Capítulo 6: Tenemos héroe nuevo en la oficina

[Viene de Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?]

En ese momento yo no me enteré de nada. Era feliz. Luego supe que el Ayuntamiento y la Diputación habían aprobado unas mociones, cada uno la suya, para declararme persona non grata. En una de ellas, no recuerdo en cuál, incluso se hablaba de poner en marcha el Observatorio del Superhéroe para evitar fraudes y asegurar la calidad de este tipo de vigilantes. Ah, y lo que es aún más grave. Se estableció una tasa para tal práctica, en concepto de uso y disfrute de la vía urbana para el desarrollo de “actividades heroicas”. También se solicitó a la Junta de Castilla y León y al Estado un Plan de Dinamización Especial ante la baja calidad del tejido heroico abulense.

Pero ya digo que, al menos al principio, nada supe de estos zipizapes. Tras el jaleo con la estatua de Suárez, el burro me llevó directito al pueblo y allí, en el cuchitril de Tornadizos, me enclaustré bien a gusto. Por eso no leí a los voceros de la prensa poniéndome a parir por lo ocurrido con el robo de los monumentos. Me contaron que pedían la intervención policial para detener al loco de Viejuno Man (así me llamaban los muy…) antes de que hiciera daño a alguien. Y se burlaban diciendo que el único que tenía superpoderes era mi burro y estos, según varios testigos, se encontraban entre los cuartos traseros.

A las monjas les dije que me iba unos días con mi hija. Y a mi hija la llamaba todas las tardes desde el bar del pueblo para evitar que ella telefoneara por la noche a la residencia. Otra vez andaba con engañifas y falsedades. No sé cómo lo hacía, pero últimamente mentía más que hablaba.

En cuanto mi hija empezaba a hablarme de Vetusto Man o de cualquier asunto relacionado con el robo de monumentos, le cambiaba de tercio. Le sacaba lo rica que estaba la tortilla que nos hacía mi Arsenia, el último capítulo de la serie esa del perro policía, el precio de las cebollas… daba igual. Y ella encantada.

– ¡Qué hablador estás últimamente, papá!

Era feliz en esa ignorancia que me permitió estar totalmente al margen del aterrizaje de aquel estúpido, el Capitán Acueducto. No llegó hasta mi chabola de Tornadizos la noticia de que Segovia, preocupada por la pérdida del patrimonio cultural de una ciudad “vecina y amiga”, había decidido ceder temporalmente a su superhéroe local para colaborar con la causa.

Con el tiempo me enteré de que aquel figurante con mallas era, por así decirlo, de reciente creación. Las malas lenguas decían que lo habían fabricado ex profeso en cuanto llegó a Segovia el rumor de que Ávila tenía superhéroe y ellos no. No les vale con tener el AVE: ellos siempre tienen que ser más.

Y yo, mientras tanto, en mi retiro espiritual. Me pasaba el día en pernetas, medio dormido, medio durmiendo en el sofá orejero del establo, sin nada que hacer. El pequeño de los Patalajo se pasaba por allí de vez en cuando, siempre en completo silencio. A veces me acercaba alguna vaca, como animándome a que hiciera pesas con el animal (eso le encantaba), pero no tenía yo el horno para bollos.

Me dijeron que por aquellos días el justiciero segoviano se paseaba por Ávila entre aplausos y vítores. ‘¡Ayúdanos, Capitán Acueducto!’, le decían algunos. ‘¡Vaya planta que tiene el mozo!’, gritaban otros. ‘¡Ay, qué lebrel! Y el que más y el que menos, imagino, comparaba en su cabeza a uno y otro superhéroe. He de reconocer que no había color.

Él era joven, atlético. Lucía un traje apretado, más verde que el laurel, que no dejaba nada a la imaginación. Con buen traje se entra y encubre el ruin linaje, decían en mi pueblo. En el pecho se había bordado un acueducto y no se separaba de un escudo enorme de la Cultural Segoviana que, según decía, estaba hecho con los cráneos de los mejores cochinillos de su tierra. “Más duro que el vibranio”, solía decir el mangurrián (vete a saber a qué se refería). Pero lo peor de todo era su terrible juventud.

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Ya digo que de todo esto no sabía nada. Al menos hasta el día que vino a verme Vitorio, preocupado porque no había ido a la partida de calva del domingo. Intentó decirme no sé qué de Vetusto Man, pero le corté rapido.

– Déjame de zarrias, anda. No me des la matraca, te lo pido por favor.

Se empeñó en llevarme a la ciudad para que participáramos en un campeonato de calva que había organizado el Ayuntamiento por las Fiestas de Verano: el No Limit Power Outdoor 2017. Se puso tan pesado, tan él mismo, que le dije que sí con tal de que se callara.

– Pero en cuanto se acabe me traes al pueblo.

El problema es que a la inauguración del evento acudieron las autoridades locales y el idiota del escudo. Con este último me choque sin querer mientras iba a presentar la ficha de inscripción.

– Claro que sí, abuelo, claro que le firmo un autógrafo –me dijo casi gritando, como si estuviera sordo.

Me quitó la ficha de inscripción y, en la parte de atrás, me dejó su firma y un mensaje: “Con la esperanza de que Ávila y sus abulenses sepan lo que es un verdadero superhéroe. Ya pueden estar tranquilos: llegó el Capitán Acueducto”. Luego me soltó una palmadita en la espalda.

Me di la vuelta buscando a Vitorio.

– Me caguen la burra balán. ¿Quién es este mamarracho?

Y ahí, en el preciso momento en el que empezó a contarme todo lo que había pasado durante los últimos días, acabó mi tranquilidad.

[Continuará…]


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Elogio del conformismo

En la universidad conocí a una chica que coleccionaba anillas de latas de refresco. Era gallega, de un pueblo del interior de Lugo, bajita, con el pelo rubio ceniza recogido en una docena de rastas decoradas con cuentas de colores que le llegaban hasta media espalda. Siempre hablaba susurrando, como si te estuviese contando un secreto o tuviese miedo constantemente. Durante semanas, todos los que la conocíamos, aunque fuese levemente como es mi caso, recogimos con fervor anillas de latas que ella iba guardando en una garrafa de ocho litros a la que había cortado el tercio superior. Un día, al ir a entregarle los frutos de mi colecta, me miró con cara triste, me dio las gracias y me confesó que había dejado de coleccionar anillas. Es más, había tirado el millar que hasta entonces había reunido. Un ruso, me dijo, tiene medio millón de chapas, lo he visto en internet. ¡Es imposible que yo le alcance nunca! Me he dado cuenta de que siempre habrá alguien que tenga más chapas que yo y que esforzarme para ser segunda no merece la pena.

Durante algunos días anduvo triste. Caminaba por los pasillos siguiendo con la mirada las juntas del terrazo. Suspiraba todo el día, dejando escapar un poco de su alma con cada exhalación, y removía con desgana las patatas (re)fritas en el comedor durante la cena. Había fracasado y la derrota era demasiado pesada para su escaso cuerpo.

Marcarse unos objetivos demasiado elevados, inalcanzables, puede provocarnos frustración. Todos lo sabemos porque todos lo hemos vivido, porque todos hemos mirado al horizonte y le hemos desafiado alguna vez. Por eso es necesario ser conscientes de nuestros límites. Mi conocida gallega descubrió que nunca sería la mayor coleccionista del mundo de anillas de latas y, a pesar del dolor, supo abandonar su sueño antes de que la derrota fuese insuperable. Al poco tiempo comenzó, con mucha menor ambición, una colección de pegatinas de frutas en una libreta rosa de Agatha Ruiz de la Prada.

El alcalde de Ávila comparte esta filosofía vital. Frente a planes grandilocuentes que enardecen los corazones del común con cifras millonarias y palabras rimbombantes, nuestro regidor apuesta por el día a día, por la cómoda y feliz rutina, por las zapatillas de felpa de la gestión sensata. ¿Para qué buscar la excelencia, sea esto lo que sea, cuando se puede ser feliz con poco? ¿Para qué aspirar a mucho cuando se está tan calentito dormitando debajo de la manta? ¿Por qué intentar ser el mejor si a mitad de tabla se está tan bien?

El alcalde conoce sus limitaciones, las de su equipo, las del presupuesto municipal y las de la ciudad y sabe que con ir tirando nos podemos dar con un canto en los dientes. ¿El AVE, el Prado, la reindustrialización, el pleno empleo? ¡Palabras mayores! Que haya algo de luz por la noche, las calles estén más o menos limpias y la circulación esté regulada. ¡Por fin un político realista con objetivos realistas! Ojalá su futuro programa electoral siga esta línea: imbornales un poco más limpios, un 5% menos de cucarachas, que la muralla siga en su sitio, reducir el número de estatuas atropelladas…

Acostumbrados como estamos a políticos que viven en un continuo mitin, quizá nos resulte intolerable su poca ambición, pero es un alivio saber que no está entre sus planes pasar a la historia de la ciudad. Algún PGOU nos ahorraremos. Como diría el alcalde, no hay mal que por bien no venga.

Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?

[Viene de capítulo 4: El lado oscuro]

Se me vino el mundo encima con todo lo que pasó con la Palomilla. Una cosa era arreglar aceras y otra muy distinta enfrentarse a un villano de película para recuperar un monumento abulense como un castillo de grande. Decidí encerrarme en la habitación de la residencia para aclararme un poco las ideas, pero lo que comenzó como un retiro espiritual de un par de días, acabó convertido en un encierro semanal que solo me sirvió para embarullar aún más todos mis miedos y complejos.

La risotada de aquel mangurrián del Barón Dandí sonaba en mi cabeza cada que vez que cerraba los ojos y, las pocas veces que conseguí dormir, soñaba con una enorme medusa que se me metía en a cama para susurrarme a oído: “Encuéntrala si puedes, Vetusto Man”.

Mi hija debió de notar algo porque no hacía más que llamar. Noche sí, noche también, la tenía telefoneándome a la residencia para preguntarme que qué tal todo.

– ¿Seguro que estás bien, papí?
– Sí, gurriata, sí. Como un reloj.

En unas de esas conversaciones, fugaces y a veces incómodas por sus silencios, me habló de la que se estaba liando a raíz del robo de la Palomilla. Cuando nos quedábamos callados, ella podía sacar cualquier tema.

– ¿Te has enterado de lo de Vetusto Man? –me preguntó-. Una no sabe si tener miedo o pena de un personaje así, ¿no crees? Ten cuidado, anda.

Casi me da un pasmo en ese momento. Le dije que sí, que vaya tela, y en cuanto colgué salí a por la revista de la asociación de vecinos. Tuve suerte porque acababan de sacar una edición especial, un monográfico sobre el incidente. Alguien, “una fuente que prefería mantenerse en el anonimato”, había hablado sobre Vetusto Man a la prensa. Imagino que, a raíz de que apareciera ese nombre en el mensaje que Barón Dandí dejó en el lugar del robo, habían surgido muchas preguntas que poco a poco iban teniendo respuesta.

Más que como un superhéroe, me presentaban como un loco, un aficionado al travestismo (había mucha guasa con mi capa y mis botas de pescar) que se había emocionado por ayudar durante un par de noches a los Servicios de Obra y Jardines del Ayuntamiento. En el editorial se lamentaban de que el rescate de nuestra Santa Teresa, del monumento dedicado a las grandezas abulenses, estuviera en manos de una papanatas con problemas de próstata.

Sabían muchas cosas de Vetusto Man, la verdad, y las fueron soltando poco a poco en los siguientes días: que tenía un burro, que servidor era blandurrio como un moco, lo de las fichas del dominó y los barrillos que utilizaba a modo de arma… No sé si fue mi Dulcinea o quizás el imbécil del agente Iborra, la cuestión es que había una “garganta profunda” suelta que les iba suministrando información.

Y cuanto más tiempo pasaba, más mala uva tenían los editoriales. “¿Por qué se esconde Vetusto Man?”, se preguntaba la prensa. Algunos me acusaban de ser un fraude con boina, otros decían que Vetusta Man y el Barón Dandí eran la misma persona y que el robo de la Palomilla no era más que un exceso de autobombo. Incluso los había que simplemente me acusaban de ser más viejo que carracuca. A mí me supuraba tanto veneno al leer estas estupideces que acaba abrasando el papel del boletín vecinal.

Un día me armé de valor. “Nadie deja de sembrar por miedo de gorriones”, decía mi abuelo. Decidí revisar la escena del crimen, como hacen en las películas, para ver si me inspiraba un poco. Iba de incógnito, con una gabardina que me tapaba desde el pescuezo hasta el calcañar, gafas de sol y sombrero, aunque debajo del abrigo, para evitar imprevistos, me dejé el biricú con los marros y la bandolera con las fichas del dominó.

Cuando llegué a la zona cero, me encontré con varios operarios municipales arreglando el boquete. “Eso sí que es un trabajo para Vetusta Man”, pensé, más consciente que nunca de mis limitaciones. ¿Qué buscaba allí? Me senté en un banco del Mercado Grande para reflexionar un poco, igual de profundo que viendo ‘Saber y ganar’.

Me despertaron unos gritos que sonaron a lo lejos, al otro lado de la Muralla. ¡Menudo tibilorio tenían montado! Cuando conseguí enfocar, vi que la gente se agolpaba para cruzar la puerta del Alcázar y para allí me fui. Me llevó varios minutos y muchos empujones llegar al otro lado y ser consciente de lo que pasaba

El Barón Dandí había vuelto a actuar porque había un boquete en el lugar en el que debía estar la estatua de Adolfo Suárez. Al lado del socavón había pintado sus fulares y el chaleco de flores. El bellaco también había escrito un nuevo mensaje: “Vetusto Man, en lo que te lo piensas… me llevo también a Adolfito”.

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Intenté acercarme un poco más, pero cada vez había más empujones. En uno de esos meneos se me debió de desenganchar la cartuchera porque cayeron de golpe todas las fichas del dominó. Me hicieron un corro alrededor y alguien gritó que yo era Vetusta Man. A partir de ahí todo fueron insultos y más empujones. Me decían que hiciera algo, que ya valía la tontería, que al final nos iban a robar la Muralla, que era un sinvergüenza. Me pedían a empellones la Alta Velocidad y el Museo del Prado, me exigían que arreglara lo del tren y no sé cuántas cosas más. Pensaba que ya estaba a las puertas de la muerte cuando vi que la multitud se abría delante de mi como las aguas ante Moisés. Era mi pollino. Venía a rescatarme y estaba dispuesto a llevarse por delante a quién hiciera falta. Me subí como pude a su grupa y le dije a la oreja que me sacará de allí.

[Continuará…]


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El caso Eladio

¿Apología del terrorismo, folclore o estrategia de negocio? Son algunas de las preguntas que cualquiera se puede hacer ante las noticias aparecidas estos días sobre el bar Casa Eladio. El bar, por cedirlo de alguna forma, pedía una visita a gritos y allá que nos fuimos. Nunca había entrado en este bar, aunque sí había pasado cientos de veces por su puerta. Inevitable si te dispones a salir o entrar a Ávila por la nacional 110. El cambio en la decoración no pasaba desapercibido, de bar normal como puede ser el de cualquier barrio de la ciudad a sucursal de Casa Pepe en Ávila.

No me atrevería a decir apología del franquismo, pero cuando uno entra en Casa Eladio se nota como mínimo la nostalgia por aquel periodo de nuestra historia. Una cosa es nostalgia, dirán, y otra la pizarra que ha dado la vuelta a España con los famosos “huevos rotos fusilados”. Pues sí, efectivamente, deconozco si la carta incumple la Ley de Memoria Histórica, pero es un nombre, como mínimo, poco ético. Si además, maridamos todos estos hechos con la ya muy asentada edad de oro de los ofendidos, pues ya tenemos una buena combinación para entrar en las redes y pasar una tarde entretenida.

Folclore, ante todo el bar es folclore. Díganme si no que hacen en una misma pared las fotos de Franco, Primo de Rivera, Acebes, Miguel Ángel García Nieto, Ana Belén, Victor Manuel, Sabina o incluso Pedro J.Ramirez. Si alguien ha querido aquí enaltecer el franquismo la verdad es que le ha salido regular. Por no hablar de si ciertas prácticas sexuales de alguno de ellos estarían bien vistas por el régimen. No sólo las fotos, también la música juega al despiste al mezclar el Cara al Sol o el Himno de la Legión con Fito y sus Fitipaldis o The Animals y su famoso The House of the Rising Sun.

Al igual que ocurre en Casa Pepe, la suma de la clientela afín ideológicamente (poca pero fiel) y de los curiosos (incrementados exponencialmente gracias a quienes pretenden evitar lo contrario) hacen de Casa Eladio, aparentemente, un buen negocio. Más acertado, a mi juicio, en las tapas que en los platos, cabe destacar por encima de todo sus exquisitos callos (a secas, sin apellidos).

PD: Una de las razones que nos llevaron a visitar Casa Eladio fue el comprobar que nada o casi nada de lo que había aparecido la última semana en medios locales y nacionales (ni tampoco lo publicado por tuitsatars) provenía de otro sitio que no fuese Forocoches, de alguien que sí se había pasado por allí y había contado lo que había visto. En resumen, lo que antes llamábamos periodismo.

De traumas y museos

La semana pasada se celebró el Día Internacional de los Museos, cita cultural creada por el Consejo Internacional de los Museos  (ICOM) en 1977 y que en mayor o menor medida se celebra en todo el mundo civilizado. Dejando a un lado los actos organizados por el Museo de Ávila, la festividad pasó sin pena ni gloria por nuestra ciudad, Atenas gótica de la Meseta, rubí de la cultura de Castilla y faro del turismo cultural de occidente.

Tampoco nos vamos a llevar ahora, después de tantos años, las manos a la cabeza. El Día de los museos es una festividad de consumo interno, de corto radio, con nulo tirón turístico, destinada, sobre todo, a que los ciudadanos reflexionen sobre el papel de sus museos y sobre ese constructo que llamamos cultura, sobre los mecanismos y engranajes que dan forma a esa materia oscura que nos rodea y forma parte de nuestra identidad individual y colectiva. Cultura entendida como civilización, como las gafas con cristales de colores con las que miramos el mundo. Una celebración, en definitiva, aburrida, que no invita al botellón, ni a los concursos de tapas.

Y es una pena, que no una sorpresa, no haber dedicado mucha más tiempo a esta cita porque el lema nos venía que ni pintado. Cada año, el ICOM propone un tema sobre el que hacer girar las propuestas y reflexiones de las distintas instituciones participantes y en esta ocasión el propuesto era “Museos e historias controvertidas: decir lo indecible en los Museos”. Tomo prestada esta frase del comunicado del ICOM: “Este tema invita al museo a posicionarse como actor de la asimilación de las historias traumáticas pasadas gracias a la mediación y a la pluralidad de puntos de vista expresados”.

No me digan que no nos pega como un tricornio a un Guardia Civil o a la Cibeles una banderita de España y una bufanda del Madrid en una noche de primavera. Museos, traumas, historias controvertidas… ¡Si parece que habla de lo nuestro con el Prado!

¡Ay, el Prado! Tanta tinta física o electrónica vertida para tan poco. El otro día, no recuerdo dónde ni quién, alguien se vanagloriaba de que en el último Plan de Actuación del Museo del Prado, el fechado para el periodo 2017-2020, había un huequito para nuestra bella urbe. Les paso captura.

¡Albricias!, me dirán. Ahí estamos. Con todas las letras. Lo hemos conseguido. Saquemos en procesión a todas las vírgenes, a todos los santos, a todos los diputados y a todos los senadores. Que repiquen las campanas y los pétalos de flores cubran las calles. ¡Levantad los adoquines, debajo habrá un nuevo aparcamiento subterráneo!

Pero como esto va de historias controvertidas y traumáticas y no de éxitos, les pasó capturas de los anteriores planes de actuación del Museo del Prado.

2005-2008 (Les pongo solo una de las 22 referencias a nuestra ciudad)

2009-2012 (4 referencias)

2013-2016 (1 referencia)

 

Pluralidad de puntos de vistas, decía el ICOM. La pluralidad de pensar si estas dos últimas décadas nuestros representantes nos han tomado por tontos o solo han demostrado su incapacidad y falta de criterio. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla y tal.

Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


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#TuitQuedadaCultural: tres días para disfrutar del arte abulense

IMG_2095Juntas teatro, narración oral, música, cine, literatura, danza, fotografía y gastronomía en un fin de semana y te sale un #TuitQuedadaCultural para salpimentar al gusto. Lista para servir recién hecha el próximo fin de semana, los días 12, 13 y 14 de mayo.

Serán tres días muy intensos que comenzarán el viernes con una  jam session. El sábado es el día más completo, destacando el teatro por las calles durante la mañana y otras dos actividades por la tarde: música y cuentacuentos en el Café del Mercado, y un debate sobre cine y literatura en El Episcopio.

Y más el domingo: música, danza y poesía. Entre medias habrá dos exposiciones (una de fotografía organizada por la Asociación Fotográfica Abulense, y otra de moda a cargo de la diseñadora Cristina Fernández Lucas) y otros tantos concursos (de microrrelatos vía Twitter y de fotografía). Todo esto lo tenéis mucho más clarito en el programa (aquí al completo).

A mí solo me queda felicitar a los organizadores de esta iniciativa (creo que hay un Willy por ahí coleando… Y un Gredos Daniel también. Felicidades a ambos y a todo su equipo) por preparar un fin de semana en el que la cultura, tantas veces olvidada, será protagonista plena. Y aún mejor es que se ponga el foco en los artistas abulenses para que, al menos durante unos días, puedan ser profetas en su tierra.

Cine, literatura, moda, teatro, música… Ávila cuenta con buenos representantes en estas y otras disciplinas. Disfrutemos de ellos este fin de semana. Y esperemos que haya muchas más TuitQuedadas similares en próximos años.

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