La nevada

IMG_20180107_113008En las novelas negras nórdicas, un subgénero con gran éxito la última década aunque ahora en cierto retroceso, los cadáveres siempre aparecen con el deshielo. Cuando la nieve acumulada durante el largo invierno empieza a perder la batalla contra el tibio sol primaveral, las cunetas, los embarcaderos, las casas abandonadas y los caminos que serpentean entre los tupidos bosques se llenan de policías de oscuro pasado o turbio presente que maldicen en voz baja mientras acordonan con cintas de colores la escena del crimen.

Dicen que ya no nieva como antes, que los inviernos son más cortos y calurosos y los veranos más largos y más secos. Quizá en el norte de Europa no sea así, quizá allí siga nevando como cuando Stieg Larsson era un mozalbete, pero aquí podemos dar fé. Veinte años hacía que no caía una nevada como la de la semana pasada. Dos décadas con todos sus lunes, sus centenarios, sus rotondas y sus fiestas de guardar. Aquella vez fue en Nochevieja, mientras en los hogares se preparaban las uvas y las cocinas se llenaban del olor del asado, y ahora en Reyes, con el roscón aún sobre la mesa. Ya es mala suerte que siempre pasen estas cosas en festivo.

Hace veinte años, la ciudad quedó bloqueada durante días por un manto blanco que tardó semanas en desaparecer y ahora vamos por el mismo camino. Calles intransitables, autobuses urbanos fuera de servicio, comercios cerrados por inaccesibles, placas de hielo en cada paso de peatones y el Instituto Geográfico Nacional cartografiando las montoneras de nieve para incluirlas en sus mapas de relieve. Parece que nada ha cambiado. La misma nieve, el mismo frío, el mismo cabreo.

Convengamos, aún embargados por el espíritu navideño, en que la gente —en minúscula para no tener que pagar royalties a la Pablo Iglesias Corporation— no está excesivamente contenta con la gestión consistorial del asunto. Incluso dejando a un lado la espinosa cuestión del parque móvil familiar (o no) del primero de los abulenses, al alcalde y a su equipo le deben haber pitados los oídos estos últimos días como si viviesen sobre una fábrica de vuvuzelas. Falta de previsión, falta de información, gestión ineficiente, comentarios desafortunados, incapacidad para tomar decisiones, caos y destrucción. Al alcalde solo le ha faltado, para redondear su semana mágica, posar con el ministro Zoido y con Gregorio Serrano, el alter ego del sevillano al frente de la DGT, junto a una quitanieves con una sonrisa y un salero en cada mano.

Hay críticas más acertadas que otras. Sí, el ayuntamiento ha reaccionado tarde y mal. Sí, al ciudadano se le informa más tarde y peor. Y sí, esa sensación de que hay ciudadanos de primera y de segunda, zonas de la ciudad que reciben mucha atención y otras, no precisamente las menos pobladas, que solo atraen los focos y la sal cuando en las primeras no queda un copo de nieve que echarse a la boca, es compartida. Pero quizá no es razonable pedir al Ayuntamiento que cuente con doscientas quitanieves y dos mil infantes de marina en un almacén para actuar solo una vez cada veinte años. Nada es gratis y bajar impuestos iba en nuestro programa.

Siempre se ha dicho en los mentideros de la Corte —y aquí la Corte es del tamaño de un patio de vecinos mediano— que la nevada que sufrió la ciudad hace dos décadas le costó el puesto a la entonces alcaldesa, María Dolores Ruiz-Ayúcar. Cierto es que entonces las elecciones eran a los pocos meses de la nevada y ahora, por suerte, apenas se vislumbran en el horizonte, pero quién sabe si cuando terminé de deshacerse la nieve no encontraremos debajo una carrera política. O varias.

MysticWorld (Capítulo II)

Viene de Mysticworld.


Joder. Mierda. Joder

Era verdad. Todo era verdad.

Tengo que reconocer que pensaba que todo era gilipollez, una tontada, una broma. Que no había carta, ni viajero, que Eilín era tan solo un producto de mi imaginación y que lo que estaba a punto de terminar era este blog y no la vida en la Tierra.

Joder. Vaya movida.

Son las ocho de la mañana. Escribo estas líneas en el salón de casa, muerto de frío a pesar del brasero y del batín de guatiné. Mi pareja duerme en la habitación ajena a todo, a lo que sucedió anoche y a lo que va a suceder. Ojalá poder dormir a su lado.

Ayer por la noche salí de cena navideña con algunos amigos. A eso de las tres, en un bar del centro de Ávila de cuyo nombre no me acuerdo, un tipo con unas gafas de sol que apestaba a Brummel se me acercó mientras pedía unas cervezas. “Tengo que hablar contigo” me dijo, “es muy importante”. Le ignoré, por supuesto. Pagué mis consumiciones —carísimas, por cierto— y volví con mis amigos. Al rato, el extraño se volvió a acercar, esta vez mientras esperaba mi turno para jugar a los dardos.

—De verdad, es muy importante. Una cuestión de vida o muerte.

—Mire, caballero, no sé quién es usted, si quiere venderme una enciclopedia, pedirme dinero para los desplazados de la última guerra colonial del Imperio Austrohúngaro o mi firma para la independencia de Tabarnia, pero déjeme en paz.

—Me llamo William John Paulus Von BlackWell, yo dejé la carta en el buzón de Trapseia.

—Como si es usted Rita la Cantaora y viene de cantarle unas jotas al Papa de Roma.

—Tú eres el del blog —insistió

—Me debe usted haber confundido con Willy, que es bajista en un grupo de rock.

Si le hubiese hecho algo de caso quizá ese nombre tan extraño me habría llamado la atención. O quizá no. ¿Ustedes se fiarían de un tipo que lleva gafas de sol a las tres de la mañana en un garito de mala muerte y que dice llamarse William nosequé? Perdí de vista al tipo y me olvidé de él. Los dardos no se me dieron bien, como siempre, y la cerveza me da cada vez más sed. A las cinco de la mañana, cansados como perrinos chicos, empapados por la lluvia que aún sigue cayendo al otro lado de la ventana mientras escribo estas líneas, nos despedimos de unos amigos frente a San Vicente y mi pareja, yo y otros dos amigos nos encaminamos por la calle San Segundo hacia la zona sur de la ciudad.

Al pasar por delante del arco de la Catedral, el tipo de las gafas de sol me agarró del brazo.

—Suélteme si no quiere que llame a la policía —le dije bravucón.

—No va a llamar a la policía. Me escuchará y me creerá —contestó con seguridad.

—¿Y usted cómo sabe eso?

—Porque esto ya ha sucedido. Está en todos los audiolibros de Historia allí de donde vengo.

“Madre mía, ya me ha tocado el loco” pensé. Notaba a mis espaldas las miradas expectantes de mi pareja y de mis amigos y en el brazo las uñas de mi interlocutor.

—Mire, yo…

—Escucha, Alberto —me interrumpió—. Dentro de tres segundos sonará un petardo a tu izquierda, en la plaza de la Catedral —sonó—. Ahora, un Seat León rojo matrícula 4528FJK nos pasará por tu derecha —así fue—, y ahora tu pareja te preguntará si va todo bien, tu le dirás que sí y que tienes que hablar conmigo.

—¿Va todo bien, Alberto? —preguntó mi pareja.

—Sí, claro. Tengo que hablar un momento con este señor —respondí con el corazón en el puño. ¿Quién era aquel tipo?— ¿Nos sentamos en un banco en El Grande?

—Claro, eso es lo que ponen los audiolibros de Historia —me contestó el desconocido con una sonrisa.

Ya sentados, bajo la lluvia, no muy lejos de donde esperaban pacientes mi pareja y amigos, el desconocido extrajo un papel doblado del interior de su cazadora. El suelo brillaba reflejando el dorado árbol de la Lotería y a mis espaldas, San José permanecía tumbado en el suelo, vencido por la borrasca Bruno.

—Dentro de unos años —dijo William John Paulus Von BlackWell, aka el de las gafas de sol, de aquí en adelante WJPVBW, mientras desdoblaba el papel—  todo esto habrá desaparecido. Es una pena, porque ni la mejor simulación puede reproducir lo que se siente estando aquí sentado.

—Frío —contesté.

—Bueno, eso está bastante logrado. Me refería a otras cosas. —WJPVBW terminó de abrir el papel y me lo entregó. A pesar de las apariencias, no era un papel normal. Las gotas de lluvia resbalan por su superficie sin humedecerlo—. Echa un vistazo a esto.

Era una portada del Diario de Ávila. 13 de febrero de 2051. A cinco columnas, el titular rezaba “Los últimos abulenses dejan la ciudad. Ávila dejará de existir mañana”.

—Guau —exclamé.

—¿Sorprendido?

—Claro, ¡el Diario sigue publicándose en 2051! ¡Y en papel!

—Bueno, en realidad lo he impreso de internet y hace muchos años que lo edita Mercadona.

—Ya decía yo.

—Bueno, ha llegado el momento de que te cuente como he llegado hasta aquí.

—No me lo digas ¡Un agujero de gusano!

—Algo así. Nosotros lo llamamos conexión en paralelo.

—Vaya cagada de naming.

—Pues es algo increíble. Las simulaciones, la realidad virtual y los procesadores cuánticos de 7 fases han llegado a un grado de desarrollo asombroso. Hemos logrado que el universo se combe sobre si mismo y que sus pliegues, al chocar en plano con los vértices nurticos de las simulaciones…

—No te sigo.

—Oh, perdona. A veces me emociono —WJPVBW reflexionó durante unos segundos—. Lo que quiero decir es que las simulaciones por ordenador han convergido con la realidad y en el futuro, en determinados momentos, en puntos muy concretos, podemos dejar la realidad virtual para introducirnos en la realidad real.

—Vaya —no me había enterado de nada pero sonaba cautivador.

—A través de una simulación de este presente hecha en el futuro he llegado de verdad desde el futuro a este presente.

—¿Y por dónde has entrado?

—Por el baño de caballeros de la biblioteca pública.

—Vaya.

—Tenías que ver la simulación de Eilín, los baños huelen exactamente igual. Es asombroso —me dijo con un brillo en los ojos que no supe identificar. Quizá emoción, quizá asquete.

—¿Eilín?

—Eilín existe. Ella creó la simulación, ella envió a tu cerebro el relato con el que ganaste el certamen de Ávila Abierta.

—Quedé segundo —le corregí.

WJPVBW dudó.

—Pues eso no es lo que pone en los libros de Historia. Bueno, un detalle menor —dijo finalmente—. Eilín me ha enviado para salvar a la humanidad.

—¿La humanidad ha desaparecido?

—Estamos en las últimas. De las seis colonias extrasolares, solo dos sobreviven y a duras penas.

—¿Y cómo pretendes que salvemos a la humanidad del futuro?

—No lo sé.

—Ah, pues cojonudo.

—Solo sé que el fin del mundo está relacionado con el fin del blog.

—¿De Los4Palos?

—Así es. El fin Los4Palos es el inicio del declive de la humanidad.

Reflexioné durante unos segundos. A lo lejos, mi pareja me miraba. Podía notar como su ira crecía a medida que la espera hacía bajar su temperatura corporal. Seguía lloviendo y las gotas de lluvia empapaban mi melena y mojaban ya mi torneado pecho a través de mi cazadora y mi camisa.

—Espera un momento —dije—. Yo he visto muchas series con viajes en el tiempo y tal. Y tú me has dicho cosas que ya han sucedido. Todo esto ya ha pasado y tú sabes como acaba todo esto, está en tus libros de Historia ¿verdad?

WJPVBW se revolvió inquieto en el banco.

—Sí.

—¿Y bien?

—Es un tema espinoso.

—¿Y bien? —dije subiendo el tono.

—La Historia dice que Carlos y Pablo me matarán mañana y mi viaje no habrá servido para nada. También dice que no habrá más viajes a este presente y que todo lo que se ha intentado hasta el momento, hasta el año 2069, ha fracasado.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.

—¿Y qué haces aquí entonces? Vas a morir por nada.

—Tu hija dice que es nuestra única esperanza.

—¿Mi hija?

—Eilín es tu hija y yo… bueno… yo soy su prometido.

—Joder

—¿Puedo llamarte papi?

Aquello era demasiado para mi. Tenía una hija —en el futuro, es verdad, pero ya me estaba pesando pagarle la carrera— que se iba a casar con un tipo que llevaba gafas de sol por la noche. ¡Y encima el mundo se iba a acabar por haber dejado de escribir el blog y solo nosotros podíamos salvarlo! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién estaba detrás de todo esto? Parece otra de nuestras historias navideñas pero esta vez es real. Real como la vida misma. Real como el Real Madrid o el Real Ávila.

Estaba desbordado. Por eso, hace unas horas llame a Willy y le conté lo que pasaba. Por eso, hasta que sepamos qué hacer, William John Paulus Von BlackWell está con él, lejos de Carlos y de Pablo.

Y ahora no sé si ponerme manos a la obra y salvar el mundo o tomarme un café con unas magdalenas.  

MysticWorld

Últimamente mucha gente nos pregunta sobre el futuro del blog. Amigos, vecinos, familiares, nuestros respectivos peluqueros, viejos comentaristas y hasta antiguos integrantes de este rincón. No tenemos nada decidido y los rumores sobre nuestra vuelta han sido claramente exagerados. Todo se andará.

Lo mismo pasa respecto al relato navideño, añeja tradición que nos ha regalado grandes momentos pero no muchas visitas. ¿Habrá este año? Pues no lo sé. Estamos a día 27 y no hay nada pensado. Respecto a esto, agradecer desde aquí a Trapseia sus ánimos y sus buenas intenciones lanzándonos el reto de continuar unas líneas de su buzón. No sé si podrá ser, pero muchas gracias, de verdad. Sabemos que nos aprecias y que lo haces con buena intención. Por eso nos sabía mal no publicar el texto que nos enviaste, la carta que ese presunto viajero del futuro había dejado en tu buzón. Aquí la dejamos a modo de homenaje y agradecimiento.

“Al principio sólo fue una estrella que se refugiaba en sí misma mientras todo se despoblaba alrededor”.

Así comienza el relato que puedes escuchar desde los vagones de un viejo TRD 594 que, usando las vías que muchas décadas antes cayeron en desuso, te transporta desde la megápolis de Madrid a aquellas inhóspitas y secas moradas de la vieja meseta que ahora han encontrado un nuevo uso.

El propio traqueteo del simulador, las sierras despojadas de vegetación y las dos horas de viaje, ya te invitan al recogimiento.

“Si el alma es un castillo todo de un diamante, que mejor que un edificio en forma de estrella, un lienzo y una muralla para defender el valor de la introspección en estos tiempos tan turbados”

La llegada a la vieja estación es el primer punto de encuentro. Dos robots perfectamente logrados -esta vez, ya me había comentado Eilín, les ha quedado bien el simulador- ataviados como monjes de diversas religiones según hayas rellenado el cuestionario previo, te hacen indicaciones para que les sigas. Pero en silencio, siempre en silencio.

“Donde hubo casas, ni el polvo”, se atreve a exclamar, mientras se quita la alpargata para sacudirse la tierra, el primer robotmonje programado para dejar letras suspendidas en el aire. Entre estatua y estatua -al parecer el último concejal que reinó aquel paraje sufrió una agónica y póstuma fiebre inaugurativa- la ciudad había acabado convertida en una mezcla de ruda arenisca, bronce y vieja piedra.

He levantado la vista para contemplar como se merece el cartel azul eléctrico:

“Ávila 2069, Bienvenidos a MysticWorld”.

Capítulo 9: De sueños y venganzas

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Él siempre había querido ser un superhéroe. Con pocos años, quizá siete, su tío, el hermano de su madre que se había ido a vivir a Madrid poco tiempo después de la guerra, le había regalado su primer cómic: “La Fortaleza de la Muerte con Ciclón el Superhombre”. Era una edición amarillenta y quebradiza de uno de los primeros tebeos de Supermán, rebautizado por la censura como Ciclón, publicados en España durante los años 40. Al parecer, se lo había regalado alguien del Ministerio —su tío trabajaba en uno de ellos, tal vez el de Agricultura— y a su primo Diego, cinco años mayor que él y un poco imbécil, no le había interesado demasiado.

Él, al contrario, devoró aquellas páginas con fruición, las releyó cientos de veces y memorizó cada uno de sus diálogos. Aquel fornido muchacho de capa azul y roja y calzoncillos negros llegado desde Crypton se convirtió en su mejor amigo, su héroe, el espejo en el que mirarse, un ejemplo a seguir. Aunque cada vez que su tío les visitaba, lo que sucedía de higos a brevas, no perdía ocasión de agradecerle su regalo, decirle lo mucho que le gustaba y rogarle, al borde del llanto, que le trajese más cómics, tardó años en conseguir un número nuevo de las aventuras de Ciclón, ya por entonces Supermán. No son fáciles de conseguir, le decía su tío mientras le frotaba la cabeza, ¿no prefieres alguna novela de Camilo José Cela? Dicen que “Tobogán de hambrientos” está muy bien, aunque no llegue a ser “La familia de Pascual Duarte”.

Pero él ya estaba mayor para toboganes, un poco fondón para encuadrarse entre los hambrientos y no tenía el menor interés en el tal Pascual o en su familia. Él quería tener superpoderes, volar, rescatar a damiselas en apuros, luchar contra el mal, salvar el mundo, levantar autobuses amarillos con sus propias manos y frenar trenes llenos de pasajeros al borde de un precipicio. Quería enamorar a la chica guapa, hacer rabiar a los malos, recibir los aplausos de la gente y lucir abdominales de impresión.

Cuando tenía 19 años, pocos meses después de empezar la universidad en Madrid, su madre decidió tirar su colección de tebeos a la basura. Estaban viejos, le dijo, algunos rotos, y ya eres mayor para estar leyendo estas tonterías ¡En qué día te regaló tu tío el primero!. Aquel día su madre había decidido acabar con su infancia y reciclar sus sueños. Nunca se lo perdonó, nunca lo olvidó.

Evidentemente, ahora todo aquello —su madre, su tío, sus primeros tebeos— quedaba muy lejos. Estaba contento con su vida. Tenía casi setenta años pero no los aparentaba. Estaba en buena forma física, tenía una familia que le quería y un trabajo que, aunque no tenía nada que ver con los superhéroes, le permitía trabajar para la gente, ayudarla, recibir su cariño y, a veces, algunos besos en las mejillas. También había malos a los que enfrentarse, aunque no se parecían mucho a los de los cómics.

Todo iba bien, estupendamente bien, mejor de los esperado, hasta que había aparecido ese vejestorio advenedizo, ese abrazafarolas con olor a naftalina, ese payaso y su sucio rucio. Cuando le llegaron los primeros rumores sobre ese que se hacía llamar Vetusto Man se lo había tomado con humor. Un viejo con demasiado tiempo libre y una sobredosis de viagra. No le dedicó ni dos minutos. Ya se aburrirá. Igual un catarro se lo lleva el próximo otoño. Nada de lo que preocuparse. Pero luego, cuando se enteró de que se dedicaba a arreglar aceras y terminar obras municipales, se volvió loco. ¿Qué pretendía ese entrometido? ¡Ese era su trabajo! ¿Quería robarle los aplausos que tanto le costaba provocar? ¿Qué haría él si no podía inaugurar siquiera una acera? Tenía que pararlo, defenestrarlo, arruinar su reputación, su carrera, arrancarle sus estúpido disfraz y devolverlo al asilo de la historia de donde hubiera salido. Y si no podía hacerlo nadie más, tendría que hacerlo él con sus propias manos. Ese estúpido Capitán Acueducto había resultado un fraude y mejor no decir nada de la inoperante policía municipal.

El Barón Dandi resopló, dejó su copa de Soberano en la mesa de caoba y se levantó de su sillón orejero de cuero. Su perro le miró desde su rincón pero no hizo amago de seguirle. Al pasar junto a la estatua de Suárez camino del jardín, le dio un cachete cariñoso en el culo metálico. “Tú sí que fuiste un superhéroe, Adolfo” dijo en voz alta. La luna brillaba en lo alto del cielo. El silencio era casi completo. La Palomilla, apoyada en el tronco de un fresno, cerca de los geranios de su mujer, parecía a punto de dedicarle un soneto a la claridad de la noche.

Aunque Vetusto Man había descubierto sus planes y había tenido la desfachatez de aparecer en el ayuntamiento subido a su pollino piojoso para anunciarlos a voz en grito, el Barón Dandi no estaba dispuesto a renunciar a ellos. Era mejor que él, algo más joven y mucho más listo. No tenía miedo de enfrentarse a él cara a cara. Estaba dispuesto a mancharse las manos, a arrañarse los nudillos y romperse alguna uña si era necesario. Paso a paso se acercó al cobertizo de jardín donde guardaba, lejos de miradas indiscretas, sus chalecos de flores y sus fulares.

Tenía que dejar en ridículo a ese viejo. Tenía que robar esos verracos.


En capítulos anteriores:

Elogio del conformismo

En la universidad conocí a una chica que coleccionaba anillas de latas de refresco. Era gallega, de un pueblo del interior de Lugo, bajita, con el pelo rubio ceniza recogido en una docena de rastas decoradas con cuentas de colores que le llegaban hasta media espalda. Siempre hablaba susurrando, como si te estuviese contando un secreto o tuviese miedo constantemente. Durante semanas, todos los que la conocíamos, aunque fuese levemente como es mi caso, recogimos con fervor anillas de latas que ella iba guardando en una garrafa de ocho litros a la que había cortado el tercio superior. Un día, al ir a entregarle los frutos de mi colecta, me miró con cara triste, me dio las gracias y me confesó que había dejado de coleccionar anillas. Es más, había tirado el millar que hasta entonces había reunido. Un ruso, me dijo, tiene medio millón de chapas, lo he visto en internet. ¡Es imposible que yo le alcance nunca! Me he dado cuenta de que siempre habrá alguien que tenga más chapas que yo y que esforzarme para ser segunda no merece la pena.

Durante algunos días anduvo triste. Caminaba por los pasillos siguiendo con la mirada las juntas del terrazo. Suspiraba todo el día, dejando escapar un poco de su alma con cada exhalación, y removía con desgana las patatas (re)fritas en el comedor durante la cena. Había fracasado y la derrota era demasiado pesada para su escaso cuerpo.

Marcarse unos objetivos demasiado elevados, inalcanzables, puede provocarnos frustración. Todos lo sabemos porque todos lo hemos vivido, porque todos hemos mirado al horizonte y le hemos desafiado alguna vez. Por eso es necesario ser conscientes de nuestros límites. Mi conocida gallega descubrió que nunca sería la mayor coleccionista del mundo de anillas de latas y, a pesar del dolor, supo abandonar su sueño antes de que la derrota fuese insuperable. Al poco tiempo comenzó, con mucha menor ambición, una colección de pegatinas de frutas en una libreta rosa de Agatha Ruiz de la Prada.

El alcalde de Ávila comparte esta filosofía vital. Frente a planes grandilocuentes que enardecen los corazones del común con cifras millonarias y palabras rimbombantes, nuestro regidor apuesta por el día a día, por la cómoda y feliz rutina, por las zapatillas de felpa de la gestión sensata. ¿Para qué buscar la excelencia, sea esto lo que sea, cuando se puede ser feliz con poco? ¿Para qué aspirar a mucho cuando se está tan calentito dormitando debajo de la manta? ¿Por qué intentar ser el mejor si a mitad de tabla se está tan bien?

El alcalde conoce sus limitaciones, las de su equipo, las del presupuesto municipal y las de la ciudad y sabe que con ir tirando nos podemos dar con un canto en los dientes. ¿El AVE, el Prado, la reindustrialización, el pleno empleo? ¡Palabras mayores! Que haya algo de luz por la noche, las calles estén más o menos limpias y la circulación esté regulada. ¡Por fin un político realista con objetivos realistas! Ojalá su futuro programa electoral siga esta línea: imbornales un poco más limpios, un 5% menos de cucarachas, que la muralla siga en su sitio, reducir el número de estatuas atropelladas…

Acostumbrados como estamos a políticos que viven en un continuo mitin, quizá nos resulte intolerable su poca ambición, pero es un alivio saber que no está entre sus planes pasar a la historia de la ciudad. Algún PGOU nos ahorraremos. Como diría el alcalde, no hay mal que por bien no venga.

De traumas y museos

La semana pasada se celebró el Día Internacional de los Museos, cita cultural creada por el Consejo Internacional de los Museos  (ICOM) en 1977 y que en mayor o menor medida se celebra en todo el mundo civilizado. Dejando a un lado los actos organizados por el Museo de Ávila, la festividad pasó sin pena ni gloria por nuestra ciudad, Atenas gótica de la Meseta, rubí de la cultura de Castilla y faro del turismo cultural de occidente.

Tampoco nos vamos a llevar ahora, después de tantos años, las manos a la cabeza. El Día de los museos es una festividad de consumo interno, de corto radio, con nulo tirón turístico, destinada, sobre todo, a que los ciudadanos reflexionen sobre el papel de sus museos y sobre ese constructo que llamamos cultura, sobre los mecanismos y engranajes que dan forma a esa materia oscura que nos rodea y forma parte de nuestra identidad individual y colectiva. Cultura entendida como civilización, como las gafas con cristales de colores con las que miramos el mundo. Una celebración, en definitiva, aburrida, que no invita al botellón, ni a los concursos de tapas.

Y es una pena, que no una sorpresa, no haber dedicado mucha más tiempo a esta cita porque el lema nos venía que ni pintado. Cada año, el ICOM propone un tema sobre el que hacer girar las propuestas y reflexiones de las distintas instituciones participantes y en esta ocasión el propuesto era “Museos e historias controvertidas: decir lo indecible en los Museos”. Tomo prestada esta frase del comunicado del ICOM: “Este tema invita al museo a posicionarse como actor de la asimilación de las historias traumáticas pasadas gracias a la mediación y a la pluralidad de puntos de vista expresados”.

No me digan que no nos pega como un tricornio a un Guardia Civil o a la Cibeles una banderita de España y una bufanda del Madrid en una noche de primavera. Museos, traumas, historias controvertidas… ¡Si parece que habla de lo nuestro con el Prado!

¡Ay, el Prado! Tanta tinta física o electrónica vertida para tan poco. El otro día, no recuerdo dónde ni quién, alguien se vanagloriaba de que en el último Plan de Actuación del Museo del Prado, el fechado para el periodo 2017-2020, había un huequito para nuestra bella urbe. Les paso captura.

¡Albricias!, me dirán. Ahí estamos. Con todas las letras. Lo hemos conseguido. Saquemos en procesión a todas las vírgenes, a todos los santos, a todos los diputados y a todos los senadores. Que repiquen las campanas y los pétalos de flores cubran las calles. ¡Levantad los adoquines, debajo habrá un nuevo aparcamiento subterráneo!

Pero como esto va de historias controvertidas y traumáticas y no de éxitos, les pasó capturas de los anteriores planes de actuación del Museo del Prado.

2005-2008 (Les pongo solo una de las 22 referencias a nuestra ciudad)

2009-2012 (4 referencias)

2013-2016 (1 referencia)

 

Pluralidad de puntos de vistas, decía el ICOM. La pluralidad de pensar si estas dos últimas décadas nuestros representantes nos han tomado por tontos o solo han demostrado su incapacidad y falta de criterio. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla y tal.

La necrofilia de las comunidades autónomas.

Will McAvoy, el periodista republicano protagonista de The Newsroom, dice en el primer capítulo de la serie que la gente ya no elige las noticias que quiere, que la gente escoge los hechos que quiere. Terrible y cierto, como cualquiera puede comprobar pasando diez minutos al día en las redes sociales o leyendo de vez en cuando los comentarios de las noticias en las web de los distintos periódicos. Los medios se han vendido a las audiencias y el clickbait y los ciudadanos se han refugiado en el cherry picking para que la realidad no les estropee su visión del mundo. Eso que han oído ha sido una bofetada de la RAE por el doble anglicismo.

McAvoy consideraba la labor del periodista una misión civilizadora. Buscar la verdad, perseguir la evidencia y todas esas mandangas. Con esas armas, el ciudadano puede enfrentarse a la realidad y tomar decisiones informadas conociendo los hechos, las opciones y las consecuencias.

De un tiempo a esta parte, en medios de todo tipo, color y accionariado, se viene sucediendo una curiosa y pertinaz campaña contra el impuesto de sucesiones. Una campaña llena de mentiras, equívocos y medias verdades con el objetivo de convencer al ciudadano de a pie de que es un impuesto injusto y desproporcionado y de que Montoro se pasea de madrugada por los cementerios buscando tumbas frescas para hurgar en sus declaraciones de la Renta. En estos tiempos de indignación dospuntocero en los que vivimos, en los que todos somos activistas de retuit y puñitos cerrados, muchos se han subido al carro sin darle dos vueltas al asunto, sin contrastar si los argumentos de los abolicionistas son verdad o mentira o si ellos, sin más patrimonio que un tapiflex, son potenciales perjudicados o beneficiarios indirectos del citado impuesto.

A Ávila no ha llegado el AVE, ni Zara ni el Corte Inglés, pero sí la marejada contra el impuesto de sucesiones. El otro día, Avilared publicaba una columna de opinión firmada por Gabriel Téllez titulada: “El expolio sobre las herencias: robando vengo, robando voy”. El argumento es el ya expuesto: el citado impuesto es una infamia y las culpables son las malvadas comunidades autónomas, sus “onerosas estructuras administrativas” y sus dirigentes, personificados en Susana Díaz, presidenta de Andalucía. Nos ahorramos el calificativo de mal gusto que usa el autor para referirse a ella.

El artículo arranca lanzándonos una andanada al corazón: una pobre jubilada de mirada tierna casi se arruina para mantener los coches oficiales de los presidentes autonómicos. Tuvo que “reunir de aquí y de allá 80.000 euros para pagar por una herencia siempre sobrevalorada en exceso por la Hacienda regional de Asturias”. Todo mentira. La señora heredó 300.000€ en metálico de un hermano fallecido en Venezuela y el impuesto lo recaudó el Estado, pues el difunto no tenía residencia en España.

Con esto, con la Ley 29/1987 y con el Decreto 1018/1967 que regulaba el impuesto de sucesiones durante la Dictadura, valdría para desmontar la tesis principal de la columna, pero podemos seguir echando un ojo a los terribles casos que denuncia para atemorizar a la cuenta corriente del lector. Malagueño en paro tiene que pagar casi treinta mil euros por el piso heredado de sus padres. Nos faltan datos, pero podemos dudar de la veracidad del caso porque en Andalucía las herencias inferiores a 250.000€ están exentas y existe una bonificación del 95% sobre el valor de la vivienda habitual de los fallecidos. ¿Cuánto valdría la vivienda para que el importe a pagar ascendiese a la cantidad referida en la columna? Prácticamente lo mismo podemos decir del caso de Coria del Río, aunque la escasez de datos nos impide profundizar más.

En una cosa sí tiene razón el artículo, al César lo que es del César. Mucha gente evita pagar el impuesto utilizando diversas técnicas de ingeniería fiscal, como la creación de empresas holding para evitar que determinados bienes paguen impuestos. ¿Pero desde cuando la solución a un fraude o a un delito es eliminar la figura penal? ¿Retiramos las señales de prohibido aparcar si mucha gente hace caso omiso de ellas?

Defender la supresión o modificación de un impuesto puede ser egoísta pero es perfectamente legítimo, pero mentir —por acción, omisión o estadística— es feo. El Impuesto de sucesiones es un impuesto justo y profundamente redistributivo que afecta a muy pocas personas, no precisamente de clase media y baja, y contra el que se está levantando una campaña absurda sostenida sobre mentiras y anécdotas que solo beneficia a unos pocos. Una campaña que solo pretende confundir al ciudadano para convertirlo en infantería de una reivindicación que le perjudica. Una más.

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