardé en comprobar que era el Barón Dandi dando una especie de discurso a la ciudadanía que se agolpaba por los bordes de la plaza. Algo decía de que las calles estaban limpias, de que había luz por las noches y cosas así. “Una ciudad viva”, creo que dijo.

“Pero no nos debemos conformar con esto, convecinos –continuó–. Ávila se merece más; Ávila se merece todo. Por ejemplo, contar con el belén más grande del mundo… ¡y a tamaño natural!”. Mientras decía eso, extendía sus manos a diestro y siniestro, mostrando las muchas piezas que se extendían por el centro de la plaza, aparentemente sin orden ni concierto.

No podía verlo, pero justo a mis pies debía de estar el pesebre, con La Santa, Adolfo Suarez, el niño del convento de Las Madres y un par de verracos robados con nocturnidad y alevosía. Yo, como angelillo, y mi burro convertido en estrella completábamos la escena.

Lo que había alrededor sí que lo tenía bien a la vista. Decenas de esculturas, antes repartidas por distintos puntos de la ciudad, se congregaban en el belén más horrendo y variopinto que haya existido nunca. El San Juan de la Cruz de la Diputación se había convertido en un zagal que pastoreaba los leones de piedra de la Catedral. Se podía deducir que la Menina del Palacio de los Serrano era una lavandera porque andaba cerca del río, el cual, por cierto, estaba formado por una cantidad ingente de papel aluminio que venía desde la calle Estrada y se perdía hacia el parking subterráneo. Incluso la escultura de Santa Teresa que hay delante de su casa natal había sido trasladada, aunque sin banco, quien sabe si para convertirla en el caganer del nacimiento.

Tardé tiempo en averiguar quiénes eran los Reyes Magos. Era, sin duda, la parte más abstracta de todo el Belén. De hecho, lo adiviné por descarte. Tenían que ser las tres esculturas de rotonda que habían puesto en línea caminito del Portal, un amasijo de formas indefinidas en el que destacaba la majestuosidad de una enorme cremallera. No me pregunten que quién era Melchor, Gaspar y Baltasar porque no sabría qué decirles.

Incluso la Muralla había sido mancillada. Una enorme pancarta la había reconvertido en el Castillo de Herodes, con el patrocinio del primer Año Jubilar Teresiano, según se leía en letras doradas. Los salvajes de la puerta occidental de la Catedral, Gog y Magot, estaban ahora en el adarve, haciendo el papel de simples soldados.

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

 

Cuando el Barón Dandi terminó de hablar, se sentó en una especie de trono, algo elevado, que había colocado en un lateral de la plaza. Imagino que esperaría el aplauso del público, pero en lugar de eso se produjo un silencio incómodo que el propio villano rompió accionando un casete que tenía al lado. Por la megafonía sonó a todo volumen la musiquilla de Cortilandia, Cortilandia. Y entonces la vi. El truhán tijereteaba mi dentadura postiza con su mano derecha, llevando el ritmo de aquella melodía del demonio como si mis dientes fueran unas castañuelas.

Me miró, o eso juraría, antes de bajar un interruptor que tenía a sus pies. Supe que había encendido un enorme foco a mis espaldas porque mi silueta angelical se dibujaba ahora en la Muralla de Ávila. Pero sobre todo lo supe por el terrible calor que empecé a notar a mis espaldas. Al cabrón se le dibujó una sonrisa de puro gusto: pensaba asarme muy lentamente hasta acabar conmigo. Más malo que la carne del pescuezo.

Pensé que debía ser una ocurrencia de Vitorio, ya que su hija se ganaba la vida instalando la iluminación de todo tipo de espectáculos, sobre todo de circo. Lo recuerdo porque siempre estaba diciendo que su pequeña tenía muchas luces y que era la luz de su vida, y chascarrillos así todo el día. Siempre ha sido muy cargante.

Estaba todo perdido y solo quedaba esperar a que ese calor que me abrasaba la espalda terminara lo antes posible con mis carnes morenas. Ya estaba hablando con mi Arsenia, diciéndole que dentro de muy poco volveríamos a estar juntos, que me hiciera un hueco por allí, cuando aparecieron ellas soltando mandobles a diestro y siniestro.

Las monjas de mi residencia salían de todos los rincones y sus hábitos hondeaban entre patadas, puñetazos y saltos imposibles. No atacaban a las personas, claro, solo a las figuritas de aquel belén macabro, que estallaban en pedazos con cada porrazo. Incluso una de las sores trepó por la Muralla con la agilidad de una araña para derribar a trastabiyazos a Gog y Magot. ¡Con qué rasmia atizaban!

El Barón Dandí intentó impedírselo, pero el desgraciado no les duró ni medio asalto. La que debía ser la Madre Superiora le arreó una patada voladora que le hizo saltar todos los dientes, los suyos y los míos. Quedó tirado en el suelo, inconsciente al momento, mientras el aire arrastraba uno de sus fulares como si fuera un globo en la Fiesta de La Santa.

Me emocioné mucho al pensar que me estaban salvando, pero las lágrimas se me secaron (San Crispín, qué sofoquina pasé ahí dentro) al comprobar que no venían a por mí. De hecho, se fueron igual que llegaron y nos dejaron a mi burro y a mí pendulando como dos almas en pena. Luego pensé en el concurso de belenes que organiza el Ayuntamiento, el que todas las navidades gana mi residencia. Parecía que las monjas no estaban dispuestas a perder este año; así se las gastan ellas.

Me estaba socarrando vivo y perdí la consciencia en algún momento. El caso es que cuando volví en mí noté que me estaban bajando de aquellas alturas, aunque, como la cabina quedaba a mi espalda, no era capaz de ver quién manejaba la grúa. Solo al tomar tierra me di cuenta de que eran Luchi y Mariano, dos buenos amigos de la calva, que venían a salvarnos a mi burro (también le habían embadurnado en yemas y andaba con algo de relochera) y a mí.

Aún desde dentro del molde, les di las gracias.

– No nos las des a nosotros. Solo hemos hecho lo que nos ha dicho Vitorio.

Me explicaron que el Barón Dandí había secuestrado a su hija para hacer toda la instalación de luces del belén y que el muy truhán obligó a Vitorio a traicionarme si quería volver a ver a su heredera con vida.

– No se atreve a volver a verte, Fructoso. Dice que no es digno de tu amistad.

Ya arreglaría todo esos jaleos con Vitorio. Ahora lo importante era recuperar líquidos y no se me ocurría mejor cosa que hacerlo con la familia. Les iba a pedir que me sacaran de aquella carcasa angelical y que me llevaran con mi hija, pero entonces apareció la Dulcinea y su vozarrón.

– Yo me encargo de él, chicos.

Y con ella me dejaron. La mujer me arrojó tal y como iba encima del burro, que ya empezaba a recuperarse, y después de trabarme con una cuerda de alpaca que sacó del escote, nos arreó a los dos hacia su casa. Me fijé en que había recogido del suelo mis dientes y se los pasaba de una mano a la otra, jugueteando con ellos como si fueran una patata caliente. Le intenté convencer de que me sacara de aquel armazón en el que me había metido el Barón Dandi, pero no hacía más que reírse y decirme que ya me desempaquetería en privado, poco a poco y por partes, que por lo visto unas partes le interesaban más que otras.

– Si no me sueltas de aquí no podré hacerte nada, guapa –dije utilizando todo mi sex appeal para hacerle entrar en razón.

– ¿Cómo que no? –dijo mientras se daba mordisquitos en el culo con mi dentadura postiza.

– FIN –


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