Capítulo 10: Corazones de piedra

[Viene de Capítulo 9: De sueños y venganzas]

– Abejarruco llamando a Carbonero Común.

Algo me gritaba por la zona de la entrepierna

– Abejarruco llamando a Carbonero Común, rediós.

Tenía que ser el pesado de Vitorio, que siempre ha sido un simple y un cansino, y se empeñó en ponernos nombres en clave. Era mejor responderle rápido porque no iba a parar hasta que le dijera algo. Saqué el walkie-talkie del bolsillo de pantalón.

– ¿Qué quieres, joder?

– Di “corto y cambio”.

– Cállate un poquito y dime que narices quieres, mangurrián.

– Creo que el Barón Dandi está aquí… y va a intentar robar el
de la Puerta de Alcázar. Ven rápido. Te espero por donde la calle de la Vida y la Muerte.

– Voy para allá. No hagas nada, ¿eh?

– Una cosa más, Carbonero Común.

– ¿¡QUÉ!?

– No vengas con el traje de Vetusto Man que me lo espantas. Vente de paisano.

Salí corriendo hacia la plaza de Banco de España. Yo estaba echando un ojo al verraco que hay a la puerta del Palacio de los Verdugo, así que no tarde ni dos minutos en plantarme donde estaba Vitorio. Como mucho tres porque tuve que parar a quitarme la capa, las botas, la boina de incógnito y mis armas mortíferas, y dejarlas escondidas debajo de un coche.

Verraco

Cuando llegué, me señalo una sombra que, a unos 10 metros del animal de piedra, andaba en pequeños círculos. Parecía nervioso. Desde donde estábamos escondidos, tras el esquinazo de la calle de la Vida y la Muerte con Don Gerónimo, no podía verlo bien. Además, estaba cansado. Era la cuarta noche que nos pasábamos en vela el Vitorio y un servidor, con los walkie-talkie en ristre, de ronda por la ciudad para controlar que no nos tocaban los verracos.

La patrulla la completaban mi burro, a quien dejaba libre toda la noche con la esperanza (es más listo de lo que parece) de que nos ayudara en la tarea. Había mucho que vigilar: los que hay dentro del almacén del Museo Provincial y de la Diputación, varios repartidos por la Muralla (¿se atrevería a perforar nuestra querida Muralla?), alguno que había quedado para decorar rotondas… El Barón Dandi podía elegir.

Y ahora teníamos a un sospechoso rondando uno de esos bichos de piedra en plena madrugada, dando vueltas a su alrededor como un sereno, sin quitarle ojo en ningún momento. La verdad es que el serrano parecía alto y delgado, como dice la copla que cantábamos de niño. Pero resultaba imposible verle la cara porque se protegía del frío con un llamativo fular.

– Es él –le dije a Abejarruco Sentado–. Me cagüen en la burra balán; es él.

– ¿Cómo lo sabes?

– Su escudo, ¿te acuerdas? Lo que siempre pone encima de la firma: dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores.

Pensé en arrogarle un marro desde allí mismo, pero había dejado las armas y el traje tirados por ahí. Cogí un pedrolo del suelo y, cuando estaba dispuesto a tirárselo directo a la cabeza, el Vitorio me paró los pies.

– ¿Qué haces, animal? ¿Y si no es él? A su tiempo maduran las brevas. Tenemos que esperar a que intente robar el verraco para estar seguros y no desgraciar a un pobre inocente por llevar un fular.

Justo en ese momento apareció por la puerta del Alcázar un camión grúa. Casi parecía que la muralla se tragaba aquel vehículo de lo justo que entraba. Avanzaba muy despacio y con muchas maniobras. Luego se metió hasta la fuente, bordeando la fachada del Banco de España, se dio la vuelta y siguió marcha atrás hasta el verraco.

El conductor se bajó del camión y fue recibido por el sospechoso de los fulares, que se acercaba así, ya sin complejos, hasta su víctima de piedra. Al instante habían llenado al verraco de cadenas y lo subían al camión como si fuera un jamón de recebo.

– ¿Ahora ya podemos ir a por ellos, no? Pinta de ángelitos no tienes –le dije a Vitorio mientras me remangaba.

– Claro, sin piedad. Yo iré por delante y los distraeré. Tú vas por detrás, recuperas el verraco y les atacas, que para algo te pico la medusa.

Cuando llegamos hasta allí ya se montaban los dos malandrines en la cabina para marcharse con su botín. Era sorprendente lo rápido que lo habían hecho todo. El camión empezó a moverse, pero se paró después de avanzar un puñado de metros porque apareció Vitorio frente a él. No sé qué paparruchas les contó (no le entendía desde donde yo estaba), pero consiguió que el vehículo se parara.

Siguiendo el plan trazado, fui por la retaguardia. Subí a la caja y liberé al verraco de sus cadenas. Estaban pringosas, pero con la adrenalina del momento no le di importancia. Luego intenté trincar al animal del pescuezo para bajarlo al suelo. Sin embargo, se me resbalaba como un pez untado en manteca por culpa de esa misma porquería que lo envolvía todo. Además, las fuerzas empezaban a fallarme, así que era fácil imaginar de qué sustancia se trataba.

– Me he gastado 20 cajas de yemas para embadurnarlo bien todo, amigo. No digas que no me he tomado molestias en acabar contigo.

El Barón Dandi me hablaba desde el techo de la cabina, observándome con curiosidad. Se había abierto la gabardina para dejar entrever un chaleco floreado.

– Pobrecillo. No tienes armas, ni fuerzas, ni veneno, ni ventosas, ni nada: reducido a una viejo enfermo en cuestión de segundos –continuó mientras bajaba a donde yo estaba y empezaba a atarme con unas cuerdas también pringosas-. Desde aquella vez que te visité en la residencia con el otro… ¿No te acuerdas? Desde ese día me pareció muy curioso la reacción que provocan en ti las yemas de Ávila. Muy curioso, sí señor.

Trate de recordar, pero… ¡San Crispín, cómo me dolía la cabeza! Intenté escupirle con desprecio, pero ni eso pude. El hilillo de baba se me quedó colgando de la barbilla y la dentadura postiza se me calló el suelo. Él se descojonaba.

– La medusa es el único bicho capaz de estropear un bonito día de playa, ¿te has dado cuenta? Hasta los niños quieren acabar con vosotros y os dan caza con una sacadera y un cubito. Nadie os quiere, tengo que ser sincero contigo. Intenté avisar a la ciudadanía voceando tus trapos sucios a la prensa, de verdad que lo intenté con todas mis fuerzas.

– ¿Cómo sabias tantas cosas sobre mí? –solté entre resuellos. Me costaba mucho hablar, pero tenía que tirarle de la lengua para ganar tiempo. Aún quedaba un motivo para la esperanza.

– Uno tiene sus fuentes, ¿sabes?

Noté que alguien por detrás me empezaba a poner unas cadenas. Intenté darme la vuelta para verle la cara, sin resultado porque rápidamente me prendieron al gancho de la grúa y me subieron unos metros. Hasta que no estuve allí arriba, como un pimiento en una romana, no vi a Vitorio. El muy sinvergüenza, más falso que una mula romera, era incapaz de levantar la vista del suelo. El Barón Dandi le daba cachetadas cariñosas en el hombro mientras lanzaba su risa malvada.

– Os recomiendo que acabéis conmigo ahora mismo, porque ni cien inútiles como vosotros pararán a mi asno cuando se entere de esto… y no tardará mucho –les dije de pura rabia, enseñando mis cartas como un idiota.

– Ya, tu pobre burro… –respondió mi archienemigo–. Déjanos a nosotros encargarnos de tu pobre burro.

Luego debió de darme un soponcio o algo así porque todo se volvió negro y sueño.


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