Clandestinos IV

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La Comunidad del Imagotipo – patente en trámite – en su camino hacia el Lienzo Norte, guarida del mal, lugar donde debían destruir el llavero mágico para devolver la vida, o lo que fuese, a la ciudad; lo tenía jodido. Perdonen el vocabulario amados lectores, pero la épica necesita en ocasiones palabras gruesas. Delante de ellos, Tomás el Blanco y su ejército de orcos zombies zurdos les cerraba el paso. No eran muchos, pero armados con hoces melladas y martillos  herrumbrosos eran peligrosos. Detrás de ellos, buscadores del gobierno de azul pitufo y con gaviotas amaestradas avanzaban para intentar cobrar la suculenta recompensa ofrecida por sus cabezas. “Matar” gritaban los zombies zurdos, “recompensa” respondían los gubernamentales. Y todo bajo la atenta y penetrante mirada del ojo mágico, pero un poco bizco, que vigilaba desde la Torre Oscura de los Guzmanes en nombre del Mal y de su líder en la Tierra, aquel al que no se podía nombrar. Y por si todo esto fuera poco, que como ha quedado claro no lo era, una mujer rubia de procedencia desconocida era rehén de los esbirros de Tomás el Blanco.

(Fundido a negro)

– No – gritó Willyghorn, hijo de Guillermor, heredero de Lujandur, que mantenía algún tipo de lazo sentimental con la rubia – Tú no. No puede ser.
– Entregadnos el llavero único y bajad esas mierdas élficas – dijo Tomás El Blanco – o la rubia no verá amanecer un nuevo día.

Willyghorn, hijo de Guillermor, heredero de Lujandur; que a pesar de ser un poco sensiblero era un valiente, se adelantó un paso para enfrentarse a las hordas de orcos zombies zurdos a pecho descubierto, pero Négrolas le retuvo.

– Tengo un plan – dijo el hereje proscrito, el más guapo e inteligente de ellos, situándose entre sus enemigos – Escuchad – gritó dirigiéndose a los dos grupos que les cercaban – Vosotros queréis matarnos para haceros con el llavero único – señaló a los zombies zurdos – y vosotros – dijo mirando a los gubernamentales – recuperar el llavero y cobrar la recompensa. Es evidente que ambos no podéis triunfar.

Un murmullo de duda recorrió las filas de los enemigos de la Comunidad del Imagotipo.

– Propongo, si no queréis llegar a las manos entre vosotros – continúo el hereje proscrito – una comisión de debate paritario con representantes de ambos bandos para llegar a un acuerdo de entendimiento provechoso para todos. Un pacto de consenso.

Inmediatamente, y entre furiosos asentimientos, orcos zombies zurdos y elementos gubernamentales aparcaron sus diferencias, se olvidaron de la rubia, se sentaron en torno a una improvisada mesa y comenzaron a debatir sobre la creación de la comisión que discutiese como salir de aquella confusa situación.

– Una comisión ¡claro! – dijo el viñetista portador del llavero – ¡Poderoso hechizo!
– Solo hay una pega – dijo pesaroso el hereje – Alguien ha de quedarse con ellos a negociar. Es el precio a pagar por la magia negra.
– Yo lo haré. – Dijo el más alto de ellos.
– ¡Pero morirás de aburrimiento! – exclamó Négrolas.
– Tranquilos – dijo sonriendo el alto – de peores ruedas de prensa he salido. Pero si pereciera, recordadme siempre con una sonrisa y una sonata de algún cantautor blandengue.

Así fue como los miembros de la Compañía del Imagotipo salieron ganando y sustituyeron a un tipo alto graciosete por un rubia seguramente teñida.

Sorteado el paso del Abismo de la Travesía de San Bernardo, el grupo rodeó un par de manzanas de edificios decrépitos, atravesó el bosque oscuro de San Antonio, volvió a pasar frente al sótano en el que se habían reunido originalmente y terminó por llegar, no sin dar antes otro par de rodeos absurdos, hasta el Lienzo Norte, guarida del Mal, hogar del que no puede ser nombrado.

La comunidad, encabezada por Willyghorn, hijo de Guillermor, heredero de Lujandur; penetró lentamente en el Lienzo Norte, iluminados por la aplicación linterna del Iphone 4S de Négrolas, pero a los pocos pasos una legión de seres cuneros del inframundo cayó sobre ellos. Eran la guardia personal del que no puede ser nombrado, un grupo de mercenarios traídos desde los más lejanos confines de la Tierra Media… perdón, que me dejo llevar… traídos de los más lejanos confines de Madrid. La Comunidad desenvainó sus espadas élficas y sus plumas estilográficas y se enfrentaron a sus temibles enemigos que, además de feos, eran mucho más numerosos. Por cada brazo armado de la comunidad, cinco miembros de aquel cuerpo de élite se presentaban a la batalla.

– Son muchos – gritó el viñetista sobre el entrechocar de los aceros. En ese momento, uno de los seres alcanzó a Negrolas en una pierna. Su gritó de dolor cesó cuando otro de aquellos infrahumanos le mordió la yugular con sus dientes perfectos.
– No, Negrolas, ¡noooo! – gritó de nuevo el viñetista.

El hereje se quitó de encima a un par de aquellas cosas – Nota del autor: no me quedan mejores sinónimos disponibles – con un mandoble cruzado.

– No podemos seguir así o fracasaremos – dijo mientras rebana el pescuezo a otro – Allí detrás hay un agujero en la pared – mandoble va – seguramente algún defecto en la construcción. – mandoble viene – Willyghorn y yo les contendremos, pero vosotros dos tenéis que salir de aquí. Tú tienes que tirar ese llavero para que nuestras muertes no sean en vano y tú… bueno… quedaría mal que la única mujer de la historia muriese.

El viñetista agarró de la mano a la rubia, clavó el acero élfico, pero solo la puntita, en el estómago de uno de sus enemigos y se abrió camino hasta el hueco en la pared a codazos y mordiscos. Una vez allí, reptaron a través de la pared hasta alcanzar, por fin, la sala del Destino – aka Sala Sinfónica – donde el llavero debía ser destruído. Cuando se pusieron de pie y se quitaron las telarañas del pelo, el grito agónico de sus compañeros les llegó a través del butrón.

Hoy ha muerto demasiada gente – dijo el viñetista con los ojos hinchados y enrojecidos – Ha llegado el momento de que su sacrificio merezca la pena.

Dio un beso en la frente a la rubia – tan confusa y anonadada como usted, querido lector – y comenzó a subir de dos en dos los escalones para desde allí lanzar el llavero y acabar con aquella historia, pero antes de llegar a lo más alto, algo o alguien le propinó un empujón y lo tiró al suelo. El llavero salió volando y cayó a dos escalones de él, casi podía alcanzarlo, pero al ir a recuperarlo un zapato de piel, seguramente hecho a mano y a medida, le pisó la mano. El viñetista levantó la mirada. Allí estaba él, el que no podía ser nombrado.

– Tú… – dijo el viñetista con desprecio.
– ¿Y a quién esperabas, perriflauta? – contestó el que no podía ser nombrado. Nadie le había visto desde hacía años, incluso había gente que dudaba de su existencia, era casi un ser mitológico, pero el que no debía ser nombrado estaba allí, con un chaqueta azul, unos pantalones de pinzas y una corbata roja – Lo que es y ha sido siempre no debe ser cambiado. Tu cabeza quedará preciosa junto a la de tus amigos sobre la chimenea en una casa rural de Mordor.

Todo parecía perdido cuando el viñetista tuvo una idea. Existía un hechizo, casi tan poderoso como el que creaba una comisión, que podría servirle en aquel momento.

– ¡Mira! – gritó – ¡Detrás de ti! Un cargo vacante.

El que no puede ser nombrado dudó un instante, el necesario para que aflojara la presión de su pie sobre la mano del viñetista. Con un movimiento rápido, este alcanzó el llavero y lo lanzó lo más fuerte que pudo con una preciosa parábola. Una vez en el suelo, un parquet buenísimo, el llavero empezó a fundirse y a emitir destellos de diversos colores como si de una bola de discoteca o de un OVNI se tratase. El que no puede ser nombrado, que seguía buscando el cargo con ansia, escuchó el agudo silbido que empezó a emitir el llavero al deshacerse, y que la extraordinaria acústica de la sala ampliaba, y se giró.

– Hijo de p…

Antes de poder terminar la frase, al que no podía ser nombrado se le descolgó la mandíbula y de sus ojos empezaron a salir cientos de vencejos ensangrentados que inundaron la sala con sus gritos histéricos. Uno de ellos, nublada su vista de ave por la sangre coagulada, tras chocar contra el techo de la sala, también de una madera buenísima, cayó en picado e impactó, con el pico por delante, en la frente del viñetista, acabando así con su prometedora carrera como ilustrador de cajas de cereales.

La rubia, que se había escondido entre dos butacas, esperó mientras el que no puede ser nombrado se consumía entre nubes de azufre, y tras comprobar, golpeándole con un palo, que el viñetista estaba muerto y frío, salió de la sala por el mismo agujero en la pared por el que habían entrado. Al otro lado, los cadáveres de los otros integrantes de la Comunidad del Imagotipo se confundían con los miembros cercenados de docenas de seres oscuros. Una espesa mancha de sangre con tropezones tapizaba el suelo. Habían peleado hasta el final, como héroes o como dementes, si es que existe alguna diferencia, o como una mezcla de ambos conceptos.

Caminó renqueante hasta la salida, apoyándose en un reluciente y aparentemente nuevo paraguas amarillo que casualmente encontró por allí tirado entre picas, espadas élficas, puntas de flecha musterienses, alabardas de vidriagón y una Magnum del 44. Fuera, las luces de la ciudad volvían a iluminar los monumentos por primera vez en siete años, la hierba volvía a ser verde, las barricadas había desaparecido, lucía el sol, las cigüeñas revoloteaban gráciles – dentro de sus posibilidades – por el cielo azul y las notas de una dulzaina y un tamboril llenaban el aire de alegría.

– ¿Estás bien? – Un hombre con el pelo entrecano salió de detrás de un contenedor. – Te he visto entrar antes y… ¿Estás herida?
– ¿Quién… quien eres? – contestó ella, su única frase en el libreto, con la voz entrecorta.
– Soy arquitecto, norteamericano, estaba de vacaciones y… ¿Quieres que te ayude?

El arquitecto le tendió la mano y ella se la dio. Había terminado la pesadilla.

(Fundido a negro)

Ted Mosby terminó de un trago su decimonovena cerveza, eructó y tiró el botellín vacío contra la pared sobre la cabeza de sus dos hijos, chico y chica. Estos, atados al sofá con gruesas sogas y amordazados con malolientes calcetines usados, le miraban confusos y aterrados. Ted, con los ojos inyectados en sangre, apenas podía mantener el equilibrio sobre la silla.

– Y así, chicos, fue como conocí a vuestra madre.

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Capítulos anteriores:

Clandestinos I

Clandestinos II

Clandestinos III

Clandestinos (III)

¿Cuenta con mi Dyc cola? ¡Pero qué tipo de broma es ésta! 

El montaraz de pelos largos se rasgaba las vestiduras, la cazadora y esos guantes que le daban un toque de viajero en el tiempo. Sí, era un sótano. Sin ventanas y chiquitín pero un sotanillo al fin y al cabo. Y en los sotanillos siempre se ha bebido el whisky con agua. Eso de la cola era de infieles o magentas.

La Comunidad del Imagotipo se dispuso a partir. El Hobbit del Corneja se quitó las audioguías de camuflaje y saltó el primero entre las ruinas de la ahora ajada y destrozada Casa de las Carnicerías. La comitiva cruzó presurosa la Calle San Segundo en dirección a las mesones, conciliábulos de bajos fondos donde se rumoreaba que habitaba un tal Pedro el Implacable, más conocido en el ambiente como Pedrolo.

Y llovió y llovió y llovió.

“La calle está mojada” clamaba sin soltar su espada Willyghorn hijo de Guillermor heredero de Lujandur. ¿Sabéis aquello de “Nos mean encima y dicen que llueve”? En Ávila nos mean encima y todos preferimos decir que llueve, que igual, si pensamos, terminan cagándonos y encima será culpa nuestra… ¡O eso diremos…!

“Eso decimos todos” dijo Negrolas sin soltar su iphone. De hecho no lo dijo, lo tecleó. Pero era igual. Se trataba de la Comunidad del Imagotipo que reinaba sobre todas las piedras y pedrolos.

Era 1 de Enero de 2018 y un Citroen C3 aparcaba frente a una cremallera del tamaño de la Torre Eiffel. La ciudad era fantasma, todo estaba a oscuras. Bueno, todo no. ¿Quién necesita farolas habiendo un ojo que todo lo ve?

Desde el Torreón de los Guzmanes la noche se hacía justicia.  Había un ojo en la Torre Oscura, un teléfono que no dormía; y esa fuerza no ignoraba que el viñetero hobbit movía su pesada carga.

La intención era virar hacia el Lienzo Norte por detrás de La Viña pero sus planes se vinieron abajo. El Megane reapareció de repente y detrás de él mujeres orcos de la noche y también buscadores del gobierno. Avanzaban hacia ellos con paso firme e intención de cobrar su recompensa. No les quedaba otra más que retroceder hacia aquel viejo y oscuro callejón antes conocido como la Travesía de San Bernardo.

“No acabaremos en el tanatorio” aseguró el hereje proscrito, arrojando al suelo las cenizas de su viejo carné…

“Yo incendié la ciudad de Badajoz. He pasado noches repasando ruedas de prensa de Alicia García y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron del Museo a una edad a la que la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He ganado premios y cobrado cheques de Bankia que harían llorar a los bardos. Me llamo Albertvothe. Quizás hayas oído hablar de mí….pero no lo valoráis”

El hobbit viñetista se puso a su par y desenfundó su hoja élfica. Los filos brillaban en la noche profunda

– ¡Zombies! 

Era lo que le faltaba a la historia. De aquella vieja sede del Psoe, cerrada desde el último fracaso en las municipales, surgieron un grupo de caminantes.

– “Es Tomás El Blanco… ¡Y no está solo!”

No, pensó el montaraz. No podía ser el final de la comunidad del imagotipo. Pero tampoco el de ella.

“Maldita sea rubia. Dije que te cuidarás…”

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Otros capítulos de la saga:

Clandestinos I

Clandestinos II

Clandestinos IV

Clandestinos (II)

La conversación paró repentinamente cuando uno de ellos, el que tenía cara de viñetista, sacó del bolsillo el objeto preciado, motivo de todas sus esperanzas, y lo puso sobre la caja que hacía las veces de mesa. Un llavero con el imagotipo de la Ciudad de Ávila, ése que presentaron allá por el 2012. El pequeño contorno coloreado de la Muralla abulense brilló en medio de aquel lúgubre sótano.

Los cinco conocían la leyenda que circulaba sobre ese “Imagotipo de Poder”, la profecía (real o no) que a partir de ese mismo momento marcaba los pasos a dar por el grupo. Estaba escrito que bastaba con lanzar el pequeño objeto de merchandising desde la butaca más alta de la Sala Sinfónica del Centro de Congresos y Exposiciones ‘Lienzo Norte’ para acabar con los tiempos de oscuridad.

La leyenda no dejaba muy claro qué pasaría una vez que el llavero tocara el escenario (arrojado, quede claro, desde la última fila de la sala). La profecía anunciaba, así en abstracto, una “nueva etapa de luz y prosperidad”, por lo que cada uno lo interpretaba a su manera. Unos hablaban de un nuevo boom inmobiliario, otros veían en esas palabras la llegada del AVE o la sede del Museo del Prado, e incluso algunos presagiaban el fin de las Yemas de Santa Teresa.

Se miraron unos a los otros. Continuaban en silencio, solo roto cuando el mismo hombre con cara de viñetista dijo: “Yo lo llevaré”. Ya tenían portador. El montaraz de pelos largos fue el primero en responder: “Cuenta con mi espada”. Y el resto hizo lo propio con lo que tenía a mano, en plan… “cuanta con mi iPhone”, “cuenta con mi C3 blanco” y “cuenta con mi DYC-Cola”. Había surgido la Comunidad del Imagotipo.

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Otros capítulos de la saga:

Clandestinos I

Clandestinos III

Clandestinos IV

Clandestinos (I)

Comenzamos, como ya hicimos el año pasado, un relato de ficción compartido entre los cuatro que habitualmente llenamos este rincón de letras. Una forma de comenzar el año algo más relajados y terminar de cargar las pilas para continuar dando caña en 2013. Ya sabéis cómo va. Yo comienzo hoy y una vez publicado algún compañero lo lee y lo continúa como le de la gana… A ver qué sale…

Clandestinos

– Los siento, lo siento de verdad, pero debo irme. Es muy importante que acuda a este encuentro. Lo siento Rubia… Cuídate. 

Se puso su cazadora, se enfundó los guantes, le dio un beso más y salió por la puerta mientras escuchaba a su espalda un tembloroso “ten cuidado”. Mientras bajaba las escaleras no pudo por menos que pensar en cómo habían llegado a aquella situación…

Hacía algo menos de siete años, corría el 2011, parecía muy cercano pero había pasado tanto tiempo… Resultaba complicado encontrarle una explicación. Apenas corría el día 1 de enero de aquel nuevo año 2018 y rondaban las siete de la tarde. Todo estaba a oscuras, parecía una ciudad fantasma. No se veía a nadie por la calle. Pero aquella oscuridad le servía de refugio. Quizá la medida de suprimir toda la iluminación de la ciudad que había tomado el Equipo de Gobierno no era tan mala. Mantener la ciudad sin una sola farola enciendia como medida de austeridad para salir de una crisis que ya se prolongaba desde hacía demasiado tiempo. En cierto modo era como haber instaurado un toque de queda sin hacerlo explicitamente. Nadie se atrevía a pisar esas calles una vez anochecido. El hambre que padecía la antíguamente llamda clase media había convertido los barrios de Ávila en nidos de violencia. Los robos se sucedían a cada minuto, incluso de día, por lo que nadie salía de casa para más que lo necesario y menos de noche.

El ruido de aquel motor le alertó. Pocos podían permitirse el lujo de mover el coche con los precios que había alcanzado el carburante, es más, la mayoría de la gente había abandonado sus vehículos y dejado de pagar el impuesto de circulación, el seguro y aquel otro que instauraron apenas tres años atrás  que obligaba a pagar 50 euros mensuales a todo coche no eléctrico. Se dio la vuelta y descubrió unas luces azules sobre el techo de aquel antiguo Renault Megane doblando la esquina. Menuda mierda, una patrulla. Seguramente la única que patrullaba de noche, al menos en coche, desde hacía muchos meses.

Se tiró al suelo confiando en que no le hubieran visto y que aquel montón de chatarra abandonado que tenía al lado hiciera un buen trabajo y sirviera de improvisada trinchera. Funcionó. Sintió como la patrulla pasaba a su lado sin detenterse, sin ni siquiera aminorar el paso, y se perdía por la siguiente calle. Aguardó unos minutos para estar seguro de que no volvían y se levantó despacio, mirando a ambos lados y decidido a continuar su marcha.

Siguió avanzando por aquella calle en la que antaño se respiraba vida, en la que el pequeño comercio se convertía en el centro de la actividad y que ahora deslucía desolada, vacía y llena de locales abandonados en los que alguna vez alguien ganó dinero. Al fondo del todo la muralla de la ciudad, o eso debía ser… La oscuridad no le dejaba divisarla y tampoco se acercaría tanto como para poder hacerlo. Los intramuros de la muralla eran zonas de acceso restringido desde hacía tiempo y la parte que antes era turística y  recibía visitantes que generaban ingresos a los hosteleros y tiendas de recuerdos ahora era un fortín al que apenas podían acceder unos pocos privilegiados cercanos a los gobernantes de la ciudad, sus familias y cuatro lameculos que siempre pensaron que haciéndoles la pelota les iría bien, ahora ya saben que estaban equivocados y que aquellas promesas estaban vacías. Lo mismo da ser pobre dentro que fuera de los muros, el futuro es el mismo en ambos lugares, la miseria para todos excepto para cuatro elegidos.

Su destino. Aquel era el lugar, había llegado y lo hacía justo a tiempo para esquivar aquel grupo de gente ruidoso que se acercaba hacia él y que seguramente no trajeran nada bueno más allá de navajas y cadenas. Se metió en aquella entrada de garaje para acceder, como habían quedado, por la puerta de emergencia de aquel local que un día disfrutó de éxito mientras la gente aún podía permitirse el lujo de salir de copas. Era el tercero en llegar.

– Llegas pronto… Raro en tí.- Le decían mientras le daban un fuerte abrazo.
– Sí, ya sabes. He querido salir con tiempo por si me encontraba complicaciones. ¿Los otros? ¿No han llegado?
– No, pero aún hay tiempo, tranquilo. Dijeron que vendrían y seguro que lo harán… Espero…

Aprovecharon unos minutos para ponerse al día mientras esperaban la llegada de los otros dos compañeros y conversar acerca de la actualidad política y social de aquella, su ciudad, que cada día era más penosa y triste y donde, cada día les resultaba más complicado vivir…

– Pero tío, les siguen votando… – Decía uno de ellos al tiempo que se escuchaban unos golpes en aquella vieja puerta de emergencia. Abrieron temerosos… Al fin. Eran ellos. Estaban, una vez más, los cinco juntos.

Comenzaron su reunión con la única luz de unas velas para no llamar mucho la atención, estaban en un sótano sin ventanas pero cualquier precaución era poca. Les buscaban y lo sabían. Unos meses atrás, en su última reunión, ya tuvieron que salir corriendo de forma improvisada al aparecer un grupo de buscadores del gobierno que sabían que estaban allí. No en vano, además de los ya conocidos carteles de “Se Vende” y “Se Alquila” que plagaban cada uno de los locales comerciales de la ciudad, el otro elemento que más podía verse en las calles de Ávila eran otros trozos de papel con sus cinco fotos y con una jugosa cantidad de dinero impresa debajo de las letras “Se Busca”.

Conocedores de todo esto y sabiendo que no tendrían mucho tiempo, comenzaron a hablar…

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La saga continúa:

– Clandestinos II

– Clandestinos III

– Clandestino IV

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