Nota brevísima sobre el ídolo prehistórico de Lanzahíta

No sé si el tema a tratar tiene entidad suficiente como para merecer una entrada en este egregio rincón. De hecho, mi idea era poner un par de mensajes al respecto en Twitter, pero me he dejado llevar por el romanticismo que aún destilan los blog.

Ayer publicaba Tribuna de Ávila (hoy lo he visto también en Ávilared) una nota sobre la presentación del nuevo número de la Revista Trasierra, editada por la Sociedad de Estudios de Valle del Tietar. Uno de los artículos de misma, el que más reseñaron los medios, estaba relacionado con la aparición de un ídolo oculado realizado en una placa de pizarra. La pieza habría sido hallada de forma casual por un trabajador en el dolmen prehistórico situado en la Dehesa de Robledoso, en Lanzahíta y un primer análisis del mismo ya había sido publicado por la misma revista en su número 7, correspondiente a 2008.

Lo primero que me llamó la atención de la imagen que acompañaba el artículo publicado por Tribuna de Ávila era la hebilla de llavero que le habían endosado al pobre ídolo. Hay que ser gañán, pensé, y así se lo dije a @serzisanz fuente tuitera de la noticia. Lo segundo que me llamó la atención de la foto es que el ídolo parecía de mentirijilla.

Así que, tirado en la cama, en pijama, me puse a buscar información sobre el ídolo. No me costó mucho encontrar el ejemplar de 2008 de la revista (no así el de este año) y comparar las fotos. Se las pongo aquí, juntitas.

idolo

Amantes del patrimonio, todos tranquilos. Nadie le ha puesto una hebilla a un bien cultural con cinco milenios de antigüedad.  Sí, el ídolo que sale en las fotos de Tribuna de Ávila y de Ávilared no es el original.

¿Sabían los periodistas que estaban haciéndole fotos a una reproducción? De ser así, ¿por qué no lo ponen en la noticia. ¿No lo sabían?

¿Los venderán? Si está barato, puede ser un regalo original. ACTUALIZACIÓN: Sí, 10 eurillos. Ya saben qué regalarme

El cadáver momificado de la abuela

Hay cosas que permiten enorgullecerse de ser abulense. Uno de esos motivos es Emilio Rodríguez Almeida, figura que ha sido homenajeada este fin de semana por el Colegio de Arquitectos de Ávila. Un encuentro de expertos y un acto abierto al público han servido para reconocer la trayectoria de, como él mismo se define, una “rara avis”.

Entre esos expertos, se contó con la presencia del presidente de la Accademia Panisperna de Roma, Roberto Savio, quien aprovechó todas sus intervenciones para criticar los recortes que se están produciendo en materia de Cultura en varios países de Europa e insistir en la importancia de que el patrimonio artístico forme parte de nuestra vida.

Lamenta que Rodríguez Almeida sea un personaje “olvidado” en su propia tierra. Al preguntarle por los motivos de esa injusticia, Savio respondió con el siguiente extracto que no me resisto a compartir:

“Yo creo que hoy no hay ningún interés por la cultura en general en las instituciones. Por siete años consecutivos se va reduciendo el presupuesto de Cultura, de mantenimiento del patrimonio artístico, de los museos, etc. En general, se ha cortado todo y se sigue cortando. Y la lógica es muy sencilla. Ávila es una ciudad turística: muy bien, vengan los turistas. Pero ya que todo está (la Catedral está, la Muralla está), ¿para qué vamos a seguir invirtiendo plata en una cosa que ya existe? Ésta es la lógica del sistema. Es, como yo siempre digo, como si yo quisiera vivir mostrando el cadáver momificado de mi abuela a quién paga para verlo. Pasa a ser una cosa momificada que no tiene más vivencia, con el problema de que, si los ciudadanos no se siente parte de este patrimonio histórico, éste pierde su identidad. ¿Qué significa ser abulense respecto a ser… qué se yo… de Málaga? Significa tener una relación con un territorio diferente que el de Málaga, de una historia diferente a la de Málaga. Al menos que se encuentre un sustituto en los partidos de fútbol donde uno se siente del Real Madrid o del Barça y con eso vas a tener identidad”

Estas palabras las pronunció el sábado. Dos días después, el lunes, en la ponencia de Rodríguez Almeida, Savio quiso dejar claro que sus palabras no eran un reproche contra ninguna institución en particular y que su crítica no tenía signo ideológico alguno.

Si hay que hacer este tipo de aclaraciones quizás sea porque, como el mismo avisa, “la política ha perdido la capacidad de visión a largo plazo”. “No hay elaboración de un plan”, ni unas prioridades marcadas de forma clara, y cuando se señalan estas carencias, escuece.

Ya pasó

Pues sí, por fortuna ya pasó. Demos gracias a todos los dioses, desde Atenea hasta los árboles-corazón, pasando por las distintas deidades de las religiones monoteistas mayoritarias; porque al fin podemos retornar a nuestra caduca normalidad. Pasaron las elecciones europeas, aunque sigue con nosotros su resaca, una de esas pesadas que te dejan la lengua pastosa y la cabeza embotada hasta el fin de semana siguiente. Tenemos coletas para rato y la implosión del PSOE dará que hablar durante los próximos meses, pero dejamos atrás lo peor. Pasó también el Mundial, con mucha pena y poca gloria. Es verdad que acaba de empezar, que el Mundial acaba a mediados de julio, pero a la mayor parte de la población se la refanfinfla bastante lo que suceda allí si España está en casa o de camino. Dentro de poco la prensa deportiva, siguiendo el gusto de sus consumidores, volverá a centrarse en lo que de verdad importa: el Madrid y el Barça. Y pasó también el cambio en la Jefatura del Estado. Poco a poco la adulación absurda continua -es el mejor, el más preparado, va a cambiar España, modernidad, futuro, nos salvará de los bárbaros, los nacionalistas y los extraterrestres y aumentará la fertilidad de nuestros hombres- dejará paso a la habitual indiferencia aduladora -es menos campechano que el padre pero mantiene mejor el equilibrio-, el nuevo rey se hará cargo de las tareas habituales de su cargo -codazo, codazo, guiño- y ocupará el lugar que le reserva la Constitución: la estantería.

Como decía, ahora que hemos dejado atrás con alivio estos tres acontecimientos planetarios, podemos retornar todos a nuestros quehaceres habituales. Nosotros también. Vamos a dejar de hablar todo el rato de política para volver a nuestra línea editorial: criticar al PP, comentar lo bien que le quedan las camisas a los concejales de UPyD -esto sobre todo después de cobrar el cheque mensual- y hablar de otras cosas de vez en cuando para que no se note mucho que somos seres despreciables alimentados por la inquina.

Si usted ha llegado hasta aquí ya sabe de qué va este post: de nada en particular. Popurrí de temas, de alegria, de confeti -”paga” Ana Mato-, de enlaces.

Una noticia buena y una mala. La positiva es que acaban las obras de restauración de la Iglesia de San Pedro, una de las joyas del románico abulense y también uno de los monumentos con más problemas de conservación -humedades, descomposición de los sillares, deplazamiento de los muros- desde prácticamente su construcción: en el siglo XIV la iglesia ya amenazaba ruina y se tuvo que reforzar su estabilidad añadiendo contrafuertes y pináculos de granito en el exterior para soportar el empuje de las bóvedas. Para los interesados en este tema, dos enlaces: uno centrado en las obras realizadas en la iglesia a principios de los ochenta (PDF) -para los más jóvenes resultará especialmente interesante comprobar la modificación sufrida por la torre- y otro con un repaso histórico a las distintas reformas y restauraciones del edificio (PDF).

La mala noticia relacionada es que la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, que financia al 50% las obras en San Pedro y que ha financiado a lo largo de los últimos años un buen número de proyectos de conservación e investigación en la región, estudia echar el cierre. Muerta la obra social de las Cajas de Ahorro, la fundación se ha quedado sin fondos. Otra triste réplica del terremoto financiero vivido hace unos años y del que nadie parece responsable.

Para dejarles con buen sabor de boca, una estupenda noticia: la ciencia avanza una barbaridad, incluso en campos donde parece que había poco margen. Un grupo de investigadores, entre los que se encuentra un arqueólogo de esos de mostacho ochentero y pipa –AMOR-, ha descubierto, gracias a la aplicación de técnicas y herramientas molonas, decenas de nuevas muestras de arte rupestre en la región, también en nuestra provincia. En este artículo tienen algunas fotos que son amor rupestre del bueno, entre ellas una de Muñopepe y otra de Ojos Albos. Pueden ustedes llorar de alegría si les place.

Julianus, el primer funcionario de la Junta.

Estas cosas pasan mucho más de lo que ustedes seguramente piensan. Uno de los principales hitos del arte prehistórico se encuentra en una cueva localizada por un cazador mientras buscaba a su perro y, por si esto fuera poco, la primera persona que vio los ahora famosos bisontes de Altamira fue una niña de ocho años en un despiste de su padre. Si una línea de ferrocarril no hubiese cortado la sierra de Atapuerca por donde lo hizo, quizá hoy el Homo Antecessor no figurase en ningún libro de texto y Excalibur seguiría siendo únicamente la espada del Rey Arturo. Centenares de yacimientos han sido descubiertos arando el campo y los museos están llenos de piezas que han salido a la luz después de una inundación, haciendo una piscina o dando un paseo por el campo.

Y así fue, en el campo, confundido con la cabeza de una muñeca, de una patada, como apareció nuestro protagonista, al que han bautizado como “Julianus” en honor del hombre que se la propinó, un vecino de Bercial de Zapardiel llamado Julián.

Julianus

Hechas las presentaciones básicas – aquí Julianus, aquí unos amigos – se me ocurren varios temas a tratar.

El primero, que duda cabe, es la pieza en si. Nuestro invitado es una cabeza de terracota (arcilla cocida), hueca, de unos 12 centímetros y unos 600 gramos de peso. Según los arqueólogos que la han estudiado, teniendo en cuenta la peculiaridad y detalle de las facciones, es el retrato de un hombre real, de entre 60 y 75 años, quizá el patriarca de una familia asentada en la zona durante el S. I o II de nuestra era. Este tipo de esculturas, abundantes en la península, suelen relacionarse con entornos funerarios y con la necesidad de recordar y honrar a los difuntos. De ser así, es posible que Julianus fuese modelado a partir de una máscara mortuoria de cera.

“Es posible”, “quizá”, “tal vez”… sí, ya sé que eso no suena muy científico, pero la arqueología en ocasiones es así. Al ser fruto de un hallazgo casual, la patada de la que hablábamos antes, y no de una excavación arqueológica, la pieza está descontextualizada y la información que a ciencia cierta podemos obtener es tremendamente limitada. Se supone que Julianus tiene relación con un entorno o rito funerario porque otras piezas similares la tienen y se data en el S. I-II porque en la zona se han localizado abundantes materiales de la época: en el entorno de Bercial de Zapardiel se han localizado cinco posibles villas con una cronología que va desde el periodo altoimperial a época visigoda*. ¿Puede ser el esbozo de una escultura realizado por un niño aburrido a finales del S. III? Por poder, puede, pero es más probable lo otro.

Y con esto llegamos al segundo tema a tratar ¿es Julianus, como se dijo en la presentación a los medios**, el primer castellanoleonés al que ponemos cara? ¿El primer abulense que nos mira a los ojos desde el lejano S. II? Evidentemente no. Ni Julianus era abulense, ni era castellanoleonés; de la misma forma que no era funcionario de la Junta, votante del PP o socio del Real Ávila. Llamar “castellanoleonés”, o murciano, a un hombre que pudo vivir hace casi dos milenios es una aberración, un anacronismo, destinado únicamente a llamar la atención de los medios de comunicación y de sus consumidores. Lo mismo sucede cuando se dice que los restos de Atapuerca pertenecen a los primeros castellanoleoneses cejijuntos o se habla de un primate hominoideo localizado en un pueblo de Cataluña como del primer catalán, llevase barretina o no. O cuando, a la hora de definir un yacimiento este se compara con Roma, con Pompeya, con Altamira o Atapuerca. No existe la Roma de la Alcarria, como no existe la Pompeya del Bierzo. ¿Qué es lo que produce estos dislates? No hablo de un caso concreto – Julianus es solo un pretexto para hablar de la problemática arqueológica en general, que quede claro – y no responsabilizo únicamente a los responsables científicos de las excavaciones, víctimas, muchas veces, de la necesidad.

Y cuando hablo de necesidad, hablo principalmente de dinero. La arqueología es cara y solo es económicamente productiva en la medida que es explotable turística (puesta en valor, centro de interpretación, musealización, etc.) y publicitariamente.

Ya no vale con presentar el hallazgo a la comunidad científica para su debate e interpretación. Ahora es necesario que el descubrimiento salga en los medios, para hacer partícipe al ciudadano de él, lo cual es más que comprensible y necesario, pero también porque en muchos casos es la única forma de conseguir financiación para seguir investigando. La viabilidad de las investigaciones arqueológicas está más relacionada con el apoyo político que con la calidad o interés de la investigación. Esto hace que, por ejemplo, muchas actuaciones contemporicen la presentación pública de sus hallazgos para atraer la atención de los medios en sucesivas campañas. Si el verano de 2009 fue especialmente fructífero, presento algo y guardo en un cajón otro par de descubrimientos para poder presentarlos en 2010 y 2011 si esos años no encuentro nada de interés mediático.

En los casos más graves, la necesidad de dinero para continuar excavando lleva a falsear completamente la investigación, como presuntamente sucedió en el yacimiento de Iruña-Veleia. Les resumo, por si no están al tanto. Iruña-Veleia, en la localidad alavesa de Iruña de Oca, antiguo oppidum caristio, es el yacimiento arqueológico romano más importante del Pais Vasco pero, si les suena el nombre, posiblemente no tenga que ver con su significado histórico. La aparición en las campañas de excavacion de 2005 y 2006 de lo que se denominó en su momento “grafitos excepcionales” abrió una triste polémica que acabó con la demostración de su falsedad y el paso por los tribunales de los responsables de la excavación. Es imposible resumir en unas pocas líneas todo lo escrito al respecto, la emoción inicial de los expertos cercanos al equipo por lo revolucionario de los hallazgos, el escepticismo que encontró cobijo en los foros de internet, las sospechas de fraude, la investigación, etc. Aunque hay opiniones para todos los gustos y no todo el mundo está satisfecho con las conclusiones de la comunidad científica, el fraude es evidente. Ya sean o no los directores de la excavación los responsables directos del fraude, la exposición pública de los hallazgos, la búsqueda de impacto mediático y la politización del asunto; convierten a Iruña-Veleia en un caso palmario de ciencia patológica.

El tercer y último aspecto que podemos tratar a raíz de la aparición de Julianus es la conciencia social en torno al patrimonio y la arqueología y la imagen deformada que de ella dan los medios. Por fortuna, ya han pasado los tiempos que retrató Delibes en El Tesoro. Ya no se apedrea a los arqueólogos por ir a los pueblos a “robarles” los tesoros y, en general, la presencia de restos arqueológicos es motivo de orgullo para pueblos y ciudades. A pesar de esto, existen otros riesgos. Si leen las declaraciones del pastor que ha localizado la cabeza de terracota se pueden hacer una idea de por donde van los tiros.

“Cuenta Julián que esta zona es muy rica en material arqueológico y que no es la primera vez que encuentra algo. Anteriormente, «ya había visto antes monedas y una vez un hacha «, ha manifestado este pastor a Diario de Ávila que también ha expresado que «esto de la arqueología es la fiebre del pueblo, como la fiebre del oro en el oeste americano». Así que, siempre va mirando al suelo para cerciorarse de que no se deja ningún tesoro histórico atrás

Una cabeza de terracota no es un tesoro, es una pieza arqueológica, exactamente igual que lo son un cacho de cerámica por bonito que sea, un hueso, un clavo oxidado y una placa de bronce; y fuera de su entorno, descontextualizadas, tienen menos valor científico. Los periodistas no deberían contribuir a esta “fiebre del oro” arqueológica llamando a cualquier cosa tesoro. Tener en casa una colección de restos romanos no es tener un tesoro, es tener un montón de trastos sin valor económico cogiendo polvo y es privar a los científicos de indicios vitales para reconstruir la historia de la comunidad. Respecto a los hallazgos casuales la ley es muy clara: todos los restos materiales con valor histórico son “dominio público”, se localicen como se localicen, y han de ser entregado a la administración*** que puede premiar al descubridor con la mitad del valor del objeto una vez tasado. Valor que, normalmente, es nulo o casi nulo. Nadie se va a hacer rico llevando al Museo Provincial una tonelada de cacharros rotos por muy antiguos que sean e ir haciendo agujeros por el campo para buscar cosas no es un hallazgo casual, es ilegal y acarrea sanciones.

Y hablando del Museo Provincial, y ya para terminar, la exposición de Julianus es una oportunidad excelente para que todos ustedes vayan a visitarlo o revisitarlo. Nos vemos allí.

PS.- La fotografía que acompaña al texto procede de la nota de prensa difundida por la JCyL y el autor de la misma es Francisco Fabián,  arqueólogo territorial de la Junta en Ávila.

* Los arqueólogos responsables de la investigación y presentación afirman que la pieza data de finales del S. I o principios del S.II, lo que la convertiría en el retrato más antiguo de la comunidad autónoma, por delante de una pieza de finales del S. II de la provincia de Palencia. Como digo en el texto, esa zona del Valle del Zapardiel es rica en yacimientos arqueológicos datados desde época altoimperial a visigoda. En La Guirala, punto del que presumiblemente procede Julianus, han aparecido materiales fácilmente datables, entre ellos tres dupondios de Antonino Pío (S. II), Gordiano (S.III) y Constantino (S.IV). Tengo que reconocer que, sin más detalles, no sé qué es lo que lleva a los investigadores a datar la pieza a finales del S. I.

** A pesar de que la pieza fue presentada oficialmente ayer y a que algunos medios hablan de que su hallazgo se produjo hace “algunos meses”, la primera vez que se habló de la pieza fue en Santiago de Compostela en julio de 2011, en un Congreso sobre escultura romana en Hispania. De igual forma, a finales de ese año, un artículo científico daba cuenta de la misma.

*** La Ley establece unos plazos muy precisos al respecto, pero, normalmente, si se actúa de buena fe, no se tienen muy en cuenta. Prima más el agradecimiento al localizador por la entrega e información del descubrimiento que los asuntos legales.

Expoliadores, piteros, ladrones y patrimonio histórico

Es posible que ya lo haya comentado por aquí, pero por si no es así o alguien lo ha olvidado, vuelvo a contarlo. Antes de dedicarme a lo que ahora ocupa mi tiempo, la caza de gamusinos en campo abierto y su cría en cautividad, estuve un tiempo trabajando en el mundillo arqueológico. Ya saben: andar por el campo mirando al suelo, manejo avanzado de pico y pala, realización de agujeros de tendencia cuadrangular según un supuesto método científico, etc. Aunque la realidad arqueológica tiene mucho menos glamour que las películas de Indiana Jones o Lara Croft y, en general, es mucho más mundana que la imagen que se proyecta de ella en los medios de comunicación (no todo es Atapuerca o las campañas en Egipto), la arqueología es una profesión apasionante.

Uno de los mayores problemas a los que se enfrenta el arqueólogo en su día a día, junto a la falta de dinero público y las sobredosis de cerveza, son los expoliadores; personas que, por su propia iniciativa o por encargo, acceden a los yacimientos y roban parte del patrimonio común. En el fondo, “expoliar” y “expoliador” son solo eufemismos de “robar” y “ladrón”. Una variedad especialmente dañina y molesta de esta subespecie humana son los denominamos, en el argot profesional, piteros. Gente en apariencia normal que armada con detectores de metales rastrean los yacimientos arqueológicos perpetrando agujeros allí donde la dichosa maquinita se pone a pitar. Buscan monedas, principalmente, pero muchas veces te destrozan un yacimiento con una agurejo de 50×50 por un mísero clavo oxidado o una tachuela herrumbrosa. (Ojo: no confundir a esta gentuza con los intérpretes de flauta de tres agujeros y tamboril, también conocidos como piteros y a los que mandamos un saludo musical desde aquí)

Por desgracia, parece que esta fea costumbre ha llegado no solo a los yacimientos arqueológicos del entorno de Ávila, donde ya eran conocidos, sino también a la misma ciudad. Esta semana, en las páginas virtuales del recien estrenado medio Tribuna de Ávila, se nos informaba de que el Ayuntamiento iba a comenzar una campaña de concienciación tras detectar piteros en el entorno de las murallas y de otros yacimientos arqueológicos del término municipal. Junto a la celebración de unas charlas, el Ayuntamiento se plantea la edición de un tríptico informativo sobre la necesaria protección del patrimonio. Bienvenidas sean estas acciones y desde aquí, en nuestro indisimulado y conocido afán por aportar nuestro granito de arena en pos del bien común, propongo al Ayuntamiento que el citado tríptico esté ilustrado con fotografías de la villa romana de San Nicolás, del cementario musulmán del Mercadona y del fastuoso hotel de Las Gordillas; ejemplos, todos lo sabemos, del buen hacer de nuestro Ayuntamiento defendiendo nuestro patrimonio.

La verdad es que corren malos tiempo (entre otras cosas) para el patrimonio, en especial en esta comunidad nuestra tan rica en cultura, en arte y en historia; pero tan pobre en lo demás. Las noticias tristes en este campo se han sucedido en los últimos meses. El robo a pico y pala de la escena central del mosaico de la villa romana de Baños de Valdearados, el saqueo del yacimiento de Clunia Sulpicia o el robo de las joyas de la virgen de la Fuencisla, en la vecina Segovia. De estos, tan solo el último suceso se ha resuelto de forma positiva. (Por no hablar, ya fuera de las fronteras de nuestra comunidad, de la desaparición del Codex Calixtinus)

Estos son los casos más llamativos, pero no los únicos. Nuestro patrimonio histórico y cultural desaparece día a día, degradado paulatinamente por el paso del tiempo y el desinterés de ciudadanos e instituciones. La asociación Hispania Nostra, una entidad sin ánimo de lucro nacida en 1976 y dedicada a la defensa y promoción del patrimonio cultural, elabora una lista roja con el patrimonio histórico y cultural en riesgo. Por desgracia, Castilla y León ocupa la cabeza de esa lista con 141 enclaves en serio peligro, de los cuales ocho (en realidad siete y medio, han retirado Extramuros) son abulenses. Junto al ya mencionado Convento de Santa María de Jesús (Las Gordillas) aparecen, por ejemplo, la Iglesia de San Nicolás de Bari de Arévalo, el Convento de Santo Domingo en Piedrahita o el Monasterio de San Jerónimo de Guisando, en el Tiemblo. A la lista le acompañan unas pequeñas fichas con la historia y situación de cada monumento y unas fotos de su estado. Aunque en muchos casos las fotos son pequeñas y no se pueden ampliar, merece la pena darse un paseo por la lista. Es un paseo terrible, un deambular entre ruinas decrépitas que nos hablan de otros tiempos y de nosotros mismos, pero es un ejercicio necesario para tomar conciencia de todas las riquezas que estamos dejando escapar entre los dedos.

Es hora de poner freno, entre todos, a esta situación. La presión ejercida por la ciudadanía y por la Asociación de Madrigaleños en Defensa de su Patrimonio para salvar el Convento de Extramuros es un buen ejemplo. Recuerden: el expolio es un delito. Si ustedes ven a alguien deambulando por la ciudad o por sus alrededores armado con un detector de metales, llamen a la policía.

PS.- La imagen que ilustra el post es de la portada del antiguo Hospital de Santa Escolástica. Parte olvidada del patrimonio abulense.

Ávila: mitos, leyendas e historia acerca de su origen.

Hace poco hablamos por estas páginas virtuales de San Segundo el, según la tradición, primer obispo de Ávila y en la actualidad patrono de la ciudad junto con Santa Teresa. En aquella entrada se tocaban muchos temas de forma tangencial y ya anticipé que algunos de ellos daban para uno o varios post. Bueno, pues ha llegado el momento de recuperar alguno de aquellos temas y tratarlos un poco, solo un poco, más a fondo. En concreto, vamos a revolver un poco en las tinieblas de los orígenes de la ciudad.

AVISO A HISTORIADORES: He resumido. AVISO A NO HISTORIADORES: No he resumido mucho.

En primer lugar, lo siento, Ávila no fue fundada por ninguno de los héroes o personajes históricos a los que se refieren las leyendas que desde el S. XVI al S. XIX se reprodujeron en múltiples libros sobre la ciudad. Ávila no fue fundada por un hijo de Hércules y no lleva el nombre de la mujer del héroe griego. Tampoco fue fundada por Nabucodonosor, rey de Babilonia, cuya presencia por estos pagos se me antoja complicada. El origen de la ciudad y sus primeros siglos son algo más humildes, qué le vamos a hacer.

¿Cúando? Tradicionalmente se ha defendido, algunos investigadores lo siguen haciendo, que en origen la ciudad de Ávila fue un castro vettón, la famosa Obila de Ptolomeo, posteriormente romanizado. El principal problema es que el supuesto castro no ha aparecido por ningún lado a lo largo de 50 años de excavaciones arqueológicas. La primera ocupación estable de la ciudad se data a mediados del S. I a.n.e., un siglo después de la conquista romana de la zona. El origen de la ciudad es, por lo tanto, netamente romano aunque sus pobladores sean mayoritariamente indígenas de la zona.

¿Por qué? El origen de Ávila es romano, sin duda, pero no fue una colonia de veteranos o un campamento militar. El nacimiento y crecimiento de la ciudad está directamente relacionado con la desaparición o agotamiento de la mayoría de los castros de la zona. Tras la conquista romana (Viriato, Numancia y todo eso) la vida en los castros se vio afectada, aunque no de forma traumática. Los castros siguieron existiendo y mantuvieron su modo de vida sometidos seguramente al pago de un impuesto a los conquistadores. Un siglo después, tras dos guerras civiles y un siglo de decadencia económica, la reorganización de la zona impulsó el crecimiento de un pequeño centro administrativo surgido en un cruce de caminos: Ávila. La población original de Ávila es la que abandona los castros cercanos, pero no hay que imaginarse a los soldados romanos empujando a los vettones a golpe de pilum hacia los llanos. El atractivo de un núcleo que crece frente a otros que se apagan es suficiente. Como sucede habitualmente, fue la economía, stultus.

¿Qué? Tenemos un núcleo de origen romano con funciones administrativas pero con población fundamentalmente indígena. Durante su primer siglo y pico de vida, Ávila fue una ciudad peregrina (extranjera) sometida al pago de un tributo (stipendio). Es decir, los abulenses de la época no eran ciudadanos romanos, no tenían derechos de ciudadanía, ni las instituciones ni los edificios propios de una ciudad romana. En el último cuarto del S. I, el emperador Vespaniano concede el ius latii (el derecho de ciudadania latina, un paso por debajo de la ciudadania romana) a todos los hispanos. Vespasiano persigue un doble objetivo: apoyos personales, era una época agitada, y aumentar la recaudación de impuestos. Tras esta declaración, los principales núcleos pasaron a convertirse en municipios, ciudades con las mismas instituciones que Roma, cuyos habitantes eran ciudadanos latinos y cuyas élites podían llegar a ciudadanos romanos tras pasar por las magistraturas locales. ¿Llegó Ávila a ser un municipio? No está claro. A falta de un papelito que nos lo diga a las claras (algo así como “Bienvenido al Municipio de Ávila” a la puerta de las murallas) los investigadores se basan en dos tipos de testimonios para hora de establecer si un nucleo llegó a municipio o no: urbanismo y, principalmente, elementos epigráficos (inscripciones).

Con urbanismo me refiero a la presencia de grandes edificios públicos y cultuales. Alcanzar el estatus de municipio solía significar una reforma a gran escala del urbanismo de la ciudad a la imagen de Roma para adaptarlo a las nuevas necesidades (un Plan E a lo bestia y con mucho mármol, columnas y estatuas). En este punto, Ávila aporta poco. Las excavaciones arqueológicas nos hablan de un cierto esplendor (dentro de sus limitadas posibilidades) a lo largo de los S. I y II de nuestra era pero todavía no ha podido localizarse ningún edificio de porte lo suficientemente importante como para ser un edificio público. Por aquí, agua.

Epigráficamente se buscan dos tipos de indicios: referencias a instituciones municipales o a ciudadanos romanos. En cuanto a instituciones municipales, también agua. O bien no las hubo, o no las hemos encontrado, o sus mandatarios no tenían el afan de protagonismo de los actuales (no hemos encontrado aún el Acvedvctvs Miguel Ángel García Nieto). La única inscripción “oficial” localizada está en la pared de la Ermita de las Vacas y apenas aporta el nombre del emperador (¡y con faltas de ortografía!)

¿Y cómo sabemos que un fulano es un ciudadano romano? Los ciudadanos romanos tenían tria nomina (su nombre estaba compuesto de tres partes: un nombre propio, el nombre de su gens, de su “familia”, y un cognomen) frente a los nombres dobles indígenas y estaban adscritos a una de las 35 tribus romanas. En el caso de los hispanos promocionados por Vespasiano esta tribu era la Quirina. ¿Tenemos alguna inscripción de un abulense que sea ciudadanos romano? Sí y no. Me explico: tenemos dos, pero ambas son inscripciones que se han perdido y que nos han llegado transcritas por fuentes medievales o renacentistas. La primera, en la misma Roma, hablaría de un abulense, un tal Lucio Cornelio Firmiano, llegado a la ciudad tras promocionar en el ejército y presenta muchas dudas. De la segunda, localizada supuestamente en Ávila, ya hemos hablado. Esta inscripción (CIL II 3050) está relacionada directamente con San Segundo pues es la supuesta inscripción que apareció cubriendo la supuesta tumba del supuesto obispo. Dedicada a un tal Quinto Coronio Barbato, de la Tribu Quirina, muerto a los 70 años, acumula tantos supuestos que es difícil usarla como prueba de nada.

Es decir, no tenemos pruebas de que la ciudad de Ávila alcanzase el estatuto de municipio romano, ni en el siglo I ni nunca, aunque intuimos que sería lo más lógico. No hay atestiguado, de momento, ningún otro núcleo en toda la provincia que pudiera alcanzar ese estatus y la lógica nos invita a pensar en la necesidad de un punto administrativo de ese nivel en el territorio.

Por último, tenemos una fundación romana de pequeño tamaño, con fines administrativos, que seguramente llegase a ser un municipio a lo largo del siglo I o II, pero ¿cómo se llamaba? Ptolomeo habla de una ciudad vettona llamada Obila, pero la evolución del citado término hasta el actual Ávila es compleja (lo más lógico sería Uebla, curioso parecido con un río salmantino) y ya hemos visto que por aquella época Ávila no era una ciudad vettona. En las dos inscripciones mencionadas antes se habla bien de Avela (en la de San Segundo) o de Avila (en la romana). Además, en una inscripción procedente de Nava de Ricomalillo, provincia de Toledo, en honor de un tal Maeso se dice de él que es de Avila/Avela. Son pocas referencias, es cierto, pero en todas ellas parece claro que el nombre de la ciudad era Avila o, en su caso, Avela.

Por lo tanto, cuando hablamos del origen de Ávila hablamos de un pequeño nucleo con funciones administrativas, de nombre Avila o Avela, poblado por vettones llegados desde los castros cercanos y que quizá llegó a ser un municipio romano.

Quizá la historia no sea tan llamativa como la leyenda, una fundación de Nabucodonosor tendría más lustre, no hay duda, pero es lo que hay.

Aclaraciones sobre el agitado siglo IV abulense

Deprisa. Corran a su armario y recuperen su sombrero de ala ancha, su chupa de cuero oscura y su mejor látigo. No, no vamos a hablar de ningún tipo de perversión sexual. Hoy es sábado y toca hablar de cultura y, en concreto, de arqueología (el sombrero, el látigo… ya saben… Indiana Jones)

En primer lugar, pedir perdón a aquellos que se habían emocionado pensando que íbamos a tratar de algo más ameno y festivo. En segundo lugar, pedir perdón a todos aquellos que tienen como referente de la práctica arqueológica a Lara Croft (o a Angelina Jolie) y a todos aquellos que desprecian por igual a ambos por ser los antiheroes de una profesión que pretende ser tratada como ciencia.

De vez en cuando (muy de vez en cuando a mi gusto) la arqueología local se convierte en noticia. Evidentemente, ni todo el patrimonio ni toda la historia de la ciudad están a la vista. Una parte se ha perdido para siempre (incapacidad, dejadez, falta de presupuesto, Moneo) y otra parte permanece oculta, a escasos centímetros de las losetas graníticas que pavimentan toda la ciudad o del escaso cesped que persiste en algunos jardines. Por fortuna, las cada vez más frecuentes intervenciones arqueológicas permiten sacar a la luz ese patrimonio, aunque solo sea para conocerlo y estudiarlo y no para ser contemplado. Decía que de cuando en cuando, la arqueología local se convierte en noticia. Esta semana ha sido uno de esos “cuandos” y encima por partida doble. ¡Lo que hace Agosto en los medios! Aviso para arqueólogos e historiadores: he resumido. Aviso para no arqueólogos e historiadores: no he resumido mucho.

Primero. El jueves por la mañana nos enterábamos de los resultados de pequeña intervención en la Plaza del Ejército. Una excavación arqueológica realizada por la Fundación de Patrimonio Histórico dentro de los trabajos de restauración de la Iglesia de San Pedro permitió documentar (la excavación concluyó hace un tiempo) una serie de tumbas datadas entre los S. IV y XVI. Los 30 enterramientos encontrados no suponen una sorpresa, ya que los enterramientos en esta zona están bien documentados desde la década de los 50 (Rodríguez Almeida), pero redundan en algo que creo conveniente señalar: el papel del entorno de la actual Iglesia de San Pedro como un area sacra de la ciudad practicamente durante toda la historia de Ávila. A la vista está la Iglesia de San Pedro, construida en la primera mitad del S. XII, pero antes de ella la Iglesia de Santa María la Antigua, oculta pero a la vista, fue fundada posiblemente en el S. VII como monasterio mixto; y antes de todo esto la basílica paleocristiana (S. IV) localizada en el año 2007 entre ambas iglesias. Es decir, estamos ante un espacio público utilizado con una finalidad religiosa al menos desde el S. IV y seguramente como espacio fúnebre desde antes (la cimentación de la basílica parecía cortar enterramientos más antiguos). Un enclave único en la historia de la ciudad, un lugar donde durante 1700 años ha latido la fe del pueblo y se ha despedido para siempre a los seres queridos.

La segunda noticia llegaba a los medios la tarde del mismo jueves y ocupaba algunas portadas los viernes con titulares, en algunos casos, muy desafortunados. La buena nueva es que las excavaciones realizadas en torno a la puerta del Alcazar parecen confirmar que la actual muralla se configura sobre los restos de otra más antigua que los expertos se aventuran a fechar entre el S. IV y el S. VII. Primero, desmentir titulares. Estos datos no quieren decir que la muralla sea más antigua de lo que hasta ahora pensábamos. Repito. La muralla se construyó en los siglos XI-XII. La muralla de Ávila no es romana ni tiene diecisiete siglos. Lo que aporta esta noticia es que en algunos puntos parece confirmarse que se siguió el trazado de una fortificación anterior de la cual pudo aprovecharse algún resto. Que usted tenga encima de la chimenea una espada del S. XVI que ha comprado en una tienda de antigüedades no convierte su hogar en un palacete renacentista.

En segundo lugar, que la muralla pudiese apoyarse en una más antigua era una hipótesis manejada desde hace tiempo, aunque hasta el momento los datos de los estudios realizados sobre la misma no permitiesen confirmarlo. Vamos, que tampoco estamos ante una revolución. Ni es más antigua de lo que se pensaba, ni los descubierto ahora debe dejarnos ojipláticos. Rodriguez Almeida lleva años apuntando que el origen del cerco medieval es romano, señalando incluso algunos puntos de la actual muralla (principalmente en el lienzo este, puerta de San Vicente incluida) en los que podría reconocerse los restos de la primigenia fortaleza romana. La teoría de Rodríguez Almeida, que fecha la primera fortificación en el S. I d.C, se basa principalmente en criterios tipológicos y formales un tanto discutibles y escasamente respaldados hasta el momento por datos contrastados. A su favor, las aparentemente hiladas romanas de opus quadratum aparecidas junto al famoso verraco empotrado en la base de la muralla en la puerta de San Vicente y asociadas a algunos niveles y un pavimento romano que los autores de las excavaciones fechan en el S. I d.C. En su contra, una gota de lluvía no hace tormenta. Es un dato aislado, de una cronología dudosa y de mucha menor entidad que los cubos y lienzos romanos que el investigador ve integrados en la muralla actual.

Otros autores han defendido que, igual que muchas otras ciudades de la época, Ávila construyó su muralla en torno al S. IV-V. De estos momentos son las murallas de Coria, Lugo, León, Barcelona, Gerona o Veleia. Además, el registro arqueológico de la provincia apunta que esta fue una época inestable que podría justificar la necesidad de levantar un recinto amurallado para proteger la ciudad. Nadie se pone a construir una muralla si no tiene la necesidad de defenderse. Esta hipótesis parece ahora apuntalada por los nuevos datos aparecidos en la Puerta del Alcazar, y quizá por ese “algo raro” de la Puerta de San Vicente que apunta la arqueóloga municipal. (Crítica constructiva: que yo en un post diga “algo raro” va con el tono del blog. Que lo diga Iker Jiménez pega con el tono del programa que dirige. Que la arqueóloga municipal, ante la prensa, diga que vieron “algo raro” queda muy poco científico)

Resumiento. ¿Damos por cerrado el tema y confirmamos que Ávila contó con una muralla tardorromana? Ni mucho menos. Tenemos dos incidicios que apuntan a esa fecha, quizá uno que apunta a una época anterior, y un montón de dudas y de silencios. Hay que seguir investigando para dar una respuesta concreta a los interrogantes que restan. La ciencia es así de aburrida. De todas formas, si los informes de las excavaciones fueran públicos (existe la fea costumbre de no publicar estas cosas) quizá fuese más fácil aclarar ciertas cuestiones como a que niveles están asociados los restos de la fortificación, materiales y obra de la supuesta fortificación, etc. De momento, en cuanto al origen, el siglo IV lleva la delantera y es la posibilidad más lógica, pero no hay nada cerrado.

PS.- Todas estas cosas explicadas en un Museo de Historia de la Ciudad quedarían chulísimas ¿no creen?

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