Sobre este blog

Cuentan los cronistas que antes de abandonar la ciudad camino de alguna de sus fundaciones, Teresa de Cepeda y Ahumada, que pasaría a la historia como Santa Teresa de Jesús, sacudió el polvo de sus sandalias en un pequeño humilladero del camino mientras afirmaba que de Ávila, la ciudad que la vio nacer, no quería ni el polvo. Ese pequeño humilladero aún existe – los abulenses lo llamamos “Los cuatro postes”, apenas cuatro columnas dóricas protegiendo una cruz de granito – y esta anécdota de unas de las abulenses más conocidas a nivel mundial es un prematuro reflejo de un sentimiento presente hoy en día en el corazón de muchos abulenses.

Para definir nuestra relación con Ávila no hay nada mejor que imaginarse la muralla. Encantados de tenerla y de verla, orgullosos de ella, sintiéndonos agusto cobijados en su interior. Y sin embargo, la misma muralla sirve de metáfora de lo que nos hace a veces sacudirnos la zapatilla… el inmovilismo pétreo y la rigidez de la ciudad, la sensación de que es imposible sacudir sus cimientos. La Muralla, con mayúscula, es una corona pétrea que asfixia pero no ahoga, que encierra más que protege. Ser abulense es una sensación de pertenencia que nos aflige por propia. Una relación de amor-odio con las cuestas que nos vieron crecer y con los adoquines donde nos descarnamos las rodillas. Una patria chica más madrastra que madre.

Desde esos cuatro postes en los que Teresa se sacudía el polvo, se tiene una de las vistas más bonitas de la ciudad. Esa panorámica, la imagen de la vieja ciudad sobre la colina, cayendo por sus extremos como si estuviese colocada a horcajadas de alguna gigantesca cabalgadura, como diría Delibes, es, posiblemente, la imagen de Ávila más celebrada por pintores, artistas, visitantes y abulenses. También es, y esto es importante, un punto de observación privilegiado, una atalaya. Estás fuera de la ciudad, incluso alejado de ella, pero la perspectiva te coloca dentro de la muralla, a la altura de las calles estrechas y empinadas del casco antiguo. Intramuros pero extramuros.

“Los 4 palos”, denominado habitual del enclave para turistas y visitantes despistados, no tiene la intención de ser un ariete, permítannos dudar de ser siquiera una palanca. Ávila es como ese familiar al que tanto criticas pero que defiendes a muerte cuando ves que lo atacan. “Los 4 palos” quiere dar voz, opinión, imagen y presencia a las diferentes realidades de la ciudad que no siempre tienen el espacio que se merecen en los medios tradicionales. Existen otras ideas y visiones que siempre desde el respeto y alejadas del dogmatismo, procuraremos reflejar desde la óptica de cada uno de los integrantes de esta página. Hay cientos de ciudades a ambos lados de la muralla y esta pretende ser una más; un espacio crítico pero constructivo donde hablar de todo; un blog realizado por abulenses sobre Ávila. No pretendemos ser un medio de comunicación, aunque alguna de nuestras plumas se muevan en ese mundo. Esto no deja de ser una página personal donde daremos un repaso a la actualidad desde nuestro particular, humilde y desinformado punto de vista.

Por cierto, permítanme dudar de que la escena de más arriba, la menuda Teresa sacudiéndose el polvo a los pies de los Cuatro Postes, repudiando símbólicamente a la ciudad, sucediese alguna vez. Ávila es parte del alma de todos los abulenses. Para bien o para mal, y desde esa relación tan abulense de amor-odio hacia sus muros, sus cantos y sus santos; Ávila es Ávila y siempre será Ávila.

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