Cerdos andando solos por las calles

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Hubo un tiempo en que los cerdos andaban solos por las calles. Y no me hagan la gracia de que ahora también hay mucho marrano suelto por ahí, paseando libremente. No hablo de eso. Me refiero a un época en la que cada vecino tenía su guarro y había una ganadero en el pueblo que se encargaba de sacarlos a pasear a todos al mismo tiempo, a veces también con las cabras y otros animales del común. El pastor se hacía cargo de esa manada vecinal (creo que el nombre exacto es “vecera”) durante todo el día. Al anochecer regresaba y los animales “entraban gruñendo por las calles, cada uno a su pocilga”. Hubo un tiempo, ya digo, en que los cerdos andaban solos por la calle y lo hacían “armando escándalo, chillando mucho”.

“Cuando echabas un marrano nuevo al ganadero, como no sabía ir ni nada, era una pejiguera y costaba trabajo llevarle; había que ir dándole despacio con una mimbre para que fuera aprendiendo, y preguntar al marranero por qué camino iba a volver por la tarde, para irle a buscar a la entrada y enseñarle llegar a casa. Luego ya aprendía y al cabo de unos días volvía solo, y si encontraba la puerta cerrada pues se esperaba allí, gruñendo y hocicando”.

La piara correteando por el pueblo. Tu cerdo esperándote en la puerta de casa a que vuelvas. La historia parece sacada de ‘Amanece que nos es poco’ o de alguna novela de García Marquez. Pero no es ninguna historia, es el pasado de nuestros pueblos. Una época no tan lejana en el tiempo que, sin embargo, nos queda a años luz de nuestro mundo actual.

De los achaques y quehaceres de esos días va el libro que acaba de publicar el abulense Carlos Sánchez Pinto en la Editorial Caldeandrín. ‘Estampas color sepia’ es un repaso a las profesiones, lugares, personajes y costumbres que el autor recuerda de su infancia. Por eso se desliza entre las páginas el niño que fue, mirándolo todo con los ojos muy abiertos.

De Carlos Sánchez Pinto, y sobre todo de su hermano, ya escribí por aquí en otra ocasión. Este escritor de Salvadiós, con más de treinta premios literarios a sus espaldas –algunos tan importantes como el Ateneo Ciudad de Valladolid (1978) o el Ciudad de Badajoz (2005)–, “posee una rara habilidad para encontrar en los temas etnográficos, preferentemente rurales, la fórmula para hacer que transciendan hacia el discurso literario con naturalidad, sin la afectación que es frecuente encontrar en intentos de esta clase”, dice su editora, Mayda Anias.

Humor y nostalgia van de la mano en esta delicia de libro. El autor nos avisa desde la primera página: “El tiempo todo lo destruye”. Y, de hecho, poco queda de lo que él nos cuenta. Cada capítulo, de muy corta extensión, se dedica a una profesión, un lugar o un personaje, ya sean los esquiladores, la taberna o el pobre del cencerro –que “pedía como con autoridad”, sin decir una palabra pero sacudiendo el cencerro con una violencia soterrada–, que el abandono ha convertido en escombros.

Había por aquel entonces, me refiero a cuando los cerdos andaban solos por la calle, gente que vivía de arreglar cosas. Fíjense qué locura. El hojalatero, por ejemplo, que te apañaba todo clase de cachaaaaaarrrros y anunciaba su presencia a gritos. “De loooooza, porcelaaaaaaana, de latón. Pucheeeeeros, cazueeeeelas, sarteeeeeeenes”.O el silletero, que “trabajaba con serrucho de costilla y limatón; con tenazas y martillo de orejas; con cuchilla y majadero para ajustar la espadaña; y tenía una garlopa que era un capricho”.

Estas y otras muchas palabras casi olvidadas –acial, ringorrangos, motila, cijas, mela…– recorren el libro y sus recovecos. Las historias se nos aparecen como textos puramente descriptivos, pero bajo ese disfraz de máxima sencillez asoma una prosa brillante y muy cuidada, capaz de dibujar el mundo de su infancia con un par de trazos; capaz de retratar un jardín tan solo diciendo que “en los veranos andaban por allí los pajarillos nuevos aprendiendo a volar”. Aquí el queso tiene “un trasunto de hierba y de redil en campo abierto”. Y el aire siempre quebraba en la esquina de Garriche. Y las ovejas sienten un extraño pudor animal cuando se las esquila, como si se avergonzaran de sus cuerpos.

Tan Gotelé

Hay días así; mañanas que te levantas con ganas de comerte el mundo entre tostada y tostada. Sabéis de qué os hablo. Esas ganas de saltar sin miedo a la caída. Vendrá, la caída siempre llega. Pero una cosa es esperarla y otra temerla. Sales de casa y piensas que no tienes nada que perder por intentarlo. Hay días así, días Gotelé podríamos llamarlos.

El cielo, a veces, está Gotelé, como recién pintado. La cerveza, joder, esa cerveza fresquita que te pusieron el otro día en una jarra de cristal, también lo está. A ella, por ejemplo, le quedan tan Gotelé los pantalones nuevos. Y mis gatas, cuando ronronean. Y el partido de futbito con los amigos. Y más cosas que no tengo por qué contar, no insistáis.

Es apostar por uno mismo y gritarlo como grita Alfonso. Es agarrar el futuro por los pies y sacudirlo como sacude Alberto su guitarra o Manuel el bajo, con una mezcla de furia y viento. Es destripar el miedo como solo Cavero destripa la batería. Todo eso es Gotelé y algo más que no se explica porque se va nada más nombrarlo.

Ayer, sin ir más lejos, fue un día Gotelé. No el día entero, claro. De hecho, amaneció como un día más. A media tarde empezó a cambiar y al rato ya estaba todo pringado de Gotelé: los árboles, los pájaros, los bares… sobre todo los bares.

Y se encendieron las velas para crear ambiente. Y nos callamos las voces para escuchar el nuevo disco, el tercero ya, que le han llamado ‘Vertical’ por extraños motivos que solo ellos saben explicar. Y hubo que agarrarse a las sillas para no echarse a bailar, algo que, por otra parte, está sobrevalorado (dicen). Y perdimos la noción del tiempo y la serenidad.

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¿Qué sabes de Vicente Sánchez Pinto?

Lo del reloj y Cortázar. Seguro que ustedes ya saben. “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”. Algo parecido ocurre cuando te hacen entrega de un libro, que te obsequian “un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo”. Y la obligación, qué menos, de leerlo.

Debí de desconfiar cuando le vi llegar con ese libro en la mano. Pero habíamos quedado para tomar café y uno se relaja en esas situaciones. Se esperó al final, lo dejó para el último momento, como ocurre siempre con las emboscadas. “Para ti”, supongo que dijo tras acercarme el ejemplar en cuestión, que parecía reptar por la barra del bar por voluntad propia.

Comparto apellido con el culpable de todo esto: Juan de la Cruz Mayo Garcinuño (aquí su blog). Cuando me quise dar cuenta, tenía en mis manos un libro de Ediciones Destino de 1979. Ni el título ni el autor me sonaban de nada: ‘Las adivinaciones’, de Vicente Sánchez Pinto. En la primera frase de la solapa se señalaba que el autor nació “en un pueblecito de la provincia de Ávila”, sin dignarse a nombrar cuál de todos. Y tenemos unos cuantos. También se decía que la novela había obtenido “una brillante clasificación en la votación del Premio Nadal de 1978”

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Parece que la primera obra de Sánchez Pinto fue un libro de poemas. Trasteando después por Google, vi que esa ópera prima fue ‘Las horas perdidas’ (1969) y que fue publicada por la colección de poesía El toro de granito, el proyecto editorial de Jacinto Herrero.

También se señala en la solapa que posteriormente sacó a la luz una novela larga, ’Los espejos del tedio’ (Ediciones Luis de Caralt, 1971), “recibida elogiosamente por la crítica”. “Y ahora se adelanta a las primeras filas de la novelística española con ‘Las adiviciones’”, añaden en referencia a la trayectoria de este licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca (pocos datos más se aportan, a parte de su formación universitaria).

Como decía, puse el nombre de Vicente Sánchez Pinto en Google. Hay varias páginas en las que se venden algunos de sus libros (los tres ya señalados, solo esos tres) y prácticamente nada más. Sí encontré una mención en un artículo de El País de 1986 dedicado a los Premios Nadal. Se refieren al escritor abulense como el “autor de aquel magnífico ‘Las adivinaciones’, que fuera finalista del premio hace años”.

Poco más conseguí, la verdad. Por eso abordé a Julio Collado, una tarde para preguntarle sí sabía algo de Vicente Sánchez Pinto. Y sí, sí lo conocía. O más bien conocía a su hermano, Carlos, un excelente escritor de cuentos, me dijo. Y otro dato realmente importante: ese “pueblecito de la provincia de Ávila” era Salvadiós.

Saber más de Carlos Sánchez Pinto fue fácil, sobre todo porque cuenta con una página web con mucha información. Descubrí por casualidad que Vicente fue finalista del Premio Nadal una segunda vez, en 1985, por la obra ‘Los desiertos del amor’, una novela que nunca llegó a publicarse. En siete años, dos finales del Premio Nadal (más tarde sabría que fueron más veces… tres o cuatro; es difícil saberlo con seguridad). Después, el silencio literario más absoluto.

Carlos Sánchez Pinto

Carlos Sánchez Pinto

 

A estas alturas, he de reconocerlo, ya estaba totalmente enganchado a una historia que iba reconstruyendo a brochazos. Cada nuevo detalle que conseguía, cada aportación, me despertaba aún más curiosidad, igual que un Detective Salvaje persiguiendo a Cesárea Tinajero o a Benno von Archimboldi (si aman a Bolaño lo entenderán). Por cierto, que Vicente era sacerdote y también militar, en concreto, coronel.

Volvamos a Carlos Sánchez Pinto. Conseguí contactar con él a través de Caldeandrín Ediciones, la editorial abulense que publicó su último libro en noviembre de 2017 con el título de ‘Estampas color sepia’ (dedicado al poeta Jacinto Herrero, de nuevo sale su nombre… y no será la última mención).

En esa primera conversación telefónica y en algún mail que nos cruzamos posteriormente, me habló de su hermano, de cuya muerte, según me dijo, se cumplían exactamente tres años. Lo que me carcomía por dentro era saber por qué dejó de publicar después de tres libros que habían llegado tan lejos. “Quizá lo dejó por aburrimiento, porque conocía el panorama literario y supo que ni editores ni lectores merecían su esfuerzo, su lucha por alcanzar la máxima perfección”, me respondió.

“No quiso, como le aconsejaron más de una vez, descender a la mediocridad para ver sus escritos en letras de molde, volúmenes transportados en pallets y vendidos a peso en supermercados y grandes almacenes”. Desde luego, la prosa que despliega en ‘Las adivinaciones’, el único libro que tengo en mis manos, no es sencillo. Su escritura es tan bella como onírica, precisa pero dilatada, desplegada a través de largas frases e interminables párrafos que no divide en capítulos. Es un torrente de emociones que exige un esfuerzo extra por parte del lector.

Carlos me habló de otros de libros de su hermano. ‘Las horas perdidas’ es, según sus palabras, un “poemario tan sincero que raya en la confesión, con poemas dedicados a don José Luis López Aranguren y a don Alfonso Querejazu, un personaje muy conocido en Ávila con el que Vicente vivió y al que consideró siempre su forjador, de manera que en uno de sus poemas asegura: “Le debo todo, amigos, / a pesar del recuerdo; / pues por deber, diría / que hasta el alma le debo”.

Siempre llevó a su tierra en la boca y en la pluma. De hecho, ‘Los espejos del tedio’, publicado por una editorial catalana, es un recorrido y un homenaje a Ávila. Luego llegaron otras muchas obras, la mayoría inéditas: ‘Cuaderno apócrifo de Bernabé’, ‘El oscuro laberinto’, ‘Los desiertos del amor’ (ya mencionada), ‘El río del olvido’… Es difícil saberlo con exactitud porque Vicente, según cuenta Carlos, corregía sus novelas e incluso las cambiaba el título. En cualquier caso, él calcula que entre 1979 y 1985 su hermano fue finalista del Premio Nadal entre tres y cuatro ocasiones. Se empeñó en ganarlo, pero no lo consiguió. Y ese fue, probablemente, uno de los motivos que provocó que se cansara del mundo que rodea a la literatura.

Se mostró extrañado porque, a estas alturas, alguien se preocupara por la obra de su hermano. “A buenas horas mangas verdes, hubiera chanceado él –me dijo–. Muertos don Cándido Ajo, su máximo admirador, Jacinto Herrero y Domingo Emilio Rodríguez Almeida, pensaba yo que ya no nos quedaban amigos en Ávila”.

“Hemos vivido siempre juntos [los últimos 50 años, en tierras valencianas], pero nuestro discurrir literario ha ido paralelo, aunque a veces hasta los amigos dudan de la autoría, suya o mía, de algún pasaje. Yo siempre estuve convencido de que Vicente escribía incomparablemente mejor, como es lógico, pero él aseguraba que yo lo hacía ‘con mejor fortuna’, puesto que comencé ganando premios que él no pudo obtener, y que mis escritos tenían para el lector una ‘encarnadura’ que él no conseguía en los suyos”. Y añade: “Tenía una extensísima biblioteca, casi toda en francés, que una camioneta se llevó al Museo Diocesano de Ávila”.

NOTA: Pinchando aquí puedes escuchar la entrevista que realicé a Carlos Sánchez Pinto en Cadena Ser Ávila.

Vicente Sánchez Pinto

Vicente Sánchez Pinto

 

 

 

Los bárbaros que aspiran a ser conquistados por el centro

Los Bárbaros vivimos en la frontera” es el primer punto de su decálogo. El segundo, apunten, “los Bárbaros vivimos luchando”. Y el tercero ya nos va advirtiendo: “Los Bárbaros aspiramos a conquistar el centro”. El resto lo podéis ver en la web de la compañía Los Bárbaros, la cual he conocido gracias a uno de sus fundadores, Javier Hernando, que acaba de conseguir una de las Becas de Creación Artística de la Fundación Villalar.

Esa dualidad entre interior y periferia, más evidente aún en una ciudad amurallada como la nuestra, me recordó uno de los caballos de batalla del maestro abulense Julio Collado: sacar la cultura del círculo centralizado actual.

Ávila pintada por Daniel Vázquez Díaz, 1935. Museo de Vitoria. [Foto obtenida de ÁvilaRed]

Ávila pintada por Daniel Vázquez Díaz, 1935. Museo de Vitoria. [Foto obtenida de ÁvilaRed]

Hasta que Julio no me habló de este tema nunca me había parado a pensar en que la práctica totalidad de la cultura de Ávila ocurre en la zona centro. Lugares como El Episcopio, el Palacio de Los Serrano, Los Caprotti o Los Verdugo, o la Biblioteca Pública de Ávila, por poner solo algunos ejemplos, concentran gran parte de esas actividades.

¿Qué ocurre con los bárbaros que viven en la frontera? Collado ha presentado una propuesta al Ayuntamiento de Ávila para poner en marcha un circuito cultural por los barrios, con el fin de acercar la programación del Consistorio a estas zonas, en colaboración con las asociaciones de vecinos, los institutos, las bibliotecas, los colegios y otras asociaciones.

Él propone que estos circuitos sirvan para abordar distintos campos: arte, educación, sociedad, religión, política, economía, historia, medio ambiente, patrimonio… Las posibilidades son casi infinitas.

Para ello cree que se pueden realizar charlas coloquio o mesas redondas en los que se profundice sobre estos temas; sin olvidar los eventos cien por cien culturales. ¿Por qué no presentar un libro en un colegio? ¿O realizar un recital poético o una lectura dramatizada en alguna de las bibliotecas municipales? ¿Qué tal un concierto en un centro de acción social? ¿Qué ocurre, en definitiva, si acercamos la cultura a la gente, a los barrios, a sus casas?

La acción debería estar coordinada por el Ayuntamiento de Ávila, con el apoyo, eso sí, de los artistas y promotores culturales de la ciudad. “Para comenzar, sería interesante estudiar qué actividades de las que se programan en el Episcopio o San Francisco pueden llevarse también a los barrios”, afirma Julio Collado. Ahora solo falta dar ese primer paso.

MysticWorld (Capítulo V)

Willy no nos sacó ni unas tristes aceitunas. Le supliqué que nos hiciera algo de comer, pero quería enseñarnos antes unas versiones que había preparado para tocar con el bajo. Oliver y Benji, Los Fruitis, Mofli… mierdas así. La verdad es que todo sonaba igual. Era imposible no mirar de reojo la cazuela de macarrones. ¡Me hubiera comido hasta la tapa! WJPVBW y yo nos resignamos y nos centramos en lo único que teníamos a mano para engañar al hambre: darle a la botella de Jack Daniel’s hasta que se despertaran Pablo y Carlos.

Despertar, despertaron. Pero lo que hubiera echado Willy en los macarrones tenía efectos secundarios. Parecían atondados, más de lo habitual, y con la lengua pastosa. Se quedaban dormidos en mitad de una frase y volvían a despertar unos segundos después, dando gritos ininteligibles.

Mi futuro (nunca mejor dicho) yerno y yo nos partíamos la caja y, a medida que iban cayendo los chupitos, los entendíamos mejor. Al final acabamos berreando los cuatro la primera tontería que se nos venía a la cabeza. De fondo sonaba ‘Ven a Fraggle Rock’ al bajo.

En esas andábamos cuando la puerta de la calle se abrió de golpe. Una silueta gigantesca se dibujo bajo el dintel.

–Cabrones. ¿Nadie se ha dado cuenta de que faltaba yo en esta historieta?

Illo, el que un día fuera nuestro viñetista, tenía cara de pocos amigos. Aún así, me lancé a darle un abrazo y a decirle que le quería un huevo y que era un tío cojonudo en el que se podía confiar y que me perdonara y no sé cuántas tonterías más. Tan pronto lloraba en su pecho como me ponía a reír sin reparo mientras le daba cachetazos en la espalda.

–Venga, tómate un chupito conmigo, brother –le dije limpiándome las lágrimas.

–Déjate de chupitos y explícame qué pasa.

Entre los cuatro intentamos contarle lo que había ocurrido, pero no fue fácil. Carlos y Pablo seguían con sus gritos, y WJPVBW y yo estábamos cada vez más borrachos. Willy era el más entero, pero decía que todavía no había acabado su repertorio con el bajo y que no le molestáramos justo ahora, en el clímax del concierto. Gracias a dios que Illo no tiene un pelo de tonto.

–Si no lo he entendido mal, este tío ha viajado en el tiempo para advertirnos de que el futuro de la ciudad depende de que continuemos con el blog. ¡Eso tiene fácil solución!

Todos aplaudimos. Yo fui a darle un abrazo y a decirle que era un tío de puta madre, pero me advirtió con la mirada de que no era buena idea. Sacó el portátil que traía en una mochila y se puso a teclear, pasando sin ningún disimulo de nuestros halagos de borracho.

Me tomé un chupito más con el yerno y luego nos pusimos a jugar un calientamanos en lo que acababa a Illo. Pablo y Carlos seguían atados, gracias a dios, porque parecían dos perros salvajes a punto de devorarnos. Desde luego, la mierda que hubiera echado Willy en la pasta había despertado algo animal en ellos.

Un par de horas después o un par de minutos, quién sabe, Illo dijo que había terminado, que podíamos estar tranquilos durante un tiempo largo. Por lo que entendí, había duplicado las entradas que habíamos hecho desde que abriéramos el blog, allá por 2011, para que salieran dosificadas en los próximos seis años, con mínimos cambios.

–Al fin y al cabo –dijo–, en Ávila siempre se hablan de lo mismo: el AVE, la subsede del Prado… esas cosas. La gente ni lo va a notar. La primera entrada se acaba de republicar ahora mismo, no sé qué de la reforma electoral. ¡Nunca pasa de moda!

Acabábamos de salvar a la ciudad y era tan fácil como sacar un poco de brillo a mis viejas gráficas y tablas de doble entrada. Brindamos para celebrarlo, pero un grito nos heló la sangre tras el chin-chin. Era Willy.

–Estoy desapareciendo –dijo después del berrrido mientras mostraba una mano a la que le faltaba ya varios dedos.

Se acercó a la ventana para mirarse el brazo al trasluz y todos le rodeamos. Por increíble que parezca, Willy estaba desapareciendo. Los ojos se me fueron a la calle, atraído por un cielo rojizo que parecía salir del infierno. Me fijé en el Bankia que hay en la acera de enfrente y me sorprendió ver que ahora volvía a ser un Caja de Ávila y, un segundo después, el letrero lucía un Caja General de Ahorros y Montes de Piedad de Ávila muy vintage.

Los adoquines de la calle comenzaron a levantarse. La gente gritaba desconsolada y algunos, igual que le ocurría a Willy, comenzaban a desaparecer. Otras personas surgían de la nada, como setas. En medio de la calle salió una escultura gigantesca de José Luis Rivas. Al pie, en grandes letras plateadas, se podía leer: “La ciudad de Ávila a su mejor alcalde”.

Tan pronto aparecía un potro de herrar en una esquina de la calle como surgía una estación de autobuses entera con aspecto futurista. A medida que salían todas estas cosas de la nada, aplastaban a los viandantes que tenían la desdicha de pisar la baldosa equivocada en el momento equivocado. Todo eran gritos y llantos ahí fuera. Y mucha sangre.

–Hemos roto el eje transucutal espacio-tiempo –dijo WJPVBW-. Los vértices nurticos han implosionado y el universo ha hecho cavidad en una de sus combas.

Debió ver en nuestras caras que no habíamos entendido nada porque inmediatamente intentó explicarnos que, por sorprendente que pareciera, la linea espacio-temporal de la realidad en Ávila estaba vinculada al historial de entradas del blog, por eso nuestra inactividad provocaba la desaparición de la ciudad. Al reprogramar los post habíamos alterado el pasado y, por lo tanto, el presente y el futuro, mezclándolo todo en un mismo instante.

–Lo que vemos son cosas que pasaron que vuelven a pasar o que ya no pasaron –continuó-. Y otras que no ocurrieron y ahora suceden o, mejor dicho, sucedieron en el futuro.

–¿Y lo mío qué es? –preguntó Willy, al que ya le faltaba un brazo y la mitad de otro, aunque se empeñaba en tocar el bajo con la boca, contorsionándose como un perro con pulgas.

–Seguramente lo que te ocurre es que ya no eres, quiero decir, que no existes. Al tocar el blog cambiamos tu trayectoria vital, ¿entiendes? Quizás tus padres nunca llegaron a conocerse o quizás…

No pudo seguir porque en ese preciso momento Carlos y Pablo, que se habían soltado de sus ataduras, se arrojaron sobre WJPVBW y comenzaron a devorarlo delante de nosotros.

–¿Qué cojones echaste en los macarrones, Willy?

Pero Willy, lo que es el Willy que todos conocemos, ya no estaba entre nosotros. Quedaba solo un pierna entera y el zapato de la otra.

Eché un vistazo por la ventana. El espectáculo ahí fuera era dantesco. Os ahorraré los detalles. Dentro, Carlos y Pablo habían terminado ya con WJPVBW y, chorreando sangre por la comisura de la boca, habían empezado a devorar a Illo. Los macarrones seguían teniendo una pinta estupenda.

–Bueno, por qué no –murmuré mientras cogía una pinchada generosa.

––– FIN –––

Capítulo 11: Se armó el Belén (Fin de #VetustoMan)

Me desperté con la boca fofa, como una tienda de campaña sin varillas. Estaba claro que no habían tenido la delicadeza de devolverme la dentadura postiza a su sitio; ni para eso vale el trafullas de Vitorio. Alguien se desgañitaba a mis pies soltando una perorata, micrófono en mano, a los cuatro vientos. Todo ese jaleo debió de sacarme del estado de ‘choc’ en el que estaba.

O él, allá abajo, o yo nos balanceábamos. Debía de ser yo porque él andaba con los pies bien apoyados en el suelo. ¿Donde diablos estaba? En el Grande, eso parecía claro. Pero la perspectiva era extraña: tenía toda la plaza a vista de pájaro, parecido a lo que debió cotillear durante años la Palomilla. ¡La cosa tenía bemoles! Seguía colgado, cual longaniza, de lo alto de una grúa; ahora a mucha más altura.

No podía moverme porque me habían metido en una especie de molde. Era como si me hubieran convertido en una escultura y solo me hubieran dejado unos agujeros para ver, respirar… y quien sabe si atender otras necesidades (no alcanzaba a verme ciertas zonas). Notaba que me habían puesto con los brazos extendidos, como si fuera una aeroplano. Y que por dentro habían untado algo pringoso, imagino que más yemas del demonio porque seguía atontado y sin fuerzas.

Movido por la curiosidad, busqué mi reflejo en los cristales del edificio de Moneo. Casi me da un perrenque cuando me vi convertido en un ángel. Me habían metido dentro de la figura de un querubín alado (a tamaño natural) que sujetaba con las manos una pancarta en la que se leía: Gloria in excelsis Deo.

Pero la cosa no acababa ahí. También en los cristales descubrí la imagen de mi burro…. o algo parecido. Estaba detrás de mí, también suspendido en el aire, y le habían colocado unas puntas enormes de cartulina pegadas al cuerpo y una larga cola de color amarillo-chillón con luces. intermitentes Habían convertido al pobre animal en la estrella anunciadora.

¿Qué diablos pasaba? Intenté enfocar al voceras de abajo y no tardé en comprobar que era el Barón Dandi dando una especie de discurso a la ciudadanía que se agolpaba por los bordes de la plaza. Algo decía de que las calles estaban limpias, de que había luz por las noches y cosas así. “Una ciudad viva”, creo que dijo.

“Pero no nos debemos conformar con esto, convecinos –continuó–. Ávila se merece más; Ávila se merece todo. Por ejemplo, contar con el belén más grande del mundo… ¡y a tamaño natural!”. Mientras decía eso, extendía sus manos a diestro y siniestro, mostrando las muchas piezas que se extendían por el centro de la plaza, aparentemente sin orden ni concierto.

No podía verlo, pero justo a mis pies debía de estar el pesebre, con La Santa, Adolfo Suarez, el niño del convento de Las Madres y un par de verracos robados con nocturnidad y alevosía. Yo, como angelillo, y mi burro convertido en estrella completábamos la escena.

Lo que había alrededor sí que lo tenía bien a la vista. Decenas de esculturas, antes repartidas por distintos puntos de la ciudad, se congregaban en el belén más horrendo y variopinto que haya existido nunca. El San Juan de la Cruz de la Diputación se había convertido en un zagal que pastoreaba los leones de piedra de la Catedral. Se podía deducir que la Menina del Palacio de los Serrano era una lavandera porque andaba cerca del río, el cual, por cierto, estaba formado por una cantidad ingente de papel aluminio que venía desde la calle Estrada y se perdía hacia el parking subterráneo. Incluso la escultura de Santa Teresa que hay delante de su casa natal había sido trasladada, aunque sin banco, quien sabe si para convertirla en el caganer del nacimiento.

Tardé tiempo en averiguar quiénes eran los Reyes Magos. Era, sin duda, la parte más abstracta de todo el Belén. De hecho, lo adiviné por descarte. Tenían que ser las tres esculturas de rotonda que habían puesto en línea caminito del Portal, un amasijo de formas indefinidas en el que destacaba la majestuosidad de una enorme cremallera. No me pregunten que quién era Melchor, Gaspar y Baltasar porque no sabría qué decirles.

Incluso la Muralla había sido mancillada. Una enorme pancarta la había reconvertido en el Castillo de Herodes, con el patrocinio del primer Año Jubilar Teresiano, según se leía en letras doradas. Los salvajes de la puerta occidental de la Catedral, Gog y Magot, estaban ahora en el adarve, haciendo el papel de simples soldados.

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

Foto de Victorfliscorno en Pixabay

 

Cuando el Barón Dandi terminó de hablar, se sentó en una especie de trono, algo elevado, que había colocado en un lateral de la plaza. Imagino que esperaría el aplauso del público, pero en lugar de eso se produjo un silencio incómodo que el propio villano rompió accionando un casete que tenía al lado. Por la megafonía sonó a todo volumen la musiquilla de Cortilandia, Cortilandia. Y entonces la vi. El truhán tijereteaba mi dentadura postiza con su mano derecha, llevando el ritmo de aquella melodía del demonio como si mis dientes fueran unas castañuelas.

Me miró, o eso juraría, antes de bajar un interruptor que tenía a sus pies. Supe que había encendido un enorme foco a mis espaldas porque mi silueta angelical se dibujaba ahora en la Muralla de Ávila. Pero sobre todo lo supe por el terrible calor que empecé a notar a mis espaldas. Al cabrón se le dibujó una sonrisa de puro gusto: pensaba asarme muy lentamente hasta acabar conmigo. Más malo que la carne del pescuezo.

Pensé que debía ser una ocurrencia de Vitorio, ya que su hija se ganaba la vida instalando la iluminación de todo tipo de espectáculos, sobre todo de circo. Lo recuerdo porque siempre estaba diciendo que su pequeña tenía muchas luces y que era la luz de su vida, y chascarrillos así todo el día. Siempre ha sido muy cargante.

Estaba todo perdido y solo quedaba esperar a que ese calor que me abrasaba la espalda terminara lo antes posible con mis carnes morenas. Ya estaba hablando con mi Arsenia, diciéndole que dentro de muy poco volveríamos a estar juntos, que me hiciera un hueco por allí, cuando aparecieron ellas soltando mandobles a diestro y siniestro.

Las monjas de mi residencia salían de todos los rincones y sus hábitos hondeaban entre patadas, puñetazos y saltos imposibles. No atacaban a las personas, claro, solo a las figuritas de aquel belén macabro, que estallaban en pedazos con cada porrazo. Incluso una de las sores trepó por la Muralla con la agilidad de una araña para derribar a trastabiyazos a Gog y Magot. ¡Con qué rasmia atizaban!

El Barón Dandí intentó impedírselo, pero el desgraciado no les duró ni medio asalto. La que debía ser la Madre Superiora le arreó una patada voladora que le hizo saltar todos los dientes, los suyos y los míos. Quedó tirado en el suelo, inconsciente al momento, mientras el aire arrastraba uno de sus fulares como si fuera un globo en la Fiesta de La Santa.

Me emocioné mucho al pensar que me estaban salvando, pero las lágrimas se me secaron (San Crispín, qué sofoquina pasé ahí dentro) al comprobar que no venían a por mí. De hecho, se fueron igual que llegaron y nos dejaron a mi burro y a mí pendulando como dos almas en pena. Luego pensé en el concurso de belenes que organiza el Ayuntamiento, el que todas las navidades gana mi residencia. Parecía que las monjas no estaban dispuestas a perder este año; así se las gastan ellas.

Me estaba socarrando vivo y perdí la consciencia en algún momento. El caso es que cuando volví en mí noté que me estaban bajando de aquellas alturas, aunque, como la cabina quedaba a mi espalda, no era capaz de ver quién manejaba la grúa. Solo al tomar tierra me di cuenta de que eran Luchi y Mariano, dos buenos amigos de la calva, que venían a salvarnos a mi burro (también le habían embadurnado en yemas y andaba con algo de relochera) y a mí.

Aún desde dentro del molde, les di las gracias.

– No nos las des a nosotros. Solo hemos hecho lo que nos ha dicho Vitorio.

Me explicaron que el Barón Dandí había secuestrado a su hija para hacer toda la instalación de luces del belén y que el muy truhán obligó a Vitorio a traicionarme si quería volver a ver a su heredera con vida.

– No se atreve a volver a verte, Fructoso. Dice que no es digno de tu amistad.

Ya arreglaría todo esos jaleos con Vitorio. Ahora lo importante era recuperar líquidos y no se me ocurría mejor cosa que hacerlo con la familia. Les iba a pedir que me sacaran de aquella carcasa angelical y que me llevaran con mi hija, pero entonces apareció la Dulcinea y su vozarrón.

– Yo me encargo de él, chicos.

Y con ella me dejaron. La mujer me arrojó tal y como iba encima del burro, que ya empezaba a recuperarse, y después de trabarme con una cuerda de alpaca que sacó del escote, nos arreó a los dos hacia su casa. Me fijé en que había recogido del suelo mis dientes y se los pasaba de una mano a la otra, jugueteando con ellos como si fueran una patata caliente. Le intenté convencer de que me sacara de aquel armazón en el que me había metido el Barón Dandi, pero no hacía más que reírse y decirme que ya me desempaquetería en privado, poco a poco y por partes, que por lo visto unas partes le interesaban más que otras.

– Si no me sueltas de aquí no podré hacerte nada, guapa –dije utilizando todo mi sex appeal para hacerle entrar en razón.

– ¿Cómo que no? –dijo mientras se daba mordisquitos en el culo con mi dentadura postiza.

– FIN –


En capítulos anteriores:

Capítulo 10: Corazones de piedra

[Viene de Capítulo 9: De sueños y venganzas]

– Abejarruco llamando a Carbonero Común.

Algo me gritaba por la zona de la entrepierna

– Abejarruco llamando a Carbonero Común, rediós.

Tenía que ser el pesado de Vitorio, que siempre ha sido un simple y un cansino, y se empeñó en ponernos nombres en clave. Era mejor responderle rápido porque no iba a parar hasta que le dijera algo. Saqué el walkie-talkie del bolsillo de pantalón.

– ¿Qué quieres, joder?

– Di “corto y cambio”.

– Cállate un poquito y dime que narices quieres, mangurrián.

– Creo que el Barón Dandi está aquí… y va a intentar robar el
de la Puerta de Alcázar. Ven rápido. Te espero por donde la calle de la Vida y la Muerte.

– Voy para allá. No hagas nada, ¿eh?

– Una cosa más, Carbonero Común.

– ¿¡QUÉ!?

– No vengas con el traje de Vetusto Man que me lo espantas. Vente de paisano.

Salí corriendo hacia la plaza de Banco de España. Yo estaba echando un ojo al verraco que hay a la puerta del Palacio de los Verdugo, así que no tarde ni dos minutos en plantarme donde estaba Vitorio. Como mucho tres porque tuve que parar a quitarme la capa, las botas, la boina de incógnito y mis armas mortíferas, y dejarlas escondidas debajo de un coche.

Verraco

Cuando llegué, me señalo una sombra que, a unos 10 metros del animal de piedra, andaba en pequeños círculos. Parecía nervioso. Desde donde estábamos escondidos, tras el esquinazo de la calle de la Vida y la Muerte con Don Gerónimo, no podía verlo bien. Además, estaba cansado. Era la cuarta noche que nos pasábamos en vela el Vitorio y un servidor, con los walkie-talkie en ristre, de ronda por la ciudad para controlar que no nos tocaban los verracos.

La patrulla la completaban mi burro, a quien dejaba libre toda la noche con la esperanza (es más listo de lo que parece) de que nos ayudara en la tarea. Había mucho que vigilar: los que hay dentro del almacén del Museo Provincial y de la Diputación, varios repartidos por la Muralla (¿se atrevería a perforar nuestra querida Muralla?), alguno que había quedado para decorar rotondas… El Barón Dandi podía elegir.

Y ahora teníamos a un sospechoso rondando uno de esos bichos de piedra en plena madrugada, dando vueltas a su alrededor como un sereno, sin quitarle ojo en ningún momento. La verdad es que el serrano parecía alto y delgado, como dice la copla que cantábamos de niño. Pero resultaba imposible verle la cara porque se protegía del frío con un llamativo fular.

– Es él –le dije a Abejarruco Sentado–. Me cagüen en la burra balán; es él.

– ¿Cómo lo sabes?

– Su escudo, ¿te acuerdas? Lo que siempre pone encima de la firma: dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores.

Pensé en arrogarle un marro desde allí mismo, pero había dejado las armas y el traje tirados por ahí. Cogí un pedrolo del suelo y, cuando estaba dispuesto a tirárselo directo a la cabeza, el Vitorio me paró los pies.

– ¿Qué haces, animal? ¿Y si no es él? A su tiempo maduran las brevas. Tenemos que esperar a que intente robar el verraco para estar seguros y no desgraciar a un pobre inocente por llevar un fular.

Justo en ese momento apareció por la puerta del Alcázar un camión grúa. Casi parecía que la muralla se tragaba aquel vehículo de lo justo que entraba. Avanzaba muy despacio y con muchas maniobras. Luego se metió hasta la fuente, bordeando la fachada del Banco de España, se dio la vuelta y siguió marcha atrás hasta el verraco.

El conductor se bajó del camión y fue recibido por el sospechoso de los fulares, que se acercaba así, ya sin complejos, hasta su víctima de piedra. Al instante habían llenado al verraco de cadenas y lo subían al camión como si fuera un jamón de recebo.

– ¿Ahora ya podemos ir a por ellos, no? Pinta de ángelitos no tienes –le dije a Vitorio mientras me remangaba.

– Claro, sin piedad. Yo iré por delante y los distraeré. Tú vas por detrás, recuperas el verraco y les atacas, que para algo te pico la medusa.

Cuando llegamos hasta allí ya se montaban los dos malandrines en la cabina para marcharse con su botín. Era sorprendente lo rápido que lo habían hecho todo. El camión empezó a moverse, pero se paró después de avanzar un puñado de metros porque apareció Vitorio frente a él. No sé qué paparruchas les contó (no le entendía desde donde yo estaba), pero consiguió que el vehículo se parara.

Siguiendo el plan trazado, fui por la retaguardia. Subí a la caja y liberé al verraco de sus cadenas. Estaban pringosas, pero con la adrenalina del momento no le di importancia. Luego intenté trincar al animal del pescuezo para bajarlo al suelo. Sin embargo, se me resbalaba como un pez untado en manteca por culpa de esa misma porquería que lo envolvía todo. Además, las fuerzas empezaban a fallarme, así que era fácil imaginar de qué sustancia se trataba.

– Me he gastado 20 cajas de yemas para embadurnarlo bien todo, amigo. No digas que no me he tomado molestias en acabar contigo.

El Barón Dandi me hablaba desde el techo de la cabina, observándome con curiosidad. Se había abierto la gabardina para dejar entrever un chaleco floreado.

– Pobrecillo. No tienes armas, ni fuerzas, ni veneno, ni ventosas, ni nada: reducido a una viejo enfermo en cuestión de segundos –continuó mientras bajaba a donde yo estaba y empezaba a atarme con unas cuerdas también pringosas-. Desde aquella vez que te visité en la residencia con el otro… ¿No te acuerdas? Desde ese día me pareció muy curioso la reacción que provocan en ti las yemas de Ávila. Muy curioso, sí señor.

Trate de recordar, pero… ¡San Crispín, cómo me dolía la cabeza! Intenté escupirle con desprecio, pero ni eso pude. El hilillo de baba se me quedó colgando de la barbilla y la dentadura postiza se me calló el suelo. Él se descojonaba.

– La medusa es el único bicho capaz de estropear un bonito día de playa, ¿te has dado cuenta? Hasta los niños quieren acabar con vosotros y os dan caza con una sacadera y un cubito. Nadie os quiere, tengo que ser sincero contigo. Intenté avisar a la ciudadanía voceando tus trapos sucios a la prensa, de verdad que lo intenté con todas mis fuerzas.

– ¿Cómo sabias tantas cosas sobre mí? –solté entre resuellos. Me costaba mucho hablar, pero tenía que tirarle de la lengua para ganar tiempo. Aún quedaba un motivo para la esperanza.

– Uno tiene sus fuentes, ¿sabes?

Noté que alguien por detrás me empezaba a poner unas cadenas. Intenté darme la vuelta para verle la cara, sin resultado porque rápidamente me prendieron al gancho de la grúa y me subieron unos metros. Hasta que no estuve allí arriba, como un pimiento en una romana, no vi a Vitorio. El muy sinvergüenza, más falso que una mula romera, era incapaz de levantar la vista del suelo. El Barón Dandi le daba cachetadas cariñosas en el hombro mientras lanzaba su risa malvada.

– Os recomiendo que acabéis conmigo ahora mismo, porque ni cien inútiles como vosotros pararán a mi asno cuando se entere de esto… y no tardará mucho –les dije de pura rabia, enseñando mis cartas como un idiota.

– Ya, tu pobre burro… –respondió mi archienemigo–. Déjanos a nosotros encargarnos de tu pobre burro.

Luego debió de darme un soponcio o algo así porque todo se volvió negro y sueño.


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