Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo

[Viene de Capítulo 1: El nacimiento del héroe]

Regresé a donde las monjas para coger cuatro mudas limpias y marcharme al pueblo. Tuve la consideración de dejar una nota en la mesilla del cuarto: “Sores, me voy unos días a casa de mi hija”. Y sin más me fui a pata hasta Tornadizos. En 15 minutos de trote alegre, muy alegre, ya estaba en el pueblo.

Allí tenía una pequeña chabola con establo que heredé de mis padres. Dentro no había más que mierda y recuerdos, pero era un buen sitio para retirarse a organizar las ideas cuando te estás convirtiendo en una medusa con patas. Mientras en mi casa estoy, rey me soy.

En cuanto pude, telefoneé a mi hija desde la cabina de la plaza. Nunca me gustó mentirla, pero tuve que decirle que me iba de nuevo a una excursión del Imserso para que no se le ocurriera llamarme a la residencia.

– Me encanta que hayas hecho nuevos amiguitos, papá.
– Muchos, hija, muchos.

Gran parte del día lo pasaba, por así decirlo, ejercitándome, midiendo las fuerzas de mi nuevo cuerpo. Aprendí, por ejemplo, a controlar la cantidad de veneno que salía de mis dedos. Es muy parecido a soltar ventosidades, que no es lo mismo aventar el intestino en casa que en misa. Hay que concentrarse mucho por los adentros para reducir la intensidad de ambas cosas.

Por la tarde me echaba una siesta de pijama y orinal en un sofá orejero que saqué al establo, con los pies descalzos apoyados en una cántara de leche. Una de las paredes estaba derruida y por ahí se me colaba un pollino que le dio por lamerme la picadura de la medusa cada vez que me dormía. Al principio casi le corro a sopapos (¡tusa, tusa!), pero acabé por acostumbrarme a coger el sueño con esos lengüetazos calientes.

También se me colaba por ahí un niño, alguno de los Patalajo debía de ser. Se me quedaba mirando, quieto como un espárrago, mientras yo hacía mis ejercicios. Era agradable tener compañía, aunque fuera un público demasiado impresionable. Se le abría mucho la boca cuando me veía hacer pesas levantando un par de vacas que tomaba prestadas al vecino. Ellas mugiendo, con las ubres saltando por los aires, y el chiquillo con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

Se quedaba siempre a cierta distancia de mí con las velas colgando, preparado para escapar si la ocasión lo requería y, al mismo tiempo, maravillado con tantos superpoderes. Yo intentaba hablar con él, darle conversación, pero nunca respondió. Solo se me acercó en una ocasión para darme una especie de chapa con varias hendiduras y el dibujo de una viejo amarillo disfrazado de algo parecido a Superman. Luego salió corriendo.

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Me hizo pensar en que no estaría mal tener mi propio traje de superhéroe, al menos para ocultar mi identidad como Fructuoso Blázquez. Por eso me grapé un antifaz a la parte delantera de la boina, ajustando el invento para que los orificios me quedaran a la altura de los ojos. Ir de incógnito no debería estar reñido con protegerse del frío que entra por la calvorota.

Luego me centré en las armas, tampoco muchas. Preparé un cinturón ancho, a modo de cartucheras, para llevar colgados cuatro barrillos. Serían, por así decirlo, mis armas de destrucción masiva. Para trabajos más finos, que exigieran máxima precisión y menos destrozos, me fabriqué una bandolera con 28 apartados para meter las fichas del dominó. Estuve varios días probándolas en el establo a modo de estrellas ninja (creo que se dice así) con muy buenos resultados. Son letales cuando se tiran a sobaquillo. Rematé el conjunto con mis viejas botas de pescar. Nunca se sabe en qué charcos se va a meter uno cuando decide salvar a la humanidad.

Pensé que eso era todo, pero el disfraz lo remató Vitorio. Llevaba días buscándome y acabó por imaginar que me había escapado al pueblo. La primera vez que vino se lo conté todo. Pensé que no lo volvería a ver en la vida, pero se presentó un par de días después con un regalo. Era una capa que me habían hecho en la tienda de su nuera.

– Un superhéroe tiene que parecerlo –me dijo-. Espero que no te importe la publicidad.

Hasta que no desplegué la capa no me di cuenta de que en medio de la tela, bordado en grandes letras doradas, se podía leer ‘Super tallas Bermúdez: moda actual y joven para tallas especiales’.

La primera vez que me puse el traje completo, el pequeño de los Patalajo casi se me muere de la risa. El muy cabroncete.


En capítulos anteriores:

Capítulo 1: El nacimiento del héroe

[Viene de El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)]

Los siguientes días los pasé encerrado en la habitación. A las monjas les dije que andaba algo suelto de vientre para que me dejaran en paz, aunque a ratos me venían con arroces blancos y jamón york y yogures naturales y esas mandangas.

La verdad es que no me sentía bien. El mordisco de la medusa seguía picando más que las guindillas escabechadas. A eso hay que añadir una sensación de malestar general que me hacía vivir en una especie de resaca continua. Parecerá contradictorio, pero al mismo tiempo se podría decir que nunca había estado mejor. ¿Cómo te comes eso? Ni idea, majos.

Mi forma física era la de un chaval de 20 años, así que me fui probando. Empecé con las flexiones de toda la vida, luego con una mano, después apoyado en un dedo. Podía hacer cien o mil; daba igual porque no me cansaba. Descubrí que era capaz de levantar el armario ropero de dos cuerpos como si fuera de papel. Una mañana entera la pasé haciendo el pino, trasteando boca abajo igual que un chiquillo criado en el circo.

Dos cosas me preocupaban. La primera, la querencia que estaba tomando mi cuerpo por la gelatinosidad. Todo yo era blandurrio como una breva madura. Daba igual la zona, el índice se me hundía en cualquier parte que presionara como si no tuviera huesos. La segunda era mucho más desagradable. Me empezaron a brotar unas pequeñas ventosas en las yemas de los dedos, casi imperceptibles, de las que a veces salía un líquido viscoso. Era fácil pensar que me estaba medusizando y, por esa regla de tres, aquella sustancia debía ser veneno de mi propia cosecha. Probé a restregarla en una inocente mosca que tuvo el atrevimiento de colarse en en mi habitación. El resultado fue una amasijo de alas y patas retorciéndose de dolor.

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Poca gracia tenía todo aquello, la verdad. A mí se me vino el mundo abajo. Por si fuera poco, las monjas seguían dando la tabarra con el pescado a vapor y las infusiones y sus trajines varios.

– ¿Qué tal va esa tripita, Fructuoso?

– Mal, señora mía, mal.

Y les cerraba la puerta en las narices. Pero ellas siempre vuelven, les da igual que uno esté en pleno proceso de mutación. Al final tuve que salir de allí para no volverme loco. Aprovechaba las noches para dar un paseo y aclarar las ideas. Las puertas de la residencia se cerraban todos los días a las ocho, pero yo bajaba a la calle por la fachada del edificio tras descubrir que los mini tentáculos de los dedos me permitían pegarme a las paredes. Un espectáculo verme en plan Carlos Soria.

En una de esas escapadas llegué hasta el parque de maquinaria de la Diputación. Aún no habían arreglado el estropicio, así que pude ver el boquete que había hecho con el marro. ¡Santo Dios! Entraba un buen mozo por ahí sin necesidad de agacharse.

Unas risas me hicieron volverme. Venían de las pistas de arena. Al acercarme descubrí a un grupo de pollastres bebiendo y fumando. Salía música (o algo así) de sus móviles, pero ninguno bailaba. Se estaban descojonando por algo; tarde unos minutos en darme cuenta de qué pasaba. El graciosillo del grupo jugaba a la calva. No lo hacía mal del todo si no fuera porque lazaba botellas de pacharán o Licor 43 o lo que beba ahora la muchachada. Los cristales saltaban por todos los lados cuando el casco estallaba contra el suelo.

– Me cago en la madre que te trajo, desgraciado —le grité.

Al principio se quedaron callados, pero volvieron las risas en cuanto vieron que no era más que un viejo.

– Cállese un poquito, abuelo, y márchese a casa que ya es tarde –me respondió uno de los tarambanas.

Estaba a unos 20 metros de mí, pero de un solo salto llegué a su vera, lo justo para darle una colleja. No quería atizarle fuerte, la verdad, pero le solté tal soplamocos que acabó dando una voltereta en el aire antes de abocinar contra al suelo.

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Todos gritaron. El que jugaba a la calva aprovechó la ocasión para lanzarme una de las botellas a la cabeza. No sé cómo lo hice, pero acabé devolviéndole el proyectil de una chilena acrobática a lo Hugo Sánchez. Por suerte, solo le rocé el hombro. Fui a por él, sin importarme que el resto saliera en estampida, incluido el de la colleja.

– No me ataque con sus superpoderes, señor viejo –me suplicaba una y otra vez. Estaba borracho como una cuba.

– No soy viejo, gilipollas, soy vetusto.

Era una frase que siempre decía Vitorio, uno de sus muchos chascarrillos. Lo de “gilipollas” lo añadí yo, mi firma de autor.

Lo que no me esperaba es que el chico saliera corriendo como alma que lleva el diablo al grito de “NO ME MATE, VETUSTO MAN”. ¿Vestusto Man? Me gustó desde el primer momento que lo escuché.

[Viene de El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)]

El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)

Todo empezó en aquel viaje del Imserso: una semana por la Costa de Almería. Sol, playa, crucigramas, paella. Pescadito frito en Mojacar, medio carrete de 24 fotos malgastado en el Cabo de Gata y flamenquito en directo en Carboneras. Fue mi hija la que se empeñó en que me escapara unos días. “Tienes que salir, papá, airearte”. Pues venga, va, lo que tú digas.

Supe desde el primer momento que no era buena idea. Aquello estaba lleno de viejos que me recordaban, con su sola presencia, que yo era tan viejo como ellos. Preferí mantener cierta distancia, alejarme de sus noches de bingos y sus paseos en comandita de buena mañana. “Hola y adiós”, si me cruzaba con alguien. Y da gracias.

La cosa empeoró cuando me picó aquella medusa del demonio en uno de mis escasos baños. Al principio noté un intenso picor en el pie derecho, pero el dolor se extendió rápido por toda la pierna. ¡San Crispín, cómo escocía! ¡La mierda del bicho! Alertada por mis blasfemias, una joven se paró a preguntarme si todo estaba bien. De ella fue la idea de aclarar la zona con agua de mar.

– Pues dale, hija, dale -le contesté ofreciéndole la pierna entera, incluso remangándome un poco el bañador.

Sabía que el resto de la excursión estaría mirándonos, locos de envidia, desde las toallas. “¡Que les jodan!”, pensé. De todas forma, no me hablaba con ninguno de ellos y tenía claro que lo que quedaba de viaje me lo iba a pasar protestando: cero relaciones sociales.

Volví a Ávila tres días después con una mancha roja en el pie, el escozor de la picadura aún dando por culo y mi habitual cara de pocos amigos. A mi hija le dije que todo había ido de fábula. “Sí, de fábula, hija mía”. O algo así. Y ni le comenté lo de la medusa en la playas de Cuevas de Almanzora. ¿Para qué molestarle con mis historias?

La verdad es que no me sentía bien, pero tampoco dije nada en la residencia. Allí lo mejor es comer, dormir y callar porque cualquier cosa que sueltes puede ser utilizada en tu contra. Me refugié en mis paseos, que, desde que vine de Almería, la verdad, cada vez eran más largos, y en mi partida semanal de calva.

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Estaba loco porque llegara el domingo para ir a las pistas de arena del río Chico con mi marro en la mano. ¿Qué necesidad tengo yo de playas y baños si allí tengo lo que necesito? También estoy rodeado de una panda de vejestorios, claro, pero es mi panda de vejestorios. Me los encontré hablando de la mismas tonterías de siempre: que si ya no hay inviernos como los de antes, que si esto ni es frío ni es nada… Así andaban.

– Menos cháchara y vamos al tema –les llamé al orden rápido-. Tres contra tres, gana el que llegue a 25 puntos.

Empecé yo. Balanceé el barrillo con la mano derecha mientras miraba fijamente la calva. Dejé la mente en blanco, sabedor de que esto de la puntería es todo cosa de cabeza, y solté el cilindro. Al momento lo perdí de vista.

– Cojones, Fructuoso – gritó Vitorio.

Tardé en darme cuenta de dónde había ido a parar el marro. Se había estampado al otro lado de la calle, en el edificio del parque de maquinaria de la Diputación. Por la polvareda que se había levantado era fácil intuir que se había derruido parte de la fachada. Afortunadamente el hierro había atravesado el paseo de Nuestra Señora de Sonsoles sin impactar con nadie.

Todos se quedaron mirándome con la boca abierta. Incluso la gente que pasaba por allí comenzó a señalarme con el dedo.

– ¡Copón bendito! -insistió el pesado de Vitorio-. ¿Qué has hecho?

Intenté responderle que no sabía qué había pasado, pero solo balbuceé un puñado de gruñidos. Y cada vez había más gente mirándome, acorralándome. Sin saber muy bien por qué, eché a correr en dirección a la residencia. ¡Hacía siglos que no corría! Cuando llegué ni me paré a esperar el ascensor: subí las escaleras tan rápido como pude y me encerré en la habitación.

La mancha roja del pie me ardía, como si estuvieran a punto de explotarme los cinco dedos a la vez. Algo me empujó a rebuscar entre los folletos del viaje. En uno había un mapa con el itinerario marcado en rojo y al lado se detallaba la excursión jornada a jornada. “Día cuatro: baño en la playa de Palomares (pedanía de Cuevas de Almanzora)”. ¿De qué coño me sonaba lo de Palomares?

Justo cuando me vino a la cabeza la imagen de Fraga en bañador, apareció una monja (una, no logro distinguirlas) en mi habitación. Venía a pedirme que no volviera a entrar a la residencia de ese modo, como “un toro embravecido”, creo que dijo exactamente. Y que utilizara el ascensor, hombre, no se me ocurriera otra vez subir los cuatro pisos por las escalares.

– Menos aún saltando los escalones de dos en dos, menos aún a sus 83 años, Fructuoso –dijo con cierto retintín.

[Continuará…]

El poscas (Episodio III)

Viene de El Poscas (Episidio II)

– ¡Mira en tu corazón! ¡Mira en tu corazón!

Hovejo sollozaba por su vida ante un Illo que permanecía impertérrito mientras le apuntaba con un revolver. Alrededor no había más que árboles.

– ¡Mira en tu corazón, por favor!

Una duda apareció por la cabeza del viñetista en forma de compasión. Siempre dejaba a un lado los sentimentalismos cuando se trataba de apretar un gatillo, pero esta vez era diferente. ¿Se estaría reblandeciendo con los años?

De repente, apareció un miitante de UPyD jugueteando en la floresta. Illo le disparó y, sacando un cuchillo de su bota, se dispuso a arrancarle el corazón.

– No te quiero volver a verte, desgraciado –le ordenó a Hovejo, quien salió corriendo con los pantalones calados.

[ —– ]

Unos minutos después, un móvil recibía un WhatsApp en la mesa presidencial instalada en el pabellón polideportivo de San Antonio. Willy abrió el mensaje. La foto de un corazón chorreante de sangre le llenó la pantalla. Le enseñó el teléfono a su compadre Alberto. “Casquería ovejuna”, le susurró. Se descojonaron al unísono.

La II Asamblea Ciudadana Estatal iba tal y como ellos habían planeado. Mano dura y leña al mono. El blog pasaría a llamarse ‘Las 4 hostias’ y extendería sus redes a través de un poscas llamado El Torniyo.

Sin oposición a la vista, el tercer día se presentaba como un puro trámite.

– Venga, procedamos a la votación que esta gente querrá irse a casa –soltó algún Del Pozo con su gracejo habitual.

– ¡No tan rápido!

La silueta de Hovejo se dibujo en lo alto del pabellón. De un acrobático salto, llegó hasta el aro de una canasta. Aterrizó en el suelo precedido de un doble tirabuzón. Llevaba los mismos pantalones de hace dos días.

Los murmullos se extendieron por todo el público mientras él se acercaba al estrado. Se apoderó del micrófono dispuesto a lanzar su proclama por un partido más transversal, pero Alberto le cortó en el acto.

– Tú, flipa’ó, que para presentar propuesta se necesita el apoyo de al menos dos miembros de la Junta Directiva.

Una pareja de vigilantes jurados subieron al escenario para expulsar a Hovejo, pero en el fondo de polideportivo surgió una nueva silueta. Era Marco Antonio Serrano.

– ¡No tan rápido! –gritó mostrando un acta notarial-. Pablo me ha traspasado sus poderes a cambio de un botella de whisky barato. Ahora todo depende de mí.

Su sonrisa malvada se extendió por todo el pabellón helando la sangre de los presentes.

Orígenes y exilo: cosas de abulenses

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Los que entienden del tema lo llaman maridaje y aconsejan arriesgar al máximo, probar y divertirse. No sé, un Rioja con un Donuts, un Ribera de Duero con amapolas, un Cumbres de Gredos con pimentón… no hay límites, dicen. Cierto que cosecharemos grandes fracasos, aberraciones gustativas de primer orden, pero de vez en cuando podemos llevarnos una sorpresa agradable.

El maridaje que os traigo hoy es, sin duda, arriesgado. Recién horneados, aún calentitos ambos, acaban de salir a luz dos libros escritos por manos abulenses. Mañana se presenta en la Librería Letras, a las 20 horas, el nuevo poemario de Emily Roberts, y hace unos días hacía lo propio David Galán Galindo, en Madrid, con su primera novela (seguro que muy pronto también se presentará en Ávila).

‘Regalar el exilio’ (así se titula el primero) es una invitación a perderse en el frío de las aduanas y las mudanzas, en la incomunicación de los idiomas que se susurran, en las calles de una ciudad por conocer. “La relatividad de los horizontes y las distancias, de las estaciones de tren y los aeropuertos, de los mares”, se apunta en el prólogo. Y Ávila como telón de fondo, fácilmente reconocible en algunos versos menos viajeros, más hogareños.

“Exilio” es, sin duda, una palabra muy abulense, como lo es “orígenes”, aunque los de Galán Galindo sean “secretos”. El mundo de superhéroes, cómics y entrañables frikis al que nos tiene acostumbrado en algunos de sus cortos y largometrajes, vuelve a golpearnos ahora en papel. Página a página construye un thriller sorprendentemente adictivo. Cierto que la novela se ambienta en Madrid, pero ¿qué es la capita de España si no un barrio más de Ávila?

Nota: El Ayto acaba de confirmar que David Galán Galindo presenta libro en El Episcopio el 16 de junio. Apunten, apunten en sus agendas

Pensamientos circulares

Años atrás, con el anterior trazado urbano, todo era diferente. Pero empezaron a llegar ellas, las rotondas, y mi vida se fue complicando poco a poco. Al principio, casi imperceptiblemente. Por eso tardé tanto tiempo en descubrir que el origen de mis desgracias eran… ellas. Más concretamente, las 10 glorietas que separan mi casa, en la zona del convento de La Encarnación, de mi lugar del trabajo, en un centro comercial en las afueras de Ávila.

Son sus redondeces las que me están volviendo loco. Una decena de curvas de ida y otra decena de vuelta que me agitan los pensamientos. Por eso las ideas, por muy minúsculas que sean, van creciendo poco a poco con tanta circunferencia, como una bola de nieve que se convierte en una mole de hielo a medida que baja la ladera de una montaña. Llega un momento en que ocupan toda mi cabeza y siento que me va a explotar el coco.

Hoy, por ejemplo, poco antes de salir de casa, he visto que un papel salía del bolso de mi mujer. Como no había nadie alrededor, he cotilleado un poco. Se trataba de una inscripción para unas clases de pádel: nivel iniciación. Me he montado al coche con una sonrisa en la boca sabiendo lo bien que le va a sentar hacer un poco de deporte y, al mismo tiempo, desconectar de todo el estrés diario. Una sonrisa un poco pícara al imaginar también ciertas partes de su cuerpo más tonificadas.

Pero en la primer rotonda, con sus giros derecha-izquierda-derecha, esa idea agradable se me ha volteado en la cabeza. ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Qué oscuros motivos le han llevado a mantener en secreto su propósito de apuntarse a clases de pádel? “Quien oculta, algo esconde”, decía mi padre. “Quien oculta, algo esconde”. “Quien oculta, algo esconde”. “Quien oculta, algo esconde”. La frase se centrifugaba en mi cerebro mientras mi coche continuaba avanzando.

En la siguiente glorieta, quizás inspirado por la enorme cremallera que luce en el centro (la cosa tiene guasa), di por supuesto que mi esposa tenía un amante y que aquellas clases de iniciación le servirían de excusa para verse con él. Unas curvas después estaba convencido de que el sinvergüenza que destrozaría mi familia era el monitor de pádel. Giro a la derecha, giro a la izquierda y giro a la derecha, y ya puedo verla llevando una doble vida, con otro hombre y otros niños esperándola en otra casa. Así que salgo de la quinta rotonda con temblores ante la inminente marcha de mi mujer: “Me va a dejar”, mascullo.

Aunque puede que sea peor. Quizás no vaya a abandonarme. La idea de que ella y su profesor de pádel tienen un plan para matarme se me ocurre por la sexta rotonda, la de la bandera de España. Me la imaginé a media asta por mi funeral. ¿Y si hacen desaparecer el cuerpo? Más curvas para ir asumiendo que, casi con total seguridad, me envenenarán y me descuartizarán para darme de comer a los patos del parque que veo por mi ventanilla derecha. Ya les veo a los dos miserables metiendo a mis hijos en un internado. Y todo sin el más mínimo rastro de remordimiento. ¿Qué les parece que se vayan a vivir al Caribe con el dinero que han cobrado de mi seguro de vida? En cuanto llegue a casa, lo cancelo.

Las lágrimas aparecen en la décima y última glorieta. Mientras aparco, lloro de forma desconsolada, con tanta intensidad que casi no puedo leer el mensaje que me acaba de llegar al móvil. Es de mi mujer. “Cariño, se me olvidó decirte que la niña quiere apuntarse a clases de pádel. Luego te cuento”.


Este relato lo escribí para el libro ‘El mundo según los abulenses’. El Volumen 1, claro, el que se publicó el año pasado. La Asociación ‘La Sombra del Ciprés’ acaba de sacar el Volumen 2, todo un bestseller que ustedes podrán encontrar este fin de semana (y posterior puente) en la Feria del Libro (paseo del Rastro) y también en varias librerías de Ávila.

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