Capítulo 9: De sueños y venganzas

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Él siempre había querido ser un superhéroe. Con pocos años, quizá siete, su tío, el hermano de su madre que se había ido a vivir a Madrid poco tiempo después de la guerra, le había regalado su primer cómic: “La Fortaleza de la Muerte con Ciclón el Superhombre”. Era una edición amarillenta y quebradiza de uno de los primeros tebeos de Supermán, rebautizado por la censura como Ciclón, publicados en España durante los años 40. Al parecer, se lo había regalado alguien del Ministerio —su tío trabajaba en uno de ellos, tal vez el de Agricultura— y a su primo Diego, cinco años mayor que él y un poco imbécil, no le había interesado demasiado.

Él, al contrario, devoró aquellas páginas con fruición, las releyó cientos de veces y memorizó cada uno de sus diálogos. Aquel fornido muchacho de capa azul y roja y calzoncillos negros llegado desde Crypton se convirtió en su mejor amigo, su héroe, el espejo en el que mirarse, un ejemplo a seguir. Aunque cada vez que su tío les visitaba, lo que sucedía de higos a brevas, no perdía ocasión de agradecerle su regalo, decirle lo mucho que le gustaba y rogarle, al borde del llanto, que le trajese más cómics, tardó años en conseguir un número nuevo de las aventuras de Ciclón, ya por entonces Supermán. No son fáciles de conseguir, le decía su tío mientras le frotaba la cabeza, ¿no prefieres alguna novela de Camilo José Cela? Dicen que “Tobogán de hambrientos” está muy bien, aunque no llegue a ser “La familia de Pascual Duarte”.

Pero él ya estaba mayor para toboganes, un poco fondón para encuadrarse entre los hambrientos y no tenía el menor interés en el tal Pascual o en su familia. Él quería tener superpoderes, volar, rescatar a damiselas en apuros, luchar contra el mal, salvar el mundo, levantar autobuses amarillos con sus propias manos y frenar trenes llenos de pasajeros al borde de un precipicio. Quería enamorar a la chica guapa, hacer rabiar a los malos, recibir los aplausos de la gente y lucir abdominales de impresión.

Cuando tenía 19 años, pocos meses después de empezar la universidad en Madrid, su madre decidió tirar su colección de tebeos a la basura. Estaban viejos, le dijo, algunos rotos, y ya eres mayor para estar leyendo estas tonterías ¡En qué día te regaló tu tío el primero!. Aquel día su madre había decidido acabar con su infancia y reciclar sus sueños. Nunca se lo perdonó, nunca lo olvidó.

Evidentemente, ahora todo aquello —su madre, su tío, sus primeros tebeos— quedaba muy lejos. Estaba contento con su vida. Tenía casi setenta años pero no los aparentaba. Estaba en buena forma física, tenía una familia que le quería y un trabajo que, aunque no tenía nada que ver con los superhéroes, le permitía trabajar para la gente, ayudarla, recibir su cariño y, a veces, algunos besos en las mejillas. También había malos a los que enfrentarse, aunque no se parecían mucho a los de los cómics.

Todo iba bien, estupendamente bien, mejor de los esperado, hasta que había aparecido ese vejestorio advenedizo, ese abrazafarolas con olor a naftalina, ese payaso y su sucio rucio. Cuando le llegaron los primeros rumores sobre ese que se hacía llamar Vetusto Man se lo había tomado con humor. Un viejo con demasiado tiempo libre y una sobredosis de viagra. No le dedicó ni dos minutos. Ya se aburrirá. Igual un catarro se lo lleva el próximo otoño. Nada de lo que preocuparse. Pero luego, cuando se enteró de que se dedicaba a arreglar aceras y terminar obras municipales, se volvió loco. ¿Qué pretendía ese entrometido? ¡Ese era su trabajo! ¿Quería robarle los aplausos que tanto le costaba provocar? ¿Qué haría él si no podía inaugurar siquiera una acera? Tenía que pararlo, defenestrarlo, arruinar su reputación, su carrera, arrancarle sus estúpido disfraz y devolverlo al asilo de la historia de donde hubiera salido. Y si no podía hacerlo nadie más, tendría que hacerlo él con sus propias manos. Ese estúpido Capitán Acueducto había resultado un fraude y mejor no decir nada de la inoperante policía municipal.

El Barón Dandi resopló, dejó su copa de Soberano en la mesa de caoba y se levantó de su sillón orejero de cuero. Su perro le miró desde su rincón pero no hizo amago de seguirle. Al pasar junto a la estatua de Suárez camino del jardín, le dio un cachete cariñoso en el culo metálico. “Tú sí que fuiste un superhéroe, Adolfo” dijo en voz alta. La luna brillaba en lo alto del cielo. El silencio era casi completo. La Palomilla, apoyada en el tronco de un fresno, cerca de los geranios de su mujer, parecía a punto de dedicarle un soneto a la claridad de la noche.

Aunque Vetusto Man había descubierto sus planes y había tenido la desfachatez de aparecer en el ayuntamiento subido a su pollino piojoso para anunciarlos a voz en grito, el Barón Dandi no estaba dispuesto a renunciar a ellos. Era mejor que él, algo más joven y mucho más listo. No tenía miedo de enfrentarse a él cara a cara. Estaba dispuesto a mancharse las manos, a arrañarse los nudillos y romperse alguna uña si era necesario. Paso a paso se acercó al cobertizo de jardín donde guardaba, lejos de miradas indiscretas, sus chalecos de flores y sus fulares.

Tenía que dejar en ridículo a ese viejo. Tenía que robar esos verracos.


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