¿Qué sabes de Vicente Sánchez Pinto?

Lo del reloj y Cortázar. Seguro que ustedes ya saben. “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”. Algo parecido ocurre cuando te hacen entrega de un libro, que te obsequian “un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo”. Y la obligación, qué menos, de leerlo.

Debí de desconfiar cuando le vi llegar con ese libro en la mano. Pero habíamos quedado para tomar café y uno se relaja en esas situaciones. Se esperó al final, lo dejó para el último momento, como ocurre siempre con las emboscadas. “Para ti”, supongo que dijo tras acercarme el ejemplar en cuestión, que parecía reptar por la barra del bar por voluntad propia.

Comparto apellido con el culpable de todo esto: Juan de la Cruz Mayo Garcinuño (aquí su blog). Cuando me quise dar cuenta, tenía en mis manos un libro de Ediciones Destino de 1979. Ni el título ni el autor me sonaban de nada: ‘Las adivinaciones’, de Vicente Sánchez Pinto. En la primera frase de la solapa se señalaba que el autor nació “en un pueblecito de la provincia de Ávila”, sin dignarse a nombrar cuál de todos. Y tenemos unos cuantos. También se decía que la novela había obtenido “una brillante clasificación en la votación del Premio Nadal de 1978”

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Parece que la primera obra de Sánchez Pinto fue un libro de poemas. Trasteando después por Google, vi que esa ópera prima fue ‘Las horas perdidas’ (1969) y que fue publicada por la colección de poesía El toro de granito, el proyecto editorial de Jacinto Herrero.

También se señala en la solapa que posteriormente sacó a la luz una novela larga, ’Los espejos del tedio’ (Ediciones Luis de Caralt, 1971), “recibida elogiosamente por la crítica”. “Y ahora se adelanta a las primeras filas de la novelística española con ‘Las adiviciones’”, añaden en referencia a la trayectoria de este licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca (pocos datos más se aportan, a parte de su formación universitaria).

Como decía, puse el nombre de Vicente Sánchez Pinto en Google. Hay varias páginas en las que se venden algunos de sus libros (los tres ya señalados, solo esos tres) y prácticamente nada más. Sí encontré una mención en un artículo de El País de 1986 dedicado a los Premios Nadal. Se refieren al escritor abulense como el “autor de aquel magnífico ‘Las adivinaciones’, que fuera finalista del premio hace años”.

Poco más conseguí, la verdad. Por eso abordé a Julio Collado, una tarde para preguntarle sí sabía algo de Vicente Sánchez Pinto. Y sí, sí lo conocía. O más bien conocía a su hermano, Carlos, un excelente escritor de cuentos, me dijo. Y otro dato realmente importante: ese “pueblecito de la provincia de Ávila” era Salvadiós.

Saber más de Carlos Sánchez Pinto fue fácil, sobre todo porque cuenta con una página web con mucha información. Descubrí por casualidad que Vicente fue finalista del Premio Nadal una segunda vez, en 1985, por la obra ‘Los desiertos del amor’, una novela que nunca llegó a publicarse. En siete años, dos finales del Premio Nadal (más tarde sabría que fueron más veces… tres o cuatro; es difícil saberlo con seguridad). Después, el silencio literario más absoluto.

Carlos Sánchez Pinto

Carlos Sánchez Pinto

 

A estas alturas, he de reconocerlo, ya estaba totalmente enganchado a una historia que iba reconstruyendo a brochazos. Cada nuevo detalle que conseguía, cada aportación, me despertaba aún más curiosidad, igual que un Detective Salvaje persiguiendo a Cesárea Tinajero o a Benno von Archimboldi (si aman a Bolaño lo entenderán). Por cierto, que Vicente era sacerdote y también militar, en concreto, coronel.

Volvamos a Carlos Sánchez Pinto. Conseguí contactar con él a través de Caldeandrín Ediciones, la editorial abulense que publicó su último libro en noviembre de 2017 con el título de ‘Estampas color sepia’ (dedicado al poeta Jacinto Herrero, de nuevo sale su nombre… y no será la última mención).

En esa primera conversación telefónica y en algún mail que nos cruzamos posteriormente, me habló de su hermano, de cuya muerte, según me dijo, se cumplían exactamente tres años. Lo que me carcomía por dentro era saber por qué dejó de publicar después de tres libros que habían llegado tan lejos. “Quizá lo dejó por aburrimiento, porque conocía el panorama literario y supo que ni editores ni lectores merecían su esfuerzo, su lucha por alcanzar la máxima perfección”, me respondió.

“No quiso, como le aconsejaron más de una vez, descender a la mediocridad para ver sus escritos en letras de molde, volúmenes transportados en pallets y vendidos a peso en supermercados y grandes almacenes”. Desde luego, la prosa que despliega en ‘Las adivinaciones’, el único libro que tengo en mis manos, no es sencillo. Su escritura es tan bella como onírica, precisa pero dilatada, desplegada a través de largas frases e interminables párrafos que no divide en capítulos. Es un torrente de emociones que exige un esfuerzo extra por parte del lector.

Carlos me habló de otros de libros de su hermano. ‘Las horas perdidas’ es, según sus palabras, un “poemario tan sincero que raya en la confesión, con poemas dedicados a don José Luis López Aranguren y a don Alfonso Querejazu, un personaje muy conocido en Ávila con el que Vicente vivió y al que consideró siempre su forjador, de manera que en uno de sus poemas asegura: “Le debo todo, amigos, / a pesar del recuerdo; / pues por deber, diría / que hasta el alma le debo”.

Siempre llevó a su tierra en la boca y en la pluma. De hecho, ‘Los espejos del tedio’, publicado por una editorial catalana, es un recorrido y un homenaje a Ávila. Luego llegaron otras muchas obras, la mayoría inéditas: ‘Cuaderno apócrifo de Bernabé’, ‘El oscuro laberinto’, ‘Los desiertos del amor’ (ya mencionada), ‘El río del olvido’… Es difícil saberlo con exactitud porque Vicente, según cuenta Carlos, corregía sus novelas e incluso las cambiaba el título. En cualquier caso, él calcula que entre 1979 y 1985 su hermano fue finalista del Premio Nadal entre tres y cuatro ocasiones. Se empeñó en ganarlo, pero no lo consiguió. Y ese fue, probablemente, uno de los motivos que provocó que se cansara del mundo que rodea a la literatura.

Se mostró extrañado porque, a estas alturas, alguien se preocupara por la obra de su hermano. “A buenas horas mangas verdes, hubiera chanceado él –me dijo–. Muertos don Cándido Ajo, su máximo admirador, Jacinto Herrero y Domingo Emilio Rodríguez Almeida, pensaba yo que ya no nos quedaban amigos en Ávila”.

“Hemos vivido siempre juntos [los últimos 50 años, en tierras valencianas], pero nuestro discurrir literario ha ido paralelo, aunque a veces hasta los amigos dudan de la autoría, suya o mía, de algún pasaje. Yo siempre estuve convencido de que Vicente escribía incomparablemente mejor, como es lógico, pero él aseguraba que yo lo hacía ‘con mejor fortuna’, puesto que comencé ganando premios que él no pudo obtener, y que mis escritos tenían para el lector una ‘encarnadura’ que él no conseguía en los suyos”. Y añade: “Tenía una extensísima biblioteca, casi toda en francés, que una camioneta se llevó al Museo Diocesano de Ávila”.

NOTA: Pinchando aquí puedes escuchar la entrevista que realicé a Carlos Sánchez Pinto en Cadena Ser Ávila.

Vicente Sánchez Pinto

Vicente Sánchez Pinto

 

 

 

3 Responses to ¿Qué sabes de Vicente Sánchez Pinto?

  1. Guillermo B. says:

    ¡Enorme, Pablo! Tengo que indagar, porque tengo familia en Salvadiós, y apellidada Sánchez, no sea que al final tenga gotas de sangre literaria en mis ineptas venas…

  2. Juan de la Cruz Mayo Garcinuño says:

    Yo también he encontrado un mirlo blanco: alguien a quien regalar libros que se lee concienzudamente. Pablo, exudas gentileza por todos los poros. Pero también quiero que sepas que has conseguido que me entre cargo de conciencia porque yo no le hice justicia a ese libro.
    De todos modos ten cuidado: la próxima vez que te vea te mereces que te regale otro libro, eres un lector fecundo.

  3. Pingback: Cerdos andando solos por las calles | Los 4 palos

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