MysticWorld (Capítulo IV)

El asunto era fácil. No debíamos dejar que durante el día de hoy Pablo y Carlos se acercaran WJPVBW a quién matarían hoy. No saliendo de Casa Willy se encontraría a salvo, pero… ¿Cuánto tiempo tendría que estar escondido? Las respuestas no tardaron en llegar.

Willy dejó la cazuela de macarrones encima de la mesa, se acercó al mueble del salón a la vez que yo me levanté para acercarme a la mesa y a esos macarrones que, ahora mismo, tenían la mejor pinta del mundo. Tenía un hambre canina y hasta un trozo de pan con mierda me habría parecido un manjar en ese momento. Willy sacó unos vasos de mueble mientras yo tomaba asiento. Se acercó a la mesa mientras cogía el tenedor. Soltó la botella y los vasos al tiempo que yo pinchaba un generoso bocado de macarrones directamente de la cazuela y… ¡JODER!

Me arreó tal colleja que solté el tenedor… Cayó directamente dentro de la cazuela. Miré a Willy con una mezcla de odio y rencor que no era propia de mí y le pregunté:

-En serio, ¿tú eres tonto?

– No.

-¿Entonces? ¿Por qué me das?

-Aquí no prueba los macarrones ni dios hasta que yo no lo diga.– Dijo serio mientras se disponía a servir unos chupitos de Jack Daniels.

-Estás de coña, ¿no? No me pienso beber un chupito a estas horas, menos con el resacón que tengo. Ni de coña, no, no no…

No me respondió. Le dio directamente un vaso a WJPVBW, dejó otro enfrente de mí encima de la mesa y se sentó desafiante delante de mí. Tan solo dijo…

– Nadie toca esos macarrones hasta que yo lo diga.– Alzó su vaso hacia mí, después hacia WJPVBW y… Lo dejó encima de la mesa. –Bebe.

– Te he dicho que no voy a beber.

-Ah… Es verdad… Se me olvidaba…– El sonido del portero automático le interrumpió momentáneamente. Tras escucharlo sonar 3 veces seguidas continuó hablando sin inmutarse– Como decía, se me olvidaba. He llamado a Carlos y a Pablo. Deben ser ellos los que están abajo.

Me bebí mi chupito como si fuera el antídoto a un veneno recién ingerido.

¡Este tío es gilipollas! Pensé. Pero si precisamente es de ellos de quién tenemos que alejar a WJPVBW,  dijo anoche que hoy le matarían.

Willy se levantó, se quitó el delantal de La Patrulla Canina, lo dejó colgando del manillar de la puerta y se acercó a la cocina.

-¿Sí?– Gritó al intercomunicador.– Os abro.– Volvió al salón y dijo con una sonrisa de oreja a oreja.– Son ellos.

Me bebí el chupito de Willy, que aún estaba encima de la mesa, donde lo había dejado, tan rápido como me bebí el mío. Me giré hacia WJPVBW, me miraba con cara de pena, con la cabeza ladeada y me extendía el brazo ofreciéndome resignado su chupito también. Parecía tener más que asumida su muerte y era el que más tranquilo estaba, después del propio Willy. Lo rechacé negando con la cabeza y entonces fue él quien se lo bebió sin dudarlo. Igual lo tenía asumido, pero, reconozcámoslo, no es fácil de encajar. 

-A mi habitación, los dos, no quiero un puto ruido. No salgáis hasta que yo os diga. Ni se os ocurra. Vamos a solucionar esto y, sinceramente, no tengo ganas de verte muerto, menos dentro de mi casa. ¡Vamos!

No dio los vasos de chupito, la botella de Jack Daniels y comenzó a empujarnos hacia su cuarto.

– Espera, espera.– Le dije– Déjame llevarme también un platito de macarrones.

-Ni de coña. Tira, vamos. Al puto cuarto y calladito.

Una vez dentro de la habitación cerró la puerta y en ese preciso momento, sonó el timbre. Ya estaban ahí.

-Hola, majos.

-Hola Willy.

– Gracias por invitarnos a comer, un detallazo, Miedo nos da, veníamos hablándolo, algo querrás, pero hasta que nos digas qué, disfrutaremos de la invitación.– Esa era la inconfundible voz de Carlos. Mira que me caía bien el jodío… Antes de saber que iba a matar a mi yerno que, dicho sea de paso, acabo de conocer, pero soy de encafiñarme fácil con la gente. Sentimental que es uno. 

No pude escuchar mucho más. Me limité a no hacer ruido y a intentar intuir lo que estaba sucediendo, pero no me estaba enterando de nada y, joder, necesitaba saber qué estaba pasando en aquel salón.

Un golpe seco, una voz un poco más alta que parecía decir “puto Willy”, otro golpe seco y… Silencio… Se abrió la puerta de repente y allí estaba Willy.

-Ya podéis salir.

Crucé mi mirada con Willy intentando que no pareciera que me daba miedo. Nos acercamos temblorosos hasta el salón y a llegar vimos a Pablo y a Carlos en el suelo, inmóviles, con toda la boca manchada del tomate de los macarrones. Pablo aún parecía sujetar con fuerza el tenedor como si fuera su bien más preciado. Me di la vuelta hacia Willy y le pregunté con voz temblorosa:

-¿Están mu… mu… muuuertos?

– Sí– respondió Willy serio e imperturbable– Ya tenéis un problema menos… Bueno, dos.

-Pe. per. pe. pero…– Willy estalló en una sonora carcajada que tardó unos segundos en poder contener.

-Que no, coño. ¿Cómo van a estar muertos? Esto va de que tenemos que continuar con Los 4 Palos para salvar la ciudad, la humanidad, o lo que cojones sea. Aunque solo sea por los perros, coño, animalicos, ¿qué culpa tienen ellos? Necesitamos a estos dos, nos guste o no. No pueden morir y, menos, matar a nadie, en la cárcel tampoco nos sirven. Son de enamorarse fácil y en su primera visita a las duchas les perderíamos, al menos tal y como les conocemos hoy.  Así que, estamos condenados a entendernos. Atemos a estos pollos y esperemos a que se despierten para hablar con ellos.

-Genio.

-Calla.

-¿Puedo comer ya macarrones?

-¿En serio? ¿Cómo crees que he tumbado a estos dos?

-Ah, claro. Genio.

-Que te calles.

MysticWorld (Capítulo III)

Me desperté con la lengua muy seca, como la de un gatete. Tenía el cuerpo como si una hormigonera me hubiese pasado literalmente por encima y los recuerdos de la noche anterior eran confusos. Me llegaron fotos por whatsapp que preferiría no haber visto nunca. Mi querida concejalía al carajo, pensé.

A pesar de los chupitos de jagger y de la conversación que la noche anterior mantuve con WJPVBW, la verdad es que había dormido de un tirón. Me duché y me serví un zumo de melocotón acompañado de un espidifén. Tenía demasiadas preguntas y WJPVBW debía de seguir en casa de Willy, por lo que me encaminé decididamente hacia allí.

Me abrió Willy la puerta, con un delantal de la patrulla canina.

—Pasa, estoy preparando unos macarrones con chorizo. Al parecer las conexiones en paralelo dan hambre.

—Y la resaca.

—Y la resaca.

Me invitó a pasar al salón en lo que terminaba de freír el chorizo. Allí aguardaba WJPVBW jugando con su perro.

—¿Sabes que llegaron a extinguirse? —comentó mientras le acariciaba entre las orejas.

—¿Los perros?

—Sí, fueron los primeros en sufrir las consecuencias. Cuando todo se fue al diablo y los alimentos escaseaban, mucha gente les abandonó. Los más desesperados incluso se los comieron.

—Vaya.

—¡Pero no todo fue siempre así! Ávila vivió dos décadas esplendorosas a partir del 2020.

—¿Ávila? Me tomas el poco pelo que me queda. WILLY ¿CÓMO VA LA COMIDA?

—Sí, después de lo sucedido en Cataluña, tanto la fábrica de Nissan como la de Seat decidieron trasladarse de Barcelona a Ávila, fue una jugada brillante del entonces alcalde, ¡quién lo hubiese pensado!

—¿El alcalde?

—Sí, se descubrió como un estadista de primer nivel. Esa jugada consiguió aumentar su popularidad en todo el país, lo que provocó que años más tarde ocupase la Moncloa.

—No entiendo nada. ¿Qué fue de Ávila en esos años?

—Vivió una época de desarrollo extraordinario. Se construyó una nueva estación de autobuses, a cargo de Moneo, ya que la anterior se quedó rápidamente insuficiente. Llegaba gente de todo el país y la población aumentó hasta los 200.000 habitantes. En toda Europa se referían a Ávila como la nueva Baviera. La Virgen de las Vacas fue declarada fiesta de interés turístico internacional, petardos incluidos. Y hasta Bruce Springsteen dio su último concierto antes de morir en Flor de Rosa.

—Parece un buen sueño. Y entonces ¿qué pasó?

—Pasó que dejasteis de escribir. Os acomodásteis.

En ese momento apareció Willy con la cazuela de macarrones y una botella de Jack Daniel’s.

—Ya verás como con esto se le pasa la tontería a tu amigo —me comentó.

MysticWorld (Capítulo II)

Viene de Mysticworld.


Joder. Mierda. Joder

Era verdad. Todo era verdad.

Tengo que reconocer que pensaba que todo era gilipollez, una tontada, una broma. Que no había carta, ni viajero, que Eilín era tan solo un producto de mi imaginación y que lo que estaba a punto de terminar era este blog y no la vida en la Tierra.

Joder. Vaya movida.

Son las ocho de la mañana. Escribo estas líneas en el salón de casa, muerto de frío a pesar del brasero y del batín de guatiné. Mi pareja duerme en la habitación ajena a todo, a lo que sucedió anoche y a lo que va a suceder. Ojalá poder dormir a su lado.

Ayer por la noche salí de cena navideña con algunos amigos. A eso de las tres, en un bar del centro de Ávila de cuyo nombre no me acuerdo, un tipo con unas gafas de sol que apestaba a Brummel se me acercó mientras pedía unas cervezas. “Tengo que hablar contigo” me dijo, “es muy importante”. Le ignoré, por supuesto. Pagué mis consumiciones —carísimas, por cierto— y volví con mis amigos. Al rato, el extraño se volvió a acercar, esta vez mientras esperaba mi turno para jugar a los dardos.

—De verdad, es muy importante. Una cuestión de vida o muerte.

—Mire, caballero, no sé quién es usted, si quiere venderme una enciclopedia, pedirme dinero para los desplazados de la última guerra colonial del Imperio Austrohúngaro o mi firma para la independencia de Tabarnia, pero déjeme en paz.

—Me llamo William John Paulus Von BlackWell, yo dejé la carta en el buzón de Trapseia.

—Como si es usted Rita la Cantaora y viene de cantarle unas jotas al Papa de Roma.

—Tú eres el del blog —insistió

—Me debe usted haber confundido con Willy, que es bajista en un grupo de rock.

Si le hubiese hecho algo de caso quizá ese nombre tan extraño me habría llamado la atención. O quizá no. ¿Ustedes se fiarían de un tipo que lleva gafas de sol a las tres de la mañana en un garito de mala muerte y que dice llamarse William nosequé? Perdí de vista al tipo y me olvidé de él. Los dardos no se me dieron bien, como siempre, y la cerveza me da cada vez más sed. A las cinco de la mañana, cansados como perrinos chicos, empapados por la lluvia que aún sigue cayendo al otro lado de la ventana mientras escribo estas líneas, nos despedimos de unos amigos frente a San Vicente y mi pareja, yo y otros dos amigos nos encaminamos por la calle San Segundo hacia la zona sur de la ciudad.

Al pasar por delante del arco de la Catedral, el tipo de las gafas de sol me agarró del brazo.

—Suélteme si no quiere que llame a la policía —le dije bravucón.

—No va a llamar a la policía. Me escuchará y me creerá —contestó con seguridad.

—¿Y usted cómo sabe eso?

—Porque esto ya ha sucedido. Está en todos los audiolibros de Historia allí de donde vengo.

“Madre mía, ya me ha tocado el loco” pensé. Notaba a mis espaldas las miradas expectantes de mi pareja y de mis amigos y en el brazo las uñas de mi interlocutor.

—Mire, yo…

—Escucha, Alberto —me interrumpió—. Dentro de tres segundos sonará un petardo a tu izquierda, en la plaza de la Catedral —sonó—. Ahora, un Seat León rojo matrícula 4528FJK nos pasará por tu derecha —así fue—, y ahora tu pareja te preguntará si va todo bien, tu le dirás que sí y que tienes que hablar conmigo.

—¿Va todo bien, Alberto? —preguntó mi pareja.

—Sí, claro. Tengo que hablar un momento con este señor —respondí con el corazón en el puño. ¿Quién era aquel tipo?— ¿Nos sentamos en un banco en El Grande?

—Claro, eso es lo que ponen los audiolibros de Historia —me contestó el desconocido con una sonrisa.

Ya sentados, bajo la lluvia, no muy lejos de donde esperaban pacientes mi pareja y amigos, el desconocido extrajo un papel doblado del interior de su cazadora. El suelo brillaba reflejando el dorado árbol de la Lotería y a mis espaldas, San José permanecía tumbado en el suelo, vencido por la borrasca Bruno.

—Dentro de unos años —dijo William John Paulus Von BlackWell, aka el de las gafas de sol, de aquí en adelante WJPVBW, mientras desdoblaba el papel—  todo esto habrá desaparecido. Es una pena, porque ni la mejor simulación puede reproducir lo que se siente estando aquí sentado.

—Frío —contesté.

—Bueno, eso está bastante logrado. Me refería a otras cosas. —WJPVBW terminó de abrir el papel y me lo entregó. A pesar de las apariencias, no era un papel normal. Las gotas de lluvia resbalan por su superficie sin humedecerlo—. Echa un vistazo a esto.

Era una portada del Diario de Ávila. 13 de febrero de 2051. A cinco columnas, el titular rezaba “Los últimos abulenses dejan la ciudad. Ávila dejará de existir mañana”.

—Guau —exclamé.

—¿Sorprendido?

—Claro, ¡el Diario sigue publicándose en 2051! ¡Y en papel!

—Bueno, en realidad lo he impreso de internet y hace muchos años que lo edita Mercadona.

—Ya decía yo.

—Bueno, ha llegado el momento de que te cuente como he llegado hasta aquí.

—No me lo digas ¡Un agujero de gusano!

—Algo así. Nosotros lo llamamos conexión en paralelo.

—Vaya cagada de naming.

—Pues es algo increíble. Las simulaciones, la realidad virtual y los procesadores cuánticos de 7 fases han llegado a un grado de desarrollo asombroso. Hemos logrado que el universo se combe sobre si mismo y que sus pliegues, al chocar en plano con los vértices nurticos de las simulaciones…

—No te sigo.

—Oh, perdona. A veces me emociono —WJPVBW reflexionó durante unos segundos—. Lo que quiero decir es que las simulaciones por ordenador han convergido con la realidad y en el futuro, en determinados momentos, en puntos muy concretos, podemos dejar la realidad virtual para introducirnos en la realidad real.

—Vaya —no me había enterado de nada pero sonaba cautivador.

—A través de una simulación de este presente hecha en el futuro he llegado de verdad desde el futuro a este presente.

—¿Y por dónde has entrado?

—Por el baño de caballeros de la biblioteca pública.

—Vaya.

—Tenías que ver la simulación de Eilín, los baños huelen exactamente igual. Es asombroso —me dijo con un brillo en los ojos que no supe identificar. Quizá emoción, quizá asquete.

—¿Eilín?

—Eilín existe. Ella creó la simulación, ella envió a tu cerebro el relato con el que ganaste el certamen de Ávila Abierta.

—Quedé segundo —le corregí.

WJPVBW dudó.

—Pues eso no es lo que pone en los libros de Historia. Bueno, un detalle menor —dijo finalmente—. Eilín me ha enviado para salvar a la humanidad.

—¿La humanidad ha desaparecido?

—Estamos en las últimas. De las seis colonias extrasolares, solo dos sobreviven y a duras penas.

—¿Y cómo pretendes que salvemos a la humanidad del futuro?

—No lo sé.

—Ah, pues cojonudo.

—Solo sé que el fin del mundo está relacionado con el fin del blog.

—¿De Los4Palos?

—Así es. El fin Los4Palos es el inicio del declive de la humanidad.

Reflexioné durante unos segundos. A lo lejos, mi pareja me miraba. Podía notar como su ira crecía a medida que la espera hacía bajar su temperatura corporal. Seguía lloviendo y las gotas de lluvia empapaban mi melena y mojaban ya mi torneado pecho a través de mi cazadora y mi camisa.

—Espera un momento —dije—. Yo he visto muchas series con viajes en el tiempo y tal. Y tú me has dicho cosas que ya han sucedido. Todo esto ya ha pasado y tú sabes como acaba todo esto, está en tus libros de Historia ¿verdad?

WJPVBW se revolvió inquieto en el banco.

—Sí.

—¿Y bien?

—Es un tema espinoso.

—¿Y bien? —dije subiendo el tono.

—La Historia dice que Carlos y Pablo me matarán mañana y mi viaje no habrá servido para nada. También dice que no habrá más viajes a este presente y que todo lo que se ha intentado hasta el momento, hasta el año 2069, ha fracasado.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.

—¿Y qué haces aquí entonces? Vas a morir por nada.

—Tu hija dice que es nuestra única esperanza.

—¿Mi hija?

—Eilín es tu hija y yo… bueno… yo soy su prometido.

—Joder

—¿Puedo llamarte papi?

Aquello era demasiado para mi. Tenía una hija —en el futuro, es verdad, pero ya me estaba pesando pagarle la carrera— que se iba a casar con un tipo que llevaba gafas de sol por la noche. ¡Y encima el mundo se iba a acabar por haber dejado de escribir el blog y solo nosotros podíamos salvarlo! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién estaba detrás de todo esto? Parece otra de nuestras historias navideñas pero esta vez es real. Real como la vida misma. Real como el Real Madrid o el Real Ávila.

Estaba desbordado. Por eso, hace unas horas llame a Willy y le conté lo que pasaba. Por eso, hasta que sepamos qué hacer, William John Paulus Von BlackWell está con él, lejos de Carlos y de Pablo.

Y ahora no sé si ponerme manos a la obra y salvar el mundo o tomarme un café con unas magdalenas.  

MysticWorld

Últimamente mucha gente nos pregunta sobre el futuro del blog. Amigos, vecinos, familiares, nuestros respectivos peluqueros, viejos comentaristas y hasta antiguos integrantes de este rincón. No tenemos nada decidido y los rumores sobre nuestra vuelta han sido claramente exagerados. Todo se andará.

Lo mismo pasa respecto al relato navideño, añeja tradición que nos ha regalado grandes momentos pero no muchas visitas. ¿Habrá este año? Pues no lo sé. Estamos a día 27 y no hay nada pensado. Respecto a esto, agradecer desde aquí a Trapseia sus ánimos y sus buenas intenciones lanzándonos el reto de continuar unas líneas de su buzón. No sé si podrá ser, pero muchas gracias, de verdad. Sabemos que nos aprecias y que lo haces con buena intención. Por eso nos sabía mal no publicar el texto que nos enviaste, la carta que ese presunto viajero del futuro había dejado en tu buzón. Aquí la dejamos a modo de homenaje y agradecimiento.

“Al principio sólo fue una estrella que se refugiaba en sí misma mientras todo se despoblaba alrededor”.

Así comienza el relato que puedes escuchar desde los vagones de un viejo TRD 594 que, usando las vías que muchas décadas antes cayeron en desuso, te transporta desde la megápolis de Madrid a aquellas inhóspitas y secas moradas de la vieja meseta que ahora han encontrado un nuevo uso.

El propio traqueteo del simulador, las sierras despojadas de vegetación y las dos horas de viaje, ya te invitan al recogimiento.

“Si el alma es un castillo todo de un diamante, que mejor que un edificio en forma de estrella, un lienzo y una muralla para defender el valor de la introspección en estos tiempos tan turbados”

La llegada a la vieja estación es el primer punto de encuentro. Dos robots perfectamente logrados -esta vez, ya me había comentado Eilín, les ha quedado bien el simulador- ataviados como monjes de diversas religiones según hayas rellenado el cuestionario previo, te hacen indicaciones para que les sigas. Pero en silencio, siempre en silencio.

“Donde hubo casas, ni el polvo”, se atreve a exclamar, mientras se quita la alpargata para sacudirse la tierra, el primer robotmonje programado para dejar letras suspendidas en el aire. Entre estatua y estatua -al parecer el último concejal que reinó aquel paraje sufrió una agónica y póstuma fiebre inaugurativa- la ciudad había acabado convertida en una mezcla de ruda arenisca, bronce y vieja piedra.

He levantado la vista para contemplar como se merece el cartel azul eléctrico:

“Ávila 2069, Bienvenidos a MysticWorld”.

Capítulo 11: Se armó el Belén (Fin de #VetustoMan)

Me desperté con la boca fofa, como una tienda de campaña sin varillas. Estaba claro que no habían tenido la delicadeza de devolverme la dentadura postiza a su sitio; ni para eso vale el trafullas de Vitorio. Alguien se desgañitaba a mis pies soltando una perorata, micrófono en mano, a los cuatro vientos. Todo ese jaleo debió de sacarme del estado de ‘choc’ en el que estaba.

O él, allá abajo, o yo nos balanceábamos. Debía de ser yo porque él andaba con los pies bien apoyados en el suelo. ¿Donde diablos estaba? En el Grande, eso parecía claro. Pero la perspectiva era extraña: tenía toda la plaza a vista de pájaro, parecido a lo que debió cotillear durante años la Palomilla. ¡La cosa tenía bemoles! Seguía colgado, cual longaniza, de lo alto de una grúa; ahora a mucha más altura.

No podía moverme porque me habían metido en una especie de molde. Era como si me hubieran convertido en una escultura y solo me hubieran dejado unos agujeros para ver, respirar… y quien sabe si atender otras necesidades (no alcanzaba a verme ciertas zonas). Notaba que me habían puesto con los brazos extendidos, como si fuera una aeroplano. Y que por dentro habían untado algo pringoso, imagino que más yemas del demonio porque seguía atontado y sin fuerzas.

Movido por la curiosidad, busqué mi reflejo en los cristales del edificio de Moneo. Casi me da un perrenque cuando me vi convertido en un ángel. Me habían metido dentro de la figura de un querubín alado (a tamaño natural) que sujetaba con las manos una pancarta en la que se leía: Gloria in excelsis Deo.

Pero la cosa no acababa ahí. También en los cristales descubrí la imagen de mi burro…. o algo parecido. Estaba detrás de mí, también suspendido en el aire, y le habían colocado unas puntas enormes de cartulina pegadas al cuerpo y una larga cola de color amarillo-chillón con luces. intermitentes Habían convertido al pobre animal en la estrella anunciadora.

¿Qué diablos pasaba? Intenté enfocar al voceras de abajo y no tardé en comprobar que era el Barón Dandi dando una especie de discurso a la ciudadanía que se agolpaba por los bordes de la plaza. Algo decía de que las calles estaban limpias, de que había luz por las noches y cosas así. “Una ciudad viva”, creo que dijo.

“Pero no nos debemos conformar con esto, convecinos –continuó–. Ávila se merece más; Ávila se merece todo. Por ejemplo, contar con el belén más grande del mundo… ¡y a tamaño natural!”. Mientras decía eso, extendía sus manos a diestro y siniestro, mostrando las muchas piezas que se extendían por el centro de la plaza, aparentemente sin orden ni concierto.

No podía verlo, pero justo a mis pies debía de estar el pesebre, con La Santa, Adolfo Suarez, el niño del convento de Las Madres y un par de verracos robados con nocturnidad y alevosía. Yo, como angelillo, y mi burro convertido en estrella completábamos la escena.

Lo que había alrededor sí que lo tenía bien a la vista. Decenas de esculturas, antes repartidas por distintos puntos de la ciudad, se congregaban en el belén más horrendo y variopinto que haya existido nunca. El San Juan de la Cruz de la Diputación se había convertido en un zagal que pastoreaba los leones de piedra de la Catedral. Se podía deducir que la Menina del Palacio de los Serrano era una lavandera porque andaba cerca del río, el cual, por cierto, estaba formado por una cantidad ingente de papel aluminio que venía desde la calle Estrada y se perdía hacia el parking subterráneo. Incluso la escultura de Santa Teresa que hay delante de su casa natal había sido trasladada, aunque sin banco, quien sabe si para convertirla en el caganer del nacimiento.

Tardé tiempo en averiguar quiénes eran los Reyes Magos. Era, sin duda, la parte más abstracta de todo el Belén. De hecho, lo adiviné por descarte. Tenían que ser las tres esculturas de rotonda que habían puesto en línea caminito del Portal, un amasijo de formas indefinidas en el que destacaba la majestuosidad de una enorme cremallera. No me pregunten que quién era Melchor, Gaspar y Baltasar porque no sabría qué decirles.

Incluso la Muralla había sido mancillada. Una enorme pancarta la había reconvertido en el Castillo de Herodes, con el patrocinio del primer Año Jubilar Teresiano, según se leía en letras doradas. Los salvajes de la puerta occidental de la Catedral, Gog y Magot, estaban ahora en el adarve, haciendo el papel de simples soldados.

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

 

Cuando el Barón Dandi terminó de hablar, se sentó en una especie de trono, algo elevado, que había colocado en un lateral de la plaza. Imagino que esperaría el aplauso del público, pero en lugar de eso se produjo un silencio incómodo que el propio villano rompió accionando un casete que tenía al lado. Por la megafonía sonó a todo volumen la musiquilla de Cortilandia, Cortilandia. Y entonces la vi. El truhán tijereteaba mi dentadura postiza con su mano derecha, llevando el ritmo de aquella melodía del demonio como si mis dientes fueran unas castañuelas.

Me miró, o eso juraría, antes de bajar un interruptor que tenía a sus pies. Supe que había encendido un enorme foco a mis espaldas porque mi silueta angelical se dibujaba ahora en la Muralla de Ávila. Pero sobre todo lo supe por el terrible calor que empecé a notar a mis espaldas. Al cabrón se le dibujó una sonrisa de puro gusto: pensaba asarme muy lentamente hasta acabar conmigo. Más malo que la carne del pescuezo.

Pensé que debía ser una ocurrencia de Vitorio, ya que su hija se ganaba la vida instalando la iluminación de todo tipo de espectáculos, sobre todo de circo. Lo recuerdo porque siempre estaba diciendo que su pequeña tenía muchas luces y que era la luz de su vida, y chascarrillos así todo el día. Siempre ha sido muy cargante.

Estaba todo perdido y solo quedaba esperar a que ese calor que me abrasaba la espalda terminara lo antes posible con mis carnes morenas. Ya estaba hablando con mi Arsenia, diciéndole que dentro de muy poco volveríamos a estar juntos, que me hiciera un hueco por allí, cuando aparecieron ellas soltando mandobles a diestro y siniestro.

Las monjas de mi residencia salían de todos los rincones y sus hábitos hondeaban entre patadas, puñetazos y saltos imposibles. No atacaban a las personas, claro, solo a las figuritas de aquel belén macabro, que estallaban en pedazos con cada porrazo. Incluso una de las sores trepó por la Muralla con la agilidad de una araña para derribar a trastabiyazos a Gog y Magot. ¡Con qué rasmia atizaban!

El Barón Dandí intentó impedírselo, pero el desgraciado no les duró ni medio asalto. La que debía ser la Madre Superiora le arreó una patada voladora que le hizo saltar todos los dientes, los suyos y los míos. Quedó tirado en el suelo, inconsciente al momento, mientras el aire arrastraba uno de sus fulares como si fuera un globo en la Fiesta de La Santa.

Me emocioné mucho al pensar que me estaban salvando, pero las lágrimas se me secaron (San Crispín, qué sofoquina pasé ahí dentro) al comprobar que no venían a por mí. De hecho, se fueron igual que llegaron y nos dejaron a mi burro y a mí pendulando como dos almas en pena. Luego pensé en el concurso de belenes que organiza el Ayuntamiento, el que todas las navidades gana mi residencia. Parecía que las monjas no estaban dispuestas a perder este año; así se las gastan ellas.

Me estaba socarrando vivo y perdí la consciencia en algún momento. El caso es que cuando volví en mí noté que me estaban bajando de aquellas alturas, aunque, como la cabina quedaba a mi espalda, no era capaz de ver quién manejaba la grúa. Solo al tomar tierra me di cuenta de que eran Luchi y Mariano, dos buenos amigos de la calva, que venían a salvarnos a mi burro (también le habían embadurnado en yemas y andaba con algo de relochera) y a mí.

Aún desde dentro del molde, les di las gracias.

– No nos las des a nosotros. Solo hemos hecho lo que nos ha dicho Vitorio.

Me explicaron que el Barón Dandí había secuestrado a su hija para hacer toda la instalación de luces del belén y que el muy truhán obligó a Vitorio a traicionarme si quería volver a ver a su heredera con vida.

– No se atreve a volver a verte, Fructoso. Dice que no es digno de tu amistad.

Ya arreglaría todo esos jaleos con Vitorio. Ahora lo importante era recuperar líquidos y no se me ocurría mejor cosa que hacerlo con la familia. Les iba a pedir que me sacaran de aquella carcasa angelical y que me llevaran con mi hija, pero entonces apareció la Dulcinea y su vozarrón.

– Yo me encargo de él, chicos.

Y con ella me dejaron. La mujer me arrojó tal y como iba encima del burro, que ya empezaba a recuperarse, y después de trabarme con una cuerda de alpaca que sacó del escote, nos arreó a los dos hacia su casa. Me fijé en que había recogido del suelo mis dientes y se los pasaba de una mano a la otra, jugueteando con ellos como si fueran una patata caliente. Le intenté convencer de que me sacara de aquel armazón en el que me había metido el Barón Dandi, pero no hacía más que reírse y decirme que ya me desempaquetería en privado, poco a poco y por partes, que por lo visto unas partes le interesaban más que otras.

– Si no me sueltas de aquí no podré hacerte nada, guapa –dije utilizando todo mi sex appeal para hacerle entrar en razón.

– ¿Cómo que no? –dijo mientras se daba mordisquitos en el culo con mi dentadura postiza.

– FIN –


En capítulos anteriores:

Capítulo 10: Corazones de piedra

[Viene de Capítulo 9: De sueños y venganzas]

– Abejarruco llamando a Carbonero Común.

Algo me gritaba por la zona de la entrepierna

– Abejarruco llamando a Carbonero Común, rediós.

Tenía que ser el pesado de Vitorio, que siempre ha sido un simple y un cansino, y se empeñó en ponernos nombres en clave. Era mejor responderle rápido porque no iba a parar hasta que le dijera algo. Saqué el walkie-talkie del bolsillo de pantalón.

– ¿Qué quieres, joder?

– Di “corto y cambio”.

– Cállate un poquito y dime que narices quieres, mangurrián.

– Creo que el Barón Dandi está aquí… y va a intentar robar el
de la Puerta de Alcázar. Ven rápido. Te espero por donde la calle de la Vida y la Muerte.

– Voy para allá. No hagas nada, ¿eh?

– Una cosa más, Carbonero Común.

– ¿¡QUÉ!?

– No vengas con el traje de Vetusto Man que me lo espantas. Vente de paisano.

Salí corriendo hacia la plaza de Banco de España. Yo estaba echando un ojo al verraco que hay a la puerta del Palacio de los Verdugo, así que no tarde ni dos minutos en plantarme donde estaba Vitorio. Como mucho tres porque tuve que parar a quitarme la capa, las botas, la boina de incógnito y mis armas mortíferas, y dejarlas escondidas debajo de un coche.

Verraco

Cuando llegué, me señalo una sombra que, a unos 10 metros del animal de piedra, andaba en pequeños círculos. Parecía nervioso. Desde donde estábamos escondidos, tras el esquinazo de la calle de la Vida y la Muerte con Don Gerónimo, no podía verlo bien. Además, estaba cansado. Era la cuarta noche que nos pasábamos en vela el Vitorio y un servidor, con los walkie-talkie en ristre, de ronda por la ciudad para controlar que no nos tocaban los verracos.

La patrulla la completaban mi burro, a quien dejaba libre toda la noche con la esperanza (es más listo de lo que parece) de que nos ayudara en la tarea. Había mucho que vigilar: los que hay dentro del almacén del Museo Provincial y de la Diputación, varios repartidos por la Muralla (¿se atrevería a perforar nuestra querida Muralla?), alguno que había quedado para decorar rotondas… El Barón Dandi podía elegir.

Y ahora teníamos a un sospechoso rondando uno de esos bichos de piedra en plena madrugada, dando vueltas a su alrededor como un sereno, sin quitarle ojo en ningún momento. La verdad es que el serrano parecía alto y delgado, como dice la copla que cantábamos de niño. Pero resultaba imposible verle la cara porque se protegía del frío con un llamativo fular.

– Es él –le dije a Abejarruco Sentado–. Me cagüen en la burra balán; es él.

– ¿Cómo lo sabes?

– Su escudo, ¿te acuerdas? Lo que siempre pone encima de la firma: dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores.

Pensé en arrogarle un marro desde allí mismo, pero había dejado las armas y el traje tirados por ahí. Cogí un pedrolo del suelo y, cuando estaba dispuesto a tirárselo directo a la cabeza, el Vitorio me paró los pies.

– ¿Qué haces, animal? ¿Y si no es él? A su tiempo maduran las brevas. Tenemos que esperar a que intente robar el verraco para estar seguros y no desgraciar a un pobre inocente por llevar un fular.

Justo en ese momento apareció por la puerta del Alcázar un camión grúa. Casi parecía que la muralla se tragaba aquel vehículo de lo justo que entraba. Avanzaba muy despacio y con muchas maniobras. Luego se metió hasta la fuente, bordeando la fachada del Banco de España, se dio la vuelta y siguió marcha atrás hasta el verraco.

El conductor se bajó del camión y fue recibido por el sospechoso de los fulares, que se acercaba así, ya sin complejos, hasta su víctima de piedra. Al instante habían llenado al verraco de cadenas y lo subían al camión como si fuera un jamón de recebo.

– ¿Ahora ya podemos ir a por ellos, no? Pinta de ángelitos no tienes –le dije a Vitorio mientras me remangaba.

– Claro, sin piedad. Yo iré por delante y los distraeré. Tú vas por detrás, recuperas el verraco y les atacas, que para algo te pico la medusa.

Cuando llegamos hasta allí ya se montaban los dos malandrines en la cabina para marcharse con su botín. Era sorprendente lo rápido que lo habían hecho todo. El camión empezó a moverse, pero se paró después de avanzar un puñado de metros porque apareció Vitorio frente a él. No sé qué paparruchas les contó (no le entendía desde donde yo estaba), pero consiguió que el vehículo se parara.

Siguiendo el plan trazado, fui por la retaguardia. Subí a la caja y liberé al verraco de sus cadenas. Estaban pringosas, pero con la adrenalina del momento no le di importancia. Luego intenté trincar al animal del pescuezo para bajarlo al suelo. Sin embargo, se me resbalaba como un pez untado en manteca por culpa de esa misma porquería que lo envolvía todo. Además, las fuerzas empezaban a fallarme, así que era fácil imaginar de qué sustancia se trataba.

– Me he gastado 20 cajas de yemas para embadurnarlo bien todo, amigo. No digas que no me he tomado molestias en acabar contigo.

El Barón Dandi me hablaba desde el techo de la cabina, observándome con curiosidad. Se había abierto la gabardina para dejar entrever un chaleco floreado.

– Pobrecillo. No tienes armas, ni fuerzas, ni veneno, ni ventosas, ni nada: reducido a una viejo enfermo en cuestión de segundos –continuó mientras bajaba a donde yo estaba y empezaba a atarme con unas cuerdas también pringosas-. Desde aquella vez que te visité en la residencia con el otro… ¿No te acuerdas? Desde ese día me pareció muy curioso la reacción que provocan en ti las yemas de Ávila. Muy curioso, sí señor.

Trate de recordar, pero… ¡San Crispín, cómo me dolía la cabeza! Intenté escupirle con desprecio, pero ni eso pude. El hilillo de baba se me quedó colgando de la barbilla y la dentadura postiza se me calló el suelo. Él se descojonaba.

– La medusa es el único bicho capaz de estropear un bonito día de playa, ¿te has dado cuenta? Hasta los niños quieren acabar con vosotros y os dan caza con una sacadera y un cubito. Nadie os quiere, tengo que ser sincero contigo. Intenté avisar a la ciudadanía voceando tus trapos sucios a la prensa, de verdad que lo intenté con todas mis fuerzas.

– ¿Cómo sabias tantas cosas sobre mí? –solté entre resuellos. Me costaba mucho hablar, pero tenía que tirarle de la lengua para ganar tiempo. Aún quedaba un motivo para la esperanza.

– Uno tiene sus fuentes, ¿sabes?

Noté que alguien por detrás me empezaba a poner unas cadenas. Intenté darme la vuelta para verle la cara, sin resultado porque rápidamente me prendieron al gancho de la grúa y me subieron unos metros. Hasta que no estuve allí arriba, como un pimiento en una romana, no vi a Vitorio. El muy sinvergüenza, más falso que una mula romera, era incapaz de levantar la vista del suelo. El Barón Dandi le daba cachetadas cariñosas en el hombro mientras lanzaba su risa malvada.

– Os recomiendo que acabéis conmigo ahora mismo, porque ni cien inútiles como vosotros pararán a mi asno cuando se entere de esto… y no tardará mucho –les dije de pura rabia, enseñando mis cartas como un idiota.

– Ya, tu pobre burro… –respondió mi archienemigo–. Déjanos a nosotros encargarnos de tu pobre burro.

Luego debió de darme un soponcio o algo así porque todo se volvió negro y sueño.


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Capítulo 9: De sueños y venganzas

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Él siempre había querido ser un superhéroe. Con pocos años, quizá siete, su tío, el hermano de su madre que se había ido a vivir a Madrid poco tiempo después de la guerra, le había regalado su primer cómic: “La Fortaleza de la Muerte con Ciclón el Superhombre”. Era una edición amarillenta y quebradiza de uno de los primeros tebeos de Supermán, rebautizado por la censura como Ciclón, publicados en España durante los años 40. Al parecer, se lo había regalado alguien del Ministerio —su tío trabajaba en uno de ellos, tal vez el de Agricultura— y a su primo Diego, cinco años mayor que él y un poco imbécil, no le había interesado demasiado.

Él, al contrario, devoró aquellas páginas con fruición, las releyó cientos de veces y memorizó cada uno de sus diálogos. Aquel fornido muchacho de capa azul y roja y calzoncillos negros llegado desde Crypton se convirtió en su mejor amigo, su héroe, el espejo en el que mirarse, un ejemplo a seguir. Aunque cada vez que su tío les visitaba, lo que sucedía de higos a brevas, no perdía ocasión de agradecerle su regalo, decirle lo mucho que le gustaba y rogarle, al borde del llanto, que le trajese más cómics, tardó años en conseguir un número nuevo de las aventuras de Ciclón, ya por entonces Supermán. No son fáciles de conseguir, le decía su tío mientras le frotaba la cabeza, ¿no prefieres alguna novela de Camilo José Cela? Dicen que “Tobogán de hambrientos” está muy bien, aunque no llegue a ser “La familia de Pascual Duarte”.

Pero él ya estaba mayor para toboganes, un poco fondón para encuadrarse entre los hambrientos y no tenía el menor interés en el tal Pascual o en su familia. Él quería tener superpoderes, volar, rescatar a damiselas en apuros, luchar contra el mal, salvar el mundo, levantar autobuses amarillos con sus propias manos y frenar trenes llenos de pasajeros al borde de un precipicio. Quería enamorar a la chica guapa, hacer rabiar a los malos, recibir los aplausos de la gente y lucir abdominales de impresión.

Cuando tenía 19 años, pocos meses después de empezar la universidad en Madrid, su madre decidió tirar su colección de tebeos a la basura. Estaban viejos, le dijo, algunos rotos, y ya eres mayor para estar leyendo estas tonterías ¡En qué día te regaló tu tío el primero!. Aquel día su madre había decidido acabar con su infancia y reciclar sus sueños. Nunca se lo perdonó, nunca lo olvidó.

Evidentemente, ahora todo aquello —su madre, su tío, sus primeros tebeos— quedaba muy lejos. Estaba contento con su vida. Tenía casi setenta años pero no los aparentaba. Estaba en buena forma física, tenía una familia que le quería y un trabajo que, aunque no tenía nada que ver con los superhéroes, le permitía trabajar para la gente, ayudarla, recibir su cariño y, a veces, algunos besos en las mejillas. También había malos a los que enfrentarse, aunque no se parecían mucho a los de los cómics.

Todo iba bien, estupendamente bien, mejor de los esperado, hasta que había aparecido ese vejestorio advenedizo, ese abrazafarolas con olor a naftalina, ese payaso y su sucio rucio. Cuando le llegaron los primeros rumores sobre ese que se hacía llamar Vetusto Man se lo había tomado con humor. Un viejo con demasiado tiempo libre y una sobredosis de viagra. No le dedicó ni dos minutos. Ya se aburrirá. Igual un catarro se lo lleva el próximo otoño. Nada de lo que preocuparse. Pero luego, cuando se enteró de que se dedicaba a arreglar aceras y terminar obras municipales, se volvió loco. ¿Qué pretendía ese entrometido? ¡Ese era su trabajo! ¿Quería robarle los aplausos que tanto le costaba provocar? ¿Qué haría él si no podía inaugurar siquiera una acera? Tenía que pararlo, defenestrarlo, arruinar su reputación, su carrera, arrancarle sus estúpido disfraz y devolverlo al asilo de la historia de donde hubiera salido. Y si no podía hacerlo nadie más, tendría que hacerlo él con sus propias manos. Ese estúpido Capitán Acueducto había resultado un fraude y mejor no decir nada de la inoperante policía municipal.

El Barón Dandi resopló, dejó su copa de Soberano en la mesa de caoba y se levantó de su sillón orejero de cuero. Su perro le miró desde su rincón pero no hizo amago de seguirle. Al pasar junto a la estatua de Suárez camino del jardín, le dio un cachete cariñoso en el culo metálico. “Tú sí que fuiste un superhéroe, Adolfo” dijo en voz alta. La luna brillaba en lo alto del cielo. El silencio era casi completo. La Palomilla, apoyada en el tronco de un fresno, cerca de los geranios de su mujer, parecía a punto de dedicarle un soneto a la claridad de la noche.

Aunque Vetusto Man había descubierto sus planes y había tenido la desfachatez de aparecer en el ayuntamiento subido a su pollino piojoso para anunciarlos a voz en grito, el Barón Dandi no estaba dispuesto a renunciar a ellos. Era mejor que él, algo más joven y mucho más listo. No tenía miedo de enfrentarse a él cara a cara. Estaba dispuesto a mancharse las manos, a arrañarse los nudillos y romperse alguna uña si era necesario. Paso a paso se acercó al cobertizo de jardín donde guardaba, lejos de miradas indiscretas, sus chalecos de flores y sus fulares.

Tenía que dejar en ridículo a ese viejo. Tenía que robar esos verracos.


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