Orígenes y exilo: cosas de abulenses

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Los que entienden del tema lo llaman maridaje y aconsejan arriesgar al máximo, probar y divertirse. No sé, un Rioja con un Donuts, un Ribera de Duero con amapolas, un Cumbres de Gredos con pimentón… no hay límites, dicen. Cierto que cosecharemos grandes fracasos, aberraciones gustativas de primer orden, pero de vez en cuando podemos llevarnos una sorpresa agradable.

El maridaje que os traigo hoy es, sin duda, arriesgado. Recién horneados, aún calentitos ambos, acaban de salir a luz dos libros escritos por manos abulenses. Mañana se presenta en la Librería Letras, a las 20 horas, el nuevo poemario de Emily Roberts, y hace unos días hacía lo propio David Galán Galindo, en Madrid, con su primera novela (seguro que muy pronto también se presentará en Ávila).

‘Regalar el exilio’ (así se titula el primero) es una invitación a perderse en el frío de las aduanas y las mudanzas, en la incomunicación de los idiomas que se susurran, en las calles de una ciudad por conocer. “La relatividad de los horizontes y las distancias, de las estaciones de tren y los aeropuertos, de los mares”, se apunta en el prólogo. Y Ávila como telón de fondo, fácilmente reconocible en algunos versos menos viajeros, más hogareños.

“Exilio” es, sin duda, una palabra muy abulense, como lo es “orígenes”, aunque los de Galán Galindo sean “secretos”. El mundo de superhéroes, cómics y entrañables frikis al que nos tiene acostumbrado en algunos de sus cortos y largometrajes, vuelve a golpearnos ahora en papel. Página a página construye un thriller sorprendentemente adictivo. Cierto que la novela se ambienta en Madrid, pero ¿qué es la capita de España si no un barrio más de Ávila?

Nota: El Ayto acaba de confirmar que David Galán Galindo presenta libro en El Episcopio el 16 de junio. Apunten, apunten en sus agendas

Pensamientos circulares

Años atrás, con el anterior trazado urbano, todo era diferente. Pero empezaron a llegar ellas, las rotondas, y mi vida se fue complicando poco a poco. Al principio, casi imperceptiblemente. Por eso tardé tanto tiempo en descubrir que el origen de mis desgracias eran… ellas. Más concretamente, las 10 glorietas que separan mi casa, en la zona del convento de La Encarnación, de mi lugar del trabajo, en un centro comercial en las afueras de Ávila.

Son sus redondeces las que me están volviendo loco. Una decena de curvas de ida y otra decena de vuelta que me agitan los pensamientos. Por eso las ideas, por muy minúsculas que sean, van creciendo poco a poco con tanta circunferencia, como una bola de nieve que se convierte en una mole de hielo a medida que baja la ladera de una montaña. Llega un momento en que ocupan toda mi cabeza y siento que me va a explotar el coco.

Hoy, por ejemplo, poco antes de salir de casa, he visto que un papel salía del bolso de mi mujer. Como no había nadie alrededor, he cotilleado un poco. Se trataba de una inscripción para unas clases de pádel: nivel iniciación. Me he montado al coche con una sonrisa en la boca sabiendo lo bien que le va a sentar hacer un poco de deporte y, al mismo tiempo, desconectar de todo el estrés diario. Una sonrisa un poco pícara al imaginar también ciertas partes de su cuerpo más tonificadas.

Pero en la primer rotonda, con sus giros derecha-izquierda-derecha, esa idea agradable se me ha volteado en la cabeza. ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Qué oscuros motivos le han llevado a mantener en secreto su propósito de apuntarse a clases de pádel? “Quien oculta, algo esconde”, decía mi padre. “Quien oculta, algo esconde”. “Quien oculta, algo esconde”. “Quien oculta, algo esconde”. La frase se centrifugaba en mi cerebro mientras mi coche continuaba avanzando.

En la siguiente glorieta, quizás inspirado por la enorme cremallera que luce en el centro (la cosa tiene guasa), di por supuesto que mi esposa tenía un amante y que aquellas clases de iniciación le servirían de excusa para verse con él. Unas curvas después estaba convencido de que el sinvergüenza que destrozaría mi familia era el monitor de pádel. Giro a la derecha, giro a la izquierda y giro a la derecha, y ya puedo verla llevando una doble vida, con otro hombre y otros niños esperándola en otra casa. Así que salgo de la quinta rotonda con temblores ante la inminente marcha de mi mujer: “Me va a dejar”, mascullo.

Aunque puede que sea peor. Quizás no vaya a abandonarme. La idea de que ella y su profesor de pádel tienen un plan para matarme se me ocurre por la sexta rotonda, la de la bandera de España. Me la imaginé a media asta por mi funeral. ¿Y si hacen desaparecer el cuerpo? Más curvas para ir asumiendo que, casi con total seguridad, me envenenarán y me descuartizarán para darme de comer a los patos del parque que veo por mi ventanilla derecha. Ya les veo a los dos miserables metiendo a mis hijos en un internado. Y todo sin el más mínimo rastro de remordimiento. ¿Qué les parece que se vayan a vivir al Caribe con el dinero que han cobrado de mi seguro de vida? En cuanto llegue a casa, lo cancelo.

Las lágrimas aparecen en la décima y última glorieta. Mientras aparco, lloro de forma desconsolada, con tanta intensidad que casi no puedo leer el mensaje que me acaba de llegar al móvil. Es de mi mujer. “Cariño, se me olvidó decirte que la niña quiere apuntarse a clases de pádel. Luego te cuento”.


Este relato lo escribí para el libro ‘El mundo según los abulenses’. El Volumen 1, claro, el que se publicó el año pasado. La Asociación ‘La Sombra del Ciprés’ acaba de sacar el Volumen 2, todo un bestseller que ustedes podrán encontrar este fin de semana (y posterior puente) en la Feria del Libro (paseo del Rastro) y también en varias librerías de Ávila.

Unir con flechas

Unir con flechas cada elemento de las cuatro columnas hasta que el resultado sea satisfactorio para usted.

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El monstruo azul

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Lo vi desde el gym (lo importante suele ocurrir en un gym). Yo dentro, esa cosa fuera, en la calle. Estaba machacándome (se dice así; aquí se dice así) en la cinta de correr cuando apareció. Fue un instante, tres o cuatro segundos. No necesita más tiempo para recorrer el tramo de avenida que se ve desde el ventanal. Luego la música de Loca FM lo inundó todo.

No es la primera vez que se me aparece. Es una especie de fantasma que surge de noche, entre el frío castellano. ¿Cómo hacerlo de otra forma en Ávila? Hiela la sangre verlo brotar en medio de la bruma, con el repicar de campanas de alguna iglesia al fondo. Enorme y azul, echando humo por sus orificios traseros.

El monstruo va sobre cuatro ruedas y lleva escritas las palabras ‘Teresa de Jesús’ por los costados. Lo que aterra de él es lo que fue, mejor dicho, lo que fuimos. Remueve por dentro, igual que una foto de cuando éramos más jóvenes y más guapos y con más pelo. Es una impertinencia de muy mal gusto recordarte lo que ya no eres.

El pasado, como Gran Hermano, siempre se magnifica y así es difícil saber qué fue real y qué no. El bus teresiano va dando vueltas por la ciudad recordándonos que en 2015 lo petamos. Aparece cuando menos te lo esperas, como esa foto de tu primera comunión o del viaje fin de estudios. “Todo era más sencillo entonces”, piensas. Luego te miras en el reflejo del ventanal del gym, casi de reojo, y no puedes evitar verte más viejo y más feo y más calvo.

21 días – Relato a 4 palos – Parte 2

[Viene de aquí]

Cuaderno de bitácora. Día 7.

Ahora 14 días. Solo quedan un par de semanas para que la asamblea de la CUP decida quién será el próximo alcalde de Ávila. La anarquía reina en la ciudad. La gente rompe los cristales de las tiendas y arrasa con lo primero que encuentra: yemas, chuletones, productos olfativos de Santa Teresa…

Cuaderno de bitácora. Día 8.

El coche pasó la ITV.

Comí lentejas.

Controlado el otro problema: al final solo eran gases.

Recibí un telegrama del Palo de pelo largo. Dice que podré reunirme mañana con otro palero. Stop. A las cinco de la tarde. Stop. En la Palomilla. Stop.

Cuaderno de bitácora. Día 9.

Este es más feo que el otro. Se me presenta como Ovejo. “No lo has dicho bien –me aclara cuando repito su nombre-. Es con hache sin intercalar”. Lleva unas zapatillas Asics y ropa running de colores llamativos. Da vueltas a La Palomilla sin parar y mira su reloj Polar. “Tengo que bajar de 5 minutos el kilómetro”, repite. Intento seguirle el ritmo y le pregunto quién gobernó después de Rivas. Al principio no me hace caso, pero luego apunta con el dedo hacia arriba. Me fijo en la estatua que corona el monumento. Aunque han mantenido la figura humana envuelta en un hábito carmelita, el rostro de la escultura no es el de Santa Teresa. En su lugar, alguien ha tallado la cara de un hombre con gafas. Me fijo en la inscripción bajo sus pies: “Marco Antonio I, emperador de Ávila (y de sus pueblos de más de 5.000 habitantes)”.

Cuaderno de bitácora. Día 10.

Hoy los gases han regresado y lo han hecho con más virulencia que nunca.

No hay nada en la tele que merezca la pena.

Recibo un telegrama anónimo: “Todas las respuestas las tiene el cura de la tienda de bricolaje”. Stop

Cuaderno de bitácora. Día 11.

Encuentro al sacerdote saqueando la Librería Católica de la calle Don Gerónimo. Mientras me echa agua con el hisopo, habla de una profecía. “Y con el regreso del Elegido será el resurgir de la ciudad amurallada. Y se acabará el llanto y el crujir de dientes. Y vendrá la Alta Velocidad y el Museo del Prado. Y no habrá más peajes”. Cuando me dice el nombre del Elegido, alucino en colores.

(Continúa aquí)

La sombra del cabaret (es alargada)

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Sin duda, una de las lecturas que más he disfrutado en este 2015 ha sido ‘Cabaret Biarritz’. El hecho de que el libro esté compuesto por una treintena de entrevistas (una por cada capítulo) me hizo temer que se tratara de una obra pelín ardua. Sin embargo, desde el primer momento la historia te atrapa y el lector ve desfilar ante él a un plantel de personajes que cuentan, con voz propia, una serie de trágicos acontecimientos. Hay tensión, pero también hay mucho humor. Y ese regusto amargo que se te queda al descubrir que, detrás de un mundo en continua fiesta, solo hay frivolidad, envidia y odio.

Por todo ello, me alegra saber que el autor de esta obra, Premio Nadal de Novela 2015 –galardón que precisamente consiguió Delibes con ‘La sombra del ciprés es alargada’-, estará este sábado en Ávila. José C. Vales recogerá el “premio gordo” de la Asociación de Novelistas ‘La Sombra del Ciprés’. Y no será el único homenajeado, ya que también se reconoce la labor que otras personas más cercanas a Ávila realizan cada día por la cultura: Librería Letras, Radio Adaja, la revista Caperucita Negra y Julio Collado. A ellos, felicidades. No por el premio, sino por todo lo que han hecho y siguen haciendo.

La entrega de premios será este sábado, 7 de noviembre, a las 19 horas, en el auditorio de San Francisco. La entrada es libre y, además, la gala se ha planteado como un evento entretenido, con música, lecturas, ‘photocall’  (a las 18.30) y personajes famosos, majos y aseados, como Tito Valverde o el Mago More. Una fiestuqui en toda regla a la que quedan ustedes invitados.

Una de Berlanga

Una musiquilla de esas de antes, en plan Sor Citroen. Unas letras en blanco sobre un fondo negro. Pschhh… que empieza la peli. Nuestra España, la España de siempre, al fondo. Pongan algún sitio de la meseta central, el que quieran. Un pueblo-ciudad de rancio abolengo (signifique lo que signifique “abolengo”). Llega un coche y el plano se cierra sobre la puerta de atrás. Ojo: sale un ministro.

Pepe Isbert recibe al alto mandatorio doblando la cerviz (signifique lo que signifique “cerviz”). “Aquí la gente espera que su señoría diga algo de la subsede del Museo del Prado, si a su señoría le parece buena idea”, le susurra con su dulce voz. “Ya, Pepe, ya”, le responde dandole un palmada en la cocorota. Y avanza hacia el público que, de pie y entusiasmado, aplaude la llegada del ministro.

Por allí están todos los habituales: Agustín González (el actor, claro), Chus Lampreave, Manolo Morán con sombrero… Ya digo, todos. Aplauden con ganas. Y Luis Ciges gritando “vivas” a pleno pulmón. Y José Luis López Vázquez, “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”. Y hasta el apuntador (haga lo que haga un “apuntador”) luce una sonrisa hinchada de satisfacción ante la insigne figura del ministro.

“Noble pueblo castellano”, comienza. “Yo soy un desatascador de profesión”. ¡Y estallan los aplausos! Y los “vivas” de Ciges. ¡Qué verbo fácil y encendido! (“verbo” sé lo que significa, pero en este contexto no lo tengo claro).

Y luego suelta la bomba: “La primera exposición de la subsede del Museo del Prado será… ¡de Berruguete!”. Más aplausos. ¡Con lo que gusta en el pueblo Berruguete! ¡Es devoción lo que hay por Berruguete! ¿O ha dicho Beruete? (Aureliano de…, más info aquí). En el fondo da igual porque también hay mucha devoción por Beruete. Casi gusta más su pincelada suelta y fluida, el carácter cosmopolita de su obra.

El ministro se va, es un hombre ocupado. “Lo de la exposición es la booomba, señoriiiito, pero ¿se sabe cuándo comenzarán las obras?”, le interroga Gracita Morales cuando el mandatario estaba a punto de entrar en el coche. “Ay, hija mía, qué cosas preguntas”, responde dandole un palmada en la cocorota.

FIN (signifique lo que signifique).

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