Cerdos andando solos por las calles

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Hubo un tiempo en que los cerdos andaban solos por las calles. Y no me hagan la gracia de que ahora también hay mucho marrano suelto por ahí, paseando libremente. No hablo de eso. Me refiero a un época en la que cada vecino tenía su guarro y había una ganadero en el pueblo que se encargaba de sacarlos a pasear a todos al mismo tiempo, a veces también con las cabras y otros animales del común. El pastor se hacía cargo de esa manada vecinal (creo que el nombre exacto es “vecera”) durante todo el día. Al anochecer regresaba y los animales “entraban gruñendo por las calles, cada uno a su pocilga”. Hubo un tiempo, ya digo, en que los cerdos andaban solos por la calle y lo hacían “armando escándalo, chillando mucho”.

“Cuando echabas un marrano nuevo al ganadero, como no sabía ir ni nada, era una pejiguera y costaba trabajo llevarle; había que ir dándole despacio con una mimbre para que fuera aprendiendo, y preguntar al marranero por qué camino iba a volver por la tarde, para irle a buscar a la entrada y enseñarle llegar a casa. Luego ya aprendía y al cabo de unos días volvía solo, y si encontraba la puerta cerrada pues se esperaba allí, gruñendo y hocicando”.

La piara correteando por el pueblo. Tu cerdo esperándote en la puerta de casa a que vuelvas. La historia parece sacada de ‘Amanece que nos es poco’ o de alguna novela de García Marquez. Pero no es ninguna historia, es el pasado de nuestros pueblos. Una época no tan lejana en el tiempo que, sin embargo, nos queda a años luz de nuestro mundo actual.

De los achaques y quehaceres de esos días va el libro que acaba de publicar el abulense Carlos Sánchez Pinto en la Editorial Caldeandrín. ‘Estampas color sepia’ es un repaso a las profesiones, lugares, personajes y costumbres que el autor recuerda de su infancia. Por eso se desliza entre las páginas el niño que fue, mirándolo todo con los ojos muy abiertos.

De Carlos Sánchez Pinto, y sobre todo de su hermano, ya escribí por aquí en otra ocasión. Este escritor de Salvadiós, con más de treinta premios literarios a sus espaldas –algunos tan importantes como el Ateneo Ciudad de Valladolid (1978) o el Ciudad de Badajoz (2005)–, “posee una rara habilidad para encontrar en los temas etnográficos, preferentemente rurales, la fórmula para hacer que transciendan hacia el discurso literario con naturalidad, sin la afectación que es frecuente encontrar en intentos de esta clase”, dice su editora, Mayda Anias.

Humor y nostalgia van de la mano en esta delicia de libro. El autor nos avisa desde la primera página: “El tiempo todo lo destruye”. Y, de hecho, poco queda de lo que él nos cuenta. Cada capítulo, de muy corta extensión, se dedica a una profesión, un lugar o un personaje, ya sean los esquiladores, la taberna o el pobre del cencerro –que “pedía como con autoridad”, sin decir una palabra pero sacudiendo el cencerro con una violencia soterrada–, que el abandono ha convertido en escombros.

Había por aquel entonces, me refiero a cuando los cerdos andaban solos por la calle, gente que vivía de arreglar cosas. Fíjense qué locura. El hojalatero, por ejemplo, que te apañaba todo clase de cachaaaaaarrrros y anunciaba su presencia a gritos. “De loooooza, porcelaaaaaaana, de latón. Pucheeeeeros, cazueeeeelas, sarteeeeeeenes”.O el silletero, que “trabajaba con serrucho de costilla y limatón; con tenazas y martillo de orejas; con cuchilla y majadero para ajustar la espadaña; y tenía una garlopa que era un capricho”.

Estas y otras muchas palabras casi olvidadas –acial, ringorrangos, motila, cijas, mela…– recorren el libro y sus recovecos. Las historias se nos aparecen como textos puramente descriptivos, pero bajo ese disfraz de máxima sencillez asoma una prosa brillante y muy cuidada, capaz de dibujar el mundo de su infancia con un par de trazos; capaz de retratar un jardín tan solo diciendo que “en los veranos andaban por allí los pajarillos nuevos aprendiendo a volar”. Aquí el queso tiene “un trasunto de hierba y de redil en campo abierto”. Y el aire siempre quebraba en la esquina de Garriche. Y las ovejas sienten un extraño pudor animal cuando se las esquila, como si se avergonzaran de sus cuerpos.

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