Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


En capítulos anteriores:

 

Carta a Vetusto Man (por Ángel Martín)

Cerramos la semana con una nueva colaboración de nuestros lectores. En esta ocasión se trata de una contestación al post ‘El nacimiento de un héroe’, a cargo de Ángel Martín.

Si tú también quieres publicar algo en este rincón, aquí te explicamos cómo.

—————————————————————————————

Quisiera enviar un mensaje de solidaridad y apoyo a D. Fructuoso Blázquez por su incidente con la medusa en Cuevas de Almanzora (Almería). ¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios! Yo aquí en Málaga las he sufrido un par de veces pero en grado de tentativa de la que me pude zafar gracias a mi pericia de buen nadador (luego le cuento dónde di mis primeros chapuzones), pero a mi hija le pillaron a traición y el brazo derecho quedó tan enrojecido que parecía que se hubiese tatuado una puesta de sol.

Mire D. Fructuoso, yo he entrado en el Google Maps (que gran invento) para visitar el pueblo de sus horrores y me da la impresión de que es un pueblo tranquilo y por su historia no me cabe duda de que es muy hospitalario por lo que, si me lo admite, le aconsejo que envíe una nota de desagravio a la prensa nacional e internacional. Le recomiendo a nivel nacional “El Diario de Ávila” y en el extranjero puede optar por “El Washington Post”, el Herald Tribune o el Zeitungen aus Deustschland o como demonios se escriba que mi ingles no pasa del good morning y Metro Goldwyn Mayer y lo único que sé pronunciar bien en alemán es Ángela Merkel.

La próxima vez que vuelva por allí (cosa harto difícil después de su espantosa (sic) experiencia) en lugar de ir al mar se dé un baño en el embalse del rio Almanzora, o mejor aún, haga una pequeña excursión a la sierra de Almagro o a la sierra de los Pinos.
Me alegra que sea aficionado al juego de la calva, pero  me hace más ilusión que las pistas estén junto al rio “Chico”. Le voy a contar algo sobre el rio que quizás usted no conozca, no porque le crea un inculto sino porque los que vivís en Ávila desde toda la vida no os preocupa la historia de la ciudad. Le confieso que en mi juventud (somos casi de la misma quinta pues  estoy muy cerca de cumplir los setenta y cinco) nos importaba más bien poco porque el paseo del “Rastro” se llama así, de que siglo es la iglesia de San Vicente o de donde procede el nombre de “Adaja”. Ya sé que hay cosas más importantes en la vida pero cuando se vive lejos el amor a la patria chica marca la diferencia entre la alegre nostalgia y la triste melancolía.

Veo que le gusta vagar libremente sin las ataduras de un viaje programado. Yo habría hecho lo mismo, por eso nunca he viajado con el Imserso, prefiero coger carretera y volante y hacerme de un tirón (con los descansos que me marca la edad aunque aún me encuentro con fuerzas y ganas de viajar) los 650 kilómetros que me separan de mi querida y añorada Ávila.

Como le dije antes quiero que sepa que mis primeros chapuzones tuvieron lugar en el arroyo del “Obispo”, aquel riachuelo (por decir algo que se parezca a una corriente continua de agua) que nacía en un manantial junto a los “Cuatro Postes”  y discurría mansamente a pesar de que lo hacía cuesta abajo, hasta desembocar en el rio Adaja. A mitad del cauce se ensanchaba en un charco que nos cubría hasta casi las rodillas. Las primeras brazadas de natación las di en las charcas que el rio Adaja dejaba a su paso por el Soto en las fechas estivales de finales primavera y principios de verano. Como yo vivía en la otra punta de la ciudad (mi querido barrio “Ajates”) cuando nos desplazábamos hasta el rio lo hacíamos para pasar un buen día de campo de juegos y comida. Definitivamente conseguí perfeccionar los estilos de braza y crol en la piscina del polideportivo (no crea que exagero) que los de la “Juven” (Acción Católica) teníamos en el descampado al final del convento de Santo Tomas junto a la margen derecha del rio Chico. La piscina (no olímpica claro está) tenía unas dimensiones considerables para la época y en su parte más profunda media dos metros. También podíamos practicar el futbol y el baloncesto pues disponíamos de ambas canchas.  El nombre correcto del rio era “Sequillo”, pero las crónicas antiguas de la ciudad le llaman “Grajal”. El nombre del otro rio, Adaja, proviene del árabe “Azdaya” (rio de la Granja). Supongo D. Fructuoso que sabrá que este rio movía las ruedas de la desaparecida Real Fábrica de Algodón construida en 1792 sobre el lugar que ocupaba un molino harinero que llamaban del “Puente Adaja”.

Cuentan también las crónicas que a mediados del siglo XIX los abulenses no podían bañarse en los charcos que el rio Adaja formaba a su paso por el soto  porque las mujeres lo utilizaban para lavar la ropa. Como verá cosa no muy diferente a lo que un siglo después hacían nuestras madres en el pilón de Fuente Buena, con la diferencia de que esta agua era limpia y cristalina. Cuentan que un poco más abajo del puente romano, frente al convento de la Encarnación, un vecino de la ciudad, con una visión mercantilista de la limpieza corporal (ya entonces había emprendedores), montó un floreciente negocio construyendo unas casetas de madera junto al rio, separando a sus utilitarios por sexo pero  reservando algunas para los matrimonios, no para que sirvieran de “vis a vis” (ya me entiende usted), sino para que la intimidad estuviera a cubierta de miradas indiscretas. El precio de los baños dependían del número de veces que los buenos abulenses decidían estar pulcros y aseados, pero el individual costaba dos reales. La mayor aglomeración de clientes se producía entre las once y una de la tarde. Ojala las casetas de las playas de esta país estuvieran tan bien organizadas y baratas. Cuando se lo cuento a mis hijos (no tengo nietos a quien lavarles el cerebro) me dicen que esos son relatos de ficción producto de mi calenturienta mente. Todavía no entienden (que sabrán ellos) que hubo un tiempo en este país que los censores de la moral nos prohibían agarrar de la mano a la novia bajo pena de  excomunión y que darle un beso podía suponer una condena  a sufrir los rigores del fuego eterno hirviendo en las calderas del malvado Lucifer. Por cierto, en algunos sectores de la iglesia nada ha cambiado. ¡Jo, qué país!

Me alegro de que se haya recuperado del todo de la picadura de la medusa y del malestar estomacal y le animo a que siga siendo el justiciero de la ciudad. Charles Bronson hizo lo mismo en varias películas y acabó limpiándola de delincuentes, pero claro, en el celuloide todo es más fácil.

Desde esta tierra de sol y luz le envío un cordial saludo y que la “fuerza le acompañe” para que pueda derrotar a sus enconados adversarios en las incruentas batallas del juego de la “calva” y a los no tan pacíficos en su afán de recordarnos a un héroe de los comics. ¡Yo, Ángel Martin, profeta mayor del reino le auguro un triunfo de record Guinnes!

Envidio su jovialidad así que desde ahora voy a recomendar a los jóvenes que si quieren tener una vejez duradera deben empezar a sentirse viejos cuanto antes. Creo que lo dijo un sabio aunque no se cual y tampoco sé si la cita es literal.
¡Abajo las medusas! ¡Viva los vejestorios!

Trampas y trompetas (por Alvaro Aparicio)

¡Esto se nos está llenando de sonetos! En esta ocasión, a cargo de Alvaro Aparicio (@apamou). Si usted, querido lector, también quiere participar en este rinconcito del ciberespacio, aquí le explicamos cómo hacerlo.


 

“Trampas y trompetas”

No importa qué digas, dilo bonito.
Cuando anuncies encuentro, timonel,
solícito y al más alto nivel.
Clama incluso al cielo; se hará infinito.

No importa qué ofrezcas; tras el gambito,
nace tu espacio en la red de un burdel
viral en citas. Ave de cuartel,
pica tripas que vomitar ahíto.

Nissan, ora y embiste, ayer colmado.
Nissan, ora y bosteza, hoy derrotero.
La lucha acaba en duelo por dinero.

“Barato y fácil” oferta al obrero,
quien de cunero al escaño fue aupado
o el nieto “requetecalificado”.

De la rabia y de la idea es la herencia.
La provincia a cielo abierto. ¡Qué mina!,
¡qué ciencia! Señor, ¡qué Santa paciencia!

Y es que al cambio climático, conmina
Supermon, hay que exigirle indulgencia;
termal, pues acabose la divina.

El último que apague la luz (por Guillermo Buenadicha)

Más colaboraciones y más versos. En esta ocasión, es nuestro amigo Guillermo Buenadicha quien mulle nuestras neuronas para que florezca en ellas la simiente de las musas. Si tú también quiera participar, en prosa o en verso, aquí te explicamos cómo.

______________________________________

El que algo sea vox populi en nuestra ciudad suele deberse a la endémica afición abulense por el chisme y el mehandichoqué. Muchas veces lo difundido por radio macuto no tiene fundamento y como tal se desvanece pasados los días. Otras, sí, se confirma el rumor como antesala de la noticia, que cuando el río suena, seguro que no es el Adaja. Pero si hay una señal que marca la frontera entre el cotilleo y lo que adquiere categoría de asunto a ser tratado seriamente es que nuestro Diario, gacetilla centenaria, dedique cuatro páginas completas a algo. Y si encima recibe la guinda de una columna de opinión de su director, entonces blanco y en botella.

Preocupado ando con el asunto Nissan, tras leer el periódico este fin de semana y a la vista de que no hay político o prócer que deje pasar la oportunidad de expresar su preocupación (me preocupo porque se preocupan; es preocupante). Es cierto que los problemas de nuestra fábrica son guadianas recurrentes a lo largo de estas últimas décadas, pero también que don Jorge Manrique ya indicó que todo río indefectiblemente va a parar al mar. Nuestro cántaro ha agotado al fin todas las vidas disponibles en su camino a la fuente, a lo que se ve, aunque no tendrá leche o agua que derramar. Y me pregunto en qué darán sus huesos, de quedar alguno, en una ciudad como la que alumbran las farolas de nuestras rotondas vacías y grúas enhiestas.

Puesto que Ramón Martín @su_per_mon se ha lanzado (de forma admirable, todo sea dicho) por el camino de la queja social a través del soneto quevediano, cojo el testigo de su crítica climática (asunto que no por humorístico deja de tener su enjundia) y navego al socaire de su estela, en humilde pero espero que digno esfuerzo poético. No añado un estrambote, como él ha hecho (y mejor no hubiera), porque bastante estrambótico es el tema de por sí, y porque los haikus y los sonetos tienen mal apareamiento. Otro día, de seguir poética justa, quizás le ofrezca las armas niponas para un abulensista duelo al amparo de estos palos centenarios.

 

Cerrar podrá sus puertas la que fuera
orgullo de la tierra, factoría;
que miles de camiones producía
a España y más allá de su frontera

Quemará los parados en su hoguera
y hará de nuestra noche triste día;
la línea de montaje, piel vacía
no verá su sesenta primavera.

Políticos, que el cielo han prometido
Sindicatos, que en vano han peleado
Nipones, que al ganar no habrán perdido

El pecho del que tanto se ha mamado,
en Cylog y en ladrillo travestido,
polvo será, mas polvo urbanizado.

El cambio climático (por Ramón Martín)

Tenemos la suerte de contar con un nueva colaboración, esta vez a cargo de Ramón Martín (@su_per_mon). Si tú también quieres participar en este blog, aquí te explicamos cómo hacerlo.


En los últimos 30 ó 40 años Ávila ha visto alejarse infraestructuras, industria y habitantes. Pero si -aparte de los pisos vacíos- hay algo en lo que aventajamos a otras provincia españolas, es en nuestra incorporación al cambio climático.

Ya hasta recordamos con nostalgia cuando Mariano Medina informaba las temperaturas y siempre estábamos ahí, destacando: “La mínima en Ávila, menos nosecuantos”; en casa hacíamos un gesto triunfal, ¡toómaya! Eran otros tiempos. Entonces, te pasabas la primera mitad de octubre pasmao de frío hasta en tu casa; porque ya se sabía que hasta que La Santa no diera el visto bueno, el día 15, no se encendían las calefacciones.

Pero el pasado año, en esas mismas fechas, nos hemos podido tomar unas cañas en cualquier terraza en mangas de camisa; como mucho con una rebequita. Con lo que era la calle San Segundo en octubre; ese túnel de viento siberiano, que ni atinabas a abrocharte la mierda de botones de palitos que llevaban las trencas.

Y en invierno ni olemos la nieve. Creo que la última vez que sacaron en el España Directo a los niños trineando al lado de la muralla fue porque Héctor Palencia desvió un pedido de nieve para los del Xanadú, porque yo no vi caer ni cuatro copos. Como para volver a atrapar a otro Guido Caprotti, si no es con una avería en la catenaria.

Y ahora llaman ola de frío a un par de días regulares. Por ello, y ante la inutilidad de oponerme, he decidido perpetrar un soneto, que por efecto de la globalización, finaliza con haiku-estrambote dedicado a mi amigo Guillermo, corrector de estilo y animador social.

Miré los grados de la patria mía
si un tiempo bajos, ya más moderados;
por Burgos, Soria y Cuenca superados,
y casi por Sevilla y Almería.

Aquella nuestra única alegría.
¡La mínima de España! Congelados
gozábamos haber sido nombrados,
ser líderes en algo por un día.

Acaben los inviernos anodinos,
que el frío sea el gran protagonista
y cale hasta los huesos con su garra.

Que vuelvan al Adaja los pingüinos.
Que cierren por nevada la autopista.
Que Jon Nieve se mude a La Cacharra.

A tal efecto,
ese invernadero
desatado va.

img_30698

Foto de avilared.com

 

 

Himno de Ávila (actualizado)

Cuando Diario de Ávila publicó, hace unos días, una breve información en relación con el cincuenta aniversario del himno de Ávila (sí, la ciudad tiene Muralla, chuletones e… himno), pocos podíamos imaginar que dicha efeméride iba a tener tal repercusión en el mundo tuitero. Con la satisfacción que proporciona comprobar que no todo lo que sucede en las redes sociales “es mal”, en este blog hemos podido saber que el Ayuntamiento, a raíz del debate generado en Twitter, se ha dispuesto a recuperar ese himno… pero actualizado. Hemos tenido la suerte de que los dos “compositores” a los que han encargado la letra, Ramón Martín (@su_per_mon) y Guillermo Buenadicha (@gbuenadicha), son buenos amigos de esta casa, lo que nos permite ofrecérselo a nuestros lectores en exclusiva (a la espera de que se añada la música que, según nos dicen desde el Consistorio, se ha encargado a Alba Moreno y Jimmy). El resultado final será interpretada por el Coro Gregoriano de la Santa y la Orquesta Sinfónica de Ávila al cierre del concierto que esta última ofrecerá el 30 de diciembre. Desde aquí animamos a toda la ciudadanía asistente a unirse en su entonación.

 

Es Ávila ciudad amurallada
tan lejos y tan cerca de Madrid;
de trenes y progreso abandonada,
vivimos en la época del Cid.

Murallas que enseñamos con orgullo
(por varios sitios se puede subir),
tenemos monumentos a barullo
iglesias y conventos pa’ aburrir.

Tenemos más rotondas que personas
y el cielo más azul de toda España.
Hay yemas, chuletón y revolconas
y va la tapa gratis con la caña.

Turista que visitas nuestras calles
(son Patrimonio de la Humanidad)
no te vayas tan pronto, no nos falles:
pernocta en un hotel de la ciudad.

Saludarás obispos, boticarios,
del Grande al Chico (es la tradición)
verás cigüeñas en los campanarios
y estatuas de la Santa en ca’ rincón.

Queremos autopista sin peaje,
queremos que se viva algo mejor:
industria pa’ que la gente trabaje,
nos hace falta un acelerador.

¡¡¡ Hazte un selfie con Adolfo !!!
¡¡¡ Vístete de medieval !!!
¡¡¡ Ponte ya la rebequita !!!
¡¡¡ Este frío no es normal !!!

“Poetas del Rock”: nobles intenciones, ahora hay que creérselo

El señor Miguel Díaz Herrero (@migueldherrer81) vuelve a colaborar con este humilde blog para hablarnos del Festival “Poetas del Rock”. Si tú también quieres escribir un post, aquí te explicamos cómo.

—————————————————————————————————–

Tras el triste epitafio (triste porque nunca lo hubo) del Ecopop, y la ambiciosa apuesta de este año del Shikillo en Candeleda, el Ayuntamiento de Ávila ha intentado que la capital tenga su propio festival.  Un propósito loable, con un cartel cuanto menos notable y plural. Así, el “Poetas del Rock”, a través de la productora Territorio Musical, traía de nuevo a  nuestra ciudad el pop-rock clásico de Los Secretos, así como diversas maneras de entender el rock: más Stones (Burning), más de porrón, Malasaña (la de antes) y rythm & blues (Los Enemigos) y más sureño y mestizo (Kiko Veneno, Chambao y el ex Delinqüentes El Canijo de Jerez). Los barceloneses Elefantes, que alcanzaron un reconocimiento masivo allá por 2000, cuando llamaron la atención de Enrique Bunbury y grabaron su disco “Azul”, completaban el cartel. Un line-up que, sin embargo, da la sensación de que fue presentado tarde (¡principios de junio!) y con ciertas prisas: había que hacer un festival. En cualquier caso yo, como melómano y abulense que siempre había soñado con un festival en mi casa (muy atrás ya quedaron los malogrados Ávila Rock y Ecopop Ávila), no podía esconder mi entusiasmo.

Según se iba acercando el sábado, y después de hablar con bastante gente “enterada”, percibí sin embargo que existía un gran desconocimiento del festival, e incluso cierto pesimismo ante su celebración. Y aquí va mi segundo tirón de orejas a quien corresponda: no se puede confiar la promoción y el éxito de un festival, y más en esta ciudad, que siempre ha sido difícil, a poner carteles en la calle.

Al llegar al recinto ferial, me gustaron la buena organización y la disposición del festival. Barras grandes, atendidas además por los mismos tipos que nos ponen las copas los fines de semana en nuestro pequeño oasis musical abulense. Zona para niños, mesas para quienes se lo toman con calma (yo no), baños proporcionales al número de asistentes…Precios razonables  y, sobre todo, la fantástica sensación ya vivida muchas veces por un servidor de tener horas por delante de música en directo y diversión. Sensación mejorada si cabe por jugar en casa y poder saludar y charlar con muchos amigos. Mientras me recreaba en estos pensamientos, Gotelé atacaban sus canciones en el escenario pequeño (bautizado como “Lanzadera”) ante un buen puñado de amigos del grupo y curiosos. Sirvan estas líneas también para felicitarlos, porque estarán tocando el jueves 11 de agosto en el Festival Sonorama. Todo un orgullo teniendo en cuenta la importancia de la cita arandina en el calendario festivalero patrio.

Apenas cinco minutos después, Elefantes se subían al otro entablado del “Poetas del Rock”. Con un Shuarma muy simpático (y el “muy” se queda corto), estuvieron presentando su recién publicado nuevo álbum “Nueve canciones de amor y una de esperanza”. El álbum incluye una versión del “Te quiero”, del inefable crooner conquense José Luis Perales, cantada junto a Love of Lesbian y Sidonie, y que consiguió que el público se empezara a unir a la fiesta.  Nada mejor que las propias palabras de Álvaro Urquijo para explicar lo que fue el concierto de Los Secretos: “Seguimos encima de los escenarios y tocando estas canciones porque os gustan”. Y es que las acusaciones de inmovilismo o ñoñería que ya se atribuían al grupo en los primeros 80 palidecen ante canciones tan increíbles como “No me imagino”. Después, no faltó ninguna favorita del público: “Pero a tu lado”, “Colgado”, “La calle del olvido” (otra de las favoritas de este comentarista), “Por el bulevar de los sueños rotos”, “Ojos de gata”, “Ojos de perdida” y la inevitable “Déjame”.

Burning (Foto de @Avila_Cultura)

Burning (Foto de @Avila_Cultura)

A unos madrileños que habían venido a ver a Burning (por vigésima vez o más, me reconocieron) les hizo gracia ver a sus ídolos a las nueve y media de la noche, todavía de día. Y es que muchos no nos quitamos las gafas de sol, ni lo hizo Johnny Cifuentes, claro está, para bailar al ritmo de los libidinosos riffs stonianos del grupo, que no se olvidó al final de hits como “Es especial” o “Mueve tus caderas”, o de algunas de sus primerísimas canciones, como “Estoy ardiendo”, de una época en la que el rock en España no sólo era pecado, sino también milagro.

Un verdadero placer iba a ser escuchar después a otro de los mejores grupos de rock de este país, Los Enemigos. La actuación empezó con problemas de sonido: el bajo de Fino no se oía, y Josele comentó socarrón, tras las dos primeras canciones: “Esto ha sido la prueba de sonido”. La banda se fue recuperando de estas dificultades y empalmó grandes canciones, como la versión del “Señora” de Serrat, “John Wayne”, “Desde el jergón”, “Septiembre”, o “La cuenta atrás”. Sin embargo, quedó la sensación de que faltó algo de comunión con el público, comunión que sí lograría después Chambao. Lamari y los suyos tardaron, sin embargo, más de una hora en salir al escenario. El público no entendía que estaba pasando, por qué tardaban tanto en hacer el cambio entre grupos, y nadie salió a explicárnoslo tampoco. El mismo problema se repitió con Kiko Veneno, lo que hizo que su actuación se viera seriamente recortada. Y aunque salió él solo con su acústica a la izquierda del escenario a tocar “Joselito”, y también sonó “Memphis blues”, nos faltaron muchas, entre ellas temas de su fantástico disco de 2013, “Sensación térmica” (la homónima, “La vida es dulce” o “Mala suerte”). Eran las cuatro de la mañana, la espera volvió a alargarse con El Canijo de Jerez y el DJ también se había callado. Muchos empezamos a irnos, con la sensación de quien lo ha pasado muy bien, pero que al final le han dejado un poco abandonado.

Y ahora que hemos tenido tiempo para reflexionar, y agradecemos enormemente la celebración del festival y el buen rato que pasamos, sugiero que, entendiendo que era sólo la primera edición, hay que ir un poco más allá. Y, si queremos tener un festival estable en Ávila, poner no sólo los medios económicos sino también los humanos, la previsión y hasta el cariño, qué leche, para que éste sea posible.

Por ser más concretos: anunciar el cartel al menos tres meses antes. Contar desde el principio con los artistas de aquí. Que haya siempre música entre grupo y grupo. Que no se repitan los descomunales retrasos y, de repetirse, explicar al paciente público. Diseñar también un concepto claro de festival. “Poetas del Rock” puede estar bien, pero quizá resulte un poco difícil de delimitar. Algunos han comentado también que el cartel iba dirigido a un público más veterano que la mayoría de festivales nacionales. ¿Así, sería posible casar a grandes poetas de nuestro rock como Lapido, Juan Perro, Quique González, Jaime Urrutia o, qué sé yo, trovadores más underground, como Juan Abarca de Mamá Ladilla, con artistas más indie o con mayor calado entre un público veinteañero? Yo creo que sí. Son decisiones que, en cualquier caso, se tendrán que tomar. Desde aquí, manifestar mi apoyo, exponer mi opinión modestísima pero espero que constructiva y desearle larga vida al “Poetas del Rock”.

A %d blogueros les gusta esto: