Capítulo 8: Del bidé al despacho del alcalde

[Viene de Capítulo 7: De pescozones y guantazos]

El Capitán Acueducto nunca se recuperó del morrazo. Le recogieron con rasqueta del suelo, le cambiaron el verde licra por el banco escayola y le ingresaron en el Hospital Nuestra Señora de Sonsoes. A parte de no sé cuántos huesos rotos, la caída le afectó a la sesera, ya que hacía ruidos raros y se pasaba el día soltando palabras sin sentido. Le preguntabas cualquier cosa y te salía por peteneras. Tardaron en darse cuenta de que, por culpa de algún cortocircuito en la cabeza, se creía un tal King África, quizás impresionado por el concierto que ese mismo verano había dado en Ávila. ¡Vaya usted a saber qué pasa dentro del craneo de un pobre loco! Lo visité por educación y a la tercera vez que me gritó “bomba” me fui de allí para no soltarle un sopapo.


No voy a negar que me alegraba de haberme quitado a ese cantamañanas de en medio. Así lo querría el destino. El que va para martillo, del cielo le caen clavos, dicen en mi pueblo. Sin embargo, también había una parte de mí algo asustada con eso de volver a ser el único superhéroe en funcionamiento. Ahora solo dependía de un servidor dar caza al Barón Dandi y uno ya está mayor para tantas presiones.

La verdad es que me obsesioné con el tema de los robos. Seguí patrullando por las noches, pero ahora apenas dormía porque también me dedicaba a estos asuntos por el día encerrado en el cuarto de baño. Veinticuatro horas dándole vueltas al coco para encontrar una explicación a todo lo que ocurría en Ávila en los últimos meses y adivinar cuál sería el próximo movimiento del maligno.

Uní en un mapa los puntos en los que había actuado el Barón Dandi, como en las películas americanas, pero aquello no sirvió para nada. Conté las letras que había en las palabras “santa”, “Teresa”, “Adolfo”, “Suárez”, “niño” y “Jesús” y llamé al número de teléfono que me salió, pero solo logré que un chino me gritara desde el otro lado de la línea. Busqué una lógica en el orden alfabético, convertí las letras en números, comparé los escenarios de los robos con los recorridos de las distintas líneas de Avilabus… sin resultado alguno.

Todo esto lo hice en el bidé, con los pantalones bajados y en remojo. Siempre ha sido el mejor sitio para pensar, para aclararme las ideas. Recuerdo que mi Arsenia se reía mucho cuando me veía pasar las horas muertas así, dándole vueltas a algún problema. Me decía que se me iba a arrugar la raja del pompis con tanto agua y cosas así. Mi serrana era muy fina para hablar; se hubiera muerto de vergüenza antes de decir culo.

Claro que con las monjas es difícil concentrarse. Cada dos por tres se me colaba en la habitación una sor para preguntarme qué tal estaba, o si ya había rezado el Ángelus, o si me había dado cuenta de que Dios es uno y trino; cualquier mandanga de esas. No se van ni gritándoles “tuso, tuso”.

A veces hasta me pedían que les ayudara colocando algún pedido que recibían en la cocina, como el día que les llegó una partida de sopas de sobre. Había que bajar al sótano 153 cajas de Sopinstant. Pollo con Pasta. “Nuevo diseño, misma receta”. Me pasé toda la mañana llevando paquetes de dos en dos, disimulando mis superpoderes. Era tan aburrido que acabé cotilleando el universo de trastos que las monjas guardaban en el subterráneo.

Fue allí, en ese lugar oscuro y húmedo, ante los adornos de Navidad de la residencia que las sores habían empaquetado, donde se me encendió la bombilla. Allí adiviné lo que estaba haciendo el cabrón del Barón Dandi.

Fui a por mi burro al momento, ya ataviado con el traje de Vetusto Man, y nos subimos a escape al Ayuntamiento. No tuve problemas para entrar en el Consistorio porque el policía chusquero que estaba en la puerta era mi amigo Elicio Iborra. En cuanto me vio empezó a santiguarse y a murmurar rezos, arrinconado contra la pared, como si hubiera visto a un fantasma.

Subí al segundo piso montado en mi jamelgo, igual que un general, y recorrí pasillos y pasillos hasta dar con el despacho del alcalde. La intención de mi rucio, creo, era llamar a la puerta, pero en lugar de eso la tiró abajo de un solo golpe de pezuña. Entré gritando “yiiiiiiija”, poseído por un espíritu yanke que me subió desde las entrañas debido a la emoción del momento. La capa de ‘Super tallas Bermúdez’ ondeaba al viento y los marros del cinturón, armas mortales en mis manos, brillaban como soles.

El alcalde estaba reunido con su equipo de Gobierno al completo. Nada más verme, agacharon todos la cabeza, como girasoles en días de lluvia. Al principio pensé que por miedo, pero escuché alguna risa por lo bajini, así que imaginé que se estaban descojonando por dentro. Me controlé para no empezar a repartir tortazos a diestro y siniestro.

– Caballeros –dije–. Ya sé por qué nos roba el Barón Dandi y cuál será su próximo movimiento.

Todos levantaron la chola, con las sonrisas congeladas en sus municipales rostros.

Saqué del bolsillo unas piezas de Belén de la residencia que había cogido prestado en mi visita al sótano y, tras bajarme del burro (literalmente), se las puse en la mesa.

– La Palomilla… –expliqué señalando a la Virgen.

Dejé pasar unos segundo para que procesaran la información.

– …Adolfo Suárez… –ahora les apuntaba a San José.

No parecían entender nada.

– … y el Niño Jesús del convento de las Madres –concluí sujetando al hijo de Dios recién nacido.

Me miraban como si estuviera chaveta.

– ¡Se está montando un belén gigante a costa del patrimonio de la ciudad! ¿No lo veis?

Abrieron muchos los ojos, no sé si con asombro o desconfiados. Alguien me preguntó cuál sería el siguiente robo.

– Ahora necesita una mula y un buey. Ahora necesita un par de verracos de piedra.

[Continuará…]


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Capítulo 7: De pescozones y guantazos

[Viene de Capítulo 6: Tenemos héroe nuevo en la oficina]

De chico tenía pánico a las tormentas, más que al sacamantecas. Alguien me dijo que los cuernos de las vacas atraían a los rayos, así que me entraba el tembleque malo cada vez que un temporal de esos me pillaba en medio del campo con el ganado. El canguelo era tal que acabé contándoselo a mi padre. Se encogió de hombros, me dijo que todos tenemos miedo de alguna cosa y continuó a lo suyo. No había mucho más que hablar. Yo seguí yéndome por la pata abajo cada vez que el cielo se ponía a tronar, hasta que un día dejó de asustarme. Imagino que simplemente me harté. Al miedo, igual que ocurre con el hambre, solo se lo vence ignorándolo.

También ahora me había hartado de esconderme, la verdad, así que volví a mi rutina de superhéroe anónimo. Regresé a la residencia, donde vivía de día como Fructuoso Blázquez, mientras dejaba las noches a Vetusto Man y su burro. Ya no hacíamos chapuzas de medio pelo, sino que patrullábamos la ciudad vigilando las estatuas y monumentos, atentos al próximo paso del Barón Dandi (primo del cocodrilo, imagino). También nos encargamos de trillar, bien trillado, las dos zonas en las que el malnacido había robado en busca de alguna pista que nunca encontramos.

Lo primero que hacía antes de empezar mi ronda nocturna era mirar al cielo para pedir perdón a la Arsenia y pasarme por donde mi Dulcinea. Casi siempre está asomada al balcón, así que nada más enfilar la calle ya me iba soltando algún piropo de los suyos; que si mocetón, que si precioso, que si te comía hasta la rabadilla.

De vez en cuando nos montábamos en el burro y nos íbamos al centro a tomar un helado de corte. La tenía que ayudar a subir encima del animal, aunque no siempre con el resultado esperado. Lo digo porque un día se me volteó en la subida y la pobre quedó arqueada, con el ombligo mirando al cielo, encima del lomo de mi asno. No sé si me explico: como la profesora de yoga en la residencia cuando estira la espalda con una de esas pelotas enormes de colores. El caso es que a la Dulcinea se le quedó la cabeza del revés a la altura, para que me entiendan, de donde debería ir uno de los estribos (si el rucio tuviera silla de montar). Fui a ayudarla de inmediato y, en ese momento, cuando ella estaba colgada como un chorizo, nos dimos el primer beso, con las seseras cada una en un sentido. Me pareció estar soñando de tanta felicidad que sentí en el pecho.

No todo fue siempre tan amoroso, la verdad. En uno de esos paseos nocturnos de helados y risas nos encontramos con el Capitán Acueducto. Por lo visto, también él patrullaba la ciudad por la noche, aunque en su caso parecía más preocupado por lucir palmito. El caso es que, en cuanto apareció, mi Dulcinea empezó a lanzarle improperios y yo me puse malo. “Buen mozo”. “Garboso”. “El de verde, que me pierde”. Y cosas así.

Acabó por acercarse el zagal para saludarnos e incluso le plantó dos sonoros besos a ella sin perder la sonrisa en ningún momento.

– Gracias por sus halagos, señora, pero lo importante es que estoy aquí para protegeros.

El caracatre se quedó oteando el horizonte como si se le hubiera escapado alguna oveja, con los ojos entornados, mientras mi acompañante aprovechaba para sobarle sus musculosos brazos. Lo suyo con los superhéroes es una perdición.

Luego el Capitán Acueducto se fijó en mí unos segundos. Llevaba todos los aperos (la boina con antifaz, la capa, las botas de pescar y mis armas reglamentarias), así que pensé que me reconocería al momento. No fue así.

– ¿Le puedo preguntar qué le pasó a su marido para quedarse así?

– No es mi marido –respondió Dulci-. Me lo encontré de esa guisa.

Me pareció que el burro se reía, si es que estos animales del demonio pueden hacerlo.

Yo le tendí al muchacho la mano, repleta de odio y de veneno, mientras me presentaba como Vetusto Man.

– He escuchado hablar mucho de ti –me dijo al devolverme el saludo.

Al principio aparentó normalidad, pero eché tanto veneno por las ventosas de los dedos que al final tuvo que soltarme con un grito de dolor que me llenó de orgullo

– ¿Qué ocurre? –le pregunté con retranca.

– Lo que ocurre es que a lo mejor tengo que darte un sopapo para que aprendas modales, abuelo.

– ¡Uy! ¿Sí? –fingí que temblaba mientras daba vueltas a su alrededor-. ¡No, por favor! Capitán Eructo, tenga compasión de mí.

Vi como Dulcinea se reía y me vine arriba. Seguí haciéndole burla, rodeándole con saltitos a la vez que gritaba a los cuatro vientos que tenía mucho miedo. Pero en una de esas aprovechó que le daba la espalda para agarrarme por el cuello con el brazo. Mientras me mantenía sujeto, empezó a tirarme de las patillas, uno de los pocos sitios en los que me queda pelo. Intenté zafarme aprovechando la mucosidad de mis carnes, bailonas igual que un flan, pero él cada vez apretaba más fuerte.

Uno busca soluciones desesperadas en momentos desesperados. A mí lo único que se me ocurrió fue trastear con mis manos sus partes bajas (bastante accesibles, por cierto, debido a su traje de licra) y pellizcar lo primero que encontré. Aulló de dolor antes de soltarme. Nos quedamos frente a frente.

– Puto viejo –dijo antes de soltarme un tortazo como no me han dado en la vida.

Me salió del alma responderle con un pescozón. Casi le escogoto al imbécil. De hecho, se quedó tirado en el suelo, quieto cual saco de estiércol. Temí que le hubiera ajusticiado como un conejo y me acerqué a echarle un vistazo. El muy sinvergüenza aprovechó para pillarme desprevenido y, con un hábil movimiento, me atizó con todo el escudo. Salí disparado hacia atrás y rompí los cristales de un escaparate con la espalda.

Desde dentro de aquel establecimiento, vi como el Capitán Acueducto venía hacía mía para rematarme. Me incorporé rápidamente y saqué uno de los barrillos del cinturón. Él se quedó paralizado ante mi nueva amenaza y yo aproveché el momento de incertidumbre para lanzarle el marro, pero lo hice con tal flojera que casi se me cae en los pies. ¿Qué me pasaba? Miré alrededor y me di cuenta de que había aterrizado en una tiendas de yemas y el efecto que tienen sobre mí, solo con tocarlas, ya se empezaba a notar. Había bolitas amarillas por todos los lados e incluso había aplastado varias cajas en la caída. Al instante ya no podía ni mantenerme en pie.

El Capitán Acueducto se dio cuenta de que algo me ocurría y no desaprovechó la ocasión. De hecho, el mostrenco me sacó de la tienda tirándome de las orejas, mientras se reía a carcajadas. A peligro pasado, cobarde esforzado, dicen en mi pueblo.

– No está usted para estos trotes –iba diciendo.

Ya en medio de la calle, volvió a agarrarme del cuello, a tirarme de las patillas y a soltarme cosques en la cabeza. No podía ni reaccionar, pero vi como el pollino se le acercaba por su espalda, dispuesto a intervenir en la pelea al verme en clara desventaja. Se colocó de culo y le arreó una tremenda coz en todo el costillar al desgraciado del escudo. Salió disparado por el aire y yo con él, pues ni con esas me soltó en ningún momento.

san_jose_copia_fotor.jpgCreanme si les digo que atravesamos volando varias manzanas. Lo de mi burro, ya lo habrán notado, no es de este mundo. Caímos frente al convento de San José justo en el preciso momento en el que volvía a sonar la risotada del Barón Dandi, de nuevo grabada. Un foco iluminó la entrada del templo, mostrando a un San José solitario que daba la mano a nadie. Nos había robado al niño Jesús… el muy hijo de perra.

[Continuará…]


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Capítulo 6: Tenemos héroe nuevo en la oficina

[Viene de Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?]

En ese momento yo no me enteré de nada. Era feliz. Luego supe que el Ayuntamiento y la Diputación habían aprobado unas mociones, cada uno la suya, para declararme persona non grata. En una de ellas, no recuerdo en cuál, incluso se hablaba de poner en marcha el Observatorio del Superhéroe para evitar fraudes y asegurar la calidad de este tipo de vigilantes. Ah, y lo que es aún más grave. Se estableció una tasa para tal práctica, en concepto de uso y disfrute de la vía urbana para el desarrollo de “actividades heroicas”. También se solicitó a la Junta de Castilla y León y al Estado un Plan de Dinamización Especial ante la baja calidad del tejido heroico abulense.

Pero ya digo que, al menos al principio, nada supe de estos zipizapes. Tras el jaleo con la estatua de Suárez, el burro me llevó directito al pueblo y allí, en el cuchitril de Tornadizos, me enclaustré bien a gusto. Por eso no leí a los voceros de la prensa poniéndome a parir por lo ocurrido con el robo de los monumentos. Me contaron que pedían la intervención policial para detener al loco de Viejuno Man (así me llamaban los muy…) antes de que hiciera daño a alguien. Y se burlaban diciendo que el único que tenía superpoderes era mi burro y estos, según varios testigos, se encontraban entre los cuartos traseros.

A las monjas les dije que me iba unos días con mi hija. Y a mi hija la llamaba todas las tardes desde el bar del pueblo para evitar que ella telefoneara por la noche a la residencia. Otra vez andaba con engañifas y falsedades. No sé cómo lo hacía, pero últimamente mentía más que hablaba.

En cuanto mi hija empezaba a hablarme de Vetusto Man o de cualquier asunto relacionado con el robo de monumentos, le cambiaba de tercio. Le sacaba lo rica que estaba la tortilla que nos hacía mi Arsenia, el último capítulo de la serie esa del perro policía, el precio de las cebollas… daba igual. Y ella encantada.

– ¡Qué hablador estás últimamente, papá!

Era feliz en esa ignorancia que me permitió estar totalmente al margen del aterrizaje de aquel estúpido, el Capitán Acueducto. No llegó hasta mi chabola de Tornadizos la noticia de que Segovia, preocupada por la pérdida del patrimonio cultural de una ciudad “vecina y amiga”, había decidido ceder temporalmente a su superhéroe local para colaborar con la causa.

Con el tiempo me enteré de que aquel figurante con mallas era, por así decirlo, de reciente creación. Las malas lenguas decían que lo habían fabricado ex profeso en cuanto llegó a Segovia el rumor de que Ávila tenía superhéroe y ellos no. No les vale con tener el AVE: ellos siempre tienen que ser más.

Y yo, mientras tanto, en mi retiro espiritual. Me pasaba el día en pernetas, medio dormido, medio durmiendo en el sofá orejero del establo, sin nada que hacer. El pequeño de los Patalajo se pasaba por allí de vez en cuando, siempre en completo silencio. A veces me acercaba alguna vaca, como animándome a que hiciera pesas con el animal (eso le encantaba), pero no tenía yo el horno para bollos.

Me dijeron que por aquellos días el justiciero segoviano se paseaba por Ávila entre aplausos y vítores. ‘¡Ayúdanos, Capitán Acueducto!’, le decían algunos. ‘¡Vaya planta que tiene el mozo!’, gritaban otros. ‘¡Ay, qué lebrel! Y el que más y el que menos, imagino, comparaba en su cabeza a uno y otro superhéroe. He de reconocer que no había color.

Él era joven, atlético. Lucía un traje apretado, más verde que el laurel, que no dejaba nada a la imaginación. Con buen traje se entra y encubre el ruin linaje, decían en mi pueblo. En el pecho se había bordado un acueducto y no se separaba de un escudo enorme de la Cultural Segoviana que, según decía, estaba hecho con los cráneos de los mejores cochinillos de su tierra. “Más duro que el vibranio”, solía decir el mangurrián (vete a saber a qué se refería). Pero lo peor de todo era su terrible juventud.

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Ya digo que de todo esto no sabía nada. Al menos hasta el día que vino a verme Vitorio, preocupado porque no había ido a la partida de calva del domingo. Intentó decirme no sé qué de Vetusto Man, pero le corté rapido.

– Déjame de zarrias, anda. No me des la matraca, te lo pido por favor.

Se empeñó en llevarme a la ciudad para que participáramos en un campeonato de calva que había organizado el Ayuntamiento por las Fiestas de Verano: el No Limit Power Outdoor 2017. Se puso tan pesado, tan él mismo, que le dije que sí con tal de que se callara.

– Pero en cuanto se acabe me traes al pueblo.

El problema es que a la inauguración del evento acudieron las autoridades locales y el idiota del escudo. Con este último me choque sin querer mientras iba a presentar la ficha de inscripción.

– Claro que sí, abuelo, claro que le firmo un autógrafo –me dijo casi gritando, como si estuviera sordo.

Me quitó la ficha de inscripción y, en la parte de atrás, me dejó su firma y un mensaje: “Con la esperanza de que Ávila y sus abulenses sepan lo que es un verdadero superhéroe. Ya pueden estar tranquilos: llegó el Capitán Acueducto”. Luego me soltó una palmadita en la espalda.

Me di la vuelta buscando a Vitorio.

– Me caguen la burra balán. ¿Quién es este mamarracho?

Y ahí, en el preciso momento en el que empezó a contarme todo lo que había pasado durante los últimos días, acabó mi tranquilidad.

[Continuará…]


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Elogio del conformismo

En la universidad conocí a una chica que coleccionaba anillas de latas de refresco. Era gallega, de un pueblo del interior de Lugo, bajita, con el pelo rubio ceniza recogido en una docena de rastas decoradas con cuentas de colores que le llegaban hasta media espalda. Siempre hablaba susurrando, como si te estuviese contando un secreto o tuviese miedo constantemente. Durante semanas, todos los que la conocíamos, aunque fuese levemente como es mi caso, recogimos con fervor anillas de latas que ella iba guardando en una garrafa de ocho litros a la que había cortado el tercio superior. Un día, al ir a entregarle los frutos de mi colecta, me miró con cara triste, me dio las gracias y me confesó que había dejado de coleccionar anillas. Es más, había tirado el millar que hasta entonces había reunido. Un ruso, me dijo, tiene medio millón de chapas, lo he visto en internet. ¡Es imposible que yo le alcance nunca! Me he dado cuenta de que siempre habrá alguien que tenga más chapas que yo y que esforzarme para ser segunda no merece la pena.

Durante algunos días anduvo triste. Caminaba por los pasillos siguiendo con la mirada las juntas del terrazo. Suspiraba todo el día, dejando escapar un poco de su alma con cada exhalación, y removía con desgana las patatas (re)fritas en el comedor durante la cena. Había fracasado y la derrota era demasiado pesada para su escaso cuerpo.

Marcarse unos objetivos demasiado elevados, inalcanzables, puede provocarnos frustración. Todos lo sabemos porque todos lo hemos vivido, porque todos hemos mirado al horizonte y le hemos desafiado alguna vez. Por eso es necesario ser conscientes de nuestros límites. Mi conocida gallega descubrió que nunca sería la mayor coleccionista del mundo de anillas de latas y, a pesar del dolor, supo abandonar su sueño antes de que la derrota fuese insuperable. Al poco tiempo comenzó, con mucha menor ambición, una colección de pegatinas de frutas en una libreta rosa de Agatha Ruiz de la Prada.

El alcalde de Ávila comparte esta filosofía vital. Frente a planes grandilocuentes que enardecen los corazones del común con cifras millonarias y palabras rimbombantes, nuestro regidor apuesta por el día a día, por la cómoda y feliz rutina, por las zapatillas de felpa de la gestión sensata. ¿Para qué buscar la excelencia, sea esto lo que sea, cuando se puede ser feliz con poco? ¿Para qué aspirar a mucho cuando se está tan calentito dormitando debajo de la manta? ¿Por qué intentar ser el mejor si a mitad de tabla se está tan bien?

El alcalde conoce sus limitaciones, las de su equipo, las del presupuesto municipal y las de la ciudad y sabe que con ir tirando nos podemos dar con un canto en los dientes. ¿El AVE, el Prado, la reindustrialización, el pleno empleo? ¡Palabras mayores! Que haya algo de luz por la noche, las calles estén más o menos limpias y la circulación esté regulada. ¡Por fin un político realista con objetivos realistas! Ojalá su futuro programa electoral siga esta línea: imbornales un poco más limpios, un 5% menos de cucarachas, que la muralla siga en su sitio, reducir el número de estatuas atropelladas…

Acostumbrados como estamos a políticos que viven en un continuo mitin, quizá nos resulte intolerable su poca ambición, pero es un alivio saber que no está entre sus planes pasar a la historia de la ciudad. Algún PGOU nos ahorraremos. Como diría el alcalde, no hay mal que por bien no venga.

Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?

[Viene de capítulo 4: El lado oscuro]

Se me vino el mundo encima con todo lo que pasó con la Palomilla. Una cosa era arreglar aceras y otra muy distinta enfrentarse a un villano de película para recuperar un monumento abulense como un castillo de grande. Decidí encerrarme en la habitación de la residencia para aclararme un poco las ideas, pero lo que comenzó como un retiro espiritual de un par de días, acabó convertido en un encierro semanal que solo me sirvió para embarullar aún más todos mis miedos y complejos.

La risotada de aquel mangurrián del Barón Dandí sonaba en mi cabeza cada que vez que cerraba los ojos y, las pocas veces que conseguí dormir, soñaba con una enorme medusa que se me metía en a cama para susurrarme a oído: “Encuéntrala si puedes, Vetusto Man”.

Mi hija debió de notar algo porque no hacía más que llamar. Noche sí, noche también, la tenía telefoneándome a la residencia para preguntarme que qué tal todo.

– ¿Seguro que estás bien, papí?
– Sí, gurriata, sí. Como un reloj.

En unas de esas conversaciones, fugaces y a veces incómodas por sus silencios, me habló de la que se estaba liando a raíz del robo de la Palomilla. Cuando nos quedábamos callados, ella podía sacar cualquier tema.

– ¿Te has enterado de lo de Vetusto Man? –me preguntó-. Una no sabe si tener miedo o pena de un personaje así, ¿no crees? Ten cuidado, anda.

Casi me da un pasmo en ese momento. Le dije que sí, que vaya tela, y en cuanto colgué salí a por la revista de la asociación de vecinos. Tuve suerte porque acababan de sacar una edición especial, un monográfico sobre el incidente. Alguien, “una fuente que prefería mantenerse en el anonimato”, había hablado sobre Vetusto Man a la prensa. Imagino que, a raíz de que apareciera ese nombre en el mensaje que Barón Dandí dejó en el lugar del robo, habían surgido muchas preguntas que poco a poco iban teniendo respuesta.

Más que como un superhéroe, me presentaban como un loco, un aficionado al travestismo (había mucha guasa con mi capa y mis botas de pescar) que se había emocionado por ayudar durante un par de noches a los Servicios de Obra y Jardines del Ayuntamiento. En el editorial se lamentaban de que el rescate de nuestra Santa Teresa, del monumento dedicado a las grandezas abulenses, estuviera en manos de una papanatas con problemas de próstata.

Sabían muchas cosas de Vetusto Man, la verdad, y las fueron soltando poco a poco en los siguientes días: que tenía un burro, que servidor era blandurrio como un moco, lo de las fichas del dominó y los barrillos que utilizaba a modo de arma… No sé si fue mi Dulcinea o quizás el imbécil del agente Iborra, la cuestión es que había una “garganta profunda” suelta que les iba suministrando información.

Y cuanto más tiempo pasaba, más mala uva tenían los editoriales. “¿Por qué se esconde Vetusto Man?”, se preguntaba la prensa. Algunos me acusaban de ser un fraude con boina, otros decían que Vetusta Man y el Barón Dandí eran la misma persona y que el robo de la Palomilla no era más que un exceso de autobombo. Incluso los había que simplemente me acusaban de ser más viejo que carracuca. A mí me supuraba tanto veneno al leer estas estupideces que acaba abrasando el papel del boletín vecinal.

Un día me armé de valor. “Nadie deja de sembrar por miedo de gorriones”, decía mi abuelo. Decidí revisar la escena del crimen, como hacen en las películas, para ver si me inspiraba un poco. Iba de incógnito, con una gabardina que me tapaba desde el pescuezo hasta el calcañar, gafas de sol y sombrero, aunque debajo del abrigo, para evitar imprevistos, me dejé el biricú con los marros y la bandolera con las fichas del dominó.

Cuando llegué a la zona cero, me encontré con varios operarios municipales arreglando el boquete. “Eso sí que es un trabajo para Vetusta Man”, pensé, más consciente que nunca de mis limitaciones. ¿Qué buscaba allí? Me senté en un banco del Mercado Grande para reflexionar un poco, igual de profundo que viendo ‘Saber y ganar’.

Me despertaron unos gritos que sonaron a lo lejos, al otro lado de la Muralla. ¡Menudo tibilorio tenían montado! Cuando conseguí enfocar, vi que la gente se agolpaba para cruzar la puerta del Alcázar y para allí me fui. Me llevó varios minutos y muchos empujones llegar al otro lado y ser consciente de lo que pasaba

El Barón Dandí había vuelto a actuar porque había un boquete en el lugar en el que debía estar la estatua de Adolfo Suárez. Al lado del socavón había pintado sus fulares y el chaleco de flores. El bellaco también había escrito un nuevo mensaje: “Vetusto Man, en lo que te lo piensas… me llevo también a Adolfito”.

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Intenté acercarme un poco más, pero cada vez había más empujones. En uno de esos meneos se me debió de desenganchar la cartuchera porque cayeron de golpe todas las fichas del dominó. Me hicieron un corro alrededor y alguien gritó que yo era Vetusta Man. A partir de ahí todo fueron insultos y más empujones. Me decían que hiciera algo, que ya valía la tontería, que al final nos iban a robar la Muralla, que era un sinvergüenza. Me pedían a empellones la Alta Velocidad y el Museo del Prado, me exigían que arreglara lo del tren y no sé cuántas cosas más. Pensaba que ya estaba a las puertas de la muerte cuando vi que la multitud se abría delante de mi como las aguas ante Moisés. Era mi pollino. Venía a rescatarme y estaba dispuesto a llevarse por delante a quién hiciera falta. Me subí como pude a su grupa y le dije a la oreja que me sacará de allí.

[Continuará…]


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El caso Eladio

¿Apología del terrorismo, folclore o estrategia de negocio? Son algunas de las preguntas que cualquiera se puede hacer ante las noticias aparecidas estos días sobre el bar Casa Eladio. El bar, por cedirlo de alguna forma, pedía una visita a gritos y allá que nos fuimos. Nunca había entrado en este bar, aunque sí había pasado cientos de veces por su puerta. Inevitable si te dispones a salir o entrar a Ávila por la nacional 110. El cambio en la decoración no pasaba desapercibido, de bar normal como puede ser el de cualquier barrio de la ciudad a sucursal de Casa Pepe en Ávila.

No me atrevería a decir apología del franquismo, pero cuando uno entra en Casa Eladio se nota como mínimo la nostalgia por aquel periodo de nuestra historia. Una cosa es nostalgia, dirán, y otra la pizarra que ha dado la vuelta a España con los famosos “huevos rotos fusilados”. Pues sí, efectivamente, deconozco si la carta incumple la Ley de Memoria Histórica, pero es un nombre, como mínimo, poco ético. Si además, maridamos todos estos hechos con la ya muy asentada edad de oro de los ofendidos, pues ya tenemos una buena combinación para entrar en las redes y pasar una tarde entretenida.

Folclore, ante todo el bar es folclore. Díganme si no que hacen en una misma pared las fotos de Franco, Primo de Rivera, Acebes, Miguel Ángel García Nieto, Ana Belén, Victor Manuel, Sabina o incluso Pedro J.Ramirez. Si alguien ha querido aquí enaltecer el franquismo la verdad es que le ha salido regular. Por no hablar de si ciertas prácticas sexuales de alguno de ellos estarían bien vistas por el régimen. No sólo las fotos, también la música juega al despiste al mezclar el Cara al Sol o el Himno de la Legión con Fito y sus Fitipaldis o The Animals y su famoso The House of the Rising Sun.

Al igual que ocurre en Casa Pepe, la suma de la clientela afín ideológicamente (poca pero fiel) y de los curiosos (incrementados exponencialmente gracias a quienes pretenden evitar lo contrario) hacen de Casa Eladio, aparentemente, un buen negocio. Más acertado, a mi juicio, en las tapas que en los platos, cabe destacar por encima de todo sus exquisitos callos (a secas, sin apellidos).

PD: Una de las razones que nos llevaron a visitar Casa Eladio fue el comprobar que nada o casi nada de lo que había aparecido la última semana en medios locales y nacionales (ni tampoco lo publicado por tuitsatars) provenía de otro sitio que no fuese Forocoches, de alguien que sí se había pasado por allí y había contado lo que había visto. En resumen, lo que antes llamábamos periodismo.

De traumas y museos

La semana pasada se celebró el Día Internacional de los Museos, cita cultural creada por el Consejo Internacional de los Museos  (ICOM) en 1977 y que en mayor o menor medida se celebra en todo el mundo civilizado. Dejando a un lado los actos organizados por el Museo de Ávila, la festividad pasó sin pena ni gloria por nuestra ciudad, Atenas gótica de la Meseta, rubí de la cultura de Castilla y faro del turismo cultural de occidente.

Tampoco nos vamos a llevar ahora, después de tantos años, las manos a la cabeza. El Día de los museos es una festividad de consumo interno, de corto radio, con nulo tirón turístico, destinada, sobre todo, a que los ciudadanos reflexionen sobre el papel de sus museos y sobre ese constructo que llamamos cultura, sobre los mecanismos y engranajes que dan forma a esa materia oscura que nos rodea y forma parte de nuestra identidad individual y colectiva. Cultura entendida como civilización, como las gafas con cristales de colores con las que miramos el mundo. Una celebración, en definitiva, aburrida, que no invita al botellón, ni a los concursos de tapas.

Y es una pena, que no una sorpresa, no haber dedicado mucha más tiempo a esta cita porque el lema nos venía que ni pintado. Cada año, el ICOM propone un tema sobre el que hacer girar las propuestas y reflexiones de las distintas instituciones participantes y en esta ocasión el propuesto era “Museos e historias controvertidas: decir lo indecible en los Museos”. Tomo prestada esta frase del comunicado del ICOM: “Este tema invita al museo a posicionarse como actor de la asimilación de las historias traumáticas pasadas gracias a la mediación y a la pluralidad de puntos de vista expresados”.

No me digan que no nos pega como un tricornio a un Guardia Civil o a la Cibeles una banderita de España y una bufanda del Madrid en una noche de primavera. Museos, traumas, historias controvertidas… ¡Si parece que habla de lo nuestro con el Prado!

¡Ay, el Prado! Tanta tinta física o electrónica vertida para tan poco. El otro día, no recuerdo dónde ni quién, alguien se vanagloriaba de que en el último Plan de Actuación del Museo del Prado, el fechado para el periodo 2017-2020, había un huequito para nuestra bella urbe. Les paso captura.

¡Albricias!, me dirán. Ahí estamos. Con todas las letras. Lo hemos conseguido. Saquemos en procesión a todas las vírgenes, a todos los santos, a todos los diputados y a todos los senadores. Que repiquen las campanas y los pétalos de flores cubran las calles. ¡Levantad los adoquines, debajo habrá un nuevo aparcamiento subterráneo!

Pero como esto va de historias controvertidas y traumáticas y no de éxitos, les pasó capturas de los anteriores planes de actuación del Museo del Prado.

2005-2008 (Les pongo solo una de las 22 referencias a nuestra ciudad)

2009-2012 (4 referencias)

2013-2016 (1 referencia)

 

Pluralidad de puntos de vistas, decía el ICOM. La pluralidad de pensar si estas dos últimas décadas nuestros representantes nos han tomado por tontos o solo han demostrado su incapacidad y falta de criterio. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla y tal.

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