Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


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Capítulo 3: Apatrullando la ciudad

[Viene de Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo]

Metí todas las zarrias del traje de Vetusto Man en una bolsa del Mercadona y regresé a Ávila en el coche de Vitorio. Le habían retirado el carnet hacía tres años por no pasar el reconocimiento médico (algo de sus cataratas), pero él no se daba por enterado. Se pasaba el día volante en mano, camelando con la música de Juanito Valderrama a todo volumen y escupiendo requiebros a cada muchacha que veía.

Nunca he visto tan de cerca la muerte como dentro de ese maldito Cuatro Latas. Vitorio conduce igual que vive: como le sale de los cojones. Es un milagro que siga vivo. Ese día, sin ir más lejos, empezó a dar voces con las manos en la cabeza al llegar a la altura de Naturávila, como si le hubiera dado un acicuaco. ‘El Rey de la Carretera’ hacía retumbar los altavoces. Yo agarré como pude el volante para volver a nuestro carril.

– ¡La madre que me parió, Fructuoso!

Miré por la ventana de atrás y vi que nos seguía el burro que me daba la tabarra en las siestas. Debíamos ir a 80 o 90 kilómetros por hora, pero teníamos al bicho pegado al culo. Por algún tipo de acto reflejo, Vitorio aceleró. El animal continuó a nuestro ritmo sin ningún tipo de esfuerzo aparente. Incluso llegó a ponerse a nuestra altura por el arcén. Parecía que quisiera adelantarnos por la derecha, pero al llegar a mi ventanilla se quedó ahí, mirándome sin dejar de trotar, como si me preguntara a dónde pensaba ir sin él.

Así descubrimos lo de los superpoderes del pollino, adquiridos, imagino, de tanto chuparme los pinreles. A las monjas les encantó que me presentara con un burro (“también es una criatura de Dios”, dijeron) y me dejaron guardarlo junto al huertecito que tienen detrás de la residencia. Eso sí, yo me encargaba de alimentarle y de limpiar sus descomunales mierdas.

Llamé a mi hija para decirle que ya había vuelto del viaje. Me preguntó qué tal nos había ido y yo le respondí que Huelva era preciosa.

– ¿Pero no me dijiste que te ibas a Vigo?

– También, mi niña. Era un tour costero de esos.

Yo continué con mi vida de siempre, pero con ligeras modificaciones. Me pasaba las mañana durmiendo, mientras que por las noches le soltaba la correa a Vetusto Man. Salía a la calle con mi boina-antifaz, las botas de pescar y la capa de ‘Super tallas Bermúdez’, sin olvidar las armas (los barrillos y las fichas de dominó). Regresaba justo para desayunar y, como salía y entraba escalando la fachada, las monjas no sospechaban nada. Me llevaba al burro a mis escapadas nocturnas, aunque solo fuera por tener algo de compañía.

Nunca fui ambicioso y no lo iba a ser ahora que era todo un superhéroe. Decidí empezar por cosas sencillas, de una en una. Que galgo que muchas liebres levanta, ninguna mata. Me cogí la revistilla que hacía la asociación de vecinos del barrió y me fui directito a sus reivindicaciones. “Aceras en mal estado, con baches peligrosos, en las calles López Núñez y Esteban Domingo”. Y para allá que me iba yo con mi burro cargado de las baldosas que quitábamos de las obras que se quedaron a medias cuando lo de la crisis. Y ni siquiera necesitaba cemento teniendo el moco venenoso de las manos. No tardamos ni un par de horas en solar esas y otras calles igual de descuidadas.

Otra noche me la pasé enterita coloreando pasos de cebra medio borrados por el paso del tiempo. La pintura se la sisé a las monjas aprovechando que estaban de obras en la capilla. Fue ahí cuando la conocí. Cantaba seguidillas desde el balcón de su casa (siempre está ahí, al oreo), algo de las mujeres bonitas y los hombres valientes. Cuando me vio enfilar la calle, bote de Titanlux en mano y con el traje de Vetusta Man al completo, dejó de entonar. El burro, como siempre, me iba a la zaga.

– ¡Pero mira tú que mozo guapetón nos viene esta noche al barrio!

Al principio pensé que se estaba pitorreando de mí, pero cuantos más piropos me lanzaba, más sincera parecía. Hasta floreó la mirada fililí del rucio, la muy bribona. Tendría mis años (siglo arriba, siglo abajo) y algunos kilos de más, pero le brillaban los ojos como dos farolas en día de lluvia. Le llamé Dulcinea, “mi Dulcinea del Toboso”, y ella se mondaba de la risa y volvía a cantar y se escacharraba de nuevo.

Pero cada sendero tiene su atolladero y el mío se me apareció con uniforme y placa una noche que estaba yo desatascando alcantarillas. Se presentó como el agente Elicio Iborra.

– Fructuosos Blázquez, para servirle.

Y seguí a lo mío, dale que te pego a los sumideros. Sin mucho éxito porque al momento ya estaba el atontado dándome la tabarra con que le enseñara mi DNI y los papeles del burro. No sé si hablaba en serio, pero le respondí que lo tenía todo en la guantera, que hiciera el favor de cogerlo él mismo porque tenía las manos ocupadas. No me lo podía creer cuando le vi rodeando el asno en busca del salpicadero.

La fiesta se acabó al escapárseme una sonora risotada. Ahí empezó a dolerle el orgullo y se me puso bravucón. No sé qué de que quedaba detenido por faltar el respeto a la autoridad. Intentó ponerme las esposas, pero yo me zafaba sin dificultad de sus hierros.

– Soy todo gelatina, señor agente –le intenté explicar-. Más le valdría sorberme que esposarme.

El municipal estaba rojo de furia, cada vez más obcecado, y acabó por sacarme la pistola para llevarme a la fuerza a la comisaría. Ahí comenzó mi burro, mi burro querido del alma, con su rechinar de dientes y con sus rugidos de león. ¡Por la Virgen de Sonsoles que no miento! Cómo lo vería el señor agente que no le quedó otra que envainársela (la pistola) y despedirse con un “buenas noches, no me alboroten mucho” de tono gaznápiro.


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Leyendas y centenariazos

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Quizás no lo sepan, pero ustedes el viernes ya tienen plan. A las 19.30, en El Episcopio, les espera la Asociación ‘La Sombra del Ciprés’ y su nuevo libro colectivo. Sí, ya sé que el tesorero de ahora no tiene tanto tirón como el de antes… pero olvídense de ese tema por un momento. ‘Leyendas según los abulenses’ es una revisión alocada y muy particular de las historias que un día recogiera Belmonte en la obra que pueden ver arriba a la izquierda.

Acérquense porque la presentación merecerá la pena. Y compren el libro por todo lo que tiene tanto dentro (lo explica mejor el presidente de la asociación aquí), incluidas las fotografías y la maquetación de un tal Willy; como fuera (magnífica la portada de Gris Medina, reinterpretando el frontal del libro del ya citado Belmonte; la comparativa la tienen arriba).

Regálenlo mucho en esta semana centrada en el Día del Libro. La asociación tendrá un espacio propio en la feria, como en anteriores ediciones, y allí también se podrá comprar el libro.

De regalo, les dejo un relatillo de un servidor que se incluyó en la edición del libro colectivo del año pasado, ‘El mundo según los abulenses II’. Erán tiempos de centenariazos…

Trastorno del Centenario
(O el año que vivimos teresianamente)

A Carmela no le hizo ningún bien asistir a todos los actos del V Centenario. “Algo así como una mala digestión, pero de cabeza”, explica su hermano a toro pasado cuando alguien le pregunta (cosa que casi nunca ocurre). La verdad es que no hubo exposición teresiana, ni encuentro religioso que se perdiera. Aplaudió cada reinterpretación artística de su legado místico, ya fuera escrito, al óleo o por bulerías. Si usted acudió a cualquiera de esos eventos, seguro que coincidió con ella.

Salía de casa cada mañana envuelta en los productos olfativos ‘Huellas de Teresa’, atufando a reforma del Carmelo. Coleccionaba tiques de la ORA y azucarillos, de esos que diseñaron para la conmemoración de 2015. Los ratos que le quedaban desocupados, leía y releía los libros de ‘La Santa’. La familia los encontró subrayados de arriba a abajo y con anotaciones en los márgenes, muchas de ellas ininteligibles. Ansiosos de encontrar culpables a la locura de la buena mujer, decidieron quemarlos todos, excepto un ejemplar del epistolario teresiano que se salvó de las llamas en el último momento.

Fueran culpables los libros o no, lo cierto es que a Carmela se le fue secando el cerebro a medida que avanzaba el Centenario. El poco juicio que le quedaba lo perdió por completo el día que salió a la calle luciendo un hábito que ella misma se confeccionó juntando varios sacos de patatas. Completó el vestuario con dos alpargatas de esparto y una funda de almohada en la cabeza a modo de toca. Además, solía llevar en la mano alguna pluma de paloma que encontraba por la calle para dejar clara su vocación no solo religiosa, sino también literaria.

Convencida de que ella era Santa Teresa de Jesús, comenzó a recorrer la ciudad, la villa del siglo XVI en su cabeza, murmurando distintos pasajes de los escritos teresianos; los mismos que, con el paso del tiempo, acababa lanzando a voz en grito cuando fue ganando confianza. Se la podía ver paseando por el Grande mientras chillaba eso de “vivo sin vivir en mí”, o recitando con pasión el “nada te turbe, nada te espante” en medio de un partido del Real Ávila, incluso preguntando al cielo “¿qué mandáis hacer de mí?” subida a un tuk-tuk.

Los turistas solían echarle monedas pensando que era una performance. Ella recogía el dinero agradecida, ya que la empresa de fundar conventos, además de ardua, es costosa. No le gustaban las fotos porque se acordaba de Fray Juan de la Miseria y le hervía la sangre al recordar lo fea y legañosa que la retrató, pero todo lo aceptaba con resignación por una buena causa. Incluso permitió que algunos restaurantes le pusieran publicidad en el hábito (los menús sobre esos sacos de patatas tenían un toque ‘vintage’) a cambio de una aportación a su Reforma. Hasta el Ayuntamiento de Ávila le colocó el horario de visitas a la Muralla impreso en la toca, como contraprestación por no cobrarle el uso de la vía pública. Cuando más espectadores congregaba era cuando sentía el alma suspendida en puro éxtasis, con esos arrobamientos que siempre acababan con el aplauso cerrado del personal, ya fueran de Cuenca o de la China profunda. El lenguaje universal del amor.

Era un auténtico espectáculo verla en acción, dejándose la piel en cada verso. El público disfrutaba cosa bárbara con ella; excepto esa vez que tuvo que intervenir la Policía Local, claro. Fue cuando, al grito de “Cerda”, agarró de los pelos a una pobre mujer tuerta que confundió con la mismísima princesa de Éboli. Hicieron falta tres agentes para separarla de la cabellera de esa turista de Vilanova de Arousa, provincia de Pontevedra.

Nada fue igual después de ese incidente. La familia empezó a ser consciente de la situación, así que comenzaron a restringirle las salidas de casa. También la Policía Local había cogido la matrícula de su locura y la llevaban a comisaría en cuanto empezaba a montar sus espectáculos públicos. “Los hijos de puta de la Inquisición”, murmuraba Carmela con el gesto mustio que se le puso esos días. Poco a poco, se la dejó de ver por las calles de Ávila.

Fue mucho tiempo más tarde, incluso después de que se escapara de Ávila, cuando su familia se enteró de lo que hizo aquellos días. Nadie sabe cómo, pero consiguió la cesión de uno de los locales del Vivero de Empresas. Allí montó su primer “palormacito” junto a otras cuatro personas, todas ellas pobres de solemnidad, que pasaron de dormir en la calle a hacerlo en ese primer convento de la Re-reforma del Carmelo.

Por lo que contaron después los indigentes a la Policía, nada hacían en ese despacho minúsculo más que rezar. Que si una letanía por San José, que si una oración por la Virgen, que si ahora toca cantar para pedir a Dios que se encargue de los piojos. “A cambio de seguirla el juego, nos daba de comer todos los días”, dijo uno de esos cuatro desgraciados.

Los agentes les preguntaron dónde estaba la “madre superiora” –su familia llevaba un par de semanas sin saber nada de la muchacha-, pero de poco sirvió. Antes de irse, Carmela solo les dijo que se iba a fundar otros “palomarcitos” por el mundo. Y allí mismo, en el segundo piso del Mercado de Abastos, se quitó las alpargatas para sacudirlas por la venta. “De Ávila, ni el polvo”, sentenció con rotundidad. Todos fingieron no ver que uno de los zapatos se le caía a la calle, incluso ella misma se hizo la loca. Así la vieron marchar por última vez, con un pie vestido y otro descalzo, cojeando con paso decidido hacia su siguiente aventura.

Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo

[Viene de Capítulo 1: El nacimiento del héroe]

Regresé a donde las monjas para coger cuatro mudas limpias y marcharme al pueblo. Tuve la consideración de dejar una nota en la mesilla del cuarto: “Sores, me voy unos días a casa de mi hija”. Y sin más me fui a pata hasta Tornadizos. En 15 minutos de trote alegre, muy alegre, ya estaba en el pueblo.

Allí tenía una pequeña chabola con establo que heredé de mis padres. Dentro no había más que mierda y recuerdos, pero era un buen sitio para retirarse a organizar las ideas cuando te estás convirtiendo en una medusa con patas. Mientras en mi casa estoy, rey me soy.

En cuanto pude, telefoneé a mi hija desde la cabina de la plaza. Nunca me gustó mentirla, pero tuve que decirle que me iba de nuevo a una excursión del Imserso para que no se le ocurriera llamarme a la residencia.

– Me encanta que hayas hecho nuevos amiguitos, papá.
– Muchos, hija, muchos.

Gran parte del día lo pasaba, por así decirlo, ejercitándome, midiendo las fuerzas de mi nuevo cuerpo. Aprendí, por ejemplo, a controlar la cantidad de veneno que salía de mis dedos. Es muy parecido a soltar ventosidades, que no es lo mismo aventar el intestino en casa que en misa. Hay que concentrarse mucho por los adentros para reducir la intensidad de ambas cosas.

Por la tarde me echaba una siesta de pijama y orinal en un sofá orejero que saqué al establo, con los pies descalzos apoyados en una cántara de leche. Una de las paredes estaba derruida y por ahí se me colaba un pollino que le dio por lamerme la picadura de la medusa cada vez que me dormía. Al principio casi le corro a sopapos (¡tusa, tusa!), pero acabé por acostumbrarme a coger el sueño con esos lengüetazos calientes.

También se me colaba por ahí un niño, alguno de los Patalajo debía de ser. Se me quedaba mirando, quieto como un espárrago, mientras yo hacía mis ejercicios. Era agradable tener compañía, aunque fuera un público demasiado impresionable. Se le abría mucho la boca cuando me veía hacer pesas levantando un par de vacas que tomaba prestadas al vecino. Ellas mugiendo, con las ubres saltando por los aires, y el chiquillo con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

Se quedaba siempre a cierta distancia de mí con las velas colgando, preparado para escapar si la ocasión lo requería y, al mismo tiempo, maravillado con tantos superpoderes. Yo intentaba hablar con él, darle conversación, pero nunca respondió. Solo se me acercó en una ocasión para darme una especie de chapa con varias hendiduras y el dibujo de una viejo amarillo disfrazado de algo parecido a Superman. Luego salió corriendo.

Abraham_Simpson_Fotor

Me hizo pensar en que no estaría mal tener mi propio traje de superhéroe, al menos para ocultar mi identidad como Fructuoso Blázquez. Por eso me grapé un antifaz a la parte delantera de la boina, ajustando el invento para que los orificios me quedaran a la altura de los ojos. Ir de incógnito no debería estar reñido con protegerse del frío que entra por la calvorota.

Luego me centré en las armas, tampoco muchas. Preparé un cinturón ancho, a modo de cartucheras, para llevar colgados cuatro barrillos. Serían, por así decirlo, mis armas de destrucción masiva. Para trabajos más finos, que exigieran máxima precisión y menos destrozos, me fabriqué una bandolera con 28 apartados para meter las fichas del dominó. Estuve varios días probándolas en el establo a modo de estrellas ninja (creo que se dice así) con muy buenos resultados. Son letales cuando se tiran a sobaquillo. Rematé el conjunto con mis viejas botas de pescar. Nunca se sabe en qué charcos se va a meter uno cuando decide salvar a la humanidad.

Pensé que eso era todo, pero el disfraz lo remató Vitorio. Llevaba días buscándome y acabó por imaginar que me había escapado al pueblo. La primera vez que vino se lo conté todo. Pensé que no lo volvería a ver en la vida, pero se presentó un par de días después con un regalo. Era una capa que me habían hecho en la tienda de su nuera.

– Un superhéroe tiene que parecerlo –me dijo-. Espero que no te importe la publicidad.

Hasta que no desplegué la capa no me di cuenta de que en medio de la tela, bordado en grandes letras doradas, se podía leer ‘Super tallas Bermúdez: moda actual y joven para tallas especiales’.

La primera vez que me puse el traje completo, el pequeño de los Patalajo casi se me muere de la risa. El muy cabroncete.


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Nota brevísima sobre el ídolo prehistórico de Lanzahíta

No sé si el tema a tratar tiene entidad suficiente como para merecer una entrada en este egregio rincón. De hecho, mi idea era poner un par de mensajes al respecto en Twitter, pero me he dejado llevar por el romanticismo que aún destilan los blog.

Ayer publicaba Tribuna de Ávila (hoy lo he visto también en Ávilared) una nota sobre la presentación del nuevo número de la Revista Trasierra, editada por la Sociedad de Estudios de Valle del Tietar. Uno de los artículos de misma, el que más reseñaron los medios, estaba relacionado con la aparición de un ídolo oculado realizado en una placa de pizarra. La pieza habría sido hallada de forma casual por un trabajador en el dolmen prehistórico situado en la Dehesa de Robledoso, en Lanzahíta y un primer análisis del mismo ya había sido publicado por la misma revista en su número 7, correspondiente a 2008.

Lo primero que me llamó la atención de la imagen que acompañaba el artículo publicado por Tribuna de Ávila era la hebilla de llavero que le habían endosado al pobre ídolo. Hay que ser gañán, pensé, y así se lo dije a @serzisanz fuente tuitera de la noticia. Lo segundo que me llamó la atención de la foto es que el ídolo parecía de mentirijilla.

Así que, tirado en la cama, en pijama, me puse a buscar información sobre el ídolo. No me costó mucho encontrar el ejemplar de 2008 de la revista (no así el de este año) y comparar las fotos. Se las pongo aquí, juntitas.

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Amantes del patrimonio, todos tranquilos. Nadie le ha puesto una hebilla a un bien cultural con cinco milenios de antigüedad.  Sí, el ídolo que sale en las fotos de Tribuna de Ávila y de Ávilared no es el original.

¿Sabían los periodistas que estaban haciéndole fotos a una reproducción? De ser así, ¿por qué no lo ponen en la noticia. ¿No lo sabían?

¿Los venderán? Si está barato, puede ser un regalo original. ACTUALIZACIÓN: Sí, 10 eurillos. Ya saben qué regalarme

Una provincia a cielo abierto

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A unos 400 kilómetros de la plaza del Mercado Chico, centro de la abulensidad y por tanto de Occidente, al sur de la provincia de Badajoz, se encuentra Monesterio, un pueblo de cinco mil habitantes, a las puertas de Andalucía, en una zona dedicada principalmente a la ganadería, la agricultura y el turismo rural. La distancia y el clima nos separan —en Monasterio los inviernos son agradables y es el verano el que se hace largo—, pero hay algo que nos une: la polémica en torno a una explotación minera. Pero hay un matiz no precisamente menor: en Monesterio se pelea por evitar el cierre de la mina; mientras que aquí, a tiro de piedra del paseo del Rastro, se intenta evitar a toda costa que una explotación minera se instale en la zona.

La historia minera de Monesterio arranca en la década de los ochenta y para los monesterienses es sinónimo de crecimiento, riqueza y empleo. Cuando a mediados de 2015 el futuro de la explotación se tornó negro, Monesterio y todos los pueblos de la zona empezaron a temblar. El futuro de la mina dependía de una declaración de impacto ambiental que permitiese ampliar la superficie trabajada. Y tenía que ser rápido, porque el yacimiento se estaba agotando. Ciudadanos e instituciones locales y regionales urgieron a la resolución del expediente administrativo y cruzaron los dedos para que esta fuera positiva, pero nada se supo. La declaración de impacto ambiental no llegó, los precios de los metales extraídos cayeron y la mina cerró. Fue y es un drama para toda la comarca, que sigue leyendo los periódicos esperando buenas nuevas.

Para los abulenses, nuestra nonata mina parece sinónimo de contaminación, paro y destrucción. En Extremadura, la opinión pública y las instituciones se han posicionado unánimemente a favor de la mina. En Ávila, las protestas organizadas por colectivos ecologistas y vecinales han conseguido que las instituciones locales y provinciales, en principio espectadoras mudas del proceso administrativo, se posicionaran en contra, mientras la administración regional se lava las manos y se esconde detrás de técnicos y funcionarios. ¿Cómo es posible que ante una situación tan similar la ciudadanía reaccione de forma tan dispar?

En realidad, la reacción en Monesterio —y en cualquier comarca minera— y en Ávila es la misma aunque no lo parezca. En ambos casos se está defendiendo el statu quo. En Monesterio, el cierre de la mina es el fin de su modo de vida: supone la pérdida de cientos de empleos directos y un número indeterminado de empleos indirectos relacionados con la explotación minera y sus trabajadores. Se convocaron protestas, manifestaciones, los afectados se reunieron con todos los políticos con mando en plaza y buscaron el apoyo de los medios de comunicación. En Ávila, sin saber qué efecto tendría la mina —y a quién beneficiaría— esta se presenta también como una amenaza a sus formas de vida: los agricultores temen perder sus cosechas, los ganaderos los prados donde comen sus animales y los propietarios de negocios relacionados con el turismo rural los paisajes que atraen a los turistas.

Todo el mundo dice que Ávila es una provincia llena de potencial, pero nunca entran en detalles. ¿El turismo? Por supuesto, pero ¿podemos vivir todos del turismo? ¿Y del campo? La despoblación de las zonas rurales del interior de España es un problema acuciante de difícil solución. Sin desarrollo económico ni expectativas de futuro, miles de kilómetros cuadrados, cientos de pueblos, morirán poco a poco. El futuro es negro, seamos conscientes de esto.

No hablo de aceptar acríticamente cada proyecto empresarial o cada empleo que se nos ofrezca. ¿No sería mejor analizar con la cabeza fría cada oportunidad de desarrollo que se presente? Evaluemos los riesgos con serenidad, exijamos total transparencia, sopesemos oportunidades y amenazas. Exijamos que se minimice el impacto ambiental, que se controlen los posibles riesgos, que se asegure la restauración de la zona cuando acabe la explotación minera. Pensemos en el presente, en los que están, pero también en los que se irán o nunca vendrán. No dejemos que nuestros miedos hablen por nosotros. ¿Una mina? Si cumple con la ley, estupendo. Bienvenidos sean esos empleos, aunque sean diez.

¡Repetimos! – VIII Porra Electoral Los4Palos

Parece que fue ayer cuando, al lanzar la séptima edición de esta porra, les preguntaba si no se les había hecho larga la legislatura. ¡Quién nos iba a decir que viviríamos una prorroga y unos lanzamientos de penalti! Ha pasado poco tiempo, apenas seis meses, pero ya no somos los mismos. La nueva política ya no es tan nueva, los comunistas ahora son socialdemócratas, las primarias pasaron a mejor vida, el centro y la sonrisa cambiaron de bando, los guapos peinan más canas y a la inocencia la vieron el otro día con un tercio de Cruzcampo. Solo Mariano, como un Chronos impertérrito, permanece ajeno a las preocupaciones de los hombres.

Vamos con la porra.

-Seguimos con Google Form. Funcionó bien en diciembre y resulta mucho más cómodo. Como signo de austeridad, no nos hemos molestado ni en cambiar el formulario más allá de lo imprescindible.

Doble pronóstico. Nacional (aka estadospañol) y local. Apostamos sobre el número de diputados que cada partido conseguirá en el conjunto de las Españas (incluyendo la España peninsular, Ceuta, Melilla, Canarias, Baleares y Venezuela) y sobre el porcentaje que cada partido conseguirá en nuestra provincia. Repito (sí, Albert, he dicho pito): número total de diputados y porcentaje de voto provincial.

-Participación abierta a las masas y a las confluencias. Pasen el enlace a la porra a sus amigos y familiares y debatan del tema mientras juega la selección. Cuántos más seamos, más reiremos.

-No tenemos premio. No sean pesados, lo importante es la honra. Como es lógico, ganará aquel que más se acerque al resultado final según los múltiples métodos de cálculo que empleamos. Esto, como siempre, intentaremos subcontratarlo a la ESA y a su representante en la tierra.

-Transparencia. AQUÍ se irán colgando las distintas apuestas.

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