Vuelta a España en siete festivales (2 de 3) Por Miguel Díaz

Contempopranea (Alburquerque, Badajoz, 21- 22 de julio)
Alburquerque ha sido el pueblo de mis veranos con veintipocos años. Allí he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida como fan de la música, me he quedado en casas que más que casas parecían museos de lo kistch, he bajado sus cuestas en coche con Los Gritos sonando a todo meter y en buena medida he reafirmado mis gustos musicales. Sin embargo, después de asistir al festival por excelencia del indie español durante 6 años consecutivos, decidí cambiar la ladera del castillo por otros lugares. Tener una amiga muy latosa y fan de Los Planetas me acabó animando a romper con mi tonta superstición de no volver a donde había sido feliz.

Y nada más llegar el viernes al recinto recordé por qué Contempopranea es diferente. Un festival con un único escenario, como tiene que ser, y fiel al pop de aquí, apenas lastrado por las modas y estos grupos nuevos de “Indie-tex” que suenan todos igual. También pensé si ese escenario, junto a la ladera del castillo, se había hecho más pequeño, o era yo quien me había hecho más mayor y más serio. Daba igual, porque en este festival uno se siente eternamente joven y feliz. Tampoco había cambiado esa voz diciendo “Contempopranea presenta…” entre grupo y grupo, ni los precios populares para un festival (2 euros la cerveza, 5 el “mini”). Sí me dio más pena observar que este año sólo había un puesto de merchan, en un festival en el que me he comprado tantos discos, y chapas y camisetas de lo más freak. Mientras saludábamos a otros amigos venidos de Madrid, escuchamos a El Imperio del Perro, grupo sevillano con buenas melodías y guitarras a veces más cercanas al rock. Supertennis tocaban en casa, y hasta sacaron un mono “radioactivo” para la canción del mismo nombre, perteneciente a su primer EP. Su primer largo, publicado este año, los confirma como uno de los mejores grupos de la escena en reivindicar el indie-pop de guitarras, con canciones tan incontestables como “Ni contigo ni sin ti” o “Ruido”. Y aunque Maga fueron, tiempo ha, grupo “contempopráneo” por excelencia, y tengo recuerdos imborrables de su primer disco, conecté menos esta vez con su concierto. Quizá no les he prestado, en los últimos años, la atención debida. Tampoco ofrecieron su mejor versión, a pesar de contar hoy por hoy con una legión de fans, los murcianos Viva Suecia. Cosa que sí hicieron, semanas después, en el Sonorama de Aranda de Duero. Pero un artista “contempopráneo” por excelencia, Guille Milkyway o, lo que es lo mismo, La Casa Azul, iba a protagonizar sin duda el concierto del festival. Tanto que, en un discurso emocionante, el siempre tímido Guille dio las gracias a su nueva banda de directo por ayudarle a sentirse por fin a gusto encima de un escenario (y, añado, defender sus maravillosas canciones como se merecen). El grupo salió al escenario con cascos futuristas y repasó su carrera sin dejarse ningún hit: desde las más recientes “Podría ser peor” o “Sucumbir” a clásicos como “Hoy me has dicho hola por primera vez” o “Cerca de Shibuya”, con la que casi me quedo afónico. Y es que ya fue difícil salir ileso cuando se sucedieron “Superguay”, “Siempre brilla el sol” o “El momento más feliz” (y “cuando el martes hay Champions/ y Messi se sale/ y aplasta a Mourinho en la semifinal”). Y si hay problemas de sonido, tocamos “Como un fan” al piano y aquí no ha pasado nada. Y es que, a pesar de sus letras melancólicas envueltas de pop colorista, ningún grupo es capaz de inyectar optimismo como lo hace La Casa Azul. Lecciones de vuelo se merecían tocar en Alburquerque por sus buenas canciones y, además, en un año en que el festival homenajeaba a Los Planetas, por ver sobre el escenario a otro grupo sobre el que los granadinos han dejado una clara impronta. Abrieron con “En menos de un mes”, una canción en la que todos los elementos van entrando poco a poco hasta converger en una perfecta explosión de indie-pop. Y ninguna otra canción planetera les podía sentar mejor que “Pegado a ti”. Contem- Escenario.jpeg

El pertinente descanso nos lo tomamos en la piscina de nuestro “Melrose Place” particular, una casa rural en Aliseda (Cáceres), de decoración un tanto barroca y a 54 kilómetros del festival, pero a un precio muy económico y con todas las comodidades con las que un chico de clase precaria puede soñar. Hacer botellón junto a la entrada del festival era para mí un clásico irrenunciable, aunque, como me comentó el dueño de un comercio, “ya no se juntaba tanta gente como antes”. Llegamos al final de La Bien Querida, con una Ana Fernández- Villaverde algo fría con el público, aunque a sus canciones les sentó muy bien el formato acústico y resultó un concierto bonito, especialmente en canciones como “Poderes extraños” o “De momento abril”. Y aunque Apartamentos Acapulco es uno de mis grupos nuevos favoritos, con unas canciones muy bonitas y llenas de detalles, con esos estallidos de guitarras y las voces en perfecta armonía de Ismael y Angelina, me enamoraron más en el Ballantine’s Music Festival (o quizá es lo que tienen los flechazos). Automatics pagaron el retraso acumulado y les cortaron media hora de concierto. Una pena, porque decidieron centrarse sobre todo en su último disco y apenas sonó nada del anterior, el infravaloradísimo “Big ear”, o de sus clásicos (“Watch over you”, “TV preacher”). Con el sitio bien cogido, a la derecha del escenario junto a la ladera, esperamos a Los Planetas, que abrieron con “Islamabad”, favorita de muchos de su nuevo disco. Que los granadinos no son un grupo para todos los públicos está claro, aunque muchos nos acostumbramos a (y amamos) algunas de sus canciones más “intensas”, o difíciles, como “Rey sombra”, “La caja del diablo” o “La copa de Europa”. Por el contrario, a algunos nos cuestan más (mis nulos conocimientos sobre el tema pueden tener algo que ver) sus acercamientos al flamenco. Por ello, la siguiente media hora del concierto nos resultó un ladrillo considerable, y la consabida desgana de J no ayudó. Lo siento, no consigo emocionarme con “Ya no me asomo a la reja”. Pero llega “Corrientes circulares en el tiempo” y se me pasa el berrinche. Igual con “Santos que yo te pinte”, “Segundo premio”…Canciones que forman parte de mi educación sentimental (¿no habré tenido demasiado rencor?, me pregunto). Canto “José y yo”, de “Pop” (1995), como si no hubiera mañana, y al ver la quietud del público que me rodea entro en una eterna discusión con mi amiga sobre si un buen fan de un grupo no debería conocer los primeros discos del mismo. Ya sólo nos quedaron El Último Vecino, grupo entre el techno- pop y el post- punk con algunas muy buenas canciones y un frontman carismático pero a veces innecesariamente provocador (Gerard, de verdad, no es necesario ponerse la mano “ahí”). Bueno, y Papá Topo, a quienes había escuchado pero nunca había visto en directo, y quizá deberían haberme avisado de lo que me esperaba. No digo más.

Lo mejor: El tamaño del recinto del festival, que afortunadamente Agustín, su director, nunca ha querido aumentar. Los precios. Que todo esté tan cerca. Las pinchadas de la piscina del pueblo. Que todo huela a pop por dos días (hasta en los bares de toda la vida se pincha indie).

Lo peor: Nada

 

Low Festival (Benidorm, 28- 30 julio)

Sabía que tenía que ir al Low desde que anunciaron sus headliners: Pixies, Franz Ferdinand y Nada Surf. Unos nombres internacionales que algunos creerán de otra época, pero de innegable calidad. Además, nunca vi en directo a los escoceses en sus días de gloria. Y unos amigos de Ávila son muy fans de Benidorm, así que reservamos un apartamento en primera línea de playa, con vistas no aptas para pacientes con vértigo.
Y sabía que mi viernes (y sábado) iban a ir asociados al escenario principal, el campo de fútbol de la ciudad deportiva Guillermo Amor. A pesar del cinismo inicial con el que fui a ver el synth- pop de Dorian (pocos grupos tocan en más festivales), la banda dio un muy buen concierto. Y es que en esta gira llevan un set list prácticamente infalible, empezando con “Los amigos que perdí” y “Verte amanecer” para terminar con “La mañana herida” y el entusiasmo juvenil que se dispara con “La tormenta de arena”, sin olvidar canciones que personalmente me gustan mucho, como “Soda Stereo” o “Más problemas”. El resto de la jornada, mis gustos más rockeros me separaron de mis amigos. Eso, y mi obsesión con coger primeras filas para los grupos que me gustan. Como los Pixies. Los de Boston no se dejaron ni un clásico. Sonaron “Gouge away”, “Wave of mutilation”, “Hey”, “Debaser” (o una de las canciones que me convierten de repente en un energúmeno), “Where is my mind?” y “Here comes your man”. ¿Y por qué no sonó “Gigantic” en una edición que en redes sociales se ha llamado #GiganticLow? Como explicó la bajista Paz Lechantin, es una canción muy personal de Kim Deal como para atreverse a cantarla. ¿Y puede ser un concierto perfecto sin que el grupo se dirija ni una sola vez al público? ¿Ni para decir “buenas noches”? Mi respuesta es “no”, pero supongo que todo es discutible en esta vida. Con La Casa Azul me lo pasé igual de bien que en el Contempopránea. Y su capacidad para hacer feliz a la gente quedó probada cuando una amiga polaca lega en español se declaró fan del grupo después de escuchar tres canciones, y hasta empezó a tararearlas inventándose la letra (“…corazón….amor”). Llegó el momento de explorar el muy interesante escenario Wiko, donde vimos algo del punk- rock rabioso y melódico de Biznaga. Y es que “Una ciudad cualquiera” es ya, para mí, una de las canciones de 2017.

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Solo y con unas latas de cerveza “for the road”, me dirigí el sábado al recinto para ver a Nada Surf. Buen concierto de los neoyorkinos, con un repertorio algo irregular pero que me pareció redondo cuando rescataron “Hyperspace”, o el power- pop guitarrero llevado a la perfección. El bajista madrileño Daniel Lorca nos comunicaba que sólo había tiempo para dos canciones más. El público “votó”, y esas canciones fueron, cómo no, “Always love” y “Popular”, que sonó a gloria en el atardecer del escenario principal. Mientras esperaba a mis amigos, que amenazaban con traerme una camiseta “grupal” (ir todos vestidos igual es, aparentemente, una de las mayores diversiones de un festival), Neuman tocaba la maravillosa “Bye fear/ Hi love”. De vuelta en el campo de fútbol, disfruté (moderadamente) de Sidonie. Y es que aunque canté con ganas “El incendio”, la querencia por el “show” del grupo hace que algunas canciones duren más de lo necesario (o lo soportable). ¿Y qué mejor compañía para ver a Franz Ferdinand que Alex García, amigo de Ser Ávila? De hecho, Alex es de las pocas personas que ha pinchado al grupo en los bares de nuestra ciudad. Alguien ha dicho que el grupo empezó sin energía, pero yo canté “The dark of the matinée” como un exaltado y ni me di cuenta. Para cuando sonó “Do you want to” el grupo ya estaba “on fire”, y yo ya me había vuelto completamente loco. Si esto se trata de encender a las masas, y a pesar del horrible corte de pelo que lucía el otrora cautivador Alex Kapranos, el de Franz Ferdinand fue uno de los conciertos del festival. Daba igual que hubiera perdido a mis amigos y llevara una absurda camiseta de un pelícano. Y eso fui un rato: un pelícano solo y varado en el Low Festival, hasta que volví a encontrarme a Clara y mi amiga polaca, borrachísimas. Llegamos a la mitad de The Hives, un show que uno ya se sabe de memoria (el cantando hablando en español y haciendo a 20.000 adultos sentarse en el suelo), pero que merece la pena si suena “Die, all right!” o “Tick tick boom”, aunque me pillaron demasiado lejos para meterme en un pogo.

La jornada del domingo me parecía a priori la menos atractiva, pero aún me depararía alguna sorpresa. Aun a riesgo de parecer esnob, tengo que confesar que fui (en pasado) muy fan de Lori Meyers y de sus tres magníficos primeros discos, caras B incluidas (“Vigilia” me pone los pelos de punta). Me alegra que hayan llegado a un público mayor, como también lo han hecho, a otro nivel, algunos de mis grupos favoritos (Niños Mutantes o La Habitación Roja). Pero no que lo hayan hecho en perjuicio de la calidad de sus canciones. “Luces de neón” y “Luciérnagas y mariposas” siguen sonando radiantes. Pero no comprendo el entusiasmo del público ante bobadas como “A-ha han vuelto” y, sobre todo, “Emborracharme”. En cualquier caso, un festival (y en especial uno grande, como el Low) no es un buen lugar para medir el nivel de fidelidad de los fans de un grupo. En buena medida, el público va a un festi de fiesta y actitudes reprochables y cansinas (gente hablando sin parar, dando la espalda a los artistas o preguntando por el nombre de los grupos) se observan constantemente. Mando Diao parecieron también más preocupados por el show y enseñar sus torsos desnudos que por tocar buenas canciones, que las tienen, sobre todo en aquel “Hurricane bar” o en “Ode to ochrasy”. Fangoria (y por ende, el público) empezó desde muy arriba, con los clásicos de Dinarama (“Rey del glam”, “Ni tú ni nadie”) y el conocido espectáculo, en este caso con unos bailarines que se doblaban que ya me gustaría a mí con resaca…Muy celebradas también las recientes “Geometría polisentimental” y “Dramas y comedias”, así como “No sé qué me das”, una de las mejores canciones del dúo. La sorpresa (o quizá no) la trajo un popurrí que pasó de “Toro” de El Columpio Asesino al “Yo quiero bailar”, de (sic) Sonia & Selena, pasando por el “Bailando”, de Astrud. A destacar también, a lo largo de todo el festival, los visuales que llevaban la mayoría de los grupos, acompañando sus actuaciones. Aunque pocos tan absurdos como los de Ojete Calor, con un Carlos Areces vestido por su peor enemigo para dar rienda suelta, junto a Aníbal Gómez, a su humor chorra y “chanante”, que en “Cuidado con el cyborg (Corre Sarah Connor)” alcanza sus mayores cotas de genialidad. Ocho y Medio Djs trajeron por fin algo de indie (aunque no sólo) a la última hora del festival, con hits de los grupos que les gustan ahora a la juventud, y cerrando muy oportunamente con la versión de “Como yo te amo”, de Niños Mutantes. Que aquí hemos venido a cantar.

Lo mejor: Un recinto muy cómodo y espacioso. Los únicos tapones de gente que vi formarse fueron justo antes de empezar los conciertos en el escenario principal (se recomienda ir un poquito antes). Un muy buen cartel, con propuestas muy interesantes, sobre todo de grupos de aquí menos conocidos. Buena organización y feedback en redes sociales.

Lo peor: Los grandes nombres nacionales se repiten (Sidonie, Lori Meyers, Dorian…). Si no te gusta la música electrónica (como es mi caso), te quedas tirado a partir de las 4 de la mañana.

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