MysticWorld

Últimamente mucha gente nos pregunta sobre el futuro del blog. Amigos, vecinos, familiares, nuestros respectivos peluqueros, viejos comentaristas y hasta antiguos integrantes de este rincón. No tenemos nada decidido y los rumores sobre nuestra vuelta han sido claramente exagerados. Todo se andará.

Lo mismo pasa respecto al relato navideño, añeja tradición que nos ha regalado grandes momentos pero no muchas visitas. ¿Habrá este año? Pues no lo sé. Estamos a día 27 y no hay nada pensado. Respecto a esto, agradecer desde aquí a Trapseia sus ánimos y sus buenas intenciones lanzándonos el reto de continuar unas líneas de su buzón. No sé si podrá ser, pero muchas gracias, de verdad. Sabemos que nos aprecias y que lo haces con buena intención. Por eso nos sabía mal no publicar el texto que nos enviaste, la carta que ese presunto viajero del futuro había dejado en tu buzón. Aquí la dejamos a modo de homenaje y agradecimiento.

“Al principio sólo fue una estrella que se refugiaba en sí misma mientras todo se despoblaba alrededor”.

Así comienza el relato que puedes escuchar desde los vagones de un viejo TRD 594 que, usando las vías que muchas décadas antes cayeron en desuso, te transporta desde la megápolis de Madrid a aquellas inhóspitas y secas moradas de la vieja meseta que ahora han encontrado un nuevo uso.

El propio traqueteo del simulador, las sierras despojadas de vegetación y las dos horas de viaje, ya te invitan al recogimiento.

“Si el alma es un castillo todo de un diamante, que mejor que un edificio en forma de estrella, un lienzo y una muralla para defender el valor de la introspección en estos tiempos tan turbados”

La llegada a la vieja estación es el primer punto de encuentro. Dos robots perfectamente logrados -esta vez, ya me había comentado Eilín, les ha quedado bien el simulador- ataviados como monjes de diversas religiones según hayas rellenado el cuestionario previo, te hacen indicaciones para que les sigas. Pero en silencio, siempre en silencio.

“Donde hubo casas, ni el polvo”, se atreve a exclamar, mientras se quita la alpargata para sacudirse la tierra, el primer robotmonje programado para dejar letras suspendidas en el aire. Entre estatua y estatua -al parecer el último concejal que reinó aquel paraje sufrió una agónica y póstuma fiebre inaugurativa- la ciudad había acabado convertida en una mezcla de ruda arenisca, bronce y vieja piedra.

He levantado la vista para contemplar como se merece el cartel azul eléctrico:

“Ávila 2069, Bienvenidos a MysticWorld”.

Capítulo 11: Se armó el Belén (Fin de #VetustoMan)

Me desperté con la boca fofa, como una tienda de campaña sin varillas. Estaba claro que no habían tenido la delicadeza de devolverme la dentadura postiza a su sitio; ni para eso vale el trafullas de Vitorio. Alguien se desgañitaba a mis pies soltando una perorata, micrófono en mano, a los cuatro vientos. Todo ese jaleo debió de sacarme del estado de ‘choc’ en el que estaba.

O él, allá abajo, o yo nos balanceábamos. Debía de ser yo porque él andaba con los pies bien apoyados en el suelo. ¿Donde diablos estaba? En el Grande, eso parecía claro. Pero la perspectiva era extraña: tenía toda la plaza a vista de pájaro, parecido a lo que debió cotillear durante años la Palomilla. ¡La cosa tenía bemoles! Seguía colgado, cual longaniza, de lo alto de una grúa; ahora a mucha más altura.

No podía moverme porque me habían metido en una especie de molde. Era como si me hubieran convertido en una escultura y solo me hubieran dejado unos agujeros para ver, respirar… y quien sabe si atender otras necesidades (no alcanzaba a verme ciertas zonas). Notaba que me habían puesto con los brazos extendidos, como si fuera una aeroplano. Y que por dentro habían untado algo pringoso, imagino que más yemas del demonio porque seguía atontado y sin fuerzas.

Movido por la curiosidad, busqué mi reflejo en los cristales del edificio de Moneo. Casi me da un perrenque cuando me vi convertido en un ángel. Me habían metido dentro de la figura de un querubín alado (a tamaño natural) que sujetaba con las manos una pancarta en la que se leía: Gloria in excelsis Deo.

Pero la cosa no acababa ahí. También en los cristales descubrí la imagen de mi burro…. o algo parecido. Estaba detrás de mí, también suspendido en el aire, y le habían colocado unas puntas enormes de cartulina pegadas al cuerpo y una larga cola de color amarillo-chillón con luces. intermitentes Habían convertido al pobre animal en la estrella anunciadora.

¿Qué diablos pasaba? Intenté enfocar al voceras de abajo y no tardé en comprobar que era el Barón Dandi dando una especie de discurso a la ciudadanía que se agolpaba por los bordes de la plaza. Algo decía de que las calles estaban limpias, de que había luz por las noches y cosas así. “Una ciudad viva”, creo que dijo.

“Pero no nos debemos conformar con esto, convecinos –continuó–. Ávila se merece más; Ávila se merece todo. Por ejemplo, contar con el belén más grande del mundo… ¡y a tamaño natural!”. Mientras decía eso, extendía sus manos a diestro y siniestro, mostrando las muchas piezas que se extendían por el centro de la plaza, aparentemente sin orden ni concierto.

No podía verlo, pero justo a mis pies debía de estar el pesebre, con La Santa, Adolfo Suarez, el niño del convento de Las Madres y un par de verracos robados con nocturnidad y alevosía. Yo, como angelillo, y mi burro convertido en estrella completábamos la escena.

Lo que había alrededor sí que lo tenía bien a la vista. Decenas de esculturas, antes repartidas por distintos puntos de la ciudad, se congregaban en el belén más horrendo y variopinto que haya existido nunca. El San Juan de la Cruz de la Diputación se había convertido en un zagal que pastoreaba los leones de piedra de la Catedral. Se podía deducir que la Menina del Palacio de los Serrano era una lavandera porque andaba cerca del río, el cual, por cierto, estaba formado por una cantidad ingente de papel aluminio que venía desde la calle Estrada y se perdía hacia el parking subterráneo. Incluso la escultura de Santa Teresa que hay delante de su casa natal había sido trasladada, aunque sin banco, quien sabe si para convertirla en el caganer del nacimiento.

Tardé tiempo en averiguar quiénes eran los Reyes Magos. Era, sin duda, la parte más abstracta de todo el Belén. De hecho, lo adiviné por descarte. Tenían que ser las tres esculturas de rotonda que habían puesto en línea caminito del Portal, un amasijo de formas indefinidas en el que destacaba la majestuosidad de una enorme cremallera. No me pregunten que quién era Melchor, Gaspar y Baltasar porque no sabría qué decirles.

Incluso la Muralla había sido mancillada. Una enorme pancarta la había reconvertido en el Castillo de Herodes, con el patrocinio del primer Año Jubilar Teresiano, según se leía en letras doradas. Los salvajes de la puerta occidental de la Catedral, Gog y Magot, estaban ahora en el adarve, haciendo el papel de simples soldados.

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

 

Cuando el Barón Dandi terminó de hablar, se sentó en una especie de trono, algo elevado, que había colocado en un lateral de la plaza. Imagino que esperaría el aplauso del público, pero en lugar de eso se produjo un silencio incómodo que el propio villano rompió accionando un casete que tenía al lado. Por la megafonía sonó a todo volumen la musiquilla de Cortilandia, Cortilandia. Y entonces la vi. El truhán tijereteaba mi dentadura postiza con su mano derecha, llevando el ritmo de aquella melodía del demonio como si mis dientes fueran unas castañuelas.

Me miró, o eso juraría, antes de bajar un interruptor que tenía a sus pies. Supe que había encendido un enorme foco a mis espaldas porque mi silueta angelical se dibujaba ahora en la Muralla de Ávila. Pero sobre todo lo supe por el terrible calor que empecé a notar a mis espaldas. Al cabrón se le dibujó una sonrisa de puro gusto: pensaba asarme muy lentamente hasta acabar conmigo. Más malo que la carne del pescuezo.

Pensé que debía ser una ocurrencia de Vitorio, ya que su hija se ganaba la vida instalando la iluminación de todo tipo de espectáculos, sobre todo de circo. Lo recuerdo porque siempre estaba diciendo que su pequeña tenía muchas luces y que era la luz de su vida, y chascarrillos así todo el día. Siempre ha sido muy cargante.

Estaba todo perdido y solo quedaba esperar a que ese calor que me abrasaba la espalda terminara lo antes posible con mis carnes morenas. Ya estaba hablando con mi Arsenia, diciéndole que dentro de muy poco volveríamos a estar juntos, que me hiciera un hueco por allí, cuando aparecieron ellas soltando mandobles a diestro y siniestro.

Las monjas de mi residencia salían de todos los rincones y sus hábitos hondeaban entre patadas, puñetazos y saltos imposibles. No atacaban a las personas, claro, solo a las figuritas de aquel belén macabro, que estallaban en pedazos con cada porrazo. Incluso una de las sores trepó por la Muralla con la agilidad de una araña para derribar a trastabiyazos a Gog y Magot. ¡Con qué rasmia atizaban!

El Barón Dandí intentó impedírselo, pero el desgraciado no les duró ni medio asalto. La que debía ser la Madre Superiora le arreó una patada voladora que le hizo saltar todos los dientes, los suyos y los míos. Quedó tirado en el suelo, inconsciente al momento, mientras el aire arrastraba uno de sus fulares como si fuera un globo en la Fiesta de La Santa.

Me emocioné mucho al pensar que me estaban salvando, pero las lágrimas se me secaron (San Crispín, qué sofoquina pasé ahí dentro) al comprobar que no venían a por mí. De hecho, se fueron igual que llegaron y nos dejaron a mi burro y a mí pendulando como dos almas en pena. Luego pensé en el concurso de belenes que organiza el Ayuntamiento, el que todas las navidades gana mi residencia. Parecía que las monjas no estaban dispuestas a perder este año; así se las gastan ellas.

Me estaba socarrando vivo y perdí la consciencia en algún momento. El caso es que cuando volví en mí noté que me estaban bajando de aquellas alturas, aunque, como la cabina quedaba a mi espalda, no era capaz de ver quién manejaba la grúa. Solo al tomar tierra me di cuenta de que eran Luchi y Mariano, dos buenos amigos de la calva, que venían a salvarnos a mi burro (también le habían embadurnado en yemas y andaba con algo de relochera) y a mí.

Aún desde dentro del molde, les di las gracias.

– No nos las des a nosotros. Solo hemos hecho lo que nos ha dicho Vitorio.

Me explicaron que el Barón Dandí había secuestrado a su hija para hacer toda la instalación de luces del belén y que el muy truhán obligó a Vitorio a traicionarme si quería volver a ver a su heredera con vida.

– No se atreve a volver a verte, Fructoso. Dice que no es digno de tu amistad.

Ya arreglaría todo esos jaleos con Vitorio. Ahora lo importante era recuperar líquidos y no se me ocurría mejor cosa que hacerlo con la familia. Les iba a pedir que me sacaran de aquella carcasa angelical y que me llevaran con mi hija, pero entonces apareció la Dulcinea y su vozarrón.

– Yo me encargo de él, chicos.

Y con ella me dejaron. La mujer me arrojó tal y como iba encima del burro, que ya empezaba a recuperarse, y después de trabarme con una cuerda de alpaca que sacó del escote, nos arreó a los dos hacia su casa. Me fijé en que había recogido del suelo mis dientes y se los pasaba de una mano a la otra, jugueteando con ellos como si fueran una patata caliente. Le intenté convencer de que me sacara de aquel armazón en el que me había metido el Barón Dandi, pero no hacía más que reírse y decirme que ya me desempaquetería en privado, poco a poco y por partes, que por lo visto unas partes le interesaban más que otras.

– Si no me sueltas de aquí no podré hacerte nada, guapa –dije utilizando todo mi sex appeal para hacerle entrar en razón.

– ¿Cómo que no? –dijo mientras se daba mordisquitos en el culo con mi dentadura postiza.

– FIN –


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Capítulo 10: Corazones de piedra

[Viene de Capítulo 9: De sueños y venganzas]

– Abejarruco llamando a Carbonero Común.

Algo me gritaba por la zona de la entrepierna

– Abejarruco llamando a Carbonero Común, rediós.

Tenía que ser el pesado de Vitorio, que siempre ha sido un simple y un cansino, y se empeñó en ponernos nombres en clave. Era mejor responderle rápido porque no iba a parar hasta que le dijera algo. Saqué el walkie-talkie del bolsillo de pantalón.

– ¿Qué quieres, joder?

– Di “corto y cambio”.

– Cállate un poquito y dime que narices quieres, mangurrián.

– Creo que el Barón Dandi está aquí… y va a intentar robar el
de la Puerta de Alcázar. Ven rápido. Te espero por donde la calle de la Vida y la Muerte.

– Voy para allá. No hagas nada, ¿eh?

– Una cosa más, Carbonero Común.

– ¿¡QUÉ!?

– No vengas con el traje de Vetusto Man que me lo espantas. Vente de paisano.

Salí corriendo hacia la plaza de Banco de España. Yo estaba echando un ojo al verraco que hay a la puerta del Palacio de los Verdugo, así que no tarde ni dos minutos en plantarme donde estaba Vitorio. Como mucho tres porque tuve que parar a quitarme la capa, las botas, la boina de incógnito y mis armas mortíferas, y dejarlas escondidas debajo de un coche.

Verraco

Cuando llegué, me señalo una sombra que, a unos 10 metros del animal de piedra, andaba en pequeños círculos. Parecía nervioso. Desde donde estábamos escondidos, tras el esquinazo de la calle de la Vida y la Muerte con Don Gerónimo, no podía verlo bien. Además, estaba cansado. Era la cuarta noche que nos pasábamos en vela el Vitorio y un servidor, con los walkie-talkie en ristre, de ronda por la ciudad para controlar que no nos tocaban los verracos.

La patrulla la completaban mi burro, a quien dejaba libre toda la noche con la esperanza (es más listo de lo que parece) de que nos ayudara en la tarea. Había mucho que vigilar: los que hay dentro del almacén del Museo Provincial y de la Diputación, varios repartidos por la Muralla (¿se atrevería a perforar nuestra querida Muralla?), alguno que había quedado para decorar rotondas… El Barón Dandi podía elegir.

Y ahora teníamos a un sospechoso rondando uno de esos bichos de piedra en plena madrugada, dando vueltas a su alrededor como un sereno, sin quitarle ojo en ningún momento. La verdad es que el serrano parecía alto y delgado, como dice la copla que cantábamos de niño. Pero resultaba imposible verle la cara porque se protegía del frío con un llamativo fular.

– Es él –le dije a Abejarruco Sentado–. Me cagüen en la burra balán; es él.

– ¿Cómo lo sabes?

– Su escudo, ¿te acuerdas? Lo que siempre pone encima de la firma: dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores.

Pensé en arrogarle un marro desde allí mismo, pero había dejado las armas y el traje tirados por ahí. Cogí un pedrolo del suelo y, cuando estaba dispuesto a tirárselo directo a la cabeza, el Vitorio me paró los pies.

– ¿Qué haces, animal? ¿Y si no es él? A su tiempo maduran las brevas. Tenemos que esperar a que intente robar el verraco para estar seguros y no desgraciar a un pobre inocente por llevar un fular.

Justo en ese momento apareció por la puerta del Alcázar un camión grúa. Casi parecía que la muralla se tragaba aquel vehículo de lo justo que entraba. Avanzaba muy despacio y con muchas maniobras. Luego se metió hasta la fuente, bordeando la fachada del Banco de España, se dio la vuelta y siguió marcha atrás hasta el verraco.

El conductor se bajó del camión y fue recibido por el sospechoso de los fulares, que se acercaba así, ya sin complejos, hasta su víctima de piedra. Al instante habían llenado al verraco de cadenas y lo subían al camión como si fuera un jamón de recebo.

– ¿Ahora ya podemos ir a por ellos, no? Pinta de ángelitos no tienes –le dije a Vitorio mientras me remangaba.

– Claro, sin piedad. Yo iré por delante y los distraeré. Tú vas por detrás, recuperas el verraco y les atacas, que para algo te pico la medusa.

Cuando llegamos hasta allí ya se montaban los dos malandrines en la cabina para marcharse con su botín. Era sorprendente lo rápido que lo habían hecho todo. El camión empezó a moverse, pero se paró después de avanzar un puñado de metros porque apareció Vitorio frente a él. No sé qué paparruchas les contó (no le entendía desde donde yo estaba), pero consiguió que el vehículo se parara.

Siguiendo el plan trazado, fui por la retaguardia. Subí a la caja y liberé al verraco de sus cadenas. Estaban pringosas, pero con la adrenalina del momento no le di importancia. Luego intenté trincar al animal del pescuezo para bajarlo al suelo. Sin embargo, se me resbalaba como un pez untado en manteca por culpa de esa misma porquería que lo envolvía todo. Además, las fuerzas empezaban a fallarme, así que era fácil imaginar de qué sustancia se trataba.

– Me he gastado 20 cajas de yemas para embadurnarlo bien todo, amigo. No digas que no me he tomado molestias en acabar contigo.

El Barón Dandi me hablaba desde el techo de la cabina, observándome con curiosidad. Se había abierto la gabardina para dejar entrever un chaleco floreado.

– Pobrecillo. No tienes armas, ni fuerzas, ni veneno, ni ventosas, ni nada: reducido a una viejo enfermo en cuestión de segundos –continuó mientras bajaba a donde yo estaba y empezaba a atarme con unas cuerdas también pringosas-. Desde aquella vez que te visité en la residencia con el otro… ¿No te acuerdas? Desde ese día me pareció muy curioso la reacción que provocan en ti las yemas de Ávila. Muy curioso, sí señor.

Trate de recordar, pero… ¡San Crispín, cómo me dolía la cabeza! Intenté escupirle con desprecio, pero ni eso pude. El hilillo de baba se me quedó colgando de la barbilla y la dentadura postiza se me calló el suelo. Él se descojonaba.

– La medusa es el único bicho capaz de estropear un bonito día de playa, ¿te has dado cuenta? Hasta los niños quieren acabar con vosotros y os dan caza con una sacadera y un cubito. Nadie os quiere, tengo que ser sincero contigo. Intenté avisar a la ciudadanía voceando tus trapos sucios a la prensa, de verdad que lo intenté con todas mis fuerzas.

– ¿Cómo sabias tantas cosas sobre mí? –solté entre resuellos. Me costaba mucho hablar, pero tenía que tirarle de la lengua para ganar tiempo. Aún quedaba un motivo para la esperanza.

– Uno tiene sus fuentes, ¿sabes?

Noté que alguien por detrás me empezaba a poner unas cadenas. Intenté darme la vuelta para verle la cara, sin resultado porque rápidamente me prendieron al gancho de la grúa y me subieron unos metros. Hasta que no estuve allí arriba, como un pimiento en una romana, no vi a Vitorio. El muy sinvergüenza, más falso que una mula romera, era incapaz de levantar la vista del suelo. El Barón Dandi le daba cachetadas cariñosas en el hombro mientras lanzaba su risa malvada.

– Os recomiendo que acabéis conmigo ahora mismo, porque ni cien inútiles como vosotros pararán a mi asno cuando se entere de esto… y no tardará mucho –les dije de pura rabia, enseñando mis cartas como un idiota.

– Ya, tu pobre burro… –respondió mi archienemigo–. Déjanos a nosotros encargarnos de tu pobre burro.

Luego debió de darme un soponcio o algo así porque todo se volvió negro y sueño.


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Capítulo 9: De sueños y venganzas

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Él siempre había querido ser un superhéroe. Con pocos años, quizá siete, su tío, el hermano de su madre que se había ido a vivir a Madrid poco tiempo después de la guerra, le había regalado su primer cómic: “La Fortaleza de la Muerte con Ciclón el Superhombre”. Era una edición amarillenta y quebradiza de uno de los primeros tebeos de Supermán, rebautizado por la censura como Ciclón, publicados en España durante los años 40. Al parecer, se lo había regalado alguien del Ministerio —su tío trabajaba en uno de ellos, tal vez el de Agricultura— y a su primo Diego, cinco años mayor que él y un poco imbécil, no le había interesado demasiado.

Él, al contrario, devoró aquellas páginas con fruición, las releyó cientos de veces y memorizó cada uno de sus diálogos. Aquel fornido muchacho de capa azul y roja y calzoncillos negros llegado desde Crypton se convirtió en su mejor amigo, su héroe, el espejo en el que mirarse, un ejemplo a seguir. Aunque cada vez que su tío les visitaba, lo que sucedía de higos a brevas, no perdía ocasión de agradecerle su regalo, decirle lo mucho que le gustaba y rogarle, al borde del llanto, que le trajese más cómics, tardó años en conseguir un número nuevo de las aventuras de Ciclón, ya por entonces Supermán. No son fáciles de conseguir, le decía su tío mientras le frotaba la cabeza, ¿no prefieres alguna novela de Camilo José Cela? Dicen que “Tobogán de hambrientos” está muy bien, aunque no llegue a ser “La familia de Pascual Duarte”.

Pero él ya estaba mayor para toboganes, un poco fondón para encuadrarse entre los hambrientos y no tenía el menor interés en el tal Pascual o en su familia. Él quería tener superpoderes, volar, rescatar a damiselas en apuros, luchar contra el mal, salvar el mundo, levantar autobuses amarillos con sus propias manos y frenar trenes llenos de pasajeros al borde de un precipicio. Quería enamorar a la chica guapa, hacer rabiar a los malos, recibir los aplausos de la gente y lucir abdominales de impresión.

Cuando tenía 19 años, pocos meses después de empezar la universidad en Madrid, su madre decidió tirar su colección de tebeos a la basura. Estaban viejos, le dijo, algunos rotos, y ya eres mayor para estar leyendo estas tonterías ¡En qué día te regaló tu tío el primero!. Aquel día su madre había decidido acabar con su infancia y reciclar sus sueños. Nunca se lo perdonó, nunca lo olvidó.

Evidentemente, ahora todo aquello —su madre, su tío, sus primeros tebeos— quedaba muy lejos. Estaba contento con su vida. Tenía casi setenta años pero no los aparentaba. Estaba en buena forma física, tenía una familia que le quería y un trabajo que, aunque no tenía nada que ver con los superhéroes, le permitía trabajar para la gente, ayudarla, recibir su cariño y, a veces, algunos besos en las mejillas. También había malos a los que enfrentarse, aunque no se parecían mucho a los de los cómics.

Todo iba bien, estupendamente bien, mejor de los esperado, hasta que había aparecido ese vejestorio advenedizo, ese abrazafarolas con olor a naftalina, ese payaso y su sucio rucio. Cuando le llegaron los primeros rumores sobre ese que se hacía llamar Vetusto Man se lo había tomado con humor. Un viejo con demasiado tiempo libre y una sobredosis de viagra. No le dedicó ni dos minutos. Ya se aburrirá. Igual un catarro se lo lleva el próximo otoño. Nada de lo que preocuparse. Pero luego, cuando se enteró de que se dedicaba a arreglar aceras y terminar obras municipales, se volvió loco. ¿Qué pretendía ese entrometido? ¡Ese era su trabajo! ¿Quería robarle los aplausos que tanto le costaba provocar? ¿Qué haría él si no podía inaugurar siquiera una acera? Tenía que pararlo, defenestrarlo, arruinar su reputación, su carrera, arrancarle sus estúpido disfraz y devolverlo al asilo de la historia de donde hubiera salido. Y si no podía hacerlo nadie más, tendría que hacerlo él con sus propias manos. Ese estúpido Capitán Acueducto había resultado un fraude y mejor no decir nada de la inoperante policía municipal.

El Barón Dandi resopló, dejó su copa de Soberano en la mesa de caoba y se levantó de su sillón orejero de cuero. Su perro le miró desde su rincón pero no hizo amago de seguirle. Al pasar junto a la estatua de Suárez camino del jardín, le dio un cachete cariñoso en el culo metálico. “Tú sí que fuiste un superhéroe, Adolfo” dijo en voz alta. La luna brillaba en lo alto del cielo. El silencio era casi completo. La Palomilla, apoyada en el tronco de un fresno, cerca de los geranios de su mujer, parecía a punto de dedicarle un soneto a la claridad de la noche.

Aunque Vetusto Man había descubierto sus planes y había tenido la desfachatez de aparecer en el ayuntamiento subido a su pollino piojoso para anunciarlos a voz en grito, el Barón Dandi no estaba dispuesto a renunciar a ellos. Era mejor que él, algo más joven y mucho más listo. No tenía miedo de enfrentarse a él cara a cara. Estaba dispuesto a mancharse las manos, a arrañarse los nudillos y romperse alguna uña si era necesario. Paso a paso se acercó al cobertizo de jardín donde guardaba, lejos de miradas indiscretas, sus chalecos de flores y sus fulares.

Tenía que dejar en ridículo a ese viejo. Tenía que robar esos verracos.


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Capítulo 8: Del bidé al despacho del alcalde

[Viene de Capítulo 7: De pescozones y guantazos]

El Capitán Acueducto nunca se recuperó del morrazo. Le recogieron con rasqueta del suelo, le cambiaron el verde licra por el banco escayola y le ingresaron en el Hospital Nuestra Señora de Sonsoes. A parte de no sé cuántos huesos rotos, la caída le afectó a la sesera, ya que hacía ruidos raros y se pasaba el día soltando palabras sin sentido. Le preguntabas cualquier cosa y te salía por peteneras. Tardaron en darse cuenta de que, por culpa de algún cortocircuito en la cabeza, se creía un tal King África, quizás impresionado por el concierto que ese mismo verano había dado en Ávila. ¡Vaya usted a saber qué pasa dentro del craneo de un pobre loco! Lo visité por educación y a la tercera vez que me gritó “bomba” me fui de allí para no soltarle un sopapo.


No voy a negar que me alegraba de haberme quitado a ese cantamañanas de en medio. Así lo querría el destino. El que va para martillo, del cielo le caen clavos, dicen en mi pueblo. Sin embargo, también había una parte de mí algo asustada con eso de volver a ser el único superhéroe en funcionamiento. Ahora solo dependía de un servidor dar caza al Barón Dandi y uno ya está mayor para tantas presiones.

La verdad es que me obsesioné con el tema de los robos. Seguí patrullando por las noches, pero ahora apenas dormía porque también me dedicaba a estos asuntos por el día encerrado en el cuarto de baño. Veinticuatro horas dándole vueltas al coco para encontrar una explicación a todo lo que ocurría en Ávila en los últimos meses y adivinar cuál sería el próximo movimiento del maligno.

Uní en un mapa los puntos en los que había actuado el Barón Dandi, como en las películas americanas, pero aquello no sirvió para nada. Conté las letras que había en las palabras “santa”, “Teresa”, “Adolfo”, “Suárez”, “niño” y “Jesús” y llamé al número de teléfono que me salió, pero solo logré que un chino me gritara desde el otro lado de la línea. Busqué una lógica en el orden alfabético, convertí las letras en números, comparé los escenarios de los robos con los recorridos de las distintas líneas de Avilabus… sin resultado alguno.

Todo esto lo hice en el bidé, con los pantalones bajados y en remojo. Siempre ha sido el mejor sitio para pensar, para aclararme las ideas. Recuerdo que mi Arsenia se reía mucho cuando me veía pasar las horas muertas así, dándole vueltas a algún problema. Me decía que se me iba a arrugar la raja del pompis con tanto agua y cosas así. Mi serrana era muy fina para hablar; se hubiera muerto de vergüenza antes de decir culo.

Claro que con las monjas es difícil concentrarse. Cada dos por tres se me colaba en la habitación una sor para preguntarme qué tal estaba, o si ya había rezado el Ángelus, o si me había dado cuenta de que Dios es uno y trino; cualquier mandanga de esas. No se van ni gritándoles “tuso, tuso”.

A veces hasta me pedían que les ayudara colocando algún pedido que recibían en la cocina, como el día que les llegó una partida de sopas de sobre. Había que bajar al sótano 153 cajas de Sopinstant. Pollo con Pasta. “Nuevo diseño, misma receta”. Me pasé toda la mañana llevando paquetes de dos en dos, disimulando mis superpoderes. Era tan aburrido que acabé cotilleando el universo de trastos que las monjas guardaban en el subterráneo.

Fue allí, en ese lugar oscuro y húmedo, ante los adornos de Navidad de la residencia que las sores habían empaquetado, donde se me encendió la bombilla. Allí adiviné lo que estaba haciendo el cabrón del Barón Dandi.

Fui a por mi burro al momento, ya ataviado con el traje de Vetusto Man, y nos subimos a escape al Ayuntamiento. No tuve problemas para entrar en el Consistorio porque el policía chusquero que estaba en la puerta era mi amigo Elicio Iborra. En cuanto me vio empezó a santiguarse y a murmurar rezos, arrinconado contra la pared, como si hubiera visto a un fantasma.

Subí al segundo piso montado en mi jamelgo, igual que un general, y recorrí pasillos y pasillos hasta dar con el despacho del alcalde. La intención de mi rucio, creo, era llamar a la puerta, pero en lugar de eso la tiró abajo de un solo golpe de pezuña. Entré gritando “yiiiiiiija”, poseído por un espíritu yanke que me subió desde las entrañas debido a la emoción del momento. La capa de ‘Super tallas Bermúdez’ ondeaba al viento y los marros del cinturón, armas mortales en mis manos, brillaban como soles.

El alcalde estaba reunido con su equipo de Gobierno al completo. Nada más verme, agacharon todos la cabeza, como girasoles en días de lluvia. Al principio pensé que por miedo, pero escuché alguna risa por lo bajini, así que imaginé que se estaban descojonando por dentro. Me controlé para no empezar a repartir tortazos a diestro y siniestro.

– Caballeros –dije–. Ya sé por qué nos roba el Barón Dandi y cuál será su próximo movimiento.

Todos levantaron la chola, con las sonrisas congeladas en sus municipales rostros.

Saqué del bolsillo unas piezas de Belén de la residencia que había cogido prestado en mi visita al sótano y, tras bajarme del burro (literalmente), se las puse en la mesa.

– La Palomilla… –expliqué señalando a la Virgen.

Dejé pasar unos segundo para que procesaran la información.

– …Adolfo Suárez… –ahora les apuntaba a San José.

No parecían entender nada.

– … y el Niño Jesús del convento de las Madres –concluí sujetando al hijo de Dios recién nacido.

Me miraban como si estuviera chaveta.

– ¡Se está montando un belén gigante a costa del patrimonio de la ciudad! ¿No lo veis?

Abrieron muchos los ojos, no sé si con asombro o desconfiados. Alguien me preguntó cuál sería el siguiente robo.

– Ahora necesita una mula y un buey. Ahora necesita un par de verracos de piedra.

[Continuará…]


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Vuelta a España en siete festivales (3 de 3) Por Miguel Díaz

Sonorama Ribera (Aranda de Duero, Burgos, 9- 13 de agosto)
Es imposible hablar del Sonorama sin mencionar lo mucho que ha crecido el festival en los últimos años, al calor de su defensa del pop- rock de aquí, de su ambiente único, de los conciertos matinales en las plazas de Aranda, y en especial de la Plaza del Trigo, donde han forjado su leyenda algunos de los grupos indie que hoy gustan a la juventud. Y es que en las dos últimas ediciones esta afluencia masiva de público ha provocado momentos de incomodidad para los asistentes, en especial el jueves de esta 20ª edición, cuando tardamos más de media hora en salir del recinto, después de la actuación de Amaral. Problemas de tránsito que fueron (sólo parcialmente) solucionados el viernes y el sábado, pero que te hacen preguntarte si efectivamente se ha vendido el mismo número de entradas que otros años y, de ser así, si éstas son demasiadas o si habría que cambiar de ubicación viendo que el Recinto Ferial ya no da más de sí. O, incluso, y como se ha llegado a considerar, si para los conciertos de día en el pueblo sería conveniente pedir pulsera (aunque la viabilidad de esta propuesta es más que discutible).

En cualquier caso, ningún otro festival puede competir con Sonorama en las horas de música que te ofrece (conciertos desde las 12 hasta las 6:00), además de pinchadas, como las de la Plaza del Rollo, punto neurálgico de diversión diurna si quieres evitar los agobios de la Plaza del Trigo. Este año la organización puso un escenario más en con el fin, precisamente, de descongestionar dicha zona, cosa que se consiguió relativamente. Y es que hay determinado público que acude a Sonorama (por extraño que resulte) para ver a un único grupo. Grupo que ni siquiera estaba en el cartel.

Sonorama- La Habitación Roja

La Habitación Roja en el Sonorama

Este año, también, se ampliaba un día más el festival, celebrándose de miércoles a domingo. Una jornada, la última, con actuaciones en las plazas y en el camping (no en el recinto) y para la que se reservó a Camela, algo que me sorprendió, dado que anunciar al dúo de tecno- rumba había sido una de las bazas de marketing del festival. Sobre todo para que se hablara de él. De todos modos, desde aquí mi felicitación a los valientes que se quedaron en la zona de acampada desde el miércoles al lunes. Ni un Iron Man, oiga.

Un servidor llegó nada menos que el lunes a Aranda, pero con cama gratis (novia medio arandina) aguantar tantos días de fiesta resulta más fácil. Y si, además, estás literalmente a un minuto de coger una cerveza del frigorífico y bajártela a la Plaza del Rollo la logística sólo puede calificarse de perfecta. Igual que lo fue el miércoles, cuando todo estaba preparado para cenar y botellonear en el camping e ir (un año más sin disfrazar, mecachis) a la Fiesta de Presentación con Luis Brea y Varry Brava, entre otros. Ya entonces notamos cómo el festi ha crecido, y es que jamás había visto tanta gente el miércoles por esos lares. Brea dio un buen concierto, defendiendo canciones incontestables como “El verano del incendio”, “Nueva generación” y “Automáticamente”, todo un himno para los que nos dejamos caer por frecuencia por el madrileño Fotomatón. Varry Brava me parecen, sin embargo, demasiado livianos para tomármelos en serio, demasiado serios para ser un grupo divertido, aunque “Flow” tiene su punto. Después, uno se va al centro, donde hay pinchadas en el Central y Le Club (junto a La Tramoya, epicentro de la movida indie arandina). En Le Club estaban casi todos los amigos de Madrid (pinchadiscos y cohorte de colegas) a los que iría viendo más a lo largo de los días siguientes, para ver a Man Pop, que hizo una muy buena sesión pensando en todos los públicos. Momentazo personal: el “Black is black”, de Los Bravos, y es que ¿cuántas canciones españolas nos siguen haciendo bailar así 41 años después?

El jueves el menú (brunch, en este caso) empezaba ya desde las 12, junto a la calle María Pacheco, con el punk-rock de Estrogenuinas. Las salmantinas se mostraron como alumnas aventajadas del espíritu del 77 y de grupos como las Vulpes y Parálisis Permanente. Después, en la ya tradicional Plaza de la Sal, junto a la hermosa Iglesia de Santa María, Supertennis volvían a reivindicarse como fantástica banda de indie-pop de guitarras. Mientras, corría el rumor de que un tal Mikel era el “artista sorpresa” (concepto sobreutilizado por la organización) en la Plaza del Trigo. El gozo de los (las) fans acabó en profunda decepción cuando no fue la barba de su ídolo Mikel Izal la que apareció, sino el rostro de un veterano (¿y desconocido?) músico llamado Mikel Erentxun. Y es que a este festival, teóricamente epítome de lo mejor del pop- rock de aquí, acuden hoy en día miles de personas con un abanico musical poco amplio, de los que está sonando “Cien gaviotas” y te dicen: “Ah, pero esta canción es suya?”.

Momento para reponer fuerzas en el mejor bar de los situados en el epicentro de la fiesta, Las Cubas, y que durante estos días se afana en servir bocadillos y ¡cachis! de croquetas realmente espectaculares.

Por la tarde, y aunque me perdí casi todo el concierto de Nacho Vegas, tenía muy claro que tenía que cantar con mi amigo Marcos “La gran broma final”, que a la postre cerró la actuación. También en el escenario principal tuvo lugar el Concierto 20 años de Sonorama. Una banda dirigida por Charly Bautista se encargó de interpretar grandes éxitos e invitar a cantar al vocalista de la banda correspondiente. Fue un show autocomplaciente y desigual por definición, pero que disfruté por momentos. En especial las canciones menos obvias, como “Felicidad”, cantada por Lichis, o “Toro”, cantada por el siempre vacilón Deu de WAS y Marian de KUVE, además de dos grupos, de nuevo, con los que no soy objetivo: Niños Mutantes con “Errante” y La Habitación Roja con “Ayer”. Al final, Iván Ferreiro y Xoel López, quizá las dos grandes estrellas de lo que ahora se ha dado en llamar música indie, se unían para cantar “Turnedo”, y la palmadita final, con todos los artistas sobre el escenario, era para el propio Xoel y su “Que no”. Esta vez vi a Loquillo más lejos que en el Poetas del Rock, pero volví a dejarme la garganta, sabiendo que era, con diferencia, el mejor concierto que iba a presenciar. Dorian tuvieron muy mala suerte con el sonido, tanta que tuvieron que suspender. Y el frío, y los ya notorios agobios para movernos por el recinto, nos animaron a marcharnos y perderme de nuevo a WAS.

Con la casa llena de amigos, convertida ya casi en comuna hippie, no fue difícil despertarme el viernes para ver la descarga de clásicos del punk de Jeiter en la Plaza del Rollo, acompañada de gotas de power- pop (Barracudas), 60’s (The Kinks) o garage (The Sonics). Un gustazo empezar la segunda jornada de festival con semejantes temazos. Y prácticamente no me moví de allí, de la Plaza del (Buen) Rollo, y es que después pinchaban mis amigos de Pop de Aquí. Me llevo muchos recuerdos del Sonorama, pero uno de ellos tiene que ser el final de la sesión, con “Qué nos va a pasar”, de La Buena Vida, cantada (en exclusiva) por quienes estábamos en la parte derecha de la plaza, junto al toldo. Y es que esta pinchada, como el concierto de Los Planetas del sábado, puso de manifiesto el choque generacional (y musical) entre los que superamos la treintena (o la cuarentena) y quienes han crecido con otros referentes musicales.

Por la tarde, quedamos con un grupo de amigas que habían sacado entrada de día para ver a Fangoria. Después de escuchar a Coque Malla desgranando las canciones más populares de su (notable) último disco (la bonita “La señal”, “Lo hago por ti”), nos escapamos a la carpa para ver a los amigos de daDa2 Djs. Sin embargo, la hora –sólo las diez de la noche- y el solapamiento con Sidonie hizo que viniera a la pinchada menos público del que César y Silvia se merecen. Había que ir al escenario Aranda de Duero (el segundo en discordia) a coger buen sitio para Niños Mutantes, puesto que la ansiedad ya me poseía. Los granadinos abrieron con temas de “Diez”, su último disco, que aunque no es mi favorito del grupo sí tiene algunas canciones incontestables (“No continuar”). Las colas inexplicables en los baños me obligaron a ir fuera del recinto a mear, y perderme tres o cuatro canciones. Pero el cabreo con la organización del festival se me pasó cuando llegué a mi sitio y pude cantar, en la mejor compañía, “Todo va a cambiar”. Fangoria repitieron el concierto del Low con una respuesta igual de entusiasta del público, y aunque me apetecía mucho ver a Novedades Carminha, preferí coger buen sitio para el que ha sido, sin duda, mi grupo del verano, La Casa Azul. Y canté “Superguay” o “Siempre brilla el sol” con el mismo fervor con que las bailó, con su personal coreografía, mi amigo Juan Carlos. Pero la indignación me llegó cuando vi que cortaron el concierto del grupo después de apenas media hora. O eso me han dicho.

El sábado se presentaba con la categoría de “día grande”. En el escenario de la calle María Pacheco los zamoranos El Lado Oscuro de la Broca descargaban su intrincado shoegaze en castellano. Y en el triple solapamiento entre Diego Vasallo, la pinchada de los amigos de Los Perlas en la Plaza del Rollo y Él Mató a un Policía Motorizado, ya había decidido decantarme por los últimos. Y es que aún no había visitado el Escenario Charco, en una zona verde junto al río, perfecta para almorzar y escapar del fragor del centro de Aranda. Confieso haber escuchado muy poco el segundo disco de los argentinos, así que disfruté sobre todo el arreón final, con “Chica de oro”, “Yoni B” y la fantástica “Más o menos bien”, o cómo relativizar nuestros (casi siempre) insignificantes problemas.

El primer plato fuerte de la tarde era, sin duda, ver encima de un escenario a don Santiago Auserón acompañado de un grupo fundamental del territorio indie en los 90, Sexy Sadie. El cocktail no pudo empezar con mejor sabor, con Auserón cantando el “Annabel Lee” de Radio Futura. Tampoco faltaron temas de su “alter ego” Juan Perro (“A la media luna”, “Negril”). El propio Auserón presentó dos canciones de Sexy Sadie. Con “That’s the way I like it” salté como un loco, en especial con el pasaje de guitarras final, aunque “A scratch in my skin” no logró el mismo efecto. Como era de esperar, el público (con una media de edad considerablemente mayor al resto del festival) se vino totalmente arriba con “Veneno en la piel” y, sobre todo, “Escuela de calor”. Pero yo me quedo con “La estatua del jardín botánico”. El concierto de Lori Meyers se vio constantemente interrumpido por los problemas de sonido. En cualquier caso, en el Escenario Burgos Origen y Destino (el tercero en discordia) tenía una cita ineludible con las melodías y las guitarras de La Granja. Y es que fue una auténtica maravilla escuchar canciones que son la Biblia del power- pop en este país: “Persiguiendo una luz”, “Chap chap”, “Fuimos chicos rebeldes”, “La mala traición”, “Los chicos quieren diversión”…Y cantarlas (más bien berrearlas) entre amigos. Y es que éramos pocos, y un poco viejunos, pero, qué cojones, éramos unos privilegiados. Después, sucedió algo extraño en el escenario principal. Se iba a “cortar la tarta” del 20º aniversario con otro grupo sorpresa (sic). O no tan sorpresa para muchos, entre los que me incluyo. Y cuando empezaron a sonar los primeros porrazos de batería de “Segundo premio”, y comenzaron a lanzarse fuegos artificiales, y se corría la cortina para descubrir a Los Planetas, y yo entraba en éxtasis de felicidad, cientos de personas salían decepcionadas de las primeras filas, sin comprender lo que estaba pasando. Y es que cuestionar, en un festival pop- rock pero de fuerte poso (y origen) indie, que Los Planetas merezcan ser cabezas de cartel, demuestra que quizá algo se ha hecho mal o que alguna gente no se ha enterado de nada. Los granadinos estuvieron, esta vez sí, a la altura de la ocasión y eligieron sus mejores canciones. Y para coronar una noche cargada de emociones, me esperaban los mejores. Hasta nos habíamos hecho unas camisetas para la ocasión. Y si además empiezan con “La segunda oportunidad”, está claro que La Habitación Roja son el grupo de mi vida. El resto del concierto lo viví como siempre, en estado de sonrisa permanente, brazos en alto. Y también me alegré de ver la respuesta del público, y de que Jorge se venga arriba en el escenario y parezca casi un Morrisssey impersonator. Me alegré mucho también de entrar en la carpa y comprobar cómo la gente gritaba el nombre de unos amigos, Los Niños Terribles, después de una pinchada en la que se ganaron al público. Estábamos tan arriba, que hubo quien de pronto se vino abajo. Y fue mi chica, cuando vio que en el segundo escenario la sorpresa (¡malditas sorpresas!) no eran sus adorados Vetusta Morla.
El domingo estábamos absolutamente reventados, así que sólo destacaré dos momentos. El primero me lo llevo ya para los restos, y fue la pinchada que se marcaron Las Despechadas DJs en la Plaza del Rollo, haciendo bailar al público en todo momento (creo que sólo me sobró una canción de Calle 13, al resto de la pinchada le pongo un 11). Hubo quien se sorprendió de verme darlo todo con el “Crazy in love”, de Beyonce, pero un temazo es un temazo, y no sólo de indie vive el hombre, aunque “This charming man”, de los Smiths, volvió a sacar al hooligan energúmeno que hay dentro de mí. El segundo, fue el concierto de Tachenko en el camping. Y es que escuchar “Amable” es volver a la entrada del recinto del Contempopránea, a los mejores veranos de mi vida. Qué coño. Éste también ha sido uno de los mejores. Y no. No me quedé a Camela.

Lo mejor: La enorme (y diversa) oferta musical del festival. Si buscas fiesta, éste es tu sitio. El ambiente y buen rollo que se respira: a pesar de ser un festival grande, la predisposición para conocer gente nueva es la de uno pequeño. La posibilidad de disfrutar del vino y la espectacular gastronomía de la zona.

Lo peor: Sin duda, el exceso de público, tanto para salir como para transitar por el recinto. También se ha notado en los baños. La organización prohibió orinar en las vallas, pero a veces se entiende la desesperación de la gente. Y evidentemente no se puede hacer un test de idoneidad al público, pero la espantada con Los Planetas dio vergüenza ajena. Lamentablemente, muchos asistentes al Sonorama reúnen estos vicios del nuevo festivalero a los que me refería antes (ver crónica del Low Festival).

V de Valarés (Playa de Valarés, Ponteceso, A Coruña, 18- 19 de agosto)
El Sonorama (con su larga resaca) iba a ser mi último festival veraniego, pero a alguien que me quiere mucho se le ocurrió juntar a La Habitación Roja, Airbag y Los Planetas en un mismo cartel. O los tres grupos de aquí que nunca me cansaré de ver. Además, el festi, que llegaba a su 10ª edición, se celebra en un entorno único: la playa de Valarés, en plena Costa da Morte, rodeada de un pinar que muere en el agua.

Este año, sin embargo, la playa se ha reservado exclusivamente para los conciertos diurnos del sábado. Y al moverse los conciertos a otro recinto (también muy bonito), apenas 300 metros más arriba de la playa, también lo han hecho la zona de acampada y el parking. Así, cuando llegamos nos encontramos con que no podíamos pasar con el coche y tuvimos que aparcar bastante lejos, especialmente cuando tienes que llevar a cuestas una tienda de campaña, colchoneta, mochilas… Y si el “parking” era digno de un rally, la hierba de la zona de acampada no era mucho mejor, y es que ni siquiera había sido desbrozada para la ocasión. Éramos miles a media tarde del viernes los acampados, cuando descubro que ¡sólo hay dos baños para todo el mundo! Bueno, seguro que a partir de ahora todo va bien, pensé. Y así fue.

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Olvidando por un momento todas las incomodidades que supone dormir en una tienda de campaña, al menos hay dos cosas que me encantan. El rato del botellón pre-conciertos sentado en una sillita de playa (que no teníamos, pero dio igual), y la hermandad que a veces se establece con tus vecinos de tienda, en este caso unos chicos gallego- parlantes que nos prestaron un hinchador y nos ayudaron a (que para esto hay que estudiar) doblar nuestra Quechua.

La ubicación (rodeado de un pinar, me recordó a Músicos en la Naturaleza), y la comodidad del recinto (con un aforo de apenas 2.000 personas) compensaron lo del parking y la zona de acampada. Y es que todo fue comodidad: para pedir, ver a los grupos, ir al baño…El escenario estaba bastante elevado respecto al público (como le dije a Pepillo, adiós al crowdsurfing con Airbag), pero tampoco como para dar sensación de frialdad. En V de Valarés, hasta las estrellas más rutilantes del firmamento indie, están a un palmo de tu cara. El viernes, escuchamos un rato de Pablo und Destruktion, un artista que se desata maravillosamente como crooner visceral en canciones como “Busero español” o su tema más conocido, “A veces la vida es hermosa”. Y después, qué remedio, había que ver a Love of Lesbian. Con los atentados de Barcelona y Cambrils tan recientes, Santi Balmes confesó haber tenido reticencias para tocar en el festival, antes de interpretar mi favorita, “Allí donde solíamos gritar”. Con un recinto tan desahogado (¡bien!), no era difícil colocarse en primera fila para La Habitación Roja. Nuestro rápido aprovisionamiento de cerveza había hecho efecto en mi organismo, y básicamente recuerdo estar en primera fila, brazos levantados, gritando como un exaltado, en especial cuando recuperaron “Van a por nosotros”. El grupo también tuvo palabras, claro, para las víctimas y para Barcelona, a la que dedicaron “Indestructibles”. Y como en estos tiempos de gin tonics (y pepinos y cardamomos) es raro ver en los festivales stands promocionales de whisky, me acerqué al de Johnny Walker, y el scotch ya me acompañó en los conciertos de White Bats y Captains. Ninguno de los dos me dijeron gran cosa.

Y aunque en una zona de acampada se duerme, como todos sabemos, de aquella manera, no pasa nada si te levantas, caminas 300 metros y tienes la playa. Y hay un pinar estupendo para comer y echarte una siestecita. Y si además ese día tocan Airbag, la vida puede ser maravillosa. Resumiría su concierto con las palabras “sonrisa de oreja a oreja”. Pero también tienen que aparecer “niños”. Los que estaban en primera fila, hijos de otros fans, y que debieron preguntarse qué coño estaba pasando ahí, y por qué mis padres se comportan como energúmenos. Por cierto, no hay ninguna foto del concierto en la que no aparezca de espaldas, como arengando a las masas. Buen concierto de Él Mató, aunque Los Planetas tocaron el set list de la gira, J con la misma gracia que el recibo de la luz. Mientras comíamos una riquísima hamburguesa junto al puesto de La Pepita (odio decir “food truck”), defendí frente a una fan el derecho a calificar de “aburrida” la primera parte del concierto de Los Planetas Quién me ha visto y quién me ve.

Lo mejor: La posibilidad de ver tan de cerca a los grupos. La comodidad del recinto. El entorno paradisiaco del festival. Desde luego, un lugar para volver (no de camping).

Lo peor: ¿2 baños para más de mil personas acampadas? ¿En serio?

Vuelta a España en siete festivales (2 de 3) Por Miguel Díaz

Contempopranea (Alburquerque, Badajoz, 21- 22 de julio)
Alburquerque ha sido el pueblo de mis veranos con veintipocos años. Allí he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida como fan de la música, me he quedado en casas que más que casas parecían museos de lo kistch, he bajado sus cuestas en coche con Los Gritos sonando a todo meter y en buena medida he reafirmado mis gustos musicales. Sin embargo, después de asistir al festival por excelencia del indie español durante 6 años consecutivos, decidí cambiar la ladera del castillo por otros lugares. Tener una amiga muy latosa y fan de Los Planetas me acabó animando a romper con mi tonta superstición de no volver a donde había sido feliz.

Y nada más llegar el viernes al recinto recordé por qué Contempopranea es diferente. Un festival con un único escenario, como tiene que ser, y fiel al pop de aquí, apenas lastrado por las modas y estos grupos nuevos de “Indie-tex” que suenan todos igual. También pensé si ese escenario, junto a la ladera del castillo, se había hecho más pequeño, o era yo quien me había hecho más mayor y más serio. Daba igual, porque en este festival uno se siente eternamente joven y feliz. Tampoco había cambiado esa voz diciendo “Contempopranea presenta…” entre grupo y grupo, ni los precios populares para un festival (2 euros la cerveza, 5 el “mini”). Sí me dio más pena observar que este año sólo había un puesto de merchan, en un festival en el que me he comprado tantos discos, y chapas y camisetas de lo más freak. Mientras saludábamos a otros amigos venidos de Madrid, escuchamos a El Imperio del Perro, grupo sevillano con buenas melodías y guitarras a veces más cercanas al rock. Supertennis tocaban en casa, y hasta sacaron un mono “radioactivo” para la canción del mismo nombre, perteneciente a su primer EP. Su primer largo, publicado este año, los confirma como uno de los mejores grupos de la escena en reivindicar el indie-pop de guitarras, con canciones tan incontestables como “Ni contigo ni sin ti” o “Ruido”. Y aunque Maga fueron, tiempo ha, grupo “contempopráneo” por excelencia, y tengo recuerdos imborrables de su primer disco, conecté menos esta vez con su concierto. Quizá no les he prestado, en los últimos años, la atención debida. Tampoco ofrecieron su mejor versión, a pesar de contar hoy por hoy con una legión de fans, los murcianos Viva Suecia. Cosa que sí hicieron, semanas después, en el Sonorama de Aranda de Duero. Pero un artista “contempopráneo” por excelencia, Guille Milkyway o, lo que es lo mismo, La Casa Azul, iba a protagonizar sin duda el concierto del festival. Tanto que, en un discurso emocionante, el siempre tímido Guille dio las gracias a su nueva banda de directo por ayudarle a sentirse por fin a gusto encima de un escenario (y, añado, defender sus maravillosas canciones como se merecen). El grupo salió al escenario con cascos futuristas y repasó su carrera sin dejarse ningún hit: desde las más recientes “Podría ser peor” o “Sucumbir” a clásicos como “Hoy me has dicho hola por primera vez” o “Cerca de Shibuya”, con la que casi me quedo afónico. Y es que ya fue difícil salir ileso cuando se sucedieron “Superguay”, “Siempre brilla el sol” o “El momento más feliz” (y “cuando el martes hay Champions/ y Messi se sale/ y aplasta a Mourinho en la semifinal”). Y si hay problemas de sonido, tocamos “Como un fan” al piano y aquí no ha pasado nada. Y es que, a pesar de sus letras melancólicas envueltas de pop colorista, ningún grupo es capaz de inyectar optimismo como lo hace La Casa Azul. Lecciones de vuelo se merecían tocar en Alburquerque por sus buenas canciones y, además, en un año en que el festival homenajeaba a Los Planetas, por ver sobre el escenario a otro grupo sobre el que los granadinos han dejado una clara impronta. Abrieron con “En menos de un mes”, una canción en la que todos los elementos van entrando poco a poco hasta converger en una perfecta explosión de indie-pop. Y ninguna otra canción planetera les podía sentar mejor que “Pegado a ti”. Contem- Escenario.jpeg

El pertinente descanso nos lo tomamos en la piscina de nuestro “Melrose Place” particular, una casa rural en Aliseda (Cáceres), de decoración un tanto barroca y a 54 kilómetros del festival, pero a un precio muy económico y con todas las comodidades con las que un chico de clase precaria puede soñar. Hacer botellón junto a la entrada del festival era para mí un clásico irrenunciable, aunque, como me comentó el dueño de un comercio, “ya no se juntaba tanta gente como antes”. Llegamos al final de La Bien Querida, con una Ana Fernández- Villaverde algo fría con el público, aunque a sus canciones les sentó muy bien el formato acústico y resultó un concierto bonito, especialmente en canciones como “Poderes extraños” o “De momento abril”. Y aunque Apartamentos Acapulco es uno de mis grupos nuevos favoritos, con unas canciones muy bonitas y llenas de detalles, con esos estallidos de guitarras y las voces en perfecta armonía de Ismael y Angelina, me enamoraron más en el Ballantine’s Music Festival (o quizá es lo que tienen los flechazos). Automatics pagaron el retraso acumulado y les cortaron media hora de concierto. Una pena, porque decidieron centrarse sobre todo en su último disco y apenas sonó nada del anterior, el infravaloradísimo “Big ear”, o de sus clásicos (“Watch over you”, “TV preacher”). Con el sitio bien cogido, a la derecha del escenario junto a la ladera, esperamos a Los Planetas, que abrieron con “Islamabad”, favorita de muchos de su nuevo disco. Que los granadinos no son un grupo para todos los públicos está claro, aunque muchos nos acostumbramos a (y amamos) algunas de sus canciones más “intensas”, o difíciles, como “Rey sombra”, “La caja del diablo” o “La copa de Europa”. Por el contrario, a algunos nos cuestan más (mis nulos conocimientos sobre el tema pueden tener algo que ver) sus acercamientos al flamenco. Por ello, la siguiente media hora del concierto nos resultó un ladrillo considerable, y la consabida desgana de J no ayudó. Lo siento, no consigo emocionarme con “Ya no me asomo a la reja”. Pero llega “Corrientes circulares en el tiempo” y se me pasa el berrinche. Igual con “Santos que yo te pinte”, “Segundo premio”…Canciones que forman parte de mi educación sentimental (¿no habré tenido demasiado rencor?, me pregunto). Canto “José y yo”, de “Pop” (1995), como si no hubiera mañana, y al ver la quietud del público que me rodea entro en una eterna discusión con mi amiga sobre si un buen fan de un grupo no debería conocer los primeros discos del mismo. Ya sólo nos quedaron El Último Vecino, grupo entre el techno- pop y el post- punk con algunas muy buenas canciones y un frontman carismático pero a veces innecesariamente provocador (Gerard, de verdad, no es necesario ponerse la mano “ahí”). Bueno, y Papá Topo, a quienes había escuchado pero nunca había visto en directo, y quizá deberían haberme avisado de lo que me esperaba. No digo más.

Lo mejor: El tamaño del recinto del festival, que afortunadamente Agustín, su director, nunca ha querido aumentar. Los precios. Que todo esté tan cerca. Las pinchadas de la piscina del pueblo. Que todo huela a pop por dos días (hasta en los bares de toda la vida se pincha indie).

Lo peor: Nada

 

Low Festival (Benidorm, 28- 30 julio)

Sabía que tenía que ir al Low desde que anunciaron sus headliners: Pixies, Franz Ferdinand y Nada Surf. Unos nombres internacionales que algunos creerán de otra época, pero de innegable calidad. Además, nunca vi en directo a los escoceses en sus días de gloria. Y unos amigos de Ávila son muy fans de Benidorm, así que reservamos un apartamento en primera línea de playa, con vistas no aptas para pacientes con vértigo.
Y sabía que mi viernes (y sábado) iban a ir asociados al escenario principal, el campo de fútbol de la ciudad deportiva Guillermo Amor. A pesar del cinismo inicial con el que fui a ver el synth- pop de Dorian (pocos grupos tocan en más festivales), la banda dio un muy buen concierto. Y es que en esta gira llevan un set list prácticamente infalible, empezando con “Los amigos que perdí” y “Verte amanecer” para terminar con “La mañana herida” y el entusiasmo juvenil que se dispara con “La tormenta de arena”, sin olvidar canciones que personalmente me gustan mucho, como “Soda Stereo” o “Más problemas”. El resto de la jornada, mis gustos más rockeros me separaron de mis amigos. Eso, y mi obsesión con coger primeras filas para los grupos que me gustan. Como los Pixies. Los de Boston no se dejaron ni un clásico. Sonaron “Gouge away”, “Wave of mutilation”, “Hey”, “Debaser” (o una de las canciones que me convierten de repente en un energúmeno), “Where is my mind?” y “Here comes your man”. ¿Y por qué no sonó “Gigantic” en una edición que en redes sociales se ha llamado #GiganticLow? Como explicó la bajista Paz Lechantin, es una canción muy personal de Kim Deal como para atreverse a cantarla. ¿Y puede ser un concierto perfecto sin que el grupo se dirija ni una sola vez al público? ¿Ni para decir “buenas noches”? Mi respuesta es “no”, pero supongo que todo es discutible en esta vida. Con La Casa Azul me lo pasé igual de bien que en el Contempopránea. Y su capacidad para hacer feliz a la gente quedó probada cuando una amiga polaca lega en español se declaró fan del grupo después de escuchar tres canciones, y hasta empezó a tararearlas inventándose la letra (“…corazón….amor”). Llegó el momento de explorar el muy interesante escenario Wiko, donde vimos algo del punk- rock rabioso y melódico de Biznaga. Y es que “Una ciudad cualquiera” es ya, para mí, una de las canciones de 2017.

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Solo y con unas latas de cerveza “for the road”, me dirigí el sábado al recinto para ver a Nada Surf. Buen concierto de los neoyorkinos, con un repertorio algo irregular pero que me pareció redondo cuando rescataron “Hyperspace”, o el power- pop guitarrero llevado a la perfección. El bajista madrileño Daniel Lorca nos comunicaba que sólo había tiempo para dos canciones más. El público “votó”, y esas canciones fueron, cómo no, “Always love” y “Popular”, que sonó a gloria en el atardecer del escenario principal. Mientras esperaba a mis amigos, que amenazaban con traerme una camiseta “grupal” (ir todos vestidos igual es, aparentemente, una de las mayores diversiones de un festival), Neuman tocaba la maravillosa “Bye fear/ Hi love”. De vuelta en el campo de fútbol, disfruté (moderadamente) de Sidonie. Y es que aunque canté con ganas “El incendio”, la querencia por el “show” del grupo hace que algunas canciones duren más de lo necesario (o lo soportable). ¿Y qué mejor compañía para ver a Franz Ferdinand que Alex García, amigo de Ser Ávila? De hecho, Alex es de las pocas personas que ha pinchado al grupo en los bares de nuestra ciudad. Alguien ha dicho que el grupo empezó sin energía, pero yo canté “The dark of the matinée” como un exaltado y ni me di cuenta. Para cuando sonó “Do you want to” el grupo ya estaba “on fire”, y yo ya me había vuelto completamente loco. Si esto se trata de encender a las masas, y a pesar del horrible corte de pelo que lucía el otrora cautivador Alex Kapranos, el de Franz Ferdinand fue uno de los conciertos del festival. Daba igual que hubiera perdido a mis amigos y llevara una absurda camiseta de un pelícano. Y eso fui un rato: un pelícano solo y varado en el Low Festival, hasta que volví a encontrarme a Clara y mi amiga polaca, borrachísimas. Llegamos a la mitad de The Hives, un show que uno ya se sabe de memoria (el cantando hablando en español y haciendo a 20.000 adultos sentarse en el suelo), pero que merece la pena si suena “Die, all right!” o “Tick tick boom”, aunque me pillaron demasiado lejos para meterme en un pogo.

La jornada del domingo me parecía a priori la menos atractiva, pero aún me depararía alguna sorpresa. Aun a riesgo de parecer esnob, tengo que confesar que fui (en pasado) muy fan de Lori Meyers y de sus tres magníficos primeros discos, caras B incluidas (“Vigilia” me pone los pelos de punta). Me alegra que hayan llegado a un público mayor, como también lo han hecho, a otro nivel, algunos de mis grupos favoritos (Niños Mutantes o La Habitación Roja). Pero no que lo hayan hecho en perjuicio de la calidad de sus canciones. “Luces de neón” y “Luciérnagas y mariposas” siguen sonando radiantes. Pero no comprendo el entusiasmo del público ante bobadas como “A-ha han vuelto” y, sobre todo, “Emborracharme”. En cualquier caso, un festival (y en especial uno grande, como el Low) no es un buen lugar para medir el nivel de fidelidad de los fans de un grupo. En buena medida, el público va a un festi de fiesta y actitudes reprochables y cansinas (gente hablando sin parar, dando la espalda a los artistas o preguntando por el nombre de los grupos) se observan constantemente. Mando Diao parecieron también más preocupados por el show y enseñar sus torsos desnudos que por tocar buenas canciones, que las tienen, sobre todo en aquel “Hurricane bar” o en “Ode to ochrasy”. Fangoria (y por ende, el público) empezó desde muy arriba, con los clásicos de Dinarama (“Rey del glam”, “Ni tú ni nadie”) y el conocido espectáculo, en este caso con unos bailarines que se doblaban que ya me gustaría a mí con resaca…Muy celebradas también las recientes “Geometría polisentimental” y “Dramas y comedias”, así como “No sé qué me das”, una de las mejores canciones del dúo. La sorpresa (o quizá no) la trajo un popurrí que pasó de “Toro” de El Columpio Asesino al “Yo quiero bailar”, de (sic) Sonia & Selena, pasando por el “Bailando”, de Astrud. A destacar también, a lo largo de todo el festival, los visuales que llevaban la mayoría de los grupos, acompañando sus actuaciones. Aunque pocos tan absurdos como los de Ojete Calor, con un Carlos Areces vestido por su peor enemigo para dar rienda suelta, junto a Aníbal Gómez, a su humor chorra y “chanante”, que en “Cuidado con el cyborg (Corre Sarah Connor)” alcanza sus mayores cotas de genialidad. Ocho y Medio Djs trajeron por fin algo de indie (aunque no sólo) a la última hora del festival, con hits de los grupos que les gustan ahora a la juventud, y cerrando muy oportunamente con la versión de “Como yo te amo”, de Niños Mutantes. Que aquí hemos venido a cantar.

Lo mejor: Un recinto muy cómodo y espacioso. Los únicos tapones de gente que vi formarse fueron justo antes de empezar los conciertos en el escenario principal (se recomienda ir un poquito antes). Un muy buen cartel, con propuestas muy interesantes, sobre todo de grupos de aquí menos conocidos. Buena organización y feedback en redes sociales.

Lo peor: Los grandes nombres nacionales se repiten (Sidonie, Lori Meyers, Dorian…). Si no te gusta la música electrónica (como es mi caso), te quedas tirado a partir de las 4 de la mañana.

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