Todo es fabuloso

¿Se imagina usted a dos medios publicando la misma noticia, palabra por palabra, incluso con la misma foto? Pues eso acaba suceder. El domingo el Diario de Ávila nos informaba en su página dos de que a Rivas, candidato del PP a la alcaldía, le gusta caminar. ¡Albricias! Un candidato de la gente normal, que camina como la gente normal, por los caminos de la experiencia y la vida. ¡Tiene mi voto! Ayer, Tribuna de Ávila, por si alguien tenía alguna duda, nos informaba de que el candidato popular pasea. ¡Qué feliz coincidencia!

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Me dirán ustedes que qué feo eso de plagiar, tranquilos, no es el caso. O sí, pero el autor no se va a quejar. Se trata de una nota de prensa difundida por el PP ¿Es esto para lo que deben servir los medios? ¿Para copypastear las notas de los partidos? ¿Si les envíamos una nota nosotros nos la publican? Tribuna de Ávila nos tiene acostumbrados a estas cosas –las mujeres del PP, los hombres jóvenes conectados del PP, los hombres expertos del PP con una pancarta– pero es una novedad que el Diario se sume a esta bonita moda.

Dejando a un lado esta alineación planetaria de las notas de prensa, igual deberíamos reflexionar sobre el rol de los medios de comunicación en provincias. ¿Qué papel juegan y deben jugar en las ciudades pequeñas? ¿Cuarto poder? ¿Correa de transmisión de las instituciones? ¿Crónica social, sucesos, avisos y farmacias de guardia?

A principios de mes, unas ciento noventa personas, entre las que se encontraban algunos políticos locales y regionales, participaron en la primera jura de bandera civil organizada en la ciudad. El acto costó 4000 euros, a algo más de 20€ cada beso a la bandera. Los medios, a la hora de dar la cifra de participantes, redondearon al alza y hablaron de “unas 200 personas” o de “cerca de 200 personas” y condimentaron sus crónicas con los habituales epítetos jaculatorios. La Cadena Ser, en su página de Facebook, dijo que eran “menos de 200” y en los comentarios a la noticia se formó un entretenido debate sobre si el adverbio “menos” tenía un sentido peyorativo en ese titular, sobre si para ser buenos españoles hay que dar besos a la bandera y sobre la cantidad de tiempo libre que tiene a su disposición la gente para besamanos y comentar noticias en el Facebook.

Muchas veces, leyendo o escuchando los medios locales, uno tiene la sensación de que su visión de la realidad está edulcorada, que sus crónicas buscan no pisar callos, no molestar a nadie, contribuir a la paz social y a henchir el orgullo local. Todos los eventos son un éxito, una maravilla y el público, que siempre es numeroso, siempre se va contento. Y si no es así, que al menos lo parezca. Sin críticas, sin dudas. Pocas son las excepciones.

El pasado domingo se celebró en la ciudad la segunda edición de la Carrera de las Edades del Hombre. Fue un éxito de participación, pero la organización del mismo fue mejorable. Lo primero se señaló, lo segundo, en los medios, se ignoró. La organización ha remitido a los participantes un correo electrónico, que complementa lo expresado en su página de Facebook, en el que se apunta en parte al Ayuntamiento: cambios en las fechas, modificación de horarios, falta de previsión, etc. Sin entrar en el fondo del asunto, ¿no parece lógico que estos problemas tengan un hueco, aunque sea pequeñito, en las crónicas del evento?

Cuando montamos este rincón alguien nos dijo que escribir siempre a la contra es muy difícil, que no se podía estar eternamente criticando. No todo han sido críticas, aunque es cierto que buena parte de lo escrito por aquí lo es; lo que de momento no hemos hecho ha sido copiar y pegar una nota de prensa.

Banda sonora: Todo es fabuloso

Verano rima con ano

Tras varias semanas de calurosa estación -un beso desde aquí para los lumbreras aquellos del “no verano”-, centenares de litros de sudor evaporado y ahora que mi piel abandona poco a poco el color “blanco princesita secuestra”; ha llegado el momento de decirlo: el verano está sobrevalorado. Y mucho. Y no solo por el calor. El verano, en general, es una mierda. La vida se ralentiza, la actualidad se paraliza, los pueblos y las ciudades se llenan de fiestas y festivales para mayor gloria de los fabricantes de bebidas alcohólicas y los informativos de la televisión nos recuerdan, día sí y día también, que hace calor, que las playas están llenas y que ese cacho de roca que hay frente a Algeciras es español aunque no lo sepa. Incluso este blog, primer premio “Angie Merkel” a la productividad sureña, sobrevive en gran parte gracias a la subcontratación y externalización de sus publicaciones. El verano solo puede gustar a los vagos que quieren dejar de trabajar, a los exhibicionistas que necesitan fotografiar sus piernas frente al mar y a los dueños de los chiringuitos costeros, verdaderas catedrales del Spanish way of Life y de la salmonelosis.

El verano está sobrevalorado, como otras muchas cosas. La moda y la estulticia nos han hecho poner sobre pilares de mármol las cosas más absurdas y vacuas.  Deberíamos, por ejemplo, elaborar una lista con los 100 libros más sobrevalorados de la literatura universal. Seguramente muchos de ellos pudiésemos incluirlos también en otra lista titulada “100 libros que tienes que decir que has leído para poder ir de cultureta por la vida”. Lo mismo se puede decir del cine, la música, los cócteles y otras artes. Tener una vivienda en propiedad también está sobrevalorado, como el pelo en la cabeza, el bronceado -en especial el que tira a naranja-, Apple, Gareth Bale, Woody Allen o el amor.

¿Está el amor sobrevalorado? Antes de que a San Valentín y a nuestros lectores más enamoradizos les de un soponcio, puntualizo tan polémica afirmación: no en general, sí en algunos casos concretos. A la mayor parte de nosotros, incluso a los que como yo tienen ligeros problemas de sociabilidad, nos gusta tener a nuestro lado a alguien a quien aburrir con nuestras pequeñas miserias, alguien que nos ponga la mano en la frente cuando tenemos fiebre y alguien que nos haga fotos cuando vamos de vacaciones. Y por muchos sustitutivos que la sociedad moderna haya inventado en las últimas décadas -internet, un termómetro, un trípode- una persona sigue desarrollando mejor ese tipo de funciones. Es verdad que se podría pagar a alguien para eso, pero no realizaría las mencionadas tareas con el mismo cariño: en las fotos se te vería demasiado la tripa, siempre te diría que no tienes fiebre para que le dejases en paz y escucharía tus penas como las vacas ven pasar a los trenes. El amor es imprescindible para según qué cosas. El amor es una senda, un camino, una aventura, una travesía por un mar embravecido, amaneceres y anocheceres, lunas llenas, cuartos menguantes, una canción, un primer beso, una cena a la luz de las velas y, también y sobre todo, una mano amiga para llevar hasta el cuarto de baño un rollo de papel higiénico cuando se ha acabado. El amor es la perfección de las rutinas y la sublimación de la convivencia.

El amor es importante, de verdad, pero utilizamos el término para referirnos a tantas cosas que lo hemos desnaturalizado. A cualquier cosa llamamos amor. Es como la expresión “Partido del Siglo”, que con el tiempo, el uso y el abuso, lo mismo vale para un amistoso entre Ecuador y España que para el combate a muerte entre tu suegra y esa mosca gorda que se mete en el salón siempre a la hora de la siesta.

El amor juvenil, por ejemplo, está sobrevalorado. Estamos en agosto, mes de los amores de verano, los romances estivales y los arrumacos detrás del escenario donde la orquesta contratada para las fiestas del pueblo maltrata una y otra vez los más vergonzosos éxitos del pop de la década pasada. Estas relaciones pueden tener muchos nombres -revolcón, asalto hormonal, furtivismo sexual, prácticas en biología reproductiva- pero no deberían llamarse “amor”. Un poco más arriba en la escala de la madurez afectiva están las apasionadas relaciones adolescentes -no delimitadas únicamente a la adolescencia- que se construyen en base a lemas comerciales, frases copiadas de los guiones de las teleseries, escenas de culebrón venezolano, dramones, sufrimientos varios, príncipes azules y candados en los puentes. ¿Qué tipo de relación sentimental puede asentarse sobre un candado herrumbroso comprado en los chinos? Habría que torturar muy fuerte al tipo que tuvo la brillante idea de los candados. A no ser, claro está, que el sujeto tuviera una fábrica de los mismos. En ese caso tendríamos que felicitarle por su sagaz estrategia comercial y pedirle parte de los beneficios para sufragar la retirada de la chatarra que por su culpa ensucia las barandillas de los puentes. Por cierto ¿tenemos en Ávila un puente con candados?

Este es el amor que vende, que se vende y que está, claramente sobrevalorado. El que inunda los programas de televisión, las películas para adolescentes -tengan lobos, vampiros, momias o no- y los bestseller diseñados para leer en la playa mientras una masajista china, titulada en la universidad de la vida, convierte tus contracturas en minusvalías con derecho reconocido a ayuda pública.

El único amor que me emociona de verdad, y que por contra creo que esta absolutamente infravalorado, es el maduro. Ancianos paseando cogidos de la mano, gestos de cariño infantil pasada la sesentena, sonrisas cansadas pero cómplices, parejas que darían su último aliento por la persona a la que han soportado durante décadas, hombre y mujeres que se abrazan a sus parejas como si fuesen su última salvación, el salvavidas que les impide zozobrar en medio de la tormenta, un madero en medio de un naufragio. Quizá esto venda menos libros y menos palomitas, pero merece la pena luchar por llegar a viejo solo para poder disfrutarlo.

Piensen en ello mientras están de vacaciones, que los que no las tenemos hasta noviembre mantenemos abierto el chiringuito. Sí, han leído bien: noviembre. Quizá eso tenga algo que ver con que se me esté haciendo tan largo el verano.

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