Capítulo 8: Del bidé al despacho del alcalde

[Viene de Capítulo 7: De pescozones y guantazos]

El Capitán Acueducto nunca se recuperó del morrazo. Le recogieron con rasqueta del suelo, le cambiaron el verde licra por el banco escayola y le ingresaron en el Hospital Nuestra Señora de Sonsoes. A parte de no sé cuántos huesos rotos, la caída le afectó a la sesera, ya que hacía ruidos raros y se pasaba el día soltando palabras sin sentido. Le preguntabas cualquier cosa y te salía por peteneras. Tardaron en darse cuenta de que, por culpa de algún cortocircuito en la cabeza, se creía un tal King África, quizás impresionado por el concierto que ese mismo verano había dado en Ávila. ¡Vaya usted a saber qué pasa dentro del craneo de un pobre loco! Lo visité por educación y a la tercera vez que me gritó “bomba” me fui de allí para no soltarle un sopapo.


No voy a negar que me alegraba de haberme quitado a ese cantamañanas de en medio. Así lo querría el destino. El que va para martillo, del cielo le caen clavos, dicen en mi pueblo. Sin embargo, también había una parte de mí algo asustada con eso de volver a ser el único superhéroe en funcionamiento. Ahora solo dependía de un servidor dar caza al Barón Dandi y uno ya está mayor para tantas presiones.

La verdad es que me obsesioné con el tema de los robos. Seguí patrullando por las noches, pero ahora apenas dormía porque también me dedicaba a estos asuntos por el día encerrado en el cuarto de baño. Veinticuatro horas dándole vueltas al coco para encontrar una explicación a todo lo que ocurría en Ávila en los últimos meses y adivinar cuál sería el próximo movimiento del maligno.

Uní en un mapa los puntos en los que había actuado el Barón Dandi, como en las películas americanas, pero aquello no sirvió para nada. Conté las letras que había en las palabras “santa”, “Teresa”, “Adolfo”, “Suárez”, “niño” y “Jesús” y llamé al número de teléfono que me salió, pero solo logré que un chino me gritara desde el otro lado de la línea. Busqué una lógica en el orden alfabético, convertí las letras en números, comparé los escenarios de los robos con los recorridos de las distintas líneas de Avilabus… sin resultado alguno.

Todo esto lo hice en el bidé, con los pantalones bajados y en remojo. Siempre ha sido el mejor sitio para pensar, para aclararme las ideas. Recuerdo que mi Arsenia se reía mucho cuando me veía pasar las horas muertas así, dándole vueltas a algún problema. Me decía que se me iba a arrugar la raja del pompis con tanto agua y cosas así. Mi serrana era muy fina para hablar; se hubiera muerto de vergüenza antes de decir culo.

Claro que con las monjas es difícil concentrarse. Cada dos por tres se me colaba en la habitación una sor para preguntarme qué tal estaba, o si ya había rezado el Ángelus, o si me había dado cuenta de que Dios es uno y trino; cualquier mandanga de esas. No se van ni gritándoles “tuso, tuso”.

A veces hasta me pedían que les ayudara colocando algún pedido que recibían en la cocina, como el día que les llegó una partida de sopas de sobre. Había que bajar al sótano 153 cajas de Sopinstant. Pollo con Pasta. “Nuevo diseño, misma receta”. Me pasé toda la mañana llevando paquetes de dos en dos, disimulando mis superpoderes. Era tan aburrido que acabé cotilleando el universo de trastos que las monjas guardaban en el subterráneo.

Fue allí, en ese lugar oscuro y húmedo, ante los adornos de Navidad de la residencia que las sores habían empaquetado, donde se me encendió la bombilla. Allí adiviné lo que estaba haciendo el cabrón del Barón Dandi.

Fui a por mi burro al momento, ya ataviado con el traje de Vetusto Man, y nos subimos a escape al Ayuntamiento. No tuve problemas para entrar en el Consistorio porque el policía chusquero que estaba en la puerta era mi amigo Elicio Iborra. En cuanto me vio empezó a santiguarse y a murmurar rezos, arrinconado contra la pared, como si hubiera visto a un fantasma.

Subí al segundo piso montado en mi jamelgo, igual que un general, y recorrí pasillos y pasillos hasta dar con el despacho del alcalde. La intención de mi rucio, creo, era llamar a la puerta, pero en lugar de eso la tiró abajo de un solo golpe de pezuña. Entré gritando “yiiiiiiija”, poseído por un espíritu yanke que me subió desde las entrañas debido a la emoción del momento. La capa de ‘Super tallas Bermúdez’ ondeaba al viento y los marros del cinturón, armas mortales en mis manos, brillaban como soles.

El alcalde estaba reunido con su equipo de Gobierno al completo. Nada más verme, agacharon todos la cabeza, como girasoles en días de lluvia. Al principio pensé que por miedo, pero escuché alguna risa por lo bajini, así que imaginé que se estaban descojonando por dentro. Me controlé para no empezar a repartir tortazos a diestro y siniestro.

– Caballeros –dije–. Ya sé por qué nos roba el Barón Dandi y cuál será su próximo movimiento.

Todos levantaron la chola, con las sonrisas congeladas en sus municipales rostros.

Saqué del bolsillo unas piezas de Belén de la residencia que había cogido prestado en mi visita al sótano y, tras bajarme del burro (literalmente), se las puse en la mesa.

– La Palomilla… –expliqué señalando a la Virgen.

Dejé pasar unos segundo para que procesaran la información.

– …Adolfo Suárez… –ahora les apuntaba a San José.

No parecían entender nada.

– … y el Niño Jesús del convento de las Madres –concluí sujetando al hijo de Dios recién nacido.

Me miraban como si estuviera chaveta.

– ¡Se está montando un belén gigante a costa del patrimonio de la ciudad! ¿No lo veis?

Abrieron muchos los ojos, no sé si con asombro o desconfiados. Alguien me preguntó cuál sería el siguiente robo.

– Ahora necesita una mula y un buey. Ahora necesita un par de verracos de piedra.

[Continuará…]


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Capítulo 7: De pescozones y guantazos

[Viene de Capítulo 6: Tenemos héroe nuevo en la oficina]

De chico tenía pánico a las tormentas, más que al sacamantecas. Alguien me dijo que los cuernos de las vacas atraían a los rayos, así que me entraba el tembleque malo cada vez que un temporal de esos me pillaba en medio del campo con el ganado. El canguelo era tal que acabé contándoselo a mi padre. Se encogió de hombros, me dijo que todos tenemos miedo de alguna cosa y continuó a lo suyo. No había mucho más que hablar. Yo seguí yéndome por la pata abajo cada vez que el cielo se ponía a tronar, hasta que un día dejó de asustarme. Imagino que simplemente me harté. Al miedo, igual que ocurre con el hambre, solo se lo vence ignorándolo.

También ahora me había hartado de esconderme, la verdad, así que volví a mi rutina de superhéroe anónimo. Regresé a la residencia, donde vivía de día como Fructuoso Blázquez, mientras dejaba las noches a Vetusto Man y su burro. Ya no hacíamos chapuzas de medio pelo, sino que patrullábamos la ciudad vigilando las estatuas y monumentos, atentos al próximo paso del Barón Dandi (primo del cocodrilo, imagino). También nos encargamos de trillar, bien trillado, las dos zonas en las que el malnacido había robado en busca de alguna pista que nunca encontramos.

Lo primero que hacía antes de empezar mi ronda nocturna era mirar al cielo para pedir perdón a la Arsenia y pasarme por donde mi Dulcinea. Casi siempre está asomada al balcón, así que nada más enfilar la calle ya me iba soltando algún piropo de los suyos; que si mocetón, que si precioso, que si te comía hasta la rabadilla.

De vez en cuando nos montábamos en el burro y nos íbamos al centro a tomar un helado de corte. La tenía que ayudar a subir encima del animal, aunque no siempre con el resultado esperado. Lo digo porque un día se me volteó en la subida y la pobre quedó arqueada, con el ombligo mirando al cielo, encima del lomo de mi asno. No sé si me explico: como la profesora de yoga en la residencia cuando estira la espalda con una de esas pelotas enormes de colores. El caso es que a la Dulcinea se le quedó la cabeza del revés a la altura, para que me entiendan, de donde debería ir uno de los estribos (si el rucio tuviera silla de montar). Fui a ayudarla de inmediato y, en ese momento, cuando ella estaba colgada como un chorizo, nos dimos el primer beso, con las seseras cada una en un sentido. Me pareció estar soñando de tanta felicidad que sentí en el pecho.

No todo fue siempre tan amoroso, la verdad. En uno de esos paseos nocturnos de helados y risas nos encontramos con el Capitán Acueducto. Por lo visto, también él patrullaba la ciudad por la noche, aunque en su caso parecía más preocupado por lucir palmito. El caso es que, en cuanto apareció, mi Dulcinea empezó a lanzarle improperios y yo me puse malo. “Buen mozo”. “Garboso”. “El de verde, que me pierde”. Y cosas así.

Acabó por acercarse el zagal para saludarnos e incluso le plantó dos sonoros besos a ella sin perder la sonrisa en ningún momento.

– Gracias por sus halagos, señora, pero lo importante es que estoy aquí para protegeros.

El caracatre se quedó oteando el horizonte como si se le hubiera escapado alguna oveja, con los ojos entornados, mientras mi acompañante aprovechaba para sobarle sus musculosos brazos. Lo suyo con los superhéroes es una perdición.

Luego el Capitán Acueducto se fijó en mí unos segundos. Llevaba todos los aperos (la boina con antifaz, la capa, las botas de pescar y mis armas reglamentarias), así que pensé que me reconocería al momento. No fue así.

– ¿Le puedo preguntar qué le pasó a su marido para quedarse así?

– No es mi marido –respondió Dulci-. Me lo encontré de esa guisa.

Me pareció que el burro se reía, si es que estos animales del demonio pueden hacerlo.

Yo le tendí al muchacho la mano, repleta de odio y de veneno, mientras me presentaba como Vetusto Man.

– He escuchado hablar mucho de ti –me dijo al devolverme el saludo.

Al principio aparentó normalidad, pero eché tanto veneno por las ventosas de los dedos que al final tuvo que soltarme con un grito de dolor que me llenó de orgullo

– ¿Qué ocurre? –le pregunté con retranca.

– Lo que ocurre es que a lo mejor tengo que darte un sopapo para que aprendas modales, abuelo.

– ¡Uy! ¿Sí? –fingí que temblaba mientras daba vueltas a su alrededor-. ¡No, por favor! Capitán Eructo, tenga compasión de mí.

Vi como Dulcinea se reía y me vine arriba. Seguí haciéndole burla, rodeándole con saltitos a la vez que gritaba a los cuatro vientos que tenía mucho miedo. Pero en una de esas aprovechó que le daba la espalda para agarrarme por el cuello con el brazo. Mientras me mantenía sujeto, empezó a tirarme de las patillas, uno de los pocos sitios en los que me queda pelo. Intenté zafarme aprovechando la mucosidad de mis carnes, bailonas igual que un flan, pero él cada vez apretaba más fuerte.

Uno busca soluciones desesperadas en momentos desesperados. A mí lo único que se me ocurrió fue trastear con mis manos sus partes bajas (bastante accesibles, por cierto, debido a su traje de licra) y pellizcar lo primero que encontré. Aulló de dolor antes de soltarme. Nos quedamos frente a frente.

– Puto viejo –dijo antes de soltarme un tortazo como no me han dado en la vida.

Me salió del alma responderle con un pescozón. Casi le escogoto al imbécil. De hecho, se quedó tirado en el suelo, quieto cual saco de estiércol. Temí que le hubiera ajusticiado como un conejo y me acerqué a echarle un vistazo. El muy sinvergüenza aprovechó para pillarme desprevenido y, con un hábil movimiento, me atizó con todo el escudo. Salí disparado hacia atrás y rompí los cristales de un escaparate con la espalda.

Desde dentro de aquel establecimiento, vi como el Capitán Acueducto venía hacía mía para rematarme. Me incorporé rápidamente y saqué uno de los barrillos del cinturón. Él se quedó paralizado ante mi nueva amenaza y yo aproveché el momento de incertidumbre para lanzarle el marro, pero lo hice con tal flojera que casi se me cae en los pies. ¿Qué me pasaba? Miré alrededor y me di cuenta de que había aterrizado en una tiendas de yemas y el efecto que tienen sobre mí, solo con tocarlas, ya se empezaba a notar. Había bolitas amarillas por todos los lados e incluso había aplastado varias cajas en la caída. Al instante ya no podía ni mantenerme en pie.

El Capitán Acueducto se dio cuenta de que algo me ocurría y no desaprovechó la ocasión. De hecho, el mostrenco me sacó de la tienda tirándome de las orejas, mientras se reía a carcajadas. A peligro pasado, cobarde esforzado, dicen en mi pueblo.

– No está usted para estos trotes –iba diciendo.

Ya en medio de la calle, volvió a agarrarme del cuello, a tirarme de las patillas y a soltarme cosques en la cabeza. No podía ni reaccionar, pero vi como el pollino se le acercaba por su espalda, dispuesto a intervenir en la pelea al verme en clara desventaja. Se colocó de culo y le arreó una tremenda coz en todo el costillar al desgraciado del escudo. Salió disparado por el aire y yo con él, pues ni con esas me soltó en ningún momento.

san_jose_copia_fotor.jpgCreanme si les digo que atravesamos volando varias manzanas. Lo de mi burro, ya lo habrán notado, no es de este mundo. Caímos frente al convento de San José justo en el preciso momento en el que volvía a sonar la risotada del Barón Dandi, de nuevo grabada. Un foco iluminó la entrada del templo, mostrando a un San José solitario que daba la mano a nadie. Nos había robado al niño Jesús… el muy hijo de perra.

[Continuará…]


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Capítulo 6: Tenemos héroe nuevo en la oficina

[Viene de Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?]

En ese momento yo no me enteré de nada. Era feliz. Luego supe que el Ayuntamiento y la Diputación habían aprobado unas mociones, cada uno la suya, para declararme persona non grata. En una de ellas, no recuerdo en cuál, incluso se hablaba de poner en marcha el Observatorio del Superhéroe para evitar fraudes y asegurar la calidad de este tipo de vigilantes. Ah, y lo que es aún más grave. Se estableció una tasa para tal práctica, en concepto de uso y disfrute de la vía urbana para el desarrollo de “actividades heroicas”. También se solicitó a la Junta de Castilla y León y al Estado un Plan de Dinamización Especial ante la baja calidad del tejido heroico abulense.

Pero ya digo que, al menos al principio, nada supe de estos zipizapes. Tras el jaleo con la estatua de Suárez, el burro me llevó directito al pueblo y allí, en el cuchitril de Tornadizos, me enclaustré bien a gusto. Por eso no leí a los voceros de la prensa poniéndome a parir por lo ocurrido con el robo de los monumentos. Me contaron que pedían la intervención policial para detener al loco de Viejuno Man (así me llamaban los muy…) antes de que hiciera daño a alguien. Y se burlaban diciendo que el único que tenía superpoderes era mi burro y estos, según varios testigos, se encontraban entre los cuartos traseros.

A las monjas les dije que me iba unos días con mi hija. Y a mi hija la llamaba todas las tardes desde el bar del pueblo para evitar que ella telefoneara por la noche a la residencia. Otra vez andaba con engañifas y falsedades. No sé cómo lo hacía, pero últimamente mentía más que hablaba.

En cuanto mi hija empezaba a hablarme de Vetusto Man o de cualquier asunto relacionado con el robo de monumentos, le cambiaba de tercio. Le sacaba lo rica que estaba la tortilla que nos hacía mi Arsenia, el último capítulo de la serie esa del perro policía, el precio de las cebollas… daba igual. Y ella encantada.

– ¡Qué hablador estás últimamente, papá!

Era feliz en esa ignorancia que me permitió estar totalmente al margen del aterrizaje de aquel estúpido, el Capitán Acueducto. No llegó hasta mi chabola de Tornadizos la noticia de que Segovia, preocupada por la pérdida del patrimonio cultural de una ciudad “vecina y amiga”, había decidido ceder temporalmente a su superhéroe local para colaborar con la causa.

Con el tiempo me enteré de que aquel figurante con mallas era, por así decirlo, de reciente creación. Las malas lenguas decían que lo habían fabricado ex profeso en cuanto llegó a Segovia el rumor de que Ávila tenía superhéroe y ellos no. No les vale con tener el AVE: ellos siempre tienen que ser más.

Y yo, mientras tanto, en mi retiro espiritual. Me pasaba el día en pernetas, medio dormido, medio durmiendo en el sofá orejero del establo, sin nada que hacer. El pequeño de los Patalajo se pasaba por allí de vez en cuando, siempre en completo silencio. A veces me acercaba alguna vaca, como animándome a que hiciera pesas con el animal (eso le encantaba), pero no tenía yo el horno para bollos.

Me dijeron que por aquellos días el justiciero segoviano se paseaba por Ávila entre aplausos y vítores. ‘¡Ayúdanos, Capitán Acueducto!’, le decían algunos. ‘¡Vaya planta que tiene el mozo!’, gritaban otros. ‘¡Ay, qué lebrel! Y el que más y el que menos, imagino, comparaba en su cabeza a uno y otro superhéroe. He de reconocer que no había color.

Él era joven, atlético. Lucía un traje apretado, más verde que el laurel, que no dejaba nada a la imaginación. Con buen traje se entra y encubre el ruin linaje, decían en mi pueblo. En el pecho se había bordado un acueducto y no se separaba de un escudo enorme de la Cultural Segoviana que, según decía, estaba hecho con los cráneos de los mejores cochinillos de su tierra. “Más duro que el vibranio”, solía decir el mangurrián (vete a saber a qué se refería). Pero lo peor de todo era su terrible juventud.

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Ya digo que de todo esto no sabía nada. Al menos hasta el día que vino a verme Vitorio, preocupado porque no había ido a la partida de calva del domingo. Intentó decirme no sé qué de Vetusto Man, pero le corté rapido.

– Déjame de zarrias, anda. No me des la matraca, te lo pido por favor.

Se empeñó en llevarme a la ciudad para que participáramos en un campeonato de calva que había organizado el Ayuntamiento por las Fiestas de Verano: el No Limit Power Outdoor 2017. Se puso tan pesado, tan él mismo, que le dije que sí con tal de que se callara.

– Pero en cuanto se acabe me traes al pueblo.

El problema es que a la inauguración del evento acudieron las autoridades locales y el idiota del escudo. Con este último me choque sin querer mientras iba a presentar la ficha de inscripción.

– Claro que sí, abuelo, claro que le firmo un autógrafo –me dijo casi gritando, como si estuviera sordo.

Me quitó la ficha de inscripción y, en la parte de atrás, me dejó su firma y un mensaje: “Con la esperanza de que Ávila y sus abulenses sepan lo que es un verdadero superhéroe. Ya pueden estar tranquilos: llegó el Capitán Acueducto”. Luego me soltó una palmadita en la espalda.

Me di la vuelta buscando a Vitorio.

– Me caguen la burra balán. ¿Quién es este mamarracho?

Y ahí, en el preciso momento en el que empezó a contarme todo lo que había pasado durante los últimos días, acabó mi tranquilidad.

[Continuará…]


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Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?

[Viene de capítulo 4: El lado oscuro]

Se me vino el mundo encima con todo lo que pasó con la Palomilla. Una cosa era arreglar aceras y otra muy distinta enfrentarse a un villano de película para recuperar un monumento abulense como un castillo de grande. Decidí encerrarme en la habitación de la residencia para aclararme un poco las ideas, pero lo que comenzó como un retiro espiritual de un par de días, acabó convertido en un encierro semanal que solo me sirvió para embarullar aún más todos mis miedos y complejos.

La risotada de aquel mangurrián del Barón Dandí sonaba en mi cabeza cada que vez que cerraba los ojos y, las pocas veces que conseguí dormir, soñaba con una enorme medusa que se me metía en a cama para susurrarme a oído: “Encuéntrala si puedes, Vetusto Man”.

Mi hija debió de notar algo porque no hacía más que llamar. Noche sí, noche también, la tenía telefoneándome a la residencia para preguntarme que qué tal todo.

– ¿Seguro que estás bien, papí?
– Sí, gurriata, sí. Como un reloj.

En unas de esas conversaciones, fugaces y a veces incómodas por sus silencios, me habló de la que se estaba liando a raíz del robo de la Palomilla. Cuando nos quedábamos callados, ella podía sacar cualquier tema.

– ¿Te has enterado de lo de Vetusto Man? –me preguntó-. Una no sabe si tener miedo o pena de un personaje así, ¿no crees? Ten cuidado, anda.

Casi me da un pasmo en ese momento. Le dije que sí, que vaya tela, y en cuanto colgué salí a por la revista de la asociación de vecinos. Tuve suerte porque acababan de sacar una edición especial, un monográfico sobre el incidente. Alguien, “una fuente que prefería mantenerse en el anonimato”, había hablado sobre Vetusto Man a la prensa. Imagino que, a raíz de que apareciera ese nombre en el mensaje que Barón Dandí dejó en el lugar del robo, habían surgido muchas preguntas que poco a poco iban teniendo respuesta.

Más que como un superhéroe, me presentaban como un loco, un aficionado al travestismo (había mucha guasa con mi capa y mis botas de pescar) que se había emocionado por ayudar durante un par de noches a los Servicios de Obra y Jardines del Ayuntamiento. En el editorial se lamentaban de que el rescate de nuestra Santa Teresa, del monumento dedicado a las grandezas abulenses, estuviera en manos de una papanatas con problemas de próstata.

Sabían muchas cosas de Vetusto Man, la verdad, y las fueron soltando poco a poco en los siguientes días: que tenía un burro, que servidor era blandurrio como un moco, lo de las fichas del dominó y los barrillos que utilizaba a modo de arma… No sé si fue mi Dulcinea o quizás el imbécil del agente Iborra, la cuestión es que había una “garganta profunda” suelta que les iba suministrando información.

Y cuanto más tiempo pasaba, más mala uva tenían los editoriales. “¿Por qué se esconde Vetusto Man?”, se preguntaba la prensa. Algunos me acusaban de ser un fraude con boina, otros decían que Vetusta Man y el Barón Dandí eran la misma persona y que el robo de la Palomilla no era más que un exceso de autobombo. Incluso los había que simplemente me acusaban de ser más viejo que carracuca. A mí me supuraba tanto veneno al leer estas estupideces que acaba abrasando el papel del boletín vecinal.

Un día me armé de valor. “Nadie deja de sembrar por miedo de gorriones”, decía mi abuelo. Decidí revisar la escena del crimen, como hacen en las películas, para ver si me inspiraba un poco. Iba de incógnito, con una gabardina que me tapaba desde el pescuezo hasta el calcañar, gafas de sol y sombrero, aunque debajo del abrigo, para evitar imprevistos, me dejé el biricú con los marros y la bandolera con las fichas del dominó.

Cuando llegué a la zona cero, me encontré con varios operarios municipales arreglando el boquete. “Eso sí que es un trabajo para Vetusta Man”, pensé, más consciente que nunca de mis limitaciones. ¿Qué buscaba allí? Me senté en un banco del Mercado Grande para reflexionar un poco, igual de profundo que viendo ‘Saber y ganar’.

Me despertaron unos gritos que sonaron a lo lejos, al otro lado de la Muralla. ¡Menudo tibilorio tenían montado! Cuando conseguí enfocar, vi que la gente se agolpaba para cruzar la puerta del Alcázar y para allí me fui. Me llevó varios minutos y muchos empujones llegar al otro lado y ser consciente de lo que pasaba

El Barón Dandí había vuelto a actuar porque había un boquete en el lugar en el que debía estar la estatua de Adolfo Suárez. Al lado del socavón había pintado sus fulares y el chaleco de flores. El bellaco también había escrito un nuevo mensaje: “Vetusto Man, en lo que te lo piensas… me llevo también a Adolfito”.

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Intenté acercarme un poco más, pero cada vez había más empujones. En uno de esos meneos se me debió de desenganchar la cartuchera porque cayeron de golpe todas las fichas del dominó. Me hicieron un corro alrededor y alguien gritó que yo era Vetusta Man. A partir de ahí todo fueron insultos y más empujones. Me decían que hiciera algo, que ya valía la tontería, que al final nos iban a robar la Muralla, que era un sinvergüenza. Me pedían a empellones la Alta Velocidad y el Museo del Prado, me exigían que arreglara lo del tren y no sé cuántas cosas más. Pensaba que ya estaba a las puertas de la muerte cuando vi que la multitud se abría delante de mi como las aguas ante Moisés. Era mi pollino. Venía a rescatarme y estaba dispuesto a llevarse por delante a quién hiciera falta. Me subí como pude a su grupa y le dije a la oreja que me sacará de allí.

[Continuará…]


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#TuitQuedadaCultural: tres días para disfrutar del arte abulense

IMG_2095Juntas teatro, narración oral, música, cine, literatura, danza, fotografía y gastronomía en un fin de semana y te sale un #TuitQuedadaCultural para salpimentar al gusto. Lista para servir recién hecha el próximo fin de semana, los días 12, 13 y 14 de mayo.

Serán tres días muy intensos que comenzarán el viernes con una  jam session. El sábado es el día más completo, destacando el teatro por las calles durante la mañana y otras dos actividades por la tarde: música y cuentacuentos en el Café del Mercado, y un debate sobre cine y literatura en El Episcopio.

Y más el domingo: música, danza y poesía. Entre medias habrá dos exposiciones (una de fotografía organizada por la Asociación Fotográfica Abulense, y otra de moda a cargo de la diseñadora Cristina Fernández Lucas) y otros tantos concursos (de microrrelatos vía Twitter y de fotografía). Todo esto lo tenéis mucho más clarito en el programa (aquí al completo).

A mí solo me queda felicitar a los organizadores de esta iniciativa (creo que hay un Willy por ahí coleando… Y un Gredos Daniel también. Felicidades a ambos y a todo su equipo) por preparar un fin de semana en el que la cultura, tantas veces olvidada, será protagonista plena. Y aún mejor es que se ponga el foco en los artistas abulenses para que, al menos durante unos días, puedan ser profetas en su tierra.

Cine, literatura, moda, teatro, música… Ávila cuenta con buenos representantes en estas y otras disciplinas. Disfrutemos de ellos este fin de semana. Y esperemos que haya muchas más TuitQuedadas similares en próximos años.

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Capítulo 3: Apatrullando la ciudad

[Viene de Capítulo 2: Prácticas de tiro en un establo]

Metí todas las zarrias del traje de Vetusto Man en una bolsa del Mercadona y regresé a Ávila en el coche de Vitorio. Le habían retirado el carnet hacía tres años por no pasar el reconocimiento médico (algo de sus cataratas), pero él no se daba por enterado. Se pasaba el día volante en mano, camelando con la música de Juanito Valderrama a todo volumen y escupiendo requiebros a cada muchacha que veía.

Nunca he visto tan de cerca la muerte como dentro de ese maldito Cuatro Latas. Vitorio conduce igual que vive: como le sale de los cojones. Es un milagro que siga vivo. Ese día, sin ir más lejos, empezó a dar voces con las manos en la cabeza al llegar a la altura de Naturávila, como si le hubiera dado un acicuaco. ‘El Rey de la Carretera’ hacía retumbar los altavoces. Yo agarré como pude el volante para volver a nuestro carril.

– ¡La madre que me parió, Fructuoso!

Miré por la ventana de atrás y vi que nos seguía el burro que me daba la tabarra en las siestas. Debíamos ir a 80 o 90 kilómetros por hora, pero teníamos al bicho pegado al culo. Por algún tipo de acto reflejo, Vitorio aceleró. El animal continuó a nuestro ritmo sin ningún tipo de esfuerzo aparente. Incluso llegó a ponerse a nuestra altura por el arcén. Parecía que quisiera adelantarnos por la derecha, pero al llegar a mi ventanilla se quedó ahí, mirándome sin dejar de trotar, como si me preguntara a dónde pensaba ir sin él.

Así descubrimos lo de los superpoderes del pollino, adquiridos, imagino, de tanto chuparme los pinreles. A las monjas les encantó que me presentara con un burro (“también es una criatura de Dios”, dijeron) y me dejaron guardarlo junto al huertecito que tienen detrás de la residencia. Eso sí, yo me encargaba de alimentarle y de limpiar sus descomunales mierdas.

Llamé a mi hija para decirle que ya había vuelto del viaje. Me preguntó qué tal nos había ido y yo le respondí que Huelva era preciosa.

– ¿Pero no me dijiste que te ibas a Vigo?

– También, mi niña. Era un tour costero de esos.

Yo continué con mi vida de siempre, pero con ligeras modificaciones. Me pasaba las mañana durmiendo, mientras que por las noches le soltaba la correa a Vetusto Man. Salía a la calle con mi boina-antifaz, las botas de pescar y la capa de ‘Super tallas Bermúdez’, sin olvidar las armas (los barrillos y las fichas de dominó). Regresaba justo para desayunar y, como salía y entraba escalando la fachada, las monjas no sospechaban nada. Me llevaba al burro a mis escapadas nocturnas, aunque solo fuera por tener algo de compañía.

Nunca fui ambicioso y no lo iba a ser ahora que era todo un superhéroe. Decidí empezar por cosas sencillas, de una en una. Que galgo que muchas liebres levanta, ninguna mata. Me cogí la revistilla que hacía la asociación de vecinos del barrió y me fui directito a sus reivindicaciones. “Aceras en mal estado, con baches peligrosos, en las calles López Núñez y Esteban Domingo”. Y para allá que me iba yo con mi burro cargado de las baldosas que quitábamos de las obras que se quedaron a medias cuando lo de la crisis. Y ni siquiera necesitaba cemento teniendo el moco venenoso de las manos. No tardamos ni un par de horas en solar esas y otras calles igual de descuidadas.

Otra noche me la pasé enterita coloreando pasos de cebra medio borrados por el paso del tiempo. La pintura se la sisé a las monjas aprovechando que estaban de obras en la capilla. Fue ahí cuando la conocí. Cantaba seguidillas desde el balcón de su casa (siempre está ahí, al oreo), algo de las mujeres bonitas y los hombres valientes. Cuando me vio enfilar la calle, bote de Titanlux en mano y con el traje de Vetusta Man al completo, dejó de entonar. El burro, como siempre, me iba a la zaga.

– ¡Pero mira tú que mozo guapetón nos viene esta noche al barrio!

Al principio pensé que se estaba pitorreando de mí, pero cuantos más piropos me lanzaba, más sincera parecía. Hasta floreó la mirada fililí del rucio, la muy bribona. Tendría mis años (siglo arriba, siglo abajo) y algunos kilos de más, pero le brillaban los ojos como dos farolas en día de lluvia. Le llamé Dulcinea, “mi Dulcinea del Toboso”, y ella se mondaba de la risa y volvía a cantar y se escacharraba de nuevo.

Pero cada sendero tiene su atolladero y el mío se me apareció con uniforme y placa una noche que estaba yo desatascando alcantarillas. Se presentó como el agente Elicio Iborra.

– Vetusto Man, para servirle.

Y seguí a lo mío, dale que te pego a los sumideros. Sin mucho éxito porque al momento ya estaba el atontado dándome la tabarra con que le enseñara mi DNI y los papeles del burro. No sé si hablaba en serio, pero le respondí que lo tenía todo en la guantera, que hiciera el favor de cogerlo él mismo porque tenía las manos ocupadas. No me lo podía creer cuando le vi rodeando el asno en busca del salpicadero.

La fiesta se acabó al escapárseme una sonora risotada. Ahí empezó a dolerle el orgullo y se me puso bravucón. No sé qué de que quedaba detenido por faltar el respeto a la autoridad. Intentó ponerme las esposas, pero yo me zafaba sin dificultad de sus hierros.

– Soy todo gelatina, señor agente –le intenté explicar-. Más le valdría sorberme que esposarme.

El municipal estaba rojo de furia, cada vez más obcecado, y acabó por sacarme la pistola para llevarme a la fuerza a la comisaría. Ahí comenzó mi burro, mi burro querido del alma, con su rechinar de dientes y con sus rugidos de león. ¡Por la Virgen de Sonsoles que no miento! Cómo lo vería el señor agente que no le quedó otra que envainársela (la pistola) y despedirse con un “buenas noches, no me alboroten mucho” de tono gaznápiro.


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Leyendas y centenariazos

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Quizás no lo sepan, pero ustedes el viernes ya tienen plan. A las 19.30, en El Episcopio, les espera la Asociación ‘La Sombra del Ciprés’ y su nuevo libro colectivo. Sí, ya sé que el tesorero de ahora no tiene tanto tirón como el de antes… pero olvídense de ese tema por un momento. ‘Leyendas según los abulenses’ es una revisión alocada y muy particular de las historias que un día recogiera Belmonte en la obra que pueden ver arriba a la izquierda.

Acérquense porque la presentación merecerá la pena. Y compren el libro por todo lo que tiene tanto dentro (lo explica mejor el presidente de la asociación aquí), incluidas las fotografías y la maquetación de un tal Willy; como fuera (magnífica la portada de Gris Medina, reinterpretando el frontal del libro del ya citado Belmonte; la comparativa la tienen arriba).

Regálenlo mucho en esta semana centrada en el Día del Libro. La asociación tendrá un espacio propio en la feria, como en anteriores ediciones, y allí también se podrá comprar el libro.

De regalo, les dejo un relatillo de un servidor que se incluyó en la edición del libro colectivo del año pasado, ‘El mundo según los abulenses II’. Erán tiempos de centenariazos…

Trastorno del Centenario
(O el año que vivimos teresianamente)

A Carmela no le hizo ningún bien asistir a todos los actos del V Centenario. “Algo así como una mala digestión, pero de cabeza”, explica su hermano a toro pasado cuando alguien le pregunta (cosa que casi nunca ocurre). La verdad es que no hubo exposición teresiana, ni encuentro religioso que se perdiera. Aplaudió cada reinterpretación artística de su legado místico, ya fuera escrito, al óleo o por bulerías. Si usted acudió a cualquiera de esos eventos, seguro que coincidió con ella.

Salía de casa cada mañana envuelta en los productos olfativos ‘Huellas de Teresa’, atufando a reforma del Carmelo. Coleccionaba tiques de la ORA y azucarillos, de esos que diseñaron para la conmemoración de 2015. Los ratos que le quedaban desocupados, leía y releía los libros de ‘La Santa’. La familia los encontró subrayados de arriba a abajo y con anotaciones en los márgenes, muchas de ellas ininteligibles. Ansiosos de encontrar culpables a la locura de la buena mujer, decidieron quemarlos todos, excepto un ejemplar del epistolario teresiano que se salvó de las llamas en el último momento.

Fueran culpables los libros o no, lo cierto es que a Carmela se le fue secando el cerebro a medida que avanzaba el Centenario. El poco juicio que le quedaba lo perdió por completo el día que salió a la calle luciendo un hábito que ella misma se confeccionó juntando varios sacos de patatas. Completó el vestuario con dos alpargatas de esparto y una funda de almohada en la cabeza a modo de toca. Además, solía llevar en la mano alguna pluma de paloma que encontraba por la calle para dejar clara su vocación no solo religiosa, sino también literaria.

Convencida de que ella era Santa Teresa de Jesús, comenzó a recorrer la ciudad, la villa del siglo XVI en su cabeza, murmurando distintos pasajes de los escritos teresianos; los mismos que, con el paso del tiempo, acababa lanzando a voz en grito cuando fue ganando confianza. Se la podía ver paseando por el Grande mientras chillaba eso de “vivo sin vivir en mí”, o recitando con pasión el “nada te turbe, nada te espante” en medio de un partido del Real Ávila, incluso preguntando al cielo “¿qué mandáis hacer de mí?” subida a un tuk-tuk.

Los turistas solían echarle monedas pensando que era una performance. Ella recogía el dinero agradecida, ya que la empresa de fundar conventos, además de ardua, es costosa. No le gustaban las fotos porque se acordaba de Fray Juan de la Miseria y le hervía la sangre al recordar lo fea y legañosa que la retrató, pero todo lo aceptaba con resignación por una buena causa. Incluso permitió que algunos restaurantes le pusieran publicidad en el hábito (los menús sobre esos sacos de patatas tenían un toque ‘vintage’) a cambio de una aportación a su Reforma. Hasta el Ayuntamiento de Ávila le colocó el horario de visitas a la Muralla impreso en la toca, como contraprestación por no cobrarle el uso de la vía pública. Cuando más espectadores congregaba era cuando sentía el alma suspendida en puro éxtasis, con esos arrobamientos que siempre acababan con el aplauso cerrado del personal, ya fueran de Cuenca o de la China profunda. El lenguaje universal del amor.

Era un auténtico espectáculo verla en acción, dejándose la piel en cada verso. El público disfrutaba cosa bárbara con ella; excepto esa vez que tuvo que intervenir la Policía Local, claro. Fue cuando, al grito de “Cerda”, agarró de los pelos a una pobre mujer tuerta que confundió con la mismísima princesa de Éboli. Hicieron falta tres agentes para separarla de la cabellera de esa turista de Vilanova de Arousa, provincia de Pontevedra.

Nada fue igual después de ese incidente. La familia empezó a ser consciente de la situación, así que comenzaron a restringirle las salidas de casa. También la Policía Local había cogido la matrícula de su locura y la llevaban a comisaría en cuanto empezaba a montar sus espectáculos públicos. “Los hijos de puta de la Inquisición”, murmuraba Carmela con el gesto mustio que se le puso esos días. Poco a poco, se la dejó de ver por las calles de Ávila.

Fue mucho tiempo más tarde, incluso después de que se escapara de Ávila, cuando su familia se enteró de lo que hizo aquellos días. Nadie sabe cómo, pero consiguió la cesión de uno de los locales del Vivero de Empresas. Allí montó su primer “palormacito” junto a otras cuatro personas, todas ellas pobres de solemnidad, que pasaron de dormir en la calle a hacerlo en ese primer convento de la Re-reforma del Carmelo.

Por lo que contaron después los indigentes a la Policía, nada hacían en ese despacho minúsculo más que rezar. Que si una letanía por San José, que si una oración por la Virgen, que si ahora toca cantar para pedir a Dios que se encargue de los piojos. “A cambio de seguirla el juego, nos daba de comer todos los días”, dijo uno de esos cuatro desgraciados.

Los agentes les preguntaron dónde estaba la “madre superiora” –su familia llevaba un par de semanas sin saber nada de la muchacha-, pero de poco sirvió. Antes de irse, Carmela solo les dijo que se iba a fundar otros “palomarcitos” por el mundo. Y allí mismo, en el segundo piso del Mercado de Abastos, se quitó las alpargatas para sacudirlas por la venta. “De Ávila, ni el polvo”, sentenció con rotundidad. Todos fingieron no ver que uno de los zapatos se le caía a la calle, incluso ella misma se hizo la loca. Así la vieron marchar por última vez, con un pie vestido y otro descalzo, cojeando con paso decidido hacia su siguiente aventura.

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