Pensamientos circulares

Años atrás, con el anterior trazado urbano, todo era diferente. Pero empezaron a llegar ellas, las rotondas, y mi vida se fue complicando poco a poco. Al principio, casi imperceptiblemente. Por eso tardé tanto tiempo en descubrir que el origen de mis desgracias eran… ellas. Más concretamente, las 10 glorietas que separan mi casa, en la zona del convento de La Encarnación, de mi lugar del trabajo, en un centro comercial en las afueras de Ávila.

Son sus redondeces las que me están volviendo loco. Una decena de curvas de ida y otra decena de vuelta que me agitan los pensamientos. Por eso las ideas, por muy minúsculas que sean, van creciendo poco a poco con tanta circunferencia, como una bola de nieve que se convierte en una mole de hielo a medida que baja la ladera de una montaña. Llega un momento en que ocupan toda mi cabeza y siento que me va a explotar el coco.

Hoy, por ejemplo, poco antes de salir de casa, he visto que un papel salía del bolso de mi mujer. Como no había nadie alrededor, he cotilleado un poco. Se trataba de una inscripción para unas clases de pádel: nivel iniciación. Me he montado al coche con una sonrisa en la boca sabiendo lo bien que le va a sentar hacer un poco de deporte y, al mismo tiempo, desconectar de todo el estrés diario. Una sonrisa un poco pícara al imaginar también ciertas partes de su cuerpo más tonificadas.

Pero en la primer rotonda, con sus giros derecha-izquierda-derecha, esa idea agradable se me ha volteado en la cabeza. ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Qué oscuros motivos le han llevado a mantener en secreto su propósito de apuntarse a clases de pádel? “Quien oculta, algo esconde”, decía mi padre. “Quien oculta, algo esconde”. “Quien oculta, algo esconde”. “Quien oculta, algo esconde”. La frase se centrifugaba en mi cerebro mientras mi coche continuaba avanzando.

En la siguiente glorieta, quizás inspirado por la enorme cremallera que luce en el centro (la cosa tiene guasa), di por supuesto que mi esposa tenía un amante y que aquellas clases de iniciación le servirían de excusa para verse con él. Unas curvas después estaba convencido de que el sinvergüenza que destrozaría mi familia era el monitor de pádel. Giro a la derecha, giro a la izquierda y giro a la derecha, y ya puedo verla llevando una doble vida, con otro hombre y otros niños esperándola en otra casa. Así que salgo de la quinta rotonda con temblores ante la inminente marcha de mi mujer: “Me va a dejar”, mascullo.

Aunque puede que sea peor. Quizás no vaya a abandonarme. La idea de que ella y su profesor de pádel tienen un plan para matarme se me ocurre por la sexta rotonda, la de la bandera de España. Me la imaginé a media asta por mi funeral. ¿Y si hacen desaparecer el cuerpo? Más curvas para ir asumiendo que, casi con total seguridad, me envenenarán y me descuartizarán para darme de comer a los patos del parque que veo por mi ventanilla derecha. Ya les veo a los dos miserables metiendo a mis hijos en un internado. Y todo sin el más mínimo rastro de remordimiento. ¿Qué les parece que se vayan a vivir al Caribe con el dinero que han cobrado de mi seguro de vida? En cuanto llegue a casa, lo cancelo.

Las lágrimas aparecen en la décima y última glorieta. Mientras aparco, lloro de forma desconsolada, con tanta intensidad que casi no puedo leer el mensaje que me acaba de llegar al móvil. Es de mi mujer. “Cariño, se me olvidó decirte que la niña quiere apuntarse a clases de pádel. Luego te cuento”.


Este relato lo escribí para el libro ‘El mundo según los abulenses’. El Volumen 1, claro, el que se publicó el año pasado. La Asociación ‘La Sombra del Ciprés’ acaba de sacar el Volumen 2, todo un bestseller que ustedes podrán encontrar este fin de semana (y posterior puente) en la Feria del Libro (paseo del Rastro) y también en varias librerías de Ávila.

Once upon a time

Por una vez abandoné los auriculares y decidí escuchar al pasar. Ser un mirón de estados de ánimo, imponerme un trote relajado e ir echando un oído a lo que me iba cruzando. Observar, anotar. Descubrir que Disneylandia no está tan lejos.

Un paseo por San Roque como habré hecho mil veces. Camino de Las Nieves, del Insti de arriba, de Los Mesones, del Grande. San Roque como inicio del viaje.

Una niña canta Hakuna Matata. Ningún problema debe hacerte sufrir. Salta y brinca con alegría. Detrás van sus padres con un verso más selvático de lo que Timón y Pumba aprobarían. Hablan de Le Pen y de si en España podría repetirse algo semejante. Acelero el paso, hay sujetos cuya mención es mejor dejar que se la lleve el viento.

Madre e hijo son el siguiente objetivo de mis pasos… discuten por algo. Me gano una mirada reprobatoria al cambiar un poco de dirección y acercarme. Me hago el distraído mirando al horizonte de ladrillos y afino la escucha. La charla se acalora: ¿Y ahora quién va a pagar la renta, ella? ¿Tú? ¿Yo? ¿Hasta cuando vamos a estar así?  

Dejo los ladrillos, bajo escaleras y me acerco a la otra acera, junto a la calle Milicias. Dos hombres señalan un local vacío pero parecen de mejor talante. No tanto sus mujeres..que aseguran que nunca más van a votar. Ni a unos ni a otros. Entiendo “Cárcel” y “Marbella”. Suficiente. Ya me he distraído mirando a la otra acera.

Una joven señorita mira su teléfono. Arreglada, peinada. Falda, botas. Un retoque más. Se ajusta la bufanda y decide esperar dentro del bar, que seguro hace menos frío. Vuelve a mirar el teléfono pero sonríe. Afortunado truhán el que esté por venir, sin duda.

Nos quedan los niños y los recién enamorados, pienso. Qué difícil es encontrar un optimista en estos tiempos y estas calles.  Nos quedan los niños y los recién enamorados: los últimos reyes sonrientes de este libro de la selva. La esperanza enredada en los matojos de la interminable crisis.

Abrocho mi cremallera, subo la cuesta. Hay partido de fútbol. De esto saldríamos mejor juntos pero hasta el fútbol nos expropia la unidad en este país desmesurado en sus extremos.  Sé que hoy no aporto soluciones. No he venido a guerrear.

No es que antes nuestras charlas fueran el anuncio de la lotería, lo sé. El calvo y sus bolitas no tienen a bien pasar por Ávila. Copos sí, pero de los de hacer frío. Y no puedo dejar de pensar que mi sobrina está a punto de nacer y que definitivamente se merece otras conversaciones a su alrededor.

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* “Antes de la tormenta” de Manuel Galán. Uno de nuestros genios.

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