Las columnas de Castilla

Esta no es una historia sobre los desastres de la Guerra Civil. Tampoco es una historia sobre la Dictadura. Es un relato sobre otra España, la olvidada.

En noviembre de 1936, la Guerra Civil provocada por el fracasado Golpe de Estado de julio parece cercana a su fin. Desde el sur, el ejército sublevado se acerca deprisa a la capital. El día 6, viernes, cinco columnas rebeldes están preparadas para entrar en Madrid. Ese mismo día, el “Gobierno de la Victoria” de Largo Caballero, un gobierno de coalición levantado para frenar el fascismo, decide abandonar la ciudad y huir a Valencia. La defensa de Madrid queda en manos de los generales Miajas y Pozas y de la Junta de Defensa. Tienen órdenes claras: resistir a toda costa, cueste lo que cueste.

Sobre el papel, la suerte parece echada. El caos en el que han vivido los fieles al gobierno republicano, la huida de sus líderes políticos y el desánimo de los hombres teñían de negro el futuro de la Capital. El día 8, domingo, el general gaditano José Valera ordena el asalto final a Madrid. Debería haber sido un avance rápido y concentrado, que permitiera a los atacantes neutralizar la teórica superioridad numérica de los defensores de Madrid. Debería, pero no fue así; un golpe de suerte cambió el curso del asalto. Los republicanos descubrieron en un carro de combate abatido la Orden General de Operaciones para la toma de Madrid. El ataque no se concentraría en el sur de la capital, sino en la Casa de Campo. Ese giro del destino permitió al general Vicente Rojo reorganizar la defensa de la capital y frenar el avance de los sublevados. El ataque relámpago se convirtió en un largo asedio que no acabaría hasta marzo de 1939.

Los frentes apenas se movieron desde que a finales de noviembre Franco ordenase detener los ataques directos a la capital. La recién acabada Ciudad Universitaria, primera línea de fuego del asedio, fue una de las zonas más afectadas por el frustrado asalto. La Casa de Velázquez, la Escuela de Ingenieros Agrónomos, el Asilo de Santa Cristina, el Clínico, la Fundación del Amo, la Residencia de Estudiantes y el Instituto de Higiene se convirtieron en escenarios de los combates. También lo fue el palacio de la Moncloa, un palacete de principios del s. XVII cuyas ruinas, pues eso era el edificio tras días de encarnizados enfrentamientos, fueron tomadas por los sublevados el 20 de noviembre.

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

Acabada la guerra, comenzó la reconstrucción de la Ciudad Universitaria y sobre las ruinas del antiguo palacete se levantó un nuevo palacio para que sirviese como residencia de personalidades nacionales y extranjeras durante sus estancias en la capital.

Al sur de Burgos, en el alfoz de la capital, se levanta la villa de Arcos de la Llana. Otrora pedanía moribunda, hoy pueblo dormitorio con cerca de dos mil habitantes salpicado de pareados. Junto a la Iglesia de San Miguel Arcángel, principal hito de la villa, se levantan los restos del Palacio Arzobispal. Construido en el S. XVI bajo el mecenazgo del arzobispo Vela Acuña y el cardenal Francisco de Mendoza, sirvió durante siglos como residencia veraniega de los arzobispos burgaleses.

La iglesia burgalesa fue una de las que más claramente tomó partido durante la Guerra Civil y durante la posterior dictadura. Tanto Manuel de Castro Alonso, titular del arzobispado durante la guerra y procurador de las cortes franquistas en 1943, como su sucesor, Luciano Pérez Platero, fueron beligerantes contra el gobierno republicano, defensores del Alzamiento, adalides de la Cruzada y partidarios del nuevo régimen.

A finales de los años 40, el Palacio Arzobispal estaba sin uso, como otras tantas propiedades de la Iglesia. El Arzobispo quería venderlo, desprenderse de aquella carga, y pronto encontró comprador: el propietario de una cercana fábrica de harinas. Por 26000 pesetas y dos cántaras de vino para consagrar, el antiguo palacio se convertía en fábrica y almacén. Pero no todo. El acuerdo de venta excluía las columnas del claustro. Para el comprador aquello no suponía ningún problema, los claustros renacentistas no suelen ser indispensables para la fabricación de harinas, así que firmó y se procedió a desmontar por completo el recinto, sin miramientos, conservando únicamente sus doce columnas. ¿Y para qué quería el arzobispo de Burgos esas columnas? Para regalarselas a Franco.

Aquí convergen la historia del palacio madrileño y del palacio burgalés. Las doce columnas de Arcos de la Llana viajaron hasta Madrid y se utilizaron en la reconstrucción del Palacio de la Moncloa, en la decoración y ennoblecimiento del antiguo patio, hoy Salón de Columnas. 

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El expolio del palacio burgalés es grave, pero palidece al lado de lo sucedido con las pinturas de San Baudelio, con el ábside de San Martín de Fuentidueña, con la iglesia de San Miguel de Tubilla del Agua y con el de tantos otros bienes vendidos, robados, perdidos o abandonados. Hoy, por fortuna, todos estos expolios serían impensables. Nadie permitiría que un millonario americano arrancara los frescos de una capilla o que un rico burgués catalán desmontara una iglesia. Hoy los enemigos del patrimonio de nuestra comunidad son el tiempo y el olvido, adversarios mucho más tenaces que el más terco de lo humanos.

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo,

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

Castilla, Miguel de Unamuno

El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)

Todo empezó en aquel viaje del Imserso: una semana por la Costa de Almería. Sol, playa, crucigramas, paella. Pescadito frito en Mojacar, medio carrete de 24 fotos malgastado en el Cabo de Gata y flamenquito en directo en Carboneras. Fue mi hija la que se empeñó en que me escapara unos días. “Tienes que salir, papá, airearte”. Pues venga, va, lo que tú digas.

Supe desde el primer momento que no era buena idea. Aquello estaba lleno de viejos que me recordaban, con su sola presencia, que yo era tan viejo como ellos. Preferí mantener cierta distancia, alejarme de sus noches de bingos y sus paseos en comandita de buena mañana. “Hola y adiós”, si me cruzaba con alguien. Y da gracias.

La cosa empeoró cuando me picó aquella medusa del demonio en uno de mis escasos baños. Al principio noté un intenso picor en el pie derecho, pero el dolor se extendió rápido por toda la pierna. ¡San Crispín, cómo escocía! ¡La mierda del bicho! Alertada por mis blasfemias, una joven se paró a preguntarme si todo estaba bien. De ella fue la idea de aclarar la zona con agua de mar.

– Pues dale, hija, dale -le contesté ofreciéndole la pierna entera, incluso remangándome un poco el bañador.

Sabía que el resto de la excursión estaría mirándonos, locos de envidia, desde las toallas. “¡Que les jodan!”, pensé. De todas forma, no me hablaba con ninguno de ellos y tenía claro que lo que quedaba de viaje me lo iba a pasar protestando: cero relaciones sociales.

Volví a Ávila tres días después con una mancha roja en el pie, el escozor de la picadura aún dando por culo y mi habitual cara de pocos amigos. A mi hija le dije que todo había ido de fábula. “Sí, de fábula, hija mía”. O algo así. Y ni le comenté lo de la medusa en la playas de Cuevas de Almanzora. ¿Para qué molestarle con mis historias?

La verdad es que no me sentía bien, pero tampoco dije nada en la residencia. Allí lo mejor es comer, dormir y callar porque cualquier cosa que sueltes puede ser utilizada en tu contra. Me refugié en mis paseos, que, desde que vine de Almería, la verdad, cada vez eran más largos, y en mi partida semanal de calva.

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Estaba loco porque llegara el domingo para ir a las pistas de arena del río Chico con mi marro en la mano. ¿Qué necesidad tengo yo de playas y baños si allí tengo lo que necesito? También estoy rodeado de una panda de vejestorios, claro, pero es mi panda de vejestorios. Me los encontré hablando de la mismas tonterías de siempre: que si ya no hay inviernos como los de antes, que si esto ni es frío ni es nada… Así andaban.

– Menos cháchara y vamos al tema –les llamé al orden rápido-. Tres contra tres, gana el que llegue a 25 puntos.

Empecé yo. Balanceé el barrillo con la mano derecha mientras miraba fijamente la calva. Dejé la mente en blanco, sabedor de que esto de la puntería es todo cosa de cabeza, y solté el cilindro. Al momento lo perdí de vista.

– Cojones, Fructuoso – gritó Vitorio.

Tardé en darme cuenta de dónde había ido a parar el marro. Se había estampado al otro lado de la calle, en el edificio del parque de maquinaria de la Diputación. Por la polvareda que se había levantado era fácil intuir que se había derruido parte de la fachada. Afortunadamente el hierro había atravesado el paseo de Nuestra Señora de Sonsoles sin impactar con nadie.

Todos se quedaron mirándome con la boca abierta. Incluso la gente que pasaba por allí comenzó a señalarme con el dedo.

– ¡Copón bendito! -insistió el pesado de Vitorio-. ¿Qué has hecho?

Intenté responderle que no sabía qué había pasado, pero solo balbuceé un puñado de gruñidos. Y cada vez había más gente mirándome, acorralándome. Sin saber muy bien por qué, eché a correr en dirección a la residencia. ¡Hacía siglos que no corría! Cuando llegué ni me paré a esperar el ascensor: subí las escaleras tan rápido como pude y me encerré en la habitación.

La mancha roja del pie me ardía, como si estuvieran a punto de explotarme los cinco dedos a la vez. Algo me empujó a rebuscar entre los folletos del viaje. En uno había un mapa con el itinerario marcado en rojo y al lado se detallaba la excursión jornada a jornada. “Día cuatro: baño en la playa de Palomares (pedanía de Cuevas de Almanzora)”. ¿De qué coño me sonaba lo de Palomares?

Justo cuando me vino a la cabeza la imagen de Fraga en bañador, apareció una monja (una, no logro distinguirlas) en mi habitación. Venía a pedirme que no volviera a entrar a la residencia de ese modo, como “un toro embravecido”, creo que dijo exactamente. Y que utilizara el ascensor, hombre, no se me ocurriera otra vez subir los cuatro pisos por las escalares.

– Menos aún saltando los escalones de dos en dos, menos aún a sus 83 años, Fructuoso –dijo con cierto retintín.

[Continuará…]

Bastante bien (Sí, de verdad)

Somos conscientes de habernos granjeado a lo largo de los últimos años fama de criticones, de tener siempre tiempo para poner el foco en las miserias de la ciudad y nunca, o casi nunca, para poner fotos bonitas y decir lo maravillosos que son los amaneceres abulenses. Y no, no es verdad. Aquí hemos estado para lo bueno y para lo malo. Y para muestra, este post.

Esta semana, nuestros amigos del Instituto Nacional de Estadística han publicado los datos de la Encuesta de Ocupación Hotelera de diciembre de 2016. Como todos ustedes saben, son los datos que hemos utilizado desde el inicio de este blog para evaluar la evolución del sector turístico de la ciudad, primera industria local y cada día la de más gente. Y los datos, amigos, amigas y amiges, son buenos. Tampoco excelentes, pero sí buenos. Vamos a profundizar en ellos teniendo en cuenta cómo se han comportado nuestros vecinos y competidores.

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Así a bote pronto, estas primeras tablas parecen contradecirme. ¿Buenos datos? ¿Este blog se llama Los4Palos o Las4CasasColganderas? Los viajeros y las pernoctaciones cayeron en Ávila durante el año pasado un 3,53% y un 6,59% respectivamente. Muy por debajo de la media y muy, muy por debajo de Cuenca. No sabemos qué habrán hecho los conquenses para lograr semejante dato, pero sí tenemos explicación para lo sucedido en nuestra ciudad: en 2015 celebramos el Centenario de La Santa y el año pasado no. El Centenariazo y la resaca del mismo. Miremos un poco más allá. ¿Cómo han evolucionado estos indicadores respecto al año anterior al Centenario?

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Como vemos, aquí estamos en los puestos de cabeza de la tabla, por encima de la media en ambos casos y por encima de los conquenses y sus casas. El número de viajeros ha crecido un 17,71% desde 2014 y las pernoctaciones lo han hecho un 19.85%. Como decíamos al principio, buenos números, pero en un contexto de crecimiento generalizado. No es lo mismo crecer un 10% cuando todo el mundo cae, que crecer un 10% cuando todo el mundo crece un 40%.

Cabe preguntarse entonces por el impacto del Centenario. ¿Fue bien o mal? ¿Nos merece la pena celebrar el sexto? El número de viajeros creció durante el año de Centenario un 22% y las pernoctaciones un 28%. No son malos números, ¿pero son mejores o peores que en otras latitudes? Si se fijan en las tablas superiores, cuando comparábamos los datos de 2016 y los de 2014, Toledo sale bastante mal parado. 2014 fue para la ciudad bañada por el Tajo el año de los fastos del Greco.

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En la tabla superior se comparan los datos de Ávila y de Toledo el año anterior al evento festivo, el año del Centenario y el año posterior. Como ven, los números son muy parecido, incluso algo mejores para nuestra ciudad que para la capital de Castilla-La Mancha. Si nos vamos a los datos mes a mes, podemos ver que el comportamiento en ambas capitales es muy parecido.

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Algunas conclusiones a la luz de todos estos numeritos y barritas de colores. El turismo abulense va bien, como la España de Aznar, pero el impacto del Centenario una vez apagadas las luces no parece muy elevado. La Santa llenó la ciudad en 2015, pero el efecto a medio plazo no parece excesivo. Y esto no es algo achacable a nuestra ciudad y a su hija más ilustres, sino común a otros eventos de este tipo.

Habrá que preguntar a nuestros vecinos segovianos con qué limpian el acueducto para que vaya tanta gente a verlo.

Trampas y trompetas (por Alvaro Aparicio)

¡Esto se nos está llenando de sonetos! En esta ocasión, a cargo de Alvaro Aparicio (@apamou). Si usted, querido lector, también quiere participar en este rinconcito del ciberespacio, aquí le explicamos cómo hacerlo.


 

“Trampas y trompetas”

No importa qué digas, dilo bonito.
Cuando anuncies encuentro, timonel,
solícito y al más alto nivel.
Clama incluso al cielo; se hará infinito.

No importa qué ofrezcas; tras el gambito,
nace tu espacio en la red de un burdel
viral en citas. Ave de cuartel,
pica tripas que vomitar ahíto.

Nissan, ora y embiste, ayer colmado.
Nissan, ora y bosteza, hoy derrotero.
La lucha acaba en duelo por dinero.

“Barato y fácil” oferta al obrero,
quien de cunero al escaño fue aupado
o el nieto “requetecalificado”.

De la rabia y de la idea es la herencia.
La provincia a cielo abierto. ¡Qué mina!,
¡qué ciencia! Señor, ¡qué Santa paciencia!

Y es que al cambio climático, conmina
Supermon, hay que exigirle indulgencia;
termal, pues acabose la divina.

Una provincia a cielo abierto

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A unos 400 kilómetros de la plaza del Mercado Chico, centro de la abulensidad y por tanto de Occidente, al sur de la provincia de Badajoz, se encuentra Monesterio, un pueblo de cinco mil habitantes, a las puertas de Andalucía, en una zona dedicada principalmente a la ganadería, la agricultura y el turismo rural. La distancia y el clima nos separan —en Monasterio los inviernos son agradables y es el verano el que se hace largo—, pero hay algo que nos une: la polémica en torno a una explotación minera. Pero hay un matiz no precisamente menor: en Monesterio se pelea por evitar el cierre de la mina; mientras que aquí, a tiro de piedra del paseo del Rastro, se intenta evitar a toda costa que una explotación minera se instale en la zona.

La historia minera de Monesterio arranca en la década de los ochenta y para los monesterienses es sinónimo de crecimiento, riqueza y empleo. Cuando a mediados de 2015 el futuro de la explotación se tornó negro, Monesterio y todos los pueblos de la zona empezaron a temblar. El futuro de la mina dependía de una declaración de impacto ambiental que permitiese ampliar la superficie trabajada. Y tenía que ser rápido, porque el yacimiento se estaba agotando. Ciudadanos e instituciones locales y regionales urgieron a la resolución del expediente administrativo y cruzaron los dedos para que esta fuera positiva, pero nada se supo. La declaración de impacto ambiental no llegó, los precios de los metales extraídos cayeron y la mina cerró. Fue y es un drama para toda la comarca, que sigue leyendo los periódicos esperando buenas nuevas.

Para los abulenses, nuestra nonata mina parece sinónimo de contaminación, paro y destrucción. En Extremadura, la opinión pública y las instituciones se han posicionado unánimemente a favor de la mina. En Ávila, las protestas organizadas por colectivos ecologistas y vecinales han conseguido que las instituciones locales y provinciales, en principio espectadoras mudas del proceso administrativo, se posicionaran en contra, mientras la administración regional se lava las manos y se esconde detrás de técnicos y funcionarios. ¿Cómo es posible que ante una situación tan similar la ciudadanía reaccione de forma tan dispar?

En realidad, la reacción en Monesterio —y en cualquier comarca minera— y en Ávila es la misma aunque no lo parezca. En ambos casos se está defendiendo el statu quo. En Monesterio, el cierre de la mina es el fin de su modo de vida: supone la pérdida de cientos de empleos directos y un número indeterminado de empleos indirectos relacionados con la explotación minera y sus trabajadores. Se convocaron protestas, manifestaciones, los afectados se reunieron con todos los políticos con mando en plaza y buscaron el apoyo de los medios de comunicación. En Ávila, sin saber qué efecto tendría la mina —y a quién beneficiaría— esta se presenta también como una amenaza a sus formas de vida: los agricultores temen perder sus cosechas, los ganaderos los prados donde comen sus animales y los propietarios de negocios relacionados con el turismo rural los paisajes que atraen a los turistas.

Todo el mundo dice que Ávila es una provincia llena de potencial, pero nunca entran en detalles. ¿El turismo? Por supuesto, pero ¿podemos vivir todos del turismo? ¿Y del campo? La despoblación de las zonas rurales del interior de España es un problema acuciante de difícil solución. Sin desarrollo económico ni expectativas de futuro, miles de kilómetros cuadrados, cientos de pueblos, morirán poco a poco. El futuro es negro, seamos conscientes de esto.

No hablo de aceptar acríticamente cada proyecto empresarial o cada empleo que se nos ofrezca. ¿No sería mejor analizar con la cabeza fría cada oportunidad de desarrollo que se presente? Evaluemos los riesgos con serenidad, exijamos total transparencia, sopesemos oportunidades y amenazas. Exijamos que se minimice el impacto ambiental, que se controlen los posibles riesgos, que se asegure la restauración de la zona cuando acabe la explotación minera. Pensemos en el presente, en los que están, pero también en los que se irán o nunca vendrán. No dejemos que nuestros miedos hablen por nosotros. ¿Una mina? Si cumple con la ley, estupendo. Bienvenidos sean esos empleos, aunque sean diez.

El último que apague la luz (por Guillermo Buenadicha)

Más colaboraciones y más versos. En esta ocasión, es nuestro amigo Guillermo Buenadicha quien mulle nuestras neuronas para que florezca en ellas la simiente de las musas. Si tú también quiera participar, en prosa o en verso, aquí te explicamos cómo.

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El que algo sea vox populi en nuestra ciudad suele deberse a la endémica afición abulense por el chisme y el mehandichoqué. Muchas veces lo difundido por radio macuto no tiene fundamento y como tal se desvanece pasados los días. Otras, sí, se confirma el rumor como antesala de la noticia, que cuando el río suena, seguro que no es el Adaja. Pero si hay una señal que marca la frontera entre el cotilleo y lo que adquiere categoría de asunto a ser tratado seriamente es que nuestro Diario, gacetilla centenaria, dedique cuatro páginas completas a algo. Y si encima recibe la guinda de una columna de opinión de su director, entonces blanco y en botella.

Preocupado ando con el asunto Nissan, tras leer el periódico este fin de semana y a la vista de que no hay político o prócer que deje pasar la oportunidad de expresar su preocupación (me preocupo porque se preocupan; es preocupante). Es cierto que los problemas de nuestra fábrica son guadianas recurrentes a lo largo de estas últimas décadas, pero también que don Jorge Manrique ya indicó que todo río indefectiblemente va a parar al mar. Nuestro cántaro ha agotado al fin todas las vidas disponibles en su camino a la fuente, a lo que se ve, aunque no tendrá leche o agua que derramar. Y me pregunto en qué darán sus huesos, de quedar alguno, en una ciudad como la que alumbran las farolas de nuestras rotondas vacías y grúas enhiestas.

Puesto que Ramón Martín @su_per_mon se ha lanzado (de forma admirable, todo sea dicho) por el camino de la queja social a través del soneto quevediano, cojo el testigo de su crítica climática (asunto que no por humorístico deja de tener su enjundia) y navego al socaire de su estela, en humilde pero espero que digno esfuerzo poético. No añado un estrambote, como él ha hecho (y mejor no hubiera), porque bastante estrambótico es el tema de por sí, y porque los haikus y los sonetos tienen mal apareamiento. Otro día, de seguir poética justa, quizás le ofrezca las armas niponas para un abulensista duelo al amparo de estos palos centenarios.

 

Cerrar podrá sus puertas la que fuera
orgullo de la tierra, factoría;
que miles de camiones producía
a España y más allá de su frontera

Quemará los parados en su hoguera
y hará de nuestra noche triste día;
la línea de montaje, piel vacía
no verá su sesenta primavera.

Políticos, que el cielo han prometido
Sindicatos, que en vano han peleado
Nipones, que al ganar no habrán perdido

El pecho del que tanto se ha mamado,
en Cylog y en ladrillo travestido,
polvo será, mas polvo urbanizado.

El cambio climático (por Ramón Martín)

Tenemos la suerte de contar con un nueva colaboración, esta vez a cargo de Ramón Martín (@su_per_mon). Si tú también quieres participar en este blog, aquí te explicamos cómo hacerlo.


En los últimos 30 ó 40 años Ávila ha visto alejarse infraestructuras, industria y habitantes. Pero si -aparte de los pisos vacíos- hay algo en lo que aventajamos a otras provincia españolas, es en nuestra incorporación al cambio climático.

Ya hasta recordamos con nostalgia cuando Mariano Medina informaba las temperaturas y siempre estábamos ahí, destacando: “La mínima en Ávila, menos nosecuantos”; en casa hacíamos un gesto triunfal, ¡toómaya! Eran otros tiempos. Entonces, te pasabas la primera mitad de octubre pasmao de frío hasta en tu casa; porque ya se sabía que hasta que La Santa no diera el visto bueno, el día 15, no se encendían las calefacciones.

Pero el pasado año, en esas mismas fechas, nos hemos podido tomar unas cañas en cualquier terraza en mangas de camisa; como mucho con una rebequita. Con lo que era la calle San Segundo en octubre; ese túnel de viento siberiano, que ni atinabas a abrocharte la mierda de botones de palitos que llevaban las trencas.

Y en invierno ni olemos la nieve. Creo que la última vez que sacaron en el España Directo a los niños trineando al lado de la muralla fue porque Héctor Palencia desvió un pedido de nieve para los del Xanadú, porque yo no vi caer ni cuatro copos. Como para volver a atrapar a otro Guido Caprotti, si no es con una avería en la catenaria.

Y ahora llaman ola de frío a un par de días regulares. Por ello, y ante la inutilidad de oponerme, he decidido perpetrar un soneto, que por efecto de la globalización, finaliza con haiku-estrambote dedicado a mi amigo Guillermo, corrector de estilo y animador social.

Miré los grados de la patria mía
si un tiempo bajos, ya más moderados;
por Burgos, Soria y Cuenca superados,
y casi por Sevilla y Almería.

Aquella nuestra única alegría.
¡La mínima de España! Congelados
gozábamos haber sido nombrados,
ser líderes en algo por un día.

Acaben los inviernos anodinos,
que el frío sea el gran protagonista
y cale hasta los huesos con su garra.

Que vuelvan al Adaja los pingüinos.
Que cierren por nevada la autopista.
Que Jon Nieve se mude a La Cacharra.

A tal efecto,
ese invernadero
desatado va.

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Foto de avilared.com

 

 

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