Vuelta a España en siete festivales (3 de 3) Por Miguel Díaz

Sonorama Ribera (Aranda de Duero, Burgos, 9- 13 de agosto)
Es imposible hablar del Sonorama sin mencionar lo mucho que ha crecido el festival en los últimos años, al calor de su defensa del pop- rock de aquí, de su ambiente único, de los conciertos matinales en las plazas de Aranda, y en especial de la Plaza del Trigo, donde han forjado su leyenda algunos de los grupos indie que hoy gustan a la juventud. Y es que en las dos últimas ediciones esta afluencia masiva de público ha provocado momentos de incomodidad para los asistentes, en especial el jueves de esta 20ª edición, cuando tardamos más de media hora en salir del recinto, después de la actuación de Amaral. Problemas de tránsito que fueron (sólo parcialmente) solucionados el viernes y el sábado, pero que te hacen preguntarte si efectivamente se ha vendido el mismo número de entradas que otros años y, de ser así, si éstas son demasiadas o si habría que cambiar de ubicación viendo que el Recinto Ferial ya no da más de sí. O, incluso, y como se ha llegado a considerar, si para los conciertos de día en el pueblo sería conveniente pedir pulsera (aunque la viabilidad de esta propuesta es más que discutible).

En cualquier caso, ningún otro festival puede competir con Sonorama en las horas de música que te ofrece (conciertos desde las 12 hasta las 6:00), además de pinchadas, como las de la Plaza del Rollo, punto neurálgico de diversión diurna si quieres evitar los agobios de la Plaza del Trigo. Este año la organización puso un escenario más en con el fin, precisamente, de descongestionar dicha zona, cosa que se consiguió relativamente. Y es que hay determinado público que acude a Sonorama (por extraño que resulte) para ver a un único grupo. Grupo que ni siquiera estaba en el cartel.

Sonorama- La Habitación Roja

La Habitación Roja en el Sonorama

Este año, también, se ampliaba un día más el festival, celebrándose de miércoles a domingo. Una jornada, la última, con actuaciones en las plazas y en el camping (no en el recinto) y para la que se reservó a Camela, algo que me sorprendió, dado que anunciar al dúo de tecno- rumba había sido una de las bazas de marketing del festival. Sobre todo para que se hablara de él. De todos modos, desde aquí mi felicitación a los valientes que se quedaron en la zona de acampada desde el miércoles al lunes. Ni un Iron Man, oiga.

Un servidor llegó nada menos que el lunes a Aranda, pero con cama gratis (novia medio arandina) aguantar tantos días de fiesta resulta más fácil. Y si, además, estás literalmente a un minuto de coger una cerveza del frigorífico y bajártela a la Plaza del Rollo la logística sólo puede calificarse de perfecta. Igual que lo fue el miércoles, cuando todo estaba preparado para cenar y botellonear en el camping e ir (un año más sin disfrazar, mecachis) a la Fiesta de Presentación con Luis Brea y Varry Brava, entre otros. Ya entonces notamos cómo el festi ha crecido, y es que jamás había visto tanta gente el miércoles por esos lares. Brea dio un buen concierto, defendiendo canciones incontestables como “El verano del incendio”, “Nueva generación” y “Automáticamente”, todo un himno para los que nos dejamos caer por frecuencia por el madrileño Fotomatón. Varry Brava me parecen, sin embargo, demasiado livianos para tomármelos en serio, demasiado serios para ser un grupo divertido, aunque “Flow” tiene su punto. Después, uno se va al centro, donde hay pinchadas en el Central y Le Club (junto a La Tramoya, epicentro de la movida indie arandina). En Le Club estaban casi todos los amigos de Madrid (pinchadiscos y cohorte de colegas) a los que iría viendo más a lo largo de los días siguientes, para ver a Man Pop, que hizo una muy buena sesión pensando en todos los públicos. Momentazo personal: el “Black is black”, de Los Bravos, y es que ¿cuántas canciones españolas nos siguen haciendo bailar así 41 años después?

El jueves el menú (brunch, en este caso) empezaba ya desde las 12, junto a la calle María Pacheco, con el punk-rock de Estrogenuinas. Las salmantinas se mostraron como alumnas aventajadas del espíritu del 77 y de grupos como las Vulpes y Parálisis Permanente. Después, en la ya tradicional Plaza de la Sal, junto a la hermosa Iglesia de Santa María, Supertennis volvían a reivindicarse como fantástica banda de indie-pop de guitarras. Mientras, corría el rumor de que un tal Mikel era el “artista sorpresa” (concepto sobreutilizado por la organización) en la Plaza del Trigo. El gozo de los (las) fans acabó en profunda decepción cuando no fue la barba de su ídolo Mikel Izal la que apareció, sino el rostro de un veterano (¿y desconocido?) músico llamado Mikel Erentxun. Y es que a este festival, teóricamente epítome de lo mejor del pop- rock de aquí, acuden hoy en día miles de personas con un abanico musical poco amplio, de los que está sonando “Cien gaviotas” y te dicen: “Ah, pero esta canción es suya?”.

Momento para reponer fuerzas en el mejor bar de los situados en el epicentro de la fiesta, Las Cubas, y que durante estos días se afana en servir bocadillos y ¡cachis! de croquetas realmente espectaculares.

Por la tarde, y aunque me perdí casi todo el concierto de Nacho Vegas, tenía muy claro que tenía que cantar con mi amigo Marcos “La gran broma final”, que a la postre cerró la actuación. También en el escenario principal tuvo lugar el Concierto 20 años de Sonorama. Una banda dirigida por Charly Bautista se encargó de interpretar grandes éxitos e invitar a cantar al vocalista de la banda correspondiente. Fue un show autocomplaciente y desigual por definición, pero que disfruté por momentos. En especial las canciones menos obvias, como “Felicidad”, cantada por Lichis, o “Toro”, cantada por el siempre vacilón Deu de WAS y Marian de KUVE, además de dos grupos, de nuevo, con los que no soy objetivo: Niños Mutantes con “Errante” y La Habitación Roja con “Ayer”. Al final, Iván Ferreiro y Xoel López, quizá las dos grandes estrellas de lo que ahora se ha dado en llamar música indie, se unían para cantar “Turnedo”, y la palmadita final, con todos los artistas sobre el escenario, era para el propio Xoel y su “Que no”. Esta vez vi a Loquillo más lejos que en el Poetas del Rock, pero volví a dejarme la garganta, sabiendo que era, con diferencia, el mejor concierto que iba a presenciar. Dorian tuvieron muy mala suerte con el sonido, tanta que tuvieron que suspender. Y el frío, y los ya notorios agobios para movernos por el recinto, nos animaron a marcharnos y perderme de nuevo a WAS.

Con la casa llena de amigos, convertida ya casi en comuna hippie, no fue difícil despertarme el viernes para ver la descarga de clásicos del punk de Jeiter en la Plaza del Rollo, acompañada de gotas de power- pop (Barracudas), 60’s (The Kinks) o garage (The Sonics). Un gustazo empezar la segunda jornada de festival con semejantes temazos. Y prácticamente no me moví de allí, de la Plaza del (Buen) Rollo, y es que después pinchaban mis amigos de Pop de Aquí. Me llevo muchos recuerdos del Sonorama, pero uno de ellos tiene que ser el final de la sesión, con “Qué nos va a pasar”, de La Buena Vida, cantada (en exclusiva) por quienes estábamos en la parte derecha de la plaza, junto al toldo. Y es que esta pinchada, como el concierto de Los Planetas del sábado, puso de manifiesto el choque generacional (y musical) entre los que superamos la treintena (o la cuarentena) y quienes han crecido con otros referentes musicales.

Por la tarde, quedamos con un grupo de amigas que habían sacado entrada de día para ver a Fangoria. Después de escuchar a Coque Malla desgranando las canciones más populares de su (notable) último disco (la bonita “La señal”, “Lo hago por ti”), nos escapamos a la carpa para ver a los amigos de daDa2 Djs. Sin embargo, la hora –sólo las diez de la noche- y el solapamiento con Sidonie hizo que viniera a la pinchada menos público del que César y Silvia se merecen. Había que ir al escenario Aranda de Duero (el segundo en discordia) a coger buen sitio para Niños Mutantes, puesto que la ansiedad ya me poseía. Los granadinos abrieron con temas de “Diez”, su último disco, que aunque no es mi favorito del grupo sí tiene algunas canciones incontestables (“No continuar”). Las colas inexplicables en los baños me obligaron a ir fuera del recinto a mear, y perderme tres o cuatro canciones. Pero el cabreo con la organización del festival se me pasó cuando llegué a mi sitio y pude cantar, en la mejor compañía, “Todo va a cambiar”. Fangoria repitieron el concierto del Low con una respuesta igual de entusiasta del público, y aunque me apetecía mucho ver a Novedades Carminha, preferí coger buen sitio para el que ha sido, sin duda, mi grupo del verano, La Casa Azul. Y canté “Superguay” o “Siempre brilla el sol” con el mismo fervor con que las bailó, con su personal coreografía, mi amigo Juan Carlos. Pero la indignación me llegó cuando vi que cortaron el concierto del grupo después de apenas media hora. O eso me han dicho.

El sábado se presentaba con la categoría de “día grande”. En el escenario de la calle María Pacheco los zamoranos El Lado Oscuro de la Broca descargaban su intrincado shoegaze en castellano. Y en el triple solapamiento entre Diego Vasallo, la pinchada de los amigos de Los Perlas en la Plaza del Rollo y Él Mató a un Policía Motorizado, ya había decidido decantarme por los últimos. Y es que aún no había visitado el Escenario Charco, en una zona verde junto al río, perfecta para almorzar y escapar del fragor del centro de Aranda. Confieso haber escuchado muy poco el segundo disco de los argentinos, así que disfruté sobre todo el arreón final, con “Chica de oro”, “Yoni B” y la fantástica “Más o menos bien”, o cómo relativizar nuestros (casi siempre) insignificantes problemas.

El primer plato fuerte de la tarde era, sin duda, ver encima de un escenario a don Santiago Auserón acompañado de un grupo fundamental del territorio indie en los 90, Sexy Sadie. El cocktail no pudo empezar con mejor sabor, con Auserón cantando el “Annabel Lee” de Radio Futura. Tampoco faltaron temas de su “alter ego” Juan Perro (“A la media luna”, “Negril”). El propio Auserón presentó dos canciones de Sexy Sadie. Con “That’s the way I like it” salté como un loco, en especial con el pasaje de guitarras final, aunque “A scratch in my skin” no logró el mismo efecto. Como era de esperar, el público (con una media de edad considerablemente mayor al resto del festival) se vino totalmente arriba con “Veneno en la piel” y, sobre todo, “Escuela de calor”. Pero yo me quedo con “La estatua del jardín botánico”. El concierto de Lori Meyers se vio constantemente interrumpido por los problemas de sonido. En cualquier caso, en el Escenario Burgos Origen y Destino (el tercero en discordia) tenía una cita ineludible con las melodías y las guitarras de La Granja. Y es que fue una auténtica maravilla escuchar canciones que son la Biblia del power- pop en este país: “Persiguiendo una luz”, “Chap chap”, “Fuimos chicos rebeldes”, “La mala traición”, “Los chicos quieren diversión”…Y cantarlas (más bien berrearlas) entre amigos. Y es que éramos pocos, y un poco viejunos, pero, qué cojones, éramos unos privilegiados. Después, sucedió algo extraño en el escenario principal. Se iba a “cortar la tarta” del 20º aniversario con otro grupo sorpresa (sic). O no tan sorpresa para muchos, entre los que me incluyo. Y cuando empezaron a sonar los primeros porrazos de batería de “Segundo premio”, y comenzaron a lanzarse fuegos artificiales, y se corría la cortina para descubrir a Los Planetas, y yo entraba en éxtasis de felicidad, cientos de personas salían decepcionadas de las primeras filas, sin comprender lo que estaba pasando. Y es que cuestionar, en un festival pop- rock pero de fuerte poso (y origen) indie, que Los Planetas merezcan ser cabezas de cartel, demuestra que quizá algo se ha hecho mal o que alguna gente no se ha enterado de nada. Los granadinos estuvieron, esta vez sí, a la altura de la ocasión y eligieron sus mejores canciones. Y para coronar una noche cargada de emociones, me esperaban los mejores. Hasta nos habíamos hecho unas camisetas para la ocasión. Y si además empiezan con “La segunda oportunidad”, está claro que La Habitación Roja son el grupo de mi vida. El resto del concierto lo viví como siempre, en estado de sonrisa permanente, brazos en alto. Y también me alegré de ver la respuesta del público, y de que Jorge se venga arriba en el escenario y parezca casi un Morrisssey impersonator. Me alegré mucho también de entrar en la carpa y comprobar cómo la gente gritaba el nombre de unos amigos, Los Niños Terribles, después de una pinchada en la que se ganaron al público. Estábamos tan arriba, que hubo quien de pronto se vino abajo. Y fue mi chica, cuando vio que en el segundo escenario la sorpresa (¡malditas sorpresas!) no eran sus adorados Vetusta Morla.
El domingo estábamos absolutamente reventados, así que sólo destacaré dos momentos. El primero me lo llevo ya para los restos, y fue la pinchada que se marcaron Las Despechadas DJs en la Plaza del Rollo, haciendo bailar al público en todo momento (creo que sólo me sobró una canción de Calle 13, al resto de la pinchada le pongo un 11). Hubo quien se sorprendió de verme darlo todo con el “Crazy in love”, de Beyonce, pero un temazo es un temazo, y no sólo de indie vive el hombre, aunque “This charming man”, de los Smiths, volvió a sacar al hooligan energúmeno que hay dentro de mí. El segundo, fue el concierto de Tachenko en el camping. Y es que escuchar “Amable” es volver a la entrada del recinto del Contempopránea, a los mejores veranos de mi vida. Qué coño. Éste también ha sido uno de los mejores. Y no. No me quedé a Camela.

Lo mejor: La enorme (y diversa) oferta musical del festival. Si buscas fiesta, éste es tu sitio. El ambiente y buen rollo que se respira: a pesar de ser un festival grande, la predisposición para conocer gente nueva es la de uno pequeño. La posibilidad de disfrutar del vino y la espectacular gastronomía de la zona.

Lo peor: Sin duda, el exceso de público, tanto para salir como para transitar por el recinto. También se ha notado en los baños. La organización prohibió orinar en las vallas, pero a veces se entiende la desesperación de la gente. Y evidentemente no se puede hacer un test de idoneidad al público, pero la espantada con Los Planetas dio vergüenza ajena. Lamentablemente, muchos asistentes al Sonorama reúnen estos vicios del nuevo festivalero a los que me refería antes (ver crónica del Low Festival).

V de Valarés (Playa de Valarés, Ponteceso, A Coruña, 18- 19 de agosto)
El Sonorama (con su larga resaca) iba a ser mi último festival veraniego, pero a alguien que me quiere mucho se le ocurrió juntar a La Habitación Roja, Airbag y Los Planetas en un mismo cartel. O los tres grupos de aquí que nunca me cansaré de ver. Además, el festi, que llegaba a su 10ª edición, se celebra en un entorno único: la playa de Valarés, en plena Costa da Morte, rodeada de un pinar que muere en el agua.

Este año, sin embargo, la playa se ha reservado exclusivamente para los conciertos diurnos del sábado. Y al moverse los conciertos a otro recinto (también muy bonito), apenas 300 metros más arriba de la playa, también lo han hecho la zona de acampada y el parking. Así, cuando llegamos nos encontramos con que no podíamos pasar con el coche y tuvimos que aparcar bastante lejos, especialmente cuando tienes que llevar a cuestas una tienda de campaña, colchoneta, mochilas… Y si el “parking” era digno de un rally, la hierba de la zona de acampada no era mucho mejor, y es que ni siquiera había sido desbrozada para la ocasión. Éramos miles a media tarde del viernes los acampados, cuando descubro que ¡sólo hay dos baños para todo el mundo! Bueno, seguro que a partir de ahora todo va bien, pensé. Y así fue.

V de Valarés- Airbag2.jpg

Olvidando por un momento todas las incomodidades que supone dormir en una tienda de campaña, al menos hay dos cosas que me encantan. El rato del botellón pre-conciertos sentado en una sillita de playa (que no teníamos, pero dio igual), y la hermandad que a veces se establece con tus vecinos de tienda, en este caso unos chicos gallego- parlantes que nos prestaron un hinchador y nos ayudaron a (que para esto hay que estudiar) doblar nuestra Quechua.

La ubicación (rodeado de un pinar, me recordó a Músicos en la Naturaleza), y la comodidad del recinto (con un aforo de apenas 2.000 personas) compensaron lo del parking y la zona de acampada. Y es que todo fue comodidad: para pedir, ver a los grupos, ir al baño…El escenario estaba bastante elevado respecto al público (como le dije a Pepillo, adiós al crowdsurfing con Airbag), pero tampoco como para dar sensación de frialdad. En V de Valarés, hasta las estrellas más rutilantes del firmamento indie, están a un palmo de tu cara. El viernes, escuchamos un rato de Pablo und Destruktion, un artista que se desata maravillosamente como crooner visceral en canciones como “Busero español” o su tema más conocido, “A veces la vida es hermosa”. Y después, qué remedio, había que ver a Love of Lesbian. Con los atentados de Barcelona y Cambrils tan recientes, Santi Balmes confesó haber tenido reticencias para tocar en el festival, antes de interpretar mi favorita, “Allí donde solíamos gritar”. Con un recinto tan desahogado (¡bien!), no era difícil colocarse en primera fila para La Habitación Roja. Nuestro rápido aprovisionamiento de cerveza había hecho efecto en mi organismo, y básicamente recuerdo estar en primera fila, brazos levantados, gritando como un exaltado, en especial cuando recuperaron “Van a por nosotros”. El grupo también tuvo palabras, claro, para las víctimas y para Barcelona, a la que dedicaron “Indestructibles”. Y como en estos tiempos de gin tonics (y pepinos y cardamomos) es raro ver en los festivales stands promocionales de whisky, me acerqué al de Johnny Walker, y el scotch ya me acompañó en los conciertos de White Bats y Captains. Ninguno de los dos me dijeron gran cosa.

Y aunque en una zona de acampada se duerme, como todos sabemos, de aquella manera, no pasa nada si te levantas, caminas 300 metros y tienes la playa. Y hay un pinar estupendo para comer y echarte una siestecita. Y si además ese día tocan Airbag, la vida puede ser maravillosa. Resumiría su concierto con las palabras “sonrisa de oreja a oreja”. Pero también tienen que aparecer “niños”. Los que estaban en primera fila, hijos de otros fans, y que debieron preguntarse qué coño estaba pasando ahí, y por qué mis padres se comportan como energúmenos. Por cierto, no hay ninguna foto del concierto en la que no aparezca de espaldas, como arengando a las masas. Buen concierto de Él Mató, aunque Los Planetas tocaron el set list de la gira, J con la misma gracia que el recibo de la luz. Mientras comíamos una riquísima hamburguesa junto al puesto de La Pepita (odio decir “food truck”), defendí frente a una fan el derecho a calificar de “aburrida” la primera parte del concierto de Los Planetas Quién me ha visto y quién me ve.

Lo mejor: La posibilidad de ver tan de cerca a los grupos. La comodidad del recinto. El entorno paradisiaco del festival. Desde luego, un lugar para volver (no de camping).

Lo peor: ¿2 baños para más de mil personas acampadas? ¿En serio?

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